Servatis ab maleficum por Erika J Valenzuela - muestra HTML

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Capítulo I

Aquella tarde era oscura y lluviosa, en un lúgubre monasterio a las afueras de la ciudad todo parecía tranquilo, la soledad de sus pasillos y la antigüedad de sus muros le hacían lucir como si ahí no habitara ni un alma. Aquella tarde, mientras los frailes se encontraban centrados en su oración diaria en la capilla; Fray Felipe, uno de los más sabios se encontraba en la biblioteca trataba de redactar una carta para el obispo, por alguna extraña razón sentía miedo, la agonía le invadía y le hacía sudar en frío, con las manos temblorosas y casi adormecidas seguía escribiendo:

A 18 de junio de 1888 Provincia de la nueva España

Su eminencia, se dirige a usted Fray Felipe, del monasterio de San Jacinto. Me he visto obligado a escribirle estas líneas, las cosas en el monasterio no van del todo bien, han suscitado cosas extrañas, cosas sin explicación lógica, no he dicho nada a mis compañeros pero he visto objetos levitar frente a mí, imágenes que arden sin motivo, alguien o más bien dicho algo me está intentando asustar, ellos están de vuelta y vienen por mí, espero y tome cartas en el asunto y vea esto con seriedad.

Fray Felipe había ya terminado de redactar cuando levantó la mirada y la dirigió a uno de los estantes de libros en el que le pareció haber visto movimiento

–Podría jurar que sobre ese librero había un candelabro hace unos momentos –pensó intranquilo

Volvió a tomar la pluma y sumergió la puntilla en la tinta, así firmó la carta, antes de que la doblara y la metiera en el sobre, sintió un escalofrío recorriendo su cuerpo y antes de que hiciera cualquier cosa sintió un fuerte golpe en la nuca, sólo le dejó aturdido y alcanzó a oír el sonido del candelabro al caer sobre el piso de madera. Fray Felipe sentía que la conciencia se le iba y pretendía darse valor para voltear y ver el rostro de su agresor, pero antes de esto sintió que se repitió el golpe, esta vez, más muerto que vivo miró la silueta de un encapuchado, sintió sobre su frente la última unción y después falleció.

Mientras tanto en la abadía, los frailes habían terminado su oración y salían ordenadamente en fila, se dirigían al comedor atravesando el húmedo patio. Cuando llegaron encontraron la mesa servida y cada quien se sentó en su lugar, el Reverendo Tomás tomó de la mesa un trozo de pan duro y lo puso en un recipiente metálico

–Ferum panis homo –dijo el Reverendo a Fray Juan, el más joven de los hermanos

Fray Juan se notó sorprendido y aterrado, pero era incapaz de desobedecer, así que tomó el pan y salió del comedor, recorrió el frío y abandonado pasillo, estaba aterrado de pensar que estaba a punto de anochecer y si no regresaba pronto le devoraría la oscuridad y aún más por la tarea que el reverendo le encomendó; sin pensar más aceleró el paso y fue lo más rápido que pudo, conforme se adentró en los corredores del monasterio todo era más oscuro. Por fin llegó hasta el fondo, ahí abrió una enorme puerta de madera ya apolillada y después bajó las escaleras.

Fray Juan se sentía real mente cobarde estando en ese lugar, ahí había celdas en las que siglos atrás habían sido encerrados e incluso torturados los aborígenes (indígenas prehispánicos) que se negaron a creer en Dios. De tan sólo pensar en eso Fray Juan sintió un enorme malestar, se apresuró a llegar hasta la penúltima celda y ahí aguardaba un hombre que al verle comenzó a gritar un repertorio de majaderías y a empujar las rejas queriendo atraparle. La mirada de fray Juan se cruzó de frente con la de aquel hombre, aquel pobre hombre tenía casi quince años en ese encierro; Fray Juan era apenas un chiquillo cuando llegó al monasterio y recordaba verle en ocasiones ya fuera podando el jardín, barriendo la hojarasca de los árboles o haciendo leña, nunca cruzaron una sola palabra, mucho menos se conocieron, pero Fray Juan sabía que ese hombre no era malo, a pesar de que de un día para otro fue excluido de los demás, se decía que en su cuerpo habitaban siete demonios. Fray Juan puso el traste en el suelo y se lo empujó con el pie, el hombre lo tomó presuroso y lo devoró con ansias, después de esto Fray Juan salió de ahí a toda prisa. De regreso, al pasar junto a la biblioteca, entre la penumbra divisó debajo de la puerta y pudo notar que había algo de luz adentro, con curiosidad abrió de poco en poco la puerta, al abrirla completamente se llevó el peor susto de su vida, sus pupilas se dilataron al ver tan aterradora escena y dejó escapar un grito con todas las fuerzas de su pecho. El horrorizado grito de Fray Juan resonó por toda la estancia llegando a oídos de los hermanos que compartían la cena, Todos se levantaron sorprendidos.

– ¡Es fray Juan! ¿Qué pasará? –replicó Fray Efrén sorprendido al oír los gritos, el era otro de los más jóvenes y era el mejor amigo de Fray Juan

–Ese escuincle grita por todo, no se levanten –respondió indiferente el reverendo

Todos volvieron a la cena, pero los gritos de “Auxilio” de Fray Juan se hacían cada vez más insistentes y desesperados. Fray Efrén se levantó y fue en su ayuda y con él todos los demás, aunque escéptico también el reverendo decidió levantarse.

Cuando los frailes llegaron a la biblioteca, Fray Juan estaba en una esquina aún temblando por el terror y señalando hacia la biblioteca, el Reverendo se asomó sin esperarse lo que vería a continuación.

Ahí se encontraba el piso teñido de púrpura al igual que el viejo escritorio, en la pared frontal bajo el vitral estaba un cadáver bañado en sangre, clavado de ambas muñecas al concreto como puesto en cruz y un manojo de zarzas adornando su cabeza

– ¡Santísima Virgen! ¿Qué pasó aquí? –murmuró el Reverendo aún sorprendido

Los demás se asomaron y quedaron perplejos al ver tan macabra obra. Entre rezos, lamentos y cuanto más, los hermanos se preguntaban quién habría sido capaz de hacer aquello tan abérrate en contra de tan intachable hombre

–No me imagino quien tuvo el corazón tan duro para asesinar a Fray Felipe –replicó con lamento Fray Evaristo

–Dejemos eso de lado y preguntemos quien tuvo la fuerza para poner ahí el cadáver – contestó el Reverendo

–Es verdad, no puedo siquiera pensar cómo un solo hombre pudo crucificar a otro a una altura de aproximadamente ocho metros y medio, en este monasterio no contamos con una escalera tan alta y por lógica sería imposible introducirla por nuestros estrechos corredores. ¿Y cómo le hiso para escapar sin dejar pistas? – Comentó Fray Efrén

– ¿Y quién dice que fue uno sólo y no varios? ¿Y quien dice que escapó y no que vive entre nosotros? –habló aún amedrentado Fray Juan

– ¡Fue el Demonio! –musitó Fray Ignacio. Este ya era un hombre anciano, algo paranoico y exagerado.

–Ahora lo que importa es bajar el cuerpo, ingeniarnos un plan para lograrlo antes del alba. Porque para llegar al fondo de este asunto yo conozco al hombre capaz, ahora traedme papel y tinta que voy a enviar un mensaje –afirmó el Reverendo Tomás teniendo en mente a uno de sus conocidos del seminario.