Sombras del Pasado (Historias de Terror y Misterio nº 1) por Juan Carlos Fernández Fernández-Avilés - muestra HTML

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RELATOS DE TERROR Y MISTERIO VOL 1

 

 

 

 

SOMBRAS DEL PASADO

 

 

 

 

 

 

 

 

Juan Carlos Fernández

Fernández-Avilés

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

I

 

Cuando la pesada puerta de oscuro y frío acero se cerró lentamente, Mario comenzó a sentir un calor seco y enfermizo que apenas le permitía respirar. Como pudo, salió del edificio y se apoyó en la grisácea fachada de piedra, dejó el maletín de cuero negro que arrastraba en el suelo y con la mirada perdida en el infecto horizonte de los rascacielos que plagan Manhattan, cerró los ojos.

Nada resultaba tener sentido en ese momento para Mario. Los altos edificios se asemejaban unos con otros como lo harían en una pintura de un niño cuando comienza a dibujar. El conjunto de avenidas que atravesaban la isla parecían no conducir a ninguna parte. Las calles no tenían vida, encontrándose absolutamente desiertas y sin huella visible que indicase que alguien hubiese alguna vez transitado por ellas. Todo era calor y soledad. Si bien eran las nueve de la mañana, la luz era tenue, de tal profunda palidez que resultaba imposible adivinar si efectivamente era por la mañana o por la noche. El cielo había tornado, como si de una broma macabra se tratara, de un azul brillante a un rojo plomizo que, al reflejar en los cristales de los altos rascacielos, se proyectaba en las calles haciéndolas de un color anaranjado de tamaña intensidad y viveza, que se confundían con sendas de lava hirviente.

 

Segundos después, y con los ojos aún cerrados, Mario se colocó las palmas de sus manos en las sienes, apretó lo más fuerte que pudo y, de una sola vez, abrió violentamente los ojos deseando que lo que acababa de presenciar no hubiese sido más que una broma pesada de su sugestionable imaginación. Justo en ese instante, miles de personas se encontraban deambulando de un lado a otro por las mismas calles que hacía unos segundos parecían desoladas y sin vida. Individuos caminando en solitario rumbo a su anodina y trivial jornada laboral en sus oficinas se entremezclaban con grupos de colegiales en su angosta caminata diaria hacia sus clases. Importantes directivos o quizás especuladores de Wall Street leían los periódicos de la mañana bajo la marquesina de la parada de un autobús que, como era habitual, llegaba con algunos minutos de retraso. Incansables vagabundos más ávidos de poder iniciar una conversación con algún ciudadano piadoso que de obtener una limosna, paraban a todo aquel que se dignaba a mirarles a los ojos y con un furtivo “por favor, me puede dar una moneda” suplicaban tener una oportunidad. Estudiantes universitarios en su devenir diario entre la vida real y la tardía adolescencia, corrían por las calles rumbo a la estación de metro más cercana con la vaga idea de poder llegar a tiempo a una clase que ya de por sí, iba a comenzar con su cadencioso retraso.

El día ya había amanecido, la mañana estaba despezándose y la sangre de la ciudad, rápida como lo había sido siempre, comenzaba a correr sin tiempo alguno que perder. Pocos eran los que no corrían, los que no tenían una misión aquella mañana. Todavía se podía contemplar algún que otro jubilado caminando distraídamente, pero con paso firme y decidido, hacía la cafetería donde llevaba desayunando café y tostadas desde hacía cuarenta años. Amas de casa que habían conseguido dejar a sus inquietos hijos en manos de sus perezosos maestros en, posiblemente la mejor escuela de la zona, tal y como contaban ellas mismas a su amigos y conocidos, se dirigían ahora relajadas y despreocupadas de nuevo a sus hogares para comenzar su rutina diaria con las tareas domésticas. Ya aparecía algún que otro turista europeo, casi en su mayoría alemanes, que cargando con una gigantesca mochila a sus espaldas, miraban curiosos aunque no con mucho asombro, todas y cada una de las tiendas que a su paso se encontraban.

 

Todo parecía desarrollarse con normalidad para un día como aquel martes de abril, si no fuese porque la temperatura era extraordinariamente calurosa para ese mes del año o, al menos, esa era la sensación que Mario tenía cuando salió del edificio Wildbury hacía apenas cinco minutos. Seguía sentado en la sucia acera y recostado sobre la pared, sin acordarse muy bien de cómo había llegado hasta allí y por qué estaba sosteniendo un trozo de papel amarillento en la mano con una dirección escrita de su puño y letra que le era totalmente desconocida.

Confuso y todavía atemorizado, echó un último vistazo al papel y a su extraña dirección y simplemente lo dejó caer al suelo, con la única idea en mente de irse a su casa lo más rápido posible y olvidar todo lo que había vivido en aquella insólita mañana. Así, se ayudó de sus propias manos colocándolas en las rodillas y se impulsó para tomar el equilibrio hasta que ganó la verticalidad. Una leve sonrisa se escapó de sus labios cuando, de nuevo, se comenzó a sentir mareado y sin fuerzas, estando a punto de caer al suelo si no hubiese sido por la ayuda del portero del edificio que le llevaba observando desde que había salido por la puerta. Justo en el momento en que perdía el equilibrio, Jonás le agarró firmemente del brazo con su mano izquierda mientras le sujetaba de la cintura con la derecha. Mario perdió totalmente el sentido en ese momento, despertando diez minutos más tarde en una pequeña dependencia del hall del edificio al que Jonás le había llevado hasta que recobrase el conocimiento.

 

Mario se encontró solo, tumbado en un mugriento sofá marrón que, posiblemente, llevaba en ese mismo lugar desde que el edificio abrió sus puertas a mediados del siglo XX. La habitación, únicamente iluminada por un flexo de metal grisáceo colocado en una mesa supletoria junto al sofá, parecía ser la portería, probablemente donde Jonás pasaba las noches que tenía que trabajar.

Poco mobiliario acompañaba al sofá, únicamente una mesa redonda de madera repleta de viejos cuadernos de contabilidad y un armario de metal gris, cubierto de polvo y de algunos libros de historia. En la pared opuesta, descansaba un pequeño taquillón con montones de sobres y correo. Mario sintió curiosidad y decidió levantarse, esta vez sin ningún tipo de dificultad. Se dirigió al armario y miró furtivamente a la puerta del cuarto, que estaba cerrada, para comprobar que nadie le observaba. Tras ello, cogió uno de los vetustos libros al azar y leyó el título. “Mitología medieval en el antiguo reino de Castilla. Siglos XIII y XIV. Especial referencia a cultos prohibidos”. Un inesperado y profundo escalofrío le recorrió el cuerpo, decidiendo dejar el libro en su sitio y regresar al sillón para volver a sentarse.

 

Mario estuvo unos minutos en aquel viejo sillón sin preguntarse siquiera cómo había acabado allí. Recordaba que el portero del edificio le había cogido del brazo antes de desplomarse desmayado, pero apenas podía acordarse de la razón por la cual en aquella mañana había decidido no ir a trabajar, acudiendo en su lugar a unas oficinas que jamás había pisado antes. No obstante, ahora se encontraba mucho mejor. Desde que recobró el conocimiento en aquel cuarto plagado de polvo, los mareos y la sensación de calor habían desaparecido totalmente y la imposibilidad de ponerse de pie se había desvanecido. Sin saber el motivo, una corriente de complacencia y bienestar se había adueñado de su alma.

 

Tras un breve descanso y, con la mente algo más clara, se levantó de nuevo, se anudó fuertemente la gruesa corbata negra que llevaba puesta, se abrochó el botón central de su americana y se dirigió hacia la puerta con la única idea en la cabeza de regresar a su casa lo antes posible y dormir unas horas. Cuando su mano todavía temblorosa se apresuraba a abrir la puerta, Jonás apareció súbitamente por una puerta trasera de la que Mario no había reparado de su existencia hasta ese mismo momento, sosteniendo un vaso lleno de lo que parecía ser una infusión.

 

-¿Se encuentra ya mejor señor? -Dijo Jonás mientras lentamente se acercaba hacia Mario.

 

-Sí, parece que estoy mucho mejor. Me disponía a regresar a mi casa, aunque, por supuesto, le agradezco que me trajese hasta aquí y que impidiera que cayese al duro suelo –respondió Mario con una sonrisa en su cara.

 

Mario observó durante unos instantes a Jonás. Su aspecto era intrigante y atemorizador a partes iguales. Su complexión era extremadamente delgada y alta, calculando Mario que tal vez midiese aproximadamente dos metros. Las facciones de su cara estaban extremadamente marcadas, lo cual hacía que las cuencas de sus negros ojos tuvieran la apariencia de ser mucho más profundas de lo que realmente eran, contrastando con la prominencia de su frente y la palidez de su rostro. La mandíbula, en cambio, era estrecha y frágil, por lo que el conjunto de su cara inspiraba un miedo irracional del que Mario no podía escapar. Sus dedos eran largos y huesudos y no dejaban de moverse, haciendo extrañas figuras que cambiaban a cada instante. Pero lo que más inquietaba a Mario era su mirada profunda, vacía y hueca que intentaba desesperadamente sumergirse en lo más profundo de su alma en búsqueda de algo que sólo aquel extraño ser podía saber.

 

-Sin problema –contestó velozmente –llevaba observándole desde que abandonó el edificio y parecía encontrarse indispuesto. Cuando me estaba acercando para comprobar si todo iba bien usted se desvaneció y por eso le traje hasta aquí. Le he preparado una infusión de hierbas, seguro que le ayuda a recuperarse.

 

-Gracias de nuevo, pero me siento mucho mejor. Además, tengo que marcharme ahora mismo, tengo cierta prisa  -dijo Mario queriendo finalizar la conversación.

 

-Claro –espetó Jonás con una mueca de dolor -yo también tengo que atender varios asuntos. Ni se puede imaginar todo el trabajo que este edificio da. Le dejo la infusión en la mesa por si quiere tomársela.

 

-No me apetece, pero mucha gracias por su atención Jonás -Respondió Mario mientras leía el nombre del portero en la identificación que tenía colocada en la solapa de su chaleco verde.

 

Mario observó aliviado como el sombrío portero se daba la vuelta y, tras dejar el vaso que portaba en la mesa de madera, se dirigía a la puerta trasera de donde repentinamente había aparecido hacía unos minutos. Bruscamente, se detuvo de nuevo y giró su cabeza justo en un punto en donde el flexo de la habitación le iluminaba completamente su cadavérica cara, haciéndola aún más pálida y cubriendo de sombras el resto de su cuerpo. Mario, turbado y completamente desencajado creyó ver a la misma muerte delante de él y quiso salir corriendo de aquella habitación, pero sus piernas no le respondían.

Estaba totalmente paralizado y no había músculo alguno en todo su cuerpo que contestase a los impulsos que su cerebro estaba infructuosamente mandando. Con lágrimas en los ojos, dirigió su mirada a los oscuros ojos del portero que ahora parecían ser del color de la bilis, y así la mantuvo hasta que aquel hombre sacó un papel amarillento de su chaleco y lo dejó sobre la mesilla auxiliar que sostenía el flexo.

 

-Este papel es suyo señor -dijo con una voz prácticamente inaudible y una sonrisa sombría -se le cayó al suelo justo antes de desmayarse. Por favor, sea más cuidadoso con sus pertenencias, especialmente con aquellas de las que depende su vida.

 

Mario no pudo articular palabra alguna en ese momento. Quería salir corriendo pero no podía moverse. El miedo le impedía pensar. Ni siquiera entendía cómo había llegado a ese lugar, y ahora se encontraba encerrado en una habitación con un desequilibrado. De nuevo, nada parecía tener sentido. Apretando fuertemente sus dientes y tras haber inspirado profundamente, avanzó tembloroso hasta la mesilla, agarró el papel y retrocedió lentamente sin apartar la mirada de la cara del portero, la cual arrastraba un gesto de desesperación y tormento que Mario estaba convencido no podía provenir de rostro humano.

 

Por fin pudo salir de aquel cuarto, que curiosamente no distaba en gran medida de la puerta principal del edificio. El hall estaba totalmente vacío, pudiéndose incluso escuchar el eco de los pasos acelerados y torpes de Mario en su desesperada búsqueda de la salida. La inmensa galería de suelo marmóreo y paredes de piedra marrón parecía encogerse endiabladamente a medida que se acercaba a la salida, aumentando su agonía e incrementando su profunda desesperación por alejarse de aquel tétrico lugar. A medida que avanzaba, no podía evitar el mirar hacia su espalda, aterrado por la simple idea de que el portero le pudiese estar siguiendo. Por fortuna, nadie le seguía y en apenas treinta segundos pudo huir hacia la calle, donde todo parecía tener la normalidad de un martes cualquiera a las diez de la mañana.

 

En el primer instante en que puso un pie en la acera, le invadió de nuevo una agobiante ola de calor húmedo que le hizo cerrar los ojos en una reacción refleja de autoprotección, como si las vivas llamas de un incendio descontrolado quisieran hacerle presa. Sin dudarlo, se desató el nudo de la corbata y se la quitó, guardándosela en el bolsillo derecho de su americana, para lo cual, tuvo que sacar el amarillento trozo de papel que le había entregado minutos antes el extraño portero del edificio.

Con el papel en la mano, se dirigió rápidamente hacia la parada de autobuses más cercana que pudo encontrar, con la idea que tomar el primer autobús que le llevase a su casa. Afortunadamente, el 31 tenía allí su parada, por lo que se sentó en el sucio banco en espera a que el destartalado autobús pasase y acabase la pesadilla que estaba viviendo. Ni siquiera tenía fuerzas suficientes para llamar a su trabajo avisando de su falta de asistencia. Al fin y al cabo, ¿qué podía decir? No se acordaba ni de cómo había llegado allí ni de qué es lo que había hecho.

Su mente había borrado cualquier recuerdo. El último dato que llegaba a su memoria era sobre la noche anterior y todo parecía haber transcurrido con normalidad. Recordaba haber llegado a su casa sobre las nueve de la noche, como todos los días, se preparó un sándwich rápido para cenar y vio un poco la televisión. Nada en especial, una serie de poco éxito sobre un matrimonio de psicólogos que, sin embargo, a él le apasionaba. Después, preparó unos papeles y se fue a dormir. A partir de ese momento, lo único que recordaba era salir del edificio Wildbury y caer fulminado al suelo. Nada parecía encajar ni tener sentido porque jamás en su sano juicio hubiese acudido por su propio pie a un lugar como aquel.

 

El calor agotaba cada vez más a Mario, que ya incluso se había quitado la americana. Tenía los ojos cerrados porque el agotamiento que sufría simplemente le impedía abrirlos. De vez en cuando miraba para ver si llegaba el autobús, pero no parecía que su número fuese a llegar pronto. Desesperado, se levantó lentamente y comenzó a caminar en busca de un taxi libre.

Cuando llevaba unos cincuenta metros caminados, observó que un taxi se había parado y se bajaba de él una señora de unos cincuenta años. Como pudo, comenzó a correr hacia el taxi con el brazo levantado intentando desesperadamente que el taxista se percatase de su necesidad. Extenuado, pudo llegar antes de que el taxi se marchara, volviendo a abrir la puerta y deslizándose sobre el asiento trasero del coche. Profundamente aliviado y con la sensación de haber conseguido una proeza inimaginable, le dio al taxista la dirección exacta de su apartamento para que le llevase hasta allí todo lo deprisa que las ordenanzas municipales le permitiesen.

 

Una vez el taxista comenzó la marcha, Mario se permitió relajarse y recostarse, para lo cual ocupó la totalidad del asiento trasero del coche. Llevaba varios minutos con los ojos cerrados y un dulce sueño comenzaba a apoderarse de él. El incesante calor continuaba, pero el taxista había conectado el aire acondicionado a su petición, no sin antes esbozar un asombro que Mario no lograba comprender. Por primera vez en toda la mañana, su mente conseguía quedarse en blanco y no pensar en nada de lo que había sucedido en las últimas horas.

Sin quererlo realmente, se quedó profundamente dormido durante unos breves minutos hasta que su teléfono móvil comenzó a sonar incansablemente. Alterado, se reincorporó y cogió el teléfono. No era una llamada sino un correo electrónico confirmando una transacción financiera de la que tampoco recordaba nada en absoluto. Según el breve texto recibido, la operación por la cual el propio Mario había invertido la cifra de 200 millones de dólares a las 23:47 de la noche anterior en futuros había sido confirmada. El asombro era patente en su cara y por un momento pensó seriamente que toda la cadena de acontecimientos de aquella mañana no podía ser más que una broma pesada.

Sintió un pinchazo en el pecho y, asustado, se recostó con fuerza sobre el respaldo del asiento y respiró profundamente, luchando por tranquilizarse y serenarse, esperando que una vez se calmara recordaría todo lo que había sucedido entre la noche del día anterior y aquella mañana.

El taxista miró por el espejo retrovisor la extraña conducta de su pasajero, pero no quiso hacerle ninguna pregunta. Nada de lo que pudiese ver le sorprendería tras veinte años conduciendo un taxi por las calles de Nueva York. No era extraño que altos ejecutivos como parecía ser Mario, cubiertos por un aura de prestigio y dinero, escondieran bajo sus grotescamente costosos trajes a un solitario e infeliz alcohólico.

 

Algo más tranquilo, Mario leyó de nuevo el correo electrónico que había recibido en su móvil. Todo parecía indicar que en la medianoche anterior, había comprado futuros por un valor de 200 millones de dólares en su propio nombre. No era inusual que realizase transacciones de aquella magnitud, pero nunca bajo su propio nombre, sino en nombre de la Compañía para la que trabajaba, Spoors Waterhouse Investments. Este movimiento era inexplicable y de ser cierto, no sólo le costaría su trabajo, sino también su corta carrera profesional que, por otra parte, nunca le había ido como a él le hubiese gustado.

Algo tenía que haber salido mal pensaba continuamente, quizás un error en el sistema operativo o del propio broker que gestionó la transacción. Sin duda había algo que se le escapaba y por más que lo intentaba no llegaba a ninguna conclusión. Finalmente, la extenuación le pudo y decidió dejar de pensar en ello. La seriedad y la gravedad de la situación no eran asimilables en aquel preciso momento y en lo único que podía pensar era en llegar a su casa y descansar por fin.

Queriéndose tumbar de nuevo, guardó el móvil en su bolsillo y quiso colocar su cabeza sobre el extremo derecho del asiento, pero al hacerlo sintió que su cabeza había tocado algo áspero y rugoso que, evidentemente, no era la gastada piel que cubría el asiento. Rápidamente, levantó la cabeza y miró curioso por ver qué era aquello. Lo que vio le hizo estremecerse al tiempo que un escalofrío húmedo le recorrió todo su cuerpo. El maldito trozo de papel con la desconocida dirección escrita en él parecía no querer perderse. Seguramente la dejó caer sin darse cuenta cuando cogió el teléfono y una vez más, estaba ahí para recordarle que tenía que marchar a un sitio que no conocía en absoluto. Temblando, cogió el papel y lo leyó detenidamente. La dirección estaba escrita a mano, pero en lo que no había reparado hasta entonces era que la había escrito él mismo, era su propia letra.

 

De repente, se sintió indispuesto y con ganas de vomitar. Un terrible mareo le hizo perder la noción de dónde estaba y un punzante dolor se instaló de nuevo en sus sienes. El calor era otra vez intenso. No podía mover la mandíbula. Sin saber porque, su mandíbula se apretaba fuertemente impidiéndole abrir la boca y articular ni una sola palabra. Aunque mantenía los ojos abiertos, no podía fijar la mirada en ningún punto porque todo parecía dar vueltas como si estuviese montando en una montaña rusa hasta que, extenuado, cayó violentamente sobre el cristal de la puerta derecha del taxi.

Durante unos muy breves segundos, su mente le transportó a un extraño lugar por el que caminaba completamente sólo, cruzando un infinito desierto plagado de bestias y en donde el calor era tal que las piedras se convertían en arena a su paso. El cielo era negro, pero podía ver la inmensidad vacía y hueca mientras caminaba con rumbo perdido pero firme hacia una tenue luz en donde una figura le esperaba.

 

La gruesa mano del taxista se posó sobre el hombro derecho de Mario y comenzó a agitarlo mientras le gritaba desde su asiento si se encontraba bien. Sobresaltado pero aliviado despertó y, mirando de derecha a izquierda, respondió sentirse algo mareado. Seguidamente, leyó de nuevo el trozo de papel y le pidió al taxista que le llevase al aeropuerto JFK inmediatamente, lo que así hizo. La dirección completa que aparecía en el papel era de Arkansas, concretamente de Anthonyville. Entre paréntesis, estaba escrito el nombre de una gasolinera (Gasolinas Thriump), situada en la Carretera Rural 50, kilómetro 57. Asustado pero decidido, Mario se dispuso a llegar hasta allí en ese mismo día, en busca de una respuesta que le aliviase la agonía que sentía y que sabía no se podría disipar de otra forma.

En apenas media hora, el taxi llegó al aeropuerto. Mario se guardó el papel en la cartera y pagó al taxista, dejando una propina de veinte dólares. Al bajarse del coche, sintió de nuevo una angustiosa sensación de calor húmedo que le hizo pararse en seco delante de la terminal 1 del aeropuerto antes de entrar, observando sorprendido que el termómetro instalado en la fachada del edificio marcaba únicamente siete grados centígrados. Con la cabeza serena y decidido a tomar un vuelo a Anthonyville, retomó el paso y entró en la terminal, directo hacia el kiosco de Southwest.

 

-Buenos días -dijo Mario muy acelerado -quiero un billete para Anthonyville, Arkansas.

 

-Lo siento mucho señor, pero esta compañía no vuela a Anthonyville -respondió la rubia azafata con una permanente sonrisa.

 

-Quizás podría averiguar si alguna otra aerolínea vuela hasta allí, necesito llegar urgentemente.     

 

La joven azafata, ante el evidente rostro de desesperación de Mario, se apresuró a buscar en su ordenador si alguna otra compañía cubría semejante destino, pero el esfuerzo fue inútil. La chica le informó que Anthonyville no tenía aeropuerto y su población no excedía de 300 personas. Mario sintió como si su respiración se cortase. Un profundo malestar se adueñó de él. Desesperado, se giró y se golpeó violentamente la frente con la palma de su mano. La angustia que sentía no hacía más que crecer, y la inexplicable necesidad de llegar a la gasolinera de un pueblo perdido en pleno desierto le estaba matando a medida que pasaban los minutos.

Cuando iba a comenzar a gritar desesperado, escuchó la dulce voz de la azafata pidiéndole que volviese al mostrador. Al parecer, era posible volar hasta el aeropuerto de Memphis, que se encontraba aproximadamente a unos 18 kilómetros de Anthonyville. La extremadamente pálida y demacrada cara de Mario dejó hueco a un suspiro de alivio y un atisbo de sonrisa se dejó ver por unas milésimas de segundo. El vuelo tenía prevista su salida a las 15:15 minutos de aquel 1 de abril. No había prisa, quedaban aproximadamente unas tres horas hasta que comenzase el embarque.

 

Agobiado y sediento, con un calor que parecía provenir de las mismas entrañas del infierno, Mario se volvió a quitar la americana que se había puesto tras bajarse del taxi. Confuso y perdido, vagó por los atestados corredores y salas del aeropuerto hasta que sin fuerzas para poder dar un paso más, decidió entrar en una desértica cafetería, comprarse un café doble con hielo y sentarse en una mesa situada en el fondo del local. Tras beber un buen trago, quiso recapacitar y ordenar su abstraída mente. Para ello, intentó por segunda vez en poco más de dos horas, hacer un repaso por todas las actividades y movimientos que había realizado en la tarde noche del día anterior y que sin duda le habían conducido hasta donde se encontraba, pero nada extraño o especial se asomó a su mente. La misma rutina. Exactamente la misma y anodina rutina. No conseguía recordar cómo había llegado al lúgubre edificio Wildbury y el por qué de aquella decisión.

Derrotado, miró el reloj de su muñeca. Era la una menos cuarto aún y cada vez se sentía más acalorado, por lo que se quiso levantar y comprar otro café con hielo. Cuando levantó la mirada de la mesa, un rubio y desgarbado niño de unos 9 años aproximadamente le estaba observando desde el otro extremo de la mesa. Su rostro era absolutamente serio y su indumentaria negra inspiraba un temor irracional en la ya de por sí inquieta mente de Mario.

-¿Dónde se dirige? -preguntó el niño sin dejar de mirar fijamente a los ojos de Mario.

 

-A un pequeño pueblo del que seguro nunca has oído hablar -respondió.

 

-No esté tan seguro. Yo nací allí, lo conozco muy bien, y le puedo decir que hace mucho calor en estas fechas -aseguró el crío sin perder por un momento su funesto semblante.

 

Mario retrocedió sorprendido hasta darse con la espalda en la pared. El niño se acercó al unísono y dejó sobre la mesa una tarjeta de visita blanca y azul que parecía tener muchos años. Mario dudó en un principio, pero finalmente decidió cogerla. Lentamente, se la llevó hacia los ojos y leyó su contenido: “Gasolinas Thriump. Carretera Rural 50, Km 57, AR”. Su corazón comenzó a palpitar más fuertemente y más deprisa que nunca. El estómago le dio un vuelco y sintió el más sincero y profundo pánico que un ser humano puede sufrir. No había duda, algo pasaba y estaba en el camino correcto o quizás en el incorrecto, pero ahora sí estaba seguro que tenía que llegar en ese mismo día a Anthonyville y enfrentarse a lo que le estaba esperando.

Mario levantó la cabeza para preguntar a aquel niño por sus padres, pero había desaparecido. Corriendo, se dirigió a la barra y preguntó a la chica que estaba detrás si había visto salir al pequeño niño, pero respondió no haber visto a ningún niño en toda la mañana. No le sorprendió la respuesta.

Vacilante, abandonó el local y pasó los controles de seguridad del aeropuerto. Una vez en la puerta de embarque, se sentó en un pequeño asiento de un grupo de cuatro y esperó con la mirada perdida hasta la hora del embarque. Curiosamente, desde que el siniestro niño le había entregado la tarjeta, el profundo miedo que sentía había desaparecido totalmente y había sido sustituido por una fuerza incontrolable, irracional e inexplicable por llegar al kilómetro 57 de la Carretera Rural 50 de Arkansas. Sabía que tenía que acudir a ese punto y que aquella sería la única forma de sentirse en paz, descansar. Alguien le llamaba. No existía ningún tipo de opción ni de huida. Debía acudir y enfrentarse a la realidad, ya fuese de este o de otro mundo.

 

No tardó la tripulación en situar a los pasajeros en sus asientos y dar las obligatorias instrucciones de seguridad mientras el piloto llevaba el avión a la pista de despegue. El vuelo no tardaría más de dos horas en llegar a Memphis, y todo el pasaje parecía tranquilo y sereno, incluso Mario, que estaba cómodamente sentado en una butaca de business class. Una de las azafatas le había facilitado un periódico, pero en cuanto el avión alzó el vuelo, lo cerró y lo dejó en el sillón de su izquierda, que estaba libre. Quince minutos más tarde, las luces de cinturones se habían apagado, la cortina que separaba la clase business de la clase turista había sido echada y las otras tres personas que estaban dispersadas en business comenzaban a dormir. En ese momento, Mario se bebió de un sorbo el vaso de bourbon que le habían servido tras despegar y sin poder ni querer resistirse, se vio envuelto en un profundo y tentador sueño a diez mil metros de altura.

 

La mente de Mario pronto comenzó a volar libre, buscando una salida que permitiese encajar algunas piezas de aquel fatídico día. Poco a poco, lo que parecía un cúmulo de imágenes sin sentido se comenzó a transformar en unos fotogramas nítidos que mostraban un patio trasero de una vieja casa colonial haitiana. La densa y oscura noche apenas permitía ver al grupo de personas que estaba reunido formando un círculo en el centro del patio junto a un vivo fuego. Todos ellos se daban la mano y entonaban canciones tan oscuras como aquella noche. Junto al grupo de locales, hombres y mujeres, estaba Mario en silencio. El cielo apenas moraba estrellas y lo poco que se podía observar era gracias a las llamas de la hoguera.

De repente, el que parecía ser el maestro de ceremonias, se desmarcó y cogió un cuenco vacío. Segundos después, con la mirada perdida y cubierto en sudor, entró en un trance ritual que le llevó a coger un cuchillo y hundirlo en un gallo negro. La sangre caía profusamente desde el cuello del animal que no tardó mucho en perder toda su sangre, la cual fue recogida en el cuenco del Maestro. Con las manos totalmente cubiertas de sangre, se dirigió a Mario y le pintó una cruz invertida en su frente, al tiempo que le daba de beber del cuenco. En ese momento, el Maestro pronunció una incomprensible oración en francés antiguo de la que Mario poco podía entender. Cuando la oración finalizó, el fuego saltó como si alguien lo hubiese avivado con gasolina, tras lo cual, el más abismal silencio se impuso de nuevo. Un sordo golpe retumbó. Mario acababa de caer al suelo, con los ojos en blanco. En su rostro, una visible sonrisa iluminaba la aciaga noche.

 

El aterrizaje fue rápido, sin complicaciones. Tras unos minutos de espera, las puertas de la aeronave se abrieron y Mario salió sin pausa alguna de la terminal del aeropuerto de Memphis. El calor era absolutamente insoportable mientras esperaba para coger un taxi que le llevase a Anthonyville. Por fortuna, no había demasiadas personas haciendo cola por lo que apenas tardó cinco minutos en tomar uno. Sin dar tiempo a que el taxista preguntase sobre el destino, Mario le indicó la dirección de la gasolinera, la cual era totalmente desconocida para el viejo conductor. Aún así, Mario insistió en que le llevase al punto kilométrico 57 de la Carretera Rural 50 de Arkansas, a lo que finalmente accedió gracias a una generosa propina ofrecida por Mario. El taxi era un viejo modelo Ford, tal vez de los años 70 y carente de aire acondicionado.

 

Eran apenas las cinco y media de la tarde y el sol comenzaba a esconderse. Sin embargo, el contumaz bochorno húmedo había llegado a un punto difícilmente soportable para Mario. Su cara estaba cubierta de gotas de sudor. El pelo parecía totalmente mojado y la camisa estaba pegajosamente pegada a su cuerpo. Sin dudarlo, se desabrochó los botones de los puños de la camisa y se remangó hasta la altura de los codos. Miró hacia la ventana y observó lo rápido que cambiaba el paisaje. A medida que se acercaban a Anthonyville, el verde horizonte comenzaba a adoptar las formas de un desierto, en donde las vacías montañas y la ardiente arena lo cubrían todo. No se veía rastro alguno de vida transitando por aquella fantasmal carretera. Únicamente los negros buitres parecían merodear.

El taxista preguntó la razón de tan extraño destino, pero no obtuvo respuesta. Mario estaba absorto en el puzzle que en aquel momento era su cabeza. Ahora recordaba su furtivo viaje a Haití y su participación en aquel místico ritual de magia negra. La causa de su participación, seguía siendo un enigma.

 

La carretera parecía llegar hasta el infinito. Sin curvas, sin vida, aquel camino pobremente asfaltado se perdía en la inmensidad de lo que ya sin duda se había convertido en un fúnebre desierto. A las seis en punto de la tarde, el coche se detuvo enfrente de una vieja gasolinera. Era exactamente el kilómetro 57 de la Carretera Rural número 50 de Arkansas. Mario se bajó y observó todo cuanto le rodeaba mientras el taxi, cubriéndolo todo de polvo, se marchaba velozmente.

Justo delante, a duras penas se alzaba una gasolinera que parecía estar abandonada si no fuera por la luz que salía de sus ventanas. Alrededor, el más plano desierto se lo había tragado todo. Sólo una pequeña cadena montañosa parecía sobresalir tras la estación de servicio. El sol hacía tiempo que se había escondido y lo poco que podía ver Mario era gracias a las luces que provenían de la gasolinera y de las antiguas y escasas farolas que bordeaban la carretera.

Decidido, inició su marcha hacía la gasolinera seguro de que era allí donde podría poner fin al desesperado sufrimiento y agonía que le llevaba atormentando durante todo ese día. Era tal el vacío que sentía, la oscuridad en la que se encontraba vagando, que estaba seguro de que, sin saber cómo, le habían arrebatado su propia alma.

 

Cuando llegó a la puerta de la gasolinera, sacó el trozo de papel y lo leyó por última vez. Con un irónico gesto, arrugó la hoja, la tiró al suelo y la pisó fuertemente. Tras ello, abrió la puerta y entró a la gasolinera. Una indescriptible y pavorosa corriente de aire ardiente le cubrió de nuevo. El ambiente era totalmente seco. El calor bochornoso e indescriptible. Casi no era posible respirar ni pensar. Tampoco era fácil mantener los ojos abiertos por la sequedad del ambiente y el incesante sudor.

Mario optó por desabrocharse totalmente la camisa y avanzar hasta la zona trasera de la gasolinera, en donde una puerta permanecía abierta. Avanzó lentamente analizando todo cuanto se encontraba a su paso. El interior estaba destartalado y el mobiliario era antiguo, lejano. Mario prestó atención al ajado mostrador de madera, cuya parte inferior estaba cubierta con un cristal que guardaba montones de golosinas que parecían sacadas de los años 60. Sobre el mostrador, una vieja caja registradora tenía el cajón del dinero abierto y vacío. Lo que vio Mario tras el mostrador le aterró. Un hombre sin vida y con el torso descubierto yacía en el suelo. Tenía los ojos abiertos y entre sus manos cruzadas sostenía una cruz invertida. Tiritando de miedo, pero más decidido que nunca a encontrar la causa que le llevó hasta ese lugar, corrió hasta el interior del iluminado cuarto trasero.

 

Mario cruzó la puerta y vio la sombra de un ser en el fondo del cuarto. Aunque no le podía ver, su presencia era patente y llenaba el cuarto de un temor espectral. Mario se sentía absolutamente aterrado y atraído al mismo tiempo. Era una sensación que sin duda no era humana. Era el miedo puro, la muerte misma. Aún así, Mario siguió avanzando hacia el fondo de la habitación convencido de que fuese quién fuese ese ser, podría poner fin a su agonía.

 

-Quién eres -dijo Mario finalmente- ¿Por qué me has traído hasta aquí?

 

La sombra tornó en figura humana y se mostró ante Mario. Vestía una túnica negra y un capuz cubría su cabeza. Lentamente, avanzó hacia Mario y le puso la mano izquierda en su cabeza. Con la otra mano, se descubrió el rostro. Mario pudo reconocer aquella pálida mano desde el primer momento. Era Jonás, el siniestro portero del edificio Widlbury.

 

-Me honras con tu presencia, hijo -dijo Jonás tras mover su mano de la cabeza de Mario -Hiciste tu elección y ahora me perteneces, tu alma me pertenece. No me temas, más ámame pues soy tu padre. Acudiste a mí en busca de bienes terrenales como el dinero y he proveído tu deseo. Tendrás más dinero del que podrías haber soñado jamás. El poder te vendrá dado hijo mío, no temas por ello. Tú eres quién debe decidir ahora el uso que quieras dar durante tu fútil y corta vida terrenal. Hoy te acompaño con mi presencia por primera y última vez hasta que en el día de tu muerte te recoja y te lleve conmigo. Has renunciado a tu Dios para pasar la vida eterna en mi reino. Tú me lo suplicaste y yo te concedo esa gracia, pero no te extrañes si a partir de hoy, los bienes que te he dado no son más que un continuo recordatorio de tu justa e inevitable muerte.

 

Tras aquellas palabras, Mario cayó al suelo sin conocimiento. Sobre las siete de la tarde, volvió a despertar en medio de aquel cuarto. Estaba sólo. Sereno y tranquilo, caminó hacia la salida de aquella gasolinera para dirigirse de vuelta a casa. No estaba asustado. Por fin había desaparecido el profundo vacío que sentía. Antes de salir, sacó su teléfono móvil y se dispuso a llamar a la policía para avisar anónimamente sobre aquel cuerpo tendido tras el mostrador, pero cuando se volvió a asomar, ya no había nadie.

Cuando se dispuso a guardar el móvil, observó que había llegado un nuevo email mientras había estado inconsciente. Una simple comunicación de su agente. El valor de los futuros en los que había invertido el día anterior se había multiplicado por cinco. Acababa de ganar 1.000 millones de dólares. La bolsa de Nueva York y el mercado de futuros se habían disparado porque, por primera vez en 24 meses, la economía estadounidense había crecido un 3%. Ahora encajaba todo. Lo único que le restaba por hacer era retornar los 200 millones provenientes del fondo de inversión que gestionaba y de los que, por supuesto, nadie sabía que había utilizado para invertir en su propio nombre. Los 800 millones restantes eran legalmente patrimonio suyo.

Tras guardar el teléfono, comenzó a caminar por el arcén de la carretera sin rumbo fijo. Ya no hacía calor sino que un repentino frío le envolvía. Tras un cuarto de hora caminando apareció en el horizonte un sucio bar de carretera en el que entró. Sin pensárselo se sentó junto a una mesa y pidió una botella de agua. De nuevo, leyó el correo electrónico que había recibido. No era un sueño. El correo era de su agente. Había ganado decenas de millones de dólares en un sólo día. La cara se le iluminó y un destello de sonrisa se instaló en sus labios.

 

Una brisa de refrescante bálsamo recorría lo más profundo de su ser y mágicamente, su mente se afanaba por eliminar cualquier atisbo de preocupación y pensamiento sombrío, susurrándole una tranquilidad que jamás en sus treinta y cinco años de vida había experimentado. Por primera vez en toda su vida parecía ser feliz. Cuando terminó la botella, se fue a la barra y pidió que llamasen a un taxi, sacó un par de billetes de un dólar y los dejó sobre el mostrador. Mientras esperaba, se fijó en ellos y en su emblema “In God we trust”, en Dios creemos. Un escalofrío le atravesó todo su cuerpo y su rostro volvió una vez más a su angustia y palidez habitual, percatándose de que su sueño no era más que una pesadilla de la que ya nunca podría despertar.

 

 

 

 

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