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Andrew Tomas

NO SOMOS

LOS PRIMEROS

Título original:

WE ARE NOT THE FIRST

Traducción de

ROSA M.” BASSOLS

Primera edición: Mayo, 1973

© 1973, PLAZA & JANES, S. A., Editores

Virgen de Guadalupe, 21-33. Esplugas de Llobregat (Barcelona)

Printed in Spain — Impreso en España

ISBN: 84-01-31041-5 — Depósito Legal: B. 21.412-1973

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Í N D I C E

I N T R O D U C C I ó N

CAPíTULO PRIMERO

LOS DÍAS Y LAS NOCHES DEL CONOCIMIENTO

CAPíTULO II

INNOVACIONES EN LA ANTIGÜEDAD

CAPíTULO III

LOS DESCUBRIMIENTOS CREAN PROBLEMAS

CAPíTULO IV

EL FORJADOR DEL OLIMPO

CAPíTULO V

EL ARTE OLVIDADO DE LA FABRICACIÓN DEL

ORO

CAPíTULO VI

EL CADUCEO DE HERMES

CAPíTULO VII

DE LOS TEMPLOS Y FOROS A LOS REACTORES

ATÓMICOS

CAPíTULO VIII

SABIOS BAJO LA BÓVEDA CELESTE

CAPíTULO IX

EL ZODIACO Y LA MÚSICA DE LAS ESFERAS

CAPíTULO X

MONOS Y SIGLOS

CAPíTULO XI

LA COMEDIA CELESTE

CAPíTULO XII

MAPAS, MANUSCRITOS Y MARAVILLAS

CAPíTULO XIII

ELECTRICIDAD EN EL REMOTO PASADO

CAPíTULO XIV

¿DOMINARON LOS ANTIGUOS LA GRAVITACIÓN?

CAPíTULO XV

AVIACIÓN PREHISTÓRICA

CAPíTULO XVI

CONQUISTARON EL ESPACIO MUCHO ANTES QUE

NOSOTROS

CAPíTULO XVII

PRIMEROS ROBOTS, COMPUTADORAS, RADIO, TELEVISIÓN

Y MAQUINAS PARA ESCRUTAR EL TIEMPO

CAPíTULO XVIII

UN ENIGMA DE LA CIENCIA SOCIAL: LOS INCAS.

CAPíTULO XIX

APOLONIO ENCUENTRA A LOS HOMBRES QUE

LO SABEN TODO

CAPíTULO XX

DIAMANTES Y ESTRELLAS. EL INMORTAL SAINTGERMAIN

CAPíTULO XXI

EN LA MORADA DE LA SABIDURÍA. — ROERICH

CAPíTULO XXII

EN BUSCA DE LA FUENTE

CONCLUSIóN

REDESCUBRIMIENTO DE LA CIENCIA

Dedicado al conde de Saint-Germain,

quien, en palabras de Voltaire,

«nunca muere y lo sabe todo».

AGRADECIMIENTO

El autor desearía expresar su agradecimiento a Elaine Ackerman y

Anne Croser, ambas de París, por la ayuda prestada en la revisión

del manuscrito y sus críticas constructivas.

INTRODUCCIÓN

Centenares de intelectos, pasados y presentes, desempeñaron

una parte en este libro. El autor actuó meramente como

un director de orquesta. Sus músicos fueron los escritores

clásicos, los sacerdotes del antiguo Egipto, Babilonia, India y

México, los filósofos de la antigua Grecia y China, los eruditos

de la Edad Media y, finalmente, los científicos modernos. El

tema de su composición es la Génesis del Conocimiento y sus

periódicos crescendos y diminuendos en la Historia.

Tres objetivos se buscan en este trabajo:

— Mostrar que en las eras primitivas la gente poseía tantas

nociones científicas como tenemos hoy.

— Demostrar que los instrumentos técnicos del hombre de

la Antigüedad y de la Prehistoria han sido considerablemente

subestimados.

— Probar que ciertas ideas avanzadas de los antiguos sobre

la Ciencia y la tecnología procedían de una fuente extranjera

desconocida.

«La civilización es más antigua de lo que suponemos», es

la tesis principal de este tratado.

18 ANDREW TOMAS

Con el progreso de la Ciencia, el concepto del tamaño y

edad del Universo ha cambiado radicalmente en los últimos

cuatrocientos años. Hombres perspicaces, tales como Bruno,

Galileo y Darwin, desafiaron a sus contemporáneos de mente

estrecha y afirmaron que el mundo era mayor y más antiguo

de lo que el hombre había creído. Hace doscientos años, el

naturalista francés Buffon calculó la edad de la Tierra. Creyó

que nuestro planeta se había enfriado hace 35.000 años, y que

la vida apareció aproximadamente unos 15.000 años atrás. Esta

cronología del erudito francés era más racional que la creencia

general existente en Inglaterra —por el tiempo de la coronación

de la reina Victoria, en 1837— de que la Tierra y el hombre

habían sido creados en el año 4004 antes de J. C.

Pero la Geología y el darvinismo desacreditaron este concepto

medieval, y veinticinco años más tarde, Lord Kelvin

añadió diez millones de años a la edad terrestre. Gracias a técnicas

perfeccionadas, la edad de la corteza terrestre ha sido

determinada en unos 3.300 millones de años, en tanto que la

del planeta en conjunto se calcula en 4.600 millones de años.

¡En sólo 200 años, la edad de la susodicha corteza de nuestro

planeta había ascendido desde 35.000 a 3.300.000.000 de años!

Pocas décadas atrás, se consideraba que el hombre había

aparecido hace 600.000 años. Nuevos hallazgos en el sur y el

este de África, ampliaron el lapso de existencia del Homo

sapiens a dos millones de años. El último descubrimiento de

dientes y mandíbulas antropoides en el sur de Etiopía, efectuado

por el antropólogo de Chicago F. Clark Howell, en 1969,

confirma esta cifra.

Una tendencia a retrasar el origen de la civilización ha sido

igualmente notable en el campo de la Historia. Antes de Schliemann,

ningún sabio en Europa podía concebir que Troya hubiera

existido en una época tan remota como el año 2800 antes

de J. C. Con anterioridad a las excavaciones de Evans en Creta,

ningún historiador tenía la audacia de imaginar una cultura

NO SOMOS LOS PRIMEROS 19

cretense 2.500 años antes de nuestra era. Hace cuatro décadas

no había ningún erudito en el mundo que se atreviera a admitir

una elevada civilización, en el valle del Indo, contemporánea

de las primeras dinastías de Egipto. ¿Cuántos eruditos

había, hace un cuarto de siglo, que aceptaran la idea de que

las civilizaciones de América Central hubieran tenido una existencia

ininterrumpida durante 4.000 años? No obstante, las

ruinas de la ciudad de Dzibilchatun, en el Yucatán, son mudo

testigo de esta verdad.

A partir de los ejemplos antes mencionados, se deduce la

razonable conclusión de que el origen del hombre y la aparición

de la civilización pudieran ser menos recientes de lo que

actualmente se acepta.

La gran cantidad de datos históricos ofrecida en este libro

demuestra la presencia de una ciencia arcaica en el pasado.

Pero, ¿quiénes fueron los maestros de los antiguos egipcios,

babilonios y griegos, de los cuales recibimos nosotros un bagaje

de conocimientos a través de los árabes?

Sobrecogidos por las maravillas de nuestra tecnología y

nuestra Ciencia, estamos perdiendo contacto con la gente de

épocas primitivas a las que tanto debemos.

El hombre está civilizado sólo cuando recuerda su ayer y

especula sobre su mañana. El primate empezó a separarse del

reino animal cuando desarrolló un cerebro superior y una postura

erecta. Se convirtió en un verdadero hombre al aventurarse

en el campo del pensamiento abstracto: Religión, Matemáticas,

Arte y Música.

El verdadero criterio del crecimiento del hombre es su

capacidad para remontarse al mundo de las ideas, es decir,

para apreciar la belleza, para distinguir lo correcto y lo equivocado,

para hacer abstracciones. Hasta que alcanzó ese nivel,

el hombre sólo fue un eslabón entre los cuadrúpedos y los

bípedos.

La Ciencia, es decir, la observación empírica del mundo

20 ANDREW TOMAS

que nos rodea, y la Filosofía, o sea, la formulación de generalizaciones,

han ayudado al hombre a llegar a perspectivas más

correctas referentes al Universo.

La historia de la civilización es la historia del ascenso del

hombre al mundo mental. Fue William Prescott, el gran americanista,

quien dijo: «Una nación puede desaparecer y dejar

únicamente el recuerdo de su existencia; pero los datos científicos

que haya cosechado perdurarán siempre.»

¿Ha paseado usted, como el autor, alrededor de las pirámides

de Gizeh, y se ha sobrecogido ante el gigantesco tamaño de

las piedras que forman su estructura, y asombrado por la delgadez

de las junturas existentes entre ellas?

¿Se ha detenido usted, en la ciudad de México, ante las pinturas

de Quetzalcoatl, divinidad que vuela en una nave alada,

y se ha estremecido por esta prehistórica noción de la aviación?

¿Ha contemplado canoas provistas de estabilizadores en

el Pacífico, y admirado a los morenos isleños que han estado

realizando viajes oceánicos durante millares de años?

¿Ha deambulado por la dormida ciudad de Pompeya y examinado

los ladrillos elaborados con arena incrustada, parecidos

al moderno hormigón, que fabricaban los esclavos romanos?

¿Ha visitado usted el santuario existente en el interior de

la colosal estatua de bronce de Buda, en Kamakura, Japón, y

se ha maravillado de la destreza de los metalúrgicos japoneses

de hace 700 años?

¿Ha paseado alrededor de los megalitos de Stonehenge e

intentado resolver un enigma (¿de qué modo unos hombres

que vestían pieles podrían haber diseñado y construido esta

computadora en piedra?

Si lo ha hecho, querrá entonces seguir al autor en un viaje

turístico a la tierra del pasado. Este libro trata acerca de personas

reales, lugares innegables y acontecimientos auténticos.

Y aún más: trata acerca de cosas que nuestros antepasados

NO SOMOS LOS PRIMEROS 21

pensaron y soñaron hace mucho tiempo.

Durante los pasados trescientos o cuatrocientos años, la

Ciencia ha venido redescubriendo más que descubriendo. Babilonia,

India, Egipto, Grecia y China fueron la cuna de la

Ciencia. «Los viejos inventos han sido reinventados; los antiguos

experimentos han sido de nuevo inventados», decía Alejandro

Graham Bell, inventor del teléfono.

Este libro trata de la penicilina antes de Fleming; de los

aeroplanos antes de los hermanos Wright; de los satélites de

Júpiter antes de Galileo; de los viajes a la Luna antes de las

sondas «Apolo»; de la teoría atómica siglos antes de Rutherford;

de las baterías eléctricas antes de Volta; de las computadoras

antes de Wiener y de la Ciencia antes de esta Edad

de la Ciencia.

Un relato fragmentario de las aventuras del hombre antiguo

en el reino científico no es una historia de la Ciencia. Pero

este bosquejo pondrá de manifiesto hechos históricos —no

ortodoxos— de valor educativo, provocará la especulación

acerca de las causas de los avanzados conceptos científicos y

tecnológicos de las civilizaciones primitivas, o, al menos, entretendrá

al lector con una historia más extraña que la ficción.

CAPíTULO PRIMERO

LOS DÍAS Y LAS NOCHES DEL CONOCIMIENTO

«El mundo es rectangular, extendiéndose desde Iberia (España)

a la India, y desde el África a la Escitia (Rusia).

Sus cuatro lados están formados por altas montañas sobre las que

descansa la bóveda celeste. La Tierra es sólo un arca de gigantescas

dimensiones, y en el fondo plano de esta arca están

todos los mares y tierras conocidos por el hombre. El firmamento

es la tapa del cofre, y las montañas son sus paredes.»

Ésta es la imagen infantil de la Tierra, pintada por Cosmas Indicopleustes,

un erudito-explorador del siglo vi, en su Topografía cristiana.

Pero, un millar de años antes del libro de Cosmas, los filósofos

tenían una idea diferente y mucho más precisa de la

forma de la Tierra. Pitágoras (siglo vi antes de J. C.) enseñaba

en su Escuela de Crotona que la Tierra era una esfera. Aristarco

de Samos (siglo ni antes de J. C.) dedujo que la Tierra giraba

alrededor del Sol. Eratóstenes, el bibliotecario de Alejandría

(siglo ni antes de J. C), calculó la circunferencia de nuestro

planeta.

24 ANDREW TOMAS

Cosa muy curiosa: los pueblos más antiguos poseían un

conocimiento científico superior al de las naciones de períodos

históricos posteriores. Hasta la segunda mitad del siglo xix,

los eruditos y clérigos de Occidente pensaban que la Tierra

tenía una antigüedad de sólo unos pocos miles de años. No

obstante, los antiguos libros brahmánicos calculaban el Día de

Brahma, es decir, el lapso de existencia de nuestro Universo,

en una cifra de 4.320 millones de años. Esta cifra se aproxima

mucho a la de nuestros astrónomos, los cuales calculan que es

aproximadamente de 4.600 millones de años.

Resulta de todo punto evidente que el conocimiento ha tenido

sus días y sus noches. La Ciencia emergió de la oscuridad

medieval durante el Renacimiento. Por el estudio de las fuentes

clásicas, los sabios volvieron a descubrir verdades que ya

habían sido conocidas durante muchos siglos, por los antiguos

babilonios, egipcios, hindúes o griegos.

El curso de estas oscilaciones del progreso puede seguirse

durante un período superior a seis mil o siete mil años —las

fronteras de la Historia—. Dichos altibajos pueden explicarse

por cambios en la ideología, por un nuevo sistema económico

o político y por el impacto de algunas mentes prodigiosas de

la sociedad. No obstante, la presencia de cierto tipo de conocimiento

científico en los tiempos antiguos no puede fácilmente

justificarse a menos que se acepte el hecho de que los

instrumentos y conocimientos de los antiguos han sido drásticamente

subestimados. Aun en tal caso, subsisten algunos

enigmas que exigen una nueva valoración de la historia de la

Ciencia. Dar a conocer estos problemas constituye uno de los

objetivos de este libro.

En el año 1600, el monje dominico Giordano Bruno fue

quemado vivo en la Piazza del Fiore, en Roma, después de

haber sido declarado convicto de herejía. En uno de sus libros

establecía que en el Universo hay un número infinito de soles

NO SOMOS LOS PRIMEROS 25

y de planetas que giran alrededor de ellos. «Algunos de estos

mundos —decía— podrían estar poblados.»

Esta brillante especulación de Bruno, aunque adelantada

en 400 años a nuestra era, tenía realmente una antigüedad de

2.000 años, puesto que los viejos filósofos griegos ya habían

creído en la pluralidad de mundos habitados. Anaxímenes

decía al desilusionado Alejandro Magno que éste había conquistado

sólo una Tierra, en tanto que había muchas otras en

el espacio infinito. En el siglo n i antes de nuestra era, Metrodoro

no creía que nuestra Tierra fuera el único planeta poblado.

Anaxágoras (siglo v antes de J. C.) escribió acerca de «otras

Tierras» en el Universo.

Hasta Descartes y Leibnitz, los europeos no tenían ningún

concepto acerca del millón en Matemáticas. Sin embargo, los

antiguos hindúes, babilonios y egipcios, utilizaban jeroglíficos

para representar un millón, y manipulaban cifras astronómicas

en sus documentos. Los egipcios tenían un símbolo adecuado

para el millón: un hombre atónito con las manos levantadas.

En Matemáticas y Ciencia tenemos una gran deuda con

la India antigua por el más importante —y no obstante menos

valorado— regalo hecho al mundo: el cero.

Las ciudades medievales de Francia, Alemania, Inglaterra

y otros países estaban generalmente construidas al azar, sin

ninguna planificación. Sus calles, angostas, eran irregulares,

sin ninguna facilidad para la evacuación de las basuras. Debido

a las condiciones insanas, las epidemias devastaban estas atestadas

ciudades.

Sin embargo, alrededor del año 2500 antes de J. C, las

ciudades de Mohenjo Daro y Harappa, sitas en lo que actualmente

es Pakistán, se hallaban tan cuidadosamente planeadas

como París o Washington. Estaba previsto una eficiente provisión

de agua, desagües y vertederos de basuras. Además de

existir piscinas públicas para la natación, muchos hogares poseían

baños privados. Permítasenos decir que, hasta fines del

26 ANDREW TOMAS

último siglo, todo ello representó un lujo en Europa y

América.

Antes de finalizar el siglo xvi, los europeos no tenían cucharas

ni tenedores en sus mesas: utilizaban sólo cuchillos y

dedos. No obstante, los pueblos de América Central disponían

de tales utensilios un millar de años antes de la aparición de

Cortés.

De hecho, los antiguos egipcios habían utilizado ya cucharas

en una época aún más temprana —en el año 333 antes

de J. C.—. Este detalle histórico, para vergüenza de los

europeos, sitúa las cosas en la perspectiva correcta.

Los aztecas vivían ya en la Edad de Oro cuando los conquistadores

invadieron México —Moctezuma caminaba realmente

sobre oro, ya que sus sandalias tenían suelas de oro

flexible—. Había también una Edad Dorada en la tierra de los

incas cuando llegaron los españoles —los templos de Pachacamak,

cerca de Lima, estaban adornados con clavos de oro

cuyo peso alcanzaba una tonelada—. Igualmente había una

Edad de la Plata en el Perú en tiempos de Pizarro: los soldados

de éste calzaban a sus caballos con herraduras de

plata.

Para mostrar cómo la expansión de Europa fue conseguida

a expensas de las razas de la Edad de Oro de las Américas,

permítasenos examinar las reservas de oro de las naciones

europeas en el año 1492, cuando Colón inició su viaje al Nuevo

Mundo. La cantidad total de oro existente en Europa en aquel

tiempo era de noventa toneladas. Después de los saqueos de

los Imperios de México y Perú, las reservas de Europa se incrementaron

ocho veces ¡justo solamente cien años más tarde!

Pero ¿existió una Edad de Oro de la Ciencia? ¿Se empeñaron

los sacerdotes de Perú, México, India, Egipto, Babilonia y

China y los sabios de Grecia en mantener su recuerdo?

Nuestra Ciencia únicamente ha redescubierto y perfeccionado

viejas ideas. Paso a paso, se ha demostrado que el mundo

es más antiguo y más vasto de lo que se creía hace sólo

NO SOMOS LOS PRIMEROS 27

unas pocas generaciones. En los pasados ciento cincuenta años,

las fronteras temporospaciales del Universo han sido enormemente

ampliadas.

En las fluctuaciones del conocimiento científico ocurridas

en el curso de las edades, se manifiesta un hecho curioso: la

posesión de una información que no podría haber sido obtenida

sin adecuados instrumentos. Ocasionalmente, el conocimiento

ha surgido como si no procediese de ninguna parte. Estos

problemas requieren un enfoque objetivo.

La carencia de pruebas es uno de los mayores obstáculos

con que se ha enfrentado el historiador. Si no se hubiesen quemado

las bibliotecas en la Antigüedad, la Historia no tendría

tantas páginas perdidas. Sin estas lagunas, el pasado de muchas

civilizaciones primitivas podría ser considerado en una

perspectiva diferente.

En primer lugar, permítasenos hacer una pequeña revisión

de esta destrucción de documentos culturales. La famosa colección

de Pisístrato en Atenas (siglo vi antes de J. C.) fue saqueada.

Afortunadamente, los poemas de Homero, editados por

las personas cultas que había entre la aristocracia griega, de

una u otra forma lograron sobrevivir. Los papiros de la biblioteca

del Templo de Ptah, en Menfis, fueron totalmente destruidos.

La misma suerte corrió la biblioteca de Pérgamo, en

el Asia Menor, biblioteca que contenía 200.000 volúmenes. La

ciudad de Cartago, arrasada por los romanos, en un incendio

que duró diecisiete días, en el año 146 antes de J. C, tenía

fama de poseer una biblioteca con medio millón de volúmenes.

Pero la mayor injuria hecha a la Historia fue la quema

de la Biblioteca de Alejandría, durante la campaña en Egipto

de Julio César, siniestro en el que se perdieron irremediablemente

700.000 inapreciables pergaminos. El Bruchion contenía

400.000 libros, y el Serapeum, 300.000. Existía un catálogo

completo de autores en 120 volúmenes, incluyendo una breve

biografía de cada autor.

28 ANDREW TOMAS

La Biblioteca de Alejandría era también una Universidad y

un instituto de investigación. La Universidad tenía Facultades

de Medicina, Matemáticas, Astronomía, Literatura y otras disciplinas.

Un laboratorio químico, un observatorio astronómico,

una sala anatómica para operaciones y disecciones y un

jardín botánico y zoológico, eran algunas de las facilidades

de esta institución educativa, donde estudiaban 14.000 alumnos

que preparaban los fundamentos de la Ciencia moderna.

El conquistador romano fue también responsable de la pérdida

de millones de rollos del Colegio Druida Bibractis, en lo

que actualmente es Autun, Francia. Desaparecieron allí numerosos

tratados de Filosofía, Medicina, Astronomía y otras

ciencias.

El destino de las bibliotecas no fue mejor en Asia, pues

el emperador Tsin Shi Huang-ti proclamó un edicto por el

que fueron quemados innumerables libros en China en el año

213 antes de J. C.

León Isauro fue otro archienemigo de la cultura, que incendió

300.000 libros en Constantinopla en el siglo vm. El número

de manuscritos destruidos por la Inquisición en los autos

de fe en la Edad Media no puede calcularse fácilmente.

A causa de estas tragedias, nos vemos en la necesidad de

depender de fragmentos desconectados, episodios casuales y

pobres relatos. Nuestro pasado remoto es un vacío llenado al

azar con tablillas, pergaminos, estatuas, pinturas y diversos

artefactos. La historia de la Ciencia tendría un aspecto totalmente

diferente si la colección de libros de Alejandría estuviese

aún intacta.

Estas pérdidas de documentos preciosos han sucedido también

en la Historia moderna. En cierta ocasión se produjo un

incendio en el harén del sultán del Imperio otomano. Un joven

secretario de la Embajada francesa, empujado por la muchedumbre,

se acercó al lugar y pudo ver a los saqueadores llevarse

vasos, cortinas y otros objetos del palacio en llamas. El

NO SOMOS LOS PRIMEROS 29

francés reparó en un hombre que llevaba un grueso volumen

de la Historia de Roma de Tito Livio, obra considerada perdida

durante siglos. En seguida detuvo al turco y le ofreció

una sustanciosa suma por el libro. Por desgracia, sólo llevaba

unas pocas monedas en el bolsillo, y prometió pagar la diferencia

en su domicilio, a lo cual accedió el turco; pero de

pronto quedaron separados por la multitud que se introdujo

entre ellos. He aquí cómo se perdió un documento irremplazable

después de haber sido casi recuperado.

Por otra parte, también se han hecho descubrimientos inesperados

que llenaban lagunas existentes en la Historia antigua.

Hace unos ciento cincuenta años, el gran egiptólogo francés

Champollion visitaba el Museo de Turín, y en una especie

de almacén topó con una caja que contenía trozos de papiro.

—¿Qué hay dentro? —preguntó.

—Únicamente escombros inútiles, señor —contestó el ayudante.

Champollion no quedó satisfecho con la respuesta, y comenzó

a juntar las piezas como si se tratase de un rompecabezas.

¡Estos «escombros inútiles» resultaron ser la única lista existente

en el mundo de las dinastías egipcias, con los nombres

de los faraones y las fechas de sus reinados! Era una revelación.

Uno puede imaginar cómo se modificarían nuestros puntos

de vista sobre la Antigüedad si se hallasen más crónicas

de este tipo, aunque no fuera en recipientes de escombros.

El sensacional hallazgo de los documentos del mar Muerto

reveló el hecho de que esta versión más antigua de la Biblia

(siglo II antes de J. C.) concordaba razonablemente con el texto

masorético (siglo x de nuestra era). Desde un punto de vista

histórico y religioso, los documentos del mar Muerto fueron

una adquisición extraordinariamente importante. A propósito:

el mérito de este fabuloso descubrimiento arqueológico se atribuye

a un joven pastor beduino que, cierto día, mientras perseguía

a una cabra, descubrió la cueva donde, dentro de unas

jarras, estaban ocultos los rollos.

30 ANDREW TOMAS

En el año 1549, un joven monje excesivamente celoso, Diego

de Landa, descubrió en México una gran biblioteca de códices

mayas. «Los quemé todos porque no contenían más que

superstición y maquinaciones del diablo», escribió.

¿Cómo podía saber lo que contenían los libros? Incluso hoy,

con todos los brillantes filólogos y cerebros electrónicos de

que disponemos, los tres manuscritos mayas que milagrosamente

sobrevivieron, siguen sin poder ser descifrados.

Cuando De Landa se hizo viejo y fue elevado a la dignidad

de obispo, se percató del bárbaro crimen que había cometido.

Efectuó una investigación en busca de escrituras mayas, pero

sin éxito. Existe una tradición que habla de cincuenta y dos

tablillas doradas, conservadas en un templo, que contienen una

historia de la América Central, tablillas que habrían sido cuidadosamente

ocultas por los sacerdotes aztecas antes de que

los codiciosos conquistadores tomaran Tenochtitlán.

Diego de Landa escribió un trabajo sobre los mayas, pero

su contribución a la resolución de los jeroglíficos fue completamente

insignificante.

Si alguien hubiese solicitado a la Biblioteca de Madrid, hace

un centenar de años, la Nueva crónica y buen gobierno, de

Felipe Huamán Poma de Ayala, de 1565, el bibliotecario se

habría quedado extremadamente desconcertado. Por aquel

tiempo, ni la Biblioteca de Madrid ni ningún erudito en el

mundo sabían nada acerca de esta historia de los incas. El

manuscrito permaneció en la oscuridad durante siglos, hasta

que fue descubierto en la Biblioteca Real de Copenhague

en 1908. Fue publicado por vez primera en 1927, y actualmente

es considerado una fuente tan buena como Garcilaso de la Vega

o Pedro Cieza de León. Ésta es la historia de uno tan sólo de

los libros perdidos, pero, ¿cuántos otros pueden estar aún

ocultos en los lugares más inesperados?

Hasta que tales documentos de épocas pasadas sean loca-

NO SOMOS LOS PRIMEROS 31

Iizados, ¿pueden ser considerados los únicos textos sagrados,

los escritores clásicos y los mitos que conocemos actualmente

como el único material fidedigno para reconstruir la imagen

del pasado? Las Sagradas Escrituras, así como las obras de

los autores griegos y romanos, pueden, seguramente, ser utilizadas

para este propósito. Esta afirmación será apoyada más

tarde por interesantes episodios de Historia antigua. La mitología

y el folklore son pensamientos fósiles que describen la

historia de culturas desaparecidas en forma de símbolos y alegorías.

Separando la fantasía de la realidad, a partir de las

leyendas, puede volver a crearse una imagen razonablemente

correcta de acontecimientos, personas y lugares pasados.

A la ciudad de Ur, mencionada en la Biblia como la ciudad

de la cual había partido Abraham, no se le daba ningún significado

geográfico o histórico por parte de los sabios del siglo

xix. Realmente, hasta tiempos recientes, pocos historiadores

consideraron seriamente la Biblia como fuente de datos

históricos. Pero, después de que Sir Leonard Wooley hubo descubierto

la antigua ciudad de Ur en Mesopotamia, la situación

comenzó a cambiar.

Hace un centenar de años, ningún erudito consideraba la

litada o la Odisea de Homero como una historia. Pero Heinrich

Schliemann creyó en ellas y descubrió la legendaria

ciudad de Troya. Luego siguió la ruta de regreso al hogar de

Ulises y excavó las grutas de Micenas en busca del botín que

los griegos capturaron en Troya. Leyó en la Ilíada la descripción

de una copa decorada con palomas que había utilizado

Ulises. ¡En un profundo pozo halló Schliemann esa copa, que

tenía una antigüedad de 3.600 años!

Por tanto, las leyendas pueden ser interpretadas como unas

historias fantasiosas o como acontecimientos reales. Así, por

ejemplo, la leyenda de la diosa Deméter, quien generalmente

es representada con una hoz y unas espigas de trigo, describe

la introducción del trigo en Grecia, país en el que hasta en

32 ANDREW TOMAS

tonces habían existido únicamente judías, semillas de amapola

y bellotas. La diosa enseñó a Triptolemo el arte de la agricultura,

y luego éste viajó a través de Grecia instruyendo a la

gente sobre el modo de cultivar el trigo y cocer el pan.

El mito del nacimiento de Zeus en Creta se refiere al origen

cretense de la antigua cultura griega. Es interesante señalar

que, con excepción de unas pocas leyendas, los propios griegos

no sabían nada acerca de la avanzada civilización minoica existente

en Creta, que precedió a la suya propia. Pero, como podemos

ver, el folklore conserva la historia en forma de leyendas

llenas de color.

Hasta 1952, año en que Michael Ventris descifró el lenguaje

Lineal B de Creta y descubrió, para su asombro, que se trataba

únicamente de griego primitivo, nadie, en tiempos antiguos o

modernos, había tomado en serio este mito de Zeus.

En sus Diálogos, Platón hace referencia a una forma arcaica

de lenguaje griego. Naturalmente, sus contemporáneos nunca

habían tenido noticias de este dialecto perdido. Pero, posteriormente,

en el siglo xix, fue hallada una antigua escritura

que, al ser descifrada en los años 50, resultó que no era un

griego preclásico. En consecuencia, ¿tenemos derecho a desconfiar

de las palabras de los antiguos escritores o de las rancias

leyendas, excepto y hasta que hayan sido demostrados

erróneos?

En el Critias, Platón cuenta la historia de Solón, a quien,

en el año 550 a. de J. C, los sacerdotes de Sais, en Egipto,

confiaron que, 9.000 años antes de su tiempo, Grecia estuvo

cubierta de un suelo fértil. «En comparación con lo que era

entonces, sólo quedaban en algunos pequeños islotes los huesos

de un organismo agotado, como realmente debería ser llamado,

habiéndose consumido todas las partes más ricas y fértiles

del suelo», decían los sabios egipcios.

Hoy puede considerarse científicamente correcta esta información,

porque el suelo de Grecia fue muy fértil hace algunos

NO SOMOS LOS PRIMEROS 33

milenios. En aquel remoto período, el Sahara era una estepa

en que crecía abundante vegetación. Éste es tan sólo un

ejemplo de los cambios climáticos ocurridos en la cuenca mediterránea.

Pero, ¿cómo pudieron Platón, Solón o los sacerdotes

de Sais haber tenido conocimiento de la erosión del suelo

de Grecia durante un período tan largo, a menos que se hubieran

llevado registros cuidadosos durante diez mil años por

parte de la casta sacerdotal egipcia?

Al describir el lejano Norte de Escitia, o Rusia, Plutarco

(siglo i) hablaba de una noche que prevalecía durante seis meses

en aquellas regiones, con una continua caída de nieve. Recalcaba

que «esto era completamente increíble». Sin embargo,

su descripción del invierno ártico era sorprendentemente

verídica.

Plutarco escribió también una historia referente a la flota

fenicia que se hallaba al servicio del faraón Necho. Los barcos

partiendo del mar Rojo, navegaron hacia el océano Indico, y

circundaron África vía cabo de Buena Esperanza, y el estrecho

de Gibraltar. El viaje se llevó a cabo en el curso de dos años.

«Estos hombres manifestaron algo —escribe Plutarco—

que yo mismo no me atrevo a creer, aunque otros sí puedan

hacerlo. Cuando viajaban rumbo a Occidente, alrededor de la

punta sur de África tenían el sol a su derecha, a su Norte.»

Ningún griego antiguo podía imaginar que el sol brillara en el

Norte. La actitud crítica de Plutarco hacia su propia historia

añade más peso aún a su testimonio. Después de todo, su

informe es exacto, ya que el sol, en África del Sur, brilla en el

Norte.

El Almagesto de Tolomeo enumera todos los datos geográficos

disponibles en el siglo II de nuestra era. El astrónomo

describe el África Ecuatorial, el Nilo superior y las cadenas

montañosas que existen en el corazón del continente. Con toda

evidencia, este sabio de la Antigüedad poseía más conocimientos

acerca de África que sus colegas europeos de la primera

mitad del siglo XIX.

34 ANDREW TOMAS

Cuando, en el siglo pasado, la exploración del África Central

puso de manifiesto la existencia de montañas de cumbres

nevadas, y los informes en este sentido fueron remitidos a la

«Royal Geographical Society», de Londres, sus doctos miembros

hallaron una fuente de diversión en tales manifestaciones.

¿Nieve en el Ecuador? ¡Pura insensatez! El arma del escepticismo

es peligrosa: en el pasado, muchos científicos superescépticos

se desacreditaron a sí mismos por una tajante condenación y una

carencia de imaginación.

Al explicar las causas de la crecida del Nilo, Heródoto (siglo

v antes de J.C.) enumeró diversas teorías, corrientes en

aquel tiempo. Una de ellas, «la más plausible» en palabras de

él, pero en su opinión imposible, era la de que «el agua del

Nilo procedía de la nieve que se derretía».

Así, una vez más se demuestra cómo la curva del conocimiento

desciende en el gráfico del progreso mundial. No es difícil

demostrar la superioridad del pensamiento griego sobre

la Filosofía escolástica de las Edades Oscuras. Nacida en la

Antigüedad, eclipsada durante la Era Medieval, la Ciencia fue

redescubierta por los árabes, restaurada en el Renacimiento y

desarrollada por los científicos de los tiempos modernos.

Pero, hace mucho tiempo, existieron otros altibajos del progreso

cultural. Las pinturas rupestres de uros, caballos, ciervos

y otras bestias, en las cuevas de Altamira, Lascaux, Ribadesella

y otras, son piezas maestras no sólo del arte prehistórico,

sino también del arte de cualquier período.

Los antiguos egipcios, babilonios y griegos pintaban toros

estilizados. Pero los bisontes o los caballos de Altamira o Lascaux

parecen haber sido pintados por un Leonardo o un Picasso.

El realismo y la belleza de estas pinturas de las cuevas las

hacen inmensamente superiores a los dibujos de animales de

Egipto, Babilonia o Grecia.

NO SOMOS LOS PRIMEROS 35

En las cuevas se han descubierto esbozos y obras de en-

sayo que sugieren la existencia de escuelas de arte unos 15.000

años atrás. Las pinturas rupestres de Cro-Magnon tienen

10.000 años más de antigüedad que las producciones artísticas

de las civilizaciones antiguas. Éste es también otro ejemplo

del modo como una onda alcanza una cúspide en la curva de

la civilización, y luego desciende.

Recientemente hemos estado redescubriendo una ciencia

olvidada. Hace 350 años el gran astrónomo alemán Johannes

Kepler atribuyó acertadamente la causa de las mareas a la influencia

de la Luna. En seguida fue objeto de persecución. No

obstante, en una época tan antigua como el siglo n antes de

Jesucristo, el astrónomo babilonio Seleuco hablaba sobre la

atracción que la Luna ejerce en nuestros océanos. Posidonio

(135-50 a. de J. C.) realizo un estudio sobre las mareas y llegó

a la certera conclusión de que estaban relacionadas con la

revolución de la Luna alrededor de la Tierra. El eclipse de la

Ciencia ocurrido durante estos dieciocho siglos es demasiado

evidente.

Durante el curso de catorce siglos —desde Tolomeo hasta

Copérnico—, no se efectuó ninguna contribución especial a la

Astronomía. Aún en los tiempos de Tolomeo, los pensadores

escrutaban los siglos primitivos en busca del conocimiento,

como si hubiese existido un Edad de Oro de la Ciencia en el

pasado.

El antiguo texto astronómico indio Surya Siddhanta afirmaba

que la Tierra es «un globo en el espacio». En el libro

Huang Ti-Ping King Su Wen, el docto Chi-Po dice al Emperador

Amarillo (2697-2597 a. de J. C.) que «la Tierra flota en el espacio».

Sólo hace cuatrocientos años que Galileo, por enseñar

este mismo concepto, fue condenado por las autoridades eclesiásticas.

Diógenes de Apolonia (siglo v a. de J. C.) afirmaba que los

meteoros «se desplazan en el espacio, y con frecuencia caen a

la Tierra». No obstante, en el siglo xvm, Lavoisier, el pilar de

36 ANDREW TOMAS

la Ciencia, pensaba de modo distinto: «Es imposible que las

piedras caigan del cielo, porque no hay piedras en el cielo.»

Hoy sabemos que sí es posible.

Hace 2.500 años, el gran filósofo Demócrito decía que la

Vía láctea «consiste de estrellas muy pequeñas apiñadas estrecha_

mente entre sí». En el siglo xvm, el astrónomo inglés Ferguson