Simón Bolivar y Nuestra Independencia. por Nestor Kohan - muestra HTML

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Simón Bolívar

y nuestra Independencia

Una lectura latinoamericana

Néstor Kohan

Ediciones digitales de

LA ROSA BLINDADA

* Apéndice I

Rodolfo Walsh: « Un ensayo sobre San Martín»

* Apéndice II

Del «Bolívar» de Karl Marx

al marxismo bolivariano del siglo XXI

(Índice al final del volumen)

1

“¡Lo imposible es lo que nosotros tenemos que hacer,

porque de lo posible se encargan los demás todos los días!”

Simón Bolívar

(Respuesta al general Páez, 1819)

¿Por qué nos pintan a la libertad ciega y armada de un puñal?

Porque ningún estado envejecido o provincias, pueden regenerarse

ni cortar sus corrompidos abusos, sin verter arroyos de sangre”

Mariano Moreno

«Plan revolucionario de operaciones»

(Buenos Aires, 30 de agosto de 1810)

Compañeros del ejército de los Andes: La guerra se la tenemos de hacer del modo que podamos: sino tenemos dinero, carne y un pedazo de tabaco no nos tiene de faltar: cuando se acaben los vestuarios, nos vestiremos con la bayetilla que nos trabajen nuestras mujeres, y sino andaremos en pelota como nuestros paisanos los indios: Seamos libres, y lo demás no importa nada...”

José de San Martín

« Orden General»

(27 de julio de 1819)

“La mano dio luz al sol y a los astros, y hace girar los cielos,

humilla a veces los tronos, borra los imperios, así como desde

el polvo encumbra a lo sumo de la grandeza a un mortal desconocido, demostrando al Universo que los mortales, los imperios, los tronos, los cielos y los astros, son nada en comparación de su poder”.

Mariano Moreno

«Plan revolucionario de operaciones»

(Buenos Aires, 30 de agosto de 1810)

“El pueblo que combate, al fin triunfa”

Simón Bolívar

« Proclama a los ilustres hijos del Cauca»

(7 de noviembre de 1819)

2

Dedico esta investigación a mi amigo y compañero Anchiga,

combatiente de los pueblos originarios y de la Patria Grande,

bolivariano y comunista, quien con tanto amor y dedicación cuidó los

libros de Bolívar como el tesoro más preciado, frente a las fuerzas del capitalismo (también de la humedad y de los insectos).

Ojalá que después de leer este trabajo me devuelva, por fin,

las cuatro tortas fritas que le gané en una apuesta.

3

Memoria y resistencia

(Prólogo de Néstor Kohan)

“Como San Martín y Bolívar y como el Che, como revolucionarios

latinoamericanos, los mejores hijos de nuestro pueblo sabrán hacer honor a nuestras hermosas tradiciones revolucionarias, transitando

gloriosamente sin vacilaciones por el triunfal camino de la segunda y definitiva independencia de los pueblos latinoamericanos”.

Mario Roberto Santucho (“Robi”, “El Negro”)

Sin memoria histórica no hay identidad, ni personal ni colectiva. Sin identidad, sin investigar de donde venimos (la historia y la memoria colectiva de nuestros pueblos) y sin recordar quienes somos (nuestra memoria personal), se torna imposible cualquier tipo de resistencia. Si nadie resiste no hay dignidad ni decoro. Sin dignidad la vida no merece llamarse tal. Sin memoria histórica no hay esperanza de un futuro digno.

Nosotros sabemos quienes somos y de donde venimos. La voz del amo y el discurso del poder insisten una y otra vez para que nos avergoncemos y nos despreciemos a nosotros mismos, renegando de nuestra historia y nuestra cultura bajo un complejo, inducido, de supuesta inferioridad.

A pesar de la reiterada insistencia con que intentan inculcarnos semejante sometimiento no logran fracturar nuestra identidad. Por eso no nos pueden quebrar ni cooptar. Pasan los años y seguimos remando con tenacidad, contra viento y marea, frente al oleaje y los huracanes, en busca de la tierra prometida. Cuando el horizonte está nublado, los radares no funcionan y los viejos mapas quedaron desactualizados, la memoria histórica nos guía. Es nuestra brújula y nuestro faro, personal y colectivo.

Este libro que está en tus manos (o bajo tu mirada) era para mí una tarea pendiente. Amigos y compañeros me lo demandaron, me presentaron sus urgencias, me insistieron mil veces hasta que lograron convencerme.

Dudé mucho. Al comienzo, di incontables vueltas de lectura antes de ponerme a escribir. Luego, la tarea de la investigación se multiplicó como un ramillete de laberintos que formara parte de La historia interminable. La escritura se me prolongó mucho más de lo que había planificado.

Desarmar toda la cadena de mentiras, de falsedades, de tergiversaciones históricas con las que nos bombardean a cada minuto implicaba un trabajo arduo y prolongado. Pero contaba con un aliciente. Sabía que viajando hacia atrás en el tiempo me encontraría con un tesoro incalculable, no en dinero, tarjetas de crédito, baúles llenos de joyas, acciones de empresas o lingotes de oro sino en valores, ética, dignidad, justicia, perseverancia y rebeldía. En cada estación y descanso de ese largo viaje —

donde cada una de nuestras historias personales se entremezcla y nos remite siempre a una historia colectiva— me esperaba para dialogar gente que, peleando y luchando por los demás, entregó su vida por ideales y proyectos colectivos muchísimo más importantes que su propio ombligo (como alguna dijo Bolívar, nosotros somos apenas

“una pequeña pajita en medio de un huracán” que a todos nos envuelve). Por eso ir hacia el pasado y conocer lo que otros hicieron nos puede servir de ejemplo para decidir y saber qué hacer con nuestra propia vida en medio de tanta confusión.

Lejos de aquellas modas althusserianas y las fórmulas estructuralistas ya por suerte fenecidas que otrora tanto sedujeron a la intelectualidad crítica latinoamericana 4

(gracias a los manuales de una compañera chilena), nuestro marxismo es un marxismo con historia y en el cual no hay objeto sin sujeto, no hay toma de conciencia colectiva sin toma de conciencia individual. A contramano de los dogmas positivistas, quien investiga no está fuera del objeto de estudio. Indagar sobre Bolívar es indagar sobre nosotros mismos y sobre nuestra propia historia.

Tenía entonces que remover los recuerdos y desempolvar mi memoria, tratando de recomponer y ordenar lo aprendido, haciéndome nuevas preguntas sobre lo que suponía seguro, investigando al mismo tiempo la historia colectiva de nuestros pueblos apelando a fuentes diversas de las oficiales, voces “olvidadas”, autores marginales, libros malditos o prohibidos. Hacía falta mucha paciencia y un trabajo sistemático de hormiga (roja, por supuesto). Pero había que hacerlo. Valió la pena (y la alegría) el esfuerzo. Me resultó apasionante. Ojalá genere la misma pasión en quien lo lea.

La investigación y la redacción son entonces individuales, las demandas de conocimiento son sociales. Una vez más, como en tantas otras oportunidades, la urgencia política me apuró y me impulsó a encarar esa tarea que venía postergando.

Haciendo memoria, sacudiendo los olvidos y hurgando en nuestro pasado personal, recuerdo la escuela primaria, aquellos actos escolares en la periferia de la provincia de Buenos Aires (escuela pública al lado de un baldío, calle de tierra, aulas y biblioteca de paredes de madera con techo de chapa), donde los chicos de 8 años nos disfrazábamos en cada fecha patria para representar nuestra primera independencia. En aquella época yo quería representar a Manuel Belgrano, el creador de nuestra bandera nacional, colaborador de Mariano Moreno y amigo de la líder insurgente Juana Azurduy. La profesora de guitarra nos enseñaba canciones en homenaje a esta legendaria guerrillera “Truena el cañón, prestame tu fusil, que la revolución viene oliendo a jazmín. Tierra del Sol en el Alto Perú, el eco nombra aún a Tupac Amaru” y la cueca de los sesenta granaderos, paisanos de San Martín.

Poco tiempo después, el 24 de marzo de 1976, se produjo el sangriento golpe de estado del general Videla. Los niños intuíamos que estaba pasando algo muy malo, pero no entendíamos bien qué era. Amenazado de muerte, mi padre se tuvo que escapar un tiempo de la casa y, aunque mi hermanito no había cumplido todavía dos años, él se vio obligado a andar escondido y clandestino. Se refugió y se ocultó, según me contó muchos años después, en casa de amigos solidarios. En la escuela pública me hacían formar fila y marchar junto con mis compañeritos de 9 años, dentro de la escuela y por las calles del barrio, como si fuéramos soldados. Parecía un film de Fellini. Una escena disparatada y dantesca. Un par de años después, vino el campeonato mundial de fútbol.

Argentina campeón. Aunque nos encantaba el fútbol e íbamos siempre a la cancha, mi padre no me permitió salir a la calle a festejar el triunfo de la selección con una bandera argentina. No comprendía su negativa, pensé en silencio que era un viejo aburrido. Era muy chico para entenderlo. Hoy estoy orgulloso. Esas miles y miles de banderas argentinas flameando en la calle fortalecían a la dictadura militar genocida que utilizó el fútbol y el sano sentimiento nacional de nuestro pueblo para mostrarle al mundo que en Argentina todo estaba bien..., legitimando así los campos de concentración y exterminio de nuestros 30.000 compañeros secuestrados, torturados, despellejados (a poca distancia de los estadios de fútbol) y finalmente desaparecidos. ¿De quién es la bandera nacional creada por Belgrano para forzar la independencia y defendida por San Martín en los campos de batalla? ¿De los jóvenes rebeldes, las organizaciones populares y la insurgencia revolucionaria o de los militares genocidas que secuestraron a nuestros compañeros? Los fascistas, perversos y cobardes violadores de mujeres indefensas y ladrones de sus bebés, quisieron también robarnos y apropiarse de nuestros símbolos patrios, de nuestra historia y de nuestra identidad nacional. San Martín, para ellos, era 5

apenas uno más de sus secuaces torturadores. ¿Quién es el dueño de las esperanzas de San Martín? ¿A quién pertenecen los sueños de Bolívar? Todavía hoy, ya avanzado el siglo 21, muchos amigos y compañeros de mi generación —algunos y algunas con sus padres desaparecidos— ven agitarse las banderas nacionales y las asocian inmediatamente con el campeonato mundial de fútbol organizado y manipulado por los militares torturadores. El debate por la cuestión nacional no está saldado en Argentina.

Sospechamos que tampoco en gran parte de América Latina. Quizás estudiar a Simón Bolívar y releer nuestra primera independencia desde un ángulo latinoamericano pueda ayudar o contribuir a resolver esa incógnita tirando al cesto de la basura la mugre inhumana de los torturadores.

Al año siguiente, al finalizar con 12 años la escuela primaria, tuve que comenzar a estudiar seriamente historia para poder rendir el examen de ingreso a la secundaria.

Era obligatorio leer y saber completo el Curso de historia argentina (1979) de Juan F.Turrens. Ese fue mi primer manual. Hace poco lo encontré perdido en cajas de cartón que parecen cobrar vida propia en mi biblioteca. Estaba escrito por un profesor, fanático liberal (discípulo de Levene), que narraba la historia argentina y las luchas de la independencia latinoamericana insuflando en los niños ardor y pasión —lo cual era muy bueno— pero desde un ángulo y una perspectiva totalmente dislocada (por ejemplo le atribuía a Bolívar ideas “panamericanistas”… ¿quizás confundiéndolo con Santander o Rivadavia?). En la niñez obviamente no lo advertí. Hoy me doy cuenta al revisarlo: la cronología histórica local de este manual se cerraba con… el general Jorge Rafael Videla. La cronología internacional se clausuraba con… Fidel Castro y el Che Guevara.

Así postulaba la historia oficial la pelea del momento: las dictaduras militares en lucha contra el comunismo como gran fantasma a vencer a nivel mundial. Sin embargo, la narración histórica de nuestra primera independencia que escribió este profesor liberal era ágil y estaba aceptablemente bien escrita para la comprensión de un niño de 12 años.

En aquella época me lo devoré con entusiasmo y mucha ingenuidad. Ese fue mi primer acercamiento a esta problemática.

Un año más tarde, cuando tenía 13 años, estaba en el primer año de la escuela secundaria y necesitaba preparar las clases y lecciones de historia. En la educación argentina circulaban por entonces unos manuales históricos primitivos y anodinos, extremadamente mediocres, de un autor llamado José Cosmelli Ibáñez. Varias generaciones escolares fueron sometidas y obligadas a memorizar sus bodoques indigeribles. Este curioso “pedagogo” era un vulgar apologista, ni siquiera disimulado, de los golpes de estado y las dictaduras militares. Sencillamente una bolsita de basura, pero de mala calidad, con aspiraciones a liberal (no llegaba ni siquiera a eso, era muy inferior al nivel de Juan Turrens).

Para eludir esa bazofia, un amigo de mi padre me prestó entonces un grueso volumen sobre las guerras de San Martín. Ese ejemplar —si no recuerdo mal era el tomo sexto— pertenecía a la Historia argentina de Levene, una obra enciclopédica y monumental de 15 volúmenes.

Allí aprendí sobre la guerra de zapa (guerra de inteligencia) que San Martín dirigió y la guerra de guerrillas que bajo sus órdenes Juan Antonio Álvarez de Arenales protagonizó contra el imperio español, así como la épica guerra de las republiquetas, en la retaguardia realista del Perú y del Alto Perú desplegada para envolver a los colonialistas y finalmente derrotarlos por todos los frentes, con el ejército regular y con las fuerzas insurgentes. Este nuevo libro que cayó en mis manos estaba coordinado y escrito por Ricardo Levene, presidente durante 25 años de la Academia Nacional de la Historia (voz oficial de las clases dominantes argentinas en la materia) y uno de los principales representantes y continuadores de la escuela historiográfica del general 6

Bartolomé Mitre. También lo devoré.

La fantasía y la imaginación infantil me hacían asociar, con no poca vaguedad, mucha ignorancia y bastante entusiasmo, lo que leía en cada página sobre la guerra de guerrillas de Arenales y Juana Azurduy y las operaciones de inteligencia de San Martín contra los españoles con la lucha del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP). Esta insurgencia guevarista nacida en 1970 ya por entonces había sido aniquilada en la Argentina de la dictadura militar de Videla mientras yo estudiaba la escuela primaria, sin embargo, sin que él lo notara había escuchado a mi padre hablar sobre ella con algunos de sus amigos (muchísimos años después, cuando estaba internado agonizando, me enteré por viejos guevaristas que mi padre, militante de toda su vida y oficial-médico del aparato militar del comunismo, había colaborado durante un tiempo con sus amigos del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), obviamente en la clandestinidad y sin que la familia supiera nada. Mientras tanto, en aquellos tiempos de oscuridad, censura y miedos generalizados, mi madre me mostraba en secreto y casi susurrando recortes periodísticos, celosamente conservados en una carpeta naranja, de cuando habían asesinado al Che en Bolivia). Entonces, con 13 años, yo no entendía bien cómo ni porqué, pero estudiar a San Martín, casi en clave de aventuras de Sandokán, Emilio Salgari y Julio Verne, me remitía en la imaginación a la insurgencia comunista que combatía por el socialismo en las tupidas selvas de la provincia de Tucumán.

Fascinado con ese grueso libro sobre San Martín que me habían prestado, le pedí a mi padre que me regalara la colección completa, de aspiraciones enciclopédicas, pero como eran 15 tomos sumamente caros él no los pudo comprar por falta de dinero.

¡Menos mal! Esa corriente historiográfica mitrista y liberal, durante más de un siglo hegemónica en nuestro país, aunque monopolizaba la Academia Nacional de la Historia, había falseado completamente nuestro pasado, simulando alabar a San Martín (caricaturizado y deformado, mientras tergiversaba y censuraba a Mariano Moreno) a costa de insultar a Simón Bolívar.

Con manuales de baja categoría o con esta literatura más refinada y erudita, la escuela secundaria difundía esa visión liberal como si fuera única. Aunque desinformados por esa literatura oficial, los muchachos nos apasionábamos en nuestras discusiones de historia al riesgo de llegar al límite de los golpes de puño, no por el último modelo de teléfono celular, la admiración por un automóvil de lujo o las marcas de la ropa de moda sino por lo que considerábamos que debían ser (o no) nuestros libertadores y nuestros héroes. No me avergüenzo hoy de aquellas pasiones, discusiones y peleas adolescentes, aunque lamento la ignorancia que las rodeaba con esos profesores liberales que nos deformaban y enturbiaban la visión.

Y entonces, el 2 de abril de 1982, comenzó la guerra de Malvinas. Me enteré viajando en el subte (el metro) a la salida de la escuela, porque todos los altoparlantes pasaban de repente canciones patrias. Era raro. Los mismos torturadores, desaparecedores y perros sumisos de Estados Unidos se convertían repentinamente y por arte de magia en súbitos “patriotas”. Las radios, que habitualmente sólo difundían música en inglés, “descubrían” de un día para otro el rock en castellano. Con 15 años yo entendía ya un poquito más. Cuando mi mejor amigo del barrio pasó a buscarme para tomarnos el colectivo y luego el tren y desde allí ir a la plaza de mayo con una bandera argentina a festejar junto con el general Galtieri (que tenía varias medallas del Ejército norteamericano en sus escuelas de tortura de Panamá) no quise ir. Su familia nunca me lo perdonó. Le sugirió incluso que no me viera más y rompiera la amistad de toda nuestra infancia. Queríamos y queremos las Malvinas, porque son argentinas y latinoamericanas, odiamos al colonialismo británico (y a todos los colonialismos), pero despreciábamos a esos generales instructores en guerra contrainsurgente que habían 7

estudiado en la Escuela de las Américas como torturar a nuestros pueblos (no sólo al argentino, pues esos militares también torturaron en Honduras, organizando a los

“contras” y combatiendo a la revolución sandinista). En Malvinas se vio claro quien es quien. A la Argentina la apoyaron desde toda América Latina (menos el general Pinochet que colaboró activamente con Margaret Thatcher) y la enfrentaron Europa y Estados Unidos. En mi barrio, el hijo de la señora que vendía verduras a media cuadra de mi casa fue a la guerra reclutado como soldado. Tenía 18 años. No volvió más. La bandera argentina creada por Belgrano, que simbolizaba la independencia, la dignidad nacional y la unión latinoamericana, fue defendida con la vida de miles de muchachos y jóvenes humildes de nuestro pueblo, de nuestros barrios y nuestras provincias más pobres, mientras los altos oficiales se entregaban sin combatir, como hizo “el gran macho argentino”, el capitán torturador y “comando especial” Alfredo Astiz, muy valiente para secuestrar monjas, torturar mujeres atadas de pies y manos y tristemente famoso por otras hazañas similares, pero que en las islas Georgias del sur se rindió y se entregó sin haber disparado un solo proyectil contra el ejército inglés, apenas una hora después de que los colonialistas descendieran en las islas. La identidad nacional latinoamericana de San Martín y Bolívar sometida nuevamente a disputa entre un pueblo noble, digno, sacrificado, rebelde y luchador y unas Fuerzas Armadas genocidas, despiadadas perras guardianas de una burguesía lumpen y cipaya, completamente ajenas a la soberanía popular y a la dignidad nacional.

Avanzada la adolescencia, a los 16 años comencé a militar en el centro de estudiantes, por entonces clandestino (todavía estaba en el poder la sangrienta y genocida dictadura militar que, aún en decadencia, se negaba a permitir, reconocer o legalizar los organismos gremiales, estudiantiles y sindicales). Me incorporé en ese momento a una organización política marxista desde la que comenzamos a publicar en la escuela una pequeña revista llamada La Trinchera (que llevaba al Che Guevara en su portada, con una estrella roja de cinco puntas dibujada a mano con marcadores y donde escribíamos de filosofía y de historia). Aun siendo menor de edad, terminé preso en una comisaría por las huelgas estudiantiles. A partir de La Trinchera volví a la lectura de la historia, intentando encontrar un sentido para mi vida y una visión diferente de la historia oficial. Esto último me resultó muy difícil… Recuerdo aquel historiador comunista (su seudónimo era Leonardo Paso) a cuyos cursos asistí cuando tenía 17

años. Ingenuamente y con mucha ansiedad esperaba encontrar en sus conferencias “la verdad”. No fue así, más bien todo lo contrario. Salía de la escuela al mediodía y como vivía muy lejos de la capital (tenía que tomar un colectivo, un tren y un subte), deambulaba por la ciudad sin rumbo fijo haciendo tiempo durante ocho horas para poder ir al curso que dictaba este profesor —historiador oficial del partido comunista argentino— bien entrada la noche. Incluso arrastré y llevé a algunos amigos a esos cursos. Les prometí que allí íbamos a encontrar una visión diferente y opuesta a la historia oficial argentina del general Mitre que nos habían inculcado en la escuela. Para mi sorpresa y decepción, en esos seminarios escuché a este profesor supuestamente

“comunista” hablarnos maravillas de… Bernardino Rivadavia (una figura histórica muy similar a la de Santander, gran enemigo de San Martín —quien llegó a desafiarlo a duelo— y opositor a muerte contra Simón Bolívar y el Congreso Anfictiónico de Panamá). Esos seminarios, me enteré después, sintetizaban las tesis de su libro Rivadavia y la línea de mayo [Buenos Aires, Fundamentos, 1960]. ¡Qué tristeza!

En aquellos tiempos adolescentes lo intuí, hoy ya puedo estar seguro: el marxismo liberal (que suscribía puntualmente la historiografía de Mitre con jerga izquierdista, mientras que con Ponce atacaba a Bolívar y con Leonardo Paso cantaba loas a Rivadavia) permanecía subordinado a la cultura burguesa tradicional y 8

hegemónica. Esa posición nada tiene que ver con el pensamiento de fuego de ese león llamado Karl Marx cuya piel se ponen en los hombros —para así adquirir prestigio y audiencia juvenil— más de un ratón, pusilánime y reformista, siempre temeroso de romper los límites de la cultura oficial.

Resulta lógico y comprensible que en el panteón oficial de una burguesía lumpen todo se vuelva “asimilable” y ecléctico (el pastiche posmoderno le viene a esta burguesía como anillo al dedo a la hora de legitimarse). Por ello en la Argentina el mayor monumento en homenaje a Simón Bolívar está emplazado nada menos que… en el parque Rivadavia, dedicado a su gran enemigo. Monumento ubicado, en plena ciudad autónoma de Buenos Aires, sobre la avenida que también lleva el nombre de Rivadavia.

Los billetes de dinero argentino mezclan, como si todo fuera lo mismo, al general Mitre, al general San Martín, al general Belgrano, al brigadier Rosas, al escritor y presidente Sarmiento y al general Roca. Como dice el tango «Cambalache», “en un mismo lodo todos manoseaos”. Eso es el populismo.

Que la burguesía opere históricamente de esa manera no es raro ni excepcional.

Lo que resulta inadmisible es que en nombre del marxismo se pretenda subordinar a Bolívar (y a San Martín) bajo el manto de Rivadavia, de Mitre, del liberalismo, del panamericanismo y del supuesto “progreso” de una dependencia generada por los empréstitos leoninos contraídos con Gran Bretaña.

Pero aquellas primeras decepciones no mataron ni apagaron nuestro interés.

Había que hacer el duelo. La búsqueda continuó.

Durante esos años juveniles iba con mi padre a conversar semanalmente o cada 15 días con Ernesto Giudici, pensador marxista y comunista que discrepaba con el marxismo liberal de los historiadores oficiales del partido comunista (organización a cuyo comité central Giudici había pertenecido durante cuarenta años). El viejo Ernesto, al que considero mi verdadero maestro, me dio entonces para leer un artículo suyo de 1983 titulado “Marx, Bolívar y la integración latinoamericana”. Lo escribió para un encuentro en Caracas dedicado al Bicentenario del Libertador al que no pudo viajar…

porque no tenía dinero ni para comprarse ropa. Pero Ernesto, mi viejo y querido maestro, igual envió su ponencia a Venezuela, trabajo que en Argentina la revista Icaria publicó en 1984. En ese pequeño artículo de Giudici (amigo de Rodolfo Puiggrós e interlocutor del Che Guevara y de Robi Santucho) comencé, por fin, a encontrar el camino para otra visión de nuestra historia, argentina y latinoamericana, inspirada en Marx y Lenin pero al mismo tiempo sanmartiniana y bolivariana. A diferencia de Aníbal Ponce, el viejo Ernesto Giudici —como habían hecho Julio Antonio Mella o José Carlos Mariátegui— reivindicaba una lectura bolivariana de Nuestra América desde un ángulo marxista. Era lo que estaba buscando. Hoy en día continúo pensando, indagando y reflexionando dentro de ese horizonte y a partir de esa tradición. Este libro está escrito desde esa perspectiva (al menos eso intenta).

Más tarde, en 1985, me encontré con un ensayo biográfico sobre San Martín redactado por Rodolfo Walsh. Estaba inédito, recién se publicó ese año. Allí nuestro querido Rodolfo (desaparecido en 1977 por los militares genocidas de Argentina) nos mostraba un San Martín bien distinto al de la historia oficial. Ese San Martín no era enemigo del Libertador de la Gran Colombia, sino todo lo contrario. Mientras lo comparaba con Clausewitz y explicaba su doctrina del pueblo en armas y la guerra revolucionaria de todo el pueblo (que San Martín había aprendido de joven en la guerra de guerrillas contra Napoleón), Rodolfo Walsh nos acercaba a un San Martín profundamente latinoamericanista y estrechamente unido a Simón Bolívar. Por esos años me enteré que Mario Roberto Santucho, líder de la insurgencia del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) y comandante del Ejército Revolucionario 9

del Pueblo (ERP), también insistía sobre las enseñanzas de San Martín desde un ángulo comunista, latinoamericanista y bolivariano, donde el eje era la Patria Grande y la revolución continental. No casualmente la bandera de la insurgencia del ERP era la bandera del Ejército de los Andes de San Martín a la que se le sumaba la estrella roja.

La afinidad que Rodolfo Walsh y Mario Roberto Santucho encontraban entre San Martín y Bolívar no era un invento oportunista y manipulador. No es casual que a lo largo de todos sus años de exilio, San Martín conservara en la intimidad de su dormitorio un retrato de Simón Bolívar (como haría hoy un militante con las imágenes del Che Guevara). En su casa San Martín tenía tres retratos de Bolívar: primero, una miniatura que le regalara personalmente el otro Libertador al terminar la entrevista de Guayaquil, segundo, un óleo bastante grande pintado por Mercedes, su propia hija, realizado a pedido de su padre y el tercero, una litografía cuyo dibujo fue realizado por Quesnet y litografiado por Frey. La litografía llevaba una frase que habría pronunciado Bolívar: “¡Unión, unión y seremos invencibles! ”. San Martín colgó en su dormitorio esta litografía de Bolívar en 1824 y la mantuvo hasta la muerte, más de un cuarto de siglo después... (¿si odiaba tanto a Bolívar como sugieren los historiadores mitristas, para qué colgar en la pared la imagen de un pretendido “enemigo” frente a su cama?).

Más allá de las manipulaciones y las mentiras de la historia oficial, lo cierto es que hasta el último de sus días el Libertador argentino profesó, públicamente y en la intimidad de su correspondencia, sincera admiración personal y respeto político por el otro Libertador de Nuestra América.

Por contraposición con la mirada latinoamericanista de la insurgencia, el Ejército argentino de la burguesía, genuflexo y servil con EEUU, construyó una imagen de San Martín “padre de la patria argentina” (patria chica), competidor, adversario y enemigo de Bolívar y su Patria Grande (por ejemplo en el film de 1970, financiado y producido por las Fuerzas Armadas argentinas, « El santo de la espada», dirigido por Leopoldo Torre Nilsson, protagonizado por Alfredo Alcón y con guión de Beatriz Guido y Luis Pico Estrada quienes adaptaron la biografía de Ricardo Rojas El santo de la espada: Vida de San Martín [Buenos Aires, Losada, 1944]; versión análoga a la que difundió durante décadas el Instituto Nacional Sanmartiniano, fundado en el Círculo Militar el 5/4/1933 por el ultracatólico José Pacífico Otero).

Además de Walsh y Santucho, en aquellos años continué leyendo a

historiadores, militantes y críticos culturales como Rodolfo Puiggrós, Milcíades Peña, David Viñas, Michael Löwy y a muchos otros compañeros que con diversa suerte y desde ángulos bien distintos intentaron desmarcarse de la historia oficial y cuestionar su eurocentrismo.

Aunque por mi cuenta iba enhebrando y tratando de articular esas lecturas prohibidas y dispersas (que traté de utilizar durante los quince años que trabajé dando clases de historia, sociología y educación cívica en escuelas secundarias), en la Universidad me seguían insistiendo hasta el hartazgo con la visión monocorde de la historia oficial. Por entonces el relato de las clases dominantes se había perfeccionado.

Ya no era tan ingenuo y brutal como el liberalismo mitrista antibolivariano de mis antiguos profesores de la adolescencia. Ahora nos presentaban la mirada de los vencedores y las clases dominantes de un modo más refinado, servida en la bandeja filosófica del… posmodernismo, mercancía académica de baja calidad, pero por aquellos años de moda. Desde esa filosofía universitaria de origen europeo (nacida a partir de la impotencia y la derrota de la rebeldía fallida del 68 francés) muchos profesores —antes marxistas, durante los años ’70, luego eurocomunistas o perestroikos en los ’80 y finalmente, en los ’90, socialdemócratas posmodernos tras su regreso del exilio en México— trataron de convencernos de que indagar sobre Simón Bolívar, San 10

Martín, Mariano Moreno, la rebelión negra de Haití, José Martí o Augusto César Sandino era perderse en un callejón sin salida buscando infructuosamente lo que los posmodernos denominan “el mito del origen”. Para la mirada posmoderna (compartida por el posestructuralismo y el posmarxismo) conocer y reflexionar sobre la historia propia, la de Nuestra América, no sirve para nada ni tiene sentido alguno. Es más…

según ellos no hay historia real, la historia sería tan sólo un entramado académico de relatos sobre relatos, discursos sobre discursos, completamente caprichosos, manipuladores y arbitrarios sin pretensiones de verdad alguna. Desde ese ángulo no existirían antecedentes a imitar ni ejemplos de lucha que nos sirvan de brújula, orientación y sentido para nuestras vidas: no hay nada que aprender de la memoria histórica. Todo el pasado se evapora repentinamente con dos pases mágicos de alquimismo académico y de “giro lingüístico”. Los revolucionarios que nos antecedieron hace dos siglos serían tan solo “un mito”, “pura ficción”, un “relato inventado”, “efectos de dispositivos discursivos sobre otros discursos”. En la narrativa posmoderna la historia se convertiría en algo así como un suceder caprichoso de capas geológicas que se suceden sin ton ni son de manera puramente azarosa y fortuita, carente completamente de sentido.

Durante la hegemonía posmoderna los profesores de historia de la Academia nos decían que un buen historiador no debe meterse en política. Para ser serio y riguroso, tener prestigio y gozar del respeto de la comunidad científica, habría que tratar de ser un

especialista profesional” (léase apolítico). Cuanto más restringido, limitado y microscópico sea el objeto de estudio, y más alejado de los conflictos, mejor. Genera menos problemas y aumenta la probabilidad de ser publicado, ganar becas y obtener cátedras. Fabricar papers como chorizos, inodoros, incoloros, insípidos, con larguísimos párrafos que incluyan 20 proposiciones subordinadas sin decir nada sustantivo (según el estilo de redacción del ídolo de la historiografía académica argentina de los últimos 30

años), sin armar lío y sin que nadie se enoje. Ese era el modelo de historiador e intelectual que pretendían inculcarnos. Pusilánime, triste y mediocre. Apelando a un Pierre Bourdieu completamente mutilado y deformado, por entonces nos machacaban

hay que respetar el campo intelectual y científico de la historiografía sin cruzarlo con el campo político como erróneamente hicieron los historiadores militantes de los años

‘70”. De esa manera vergonzosa, insultando a los historiadores militantes, asesinados o desaparecidos, estos mandarines del poder de turno, endulzados con las mieles de los programas académicos del Banco Mundial y los dinerillos de las fundaciones privadas, nos invitaban a abandonar toda mirada macro y toda perspectiva crítica para ganar, eso sí, alguna beca “apolítica”. Frente a esa fauna tan gris y desabrida siempre me acordaba de Deodoro Roca, máximo ideólogo de la Reforma Universitaria de 1918, cuando escribió “El puro universitario es una cosa monstruosa”.

En definitiva, esa gente derrotada, desilusionada, a sueldo del poder, cínica y sin escrúpulos, con muchas cátedras y editoriales pero sin respeto alguno por la verdad ni amor por el conocimiento, pretende que el pasado y su historia sigan siendo propiedad privada de las clases dominantes hasta ahora vencedoras. Los poderosos permanecen de este modo dueños de la historia como son dueños de todo lo demás.

Los mismos bufones que viven cantando loas a las inigualables libertades del Mercado Capitalista, a las maravillas constitucionales de EEUU y La Gran Democracia norteamericana donde la tortura es legal, a las hazañas de los marines y bombardeos humanitarios, a las princesas prostituidas de Disney y los brillos mediocres de Miami, a los estereotipos trillados de Hollywood y al consumo indigerible de Mc Donalds…

tienen la desfachatez de calificar como “mito” a Bolívar y San Martín, a los negros insurrectos de Haití y a los combatientes amerindios de Tupac Amaru, a José Martí y a 11

Sandino. ¿El “mito” está en la historia rebelde de Nuestra América o en el marketing de las tiendas y supermercados de Miami? ¿El “mito” se encuentra en la rebeldía callejera o en los simulacros de pensamiento que circulan por la Academia? Con ademanes perversos y manipuladores la historia oficial —antes liberal, luego posmoderna—

asume nuevos vestidos para reciclarse y seguir confundiendo cerebros y engañando corazones, siempre en función de perpetuar la dominación y la obediencia.

En todo caso, si los primeros libertadores y los pioneros de la insurgencia nuestro-americana fueran “mitos”, ellos lo serían en un sentido muy distinto al empleado por el relato académico posmoderno (que asocia el supuesto “mito del origen” con una visión caprichosa, inventada a posteriori y fantasmagórica de la historia). Muy por el contrario, Tupac Amaru, Toussaint L’Ouverture, Bolívar, Manuela Saez, San Martín, Juana Azurduy, Mariano Moreno, Artigas o José Martí constituyen mitos en el sentido que le otorga a este concepto el amauta José Carlos Mariátegui, quien asocia el mito con un símbolo de un fenómeno histórico real (que sintetiza voluntades, sueños, proyectos y anhelos colectivos) capaz de movilizar y desatar la explosiva energía popular. Nuestros libertadores no son “mitos” ni ficciones arbitrarias inventadas a posteriori. Se equivoca gravemente el posmodernismo. Sus luchas existieron, no son puro relato ficcional ni simples efectos de discursos. Los miles de muertos que quedaron en el camino de las guerras de nuestra primera independencia no constituyen una ficción, son bien reales (tan reales como nuestros miles de compañeros desaparecidos durante las batallas e insurgencias a lo largo del siglo 20). Es la memoria histórica de esos miles y miles de muertos y desaparecidos, así como de los libertadores que nos precedieron, la que nos mueve a continuar su lucha por la segunda y definitiva independencia, sólo realizable cuando concretemos mediante la revolución una reorganización socialista de nuestros países, de nuestro continente y del mundo.

Si son mitos, es en el preciso sentido mariateguiano, pues sus luchas reales constituyen ejemplos a seguir en el presente, ya que sus vidas, sus proyectos y sus nombres sintetizan los sueños de millones y millones de mayorías populares oprimidas, explotadas, marginadas y vilipendiadas. Si Bolívar constituye un mito —al igual que el Che Guevara— es en este sentido estricto, como paradigma simbólico que tiene la capacidad histórica de movilizar a la lucha y de sintetizar una voluntad de combate actual. No porque no haya existido el Bolívar histórico, concreto y real cuyo pensamiento, avatares y peripecias intentamos socializar en este libro. Lo mismo vale para Mariano Moreno o San Martín.

En fin, todos los conocimientos, enseñanzas y valores que me negaron en la escuela liberal y en la Academia posmoderna los recuperé y pude asimilarlos a través de la militancia política. Gracias a esa militancia tuve el honor de conocer a Simón Bolívar, a Mariano Moreno, a San Martín y, lo que me resulta más significativo, a quienes hoy siguen pensando, creyendo y dando generosamente su vida por esos mismos sueños de libertad e independencia.

En definitiva, lo que no me enseñaron y me ocultaron mis profesores (quizás porque ellos tampoco lo sabían pues también son, a su modo, víctimas de la cultura oficial) lo aprendí en el mundo de la rebeldía libertaria, en el intercambio y en el diálogo con mis amigos y compañeros, militantes y combatientes por la causa más noble que hasta ahora ha conocido la humanidad: la unidad latinoamericana en la Patria Grande, el socialismo y el comunismo.

La primera inspiración de esta investigación (cuya temática e interrogantes, reitero, me vienen persiguiendo desde la niñez y temprana adolescencia) nace, precisamente, de esos diálogos, de esos debates e incluso de la insistencia obsesiva con que diversos amigos y compañeros bolivarianos —además de regalarme muchos 12

libros— me han pedido que intente elaborar una aproximación comprensible y pedagógica a Simón Bolívar y a las luchas por la primera guerra de independencia.

Mucho les agradezco esa insistencia y todo lo que me han enseñado.

Lo mismo vale para mis hermanos chilenos que en medio de una población de Santiago (una villa miseria en el lenguaje argentino) me ayudaron a colgar de un alambrado la bandera de nuestra Cátedra Che Guevara con los símbolos del Ejército de los Andes y la estrella roja, mientras me advertían de la discusión histórica sobre San Martín, O’Higgins y el guerrillero Manuel Rodríguez.

También me fueron muy útiles y sugerentes las discusiones, los seminarios y los talleres sobre el marxismo y la cuestión nacional y el acto callejero sobre el Bicentenario (en repudio al general Roca, genocida de los pueblos originarios, símbolo de la burguesía, de sus Fuerzas Armadas y de la Sociedad Rural) que organizamos y compartimos con nuestros amigos y compañeros del Colectivo Amauta y la Cátedra Che Guevara. A todos ellos y ellas estoy agradecido.

En cada rincón de nuestro continente y en cada barrio, a cada paso y en cada actividad militante, me fui nutriendo de enseñanzas, de consejos, de opiniones, de materiales escritos y conversaciones orales que de una u otra manera están presentes en este libro.

Para poder concretar entonces el proyecto de esta investigación, además de sumergirnos en un océano de literatura historiográfica, necesariamente había que ajustar cuentas con aquel marxismo eurocéntrico, liberal, rivadaviano y mitrista, caricatura del pensamiento radical de Marx, de Lenin, del Che (quien también era bolivariano, dicho sea de paso) y de tantos otros revolucionarios.

Análogo beneficio de inventario debimos desarrollar frente a otros relatos con buenas intenciones marxistas (que aspiraron a superar las precarias ingenuidades de aquel marxismo liberal) pero que terminaron haciendo tabla rasa con toda nuestra historia. En estos otros autores que se proponían dar una visión alternativa… ¡Todo era burguesía, todo era clase dominante, no había nada para rescatar! ¿Si no hay antecedentes revolucionarios toda lucha emancipatoria recién comienza en Nuestra América con la inmigración europea de obreros asalariados? Bajo la sana y encomiable tarea de desmitificar los relatos hagiográficos y los mitos de la historia oficial, algunos historiadores con muchas ganas de ser buenos marxistas terminaron desechando toda la historia de luchas, guerras y revoluciones de Nuestra América como si fueran apenas un gran equívoco, una prolongada sinrazón, un gigantesco disparate histórico, una anomalía incorregible frente a los tipos ideales (falsamente) universales de Europa Occidental, el modelo político de la revolución francesa, el modelo económico de la revolución industrial inglesa. Los miles y miles de muertos que dieron su vida luchando contra el colonialismo “no sabían lo que hacían”. Las masas populares “no tenían un programa para desarrollar las fuerzas productivas” ni contaban con una buena receta europea para abrazar al dios del Progreso, en consecuencia… todas sus luchas carecían de sentido. Eran simples rebeldías sin perspectiva histórica. Pueblos sin historia ni futuro. Impotentes, irracionales, desorientados, condenados de antemano al fracaso. No poseían la dignidad, la entidad, la completud de Europa, por lo tanto no eran pueblos, no eran revolucionarios, no eran sujetos, no eran nada. Para esta lectura, la historia humana no tenía muchos caminos posibles condicionados por los conflictos sociales y la lucha de clases. Estaba fatalmente predeterminada de antemano. Los que ganaron… debían necesariamente ganar, no había otra posibilidad. Una visión aparentemente laica del viejo grito metafísico y religioso “¡ Dios lo quiere!”. Bajo el manto protector de un marxismo economicista, esquemático y absolutamente eurocéntrico, aprendido en simplificados esquemas de pizarrón, se terminaba condenando toda la historia de lucha 13

de nuestro continente en espera pasiva de que aparezcan, recién siglo y medio más tarde, los civilizados profetas que traían el evangelio sindical de modelos de revoluciones prolijas, pulidas, redondas, encorsetadas, imaginariamente perfectas.

Revoluciones de manual. La justa y encomiable impugnación de los mitos de la historia burguesa oficial en nombre de la revolución proletaria se terminaba transmutando en un completo desconocimiento de nuestra propia historia y en un involuntario aplauso y justificación de los vencedores del pasado. Reconocemos y hacemos justicia a aquellos historiadores de antaño por su genuina voluntad de “aplicar” a Marx a América Latina, aun cuando sus resultados distaran tanto de una impostergable mirada crítica, radical, marxista latinoamericana y descolonizadora.

Intentando superar aquellos inoperantes marxismos eurocéntricos, liberales o ingenuamente progresistas, defendemos la pertinencia de una nueva mirada de la historia social y política, articulada desde abajo, desde los pueblos sometidos y clases explotadas y desde la rebeldía descolonizadora del Tercer Mundo, anclada en el marxismo latinoamericano y que no se arrodilla sumisamente ante el fetiche del Progreso. Desde este ángulo intentamos poner en discusión la vieja historia oficial, centrada únicamente en instituciones jurídicas, en batallas y en estatuas de bronce individuales que ya tienen en su mente la trayectoria biográfica completa de cada

“prócer” escolar desde que nacen o asisten al jardín de infantes, sin variaciones en sus vidas, ajenos por completo a los conflictos económicos, sociales, políticos y militares y a las contradicciones de clase. Pero también sometemos a crítica las nuevas historias oficiales que en los espacios académicos juegan a “desmitificar” el pasado atacando invariablemente contra las posiciones radicales, deslegitimando el empleo de la violencia plebeya y revolucionaria y quitándoles valor a los procesos sociales rupturistas con los grandes imperios para otorgárselo a las supuestas “democracias republicanas cultas y civilizadas” de la vieja Europa o de su hijo predilecto, los prepotentes Estados Unidos de Norteamérica.

Que hoy en día se percibe y se palpa en el aire un nuevo interés por discutir nuestro pasado puede corroborarse por la cantidad enorme de libros que se han publicado en los últimos años sobre la historia de nuestra primera independencia continental, algo imposible siquiera de imaginar durante la década de los años ’90

cuando esta temática permanecía, aulas adentro, en manos de un más que reducido cenáculo de fabricantes y masticadores de papers. Últimamente no sólo se han editado numerosos textos escritos que reabren el debate. También han aparecido películas como

« Bolívar soy yo» (2002, escrita por Manuel Arias, Alberto Quiroga y Jorge Alí Triana, con la dirección de éste último); « Taita Boves» (2010, basada en la novela Boves, el urogallo de Francisco Herrera Luque, promovida desde Venezuela por Telesur); « José Martí, el ojo del canario» (2010, dirigida por Fernando Perez y producida por el ICAIC