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Selección de cuentos

Franz Kafka

Colección

Cuentos

www.librosenred.com

Dirección General: Marcelo Perazolo

Dirección de Contenidos: Ivana Basset

Diseño de Tapa: Patricio Olivera

Armado de Interiores: Abel Auste

Está prohibida la reproducción total o parcial de este libro, su tratamiento

informático, la transmisión de cualquier forma o de cualquier medio, ya sea

electrónico, mecánico, por fotocopia, registro u otros métodos, sin el permiso

previo escrito de los titulares del Copyright.

Primera edición en español en versión digital

© LibrosEnRed, 2004

Una marca registrada de Amertown International S.A.

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ÍNDICE

La condena

5

Una mujercita

17

Ser infeliz

24

Un médico rural

29

El viejo manuscrito

36

Un artista del trapecio

38

Acerca del Autor

41

Editorial LibrosEnRed

42

LA CONDENA

Era domingo por la mañana en lo más hermoso de la primavera. Georg Ben-demann, un joven comerciante, estaba sentado en su habitación en el primer piso de una de las casas bajas y de construcción ligera que se extendían a

lo largo del río en forma de hilera, y que sólo se distinguían entre sí por la

altura y el color. Acababa de terminar una carta a un amigo de su juventud

que se encontraba en el extranjero, la cerró con lentitud juguetona y miró

luego por la ventana, con el codo apoyado sobre el escritorio, hacia el río,

el puente y las colinas de la otra orilla con su color verde pálido.

Reflexionó sobre cómo este amigo, descontento de su éxito en su ciudad

natal, había literalmente huido ya hacía años a Rusia. Ahora tenía un nego-cio en San Petersburgo, que al principio había marchado muy bien, pero que desde hacía tiempo parecía haberse estancado, tal como había lamen-tado el amigo en una de sus cada vez más infrecuentes visitas.

De este modo se mataba inútilmente trabajando en el extranjero, la extraña

barba sólo tapaba con dificultad el rostro bien conocido desde los años de

la niñez, rostro cuya piel amarillenta parecía manifestar una enfermedad

en proceso de desarrollo. Según contaba, no tenía una auténtica relación

con la colonia de sus compatriotas en aquel lugar y apenas relación social

alguna con las familias naturales de allí y, en consecuencia, se hacía a la

idea de una soltería definitiva.

¿Qué podía escribírsele a un hombre de este tipo, que, evidentemente,

se había enclaustrado, de quien se podía tener lástima, pero a quien no

se podía ayudar? ¿Se le debía quizá aconsejar que volviese a casa, que

trasladase aquí su existencia, que reanudara todas sus antiguas relaciones

amistosas, para lo cual no existía obstáculo, y que, por lo demás, confiase

en la ayuda de los amigos? Pero esto no significaba otra cosa que decirle

al mismo tiempo, con precaución, y por ello hiriéndolo aún más, que sus

esfuerzos hasta ahora habían sido en vano, que debía, por fin, desistir de

ellos, que tenía que regresar y aceptar que todos, con los ojos muy abiertos

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de asombro, lo mirasen como a alguien que ha vuelto para siempre; que

sólo sus amigos entenderían y que él era como un niño viejo, que debía

simplemente obedecer a los amigos que se habían quedado en casa y que

habían tenido éxito.

¿E incluso entonces era seguro que tuviese sentido toda la amargura que

había que causarle? Quizá ni siquiera se consiguiese traerlo a casa, él mismo

decía que ya no entendía la situación en el país natal, y así permanecería, a

pesar de todo, en su extranjero, amargado por los consejos y un poco más

distanciado de los amigos. Pero si siguiera realmente el consejo y aquí se le

humillase, naturalmente no con intención sino por la forma de actuar, no se

encontraría a gusto entre sus amigos ni tampoco sin ellos, se avergonzaría

y entonces no tendría de verdad ni hogar ni amigos. En estas circunstancias

¿no era mejor que se quedase en el extranjero tal como estaba? ¿Podría

pensarse que en tales circunstancias saldría realmente adelante aquí?

Por estos motivos, y si se quería mantener la relación epistolar con él, no

se le podían hacer verdaderas confidencias como se le harían sin temor al

conocido más lejano. Hacía más de tres años que el amigo no había estado

en su país natal y explicaba este hecho, apenas suficientemente, mediante

la inseguridad de la situación política en Rusia, que, en consecuencia, no

permitía la ausencia de un pequeño hombre de negocios mientras que

cientos de miles de rusos viajaban tranquilamente por el mundo. Pero

precisamente en el transcurso de estos tres años habían cambiado mucho

las cosas para Georg. Sobre la muerte de su madre, ocurrida hacía dos

años y desde la cual Georg vivía con su anciano padre en la misma casa,

había tenido noticia el amigo, y en una carta había expresado su pésame

con una sequedad que sólo podía tener su origen en el hecho de que la

aflicción por semejante acontecimiento se hacía inimaginable en el extran-jero. Ahora bien, desde entonces, Georg se había enfrentado al negocio, como a todo lo demás, con gran decisión. Quizá el padre, en la época en

que todavía vivía la madre, lo había obstaculizado para llevar a cabo una

auténtica actividad propia, por el hecho de que siempre quería hacer pre-valecer su opinión en el negocio. Quizá desde la muerte de la madre, el padre, a pesar de que todavía trabajaba en el negocio, se había vuelto más

retraído. Quizá desempeñaban un papel importante felices casualidades,

lo cual era incluso muy probable; en todo caso, el negocio había progre-sado inesperadamente en estos dos años, había sido necesario duplicar el 6

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personal, las operaciones comerciales se habían quintuplicado, sin lugar a

dudas tenían ante sí una mayor ampliación.

Pero el amigo no sabía nada de este cambio. Anteriormente, quizá por

última vez en aquella carta de condolencia, había intentado convencer a

Georg de que emigrase a Rusia y se había explayado sobre las perspectivas

que se ofrecían precisamente en el ramo comercial de Georg. Las cifras eran

mínimas con respecto a las proporciones que había alcanzado el negocio

de Georg. Él no había querido contarle al amigo sus éxitos comerciales y si

lo hubiese hecho ahora, con posterioridad, hubiese causado una impresión

extraña.

Es así cómo Georg se había limitado a contarle a su amigo cosas sin impor-tancia de las muchas que se acumulan desordenadamente en el recuerdo cuando se pone uno a pensar en un domingo tranquilo. No deseaba otra

cosa que mantener intacta la imagen que, probablemente, se había hecho

el amigo de su ciudad natal durante el largo período de tiempo, y con la

cual se había conformado. Fue así como Georg, en tres cartas bastante dis-tantes entre sí, informó a su amigo acerca del compromiso matrimonial de un señor cualquiera con una muchacha cualquiera, hasta que, finalmente,

el amigo, totalmente en contra de la intención de Georg, comenzó a inte-resarse por este asunto.

Georg prefería contarle estas cosas antes que confesarle que era él mismo

quien hacía un mes se había prometido con la señorita Frieda Brandenfeld,

una joven de familia acomodada. Con frecuencia hablaba con su prome-tida de este amigo y de la especial relación epistolar que mantenía con él.

–Entonces no vendrá a nuestra boda –decía ella–, y yo tengo derecho a

conocer a todos tus amigos.

–No quiero molestarlo –contestaba Georg–, entiéndeme, probablemente

vendría, al menos así lo creo, pero se sentiría obligado y perjudicado, quizá

me envidiaría y seguramente, apesadumbrado e incapaz de prescindir de

esa pesadumbre, regresaría solo, solo ¿sabes lo que es eso?

–Bueno, ¿no puede enterarse de nuestra boda por otro camino?

–Sin duda no puedo evitarlo, pero es improbable dada su forma de vida.

–Si tienes esa clase de amigos, Georg, nunca debiste comprometerte.

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–Sí, es culpa de ambos, pero incluso ahora no desearía que fuese de otra

forma.

Y si ella, respirando precipitadamente entre sus besos, alegaba todavía:

–La verdad es que sí que me molesta.

Entonces era realmente cuando él consideraba inofensivo contarle todo al

amigo.

–Así soy y así tiene que aceptarme –se decía–. No pienso convertirme en un

hombre a su medida, hombre que quizá fuese más apropiado a su amistad

de lo que yo lo soy.

Y, efectivamente, en la larga carta que había escrito este domingo por la

mañana, informaba a su amigo del compromiso que se había celebrado,

con las siguientes palabras: “Me he reservado la novedad más importante

para el final. Me he prometido con la señorita Frieda Brandenfeld, una

muchacha perteneciente a una familia acomodada que se estableció aquí

mucho tiempo después de tu partida y a la que tú apenas conocerás. Ya

habrá oportunidad de contarte más detalles acerca de mi prometida, baste

hoy con decirte que soy muy feliz y que en nuestra mutua relación sólo ha

cambiado el hecho de que tú, en lugar de tener en mí un amigo corriente,

tendrás un amigo feliz. Además tendrás en mi prometida, que te manda

saludos cordiales y que te escribirá próximamente, una amiga leal, lo que

no deja de tener importancia para un soltero. Sé que muchas cosas te impi-den hacernos una visita, pero ¿acaso no sería precisamente mi boda la mejor oportunidad de echar por la borda, al menos por una vez, todos los

obstáculos? Pero, sea como sea, actúa sin tener en cuenta todo lo demás y

según tu buen criterio”.

Georg había permanecido mucho tiempo sentado en su escritorio con

la carta en la mano y el rostro vuelto hacia la ventana. Con una sonrisa

ausente había apenas contestado a un conocido que, desde la calle, lo

había saludado al pasar.

Finalmente, se metió la carta en el bolsillo y, a través de un corto pasillo,

se dirigió desde su habitación a la de su padre, en la que no había estado

desde hacía meses. No existía, por lo demás, necesidad de ello, porque

constantemente tenía contacto con él en el negocio; comían juntos en una

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casa de comidas, por la noche cada uno se tomaba lo que le apetecía pero

después la mayoría de las veces se sentaban un ratito, cada uno con su

periódico, en el cuarto de estar común, a no ser que Georg, como ocurría

con mucha frecuencia, estuviese en compañía de amigos o, como ahora,

fuese a ver a su novia.

Georg se extrañó de lo oscura que estaba la habitación del padre incluso en

esta mañana soleada, tal era la sombra que proyectaba la alta pared que

se elevaba al otro lado del estrecho patio. El padre estaba sentado ante la

ventana, en un rincón adornado con recuerdos de la difunta madre, y leía

el periódico, que sostenía de lado ante los ojos, con lo cual intentaba con-trarrestar una cierta falta de visión. Sobre la mesa estaban aún los restos del desayuno, del que no parecía haber comido mucho.

–¡Ah Georg! –exclamó el padre, e inmediatamente se dirigió hacia él. Su

pesada bata se abría al andar y los bajos revoloteaban a su alrededor.

“Mi padre sigue siendo un gigante”, se dijo Georg.

–Esto está insoportablemente oscuro –dijo a continuación.

–Sí, sí que está oscuro –contestó el padre.

–¿También has cerrado la ventana?

–Lo prefiero así.

–Afuera hace bastante calor –dijo Georg como complemento a lo anterior,

y se sentó.

El padre retiró la vajilla del desayuno y la colocó sobre una cómoda.

–La verdad es que sólo quería decirte –continuó Georg, que seguía los

movimientos del anciano totalmente aturdido– que, por fin, he informado

a San Petersburgo de mi compromiso.

Sacó un poco la carta del bolsillo y la dejó caer dentro de nuevo.

–¿Cómo que a San Petersburgo? –preguntó el padre.

–Sí, a mi amigo –dijo Georg, y buscó los ojos del padre.

“En el negocio es completamente distinto”, pensó. “¡Cuánto sitio ocupa

ahí sentado y cómo se cruza de brazos!”

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–Sí, claro, a tu amigo –dijo el padre recalcándolo.

–Ya sabes, padre, que en un principio quería silenciar mi compromiso. Por

consideración, por ningún otro motivo. Tú ya sabes que es una persona

difícil. Puede enterarse de mi compromiso por otros cauces, me dije, y si

bien esto apenas es probable dada su solitaria forma de vida, yo no puedo

evitarlo, pero por mí mismo no debe enterarse.

–¿Y ahora has cambiado de opinión? –preguntó el padre.

Puso el periódico en el antepecho de la ventana y sobre el periódico las

gafas que tapaba con las manos.

–Sí, ahora he cambiado de opinión. Si verdaderamente se trata de un

buen amigo, me he dicho, entonces mi feliz compromiso es también para

él motivo de alegría y por eso no he dudado más en comunicárselo. Sin

embargo, antes de echar la carta quería decírtelo.

–Georg –dijo el padre, y estiró la boca sin dientes–, escucha por una vez. Has

venido a mí por este asunto, para discutirlo conmigo. Esto te honra sin duda

alguna, pero no sirve para nada, y menos aún que para nada, si no me dices

ahora mismo toda la verdad. No quiero traer a colación cosas que nada

tienen que ver con esto. Desde la muerte de nuestra querida madre han

ocurrido ciertas cosas desagradables. Quizá también les llegue su turno, y

quizá antes de lo que pensamos. En el negocio se me escapan algunas cosas,

quizá no se me oculten, ahora no quiero en modo alguno alimentar la sos-pecha de que se me ocultan, ya no estoy lo suficientemente fuerte, me falla la memoria, ya no puedo abarcar tantas cosas. En primer lugar esto es ley

de vida y, en segundo lugar, la muerte de tu madre me ha afligido mucho

más que a ti. Pero ya que estamos tratando de este asunto de la carta, te

pido, Georg, que no me engañes. Es una pequeñez, no merece la pena, así

pues, no me engañes. ¿Tienes de verdad ese amigo en San Petersburgo?

Georg se levantó desconcertado.

–Dejemos en paz a mis amigos. Mil amigos no sustituyen a mi padre. ¿Sabes

lo que creo?, que no te cuidas lo suficiente, pero los años exigen sus dere-chos. En el negocio eres indispensable para mí, bien lo sabes tú, pero si el negocio amenaza tu salud mañana mismo lo cierro para siempre. Esto no

puede seguir así. Tenemos que adoptar otro modo de vida para ti, pero

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desde el principio. Estás sentado aquí en la oscuridad y en el cuarto de

estar tendrías buena luz. Tomas un par de bocados del desayuno en lugar

de comer como es debido. Estás sentado con las ventanas cerradas y el aire

fresco te sentaría bien. ¡No, padre mío! Iré a buscar al médico y seguire-mos sus prescripciones Cambiaremos las habitaciones. Tú te trasladarás a la habitación de delante y yo a ésta. No supondrá una alteración para ti,

todo se llevará allí Ya habrá tiempo de ello, ahora te acuesto en la cama un

poquito, necesitas tranquilidad a toda costa. Vamos, te ayudaré a desnu-darte, ya verás cómo sé hacerlo. ¿O prefieres trasladarte inmediatamente a la habitación de delante y allí te acuestas provisionalmente en mi cama?

La verdad es que esto sería lo más sensato.

Georg estaba de pie justo al lado de su padre, que había dejado caer sobre

el pecho su cabeza de blancos y despeinados cabellos.

–Georg –dijo el padre en voz baja y sin moverse.

Georg se arrodilló inmediatamente junto al padre, vio las enormes pupilas

en su cansado rostro dirigidas hacia él desde las comisuras de los ojos.

–No tienes ningún amigo en San Petersburgo. Tú has sido siempre un bro-mista y tampoco has hecho una excepción conmigo. ¡Cómo ibas a tener un amigo precisamente allí! No puedo creerlo de ninguna manera.

–Padre, haz memoria una vez más –dijo Georg, levantó al padre del sillón

y le quitó la bata, estaba allí tan débil–, pronto hará ya tres años que mi

amigo estuvo en casa de visita. Recuerdo todavía que no te hacía dema-siada gracia. Al menos dos veces te oculté su presencia, a pesar de que en esos momentos se hallaba precisamente en mi habitación. Yo podía

comprender bien tu animadversión hacia él, mi amigo tiene sus manías,

pero después conversaste agradablemente con él. En aquellos momentos

me sentía tan orgulloso de que lo escuchases, asintieses y preguntases... Si

haces memoria tienes que acordarte. Él contó entonces historias increíbles

de la revolución rusa. Cómo, por ejemplo, en un viaje de negocios a Kiev,

había visto en un balcón a un sacerdote que se había cortado una ancha

cruz de sangre en la palma de la mano, la levantó e invocó con ella a la

multitud. Tú mismo has contado de vez en cuando esta historia.

Mientras tanto Georg había conseguido sentar al padre y quitarle cuida-dosamente el pantalón de punto que llevaba encima de los calzoncillos de 11

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lino, así como los calcetines. Al ver la ropa, que no estaba precisamente

limpia, se hizo reproches por haber descuidado al padre. Seguro que tam-bién formaba parte de sus obligaciones el cuidar de que el padre se cam-biase de ropa. Todavía no había hablado expresamente con su prometida de cómo iban a organizar el futuro del padre, porque tácitamente habían

supuesto que él se quedaría solo en el piso viejo. Sin embargo, ahora se

decidió, de repente y con toda firmeza, a llevárselo a su futuro hogar. Bien

mirado, casi daba la impresión de que el cuidado que el padre iba a recibir

allí podría llegar demasiado tarde.

Llevó al padre en brazos a la cama. Una terrible sensación se apoderó de él

cuando, a lo largo de los pocos pasos hasta ella, notó que su padre jugue-teaba con la cadena del reloj sobre su pecho. Se agarraba con tal fuerza a la cadena del mismo, que no pudo acostarlo inmediatamente. Apenas

se encontró en la cama, todo pareció volver de nuevo a la normalidad. Se

tapó solo y se cubrió muy bien los hombros con el cobertor. No miraba a

Georg precisamente con hostilidad.

–¿Verdad que ya te acuerdas de él? –preguntó Georg, y asintió con la

cabeza haciendo un gesto alentador.

–¿Estoy bien tapado? –preguntó el padre como si no pudiese asegurarse él

mismo de que sus pies se encontraban tapados.

–Así es que te gusta estar en la cama –dijo Georg, y colocó mejor el cober-tor a su alrededor.

–¿Estoy bien tapado? –preguntó el padre de nuevo, y pareció prestar espe-cial atención a la respuesta.

–Estate tranquilo, estás bien tapado.

–¡No! –gritó el padre de tal forma que la respuesta chocó contra la pre-gunta, echó hacia atrás el cobertor con una fuerza tal que por un momento quedó extendido en el aire, y se puso de pie sobre la cama. Sólo con una

mano se apoyaba ligeramente en el techo.

–Querías taparme, lo sé, retoño mío, pero todavía no estoy tapado, y

aunque sea la última fuerza es suficiente para ti, demasiada para ti. ¡Claro

que conozco a tu amigo! Sería el hijo que desea mi corazón, por eso tam-bién lo has engañado durante todos estos años. ¿Por qué si no? ¿Acaso 12

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crees que no he llorado por él? Precisamente por eso te encierras en tu

oficina: “el jefe está ocupado, no se le puede molestar”. Sólo para poder

escribir tus falsas cartitas a Rusia. Pero, afortunadamente, nadie tiene que

dar lecciones al padre sobre cómo adivinar las intenciones del hijo. De la

misma manera que ahora has creído haberlo subyugado, subyugado de tal

forma que podrías sentarte con tu trasero sobre él y él no se movería, en

ese momento mi señor hijo ha decidido casarse.

Georg levantó la mirada hacia el espectro de su padre. El amigo de San

Petersburgo, a quien de repente el padre conocía tan bien, se apoderaba

de él como nunca hasta ahora. Lo vio perdido en la lejana Rusia. Lo vio en

la puerta del negocio vacío y desvalijado, entre las ruinas de las estanterías,

entre los géneros hechos jirones, entre los tubos de gas que estaban caídos...

y él permanecía todavía erguido. ¿Por qué había tenido que irse tan lejos?

–¡Pero mírame –gritó el padre–. Georg corrió, casi distraído, hacia la cama,

con la intención de comprenderlo todo, pero se quedó parado a mitad de

camino.

–Porque ella se ha levantado las faldas –comenzó a hablar el padre–, porque

se ha levantado así las faldas de cerda asquerosa –y para expresarlo plástica-mente se levantó el camisón tan alto que se veía sobre el muslo la cicatriz de sus años de guerra–, porque se ha levantado así, y así las faldas, te has acer-cado a ella y, para poder gozar con ella sin que nadie molestase, has profa-nado la memoria de nuestra madre, has traicionado al amigo y has metido en la cama a tu padre para que no se pueda mover, pero ¿puede moverse o no?

Permanecía en pie sin apoyo alguno y lanzaba las piernas en todas las

direcciones. Sonreía con entusiasmo al comprenderlo todo.

Georg estaba de pie en un rincón lo más lejos posible del padre. Desde hacía

un rato había decidido firmemente observarlo todo con exactitud, para no

ser indirectamente sorprendido de alguna forma por detrás o desde arriba.

Entonces se acordó de nuevo de la decisión, ya hacía rato olvidada, y volvió

a olvidarla tan deprisa como se pasa un hilo corto a través del ojo de una

aguja.

–No obstante el amigo no ha sido todavía traicionado –gritó el padre, y lo

corroboraba su índice movido de acá para allá– yo era su representante en

este lugar.

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Georg no pudo evitar gritar:

–¡Comediante!

Reconoció inmediatamente el daño y, demasiado tarde, los ojos fijos, se

mordió la lengua hasta doblarse de dolor.

–¡Sí, por supuesto que he representado una comedia! ¡Comedia! ¡Buena

palabra! ¿Qué otro consuelo le quedaba al anciano padre viudo? Dime, y

durante el momento que dure la respuesta sé todavía mi hijo vivo. ¿Qué

otra salida me quedaba en mi habitación interior, perseguido por un per-sonal infiel, viejo hasta los huesos? Y mi hijo iba con júbilo por la vida, ultimaba negocios que yo había preparado, se retorcía de la risa y pasaba

ante su padre con el reservado rostro de un hombre de honor. ¿Crees tú

que yo no te hubiese querido, yo, de quien saliste tú?

“Ahora se inclinará hacia delante”, pensó Georg, “¡si se cayese y se estre-llase!” Esta palabra le pasó por la cabeza como una centella.

El padre se echó hacia delante, pero no se cayó. Puesto que Georg no se

acercaba como había esperado, se irguió de nuevo.

–¡Quédate donde estás, no te necesito! Piensas que tienes todavía la fuerza

suficiente para venir aquí, y solamente te contienes porque así lo deseas,

¡No te equivoques! Todavía soy el más fuerte, ¡Yo solo habría tenido quizá

que retirarme, pero tu madre me ha dado su fuerza, con tu amigo me alié

maravillosamente y a tu clientela la tengo aquí en el bolsillo!

–¡Incluso en el camisón tiene bolsillos! –se dijo Georg, y creyó que con esta

observación podría hacerle quedar en ridículo ante todo el mundo. Pensó

en esto sólo durante un momento, porque inmediatamente volvía a olvi-darlo todo.

–¡Cuélgate del brazo de tu novia y ven hacia mí! ¡La barro de tu lado y no

sabes cómo!

Georg hacía muecas como si no pudiese creerlo. El padre sólo asentía con

la cabeza, ratificando la verdad de lo que decía y dirigiéndose al rincón en

que se encontraba Georg.

–¡Cómo me has divertido hoy cuando has venido y me has preguntado

si debías contarle a tu amigo lo del compromiso! ¡Si lo sabe todo, estú-14

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pido, lo sabe todo! Yo le escribía porque olvidaste quitarme las cosas

para escribir. Por eso ya no viene desde hace años, lo sabe todo cien

veces mejor que tú mismo, tus cartas las arruga con la mano izquierda sin

haberlas leído, mientras que con la derecha se pone delante mis cartas

para leerlas.

De puro entusiasmo agitaba el brazo por encima de la cabeza.

–¡Lo sabe todo mil veces mejor! –gritó.

–Diez mil veces –dijo Georg con la intención de burlarse de su padre, pero

todavía en su boca estas palabras adquirieron un tono profundamente

serio.

–¡Desde hace años estoy a la espera de que me vengas con esa pregunta!

¿Crees que me preocupa alguna otra cosa? ¿Crees que leo periódicos?

¡Mira! –Y tiró a Georg un periódico que, de alguna forma, había ido a

parar a su cama. Un periódico viejo con un nombre que a Georg le era

completamente desconocido.

–¡Cuánto tiempo has tardado en llegar a la madurez! Tuvo que morir tu

madre, no llegó a ver el día de júbilo. El amigo perece en su Rusia, ya hace

tres años estaba amarillo de muerte, y yo, ya ves cómo me va a mí, para

eso tienes ojos.

–Entonces me has espiado –gritó Georg.

El padre, en tono compasivo e incidental, dijo:

–Probablemente eso querías haberlo dicho antes, ahora ya no viene a

cuento –y en voz más alta–: Ahora ya sabes lo que había además de ti,

hasta ahora no sabías más que de ti mismo. Lo cierto es que fuiste un niño

inocente, pero aún más ciertamente fuiste un hombre diabólico. Por eso

has de saber que yo te condeno a morir ahogado.

Georg se sintió como expulsado de la habitación, el golpe con el que el

padre a su espalda había caído sobre la cama resonaba todavía en sus

oídos. En la escalera, por cuyos escalones bajaba tan de prisa como si se

tratase de una rampa inclinada, sorprendió a la criada que estaba a punto

de subir para arreglar el piso.

–¡Jesús! –gritó, y se tapó la cara con el delantal, pero él ya se había ido.

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Salió del portal de un salto, el agua lo atraía por encima de la calzada. Ya

se asía firmemente a la baranda como un hambriento a la comida. Saltó

por encima como el excelente atleta que, para orgullo de sus padres, había

sido en sus años juveniles. Todavía seguía sujeto con las manos, débilmente.

cuando divisó entre las barras de la baranda un ómnibus que cubriría con

facilidad el ruido de su caída. Exclamó en voz baja: “Queridos padres, a

pesar de todo siempre los he querido”, y se dejó caer.

En ese momento atravesaba el puente un tráfico verdaderamente intermi-nable.

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UNA MUJERCITA

Es toda una mujercita; aunque muy delgada, suele además usar un corsé

ajustado; la veo siempre con el mismo vestido gris amarillento, algo así

como el color de la madera, adornado discretamente con borlas en forma

de botón, de igual color; siempre sale sin sombrero, el rubio cabello opaco

y lacio es ordenado, pero también muy suelto. Aunque está encorsetada

se mueve con agilidad, y a veces exagera esa facilidad de movimiento; le

gusta llevarse las manos a la cintura y girar el torso hacia uno u otro lado,

con asombrosa rapidez. Apenas puedo dar una ligera idea de la impresión

que me causa su mano, si digo que jamás he visto una cuyos dedos estén

tan agudamente diferenciados entre sí como la suya; y sin embargo no pre-senta ninguna peculiaridad anatómica, es completamente normal.

Ahora bien, esta mujercita está muy descontenta conmigo, siempre tiene

algo que objetarme, siempre cometo toda clase de injusticias con ella,

cada paso mío la irrita; si la vida pudiera cortarse en trozos infinitesimales

y cada pedacito pudiera ser juzgado, estoy seguro de que cada partícula

de mi vida sería para ella motivo de disgusto. A menudo he pensado en

eso: ¿por qué la irrito tanto? Podría ser que todo en mí ofendiera su sen-tido de la belleza, su idea de la justicia, sus costumbres, sus tradiciones, sus esperanzas; hay naturalezas humanas muy incompatibles, pero ¿por

qué se preocupa tanto por eso? No hay en verdad ninguna relación entre

nosotros que la obligue a soportarme. Debería decidirse a considerarme

un perfecto desconocido, lo que en realidad soy, teniendo en cuenta que

semejante decisión no me molestaría, más bien se la agradecería mucho,

sólo debería decidirse a olvidar mi existencia, una existencia que nunca

quise obligarla a soportar, y jamás querré; y evidentemente, todos sus

tormentos terminarían. Hago total abstracción de mis sentimientos y no

tengo en cuenta que su actitud también es para mí, naturalmente, muy

dolorosa, y no lo tengo en cuenta porque reconozco perfectamente que

mis molestias no son nada al lado de sus sufrimientos. De todos modos,

siempre he sabido que esos sufrimientos no son causados por el afecto;

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no le interesa en absoluto mejorarme, y además todo lo que en mí le

desagrada es justamente lo que menos puede impedirme mejorar. Pero

tampoco le importa que yo progrese, solamente le importan sus intereses

personales, que consisten en vengarse de los sufrimientos que le provoco,

e impedir los sufrimientos con que pueda volver a amenazarla. Ya una vez

intenté indicarle la mejor manera de poner fin a este resentimiento perpe-tuo, pero sólo logré suscitar en ella tal arrebato de furor, que nunca más repetiré esa tentativa.

Además, esto representa para mí, si así puedo decirlo, cierta responsabili-dad, porque por menos intimidad que haya entre la mujercita y yo, y por más evidente que sea que la única relación existente es la irritación que

le produzco, o más bien la irritación que ella permite que yo le produzca,

no por eso puedo sentirme indiferente ante los visibles perjuicios físicos

que le produce. De vez en cuando, y estos últimos tiempos más a menudo,

me llegan informes de que esa mañana amaneció pálida, insomne, con

dolor de cabeza y casi incapacitada para el trabajo; esto hace que sus fami-liares se pregunten perplejos cuál será el origen de esos estados, y hasta ahora no lo han descubierto. Sólo yo lo sé, es la antigua y siempre reno-vada irritación. Claro que no comparto totalmente las preocupaciones de sus familiares; ella es fuerte y resistente; quien puede enojarse hasta ese

punto, puede con seguridad también pasar por alto las consecuencias del

enojo; hasta tengo la sospecha de que ella –por lo menos a veces– simula

sufrimientos para dirigir hacia mí las sospechas de la gente. Es demasiado

orgullosa para decir abiertamente cómo sufre por culpa de mi simple exis-tencia; recurrir a los demás contra mí le parecería rebajarse a sí misma; sólo la repugnancia, una incesante repugnancia que no deja de impelerla, con-sigue que se ocupe de mí; discutir abiertamente algo tan impuro le pare-cería demasiada vergüenza. Pero también es demasiado para ella callar constantemente algo que la oprime sin cesar. Por eso prefiere, con astucia

femenina, un término medio: callar, y sólo mediante las apariencias exte-riores de un sufrimiento oculto, llamar la atención pública sobre el asunto.

Tal vez espere, posiblemente, que en cuanto la atención pública fije en mí

todas sus miradas, se concrete un rencor general y público, y con todos sus

vastos poderes éste consiga condenarme definitivamente, con mucho más

vigor y rapidez que sus relativamente débiles rencores privados, enton-ces se retiraría de la escena, respiraría con alivio y me volvería la espalda.

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Ahora bien, si estas son realmente sus esperanzas, se engaña. La opinión

pública no la sustituirá en su papel; la opinión pública nunca encontraría

en mí tantos motivos de reproche, aunque me estudiara a través de su lupa

de mayor aumento. No soy un hombre tan inútil como ella cree; no quiero

exagerar mis méritos, y mucho menos cuando se trata de este asunto; pero

si no llamo la atención por mis condiciones extraordinarias, tampoco la

llamo por mi falta de condiciones; sólo para ella, para sus ojos llameantes

y casi lívidos de ira, soy así; no podrá convencer a nadie más. Por lo tanto,

¿puedo sentirme por completo tranquilo en lo que a esto respecta? No,

tampoco; porque cuando sea realmente de conocimiento público que mi

comportamiento está provocando positivamente su enfermedad, y algún

observador, por ejemplo mis más activos informadores, estén a punto de

advertirlo, o por lo menos adopten la actitud de advertirlo, y la gente venga

a preguntarme por qué hago sufrir a esta pobre mujercita con mis accio-nes incorregibles, o si tengo la intención de llevarla a la tumba, y cuándo llegará el momento de mostrarme más sensato y de demostrar suficiente

compasión para poner fin a todo eso; cuando la gente me haga esta pre-gunta, me costará bastante responder. ¿Confesaré francamente que no creo en sus síntomas de enfermedad, lo que producirá la desagradable

impresión de que para librarme de mi culpa culpo a otro, y justamente de

una manera tan poco galante? ¿Y cómo podría decir abiertamente que yo,

aun cuando creyera que ella está realmente enferma, no siento un poco de

compasión, que la mujer en cuestión es para mí una perfecta desconocida,

y que la relación que existe entre nosotros es pura invención de su parte y

totalmente inexistente? No digo que no me creerían; más bien ni una cosa

ni la otra; no se tomarían el trabajo de dudar; simplemente, se tomaría

nota de la respuesta relativa a una mujer débil y enferma, y esto no me

haría mucho honor. Tanto con ésta como con cualquier otra respuesta,

chocaría inevitablemente con la incapacidad de la gente de impedir, en

un caso como éste, la sospecha de una relación amorosa, aunque es más

evidente que la luz del día que semejante relación no existe, y que si exis-tiera, se originaría más bien en mí y no en ella, ya que realmente yo sería muy capaz de admirar en esta mujercita la potente rapidez de sus juicios

y la infatigabilidad de sus conclusiones, cuando esas mismas cualidades no

estuvieran al servicio constante de mi tormento. Pero en todo caso, ella

no muestra el menor deseo de llegar a una relación amistosa; en eso es

honrada y veraz; en eso reside mi última esperanza; sería imposible que

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Franz Kafka

la conveniencia de su plan de campaña la llevara a hacerme creer en una

relación de ese tipo, olvidándose de sí misma hasta el punto de cometer

una acción semejante. Pero la opinión pública, absolutamente incapaz de

sutilezas, seguirá siempre pensando lo mismo en este sentido, y siempre se

decidirá en mi contra.

Por lo tanto, lo único que me resta es cambiar a tiempo, antes que interven-gan los demás, lo suficiente no para anular el rencor de la mujercita, que es inconcebible, sino por lo menos para dulcificarlo. Y en efecto, muchas

veces me he preguntado si me agrada tanto mi estado actual que ya no

quiero modificarlo, y si no sería posible provocar en mí algunos cambios,

no porque me parecieran necesarios, sino simplemente para calmar a la

mujercita. Y he tratado honradamente de hacerlo, no sin fatigas ni pro-blemas; hasta me hacía bien, casi me divertía; logré ciertas modificaciones visibles desde muy lejos, no necesitaba llamar la atención de la mujercita

sobre ellas, ya que se da cuenta de esas cosas antes que yo, puede percibir

por la expresión de mi cara las intenciones de mi mente; pero no logré

ningún éxito. ¿Cómo hubiera podido lograrlo? Su disconformidad conmigo

es, como bien lo comprendo ahora, fundamental; nada puede hacerla des-aparecer, ni siquiera mi propia desaparición; su furor ante la noticia de mi suicidio sería posiblemente inmenso.

Ahora bien, no puedo imaginarme que ella, una mujer tan aguda, no

comprenda todo esto tan bien como yo, no comprenda tanto la inutilidad

de sus esfuerzos como mi propia inocencia, mi incapacidad (a pesar de la

mejor voluntad del mundo) de conformarme a sus requisitos. Seguramente

lo comprende, pero como es de naturaleza combativa, lo olvida en el apa-sionamiento del combate, y mi desdichada manera de ser, que no puedo imaginar diferente porque me pertenece de nacimiento, consiste justa-mente en susurrar suaves consejos a quien está enfurecido. De este modo, naturalmente, no llegaremos jamás a entendernos. Día tras día saldré de

la casa con mi habitual alegría matutina, para encontrarme con ese rostro

amargado, con la curva desdeñosa de esos labios, la mirada investigadora

(y ya antes de investigar, segura de lo que encontrará) que me explora y

a la que nada escapa, sea cual sea su brevedad, la sonrisa sarcástica que

abre surcos en sus mejillas adolescentes, la mirada lastimera elevada hacia

el cielo, las manos que se plantan en las caderas, para reunir más aplomo,

y luego, el temblor y la palidez de la ira al estallar.

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Selección de cuentos

No hace mucho –y por primera vez, como advertí asombrado entonces–

mencioné algo de este asunto a un buen amigo mío, sólo de pasada, sin

darle importancia; con sólo dos palabras le hice un rápido resumen de la

situación; tan poca cosa me parece cuando la contemplo desde afuera,

que hasta llegué a reducir un poco sus proporciones. Inesperadamente,

mi amigo no se desinteresó de la cuestión, sino que por cuenta propia

le dio más importancia que yo, no quería cambiar de tema, e insistía en

discutirlo. Más inesperado aún fue que él, a pesar de todo, subestimara el

problema en uno de sus aspectos más importantes, porque me aconsejó

seriamente que me alejara por un tiempo, que viajara. Ningún consejo

podría ser más incomprensible; la situación es bastante clara, cualquiera

que la estudie de cerca puede llegar a comprenderla perfectamente, pero

no es sin embargo tan simple que una simple partida la solucione del todo,

o por lo menos en una parte. Nada de eso, tengo que cuidarme mucho de

no alejarme; porque si me decido a seguir algún plan, éste debe consistir

esencialmente en mantener el asunto dentro de los reducidos límites que

hasta ahora ha tenido, no dejar penetrar en él al mundo exterior, o sea

quedarme tranquilo donde estoy, y no permitir que el asunto ocasione

ningún cambio considerable e importante, lo que significa no hablar con

nadie de la cuestión; pero todo esto no porque se trate de un peligroso

misterio, sino porque es una cuestión desdeñable, puramente personal, y

como tal indigna de tanta atención; y porque no debe dejar de serlo. Por

eso las observaciones de mi amigo no fueron totalmente inútiles; no me

revelaron nada nuevo, pero fortificaron mi primitiva resolución.

En efecto, si se lo considera atentamente, las modificaciones que con el