Seduciendo a Dios por El Ejército del Futuro - muestra HTML

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© El Ejército del Futuro

© de esta edición: Proscritos LaEditorial

Apdo. correos 57

28250 Torrelodones. Madrid

www.proscritoseditorial.com

Diseño de cubierta: Emerio Arena

Fotografía portada: David Luna www.davidluna.es Entramado informático: www.laisla.com

Este libro es una realidad virtual.

Primera edición: junio de 2008

ISBN: 978-84-936556-0-0

Depósito legal: Imprenta

Impreso en España por: Publidisa

Puedes reproducirlo cuantas veces quieras, puedes copiarlo, leerlo en voz alta o regalarlo.

Ha sido escrito para ser pasado de mano en mano.

A veces

me abriría las costillas

con mis propias manos

y dejaría que todo ese lodo de amor

os arrastrara.

(Comandante Inar de Solange)

Agradecimientos:

A la red proscrita.

Este libro es hijo suyo.

Uno

Soy una Elegida.

Entre todas, yo.

Por alguna razón que ignoro y que no necesito conocer.

Aunque no sé quién me envía, no reconozco más padre que el que me dio los apellidos, ni me someto a ningún dios.

Me basta con saber que tengo una misión.

Como Jesucristo, Osama, o el Coyote. Nací con un destino y hacia él me dirijo: morir en la cruz, morir matando, o morir de hambre.

O quizá de un cáncer de pulmón.

Morir, en cualquier caso.

A lo largo de mi vida he ido sembrando tantas expectativas que no me queda más remedio que alcanzarlas, o mis discípulos descreerán de mí, todo sacrifi cio habrá sido en vano y mi fracaso será mi locura. La línea que separa el éxito de la demencia es tan fi na que sé que puedo atravesarla en un descuido, ya lo he hecho antes, pero algún día quizá no haya retorno. Quizá me canse de luchar, de nadar en este océano interminable, de hablar y hablar y hablar, y trabajar y trabajar y trabajar para no conseguir nada; y ese día cerraré mis labios y me tumbaré en la cama hasta que me lleven a un lugar en el que pueda permanecer en mi universo, lejos del mundo que he venido a cambiar.

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Y dos

Tengo ojos de hombre.

Esa es la marca.

Mi corazón y mi cuerpo son de mujer, pero veo a través de los ojos de un hombre. Mi ambición y mis impulsos sexuales son masculinos.

Soy la última evolución de la raza mujer, aquella que está destinada a dominar un mundo en el que las evoluciones anteriores no funcionan.

Los hombres me hablan como si fuera uno de ellos, comparten sus problemas más íntimos conmigo, como si tuvieran de antemano la seguridad de que yo sabré entenderles. Los hombres, esos seres introvertidos a los que las mujeres acusan de poco comunicativos, se me abren como fl ores.

Conmigo hablan demasiado.

Sé lo que tengo que hacer para que cualquiera de ellos se confíe a mí. Y la maldita ambición, que es como un cáncer que se extenderá hasta matarme, no para de aguijonearme para que no deje caer en saco roto esa habilidad.

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Alá me ha puesto en tu camino

He pedido una cerveza al último camarero diligente de este Madrid añejo. Hoy apenas quedan profesionales, no digamos ya madrileños, sino españoles. Años atrás una gata como yo se desesperaba cuando pedía una caña en provincias: estaba acostumbrada a los mejores camareros del planeta. Aquellos que estaban pendientes de la puerta

«Buenos días, señores, al fondo hay sitio ¿qué van a tomar? ¡marchan-do dos cañas y una de bravas!» Hoy cualquiera puede desesperarse en muchísimos bares de la capital del reino, los parroquianos asistimos a una desnaturalización de este noble y necesario ofi cio, desempeñado ahora por inmigrantes que no tienen ni puta idea.

No comprendo por qué los propietarios españoles de los bares no les enseñan que, cuando se queda la bandeja vacía, se aprovecha para recoger los restos de la consumición anterior; que conviene mirar a los ojos del cliente y sonreír, en lugar de atender las mesas con cara de raza inferior que no se atreve a levantar la mirada. Sería bueno para todos, para el cliente, que estaría mejor atendido, para el camarero, que dejaría de recibir quejas y quizá incluso llegase a hacerse una clientela fi ja con la que poder charlar, y para el dueño, que lo notaría en la caja.

Sin embargo todo el mundo parece creer que a un tipo que viene de una cultura diferente, basta con ponerle una bandeja en la mano y pagarle un sueldo a fi n de mes para que sepa lo que tiene que hacer.

¿No ha cruzado medio mundo para estar aquí? Pues que aprenda. La mayoría de los camareros inmigrantes no han recibido instrucción alguna, y clientes y camareros se odian con entusiasmo recíproco.

Algo parecido sucede con la inmigración femenina. Miles, millones de europeos tenemos trabajando en nuestras casas a mujeres de otros países. Mujeres que a lo mejor han dejado hijos y marido a miles de kilómetros, que están solas, que quizá no entiendan nada del mundo 9

que les rodea. A ellas les vendría bien que los jefes, de vez en cuando, tuvieran un resto de humanidad y se sentaran a charlar con ellas. Pero casi siempre estamos demasiado ocupados como para perder hablando ese precioso tiempo, que ayudaría tanto a la integración de la recién llegada.

Zaida viene unas horas tres días a la semana para que no muramos asfi xiados por un caos de ropa sucia. Somos una familia de clase media occidental: padre, madre, la parejita y el adosado en un pueblo del extrarradio, a media hora de la capital. Antes venía una mujer colombiana todos los días, pero de un tiempo a esta parte he tenido que recortar gastos. Vivimos por encima de nuestras posibilidades, esta casa es demasiado grande, tanto que en seis años no hemos conseguido hacerla habitable por entero.

Zaida es marroquí, lleva catorce años en España, y seis meses conmigo. Ha trabajado en el servicio doméstico y en la cocina de un restaurante, se ha comprado un coche, un piso y hasta una ter-momix.

Cuando llegó a mi vida yo sospechaba que ella era otra señal que indicaba el camino, que ella podría tener claves que me hicieran comprender cuál era mi destino. Pero tenía miedo de las consecuencias y los primeros días evité hablar con ella. Toda la vida preparándome para cumplir la misión y, cuando llega el momento, meto la cabeza bajo el ala. Como si eso pudiera engañar a la puta voz: habla con ella, habla con ella, habla con ella. Una mañana, harta de que no me dejara trabajar, habla con ella, salí de mi despacho dispuesta a hacerme la encontradiza.

Zaida es una mujer que ilumina, la felicidad es el motor de su sonrisa. Sus ojos, increíbles y negros, no disimularon su alegría al verme entrar en la cocina. Reconozco esa mirada, hace muchos años que trabajan inmigrantes en mi casa: otra que ha visto en mí al mesías, pensé.

Y me prometí ser dura y no ceder por muy triste que fuera lo que me contara. Estaba decidida a que las historias pequeñas no me dis-trajeran de mi propósito de hacer Historia.

Pero Zaida comenzó a hablar sin freno, como si mirándola a los ojos yo hubiera abierto un grifo de agua encerrada durante años.

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Para ser marroquí manejaba el español a una velocidad que hubiera resultado sorprendente en un nativo. Mi trabajo consiste en analizar las palabras y las imágenes, la información. Soy analista. Y, por su manera de narrar y relacionar ideas, supe que dentro de ella latía una escritora. Es otro de mis dones: sé qué deseos ocultos encierra cada persona, eso me permite ponerle en el camino.

No me contó su triste vida como hicieron todas las mujeres que han trabajado en mi casa, sino una conmovedora historia de alegre superación.

—¿Te gusta leer?

—No sé leer ni escribir. Nunca he ido al colegio Me había preparado para que me cantara la triste canción de la inmigrante, y estaba dispuesta a escucharla, a asentir con la cabeza, a prodigar unas palabras de aliento y huir escaleras arriba. Pero Zaida era una escritora analfabeta. La voz trató de reventar las paredes de mi cabeza.

—Yo te enseñaré

Hecho. Ya has comprometido mogollón de horas de mi tiempo, me dijo mi yo jefe de producción, de puta madre.

Bien hecho, me dijo la voz que guía al mesías. Y la pequeña mujercita que en realidad soy, huyó escaleras arriba para que Zaida no le mostrara más señales en el camino.

En vano.

Una hora después oí sus pasos en la escalera y me cagué en todos los dioses de todas las putas religiones. Escúchala, me dijo la voz.

Como si yo no escuchara a todo el mundo.

Entró a hablar con cualquier excusa tonta, pero no tardó en llegar a lo que quería contar: Su infancia en casa, viendo a todos los demás niños entrar en el colegio que había frente a su puerta, la muerte del padre que la condenó a una vida ignorante, su viaje a España, su primer y terrible matrimonio, la dura conquista por su libertad, su feliz segundo matrimonio, sus ganas de contar al mundo que integrarse es bueno.

Zaida me iluminaba.

—¿Contarías todo eso delante de una cámara?

—Yo estoy aquí para eso. Alá me ha puesto en tu camino.

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Los diferentes

He quedado con Manuel en la calle Miguel Servet, junto a la glo-rieta de Embajadores, bulliciosa de bohemios —o gente que quiere parecerlo—, turistas inquietos, vecinos del barrio de toda la vida y muchísimos inmigrantes musulmanes. Es domingo soledado de oto-

ño, día de Rastro, y los bares han sacado las terrazas a las aceras. Yo he tenido la suerte de encontrar una mesa libre. Manuel me manda un mensaje al móvil: No me mates. Llego tarde. Como de costumbre.

Y yo, para no variar, he llegado con demasiado tiempo.

Este Madrid castizo y viejo me trae a la memoria episodios de la época más loca de mi vida, de cuando empezaba el día encendiendo un porro y salía de casa dispuesta a batir mis marcas, de mis pasos por estas calles adoquinadas a la vieja usanza. Sin embargo, la zona ha cambiado mucho desde entonces. Hace veinte años los españoles eran mayoría, y los gitanos ricos dueños de medio barrio.

Hoy, los españoles y los turistas inquietos toman la caña en las aceras soleadas y también en las umbrías, nada como el tradicional aperitivo madrileño de los domingos. Pero ¿qué hacen todos los hombres musulmanes que hay por todas partes? Algunos están apostados en árboles, apoyados en paredes, en pequeños grupos de cinco o seis. Otros deambulan arriba y abajo, intercambian miradas, gestos, alguna frase breve que ningún español podrá entender. En las calles aledañas al Rastro exhiben sus mercancías robadas: dos relojes, una cazadora y una insípida fi gurita de Lladró; una lámpara, una radio, un par de zapatos usados… Pero aquí no muestran nada. Sólo están.

Quizá porque no tengan dinero para otra cosa y salgan a la calle para encontrarse con sus compatriotas, quizá porque en su piso vivan veinte personas y siempre se esté mejor al aire libre, quizá porque tengan que trapichear con todo.

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Observo que los más sonrientes son los africanos altos, fuertes, no por negros menos musulmanes. Y me pregunto si sus sonrisas no se deberán a que las mujeres miran sus espaldas, sus culos poderosos.

No les sucede lo mismo a los magrebíes, casi todos ellos encogidos sobre sí mismos, con cara de mal follados y muy, muy mal vestidos, que sólo pueden despertar conmiseración y recelo. Muchos de ellos tienen cara de que les debemos algo.

También hay jóvenes musulmanes atractivos, vestidos como cualquier universitario español, que es el aspecto que toman los cabecillas de las células dormidas cuando van a pasar a la acción. Se afeitan la barba, que era obligatoria en el campo de entrenamiento, y adoptan actitudes occidentales. Pasan desapercibidos en nuestras facultades, donde muchas veces estudian con las becas que todos pagamos, y en el vecindario, donde respetan escrupulosamente las reglas de la comunidad en la que viven.

La policía municipal, unos doce, ronda con el aire prepotente que los ejércitos privados estadounidenses gastan en Afganistán e Irak.

Tienen que dar miedo a esa masa informe y mora. Porque ellos serán una docena y tendrán porras y pistolas, pero los musulmanes están organizados y sólo aguardan una orden para atacar. Cuatro policías se reparten las esquinas y los demás comienzan un paseo militar por las calles. Como quien se prepara para una redada.

Varios de ellos se dirigen hacia el bar La Mancha, justo enfrente de mí, cuya acera está llena de gente que toma una caña, todos son españoles. Excepto dos chavales con un inequívoco aspecto musulmán a pesar de las sudaderas de Nike y las gorras de la NBA. Son dos pardillos que no se enteran, no se dan cuenta de que si tuvieran una caña a medias en la mano, nadie miraría debajo de sus gorras. Los de su credo se agrupan setenta y cinco centímetros más abajo, y no se mezclan con los infi eles que beben alcohol. Salvo que sean novatos vendiendo hachís. Para la policía es pan comido. Se trata de asustar a los chavales, quitarles el poco chocolate que llevan encima y pedirles el teléfono móvil. Uno de los chicos, que tendrá diecisiete años, sonríe y parece relajado, es el jefe. El otro rondará los quince, será dos o tres años mayor que mi hijo, que a estas horas estará viendo los Simpson mientras su padre llama a telepizza, el pupilo está pálido y no se atreve 13

a levantar la vista del suelo. Quizá no lleve ni una semana en el país.

Despierta mi instinto maternal.

El truco de la policía es más viejo que el mear, desde que los camellos llevan teléfono móvil les sacan la información que les da la gana.

Enséñamelo o te llevo al talego. El de diecisiete habla bien español, a juzgar por la naturalidad con la que se desenvuelve, no puedo oírle, probablemente haya nacido aquí.

Desde mi sitio puedo ver lo que sucede en toda la calle, y observo que muchos musulmanes se mueven arriba y abajo inquietos, intercambian miradas, frases breves y contundentes, algunos se detienen a mirar y comentan entre ellos la situación. No hace falta hablar veinte idiomas para darse cuenta de que la semilla del odio crece lógica en su interior.

La policía ya tiene lo que quiere. Da un capirotazo cariñoso al chaval y se alejan de allí, los adolescentes corren hasta un portal que está tres calles más arriba. A los diez minutos reaparecen con un tipo guapo y bien vestido, quizá sirio o libanés sonriente, de unos treinta años. Me mira cuando pasa a mi lado. Yo soy un espejo. Se pierden calle abajo.

Por delante de mí pasan mujeres de todo tipo. Asiáticas exube-rantes, asiáticas feas, españolas yonquis, gitanas cuarentonas como yo que parecen mis abuelas, colombianas apretadas contra todos los designios de las modas, negras espectaculares, españolas del montón, españolas peculiares, ecuatorianas gordas, peruanas con cara de chinas, musulmanas con pañuelo y ojos huidizos. A una con pinta de ecuatoriana teñida de rubio, le roban el móvil. El chico que habla con ella, con aspecto de estudiante árabe o muy andaluz, sale corriendo con una sonrisa detrás del ladrón, que continúa caminando tranquilamente. Llega a su altura, intercambia un par de frases con él en árabe y el otro, sin mediar palabra, devuelve el teléfono y sigue su camino. La umma1.

1 Comunidad musulmana mundial. El Islam no cree en el Estado, el Estado es un invento de occidente. También los judíos se consideran una comunidad mundial, no ciudadanos de determinados países.

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Por la calle pasan muchos hombres con la mirada vacía. Hombres delgados que habitan en cuerpos agostados, hombres que sufren, hombres que trabajan de sol a sol lejos de los suyos, hombres que tienen prohibido todo cuanto ven alrededor. Hombres que no echan un polvo desde hace siglos, porque ni su físico, ni su posición económica, ni su posición social, ni su religión, se lo permiten.

De vez en cuando pasan jovencitas de bandera. Da gusto mirarlas.

También miro a los hombres que, como yo, las miran.

Los hombres reprimidos las miran con deseo y odio.

Uno que no se pierde unas piernas o un buen trasero, me descubre observándole y se ruboriza, pero yo le sonrío. Mi sonrisa suele turbar a los hombres. Me conviene que una mujer atractiva sea sufi ciente para sacar a un hombre de sus pensamientos. Me he vestido para ocultar lo que habitualmente me complace enseñar, el camufl aje es útil para el trabajo que estoy desempeñando: observar. Hoy estoy observando aquí, mañana tocará un barrio más caro, pero igualmente castizo: Chamberí.

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Quién quiere envejecer

Estoy disfrutando de la vistas en la plaza de Olavide con una cerveza en la mano, los niños juegan en el parque que hay en el centro.

Siempre me ha gustado este rincón de Madrid, con sus edifi cios pintados en diferentes colores pastel y el estilo neoclásico barato de las casas de la antigua burguesía. Dos señoras se sientan a la mesa de al lado. Hablan mucho y muy alto, su presencia es ineludible como la de dos gallinas que cacarearan. Tendrán algo más de sesenta años, las dos se han arreglado con esmero aun a sabiendas de que ningún hombre las mirará. Se han dado las mismas mechas, escogidas entre un catálogo de cuatro colores discretos, el mismo peinado ahuecado, parecidos trajes de tienda de pret-a-porter: el uniforme ofi cial de todas las mujeres mayores de cincuenta y cinco años con rentas que redondeen la pensión de viudedad.

Hasta mí llega un penetrante olor a cosmético caro, a juventud de mentira, a mujeres que sólo ríen entre mujeres, a nietos besuqueados y tinte para las canas.

A mujeres que se maquillan para ser juzgadas por otras mujeres.

Abuelas endomingadas

Mujeres sin ganas de hombre.

Vida sin sexo.

¿Quién quiere llegar a vieja?

Casi todas las mujeres.

Por eso no pueden ser mesías.

Aunque me juro a mí misma que jamás negaré bajo un maquillaje lo que he vivido, comprendo que esas mujeres mantienen un mundo sobre sus espaldas como si no hubieran dejado lo mejor atrás. La juventud se hace más preciada cuanto más se aleja. De jóvenes éramos hermosos y ágiles, de jóvenes teníamos futuro.

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Estas mujeres pertenecen a evoluciones anteriores a la mía, fueron educadas en la creencia de que el sexo era sucio y la decencia una cualidad imprescindible para sobrevivir. Su única misión era parir y criar hijos triunfantes. Hablan de una amiga que va por la vida con la cara lavada, comentan con tristeza: la pobre no se cuida nada, si al menos se pintara un poquito… Entre determinadas mujeres, no maquillar la vejez es casi una falta de educación.

Los días soleados, ejércitos de ancianos salen a la calle, renqueantes como las hormigas supervivientes al pisotón de un niño. Las hormigas siempre hacen lo que tienen que hacer, no es extraño que los chicos sientan una atracción irresistible por deshacer sus fi las y favorecer la anarquía. Que estos viejos no se pueden permitir: horario de medi-cación, de fi sioterapeuta, de paseo, de ver la tele, de posarse en los bancos del parque, de la calle, de la parada del autobús.

Los centros comerciales cobijan su soledad y sus enfermedades cuando llueve. No se escuchan los unos a los otros, porque cuanto más viejos somos, más egoístas nos hacemos, y no nos interesan las penurias de los demás, iguales a las nuestras, sino que nos escuchen, que nos hagan creer que todavía tenemos algo que contar, algo que enseñar.

Hombres y mujeres que arrastran livianas bolsas de la compra con cien gramos de jamón de york, una pera, una manzana y un fi lete de merluza congelado; seres humanos que hacen recuento de dolores al acostarse cada noche, que apagan la lamparita con la esperanza de que sus ojos no vuelvan a abrirse con la primera luz del día. Con la ilusión de que sus huesos no vuelvan a recordarles que siguen vivos, y de que el olor a muerto llegue a sus vecinos antes de que la descomposición haga vomitar a algún policía novato.

Son los supervivientes de sus generaciones, unos gracias a que nunca fumaron o lo dejaron hace años, otros a que sólo prueban el alcohol en Nochevieja, ponle un sorbito de champán a la abuela, que un día es un día; y todos, porque jamás se han drogado.

A excepción de mi tío Jeremías, que a sus setenta y cinco años sigue fumando porros y tomando botellines. Se pasea cada mañana por su barrio obrero de viviendas de protección ofi cial, construidas en los sesenta, y reparte tabaco entre quienes envidian su salud de 17

hierro y su libertad para hacer lo que le dé la gana. Soy el diler de la tercera edad, dice con su eterno pitillo en la boca.

En ocasiones me siento a fumarme un cigarro en algún banco de viejos. Y siempre ofrezco tabaco. Hablan de los que han muerto, hacen apuestas para ver quién será el siguiente.

Desean la muerte.

Y antes de regresar a sus casas correrán al bar de enfrente, urgidos por la próstata, y harán gárgaras con Coca-Cola, no les vaya a oler la nuera, la hija, la mujer, la hermana, el aliento a tabaco. Hombres a los que las mujeres no permiten quitar una última calada a la vida.

Cuando me miran las tetas, les sonrío.

Antes la vejez era más corta. Moríamos por menos motivo: una gripe, un mal aire. Antes, quienes llegaban a muy viejos eran considerados sabios, hoy cualquier idiota puede llegar a cumplir noventa años. La vejez, que debería ser un último y breve estadio del ser humano, pronto pasará a ser casi la mitad de nuestra vida.

Pronto sólo recordaremos haber sido viejos.

Enciendo un cigarrito y doy un trago a la cerveza.

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Tener una misión y no tener padrino es una putada A veces me siento como los espías de las películas que aceptan hacer un trabajo peligroso a sabiendas de que nadie responderá por ellos. Que nadie levantará el teléfono para mandar un helicóptero de rescate.

Ser mesías tiene sus chinitas en el zapato, especialmente cuando te ha tocado un cuerpo de mujer, que afortunadamente no es el de Hillary Clinton, futura primera mujer presidente de EEUU; pero tampoco es el de Halle Berry, la chica Bond. A Jesucristo le mataron en la fl or de la vida, Osama tiene la clásica belleza mesiánica, más hermosa cuanto más se esconde, y el Coyote es un dibujo animado que no ha envejecido un ápice desde que yo era niña.

La misión me ha caído encima cuando dudaba entre ponerme a régimen o pasar de la talla 44 a la 46. Por el aquel de la salud, y de haberme criado cuando mi país nacía a la sociedad de consumo, he hecho mío un antiguo eslogan de una marca de bicicletas «quien mueve las piernas, mueve el corazón» y sudo en la bicicleta estática todos los días. Después, cocino como una madre, bebo como un cosaco, fumo como un carretero y me hago porros como un rey del pop. Es lo que tiene el ser el primer espécimen de la nueva evolución: el prototipo todavía necesita mejoras, me han quedado reminiscencias masculinas: las adicciones toxicológicas, por ejemplo, tan contrarias al instinto de conservación de la especie femenina.

Supongo que dentro de algunas generaciones se habrá solucionado el problema y lo femenino y lo masculino convivirán en un solo cuerpo en armonía.

Mientras tanto, todas las mujeres de mi edad se tiñen el pelo de veinte colores, renuevan su vestuario cada vez que pueden, hacen gimnasia y pasan hambre, todo para parecer seis meses más jóvenes y seguir provocando la misma indiferencia en su pareja.

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Cuando yo era niña todo el mundo sabía que la mala leche devoraba la grasa, y los gorditos eran considerados un dechado de bondad y alegría, incapaces de un mal gesto. Aquellos que ayer eran recibidos con alborozo, hoy son señalados con el dedo acusador.

Si seguimos por este camino, estar gordo acabará siendo un delito de salud contra el Estado; del mismo modo que los fumadores se están convirtiendo en ciudadanos sin derechos. Nos aproximamos al mundo feliz con pasos de gigante.

Desde el Estado, desde la publicidad de las grandes multinacionales nos instan a tener miedo: fumar puede matar, beber puede matar, drogarse puede matar, conducir puede matar, hablar por teléfono cuando conduces puede matar, pensar puede matar… ¿A qué tanto interés en que nos creamos inmortales?

TENEMOS QUE MORIR

TENEMOS QUE MORIR

TENEMOS QUE MORIR

Fumar puede relajar

Beber puede calentar el alma

Algunas drogas pueden ser vía de conocimiento Conducir puede salvar vidas

Una llamada de teléfono puede salvar vidas

Desde todos los frentes nos intentan convencer de que la salud es una responsabilidad exclusivamente nuestra, del ciudadano que come transgénicos sin saberlo, que respira pesticidas y dióxido de carbono, bebe de aguas contaminadas y folla con preservativo para no coger el sida, esa enfermedad de laboratorio, como tantas otras.

En Occidente nos quieren hacer creer que ser inmortales depende de nosotros.

Mi trabajo consiste en convertir todo cuanto me rodea en información, soy un parásito de la realidad, y cuanta más información anali-zo, menos comprendo cómo las mujeres occidentales siguen siendo engañadas. No sé a quién se le ocurrió la idea de forrarse haciéndolas adelgazar, pero desde luego debía ser un mesías muy misógino. Veo a todas mis amigas matándose a dietas, aunque pierdan el lustre de la 20

sonrisa, el brillo de los ojos. Y no doy crédito. Como si los hombres fueran exigentes. Una cosa es que admiren un buen cuerpo, como quien se deleita con una puesta de sol, y otra que tomen medidas antes de empalmarse. En todas las ciudades del mundo hay prostitutas viejas, feas, sucias, yonquies, con sida. Si los hombres fueran tan exigentes como las mujeres occidentales creen, todas las putas serían modelos de pasarela.

Los hombres a los que no les gustan las mujeres dictan las modas.

Y no me refi ero a que no quieran tomarse un café con ellas, sino a que una mujer no se la pone dura. Las leales seguidores de estos mesías de las tendencias se dejan asesorar por ellos, sin darse cuenta de que quienes les recomiendan adelgazar prefi eren echar un polvo con un maromo.

A veces tengo la sensación de que hombres y mujeres estamos volviéndonos locos.

Hay que predicar con el ejemplo y debo ser fi el a mis postulados, lo que no siempre resulta fácil. En los momentos de desaliento que todo mesías debe tener, echo de menos la piel y las formas de hace quince años y me voy a la peluquería dispuesta a hacer un sacrilegio: teñirme el pelo. Pero siempre vuelvo al redil a tiempo y cuando me preguntan qué voy a hacerme, respondo: Cortar. Sólo cortar.

Somos animales disfrazados de especie superior. Las mujeres se lavan con jabón de olor, se untan cremas y, por último, se perfuman para entrar a los hombres por la nariz. Y sin embargo, la mayoría de ellas no saben que el primer olor que un hombre reconoce en una mujer lavada, hidratada y perfumada que esté en la barra de un bar abarrotado, es el de su coño.

Afortunadamente, no se me ha concedido un olfato masculino.

A los veinte tenía un cuerpo útil. A mi paso, los operarios de la construcción, los mecánicos, los taxistas y hasta algún que otro militar, alfombraban la calle de poesía más o menos obscena. Si me despertaba con la autoestima desinfl ada, sólo tenía que ponerme la ropa adecuada y darme una vuelta por el barrio para que hombres de todo jaez me levantaran el ánimo.

Hoy parezco la prima recién llegada del pueblo treinta años después de que todo el mundo se haya marchado de allí. El whisky y 21

la buena mesa ocupan el mismo papel en mi alimentación que la panceta y el tocino en la de mi tatarabuela, y mi aspecto va delatando mis ancestros campesinos a medida que pasan los años. Pero sólo necesito una mirada y una sonrisa para que un hombre se fi je en mí.

Me bastan unas frases para que me recuerde siempre. Mis ojos de hombre me dan una perspectiva diferente, me permiten ser varias personas y mirar en el interior de los demás. Mi aura resplandece tanto que mis palabras les hacen felices: les hago reír, les hago pensar.

Les muestro un camino: la vida sólo tiene sentido si nunca dejas de aprender y crecer.

Ya no necesito un cuerpo fi rme y duro.

Muy pronto, ni siquiera necesitaré éste.

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Adivino el futuro

Jódete.

He trabajado poco las artes adivinatorias —no vaya a ser que vislumbre un futuro peor que la cruz y mande a tomar por saco el mesianismo éste—, por esa razón predigo el futuro a tontas y a locas, sin saberlo, sin ser arte ni parte. Y lo que es peor, no sé distinguir una premonición de una jugada de mi imaginación, esa puta que le da la vuelta a la realidad en cuanto me descuido.

Tan pronto sé positivamente que un amigo lejano llamará ines-peradamente en media hora, como veo la muerte en la cara de los vivos.

A otros mesías les hablaba alguien que sólo ellos podían ver, y millones de personas siguen, no sólo creyéndoselo, sino matándose a pies juntillas por un quítame allá ese dios verdadero. Ojalá el dios de la religión auténtica se hubiera manifestado de alguna manera que yo hubiera sabido interpretar. No es lo mismo ser mesías por cuenta de otro que ser freelance y no rendir cuentas a nadie. Yo no tengo más que esa maldita voz que reconozco como mía desde siempre.

Me gustaría tener la osadía de llamar dios a mi pepito grillo, y escribir unos mandamientos claros y concisos o algo tan poético que se prestara a tantas interpretaciones como intérpretes; me gustaría tener la seguridad de que sólo soy el medio para los fi nes de un ser superior.

Pero me cuesta creer que la voz que me ordena escribir un libro que devuelva la visión a los ciegos y resucite a los muertos, sea la misma que me anima a tomarme otra copa. En todas las culturas antiguas existía un chamán, casi siempre hombre, que entraba en contacto con la divinidad a través de la autopista de las drogas. Pero ni aun habiendo tenido un profesor de antropología religiosa especializado en chamanes, dioses y drogas, puedo creerme que la voz proceda de otro lugar que no sean las corrientes eléctricas de mi cerebro.

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Esa voz que me dice: cédele el paso, dale dinero, dale de comer, abrá-

zalo, ríete con su chiste malo, halágalo, ámalo.

Y siempre sé lo que va a pasar cuando le ceda el paso, le dé el dinero y la comida, le abrace, me ría, lo halague y lo ame.

Puedo predecir los comportamientos humanos y las evoluciones de las guerras. La voz me ha dictado desde que era una niña pequeños y grandes relatos que fui escribiendo sin saber que, tarde o temprano, la fi cción se convertiría en realidad tangible.

No puedo adivinar el número de la lotería, porque para eso tendría que haber vislumbrado antes las circunstancias de mi muerte y eso podría perjudicar mi tarea. Predecir el futuro siempre me ha dado mal rollo. Ahora ya soy demasiado mayor para profundizar en el asunto, y las equivocaciones me provocan una inseguridad terrible.

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En el templo

Hace un año y medio, estaba leyendo el periódico en la cocina cuando llegó un camión de material de construcción. Empezó a descargar en la casa que hay frente a la mía. Yo no tenía más relación con los vecinos que la que da la proximidad de tener niños y vivir en la misma urbanización de adosados. Vi a Luis recibiendo con entusiasmo la llegada de los chapuzas y un pensamiento involuntario vino a mí: pobrecito, se mete en obras que no va a disfrutar.

Cogí el pensamiento con los dedos y lo puse sobre la mesa para interrogarle, pero no conseguí que me dijera de dónde venía. Desde entonces, cada mañana veía llegar la furgoneta de los operarios y a Luis salir a recibirles. Me preguntaba si yo no estaría perdiendo facultades. La muerte se deja ver en un fl ash que dura menos de un segundo, y ya no vuelve a manifestarse hasta que pasa a entregar el acuse de recibo.

Vovió a hacerme gestos burlones pocas semanas después, cuando Luis bromeaba con varios niños a la puerta de mi casa, mis hijos entre ellos: pobre Luis, qué pocas ocasiones le quedan de jugar. Pero él seguía saliendo cada mañana a recibir a los obreros y a mí me malhumoraba cruzármelo en la calle: era la prueba viviente de que mis facultades estaban mermando. Si las pocas y humildes armas de que disponía comenzaban a fallar, ya podía ir apagando y yéndome. Cuando ningún dios te reconforta ni te guía, las muecas de la muerte en la cara de los vivos son las únicas señales del camino.

La obra duró dos meses, en los que agonicé de preocupación.

Incluso llegué a rondar varias iglesias sopesando la posibilidad de hablar con un sacerdote. No me servía cualquier cura de parroquia, necesitaba alguien de gran altura teológica y con mucha praxis de confesionario, pero no sabía a quién dirigirme.

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Tres días después de que acabaran las obras de Luis, me encontraba en el centro del barrio de Salamanca, en la calle más elegante de Madrid: Serrano. A la izquierda tenía una iglesia, a la derecha, la Embajada Norteamericana. A un lado de la calle, El Todopoderoso, al otro las tanquetas del tío Sam. Me dije que en la zona más lujosa de Madrid, donde se instalaban los mejores diseñadores, joyeros, peluque-ros y abogados, debían estar a la fuerza, los mejores curas. Un público tan selecto no merecía menos. Entré y me persigné por primera vez en treinta años.

Había cuatro mujeres muy mayores esperando para confesar. De-trás de mí entraron otras dos. No había ninguna de mi edad. Sentí sus miradas curiosas. Lamenté que la Iglesia no deje fumar en sus templos: Jesucristo se movía entre putas y gentes de mal vivir, los adictos deberían tener una alfombra roja, ceniceros y barra libre en los templos. Podría salir a fumar un cigarro, pero tenía miedo de que alguna de aquellas penitentes de costumbre aprovechara mi ausencia para colarse. De modo que me aguanté las ganas de humo y miré al crucifi cado muy a mi pesar.

Sus brazos desgarrados, la sangre de la corona de espinas, los clavos en los pies y las manos… Era un crucifi cado tan realista que estiré la espalda instintivamente para aliviar el dolor. La Iglesia tiene un problema de marketing. Intentar hacer proselitismo mostrando a un hombre muriendo en la cruz no es la manera de llegar al público del siglo veintiuno. Unos buenos video-juegos de Cristo matando herejes y ya verías como se acababa la crisis de fe.

Ahora que Osama blande la cimitarra del Islam, la gente está deseando creer en algo, y la Iglesia, que tiene montado el mejor chi-ringuito de la historia, no es capaz de venderles su fe. Sigue creyendo que hay que aterrorizar a la gente con el infi erno y demonizar el sexo y a las mujeres.

El fundamentalismo cristiano es quien más puede benefi ciarse del fundamentalismo islámico. Unos lapidan a las mujeres, otros las quemaron en la hoguera. La Iglesia viene esgrimiendo los mismos argumentos que hace siglos, cuando el pueblo, analfabeto y pobre, sólo sabía lo que le contaba el cura desde el púlpito. Si yo fuera el responsable de vocaciones del Vaticano, me pondría en manos de los 26

creativos de Play-Station y de los mejores webmasters2. Porque en esta ocasión no serán sus cruzados los que ganen esta guerra, como tampoco la ganarán los musulmanes que explotan por los aires en busca de una inmortalidad placentera.

Mientras aguardaba mi turno, envidié los medios de los que dispone la Iglesia. Como mesías de tercera división, no puedo dejar de admirar lo que ha conseguido uno de los primeros terroristas de la historia, aquel que murió en la cruz para redimirnos a todos.

Jesucristo siempre me ha resultado simpático. A fi n de cuentas, estoy bautizada en su fe y he hecho la digestión de su cuerpo. Por imperativo gubernamental y porque a mi padre le encantaba todo aquello que llevara aparejado un jolgorio. Pero me basta echar una mirada a su cruz ensangrentada para saber que no hemos venido a cumplir la misma misión. Una cosa es parir con dolor y otra redimir a la humanidad con tu sufrimiento.

Además, si la crucifi xión hubiera sido un éxito, yo no estaría aquí.

Lo de poner la otra mejilla no ha cuajado con la fuerza que se esperó en su día. Fue hermoso creer que bastaría la muerte de un solo hombre para salvar al género humano. El martirio tiene poco predicamento en occidente, hoy en día es entre los musulmanes donde está de plena actualidad. Como para pedir a cualquier chaval de instituto que muera en la cruz por su prójimo. Prójimo, extraña palabra.

En el mundo musulmán muchos prefi eren estar muertos a estar vivos y para algunos, ser admitido en los campos de entrenamiento es la mejor de las opciones posibles. En Afganistán, un tanto por ciento preocupante de los hombres jóvenes no ha vivido nunca con una mujer. Huérfanos del confl icto bélico con la Unión Soviética o por causa de algún señor de la guerra, han sido criados entre hombres, en las madrasas, han sido educados para odiar y matar. Y no sólo pasa en Afganistán… No sólo pasa en Asia ¿ en cuántos lugares de África las madres se ven obligadas a entregar a sus hijos a las madrasas para que coman tres veces al día? No, no podemos esperar que nuestros 2 Webmasters: administradores de las páginas web.

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chavales vayan a morir a las cruzadas en el nombre de un dios que ni siquiera tiene página web. Ni de coña. Cuando escribo estas líneas, todavía no ha tenido lugar el primer atentado en Londres, todavía la policía no ha matado a un hombre inocente.

Mis colegas de discusión, hombres todos ellos, me dicen que podemos permitirnos el lujo de asumir doscientos o trescientos muertos en cada atentado. No ven que el problema no es el terrorismo, sino la no integración de los inmigrantes. En algunos pueblos de Almería son muchas las mujeres que no se atreven a ponerse minifalda por miedo a los magrebíes. Las torres gemelas, Bali, Marruecos, Madrid o Londres, son las maniobras de distracción, el cebo. Mientras, el odio sigue arraigando en nuestra propia casa.

Somos las mujeres quienes más tenemos que perder.

Las de uno y otro lado.

Mientras yo esperaba que el confesionario quedara libre, Jesucristo se desangraba en su cruz. A sus pies, María y Magdalena, su madre y su amante, lloraban.

Yo no había venido a llorar a ningún mesías.

No sentía lástima por ellas, resumen de los errores que todas las mujeres hemos cometido a lo largo de la historia. Las mujeres de mi evolución no lloran a los pies de sus hombres.

Mueren por ellos.

María y Magdalena fracasaron: ni el amor de madre ni el amor de mujer salvaron al hombre que amaban. Una madre no puede controlar el caos del universo, ni una amante puede frenar una ambición tan grande como la de redimir a la humanidad de todos sus pecados. Pero ellas no aprendieron la lección. El sentimiento de culpa se instaló en ellas y se convirtió en algo genético que llegó a transmitirse de generación en generación. A lo largo de la historia, millones de mujeres se han sentido culpables de serlo.

Yo no había venido a llorar a los combatientes.

Yo había venido a combatir.

Jesucristo me resultaba simpático.

Pero yo tenía otra misión.

No necesitaba hablar con el confesor, no necesitaba intermediarios para hablar con el Uno y Trino que nunca se me había revelado.

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No necesitaba nada más para saber que el dios al que nunca le habían gustado las mujeres, empezando por Eva, no pondría sus trompetas a mis órdenes, no derribaría muros, ni abriría mares, ni provocaría diluvios. No haría absolutamente nada por ayudarme.

Necesitamos un dios nuevo.

Mi presencia en la iglesia ya no tenía sentido, mis dudas habían sido despejadas. Me puse las gafas de sol, salí a la calle y, reconfortada por la luz del día y el sonido del tráfi co, encendí un cigarro. A pesar de la nueva revelación que había tenido, seguía sin saber qué había pasado con mi capacidad para predecir la muerte de los demás. El sonido del teléfono móvil vino a sacarme de mis disquisiciones y terminó de devolverme a la realidad de los mortales.

—Candelas ¿Te has enterado de lo de Luis? —me dijo mi vecina, todavía impresionada por la noticia, en cuanto contesté al teléfono.

Tuve que contener un suspiro de alivio. No podía decirle: Me enteré hace dos meses, maja, de modo que me hice la despistada.

—¿Qué Luis?

—El marido de Rosa. Ha muerto esta noche de un infarto.

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Los remordimientos son bagaje de los mesías,

la culpabilidad puede mover montañas.

Al alivio que me produjo saber que Luis por fi n había muerto, le sobrevino una mala conciencia que me trepanaba como una barrena incansable. La gente muere cuando le llega la hora y yo no intervengo en el proceso, pero rehúyo los funerales de la gente a la que le vi la cara. Me entra un nosequé temblón cuando tengo que dar el pésame a sus familiares. Como si yo hubiera podido hacer algo por evitarlo.

Muchas veces he tenido ganas de echarme a la cara al Único y Verdadero para preguntarle ¿a santo de qué?¿Para qué coño sirve adivinar quién va a ser el siguiente?

Nunca tuve nada en contra de Luis, y, si de mí hubiera depen-dido, todavía estaría vivo. Sin embargo, no podía dejar de sentirme culpable.

Pero en algún momento hay que silenciar la culpabilidad, amordazar la voz y mandarla a paseo. Para ella es muy fácil decir haz algo.

Si hiciera caso de todo lo que me pide, necesitaría una legión de seguidores como no se ha conocido nunca en la historia. De modo que trato de darle esquinazo cuando puedo y me relajo. Sigo adelante con la misión, pero sin prisa, sin hacerme muchas ilusiones, que ya tengo cuarenta años, un poco mayor para creer en los milagros y andar haciendo proselitismo por ahí. Tener premoniciones titubeantes no está mal, pero en la época de la televisión por cable y los programas basura, necesitaría algo más efectivo para llamar la atención del gran público. Resucitar a los muertos en un programa prime-time, tener mi propia sintonía para que la gente se la bajara al móvil, curar con una imposición de manos wi-fi , … Pero no, soy un experimento del que ningún ser superior se ha responsabilizado, un mesías de tercera regional, me han dado unos ojos de hombre, un cuerpo de mujer y 30

hala, a escribir la palabra del no-dios de todas las religiones, incluidas las ateas. A mostrar el nuevo camino.

Como si fuera tan fácil.

Y podría vivir como una reina si no fuera por la puta culpabilidad.

No necesito grandes lujos para ser feliz.

Después de años trabajando como analista de documentación para productoras de documentales y revistas de política, pensamiento y literatura, decidí montar mi propia empresa de información en Internet. Me resultó muy fácil: llevaba mucho tiempo carteándome y hablando por teléfono con gente de todo el mundo: periodistas, directores de documentales, personal de oenegés, marines con ganas de hablar, directivos de multinacionales con mala conciencia…

Pasar del correo tradicional al correo electrónico supuso recibir la información de manera instantánea, creé una página web que me permitía vender nuestros conocimientos en cualquier lugar del mundo.

Yo tenía mucha información que ningún medio tradicional querría comprar, pero que podía interesar mucho al ciudadano. Mi trabajo en la red me había obligado a entrar en contacto con la realidad de la globalización, con el futuro. Hablaba con cientos, miles de personas en todo el mundo, y sabía que las preocupaciones de todos los seres humanos son las mismas. Nadie quiere guerras. Nadie quiere pobreza, pero el miedo nos paraliza.

También yo tenía miedo.

Aquella información que sólo había visto yo y alguno de mis colaboradores, me asediaba. La voz la convertía en un ariete que golpeaba una y otra vez contra la puerta de mi castillo: puedes hacer llegar esa información a muchísima gente. Hazlo, hazlo, hazlo, tú sabes cuál es el mensaje, tú lo sabes.

Hoy ya lo sé.

Pero entonces la voz me ahogaba con sus exigencias y yo no sabía qué era lo que esperaba de mí. Si colgaba aquella información en la red, cualquiera podría encontrarme, venir a mi casa y prenderle fuego con mis hijos dentro. Había imágenes y textos para granjearse todo tipo de enemigos: católicos ultraconservadores, fundamentalistas islámicos, judíos sionistas, grandes empresas, multinacionales, las 31

explotadoras del agua, de los recursos energéticos… No encontraba la manera de dar salida a todo lo que sabía.

Desde que era una niña me he sentido escritora.

Escribir me permite no volverme loca. La voz me ha esclavizado desde que recuerdo, esa tirana me ha tenido gran parte de mi vida encorvada sobre el papel, ahora sobre el ordenador. En 1999 intenté domesticarla escribiendo una novela con todo lo que sabía. El resultado no acabó de gustarme y lo dejé durmiendo en el cajón de los justos.

Hace unos meses la voz se puso neurótica y volví a rescatar la novela. Han pasado siete años. Han volado las Torres Gemelas, se ha invadido Afganistán, Iraq, pronto entrará también Irán en la contien-da. El personaje de mi novela es una Mesías virtual que aprovechará la red para extender una revolución global que acabará con el sistema.

Desde que me senté a reescribirla, la voz no ha dejado de dictarme, la pantalla del ordenador se llena de letras negras, pero yo no sé lo que estoy escribiendo, es ella quien escribe a través de mí. Menos mal que soy atea, si fuera creyente, no tendría ninguna duda de que el Innombrable me dicta, que estas son sus palabras y no las mías.

Que este libro que tienes entre las manos es Palabra de Dios.

Pero la voz no está satisfecha, quiere que convierta la fi cción en realidad.

No tiene nunca en cuenta que, además de trabajar para ganar dinero, tengo un marido y dos hijos, una vida que tendría que sacrifi car para cumplir con sus exigencias.

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El becerro de oro

Mi padre murió hace tres años. Me dejó una herencia que podría permitirme vivir trabajando menos, dedicar más energía a mi libro y a las exigencias de la voz.

Pero desde que murió mi padre, Pablo, mi marido, ha ido mutando en un hombre que desconozco. Sale a trabajar cada mañana, pero no sé qué hace en realidad, casi nunca está en su negocio y su aportación económica ha ido disminuyendo en los últimos años hasta que hace cinco meses desapareció por completo. Si le pido explicaciones, me dice que él no tiene nada que explicar, que es un problema puntual de tesorería. Pero yo sé que miente.

Antes era hablador y ahora siempre está como distraído, le hablas y no se entera. Si yo empiezo a hablar de alguno de mis proyectos, me mira con desprecio y dice que no tengo ni idea. Sé que me oculta algo y que tarde o temprano, tendrá que explotar.

Y como él no trae dinero a casa, yo no puedo dejar mi trabajo en manos de mis colaboradores, como hacía antes cuando necesitaba tiempo para otras cosas. Entre el trabajo, los niños, la compra, los médicos, los dentistas, los entrenamientos de fútbol, el desayuno, la comida y la cena, el control de pantallas infantiles (una hora y media de consola, dos como mucho), no tengo tiempo para mí, ni para seguir escribiendo el libro sagrado. Y la voz me atosiga.

Aunque me falten horas al día, siempre la obedezco cuando me pide que aproveche mis contactos para apoyar a la gente en la que creo. Me puedo permitir el lujo de ayudar en lo que esté en mi mano a todo el que tenga talento para cambiar las cosas. Hago todo lo que puedo por promocionarlo: retocar el guión o el libro, invitarle a comer, buscarle productores, editores, prestarles dinero, presentarle chicas…A la corta, sólo produce satisfacciones personales, pero a la larga, la humanidad saldrá benefi ciada de este esfuerzo.

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Trabajar con la información de cientos, miles de documentalistas y analistas de todo el mundo, puede llegar a marear. Cuando yo empecé a pergeñar lo que ahora es mi empresa, en España casi nadie tenía ordenador en casa, e Internet era algo reservado casi exclusivamente a las grandes empresas y a la gente rara. Los internautas parecían seres de otro planeta. Y lo éramos. Todo habría sido muy diferente si la puñetera voz no me dijera una y otra vez: no estamos aquí por dinero.

Yo no estoy en el mundo por dinero.

Nunca me he preocupado por él. Me persigue. Haga lo que haga siempre tengo en el bolsillo. No uso monedero ni billetero, mi pasta son billetes arrugados, resudados en el bolsillo del pantalón. Quien me cobra tiene que plancharlos con la mano para asegurarse de que esa papirofl exia anarquista es dinero.

Dinero, dinero, dinero.

El puto dinero.

Todo el mundo corre tras él. Muy pocos sabemos que lo mejor es esperar sentado a que te alcance.

Hablan ahora mis ojos de hombre. El dinero es como una mujer: dale un beso fugaz en los labios y márchate, fi nge indiferencia.

Entonces ella hará todo lo que pueda para entregarse a ti. Si persigues al dinero, tarde o temprano se volverá contra ti con toda su rabia.

Dinero, dinero, dinero.

Ahí está toda la trampa del sistema.

Antes los hombres traían el dinero a casa. La pasta era su hombría, lo que les concedía prerrogativas especiales, como llevarse el mayor trozo de carne a la boca o sentarse en el mejor sillón. Ahora las mujeres también lo ganamos.

Y sin embargo no es sufi ciente.

Vivir en el primer mundo cuesta demasiado. En unos años todos nos hemos cargado con unos gastos extraordinarios que antes no teníamos: teléfonos móviles, ordenadores, consolas, videojuegos, barritas adelgazantes, champú para que no se rice el pelo cuando se moje, galletitas para que al perro no le huela el aliento a perro. Los sueldos siguen siendo los mismos de cuando los teléfonos eran una cosa pesada e inamovible. Y somos muchos los europeos que tenemos 34

la sensación de que desde que hemos cambiado al euro, nuestro dinero ha encogido frente a los precios.

Si Pablo ingresara algo en casa, yo podría delegar más trabajo en mis colaboradores y dedicarme a escribir. O a dar paseos y fi losofar sobre la vida con una copa de buen vino en la mano. O ir al gimnasio cada día, dejar de beber, de fumar, de liar porros, de follar. Podría hacer muchísimas cosas, y sin embargo, la única que me apetece es la que me complica enormemente la vida. Procesar y analizar información es el más adictivo de todos mis vicios, a medida que pasan los años, las piezas del gigantesco puzzle empiezan a encajar. Y la voz me empuja, me obliga a que haga algo con todo lo que sé. Tienes la información, tienes la infraestructura en la red, tienes la idea, tienes la gente: hazlo.

Podría darme por satisfecha con mi familia, mi trabajo, mi casa, el campo que hay junto a mi casa. Pero no.

Si salen unos niños famélicos en la tele, me siento culpable.

Si hay un terremoto en algún lugar del tercer mundo, me siento culpable.

Si paso con mi coche junto a la parada de autobús llena de inmigrantes derrengados de tanto trabajar, me siento culpable.

Si hay alguien desprotegido cerca de mí, me siento culpable.

Si hay alguien más feo, más tonto, más pobre, más enfermo, más solo, más necesitado, más triste que yo, me siento culpable.

Y la culpabilidad me va encerrando como a un toro, y yo intento distraerme de ella y reculo hacia el principio del callejón y me entre-tengo, pero sé que no hay otra salida que la plaza y que tarde o temprano desembocaré en ella. Que tarde o temprano tendré que llevar a cabo la misión que he venido a cumplir.

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Señales en el camino

Zaida es una mujer extrovertida y popular, y no tardó en correrse la voz de que yo era una santa que impartía conocimiento al que estaba sediento de integrarse, de aprender. Pronto me encontré con más peticiones de las que podía atender. Pero no rechazaba hablar con nadie, porque eran información de primera mano que confi rmaban mis teorías de años: entre los inmigrantes musulmanes hay muchos que desean formar parte de la comunidad en la que viven.

En Francia los inmigrantes más pobres están prendiendo fuego a los coches.

Llevo muchos años en la red, la gente con la que hablo no se conforma con las noticias de los massmedia. Están descontentos de los políticos, que se llenan la boca con la democracia y el bolsillo con nuestro dinero, inventores de problemas que no existen para distraer la atención de los problemas que ellos no pueden resolver. Necesitaría millones de personas para cambiar las cosas. Y esa es una de las razones de mi escepticismo: el esfuerzo individual no sirve de nada.

Pero en la red hay millones de individuos. Sólo haría falta ponerles en contacto.

A medida que Zaida me va poniendo al corriente de más necesidades, la voz no para de repetirme que tengo la infraestructura necesaria para montar una red en Internet que ponga en contacto a inmigrantes que deseen integrarse con gente que quiera ayudarles. Tengo la idea desde hace años, pero hasta ahora me había limitado a desarrollarla sobre el papel porque, a pesar de que había leído mucho sobre musulmanas valientes, no había conocido a ninguna.

—Me da mucho miedo lo que está pasando en Francia, Candelas, con todos esos coches ardiendo.

Todos tenemos miedo, ellos y nosotros.

—Quiero ayudar, Candelas.

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Sigo los debates sobre el estado de la nación desde hace mucho. Y

ya he olvidado cuándo empecé a tener miedo de mis políticos. Unos gobiernos creen que a las ideas se las gana con armas, y otros, creen que basta sonreír para solucionar todos los problemas. Desde el 11-S

tiemblo: quienes se supone que dirigen el país —da igual qué partido—, tienen mucha menos información que yo.

O la ocultan.

Todos ellos, mesías de pacotilla, olvidaron que su misión era trabajar para el pueblo el día que, al salir de casa, toparon con su cara y su promesa en una valla publicitaria. ¿Qué pensará un presidente cuando salga de su palacio blindado y el tráfi co se detenga para él?

¿Tendrá una idea aproximada de lo que pasa por la cabeza de quien está sin papeles, perseguido y asustado?

La democracia debería ser la victoria de las ideas, no de las personas.

Todo el mundo quiere ser feliz. Unos, para conseguirlo, explotan por los aires. Otros, se presentan a unas elecciones. Los menos, escribimos Libros Sagrados. Y el resto de la humanidad se somete a nuestros designios.

Oigo a los políticos hablar de sus problemitas estatutarios o europeos, aquí predican la ayuda al tercer mundo, en Bruselas se arro-dillan para prorrogar las subvenciones. Y no puedo evitar que, como autónomo, me hierva la sangre al ver tanta inoperancia empresarial, tanta burocracia absurda, inútil, dolorosa y cara. ¿Por qué tenemos que creer que es el menor de los males?

¿Por qué tenemos que creer que nadie puede hacerlo mejor que ellos? Cualquier pescadero con dos dedos de frente llega a mejores soluciones que un diputado que nos cuesta un dineral: él, su oficina oficial, su coche oficial, sus viajes oficiales, sus regalos oficiales, sus dietas oficiales, sus amantes oficiales, sus copas oficiales. Nosotros nos deslomamos para que ellos hagan poesía en el parlamento.

Hace tiempo que sólo veo los informativos de las distintas televisiones españolas una vez al mes. Desde hace cinco o seis meses tengo la sensación de que se repiten a sí mismos. Siempre las mismas noticias. El Estatut. ¿Qué es el Estatut?

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Despierta pueblo. Hay millones de africanos en camino, tardarán dos años en cruzar África andando, pero llegarán. Y ningún estatut podrá detenerlos.

No puedo confi ar en mis políticos.

¿Puedo confi ar en mis conciudadanos, en la gente de a pie como yo, que somos los que morimos siempre en estas retóricas políticas?

Somos millones las personas que tenemos ojos, tenemos hijos, que sólo queremos vivir y dejar vivir. Hace mucho que me pregunto para qué servirán los políticos cuando todo el mundo sepa leer y escribir y manejar Internet, cuando todo el mundo vote dejar de pagarles su vida de fi cción y ayudar con ese dinero al tercer mundo.

Un gobierno virtual nos saldría mucho más barato a los ciudadanos europeos: adiós estatutos, adiós estados, adiós Bruselas. Millones de personas dejarían de chupar de nuestro bote, que tanto trabajo nos cuesta. ¿Por qué hay que pagar escoltas, coches ofi ciales? ¿Por qué no trabajan anónimamente desde su casa sin costar a los ciudadanos más que su buen sueldo?

Yo estoy movilizando a millones de personas en todo el mundo y no le he costado nada a ningún Estado. Podemos hacerlo sin ellos, no debemos dejar que nos engañen más haciéndonos creer que son el mal imprescindible si queremos democracia. Nos dan a elegir: ellos u Osama.

Unos llevan tropas a Irak.

Otros las traen.

El frente está aquí.

En Occidente.

El campo de batalla es nuestra casa.

Y la guerra no se ganará en un desierto,

ni en las montañas de Afganistán,

Ni explotando por los aires en capitales occidentales, asiáticas o africanas.

Esta guerra sólo la ganará quien consiga arrastrar más gente a su palabra.

Por ahora va ganando Osama.

Bush necesita un ejército privado, muy caro, gastarse dinero en elecciones, subir los impuestos, pisar el cuello al pueblo para mante-38

nerse en el poder, mantener una burocracia salvaje, eliminar servicios sociales.

En EEUU el Estado comenzó a ser desmantelado hace mucho tiempo. Durante la era Reagan se privatizaron empresas estatales poco rentables, como por ejemplo algunas líneas de autobuses que daban servicio a ciudadades pobres, como Nueva Orleáns. Los compradores fueron los fabricantes de coches de Detroit. Las cerraron. De ese modo obligaban a todo el mundo a comprar coches.

Pero en el país del automóvil, no todo el mundo puede permitirse el lujo de tener uno. En la América del Norte más pobre, como Nueva Orleáns, por ejemplo, es mucha la gente que no tiene medio de transporte propio. Por esa razón miles de personas se quedaron sin la posibilidad de huir cuando las inundaciones: no habían tenido dinero para comprar un coche a quienes cerraron las líneas de autobuses que habrían podido sacarles de aquel infi erno.

Si el Estado, en lugar de responsabilizarse de los más débiles los abandona a su suerte ¿cabe sorprenderse de que los débiles se radi-calicen y se pongan bajo la protección de organizaciones que llegan donde el Estado no? Organizaciones como los Hermanos Musulmanes, por ejemplo.

Osama sólo necesita hablar, un poco de Internet, un poco de cursillos de piloto y hala, a cambiar el mundo. El atentado de las Torrres Gemelas es la mejor acción propagandística de la historia. La democracia ha muerto, viva Internet.

Osama lo sabe.

Yo también.

Llevo siguiéndole la pista hace mucho. Cinco o seis años antes de las Torres Gemelas, buscando información sobre un escritor egipicio, cayó en mis manos un pequeño artículo sobre él. El autor hablaba de Osama como de otro tarado de la aristocracia saudí, otro iluminado rico. Pero Osama, o quien piense por él, sabía hablar. Me bastan tres o cuatro frases para extraer metros de información de una persona. Es mi trabajo: saber lo que hay detrás de las palabras, parasitar nuestra única realidad. También había una foto. Me estremeció su mirada.

Me reconocí en el espejo. Y envidié su fortuna. Recuerdo que pensé así cualquiera, si mi padre fuera el contratista de la Meca…

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He pasado años escuchando sus arengas, he leído lo que dicen de él quienes le conocen, le he analizado en detalle. Es, fundamentalmente, un hombre virtual que sabe motivar. Despierta la ilusión entre los hombres y el deseo entre las mujeres.

Yo despierto la ilusión de las mujeres y el deseo de los hombres.

Tengo el don de la palabra y la mirada, como cualquiera de los mesías que me precedieron; pero, además, tengo una buena boca y unas tetas de órdago.

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Palabras que seducen

Hablo con gente de todo el mundo. Mucha se siente urgida a contarme su vida. Casi siempre hombres. Es difícil dejar de pensar en ello. Sobre todo si, cuando vas a a la compra, te das cuenta de que el pescadero, el frutero, el panadero, el de la caja, el que descarga, todos ellos tienen una mirada, una sonrisa para ti.

Mis palabras excitan a los hombres, aunque estemos hablando de política europea o de la situación de África. No me conocen, no me han visto nunca, pero casi todos insisten en conocerme, en tomar un café, algunos quieren invitarme a cenar y luego ya veremos.

Alguna vez oí decir a los hombres: si yo tuviera tetas, sería una zorra.

Yo soy esa zorra.

También leí en un magnífi co libro de Martin Casariego: La muy puta devolvía todas las miradas, parecía un espejo.

Yo soy ese espejo.

Tengo corazón y cuerpo de mujer, y mirada de hombre. Cuando ellos me miran, les devuelvo una sonrisa que insinúa y desafía y una mirada de camarada de cantina. Pienso como ellos, no tienen escapa-toria. Me resulta tan fácil…

Y al mismo tiempo me corroe una odiosa culpabilidad que está instalada en mi sistema inmunológico gracias a siglos de demoni-zación del sexo. ¿Por qué he de sentirme culpable por despertar las sonrisas de los hombres? Si me sonríen, será porque les hago feliz.

Hacer sonreír a los demás no debería ser malo.

Soy una mujer casada y eso es como decir que mis sonrisas tienen dueño.

Durante trece años no me ha importado, al contrario, me ha gustado tener amo, sentirme protegida. Hasta hace poco, cuando oía el coche de Pablo entrando en nuestro garaje, mi corazón sufría un leve 41

aleteo de felicidad. Durante trece años, todos y cada uno de los días, agradecí dormir y despertar entre sus brazos.

Conozco pocas parejas que se hayan querido como nosotros.

Nos gustaba tanto estar juntos que, si Pablo tenía que salir a media mañana a visitar alguna obra que estuviera lejos, me llamaba para preguntarme si podía acompañarle. Y yo, salvo que tuviera que entregar algún informe urgente, me organizaba para estar lista cuando él pasara a recogerme.

Me gustaba ir a su lado y verle conducir tan seguro de sí mismo.

Amaba sus manos de hombre sobre el volante, sus antebrazos viriles y fuertes, sus gafas de sol, su rictus de macho dispuesto a morir y matar por su hembra.

Pero de un tiempo a esta parte, los negocios no le van bien. A pesar de que he intentado hacerle hablar con todo tipo de artimañas, no he conseguido arrancarle una sola verdad. Si intento hablar con él del asunto, me mira como si estuviera loca, me deja con la palabra en los labios y se da media vuelta. Siempre con la misma frase: yo no tengo que darte explicaciones.

Mi hombre, el alma de todas las fi estas, el amante dispuesto, el amigo tronchante, el cómplice perfecto, se ha convertido en una piedra que se queda dormida en cuanto se sienta. Aunque no lo dice, sé que ha perdido la fe en sí mismo. Cada vez que intento ayudarle, se parapeta tras su espeso muro desde el que ignora mis súplicas. De nada sirve que le asegure que si las cosas le van mal, yo le mantendré hasta que tenga claro qué quiere hacer; ni que le comente que me vendría de miedo que se hiciera cargo de los niños para que yo pudiera acabar mi libro.

Estamos atravesando una crisis que dura demasiado. Nos adora-mos, y tenemos una vida sexual tan intensa que parece anular todo lo demás. Pero cuando cena y se levanta de la mesa antes de que nosotros acabemos, cuando se tumba en el sofá y se duerme, me digo que debo dejar de engañarme.

Y huyo de su tristeza y de la tristeza que me provoca este fi n de fi esta refugiándome en mi trabajo. Ya no es el hombre apasionado que me hacía vibrar, ya no es el hombre válido para un mesías. Lo sé desde hace tiempo. Pero le quiero.

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Se aburre conmigo. Mis arengas le suenan a cantinela dogmática.

Mientras él me ignora, algunos hombres ansían una palabra mía.

Algunos cruzan continentes y mares para que les hable a ellos en exclusiva, para conocer el sonido de mi verbo cuando lo acompaña mi mirada. Me turba que un hombre que sólo conoce lo que mis dedos escriben, haga semejantes escalas en su vida por mí. Pero más me turba que, cuando al fi n me tiene ante sus ojos y oye mi voz de fumadora empedernida, su mirada me diga que se alegra de haber hecho el viaje.

Y me empieza a pasar con mi marido lo que me pasaba con mis padres hace años: si tú supieras.

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Las puertas del infi erno (I)

La literatura es, ante todo, sufrimiento. Recordarlo es primordial en días como hoy. Nada es gratis. Nada.

Durante trece años de mi vida fui la persona más feliz del planeta con mi familia. Incluso cuando vivía en hospitales, incluso cuando tenía a cada niño ingresado en una clínica diferente, era feliz. Nuestros hijos nos tuvieron en vilo durante los primeros años de existencia, pero yo era capaz de soportarlo todo. Tenía algo que sólo unas pocas elegidas conocen: el amor absoluto de un hombre.

Pablo y yo nos divertíamos como locos, nos amábamos sin freno.

Mucho después de que nuestros hijos nacieran, bastaba una mirada para que nos excitáramos. Por la mañana, o a la hora de la siesta y, por supuesto, por la noche; o nos poníamos tan cachondos por teléfono que él dejaba lo que tuviera entre manos para meterse en la cama conmigo.

Y todos los solteros decían: si algún día me caso, quiero ser como vosotros, es salvaje esa complicidad.

Y lo era.

También los solteros, qué majos, se dejaban caer por aquí a que les cocinara, les escuchara, les mimara, les curara pequeñas heriditas…

Soy una mujer fuerte, tengo una casa acogedora y grande con chimenea en invierno y piscina en verano, aquí se come —se comía— muy bien. Había buena musica, buenos libros, buena conversación, niños guapos e inteligentes. Los solteros se refugiaban aquí y les dábamos el calor, la música, la comida, el cariño, la palabra, la mirada, el mimo que les faltaba. No puedo ver sufrir a los demás.

Pero ahora que me gustaría meterme de lleno en la novela, no quiero cuidar de nadie. Estoy cansada de cuidar de todo el mundo, sólo necesito silencio, que me ignoren, que me dejen trabajar. Si Pablo admitiera que su negocio es una ruina, podría quedarse en casa y 44

liberarme de algo de trabajo. Zaida deja aspecto de orden tres días a la semana, pero aun así hay que hacer la compra, la comida, la cena, el desayuno y ocuparse de los niños. Cada día que pasa estoy más cansada. Necesitaría al menos trece horas diarias sin interrupciones para sacar todo este trabajo adelante, pero nadie parece entenderlo.

En Francia siguen ardiendo los coches. Los franceses, los argelinos, los subsaharianos, los marroquíes o los españoles, todos estamos asustados. Y la voz no deja de darme el coñazo, me tiene toda la noche navegando, analizando información.

Hoy me siento terriblemente cansada. Pablo y yo llevamos días sin cruzar una palabra. No tengo ganas de navegar. Enciendo el ordenador con la idea de contestar algún correo, pero no hay ninguno interesante. Manuel está conectado en el msn3: candelas dice:

Pablo y yo estamos fatal, me ahogo en esta casa Manuel dice:

Estás con la regla?

Candelas dice:

No, estoy harta. Me gustaría tener más tiempo para mí y para escribir no me dejan concentrarme ni diez minutos seguidos.

Me quiero separar, que se quede con los niños

Manuel dice:

Qué drástica

no sería mejor que echaras

un par de polvos por ahí?

Te relajarían

Candelas dice:

Qué más quisiera yo

Pero todos los hombres que me gustan

conocen a Pablo.

Son muchos años de fi delidad.

3 Sistema para hablar por el ordenador, como si fuera el teléfono pero escribiendo. Ahora ya se pueden tener conversaciones habladas e incluso video conversaciones. Y es gratis. Al menos en teoría.

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Manuel dice:

A mí me parece meritorio

trece años fi el.

Mira, no sé si debo decírtelo

sé que lo que te digo va a abrir las puertas del infi erno por qué no pruebas con el chat?

candelas dice:

¿Crees que no tengo bastante

con diez horas de pantalla al día?

Sólo me faltaba, entrar en los

chats de contactos.

Y además, soy una señora

no una loca

Manuel dice:

¿crees que

a los hombres