Relatos Ineditos por William Faulkner - muestra HTML

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William Faulkner

Relatos inéditos

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William Faulkner

ÍNDICE

Adolescencia ................................................................................3

Al Jackson .................................................................................13

Don Giovanni.............................................................................16

Peter ..........................................................................................22

Claro de luna .............................................................................26

El pez gordo ...............................................................................32

Una historia prosaica.................................................................46

Un regreso .................................................................................60

Un hombre peligroso ..................................................................78

Evangeline .................................................................................84

Retrato de Elmer......................................................................101

Con cautela y diligencia ...........................................................122

Nieve........................................................................................137

Notas .......................................................................................145

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Adolescencia

I

No era natural de la región. Como le había sido impuesto por las ciegas maquinaciones del azar y de la aún más ciega Junta Escolar del condado, habría de seguir siendo hasta el fin de sus días extranjera en esta tierra de colinas de pinos y hondonadas de lluvia y de fecundas tierras ribereñas. El suyo debería haber sido un medio de decadencia levemente sentimental, de comodidad formal entre ritos de té y actividades delicadas y superfluas.

Era una mujer menuda con enormes ojos oscuros, que en el galanteo físicamente crudo de Joe Bunden habríade hallar el falso romance donde encauzar los ardores de sus inhibiciones presbiterianas. Los primeros diez meses de su matrimonio –un tiempo de trabajo manual sin precedentes– no lograron destruir sus ilusiones; su vida mental, proyectada hacia adelante, hacia el esperado hijo, le ayudó a sobrellevarlos. Había anhelado que fueran gemelos, niño y niña, para poder llamarles Romeo y Julieta, pero se vio forzada a prodigar su hambriento afecto a Julieta1 únicamente.

Su marido disculpó la elección del nombre con una tolerante risotada. La paternidad pesaba sólo muy levemente sobre sus espaldas: como todos los machos de su índole consideraba la llegada ineludible de los hijos como un inevitable inconveniente más del matrimonio, como el riesgo de mojarse los pies mientras se pesca.

A partir de entonces, de forma regular y sucesiva, aparecieron Cyril, que un día accedería al Cuerpo Legislativo del Estado, y Jeff Davis, que acabó colgado en Texas por el robo de un caballo, y otro varón a quien la madre, ya con el ánimo quebrado y apática en extremo, renunció a dar nombre alguno y que, por conveniencia, atendía por Bud2, y que

llegaría a ser profesor de latín –con cierta debilidad por Catulo– en una pequeña universidad del medio oeste.

El quinto y último hijo nació a los cuatro años y siete meses del día de la boda; de tal suceso, sin embargo, la madre tuvo la fortuna de no recuperarse, razón por la cual Joe Bunden, en un acceso inhabitual de contrición sentimental, puso al benjamín su propio nombre, y se casó de nuevo. La segunda señora Bunden era una arpía alta y angulosa que, cual brazo ejecutor de la justicia sin saberlo, ocasionalmente propinaba a su marido –según era sabido– vigorosas palizas con estacas de la lumbre.

El primer acto oficial del nuevo régimen fue privar a Julieta de su nombre, que pasó a ser Jule a secas; a partir de aquel instante Julieta y su madrastra, en quienes latía una mutua e instintiva antipatía desde el día mismo en que se conocieron, se odiaron abiertamente. No sería sino dos años después, empero, cuando la situación se haría insoportable. A los siete años, Julieta era una chiquilla traviesa como un duende, delgada como un junco y morena como una baya, con angostos ojos negros y sin fondo, como los de un animalito, y negra melena curtida por el sol. Un marimacho que zurraba imparcialmente a sus menos despiertos hermanos y maldecía a sus padres con pasmosa fluidez.

Joe Bunden, en sus periódicos arrebatos de plañidera embriaguez, se lamentaba de la desintegración de la familia e imploraba a Julieta que fuera más cordial con su madrastra.

1 El nombre inglés es Juliet; hemos empleado su correspondiente castellano, Julieta, porque resultaría incongruente emparejar otro distinto al de Romeo. (N. del T.) 2 Bud: tipo, chico, amigo, compadre. (N. del T.)

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Como quiera que la brecha abierta entre las dos fuera insalvable, Joe Bunden se vio obligado, a fin de procurarse algo de paz, a enviar a Julieta a casa de la abuela.

Allí todo era diferente, hasta el punto de que su protesta retadora ante el orden existente se convirtió en mera beligerancia perpleja; y, pasado un tiempo, ante la ausencia de cualquier tensión emocional, en una suerte de felicidad negativa. También allí había quehaceres en la casa y en el huerto, pero vivían juntas apaciblemente. Su abuela, que era la madre de su padre, había dejado atrás las perturbadoras ramificaciones del sexo, y consiguientemente era juiciosa; controlaba a Julieta de modo casi tan sutil que jamás había entre ellas roce alguno. Julieta poseía al fin, sin desazones, la paz e intimidad que deseaba.

La casa cuyo foco tormentoso había sido no la habría reconocido. El cambio, que sobrevino en el momento crucial, la había expurgado de su orgullo ardiente y suceptible, de su belicosidad nerviosa e inquieta, del mismo modo que su vida anterior la había expurgado de todo afecto animal por los padres. La mera mención de su padre y hermanos, empero, concitaba en ella toda la incontrolada turbulencia del pasado, a la sazón latente pero tan dinámica como siempre.

A los doce años seguía igual físicamente. Más alta y más serena, tal vez, pero morena y delgada y activa como un gato; sin sombrero y con un descolorido vestido de algodón, y descalza o con zapatos rotos y deformes; tímida con los extraños que pasaban ocasionalmente por la casa y desmañada e incómoda con sombrero y medias en sus raros viajes a la capital del condado. Evitaba siempre a su padre y hermanos con apasionada astucia animal. Podía trepar con mayor facilidad y rapidez que cualquier chico; y, desnuda y radiante, se pasaba horas y horas en un pozo pardo del arroyo. Al anochecer solía sentarse en el porche, con las piernas colgando y oscilando sobre el borde, mientras su abuela permanecía en el umbral y llenaba el quieto crepúsculo de aroma de tabaco curado en casa.

II

Tiempo feliz, con quehaceres cotidianos y orgullo en su cuerpo aún plano; tiempo de trepar y nadar y dormir.

Tiempo aún más feliz, pues en su decimotercer verano encontró un compañero. Lo descubrió mientras nadaba perezosamente en el pozo. Alzó la vista al oír un ruido y allí estaba, con un mono de trabajo descolorido, mirándola desde la orilla. En una o dos ocasiones había habido desconocidos que, al oír las salpicaduras de sus zambullidas, habían apartado la maleza para verla. Mientras se limitaban a mirar en silencio se comportaba ante ellos con una beligerancia indiferente, pero en cuanto trataban de iniciar la charla dejaba el agua con inflamado odio creciente y recogía sus contadas ropas.

Pero esta vez era un chico de su edad, con camiseta sin mangas y el sol en su cabeza redonda de pelo crespo,sin maleza que la ocultara, que la miraba en silencio, y ella ni se dio cuenta siquiera de que no se sentía importunada. Él siguió durante un rato sus lentos movimientos con apacible curiosidad pueblerina, sin grosería, pero el pardo y fresco centelleo del agua acabó por vencer sus reticencias.

—Diantre –dijo–. ¿Puedo meterme yo también?

Ella flotó perezosamente y continuó en silencio, pero él no aguardó a recibir respuesta alguna. Con contados y escuetos movimientos se desprendió de sus miserables ropas. Su piel era como papel viejo; trepó sobre una rama que sobresalía por encima del agua.

—Eh –gritó con voz estridente–.

Mírame.

Y, retorciéndose desgarbadamente, se zambulló en el pozo en medio de salpicaduras prodigiosas.

—No es así –dijo ella con calma al verlo reaparecer ruidosamente–. Fíjate cómo se hace.

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Y, mientras él flotaba en el agua y la miraba, ella trepó a la rama y se quedó unos instantes en equilibrio precario, con el cuerpo brillante y plano, réplica del del chico, erguido.

Y se zambulló.

—Diantre, eso está muy bien. Déjame ver si puedo hacerlo.

Durante una hora, uno tras otro, estuvieron saltando y zambulléndose.

Al cabo, cansados y con un zumbido en la cabeza, se deslizaron por el riachuelo hasta llegar a un punto de agua poco profunda, y se quedaron tendidos sobre la caliente arena. Se llamaba Lee, le dijo; “vivía en una granja al otro lado del río”; permanecieron tumbados en silenciosa compañía, luego se durmieron, y despertaron hambrientos.

—Vamos a coger unas ciruelas –sugirió él, y volvieron al pozo y se vistieron.

III

Fue el tiempo feliz, un tiempo tan claro y apacible que ella olvidó que no había sido así siempre; que ella y él no podrían seguir así indefinidamente, como dos animales en un estíoeterno. Cogiendo bayas cuando estaban hambrientos, nadando en el cálido y brillante mediodía, pescando en la tarde monótona y apacible y tronchando la hierba cuajada de rocío al volver a casa en el crepúsculo. Lee, sorprendentemente, parecía carecer por completo de responsabilidades; no parecía apremiarle ninguna obligación, y jamás mencionó su casa o se refirió a otra vida que no fuera la que los dos llevaban juntos. Pero nada de esto le resultaba extraño a ella: su niñez le había inculcado la conciencia temprana de la eterna enemistad entre padres e hijos, y jamás había imaginado que una niñez pudiera ser diferente.

Su abuela nunca había visto a Lee; hasta entonces, pues, las circunstancias se habían ajustado a sus deseos: su abuela no debía llegar a verlo nunca. Porque Julieta temía que la anciana se viera obligada a interferir de alguna forma. Así que procuraba no descuidar sus quehaceres en modo alguno, ni despertar sospechas en la vieja. Con la agudeza del niño que desde temprana edad aprende de sus conquistas prácticas, se daba cuenta de que aquella camaradería perduraría inalterada únicamente en la medida en que no fuera conocida por quienes tenían autoridad sobre su persona. No desconfiaba especialmente de su abuela; no confiaba en nadie, simplemente; ni siquiera –respecto a ella misma estaba tranquila– en la capacidad de Lee para enfrentarse con el rechazo activo de un adulto.

Llegó agosto, y quedó atrás. Y septiembre. En octubre y principios de noviembre siguieron nadando y zambulléndose; pero tras las primeras heladas leves el aire se hizo sensiblemente más frío, si bien el agua seguía cálida. Entonces nadaban sólo al mediodía, y luego se tendían juntos, arropados con una vieja manta de caballería, y charlaban y dormitaban y volvían a charlar. Llegó el invierno tras las lluvias de últimos de noviembre, pero les quedaban los pardos y empapados bosques, y encendían hogueras y asaban en ellas batatas y maíz.

El invierno al fin. Tiempo de amaneceres acerados y oscuros, de aquelsuelo helado que le hacía encoger los dedos de los pies desnudos mientras se vestía, de fuegos por encender en la estufa fría. Luego, cuando el calor había ya nublado los cristales de la ventana en la apretada y pequeña cocina, una vez fregados los cacharros y hecha la mantequilla, pasaba por el cristal la punta del delantal y miraba hacia fuera, y lo veía esperándola: una diminuta figura en el borde pardo de la tierra ribereña que se extendía más abajo de la casa. Lee se había hecho con una vieja escopeta de un cañón y cazaban conejos en los esquilmados campos de maíz y de algodón, o se apostaban inútilmente al acecho de los patos en zonas de aguas estancadas y pantanosas. Pero el invierno pasó al fin.

El invierno pasó al fin. El viento cambió en dirección sur y llegaron las lluvias; el río creció sombríamente, frío y fangoso. Y, transcurrido un tiempo, el sol; descubrieron los primeros brotes en los sauces y los primeros pájaros rojos, llameantes flechas en la maraña de zarzales. Los árboles frutales florecieron con estallidos de rosa y blanco, arracimándose 5

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como fragantes abejas en torno a las destartaladas y grises colmenas de casas y sucios almiares; y bajo los caprichosos cielos marmóreos contra los que se inclinaban como ebrios los delgados árboles, el viento silbaba entre los pinos mesetarios como lejanos trenes en su largo y remoto paso.

El primer día de calor, Lee la aguardaba con impaciencia. Ella, golpeando descuidada e infructuosamente ante una pila oscura, no podía aguantar más. “Adentro ahora mismo”, le gritó él en cuanto la vio aparecer corriendo y dejando atrás un ondeante trapo húmedo, y bajaron a la carrera hacia el arroyo mientras iban desvistiéndose. Se zambulleron ambos a un tiempo, aunque con la prisa, ella olvidó quitarse los zapatos. Se desprendió de ellos bruscamente, ante el estridente júbilo de Lee, y se quedó sin aliento al sentir el agua helada.

—Oye, estás blanco otra vez –dijo ella con sorpresa mientras él se subía al árbol para lanzarse al agua de nuevo.

Estaba increíblemente blanco: el bronceado del pasado verano había desaparecido de sus cuerpos durante el invierno, y ahora se sentían casi como extraños. Durante los meses fríos, ante el descenso gradual de la temperatura, ella había llevado varias prendas superpuestas, de forma que ahora parecía extremadamente delgada en comparación con su pasada corpulencia. Tenía, además, catorce años, y se hallaba por tanto en esa etapa del desarrollo tan poco airosa; frente a la simetría marfileña y suave de Lee, sus delgados brazos y hombros y sus pequeñas y huesudas caderas la hacían casi fea.

El agua estaba demasiado fría, de modo que después de un par de chapuzones salieron del arroyo, tiritando, y corrieron por el bosque hasta que entraron en calor. Luego se vistieron, y Lee sacó dos sedales y una lata con una maraña de gusanos rojos.

—Mañana estará más caliente –le aseguró a Julieta.

No fue al día siguiente sino varias semanas después cuando al fin el agua estuvo cálida, y a medida que los días se hacían más largos iba desapareciendo de su piel aquella extraña blancura, y pronto estuvieron bronceados otra vez. Había pasado un año más.

Iv

Estaban echados juntos, arropados en la gualdrapa, bajo el alto y rutilante mediodía de octubre, dormitando y despertándose; el calor que generaba la conjunción de ambos cuerpos era casi excesivo para que resultara enteramente confortable. El calor, la tosquedad punzante de la manta hacían que Julieta se sintiera inquieta: se volvió y cambió de posición brazos y piernas; una y otra vez. El sol les daba en la cara en una lenta sucesión de oleadas demasiado cegadoras para que les fuera posible abrir los ojos.

—Lee –dijo ella al fin.

—¿Mmm...? –dijo, somnoliento.

—Lee, ¿qué vas a hacer cuando seas hombre?—No voy a hacer nada.

—¿Nada? ¿Cómo te las vas a arreglar sin hacer nada?

—No lo sé.

Ella se incorporó un poco sobre el codo. La desgreñada cabeza redonda de Lee estaba hundida en la arena caliente. Ella lo sacudió.

—¡Lee! ¡Despierta!

Los ojos de Lee, de color de la ceniza de la leña, se alarmaron en su cara oscura. Los cerró rápidamente y dobló el brazo por encima.

—Oh, diantre, ¿por qué te preocupas de lo que va a pasar cuando seamos mayores?

Yo no quiero hacerme mayor: prefiero seguir como ahora: nadando y cazando y pescando.

¿No es mucho mejor que ser hombre y tener que arar y cortar el maíz y el algodón?

—Pero no puedes seguir como ahora siempre; tendrás que crecer y trabajar algún día.

—Pues bien, esperemos a hacernos mayores para empezar a preocuparnos.

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Ella volvió a echarse y cerró los ojos. Brillantes puntos de sol, enloquecidos y rojos, le danzaban delante y detrás de los párpados. Pero no se sentía satisfecha: su insistencia femenina no iba a ser aplacada tan fácilmente. Se sentía vagamente turbada y triste, como el año cambiante, con una vislumbre de mortalidad y mutabilidad, de que nada salvo el propio cambio es inmutable. Voluptuosamente silenciosos, bajo el fuerte resplandor del sol, permanecieron allí echados hasta que un ruido hizo que Julieta abriera los ojos.

Grotescamente invertida, sobre ellos, estaba su abuela, una figura encorvada y deforme contra el blando e inefable azul del cielo. La anciana y la muchacha se miraron fijamente, y al cabo de unos instantes, Julieta volvió a cerrar los ojos.

—Levántate –dijo la anciana.

Julieta abrió los ojos, se incorporó a medias y se echó hacia atrás la melena con el brazo doblado y desnudo.

Lee, inmóvil y boca arriba, miró hacia la figura que permanecía de pie ante ellos con la rigidez trémula de la edad avanzada.

—Así que esto es lo que ha estadosucediendo a mis espaldas, ¿no? Por eso nunca tenías tiempo ni de hacer a medias el trabajo, ¿eh? Por eso hace falta un negro para cocinar y limpiar, ¿no es cierto? –masculló y rió entre dientes–. Levántate, te lo ordeno.

No se movieron. Había sucedido todo con tanta rapidez que sus cerebros embotados por el sueño se negaron a reaccionar. Se quedaron quietos, mirando aquella suerte de máscara que se agitaba en lo alto. La vieja alzó y blandió el bastón.

—¡Levántate, puerca! –dijo con voz trémula y súbita de ira.

Se levantaron y permanecieron codo con codo, como dos estatuas de bronce, bajo la implacable luz del sol. La cara de la vieja, vociferante y desdentada y con los ojos nublados y sombríos, se agitaba ante ellos.

—Completamente desnudos, los dos.

Ya me dijo tu padre que eras rebelde, pero nunca pensé que iba a encontrarte tumbada con alguien que ni siquiera he visto en mi vida. ¡Y éste no es el primero, estoy segura! ¡Tú y tus costumbres inocentes, tu afición a pescar y a vagabundear por el campo sola!

¿Ya sabes lo que has hecho? Echar por tierra tus posibilidades de conseguir un marido decente y rico: eso es lo que has hecho.

La miraron sin comprender, con mudo asombro.

—No tenéis por qué mirarme como si no entendierais nada: ¿creéis que vais a engañarme después de haberos pescado? ¿Es que no estáis bien juntitos los dos? –Se volvió de pronto a Lee–. ¿Cómo te llamas, chico?

—Lee –dijo él sin alterarse.

—Lee ¿qué?

—Lee Hollowell.

—El hijo de Lafe Hollowell, ¿eh?

–Se volvió de nuevo a Julieta–. ¿No tiene gracia la cosa, enredarte con un Hollowell?

Lafe: vago, inútil total, no ha dado golpe en su vida. Jamás.

¡Y a ti no se te ocurre otra cosa que tumbarte con uno de ellos! ¿Qué piensas hacer si te quedaras esperando un hijo suyo? Pegarte a mí y hacerme tu esclava, supongo. Si necesitas un hombre, será mejor que te busques uno que pueda mantenerte: Hollowell no vaa hacerlo nunca.

Jule saltó como un alambre tenso.

—Tú..., vieja zorra –gritó desde las cenizas de su luminosa vida en compañía–. Lee, Lee –gimió con la congoja sorda de la desesperanza.

La vieja alzó el bastón con mano temblorosa y golpeó a Julieta sobre los hombros.

—Ponte la ropa y vete a casa. Ya me ocuparé de ti –dijo, al tiempo que Lee saltaba hacia ella y trataba de agarrar el bastón, que cayó de nuevo y le golpeó en la espalda. Tras el segundo golpe, Lee saltó fuera del alcance de la vieja.

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—Vete de aquí –chilló la vieja–.

¡Fuera, que Dios te maldiga! Si vuelvo a verte el pelo o el pellejo, te pegaré un tiro como a un perro.

Se miraron: el desconcertado y cauteloso muchacho y la implacable anciana, terrible en su iracundia. Al cabo Lee se volvió y se vistió con rápida soltura y se alejó lanzando gritos por el bosque; y ella quedó allí, cuan gnomo trémulo, bajo la vida y quieta luz del sol y el lento ondear a la deriva de unas hojas escarlatas.

V

Reservada y apasionadamente orgullosa, se consumía en su interior.

Hacía el exterior, sin embargo, su comportamiento seguía siendo el mismo.

La vida con su abuela, descubrió, había sido harto placentera; a raíz de su desatino, la relativa autoridad que la anciana había ejercido sobre ella se vino abajo para siempre. En adelante convivieron en un tenso armisticio: la vieja, impersonalmente quejumbrosa; Julieta, en un estado semejante al de una botella de champán que no ha sido aún descorchada.

Su abuela se iba haciendo vieja y día a día, gradual e imperceptiblemente, recaía más y más trabajo sobre Julieta. Finalmente, cuando tuvo quince años, Julieta se vio haciendo casi todo el trabajo de la casa, y ocupándose asimismo del cuidado de los animales, si bien la vieja, animada por el rigor de su voluntad, dedicabavanamente su reumático y consumido cuerpo a ciertas tareas menores. Dio en exigir la lumbre en verano y en invierno; se pasaba la mayor parte del tiempo sentada en el rincón de la chimenea: una grosera máscara, con una pipa de arcilla en la mano marchita, que escupía sobre las llamas.

—Abuela –dijo, y no por primera vez–, contrataremos a una cocinera.

—No necesitamos ninguna.

—Pero te estás haciendo vieja; creo que una negra te quitará mucho trabajo.

—Suponiendo que yo no mueva un dedo, ¿no eres tú lo bastante fuerte como para cuidarte de las cosas? He llevado la casa estos veintidós años; yo sola.

—Pero de nada sirve que nos matemos trabajando si no tenemos por qué.

—Mira, chiquilla: no te preocupes por mí hasta que me oigas protestar.

Espera a pasar lo que yo he pasado; espera a casarte y a aguantar catorce años con la tripa hinchada, y a ver a cuatro de nueve muertos y al resto desperdigados por Dios sabe dónde sin que muevan un dedo para ayudarte. ¿Te crees que cuando pasó todo, Alex ya muerto y enterrado, me iba a preocupar por un poco de trabajo y sin nadie de quien ocuparme?

—Y sé que fue duro; parece que todo el mundo lo ha pasado mal en este país. Pero, abuela, creo que ahora podríamos permitirnos un poco de descanso: tú has pasado lo tuyo, y yo no tengo aún edad suficiente para enfrentarme con lo mío.

—Ja –gruñó la vieja–. Estoy oyendo hablar al mismísimo Joe Bunden: pura pereza. Tú no estás contenta más que cuando corres por el bosque; ya no te queda tiempo para las faenas de la casa. ¡Una chica grande y fuerte como tú, tener miedo a un poco de trabajo duro! Cuando tenía tu edad cocinaba y me ocupaba de una familia de siete, y tú no tienes que cuidar a nadie más que a mí. Lo que te pasa es que no tienes ocupaciones suficientes, es lo malo.

Chupó la pipa e inclinó la cabeza hacia las llamas que brincaban en la lumbre.—Pero, abuela...

La vieja alzó bruscamente la cabeza.

—Escúchame, chiquilla. Ya estoy harta de tus tejemanejes. He mandado recado a tu padre contándole lo de ese Hollowell, así que va a venir a verte: a lo mejor te lleva a casa con él.

—Me tiene sin cuidado si viene o no. No me va a ver.

—Bah. Lo harás si te lo mando; y te irás con él si él quiere.

—No me iré con él. Lo mataré antes de que me toque.

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—¡Vaya, no exagera la niña! Lo que tú necesitas es un palo en las costillas, y voy a intentar que Joe te lo ponga antes de que te marches de esta casa. No voy a tener aquí a nadie que no me haga caso, que haya decidido llevarme la contraria por pura terquedad.

—¿Qué es lo que he hecho, abuela, que no sea lo que me has mandado?

—¿Que qué es lo que has hecho?

Tengo sobre ti la misma autoridad que un fantasma; tú, que te comes mi comida día tras día. Desde que te sorprendía allí tumbada con ese paria de Hollowell me has hecho el mismo caso que si fuera tu padre, o esa mujer con quien se ha casado.

—¿Sigues pensando que Lee y yo...

que Lee y yo... que yo...? ¿Por eso has estado despectiva conmigo desde entonces? –

y prosiguió, furiosa–: ¿Es eso lo que piensas? ¿Que él y yo...?

Oh, Dios. Me gustaría que no fueses tan vieja: te machacaría esa cara de vejestoria que tienes contra el fuego.

Te... te... ¡Te odio!

La vieja se agitó en las movedizas sombras; se le cayó la pipa de la mano trémula y se agachó sobre el hogar, tratando en vano de recogerla.

—No me hables así, zorra. –Buscó a tientas su bastón y se levantó–.

Vieja o no vieja, todavía tengo fuerzas para darte una zurra de despedida.

Alzó el bastón y abuela y nieta, durante unos instantes, se miraron con odio ante las llamas intermitentes y apacibles que brincaban alrededor.

—Atrévete a tocarme con ese bastón, sólo a tocarme –susurró Julieta entre los labios secos.—¡Tocarte! El que va a darte de lo lindo cuando venga es Joe Bunden, te lo prometo.

Y estoy segura de que el marido que te busque Joe también te enseñará lo que es bueno; verás cuando se entere de lo que dice la gente de ti y de ese pelagatos de Hollowell.

—¿Marido? –repitió Julieta. La vieja rompió a reír a carcajadas.

—Marido, lo que has oído. No he querido decírtelo hasta que estuviera todo listo, en vista de lo cabezota que eres. Pero supongo que Joe sabrá manejarte. Ya le mandé recado de que yo no podía. La gente de tu familia no te quiere en casa, así que Joe te buscó un marido, aunque sólo Dios sabe dónde ha podido encontrar a alguien que quiera cargar contigo. Pero eso es asunto de Joe, no mío; yo ya he hecho lo que he podido.

—¿Marido? –repitió Julieta, embobada–. ¿Crees que tú y Joe Bunden podéis hacer que me case a la fuerza?

Por mucho que te odie, antes prefiero estar muerta que volver a aquella casa; antes de casarme con nadie, os mato a ti y a Joe Bunden. ¡No podéis obligarme!

La vieja blandió el bastón.

—¡Cállate!

—¡Tócame! –dijo Julieta en un tenso susurro.

—Me desafías, ¿no es eso? –dijo la vieja con voz trémula–. ¡Pues toma, maldita!

El bastón cayó sobre el pecho y el brazo de Julieta, que sintió cómo un viento helado se le cruzaba en el cerebro. Arrebató el bastón de la mano de su abuela y lo partió contra las rodillas mientras la vieja, atemorizada, se apartaba. Echó los trozos al fuego, y con voz tan liviana y seca como una cáscara de huevo repitió irreflexivamente: —Me has hecho hacerlo, me has hecho hacerlo.

La cólera de la vieja se esfumó.

—No me molestes, chiquilla. ¿Es que no puedes dejar que me siente junto a mi propia chimenea sin molestarme y fastidiarme? No ha habido ni un solo Bunden que no se haya propuesto molestarme y fastidiarme. ¡Tú y tunegra! Espera a que me muera: no tendrás que esperar mucho; entonces podrás llenar la casa de sirvientes.

Se arrastró por el cuarto hacia la monstruosa y torva sombra de su cama, encortinada en invierno y en verano.

—Si no te gusta vivir aquí, puede que tu marido te ponga una cocinera.

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–Rió entre dientes con perversidad; luego lanzó un gruñido mientras se movía a tientas en la oscuridad.

Fuera, el cielo estaba claro; era un cuenco invertido de agua oscura inundada de estrella; el pelo húmedo se le agitó sobre la frente como ante el roce de una mano. Con resuelta parsimonia sacó y ensilló el viejo y único caballo, montó apoyando el pie sobre el abrevadero y tomó el camino de la ciudad, dejando el portón abierto de par en par a sus espaldas. Volvió una vez la vista hacia la casa oscura, y repitió: —Me has obligado a hacerlo

–y siguió hacia adelante en medio de la oscuridad. Pronto se asentó el último torbellino de polvo alzado por los cascos del caballo, y el camino volvió a quedar vacío.

VI

Julieta sobrellevó como pudo los días que siguieron. Su abuela y ella, merced a un pacto tácito, no volvieron a mencionar el último incidente; la vida discurría sin cambios, tan monótona y anodina como siempre. Julieta se sentía como alguien que ha lanzado los dados y ha de esperar una eternidad hasta que dejen de rodar. También sentía, sin embargo, una vaga apatía en relación con lo que ellos pudieran mostrar: sus reservas volitivas se habían agotado. Su terror, su miedo ante lo que había hecho se había diluido en la mansa rutina de quehaceres y en los sueños solitarios a la luz del crepúsculo.

La casa estaba a oscuras; un ángulo de la cambiante y apacible luz de la lumbre señalaba la puerta del cuarto de su abuela. Al principio no vio a la anciana, pero al cabo descubrió una mano marchita que acariciaba la pipa.—¿Julieta? –le habló la abuela desde su rincón.

Julieta entró; la agresividad desdeñosa se encrespaba en su interior; se quedó de pie junto al fuego. El calor le llegaba placenteramente a través de la falda, contra las piernas. La abuela se echó hacia adelante y su cara quedó suspendida como una máscara a la luz de la lumbre. Escupió.

—Tu padre ha muerto –dijo.

Julieta contempló la enorme y fluctuante sombra de la cama encortinada.

Las pausadas bocanadas de la pipa de la vieja golpeaban blandamente sus oídos como alas de mariposa nocturna.

Joe Bunden ha muerto, pensó sin emoción; era como si las palabras de la abuela siguieran suspendidas susurrándose entre sí, en la penumbra del cuarto. Al cabo se movió.

—¿Ha muerto padre, abuela? –repitió. La vieja volvió a moverse, y gruñó: —¡Loco, loco! Todos los Bunden han nacido locos: aún no he conocido a ninguno, si te exceptuamos a ti, que no sea un desastre de nacimiento. Me casé con uno, pero se murió antes de hacer demasiado daño; y me dejó una granja arruinada y un montón de hijos.

Y ahora Joe, después de formar una familia, los deja a todos en la miseria; a menos que esa mujer tenga más agallas de las que yo le he visto.

Tampoco Lafe Hollowell era mucho mejor. Él y Joe harán una buena pareja esta noche en el infierno.

—¿Qué sucedió, abuela? –se oyó a Julieta decir con voz carente de pasión.

—¿Qué sucedió? Joe Bunden era un loco, y Lafe Hollowell no era mucho más cuerdo, por lo menos desde que se juntaron... Los mataron anoche los policías del contrabando, en la destilería de Lafe. Alguien llegó a la ciudad el miércoles por la noche, muy tarde, y le contó al diácono Harvey lo que sabía, así que los policías cayeron sobre ellos ayer por la noche.

No se ha sabido quién los delató... o seguramente no lo quieren decir.

La vieja inclinó la cabeza y fumó con los ojos cerrados por espacio deunos instantes.

Julieta, con una suave mezcla de tristeza y de alivio indescriptible, miraba serenamente la lenta rotación de sombras. Los susurros de la vieja se materializaron en torno: —Esa mujer con la que Joe se casó, en cuanto se enteró se volvió a casa. Dios sabe lo que va a ser de tus hermanos: yo no los voy a recoger.

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Y el chico de Lafe, ¿cómo se llamaba? ¿Lee?, se largó y no se le ha vuelto a ver. Que se vaya con viento fresco.

Las sombras se encaramaron por la pared; luego cayeron; y entretanto, las palabras de la abuela persistieron en la penumbra como telarañas. Julieta dejó el cuarto; se sentó en el suelo del porche con la espalda contra el muro y las piernas rígidas ante ella.

Joe Bunden: ya no lo odiaba; pero Lee... Lo de Lee era diferente: su partida era más tangible que la muerte de cien hombres: era como si muriera ella misma. Se quedó allí sentada en la oscuridad, contemplando cómo se alejaba de ella la niñez. Recordaba con claridad dolorosa aquella primavera en que ella y Lee nadaron y pescaron y vagabundearon por vez primera, aquellos días fríos e inclementes hechos jirones de nubes sobre las hondonadas de lluvia de la tierra en barbecho. Podía casi oír los gritos de los hombres que araban la tierra fangosa, y la maraña de mirlos que se inclinaban con el viento como pedazos de papel quemado...

Se levantó al fin y descendió despacio por la colina en dirección al arroyo; entonces vio una pequeña forma oscura que se acercaba a ella. ¡Lee!, pensó, y sintió que se le contraían los músculos del cuello, pero no era Lee: era demasiado pequeña. La figura, al verla, se detuvo, y luego se aproximó con cautela.

—¿Jule? –dijo tímidamente la sombra.

—¿Quién es? –dijo ella con sequedad.

—Soy yo... Bud.

Se miraron con curiosidad el uno al otro.

—¿Qué haces aquí?—Me marcho.

—¿Te marchas? ¿Adónde puedes ir tú?

—No lo sé; a alguna parte. No puedo quedarme en casa más tiempo.

—¿Por qué no puedes quedarte en casa? –Renacían en ella emociones que odiaba.

—Por madre, que es... La odio.

No me voy a quedar allí ni un día más. Si me quedaba antes era por padre; pero ahora..., ahora padre... está... está...

Cayó de rodillas e hizo oscilar el cuerpo como acusando la recurrencia del dolor.

Julieta, en un arrebato de piedad y odiándose a sí misma, se acercó a él. Su hermano era un chiquillo sucio con un mono ajado; Julieta calculó con dificultad que debía tener unos once años. Junto a él había un bulto, envuelto en un pañuelo anudado, con un mendrugo de pan frío e indigesto y un sobado libro con ilustraciones descoloridas por el tiempo.

Parecía pequeño y solo, arrodillado sobre las hojas muertas, que el vínculo común del odio acabó por acercarlos. Alzó la cara surcada y sucia, dijo: “Oh, Jule”, se abrazó a las piernas de su hermana y hundió la cara contra sus caderas angulosas y menudas.

Ella contempló cómo las caprichosas interrupciones de la luz lunar torturaban las desnudas ramas de los árboles. El viento soplaba arriba con un sonido lejano, y se deslizó por la cara de la luna una silenciosa V de gansos. La tierra estaba fría y silenciosa, y en su oscura quietud aguardaba a la primavera y al viento del sur. La luna miró a través de un claro entre nubes y ella pudo ver el pelo desgreñado de su hermano y el desvaído cuello de su camisa, y entonces las mortificantes y desusadas lágrimas le afloraron a los ojos y se deslizaron por la curva de sus mejillas. Al final ella también lloró abiertamente, porque todo parecía tan efímero y sin sentido, tan fútil; porque todo esfuerzo, todo impulso que había sentido hacia el logro de la felicidad se había visto frustrado por circunstancias ciegas, y hasta su tentativa de romper para siempre con la familia que odiaba se había venido abajo ante algo que le nacía de dentro. Ni la muerte podía servirle de consuelo, pues la muerte no era sino ese estado en el que los que se han dejado atrás quedan sumidos.

Julieta, al cabo, se sacudió las lágrimas de la cara y apartó a su hermano de sí.

—Levántate. Estás loco, así no puedes ir a ninguna parte; eres tan pequeño... Ven a casa a ver a la abuela.

—No, no Jule; no puedo, no quiero ver a la abuela.

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—¿Por qué no? Tienes que hacer algo, ¿no? A menos que quieras volver a casa –

añadió al fin.

—¿Volver con ella? No volveré con ella nunca.

—Bueno, entonces vámonos; la abuela sabrá lo que tienes que hacer.

Él retrocedió otra vez.

—Tengo miedo de la abuela; tengo miedo de ella.

—Entonces, ¿qué es lo que vas a hacer?

—Me voy, lejos, por allí –dijo, señalando hacia la capital del condado.

Ella reconoció la obstinación de su hermano como algo familiar, y supo que aquel chiquillo era tan difícil de convencer como ella misma. Había algo, sin embargo, que podía hacer: lo engatusó y lo llevó hasta el portón que daba al camino, y lo hizo esperar al abrigo de un árbol. Salió al poco con un voluminoso paquete de comida y unos cuántos dólares en monedas pequeñas –sus ahorros de aquellos años–.

Él lo tomó con la torpe apatía de la desesperación, y ambos caminaron juntos hasta el camino principal, donde se detuvieron y se miraron como extraños.

—Adiós, Jule –dijo al fin, y la hubiera tocado otra vez, pero ella se apartó; de modo que él se volvió y echó a andar, pequeña y vana figura por el camino difuso. Lo vio alejarse hasta que fue apenas visible, luego desapareció, y una vez más, Julieta se volvió y descendió la colina.

Los árboles estaban quietos, incorpóreos e inmóviles como reflejos, pues el viento había amainado; a la espera del invierno y de la muerte, como paganos indiferentes a los rumores de inmortalidad. Lejos aulló un perro sobre la tierra de octubre, y el melodioso y largo son de un cuerno vibró en torno a ella, llenando el aire como una agitación de aguas estancadas, y fue absorbido de nuevo en el silencio, y el oscuro mundo quedó inmóvil a su alrededor, apacible y levemente triste y bello. Cazadores de zarigüeyas, pensó, y luego, cuando el sonido hubo cesado, se preguntó si había oído algo realmente.

Se preguntó oscura y vagamente cómo era posible que las cosas la hubieran inquietado alguna vez, cómo podía existir algo capaz de perturbar aquel estado de ánimo: sereno y levemente entristecido. Ella avanzaba apenas, y era como si los árboles se movieran sobre su cabeza, haciendo deslizar sus ramas más altas por unas aguas cuajadas de estrellas, aguas que se abrían ante ellas para dejarles paso y volvían a juntarse luego, sin una onda o un cambio.

Allí, a sus pies, estaba el pozo: sombras, otra vez árboles inmóviles, otra vez el cielo; se sentó en el suelo y miró el agua con desesperanza suave y sensual. Aquello era el mundo, bajo sus pies y sobre su cabeza, eterno y vacío y sin límites. El cuerno volvió a sonar en torno a ella, en el agua y en el cielo y en los árboles; luego cesó despaciosamente, y del cielo y los árboles y el agua se vertió dentro de ella, dejándole en la boca un cálido sabor salado. Se echó súbitamente boca abajo y hundió la cara entre los brazos delgados, y sintió cómo la penetrante tierra chocaba a través de las ropas contra los muslos y vientre, contra los menudos y duros pechos. El último eco del cuerno se alejó inmaculadamente de ella y se deslizó por alguna colina blanda y sin límites de la quietud otoñal, como el rumor de una desesperanza lejana.

Y pronto, también, dejó de oírse.

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Al Jackson

Querido Anderson:

He pasado el fin de semana en una excursión en barco por el lago, y cuando remontábamos el río el piloto nos indicó por señas la morada del viejo Jackson. Los Jackson son descendientes de Old Hickory, y sólo sobrevive uno de ellos: Al Jackson.

Me gustaría que pudieras conocerle: con tu interés por la gente, sería para ti una mina de oro. Sin mediar culpa por su parte, pues es muy retraído, el hombre ha tenido una vida muy agitada. Se cuenta que nadie lo vio nunca vadeando o nadando desvestido. Había algo relacionado con sus pies, según dicen, aunque nadie sabe nada a ciencia cierta.

El piloto me estuvo hablando acerca de la familia. La madre de Al, a la edad de siete años, ganó el concurso de bordados de la escuela dominical, y como premio se le otorgó el privilegio de asistir a todas las ceremonias religiosas que se celebraran en su iglesia, sin la obligación de asistir igualmente a las sociales, durante un período de noventa y nueve años.

A los nueve años sabía tocar el armonio que su padre había conseguido a cambio de una barca, un reloj y un caimán domesticado. Sabía coser y cocinar, e hizo que la asistencia a su iglesia se viera incrementada en un trescientos por cien merced a cierta suerte de receta secreta para el vino de la comunión, en la que utilizaba, entre otras cosas, alcohol de grano.

El padre del piloto acostumbraba a ir a su iglesia; de hecho, la parroquia entera acabó por ir a ella. En el pueblo derribaron dos iglesias y utilizaron la madera para hacer nasas de pesca, y uno de los pastores de almas consiguió finalmente empleo en un transbordador. En señal de reconocimiento, la iglesia le regaló a la madre de Al una Biblia con su nombre y su flor preferida repujados en oro.

El padre de Jackson ganó su manocuando ella tenía doce años. Dicen que se sintió embelesado por su destreza con el armonio; según contó el piloto, él no tenía ningún armonio.

Pero también era todo un personaje.

Cuando tenía ocho años se aprendió de memoria mil versos del Nuevo Testamento, y fue víctima de un ataque que parecía ser encefalitis. El veterinario, cuando al fin se decidieron a llamarlo, les dijo que no podía ser encefalitis. Después de aquello, el viejo Jackson se volvió algo así como... bueno, llamémosle raro: compraba pegamento de encuadernación para comer siempre que podía, y cada vez que iba a tomar un baño se ponía la gabardina.

Dormía en una cama plegable que extendía sobre el suelo, y una vez acostado la cerraba sobre sí mismo. Intentó asimismo unos agujeros perforados para que entrara el aire.

Parece que a Jackson se le ocurrió finalmente la idea de criar ovejas en aquella ciénaga suya, en la creencia de que la lana crecía como cualquier otra cosa, y de que si las ovejas permanecían todo el tiempo en el agua, como árboles, el vellón habría de ser por fuerza más exuberante. Cuando se le hubieron ahogado aproximadamente una docena, las equipó con unos cinturones salvavidas hechos de caña. Y entonces descubrió que los caimanes las estaban atrapando.

Uno de sus chicos mayores (debió de tener alrededor de una docena) cayó en la cuenta de que los caimanes no se atreverían a importunar a una cabra con larga cornamenta, así que el viejo cogió raíces y modeló unos cuernos de unos tres pies de largo y los ató sobre la testuz de sus ovejas. No las dotó a todas de cuernos, no fuera a ser que 13

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los caimanes descubrieran la estratagema. El viejo, según decía el piloto, contaba con perder anualmente una cantidad determinada de ovejas, pero de aquel modo lograba mantener bastante baja la tasa de mortalidad.

Pronto descubrieron que las ovejas empezaban a gustar del agua, que nadaban de un lado a otro por los alrededores, y al cabo de unos seis meses constataron que no salían del agua para nada. Cuando llegó el momento dela esquila, el viejo tuvo que pedir prestada una motora a fin de perseguirlas y atraparlas, y cuando al fin pescaron una y la sacaron del agua, vieron que no tenía patas. Se le habían atrofiado y habían desaparecido por completo.

Y lo mismo sucedía con todas y cada una de las que conseguían atrapar. No sólo se les habían esfumado las patas, sino que en la parte del cuerpo que había estado bajo el agua tenían escamas en lugar de lana, y la cola se les había ensanchado y aplanado hasta adoptar una forma parecida a la de los castores.

Al cabo de otros seis meses, los Jackson no lograban ponerles la mano encima ni con ayuda de la motora.

De su observación de los peces, las ovejas habían aprendido a bucear. Y al año Jackson las veía únicamente cuando de tanto en tanto asomaban el hocico para tomar un buche de aire.

Pronto pasaron días sin que el agua se viera rota por un morro. En ocasiones sacaban algunas ovejas con ayuda de un anzuelo con cebo de maíz, pero sin rastro de lana en todo el cuerpo.

El viejo Jackson –según contaba el piloto– empezó a sentirse como desalentado. Todo su capital nadando de un lado para otro bajo el agua. Temía que sus ovejas se convirtieran en caimanes antes de que pudiera atrapar siquiera algunas. Finalmente Claude, el desaforado hijo segundo que andaba siempre detrás de las mujeres, le dijo que si le entregaba la mitad de las que atrapara contantes y sonantes, él se comprometía a coger unas cuantas.

Convinieron en ello, pues, y a partir de entonces, Claude se quitaba la ropa y se metía en el agua. Al principio no cogía muchas, pero de cuando en cuando acorralaba a alguna bajo un tronco y se hacía con ella. Una le mordió un día de mala manera, y Claude pensó para sí: “Sí, señor, tengo que darme prisa; estas benditas cosas serán caimanes en un año”.

Se puso manos a la obra, empezó a nadar mejor cada día y a hacerse con mayor número de presas. Pronto pudo permanecer media hora bajo el agua sinsacar la cabeza, pero en tierra su respiración ya no era tan buena, y empezó a sentir cierta extrañeza en las piernas, a la altura de las rodillas.

Luego dio en quedarse en el agua día y noche, y la familia le llevaba la comida. Perdió la facultad de valerse de los brazos a partir de los codos y de las piernas a partir de las rodillas, y la última vez que alguien de la familia pudo verlo, los ojos se le habían desplazado a ambos lados de la cabeza y una cola de pez le asomaba por un extremo de la boca.

Alrededor de un año después volvieron a oír hablar de él. Frente a la costa había aparecido un tiburón que se dedicaba a importunar a las bañistas rubias, en especial a las gordas.

—Ése es Claude –dijo el viejo Jackson–. Siempre ha sido terrible con las rubias.

Su sola fuente de ingresos, pues, se había esfumado. La familia hubo de soportar largos años de penurias, hasta que los salvó la promulgación de la Ley Seca.

Espero que la historia te haya parecido tan interesante como a mí.

Atentamente, William Falkner

Querido Anderson:

Recibí tu carta a propósito de los Jackson. Me ha dejado asombrado. Lo que tenía por una historia oída al azar resulta del dominio público. Debe de tratarse de una familia harto curiosa, y me hago eco de tus palabras: ¡cómo me gustaría conocer a Al Jackson!

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Yo mismo he estado haciendo algunas indagaciones. Es como tamizar el agua en busca de oro: una pizca aquí, otra allí. La historia de Elenor, según parece, es todo un escándalo. Se deslizó una noche por una tubería de desagüe y se fugó con un quincallero ambulante. Imagínate el horror de esa familia –tan limpia como es de rigor en toda familia criadora de peces– al enterarse de que “Perchie”, como la llamaban a Elenor, se había fugado con un hombre que no sólo no sabía nadar, sino que jamás había tenido una gota de agua encima del cuerpo en toda su vida. Tanto miedo le producía el agua que en cierta ocasión, atrapado por una tormenta en medio del camino, permaneció encerrado en su carromato sin salir siquiera para dar de comer a su caballo. La tormenta duró nueve días, el caballo murió víctima de los dardos del hambre y el hombre fue hallado inconsciente, después de haberse comido un par de zapatos con elásticos que le llevaba como regalo al viejo Jackson, y de haber engullido las riendas hasta donde le fue posible sin dejar el carromato. Lo irónico del caso es que quien lo encontró y salvó fue Claude, uno de los hermanos de Elenor, que se había detenido a echar una ojeada al carromato con la esperanza de encontrar dentro a una mujer.

(Claude andaba como un demonio detrás de las mujeres, como te dije anteriormente).

Pero a quien quiero conocer es a Al. Todo aquel que lo conoce lo considera un ejemplar de la época más genuina de la virilidad americana, un puro nórdico. Durante la guerra siguió innumerables cursos por correspondencia para curarse la timidez y robustecer su fuerza de voluntad, a fin de pronunciar discursos de cuatro minutos para fomentar la compra de bonos de la Libertad y ayudar así a los muchachos del frente, y se dice que fue el primero que pensó en reescribir las obras de Goethe y Wagner y atribuir su autoría a Pershing y a Wilson. Al Jackson, como ves, ama las artes.

Creo que estás equivocado en cuanto a los antepasados de Jackson. El tal Spearhead Jackson, en 1799, fue capturado por una fragata inglesa y colgado del extremo de una verga. Al parecer navegaba a favor de los alisios con un cargamento de esclavos cuando la fragata lo avistó y se aprestó a darle caza. Como era su costumbre, empezó a arrojar negros por la borda, manteniendo así a cierta distancia a los británicos, pero entonces se levantó una súbita borrasca que lo arrastró a mar abierto y lo apartó tres días de su rumbo. Sin dejar de arrojar negros por la borda, enfiló hacia las Dry Tortugas, pero al cabo se quedó sin negros y los británicos lo alcanzaron frente a la costa de Caracas, donde lo abordaron sin cuartel y barrenaron su barco. De modo que no es posible que Al Jackson descienda de esa línea. Además, Al Jackson en ningún caso podría provenir de un antepasado con tan poca consideración para con el ser humano.

Aportaré otra prueba. Los Jackson que nos ocupan descienden a todas luces de Andrew Jackson. La batalla de Nueva Orleans se dirimió en una ciénaga. ¿Cómo se explica que Andrew Jackson derrotara a un ejército que lo superaba en número a menos que estuviera dotado de pies con dedos palmeados? El destacamento que se alzó con la difícil victoria estaba compuesto por dos batallones de seres acuáticos de las ciénagas de los Jackson en Florida, seres medio caballos, medio caimanes. Por otra parte, si te fijas en su estatura de Jackson Park (¿quién sino un Jackson sería capaz de montar un caballo de dos toneladas y media y conseguir que se mantuviera en equilibrio sobre sus dos patas traseras?), observarás que lleva zapatos con elásticos.

Sí, he oído la historia del tiro al negro. Pero la creencia general en la región es que se trata sólo de una flagrante calumnia. Fue un hombre llamado Jack Spearman quien se dedicaba a tirotear suecos en Minnesota por una prima de un dólar. Mi versión, naturalmente, puede no ajustarse a la verdad.

Pero ¿quién es el tal Sam Jackson? He oído cierta referencia a su persona, pero al mencionar su nombre a un viejo contrabandista de alcohol que parecía conocer y venerar a la familia, el tipo se calló como un muerto, y cuando insistí se puso hecho una fiera. Lo único que conseguí de él fue el comentario de que se trataba de una “maldita mentira”.

La mayor parte de la información al respecto la obtuve el otro día de gente que asistió al funeral de Herman Jackson. Herman, como sabrás, era un muchacho extraño que sentía pasión porla educación. Pero el bueno de Herman estaba loco por aprender a leer, y Al, que al parecer es un hombre cultivado, ayudó al chico a inventar el modo de hacer botones de 15

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perla con escamas de pescado. Herman ahorró cierto dinero, y al fin logró que lo admitieran en la universidad. Hubo de mantenerse, como es lógico, haciendo pequeños trabajos.

Durante un tiempo se dedicó a clasificar pescado en el mercado, pero los botones de perla seguían siendo su principal fuente de ingresos. La gente de la casa de huéspedes se quejaba del olor, pero al ver cómo el muchacho se afanaba pegando escama con escama con cola de pescado sentía cierta lástima por él.

Finalmente, a la edad de dieciocho años, aprendió a leer y realizó una proeza inigualada. Leyó las obras completas de sir Walter Scott en doce días y medio. Durante los dos días siguientes permaneció sumido en una suerte de estupor, hasta el punto de que no podía recordar quién era. Un condiscípulo le escribió su nombre en una tarjeta, que Herman llevaba en la mano a todas partes para mostrarla a todo aquel que le preguntara cómo se llamaba.

Luego, al tercer día, empezó a sufrir convulsiones, y fue de convulsión en convulsión hasta que falleció tras varios días de espantosa agonía. Al, según dicen, se sintió terriblemente compungido, pues imaginaba que en cierto modo había sido culpa suya.

La Benéfica Orden de la Carpa, asistida por la cofradía de estudiantes de su centro (la ROE), lo enterró con honores. El entierro –afirman– fue uno de los mayores que se recuerdan en los círculos de criadores de peces. Al Jackson no asistió: se sentía incapaz de soportarlo. Pero se cuenta que dijo: “Sólo espero que el país que amo, que la industria a la que he dedicado los mejores años de mi vida, muestre un reconocimiento semejante el día de mi muerte”.

Si te es posible hacer que yo conozca a este hombre espléndido, por favor hazlo, y te quedaré profundamente agradecido.

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Don Giovanni

Se había casado muy joven con una chica de cara bastante vulgar a quien trataba a la sazón de seducir, y ahora, a los treinta y dos años, era viudo. El matrimonio le había arrastrado el trabajo como la sequía arrastra a los peces por los arroyos hacia las aguas caudalosas, y las cosas habían sido arduas a lo largo del tiempo en que pasó de ocupación en ocupación y de puesto en puesto hasta caer inevitable y finalmente en la sección de ropa femenina de unos grandes almacenes.

Allí se sintió al fin en lo suyo (siempre se había llevado mucho mejor con las mujeres que con los hombres), y la restaurada fe en sí mismo hizo posible que ascendiera sin demasiados contratiempos a la codiciada posición de comprador al por mayor. Sabía mucho de ropa de mujer y, dado el interés que sentía por las mujeres, mantenía la creencia de que el conocimiento de las cosas que a ellas les gustaban le confería una comprensión de la psicología femenina que ningún otro hombre podía poseer. Pero jamás fue más allá de las meras especulaciones: le fue fiel a su mujer, pese a que estaba postrada en cama víctima de una invalidez.

Así, cuando tenía en la mano el éxito y la vida les sonreía al fin, murió su esposa. Él se había habituado al matrimonio, se sentía apegado a su mujer, y la adaptación a la nueva situación fue una tarea lenta. Con el tiempo, empero, se acostumbró a la novedad de una libertad madura. Se había casado tan joven que la libertad era para él un campo inexplorado.

Disfrutaba de la comodidad de sus habitaciones de soltero, de la rutina solitaria de los días: la vuelta a casa paseando en el crepúsculo, la detenida contemplación de la calle de los suaves cuerpos de las chicas, sabiendo que si se molestara en solicitarlas ninguna habría de decirle No. Su sola preocupación residía en que le escaseaba el pelo.

Pero al cabo el celibato empezó a serle opresivo.

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William Faulkner

Su amigo y presunto anfitrión de la visita inesperada, sentado en el balcón con un cigarro, lo vio doblar la esquina, bajo el farol, y con una exclamación se puso en pie de un salto y volcó la silla de un puntapié. Se metió con rapidez dentro del cuarto, apagó la lámpara de mesa y saltó sobre un sofá y fingió dormir.

Caminaba airosamente, haciendo girar su liviano bastón: “Les encanta que los hombres sean osados con ellas. Veamos: ella llevará un conjunto de ropa interior negra... Al principio me portaré con indiferencia, como si no quisiera estar con ella, o como si no quisiera especialmente ir a bailar esta noche.

Dejaré caer una observación acerca de haber acudido únicamente porque lo había prometido, ya que en rigor debería haber ido a ver a otra mujer. Les gustan los hombres que tienen más mujeres. Ella dirá ”Por favor, llévame a bailar”, y yo diré ”Oh, no sé si quiero bailar esta noche”, y ella dirá ”¿No me llevas?” como apoyándose sobre mí –veamos–, sí, me cogerá la mano, me hablará dulcemente, bien, yo no responderé, como que no la oigo.

Seguirá provocando y al final pondré un brazo alrededor de ella y le levantaré la cara en el taxi oscuro y la besaré, con frialdad y dignidad, como si me tuviera sin cuidado hacerlo o no, y diré ”¿Quieres realmente ir a bailar esta noche?”, y ella dirá ”Oh, no lo sé. Lo que deseo únicamente es ir por ahí... contigo”, y yo diré ”No, vamos a bailar un rato”.

“Bien, bailaremos y yo le acariciaré la espalda con la mano. Ella me estará mirando, pero yo no la miraré...” Despertó de su ensueño bruscamente y cayó en la cuenta de que había dejado atrás la casa de su amigo. Volvió sobre sus pasos y alargó el cuello hacia las ventanas oscuras.

—¡Morrison! –canturreó.

No hubo réplica.

—¡Oh, Mor...rison!

Las dos ventanas estaban oscuras einescrutables como parcas. Llamó a la puerta, retrocedió unos pasos para dar término a su aria. Junto a la puerta había otra entrada. La luz se colaba por una celosía de medio cuerpo, semejante a la puerta de un “saloon”; más allá de ella tecleaba con perversidad una máquina de escribir. Tocó, vacilante, en la celosía.

—Hola –tronó una voz sobre el ruido de la máquina. Él meditó brevemente y volvió a llamar, ahora con más energía.

—Adelante, maldita sea. ¿Cree que es un cuarto de baño? –dijo la voz, ahogando la máquina de escribir.

Abrió la celosía. El hombre enorme y con camisa sin cuello que estaba sentado a la máquina alzó una cabeza leonina y lo miró con irritación.

—¿Sí? –Cesó el ruido de la máquina.

—Discúlpeme: busco a Morrison.

—El piso de arriba –le espetó el otro, disponiendo las manos sobre la máquina–.

Buenas noches.

—Pero es que no contesta. ¿Sabe si está?

—No.

Reflexionó de nuevo, tímidamente.

—Me pregunto cómo podría enterarme. Tengo prisa y...

—¿Cómo diablos voy a saberlo? Suba y averígüelo, o salga ahí afuera y llámelo.

—Gracias, subiré.

—Bien, pues suba. –La máquina de escribir atacó un “pianissimo”.

—¿Puedo pasar por aquí? –aventuró tibia, cortésmente.

—Sí, sí. Pase por donde quiera.

Pero por el amor de Dios no me moleste.

Le dio las gracias en un susurro y pasó nuevamente junto al hombre grande y frenético. La habitación entera trepidaba ante las pesadas manos del hombre, y la máquina de escribir brincaba y alborotaba como un ser enloquecido. Subió unas escaleras oscuras; 17

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su amigo le oyó tropezar y gruñó: “Te mataré por esto”, dijo, maldiciendo al desprevenido y estentóreo mecanógrafo del piso de abajo. La puerta se abrió y el visitante siseó “¡Morrison!”

hacia el interior del cuarto oscuro.Morrison maldijo de nuevo para su coleto. Al moverse gimió el sofá, y dijo: —Espere a que encienda la luz. Me romperá todo lo que tengo si se pone a andar a ciegas en la oscuridad.

El visitante suspiró con alivio.

—Bien, bien. Había casi desistido de verle y me marchaba ya cuando ese hombre de ahí abajo me dejó amablemente pasar por su cuarto.

La mano de Morrison encendió la luz.

—Oh, estaba usted dormido, ¿no es cierto? Lamento tanto haberlo importunado. Pero es que quiero su consejo.

Depositó el sombrero y el bastón sobre una mesa, derribando al tiempo un jarrón con flores.

Con pasmosa agilidad agarró el jarrón antes de que se estrellara contra el suelo, pero no antes de que su contenido salpicara copiosamente.

Volvió a poner en su sitio el jarrón, y acto seguido empezó a secarse rápidamente las mangas y la pechera del traje con un pañuelo.

—Ah, diablos –profirió, exasperado–. ¡Acabo de recoger el traje de la planchadora!

El anfitrión contempló el incidente con reprimido y vengativo regocijo, y le ofreció una silla.

—Qué pena –le compadeció insinceramente–. Pero ella no lo notará: probablemente estará interesada por usted.

Él alzó la vista, halagado aunque un tanto dubitativo respecto al tono de su amigo. Se pasó las palmas de las manos por el pelo ralo.

—¿Usted cree? Pero atienda –continuó con rápido optimismo–. Ya he descubierto dónde fallé antes. Osadía e indiferencia: eso es lo que hasta ahora he pasado por alto.

Escuche –dijo con entusiasmo–: esta noche tendré éxito. Pero quiero su consejo.

El otro volvió a rezongar y se reclinó en el sofá.

El visitante continuó: —Bien, actuaré como si otra mujer me hubiera telefoneado, como si saliera con ella sólo porque lo había prometido: para empezar, ponerla celosa,¿comprende? Bien, actuaré como si me tuviera sin cuidado ir a bailar, y cuando me lo pida suplicante, la besaré, con toda indiferencia, ¿me sigue?

—Sí –susurró su amigo, bostezando.

—Así que nos iremos al baile y bailaremos y la acariciaré un poco, pero sin mirarla, como si estuviera pensando en otra persona. Ella se sentirá intrigada, y dirá “¿En qué piensas con tanta intensidad?”, y yo diré “Por qué quiere saberlo?”, y ella me rogará que se lo diga, bailando todo el tiempo muy pegada a mí, y yo diré “Prefiero decirte lo que tú estás pensando”, y ella dirá “¿Qué?” al instante, y yo diré “Estás pensando en mí”. Bueno, ¿qué le parece?

¿Qué cree que dirá entonces?

—Probablemente le dirá que es usted un engreído.

—¿Cree que lo hará?

—No lo sé. Pero pronto lo averiguará.

—No, no creo que me diga eso.

Imagino que pensará que sé mucho de mujeres. –Se quedó sumido en honda meditación, y al cabo rompió de nuevo a hablar–: Si lo hace, yo diré: “Tal vez sea así. Pero estoy cansado de este sitio. Vámonos”. Ella querrá quedarse, pero me mantendré firme.

Luego seré osado: la llevaré directamente a mi casa, y cuando vea lo osado que soy, se entregará a mí. Les gustan los hombres osados. ¿Qué le parece?

—Muy bien, siempre que ella actúe como usted espera. Aunque sería una buena idea si le esbozara un poco el guión, así no se equivocaría.