Relatos en Cuatro Tiempos por Jorge Muñoz Gallardo - muestra HTML

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RELATOS EN CUATRO TIEMPOS

 

JORGE MUÑOZ GALLARDO

 

 

SOBRE EL AUTOR.

 

Jorge Muñoz Gallardo es profesor de castellano con estudios de Derecho y ciencias sociales. Colaboró en los desaparecidos diarios “Austral” de Valdivia y “La Época” de Santiago. En 1991 obtuvo mención honrosa en el ”Concurso Binacional Argentina Chile de Poesía”, en homenaje a Pablo Neruda. En el 92, mientras cursaba un diplomado en el Instituto Latinoamericano de Estudios Sociales (ILADES), cultivó la amistad del poeta Miguel Arteche y del periodista y narrador José Miguel Varas, recibiendo de ambos, valiosas enseñanzas y estímulo para perseverar en su labor literaria. En el 99, ganó el primer lugar en el concurso de cuentos “Atrévete”, organizado por la editorial Los Andes. El 2006, publicó, en una autoedición, el volumen de cuentos “Gratitud de las moscas”, esta obra fue comentada en la “Revista de Libros” del diario El Mercurio. Entre los años 2007 y 2008, fue finalista en diversos concursos realizados en Argentina y España. En el 2009, logró el segundo lugar en el concurso de cuentos de la revista “Grifo”, de la Facultad de Letras de la Universidad Diego Portales. En EL 2011, consiguió, con este volumen de relatos, el segundo lugar en los XXV Premios Tiflos de Literatura. Integraron el jurado, Patricia Sanz y Luis Mateo Díez, académico de la RAE. Este concurso es convocado anualmente por la organización nacional de ciegos españoles (ONCE) y está abierto a la participación de escritores ciegos y videntes de toda España y Latinoamérica. En la ceremonia de premiación, realizada el 21 de mayo del 2012, en la ciudad de Madrid, se leyó el siguiente texto del autor: “Agradezco a la ONCE que a través de los Premios Tiflos de poesía, cuento y novela, fomenta, entre los discapacitados visuales, el amor por las palabras y el esfuerzo creador. Esas palabras del español que un puñado de aventureros, a bordo de frágiles naves, llevó a tierras latinoamericanas, y fundidas con las lenguas de los pueblos originarios, dieron nuevo vigor a nuestro idioma. Palabras que nos permiten nombrar al cóndor, el guanaco, la araucaria. Palabras que tiemblan en la voz del payador y moldeadas a golpes de paciencia dan vida al relato y la leyenda. Esas mismas palabras, sugerentes y pausadas, que siendo todavía un niño, escuché de mi padre, cuando, sentado a los pies de la cama, me contaba historias pobladas de selvas y bandidos, para hacerme dormir conjurando el miedo que me causaba el trueno y el relámpago, en las noches de invierno, allá en el bravo sur de mi país. Son aquellas palabras antiguas, como el viento y la montaña, que se adaptan a las nuevas realidades y viajan a gran velocidad en los brazos del correo electrónico y las faltriqueras del”ciberespacio”.

 

 

NOTA PRELIMINAR.

 

La novela se mueve en la amplitud, en la vastedad, la actividad del novelista es como la del pintor de murales que extiende sus trazos en grandes superficies, por el contrario, el cuento, se desenvuelve en la brevedad, el trabajo del cuentista se parece a la tarea minuciosa y concentrada del orfebre, que requiere atención sostenida y visión aguda. Ya decía la escritora norteamericana, Mary Flannery O'Connor: ”Para el escritor de ficciones, en el ojo se encuentra la vara con que ha de medirse cada cosa; y el ojo es un órgano que además de abarcar cuanto se puede ver del mundo, compromete con frecuencia nuestra personalidad entera. Involucra, por ejemplo, nuestra facultad de juzgar. Juzgar es un acto que tiene su origen en el acto de ver. En la escritura de ficción, salvo en muy contadas ocasiones, el trabajo no consiste en decir cosas, sino en mostrarlas”. Pero, he aquí una ironía de los dioses: Jorge Muñoz Gallardo es ciego. Pese a ello, no parece necesitar de la vista para elaborar, en pocas líneas, personajes y descripciones que bien podrían haber sido construidos por el pincel de un diestro pintor. Su prosa es fluida y clara, libre de esos artificios técnicos que en muchas ocasiones ocultan debilidades y muy poco o nada aportan.

 

EULOGIO SÁNCHEZ PALMA.

 

 

PRIMERO

 

La barca.

 

El viejo Noé estaba desilusionado de los hombres, desilusionado con tantas mentiras, arbitrariedades, abusos, conflictos y guerras sangrientas. Una noche tuvo un sueño revelador: cogía su bastón para emprender el camino a la montaña, mientras subía, el viento le agitaba la barba y los pliegues de la túnica que lo envolvía de los hombros a los pies descalzos. Al llegar a la cima, se detuvo y soltando el bastón elevó los brazos al cielo, en una súplica desesperada. Un ruido, que el viejo confundió con un trueno, resonó en lo alto, pero no era un trueno, era la voz de Dios: “¿Qué buscas? ¿Por qué me molestas?” El viejo Noé cayó de rodillas, luego empezó a hablar y terminó con lágrimas en los ojos. “¡Vuelve a tu casa, construye una barca muy grande, coloca en ella una hembra y un macho de cada especie, también a tu mujer, y a todos los que de ti descienden, enseguida espera mi señal!” La voz de Dios se apagó dejando un silencio tan hondo que el viejo sintió pavor, y regresó a su casa todo lo rápido que le permitían sus ciento cincuenta años.

 

Cuando despertó, le contó a su mujer, a sus hijos, a sus nietos, a sus tataranietos, lo que le había dicho Dios. Ayudado por todos ellos y un par de artesanos amigos, comenzó a trabajar en la construcción de la barca, sin saber para que serviría.

 

Los afanes de Noé y su familia, dieron que hablar, muchos se aproximaban al lugar donde la extraña construcción iba adquiriendo forma, unos decían que era una casa de varios pisos, otros que era una fortaleza, tampoco faltaban los que afirmaban que el viejo se había vuelto loco y pronto los rumores circularon de boca en boca, hasta que llegaron a oídos de los jefes de las tribus que se pusieron muy inquietos con la versión que hablaba de una fortaleza y enviaron espías que los mantenían informados de todo lo que ocurría.

 

Transcurridos doce meses, la barca se había convertido en una realidad que causaba los más variados comentarios. Entonces Noé tuvo un segundo sueño: el trueno sacudía otra vez el cielo y Dios le revelaba que caería una lluvia implacable, que duraría cuarenta días y treinta y nueve noches. Al despertar, el viejo había comprendido el objetivo de la barca y acompañado de todos los suyos, se fue al campo a recoger animales y la idea de que se había vuelto loco cobró nueva fuerza, y a muchos les daba risa ver a Noé corriendo detrás de una liebre o una codorniz, a las que no lograba alcanzar.

 

Cuando el viejo estuvo convencido de que había llegado el momento, se encerró con todos los suyos y los animales que pudo atrapar ( que no fueron tantos) en el interior de la barca y esperó. La lluvia comenzó de pronto, primero muy suave, luego más y más fuerte, el viento soplaba y los relámpagos cortaban el cielo. Los animales corrían a refugiarse en el monte, las aves se escondían en la parte más espesa del bosque, los jefes y sus tribus se fueron a las montañas y desde allí vieron como la lluvia iba inundando el valle. La barca del viejo Noé poco a poco, empezaba a flotar. Al cabo de cuarenta días, el valle era un lago y los jefes de las tribus mandaron a buscar las canoas que escondían en grutas cavadas en la piedra, enseguida subieron a ellas, acompañados de seis guerreros en cada una, y atacaron la barca, apresaron a Noé y a su familia, acusándolo de querer apoderarse de las tribus y sus territorios. De nada le sirvió al viejo hablarles de su encuentro con Dios en lo alto de la montaña, de las palabras que le anunciaban el diluvio, lo trataron de mentiroso, le recordaron a gritos que cada cuatro años habían tormentas que inundaban el valle.

 

Con el término de la lluvia y la aparición del sol, el agua comenzó a bajar, hasta que el valle volvió a ser lo que todos conocían, pero más verde y fértil. La barca de Noé se acomodó en la tierra firme, con la apariencia de una enorme casa. Entonces, los jefes se dieron a la tarea de proclamar su derecho sobre aquella construcción, y como no pudieron ponerse de acuerdo, estalló la guerra, que duró bastante más que el diluvio, causó miles de muertes, y concluyó cuando alguien le prendió fuego a la barca, las llamas la consumieron hasta dejarla convertida en un montón de ceniza negra.

 

La víbora

 

La mujer que se bañaba en leche de cabra mezclada con miel, que se pintaba los párpados verdes y los labios de carmín. La hija del sol, hermana de las víboras, la maestra del amor que hablaba siete lenguas y preparaba hechizos, intrigas, batallas, preparó su muerte igual como un artista compone su obra maestra.

 

Un carruaje lleno de frutas y flores, tirado por seis caballos blancos cruzó el desierto a todo galope. El esclavo negro los azotaba hasta hacerles saltar la espuma por la boca y los ojos de las órbitas. Debían llegar al castillo oculto al otro lado del monte donde crecían las anchas palmas y los olivos grises, antes de que saliera el sol. Una reina no muere todos los días y no lo hace en cualquier lugar. Cleopatra, desnuda entre los nísperos, los damascos y las orquídeas del valle del Nilo, sonreía con malicia y voluptuosidad.

 

En ese mismo instante, los soldados de Octavio registraban los palacios de la reina fugitiva, a la que el ambicioso general deseaba capturar viva, con el propósito de exhibirla encadenada por las calles de Roma.

 

El carruaje se detuvo delante de un edificio que siendo hermoso parecía completamente abandonado, brillaban las estrellas, era profundo el silencio. El negro saltó al suelo, abrió las pesadas puertas de hierro que conducían a un patio lateral. Después de guiar el carruaje y los caballos hasta un amplio establo, se quedó inmóvil, esperando las órdenes de la soberana. Cleopatra le mandó que la tomara en brazos y la llevara a sus habitaciones. El esclavo cumplió la orden avanzando por una galería cubierta de ladrillos rojos que daba directo en el cuarto de la reina. La blanca silueta de Cleopatra contrastaba con el torso ancho y sudoroso del negro. Cuando estuvo tendida en el lecho, la reina le dijo al esclavo que deseaba fornicar. Lo habían hecho otras veces, siempre en situaciones extremas. Como en las ocasiones anteriores, el negro actuó con la ferocidad de un tigre y la sumisión de un perro. La cópula corta, violenta, acabó con el esclavo enrollado a los pies de su dueña. Cleopatra deslizó la mano entre los almohadones y sacando un látigo de cuero con puntas de hierro, comenzó a azotarlo hasta que la sangre le brotó de la espalda y las extremidades. El negro apretaba los dientes, pero ningún gemido salió de su boca. Cansada de golpearlo, le ordenó que se levantara y fuera al monte a buscar una víbora.

 

Cuando el negro regresó, sosteniendo en las manos un canastillo de fibra vegetal, ya amanecía. Cleopatra estaba ataviada con los más bellos vestidos. Las joyas brillaban en su cabeza, el cuello y los brazos. Su rostro, el porte gentil, la firme serenidad eran los de una diosa. Recibió el canastillo y le indicó al esclavo que se marchara.

 

Acomodada en el lecho, con la espalda en los grandes almohadones, el cabello negro y abundante suelto sobre los hombros, pensó en su enemigo. Seguramente, los soldados que la perseguían, estaban cerca. Cogiendo la cesta, la aproximó a sus pechos y levantó la tapa. Una víbora asomó la cabeza inquieta. Atraída por la tibia piel de la reina, se deslizó entre los duros senos, descendiendo hacia el vientre, donde la mordió.

 

La rosa púrpura

 

El rey, que era muy viejo, temblaba de frío y aunque le traían las mejores mantas y el fuego ardía en el enorme bracero de hierro, no conseguía entibiar su cuerpo cansado. Sus médicos, pajes y criados se esmeraban en atenderlo, pero todo resultaba inútil. Una tarde le llevaron una muchacha virgen para que lo acompañara en su alcoba; era blanca como la leche de cabra, sus cabellos y ojos negros, su boca húmeda se parecía a una flor recién abierta. Se llamaba Ángela y estaba enamorada de un pastor de los montes que rodeaban su aldea. La juventud y belleza de la muchacha, le devolvieron al rey el vigor y encendido de pasión la hizo suya. Esa misma noche, Ángela clavó una daga en el pecho del monarca que dormía y huyó deslizándose por la ventana. Había escondido entre sus ropas la daga homicida y como sabía que no era posible escapar al desprecio del pastor y a los hombres del rey, en cuanto estuvo sola en el campo, se cortó las venas. El pastor, que bajaba del monte con su rebaño, halló el cadáver y la llevó a la aldea para darle sepultura. En el suelo regado con la sangre de la joven creció un rosal y en su extremo abrió los pétalos una rosa color púrpura. El rey, que siempre le había dicho a sus hijos que al morir deseaba descansar junto a la flor más bella, fue enterrado al pie del rosal.

 

La deuda

 

El plazo que el demonio le concedió al doctor Fausto, se cumplía esa noche. El antiguo reloj de pared marcaba un cuarto para las doce. Fausto, elegantemente vestido, se paseaba delante de la chimenea donde ardían gruesos leños, con las manos cruzadas en la espalda. Echado sobre la alfombra, a poca distancia del fuego, un mastín negro lo contemplaba con ojos mansos. En una mesilla de madera, con delicados dibujos en relieve, había un candelabro de bronce con cuatro brazos en los que brillaban las llamas de altas velas. Afuera, soplaba fuerte el viento y la lluvia golpeaba persistente en los cristales. Fausto miró el reloj, enseguida comparó todos los años vividos, gozados, aprisionados en ardientes labios femeninos y los comparó con aquel cuarto de hora que repicaba en sus sienes como un cruel martillo. Se dijo que no tenía miedo, pero también se preguntó como sería el infierno y no pudo evitar un ligero temblor. Caminó hacia la biblioteca. Por un instante se quedó mirando la estatuilla de porcelana que representaba a Leda desnuda junto a Zeus convertido en cisne, que se alzaba entre los numerosos volúmenes ordenados por temas y autores. De uno de los anaqueles extrajo un libro con las tapas forradas en cuero, eran las comedias de Aristófanes, tal vez la lectura de esas obras lograría sacarlo del oscuro pozo en que se hundía su ánimo. No pudo leer una sola línea y devolvió el libro a su lugar.

 

Miró el reloj, faltaban diez minutos. Unas pisadas al otro lado de la puerta lo hicieron volverse bruscamente. “¿ Quién es ?”, preguntó con la voz un tanto alterada. Su criado le respondió con amabilidad. La puerta se abrió y entró un hombre pequeño, gordo, sonriente. Llevaba una bandeja con una botella de vino, una copa de cristal y un plato con rebanadas de jamón. El perro se levantó y fue a olfatear al hombre, moviendo el rabo con alegría. Después de colocar la bandeja en una mesa cubierta con un mantel blanco, el criado hizo una reverencia y se marchó deseándole buenas noches.

 

El vino le infundió tranquilidad  . Comió el jamón compartiendo un par de rebanadas con el animal. Bebió hasta casi vaciar la botella, luego se acomodó en un sillón y se quedó pensando. Si pudiera rectificar… Regresar a la niñez… Empezar todo de nuevo. Miró el reloj que colgaba en la pared, las agujas se acercaban a la hora fatal, sintió que las fuerzas lo abandonaban y un temor vergonzante se apoderó de su alma.

 

Cuando las campanas del reloj comenzaron a sonar, el mastín saltó sobre él. Los agudos colmillos del perro le abrieron la garganta.

 

Para Elisa

 

Sentado ante el piano, Beethoven improvisa las primeras notas de “ Para Elisa “. A poca distancia de él, sobre una butaca forrada en terciopelo verde, Elisa permanece inmóvil: el cabello abundante y castaño cae sobre sus frágiles hombros, brillantes los ojos, inclinada la cabeza, con una sonrisa de éxtasis curvando suavemente sus labios. La tarde se rompe en hebras de oro y esa luz postrera que llena la habitación le da a su estática figura el aspecto de una virgen renacentista.

            Los dedos toscos y gruesos del músico van y vienen con destreza por el teclado y en su rostro redondo y picado de viruela se refleja una honda emoción. La melodía vigorosa y ágil avanza, crece, vibran los tonos medios, las notas agudas y el ronco temblor de graves acordes. Y mientras en la imaginación del artista los almendrados ojos y la dulce sonrisa de la muchacha se encadenan a los largos períodos de las apasionadas oraciones musicales, ella piensa en el duque de R: su amante.

 

Temporal

 

Un sacerdote, muy estimado por sus feligreses, iba arrellanado en el asiento posterior de una calesita tirada por dos caballos negros. De pronto, el cielo se nubla, sopla el viento, empieza a  llover, las hojas se desprenden de los árboles, el agua y el barro cubren las calles formando gruesas capas de lodo. Las casas apenas se ven a través de la gruesa cortina de lluvia. El fulgor de un relámpago corta el cielo, enseguida estalla el trueno.

 

- ¿ Qué hacemos padre ? -dice el cochero, y agrega: -Con este temporal no llegamos al convento.

 

- ¿ Tu casa está cerca ? -dice el sacerdote con voz dulce.

 

Comprendiendo la pregunta que ha oído tantas veces, el cochero se acomoda la bufanda, se ajusta el sombrero, azota las bestias y dirige el carruaje hacia su casa. Allí los espera su sobrina Mercedes, una muchacha de  diecinueve años, que le proporciona su amor al sacerdote, por un precio que a los tres les parece razonable, puesto que el complaciente cochero se queda con una parte de las ganancias que con dedicación produce la sobrina.

 

Dos horas más tarde, el buen clérigo sale de la casa acompañado del cochero. No llueve, pero continúa nublado y corre viento. Antes de  entrar en  la calesita, el sacerdote se santigua, luego se instala en el asiento posterior y parten al convento.  

 

Espíritu Santo

 

Es de noche, la luz de las velas que arden en un candelero de bronce ilumina la habitación amoblada con sillones y butacas de madera oscura, en unas mesitas arrimadas a la pared hay libros y figuras de porcelana, en el suelo extiende los brazos una gastada piel de oso. Sentado ante una mesa de roble, Flaubert trabaja en un relato, decenas de cuartillas borroneadas, una pluma metálica y un tintero, dos lápices de grafito y un loro disecado ocupan la descolorida superficie del mueble. Todas las hojas de papel a amarillo que ha desechado, contienen párrafos sobre el Espíritu Santo. En lugar de la tradicional paloma blanca para representarlo, ha decidido usar un loro, porque a su entender le viene mejor a la obra y al protagonista. Su mirada se detiene con impaciencia en el ave disecada, le faltan plumas en la cola, en el pecho tiene un color gris opaco, las puntas de las alas son rojas y uno de sus ojos está vacío. Ha pasado muchas horas contemplando al ave inerte, sucia, desdeñosa, ha escrito notas acerca de su tamaño, colorido, rasgos de la cara y la cabeza, pero ninguna lo satisface. Incluso, siente que el loro, con ese único ojo, lo observa y si no fuera porque las ventanas están cerradas, diría que una corriente de aire le ha movido las alas, y ese movimiento ligero, sutil, consecuencia probable de una ilusión óptica, le sugiere la idea de que el ave intentó volar.

 

Como no hace frío, abre una de las ventanas, un poco de aire fresco puede ayudarle a despejar su pensamiento. Luego va a los libros que descansan en un estante que cubre toda una pared. Lee en voz alta los lomos de los libros hasta que encuentra lo que busca: un tratado de ornitología. Vuelve a la mesa y se dedica a examinar el índice del voluminoso texto. Enseguida revisa los dibujos que hay en las páginas interiores, los loros del Brasil son los más hermosos. Cuando levanta la vista del libro, cree percibir otra vez aquel ligero movimiento en las alas del ave disecada. Está cansado, no logra avanzar, talvez le haría bien un poco de sueño. Ha eliminado dos adjetivos y una frase demasiado larga. Deja el lápiz, estira las piernas, mira nuevamente al loro y vuelve a percibir el leve movimiento de las alas que se van desplegando como las varillas de un abanico. El ave alarga el cuello, inclina el cuerpo y emprende el vuelo hacia la ventana abierta.  

 

Resentimiento.

 

Por la calzada iba Rafael Mendoza, vestía con anticuada elegancia, su aspecto revelaba cansancio, unas gotas de sudor bajaban por su frente y a ratos se las secaba con un pañuelo de seda verde. Con el rencor ensombreciéndole los pardos ojos contemplaba la casa que antes le había pertenecido, al tiempo que, elevando la voz, decía:

 

-¡Maldita suerte! Ojalá un incendio te devore y tus cenizas se las lleve el viento, para que ningún recuerdo se quede.

 

Y, con su pensamiento, también ensombrecido, maquinaba recuperar el inmueble por la fuerza, matar a Julio Hernández, y apoderarse de su hija para gozarla todo lo que la pasión y el cuerpo permitieran y luego despreciarla, tal como lo hizo ella con él algunos años antes, y esto último no sólo lo pensaba porque lo repitió en voz alta. Hernández, que al otro lado del muro se paseaba, alcanzó a oírlo, corrió a la casa, llamó a su hija y le pidió que se asomara a la ventana y lo demorara. Así lo hizo la bella mujer, con femenina astucia le habló a Mendoza, que se entretuvo con ella, mientras Hernández se guardaba una pistola en el bolsillo y salía a la calle en busca de su adversario.

 

-¡Ven acá hijo de perra! -gritó con furia.

 

Rafael Mendoza, que estaba desarmado y conocía bien a su adversario, echó a correr como si lo persiguiera una jauría de lobos hambrientos; en la otra cuadra lo esperaba un coche con dos caballos. Corría moviéndose a izquierda y derecha con la intención de no ofrecer un blanco fácil y a ratos giraba la cabeza. Cuando vio el carruaje, empezó a gritar llamando al cochero, este cogió las riendas y azotando los caballos dio la vuelta y fue hacia su señor.

 

Temiendo que la presa se le escapara, Hernández presionó el percutor disparando dos veces, el cochero aflojó las riendas, se dobló hacia un lado y cayó al suelo profiriendo un gemido ronco. Mendoza saltó al pescante, cogió las riendas y golpeando el lomo de los animales con el látigo que había quedado colgando, consiguió huir por una calle lateral. La rueda izquierda del carruaje pasó por las piernas del cochero inerte sobre una mancha de sangre que lentamente se extendía.

 

Latas de conserva.

 

Puede que a quienes lean estas líneas les parezca insólito recordar que los alimentos conservados en lata hallan aparecido muchos años antes de que se inventara el instrumento adecuado para abrir las gruesas latas que contenían carne de vaca, cerdo, ave, pescado y también frutas. De modo que miles de personas tuvieron que pasar agudos dolores de cabeza para abrir una lata y disfrutar de su contenido. Los fabricantes de la época, recomendaban usar martillos, clavos de diez pulgadas, hachas de mano y hasta disparos de fusil, para destapar una lata de alimento en conserva. Sin embargo, todos sabemos que nuestra historia está llena de curiosidades y contradicciones, razón por la cual aceptamos las dificultades de tantos antepasados de voluntad y esfuerzo, como simples anécdotas, sin concederles a sus proezas el mérito que les corresponde. Entre los que más sufrieron con los alimentos enlatados, están los exploradores, soldados y aventureros que se internaban por selvas, montañas, desiertos, mares turbulentos, paisajes cubiertos de nieve, enfrentando toda clase de peligros.

 

Tal fue el caso del soldado español, Conrado Álvarez, hombre de corazón intrépido que en calidad de mercenario integró un batallón británico apostado en las selvas de Bengala, en la India, por los finales de 1847. Al rudimentario inglés del soldado Álvarez no me voy a referir porque da espacio para otra narración, pero reitero las cualidades de su firme espíritu, que lo llevaron a protagonizar esta singular aventura.

 

Era la hora de la siesta, el calor y la humedad de aquella geografía, tenía a todo el destacamento roncando debajo de las carpas de tela. Hasta los encargados de la vigilancia cabeceaban con la barbilla apoyada en el pecho. Sólo Conrado Álvarez mantenía una actitud de atención, esto no por disciplina sino porque siempre había tenido problemas para dormir, especialmente cuanto estaba preocupado. Su inquietud se basaba en que había visto una extraña sombra deslizándose a cierta distancia. Decidido a aclarar el suceso, cogió su mochila y el fusil, miró a sus compañeros, como si quisiera buscar apoyo, pero al no descubrir a ninguno dispuesto a seguirlo, empezó a caminar hacia la espesura. Al llegar al sitio donde creyó ver la sombra, encontró unas huellas borrosas que a los pocos metros se perdían en la abundante vegetación. La mochila le pesaba en la espalda, su mano derecha apretaba el fusil , sus ojos negros y redondos escudriñaban los alrededores. Mientras avanzaba cobraba fuerza en su pensamiento la idea de que las huellas pertenecían a un soldado enemigo que había descubierto la posición del destacamento británico y ahora regresaba a sus propias posiciones para dar la noticia y acabar con todos ellos. Si alcanzaba al intruso, podría derribarlo de un culatazo, atarlo de pies y manos, llevarlo al campamento, hacerlo confesar. Salvaría las vidas de sus compañeros de armas, sería condecorado, pasaría a la inmortalidad. Desde que era un niño, allá en la casa de su abuela materna, en su Galicia natal, jugaba con soldaditos de plomo y soñaba con grandes acciones que lo elevaban por encima del hombre común. Cuando consultó su reloj, apenas había luz para distinguir los números. No sabía donde estaba ni como volver, a lo lejos, sobre los montes oscuros, se desparramaban los postreros fulgores del sol. Una pareja de buitres surcaba la altura con lento vuelo, un temblor parecido a un mal presagio le recorrió la espalda. Según sus cálculos, había andado durante unas tres horas, tal vez se había movido en círculos y en ese caso estaba cerca de su propio campamento, pero también pudo caminar en una misma dirección y entonces se hallaba cerca de sus adversarios. Cualquiera fuera la alternativa correcta, debería pasar la noche allí, expuesto a fieras desconocidas y feroces, insectos venenosos, primates agresivos, evitando en todo momento quedarse dormido. Sin embargo, Conrado Álvarez era un soldado, su vida dependía de la frialdad de sus nervios, y de las latas de alimentos en conserva que guardaba en la mochila. Eligió un árbol de ramas altas, pocas hojas, por cuyo tronco subían y bajaban diminutas hormigas negras. Después de comprobar que ninguna fiera se escondía en las ramas ni en el tronco, decidió que era el momento de comer, dejó el fusil apoyado en el árbol, abrió la mochila tirando los duros broches, sacó un gran tarro de lata que contenía sardinas en aceite y se quedó mirando la etiqueta con el mismo asombro experimentado por un arqueólogo ante un grupo de signos recién descubiertos. Siguiendo las instrucciones del fabricante, intentó romper la lata con la hoja de su cuchillo, pero lo único que consiguió fue hacerle unas cuantas rayas. Luego la golpeó con una piedra de regular tamaño, fuera de las abolladuras no avanzó demasiado. Podía disparar sobre el tarro, pero el estruendo llamaría la atención de sus adversarios. (Se vio a sí mismo con las manos atadas a la espalda, conducido ante la presencia del capitán enemigo. El capitán enemigo era alto, enjuto, de mirada homicida, no perdía el tiempo y después de intercambiar algunas palabras con sus hombres, ordenaba que lo trasladaran a un recinto donde le practicaban torturas atroces con el propósito de sacarle toda la información celosamente guardada en su memoria. Debilitado hasta la agonía con las infames prácticas, era arrojado a la selva, donde los animales salvajes lo devoraban en pocos segundos). Soltó un largo suspiro, delante de sus ojos volvió a ver –con cierta dificultad- la lata, forrada con una etiqueta amarilla con letras negras. En el centro de la ancha faja de papel, debajo de la frase “Johnson Brothers Company,” desafiando su paladar, su estómago, sus entrañas, estaba el dibujo de dos sardinas con las colas arqueadas en sentido contrario.

 

Cuando quiso consultar otra vez su reloj, el cansancio, la falta de luz, le impidieron determinar la hora con certeza, de modo que tuvo que conformarse con mirar las estrellas, caminar alrededor del árbol, beber de su cantimplora, palpar el cuchillo colgado a la cintura, acariciar el fusil. A lo lejos, resonaba un aullido, a ratos el aletazo de un ave nocturna estallaba encima de su cabeza haciéndolo brincar y poner el fusil en posición de ataque. La tensión de sus nervios llegó al punto máximo con un ruido cercano, era semejante a la quebrazón de frágiles ramas. Su primer impulso fue correr al tronco del árbol y trepar hacia lo alto, sin embargo, con esos zapatones pesados y rígidos era imposible hacerlo. Quitarse el calzado significaba desprenderse del fusil por algunos segundos. En situaciones de peligro, un segundo de descuido podía significar la vida o la muerte. El ruido volvió a escucharse, ahora con mayor nitidez, seguramente un tigre se arrastraba escondido entre la espesa vegetación. El corazón le latía con fuerza, le sudaban las manos, la respiración se le había vuelto agitada, todos sus sentidos estaban puestos en la dirección de la que venía el ligero ruido, lo más probable era que el animal lo había olfateado y calculaba la distancia para saltar sobre él. Pero el tiempo transcurrió sin que ningún tigre saliera desde la hierba alta. Agotado por la tensión, se acomodó en una piedra ancha y plana y permaneció con la cabeza inclinada meditando en todo lo que había vivido en las últimas horas. Al levantar la cabeza, quedó paralizado. Deseaba gritar, pero la lengua no respondía a su voluntad, sus manos aferradas al arma de fuego tampoco le obedecían. Una gran sombra estaba delante de él, los ojos claros de la sombra lo miraban, la sonrisa de la sombra no tenía una intención definida. Cuando logró controlar el espanto, respirar con algo de normalidad, despejar sus ideas, reconoció al sargento Matías Higgins parado a seis metros de él. El sargento Higgins, grande, gordo, bonachón, era el hombre más querido por los integrantes del campamento británico. Conrado Álvarez se incorporó de un salto, abrió los brazos y corrió a estrechar a su amigo. Enseguida le contó todo lo que le había ocurrido desde el instante que decidió perseguir a la misteriosa silueta que vio desplazarse entre la vegetación que rodeaba el campamento y descubrió unas huellas borrosas. Su asombro fue inmenso al oír al sargento decirle que las huellas le pertenecían, que la silueta que se movía en los matorrales era él mismo que había ido a orinar detrás de un árbol mientras sus compañeros dormían la siesta. También le contó que el campamento estaba a unos quinientos metros y que desde el capitán hasta el último hombre, lamentaban su ausencia.

 

Al despuntar el sol entraron en el campamento. Sus compañeros se acercaban a saludarlo con efusivas muestras de afecto. El soldado Álvarez encaminó sus pasos a la tienda del capitán para informarle de lo sucedido desde la tarde anterior. El capitán, alto, enjuto, con la mirada homicida, pero el alma serena y bondadosa, oyó con deferencia el relato de Conrado Álvarez. El capitán estimaba al soldado español, sin embargo, el reglamento lo obligaba a imponerle una sanción. El capitán llamó a su secretario, luego escribió en un papel y puso su firma al pie. El secretario leyó en voz alta. El soldado Conrado Álvarez debía limpiar y abrir todas las latas de conserva del campamento, a la hora correspondiente a las comidas de sus compañeros de armas. Con ese fin se le proporcionaban un martillo y media docena de clavos.

 

SEGUNDO

 

Una barba gris.

 

Todo el pueblo fue a despedir al alcalde X que había muerto cuando al pasar por una casa alta y antigua, le cayó una teja en el cráneo. Durante tres días y dos noches hubo lágrimas, discursos, recuerdos, vino, carne de cerdo y de vaca. Todos comentaban el sereno rostro del muerto y la hermosa barba extendida sobre su pecho.

 

Una semana después, el pueblo volvió a reunirse en la plaza. Alrededor de una mesa redonda estaban sentados doce hombres. Todos tenían barba, barbas blancas, grises, rojas, negras. Barbas largas y frondosas que caían sobre la cubierta de la mesa. Todos ellos mantenían la mirada en un pequeño cofre de cerámica que estaba en el centro. El pueblo, curioso, anhelante, observaba, hablaba en voz baja, y a ratos miraba hacia el norte. Cuando apareció el juez, por el lado norte, circuló un rumor parecido al viento entre las hojas de los árboles. El juez, flaco, pálido, avanzó hasta detenerse junto a la mesa. Luego sacó un pliego de papel amarillento y acomodándose los anteojos comenzó a leer en voz alta. Cuando el juez terminó la lectura se produjo un silencio hondo, enseguida enrolló el pliego, lo guardó en un bolsillo interior de su larga chaqueta y apoyando la mano izquierda en el respaldo de una silla, estiró el brazo derecho hasta que sus dedos huesudos tocaron el cofre y lo abrió. Un piojo amarillento, chato y robusto, se agitó durante algunos segundos, moviendo a uno y otro lado su trompa. Los doce hombres contemplaron al insecto con la ansiedad pintada en el semblante. El piojo salió del cofre y empezó a moverse por la superficie de madera tosca y oscura, cambiando caprichosamente de dirección. Los doce hombres inclinaron la cabeza y aproximaron las barbas hacia el insecto. El pueblo miraba conteniendo la respiración, el juez permanecía inalterable. El piojo retrocedió, como si quisiera regresar al cofre, pero enseguida reanudó su marcha cambiante, avanzó hasta casi tocar una barba negra, pero se detuvo y continuó moviéndose como si buscara un atajo. Un grito áspero resonó, era el pueblo que celebraba la elección. El piojo había saltado a una barba gris.

 

El juez se estiró todo lo que pudo, se acomodó los lentes y declaró con tono solemne: “El señor Z es el nuevo alcalde.” Enseguida sacó un pliego que extendió en la mesa, escribió algunas líneas y se lo entregó al nuevo alcalde para que colocara su nombre y su firma. Los otros hombres, que continuaban sentados alrededor de la mesa, se fueron levantando unos tras otros y saludaron al señor Z con un apretón de mano. Al último lo saludó el juez. Entonces, el nuevo alcalde se incorporó y abriendo los brazos agradeció al destino y al pueblo; el piojo aún se paseaba por su barba gris.

 

La infracción de un cerdo.

 

No tengo certeza en cuanto al conjunto de circunstancias que rodearon el hecho. Sin embargo, después de visitar la biblioteca, la iglesia y las casas de varias personas que dicen haber oído la historia de labios de sus padres o abuelos, creo haberme formado una idea bastante aproximada de lo ocurrido esa mañana de marzo, cuando la hija del Gobernador (hombre irascible, influyente y vanidoso) cruzaba la plaza rumbo a la iglesia, en busca de su confesor. Doña Margarita Amalia Urrutia Valdés, iba distraída con el canto de los pájaros, la brisa que agitaba las hojas de los árboles, las nubes blancas con forma de corderito que se paseaban en lo alto, de modo que no vio al cerdo que corría en sentido contrario al suyo y el perverso animal tampoco tuvo la delicadeza de parar su carrera o hacerse a un lado para que ella pasara. Simplemente, continuó avanzando en línea recta y agachando la enorme cabeza, siguió entre las piernas de la señorita Urrutia Valdés, que cayó al suelo con el vestido enrollado en la cintura y lanzando gritos de espanto. Un profesor de mandolina que vivía frente a la plaza, escuchó los gritos, salió corriendo a la calle y le proporcionó los auxilios necesarios a la ruborizada señorita.

 

Cuando el Gobernador supo lo que le había sucedido a su hija, echó fuego por la boca, prometiendo descuartizar viva a la bestia obscena. Pero, para darle la apariencia de legalidad a su cólera, convocó al tribunal. Los magistrados que integraban el tribunal se reunieron a la brevedad, y como también deseaban darle a su actuación la apariencia de legalidad, permitieron que el cerdo tuviera un abogado defensor. Los rumores que circularon por todo el pueblo, antes de la primera audiencia, fueron tales que el abogado defensor comprendió que si le salvaba la vida a su cliente, perdería la propia.

 

El día de la primera audiencia, la sala estaba llena de lado a lado, el silencio era tenso, en la butaca de honor descansaba el Gobernador con los ojos fijos en el presidente del tribunal. El abogado acusador agitaba los brazos, levantaba la voz, miraba amenazante al otro abogado y a ratos indicaba con el dedo índice al cerdo que se movía dando vueltas y gruñendo en el interior del improvisado corral donde lo mantenían encerrado, diciendo con indignación fingida, que la actitud del puerco delante de los magistrados y su propio defensor, era despectiva y grosera. El abogado del animal se limitaba a conceptos abstractos, a generalidades inútiles. La hija del Gobernador se desmayó dos veces y tuvo que abandonar la sala acompañada de su madre y el médico de la familia; el profesor de mandolina la vio alejarse y no pudo evitar el girar la cabeza para mirarla con los ojos lánguidos.

 

En uno de esos momentos, en que el abogado acusador hacía vibrar su voz como un trueno, el cerdo saltó fuera del corral y salió a la calle sin que nadie se atreviera a interponerse en su camino. Algunos niños corrieron perseguidos por sus madres que los llamaban a gritos. El abogado acusador, que al parecer no se había dado cuenta de nada, continuaba desarrollando su argumentación condenatoria, aunque en la sala sólo quedaban dos magistrados y el Gobernador.

 

El cerdo, seguido de una multitud de chiquillos y gentes, cruzó la plaza a toda velocidad, volteó un tarro de basura, pasó encima de un ebrio que dormía tendido en el suelo y fue a meterse en un hostal muy conocido, que estaba situado a unas dos cuadras de la plaza, y avanzando por el salón dio vuelta mesas, jarrones, un par de lámparas, y se detuvo cuando el dueño del local lo derribó con un tiro de escopeta.

 

Una hora más tarde, la autoridad había reestablecido el orden. El público disperso regresó a sus casas. La policía retiró el cadáver del cerdo del hostal y lo devolvió a la sala dónde se había celebrado la audiencia. El presidente del tribunal dictó dos resoluciones que fallaban el asunto de manera satisfactoria para el Gobernador, sin apartarse demasiado de la legalidad. En una de esas resoluciones, condenaba a muerte a la bestia infractora de la moralidad y las buenas costumbres, pero como el condenado ya estaba muerto, la dejaba sin efecto en el mismo acto. En la otra, condenaba a tres años de cárcel al profesor de mandolina. Así se satisfacía la necesidad del pueblo de que siempre haya un culpable.

 

Esa misma noche, hubo una fiesta en la casa del Gobernador. El cerdo, preparado al horno, por un cocinero chino, deleitó los paladares de los cincuenta invitados, siendo el anfitrión y su hija los más contentos. El primer brindis, lo hizo el confesor de doña Margarita, que elevando su voz de tenor, destacó la actuación del abogado acusador, la probidad de los magistrados y la sapiencia del presidente del tribunal que ya había adquirido fama cuando juzgó a una bandada de palomas instalada en el campanario de la iglesia. Dicen que a ratos llegaban, desde el viejo edificio de la cárcel, las notas melancólicas de un instrumento de cuerdas, sin embargo, eran borradas por la conversación llena de entusiasmo y las risas de los convidados.

 

El jarabe.

 

Pedro y Alicia se habían amado siempre, tuvieron un matrimonio feliz, dos hijas y cuatro nietos, y en el crepúsculo de la vida gozaban de una dulce tranquilidad. Por las tardes salían a caminar tomados de la mano y casi siempre terminaban en la plaza situada a pocas cuadras de su casa. Se acomodaban en una banca de madera, Pedro le daba migas de pan a las palomas y Alicia leía un librito de poemas que él le había regalado hacía cuarenta años.   En cierta ocasión, pedro partió sólo y se dirigió hacia la plaza, su mujer no lo acompañó porque estaba resfriada. Mientras contemplaba a las palomas, sentado en una banca, a la sombra de un árbol, vio que un hombre barbudo y mal vestido se detenía junto a él. El hombre sacó de entre sus ropas una botella de vidrio, pequeña y redonda, enseguida, le dijo:

 

-Buen anciano, prueba este jarabe y volverás a ser joven.

 

Pedro sonrió, negó con un movimiento de cabeza y continuó mirando a las palomas que picoteaban el suelo, alrededor de sus pies. El desconocido puso el frasco en sus manos y se marchó. El anciano se quedó asombrado, pero después de algunos segundos, miró en todas direcciones, buscando al sujeto para devolverle la minúscula botella, el hombre no se veía por ningún lado. Aceptando la situación como un hecho consumado, levantó el frasco, lo observó a la luz tibia de la tarde, luego le sacó la tapa y olió su contenido, era agradable, aunque no podía distinguir a qué fruta correspondía. Finalmente, se lo llevó a la boca y bebió un trago, el sabor era delicioso y bebió otra vez, enseguida lo tapó, guardándolo en el bolsillo de la chaqueta. Al poco rato pasó por allí un vendedor ambulante que empujaba el carro con desgano y le dijo:

 

-Muchacho, llevo bebidas, galletas y caramelos.

 

Pedro compró un paquete de galletas, pero, al recordar que el vendedor lo había tratado de muchacho, sonrió, mas, al pensar en el jarabe, experimentó una extraña emoción, se levantó y pudo constatar que lo hacía con una agilidad que ya había olvidado. Corrió a la fuente de la plaza y al mirarse en la superficie del agua, vio un rostro de unos 25 años. Entonces, lanzó un grito de felicidad y regresó corriendo a su casa.

 

Entró con un gran estrépito, fue directo a la habitación del matrimonio, llamando  en voz alta a su mujer a la que pensaba dar el resto del jarabe. La anciana se horrorizó al ver un hombre desconocido en su cuarto, dejó escapar un grito agudo y murió.

 

Dos familias.

 

La familia Pérez y la familia Palma vivían en casas vecinas y entre ambas reinaba una armonía envidiable. La familia Pérez estaba integrada por el padre, la madre, la abuela, el hijo y un perro. La familia Palma estaba formada por el padre, la madre, una tía, la hija y un gato. Sin embargo, esa armonía perdurable sufrió un revés cuando la hija del señor Palma se enamoró del hijo del señor Pérez y el hijo del señor Pérez se enamoró de la hija del señor Palma. El señor y la señora Palma, tenían aspiraciones sociales elevadas y esperaban que su hija se casara con el hijo mayor del alcalde que la rondaba desde hacía algún tiempo. El señor y la señora Pérez tenían aspiraciones económicas y esperaban que su hijo se casara con la hija menor del dueño del aserradero. Los padres de Carmen Palma hablaron con su hija, haciéndole ver que estaba equivocada, que todo era una ilusión pasajera. Pero Carmen era de sentimientos profundos y su amor avanzaba como la hiedra en el tronco del árbol. Los padres de Martín Pérez hablaron con su hijo diciéndole que cometía un gran error, que todo era un entusiasmo juvenil. Pero, Martín era inseguro y cuando descubrió que Carmen se pegaba a su pecho igual que una hiedra se sintió feliz.

 

El señor Pérez y el señor Palma se reunieron y después de tratar el asunto con largueza, llegaron a una conclusión definitiva. El señor Palma enviaría a su hija a un internado de la capital. El señor Pérez mandaría a su hijo al extranjero. Según sus cálculos, transcurrido un tiempo prudente las cosas volverían a la normalidad. Mas, el amor siempre tiene sus aliados y la abuela de Martín y la tía de Carmen estaban de parte de los jóvenes y decidieron ayudarlos sin desdeñar ningún esfuerzo. La tía le contó a su sobrina los planes del señor Palma, la abuela le reveló a su nieto los planes del señor Pérez.

 

Una noche, seis siluetas se movieron con sigilo entre las sombras, a la vuelta de la esquina aguardaba un vehículo. Al poco rato, dos siluetas regresaban, una entró en la casa de los Pérez, la otra en la casa de los Palma.

 

A la mañana siguiente, cuando el señor y la señora Pérez tocaron la puerta de la habitación de su hijo, no tuvieron ninguna respuesta. Al abrir y mirar en el interior encontraron la alcoba desocupada. Buscaron por toda la casa, pero Martín no estaba, incluso había desaparecido el perro. La abuela también lloró y sus lágrimas no eran falsas, aunque a diferencia de los otros, lloraba de alegría. Lo mismo ocurría en la casa vecina, cuando el señor y la señora Palma entraron en el cuarto de su hija, lo hallaron todo en su lugar, menos a la muchacha. Registraron la casa, Carmen no estaba, hasta el gato había desaparecido. La tía también lloró.

 

El señor Pérez y el señor Palma volvieron a reunirse y acordaron mantener el asunto en la mayor reserva para evitar el escándalo.

 

A las dos semanas, la abuela de Martín recibió una carta. Después de leerla repetidas veces, fue a la casa de los Palma y preguntó si tenían alguna noticia de los jóvenes, la madre de Carmen le contestó que no y empezó a llorar. La abuela le propuso a la tía que la acompañara a la panadería y cuando estuvieron solas en la calle le mostró la carta de su nieto. Martín le contaba que estaban felices y en cuanto cumplieran la mayoría de edad iban a casarse. Las cartas llegaban con discreta distancia, unas veces a la tía, otras a la abuela.