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Annotation

Estamos en el Siglo XXV la humanidad se

ha expandido por todo el sistema solar, el

capitalismo multinacional controla al individuo,

hay una guerra de origen económico entre los

planetas interiores y los llamados satélites

exteriores; y un investigador llamado Jaunte

accidentalmente se prende fuego, dando un

alarido pide socorro y solicita algo así como un

extintor, un instante después aparece junto a uno

a veinte metros de donde estaba. Acaba de

descubrir la teleportación mental, a partir de ahí

conocida como jauntear, tiene sus limitaciones

de espacio y tiempo pero para eso esta Gully

Foule, perdido en el espacio al ser destruida la

nave en que viajaba Nomad y sediento de

venganza contra la que no le auxilió: Vorga

abandonándole a una muerte segura. Escapando y

transformándose de un ser humano anodino,

ignorante y un poco imbécil en otra cosa,

probablemente no menos imbécil pero con

extraordinarios

poderes

paranormales.

Considerada una de las mejores novelas de CiFi

de todos los tiempos

Alfred Bester

¡Tigre! ¡Tigre!

Súper Ficción 60 de Ediciones Martínez Roca S. A. y Biblioteca de Ciencia Ficción 53 de Ediciones Orbis S. A...

Título original: Tiger! Tiger!, publicado por Penguin Books, Ltd.

Harmondsworth, England. También publicada como The stars my

destination.

Traducción: Sebastián Martínez

© 1955 by Alfred Bester

© 1981 by Ediciones Martínez Roca S. A.

© 1986 by Ediciones Orbis S. A.

Edición digital de Rivas Bernárdez

Revisión de urijenny

Revisado y Convertido fb2: Agripa

Corregido por: Vampy815

A Truman M. Talley

Parte 1

¡Tigre! ¡Tigre! Ardiendo brillante

en los bosques de la noche,

¿qué inmortal mano u ojo

podrá reflejar tu terrible simetría?

William Blake

Prólogo

Era una Edad de Oro, una época de grandes

aventuras, de vidas frenéticas y muertes

violentas... pero nadie pensaba en ello. Era un

futuro de fortunas y robos, pillaje y rapiña,

cultura y vicios... pero nadie lo admitía. Era una

época de posturas extremas, un fascinante siglo

de rarezas... pero a nadie le gustaba.

Todos los mundos habitables del sistema

solar estaban ocupados. Tres planetas y ocho

satélites y once mil millones de personas

llenaban una de las edades más interesantes jamás

conocidas y, sin embargo, las mentes todavía

añoraban viejos tiempos, como siempre. El

sistema solar era un hormiguero de actividad...

luchar, alimentarse, procrear, aprender las nuevas

tecnologías que aparecían casi antes de que se

hubiesen dominado las antiguas, prepararse para

la primera exploración a las lejanas estrellas del

profundo espacio; pero...

“¿Dónde están las nuevas fronteras?”

gritaban los románticos, sin saber que la frontera

de la mente se había abierto en un laboratorio

situado en Calisto hacia el inicio del siglo

veinticuatro: un investigador llamado Jaunte

prendió fuego a su banqueta y a sí mismo

(accidentalmente), y lanzó un alarido pidiendo

socorro con una particular referencia a un

extintor de incendios. La sorpresa de Jaunte fue

casi tan grande como la de sus colegas cuando se

halló al lado de dicho extintor, a veinte metros de

distancia de la banqueta incendiada.

Se olvidaron de Jaunte y se introdujeron en

los cómos y porqués de su viaje instantáneo de

veinte metros. La teleportación —el transporte

de uno mismo a través del espacio tan sólo por

un esfuerzo mental— había sido un concepto

teórico conocido desde hacía tiempo, y existían

algunos centenares de pruebas mal documentadas

que indicaban que se había producido en el

pasado. Esta era la primera vez que había tenido

lugar ante observadores profesionales.

Estudiaron el Efecto Jaunte con salvaje

dedicación. Era algo demasiado importante como

para investigarlo con miramientos, y Jaunte

estaba ansioso por convertir en inmortal su

nombre. Hizo testamento y se despidió de sus

amigos. Jaunte sabía que iba a morir porque sus

compañeros

de

investigación

estaban

determinados a matarle si ello era necesario. No

cabía duda de esto.

Doce

psicólogos,

parapsicólogos

y

neurometristas de distintas especializaciones

fueron llamados como observadores. Los

experimentadores encerraron a Jaunte en un

tanque de cristal irrompible. Abrieron un

conducto de agua, que llenaba el tanque, y

dejaron que Jaunte viera cómo rompían el

control de cierre. Era imposible abrir el tanque;

era imposible detener el chorro de agua. La

teoría era que, si en la primera ocasión se había

necesitado de una amenaza de muerte para

instigar a Jaunte a teleportarse, lo mejor que

podían hacer era volverlo a amenazar de muerte.

El tanque se llenó rápidamente. Los observadores

recogieron datos con la tensa precisión de un

equipo de astrónomos fotografiando un eclipse.

Jaunte comenzó a ahogarse. Y entonces estuvo

fuera del tanque, chorreando y tosiendo

estrepitosamente. Se había teleportado de nuevo.

Los

expertos

lo

examinaron

y

lo

interrogaron. Estudiaron gráficos y placas de

rayos X, esquemas neurales, y su metabolismo.

Comenzaron a tener una noción sobre cómo se

había teleportado Jaunte. A través de los canales

científicos (esto tenía que ser mantenido en

secreto) hicieron una petición de voluntarios

suicidas. Estaban todavía en el estadio primitivo

de la teleportación; la muerte era el único

catalizador que conocían.

Informaron

cuidadosamente

a

los

voluntarios. Jaunte les dio una conferencia sobre

lo que había hecho y sobre cómo creía haberlo

hecho. Entonces pasaron a asesinar a los

voluntarios. Los ahogaron, los ahorcaron, los

quemaron; inventaron nuevas formas de muerte

lenta y controlada. Jamás hubo duda alguna entre

los sujetos de que iban a matarlos.

El ochenta por ciento de los voluntarios

murió, y las agonías y el remordimiento de sus

asesinos constituiría un horrible pero fascinante

estudio, aunque no tenga lugar en esta historia

excepto para subrayar la monstruosidad de

aquellos tiempos. El ochenta por ciento de los

voluntarios murió, pero el otro veinte jaunteó.

(El nombre se convirtió en término designativo

casi inmediatamente.)

“Traed de nuevo la época romántica”

rogaban los románticos “cuando el hombre podía

arriesgar aún su vida en atrevidas aventuras.”

El conjunto de conocimiento creció

rápidamente. Para la primera década del siglo

veinticuatro, los principios del jaunteo ya estaban

establecidos, y la primera escuela fue abierta por

el propio Charles Fort Jaunte, que contaba

entonces con cincuenta y siete años de edad, ya

era inmortal, y al que avergonzaba decir que no se

atrevía ahora a jauntear. Pero los días primitivos

habían pasado; ya no era necesario amenazar con

la muerte a un hombre para hacerle teleportarse.

Habían aprendido cómo enseñarle al hombre a

reconocer, disciplinar y utilizar otro recurso de

su mente ilimitada.

¿De qué modo se teleportaba exactamente,

el hombre? Una de las explicaciones más

insatisfactorias fue la suministrada por Spencer

Thompson, encargado de relaciones públicas de

las Escuelas Jaunte, en una entrevista de prensa.

THOMPSON: El jauntear es como ver; es

una aptitud natural de casi todos los organismos

humanos, pero tan sólo puede ser desarrollada

por el entrenamiento y la experimentación.

PERIODISTA: ¿Quiere decir que no

podríamos ver sin practicar?

THOMPSON: Obviamente, usted es soltero

o no tiene niños... supongo que ambas cosas.

PERIODISTA: No comprendo.

THOMPSON:

Cualquiera

que

haya

observado a un niño aprendiendo a usar sus ojos,

lo comprendería.

PERIODISTA:

Pero,

¿qué

es

la

teleportación?

THOMPSON: Es el transportarse a uno

mismo desde un lugar a otro mediante el único

esfuerzo de la mente.

PERIODISTA: ¿Quiere decir que podemos

pensar en trasladarnos... digamos... desde Nueva

York a Chicago?

THOMPSON: Precisamente; siempre que

se comprenda perfectamente una cosa. Para

jauntear de Nueva York a Chicago es necesario

que la persona que se teleporta sepa exactamente

dónde está cuando parte y a dónde va.

PERIODISTA: ¿Y cómo es eso?

THOMPSON: Si estuviera en una habitación

obscura y no supiera dónde se halla, le sería

imposible jauntear, con seguridad, a cualquier

parte. Y si supiera dónde está, pero tratase de

jauntear a un lugar que nunca hubiera visto, nunca

llegaría allí con vida. Uno no puede jauntear

desde un punto de partida desconocido a un

destino desconocido. Deben ser conocidos,

memorizados y visualizados ambos.

PERIODISTA: Pero, ¿y si sabemos dónde

estamos y a dónde vamos?

THOMPSON: Podemos estar bastante

seguros de que jauntearemos y llegaremos.

PERIODISTA: ¿Llegaremos desnudos?

THOMPSON: Sí salimos desnudos. (Risas.)

PERIODISTA: Quiero decir: ¿se teleportan

con nosotros nuestras ropas?

THOMPSON: Cuando se teleportan las

personas, también teleportan consigo las ropas

que llevan puestas y cualquier cosa que lleven

encima. Lamento desengañarle, pero hasta las

ropas de las señoras llegan con ellas. (Risas.)

PERIODISTA: Pero, ¿cómo lo hacemos?

THOMPSON: ¿Cómo pensamos?

PERIODISTA: Con nuestras mentes.

THOMPSON: Y, ¿cómo piensa la mente?

¿Cuál es el proceso del pensamiento? ¿Cómo,

exactamente,

recordamos,

imaginamos,

deducimos, creamos? ¿Cómo operan las células

del cerebro?

PERIODISTA: No lo sé. Nadie lo sabe.

THOMPSON: Y nadie sabe tampoco

exactamente cómo nos teleportamos, pero

sabemos que podemos hacerlo, tal y como

sabemos que podemos pensar. ¿Ha oído hablar de

Descartes?

Dijo: Cogito ergo sum. Pienso,

luego existo. Nosotros decimos: Cogito ergo

jaunteo. Pienso, luego jaunteo.

Si se piensa que la explicación de Thompson

es exasperante, inspecciónese este informe de

Sir John Kelvin a la Royal Society sobre el

mecanismo del jaunteo:

Hemos establecido que la habilidad

teleportativa está asociada con los cuerpos Nissl,

o la Substancia Tigroide de las células nerviosas.

La Substancia Tigroide es demostrada con mayor

facilidad por el método de Nissl, usando 3,75 g.

de azul de metileno y 1,75 g. de jabón de Venecia

disueltos en 1.000 c.c. de agua. Donde no

aparece la Substancia Tigroide, resulta imposible

el jaunteo. La teleportación es una Función

Tigroide. (Aplausos).

Cualquier hombre era capaz de jauntear

siempre que desarrollase dos facultades:

visualización y concentración. Tenia que

visualizar, completamente y con precisión, el

punto al que deseaba teleportarse; y tenia que

concentrar la energía latente de su mente en un

solo impulso para ir hasta allí. Sobre todo, tenia

que tener fe... la fe que Charles Fort Jaunte no

recuperó nunca. Tenia que creer que jauntearía.

La mínima duda bloqueaba el impulso mental

necesario para la teleportación.

Las limitaciones con que nace cada hombre

coartaban necesariamente la habilidad para

jauntear.

Algunos

podían

visualizar

magníficamente y calcular las coordenadas de su

destino con precisión, pero no disponían de la

energía para llegar allí. Otros tenían la energía,

pero no podían, por así decirlo, ver el lugar hacia

el que jauntear. Y la distancia establecía la

limitación final, pues nadie había jaunteado más

allá de un millar y medio de kilómetros. Uno

podía realizar un viaje a través de saltos

sucesivos sobre tierra y agua desde Nome hasta

México, pero ninguno de esos saltos podía

exceder los mil quinientos kilómetros.

Para los años veinte del siglo veinticuatro,

se había hecho común el siguiente tipo de

impreso de petición de empleo:

Este

espacio

está

reservado

para

identificación retinal.

NOMBRE......................................

(En letras mayúsculas) 1º Apellido 2º

Nombre

RESIDENCIA.......................

(Legal) Continente País Provincia

CATEGORÍA DE JAUNTEO:

(Clasificación

Oficial:

Marque

uno

solamente)

M (1.000 Km)_____ L (50 Km)______

D (500 Km)_______ X (10 Km)______

C (100 Km)_______ V (5 Km)_______

La antigua Jefatura de Tráfico se encargó

del nuevo trabajo y regularmente examinaba y

clasificaba a los aspirantes a jaunteadores. Y los

clubs automovilísticos se transformaron en clubs

de jaunteo.

A pesar de todos los esfuerzos, ningún

hombre había logrado jauntear a través del vacío

espacial, aunque muchos expertos y tontos lo

habían intentado. Helmut Grant, por ejemplo, se

pasó un mes memorizando las coordenadas de un

viaje por jaunteo a la Luna, y visualizó cada

kilómetro de la trayectoria de 480.000

kilómetros desde Times Square a Ciudad Kepler.

Jaunteo y desapareció. Nunca lo hallaron. Ni

tampoco a Enzio Dandridge, un creyente

resurreccionista de Los Ángeles que partió en

busca del Cielo; ni a Jacob María Freundlich, un

parafacultativo que debería haber sabido lo que se

hacía cuando jaunteo hacia el espacio profundo

en busca de metadimensiones; ni a Shipwreck

Cogan, un buscador profesional de notoriedad; ni

a centenares de otros, lunáticos, neuróticos,

escapistas y suicidas. El espacio estaba cerrado a

la teleportación. El jaunteo quedaba restringido a

la superficie de los planetas del sistema solar.

Pero al cabo de tres generaciones, el

sistema solar entero estaba jaunteando. La

transición fue aún más espectacular que el

cambio del caballo y carro a la época de la

gasolina cuatro siglos antes. En tres planetas y

ocho satélites, las estructuras sociales, legales y

económicas se derrumbaron, mientras nuevas

costumbres y leyes originadas por el jaunteo

universal aparecían en su lugar.

Hubo luchas por la propiedad originadas

cuando los pobres que jaunteaban se marcharon

de sus barrios míseros para ir a las llanuras y los

bosques, cazando el ganado y los animales

salvajes. Hubo una revolución en los hogares y en

la construcción de edificios: tuvieron que

crearse

laberintos

y

sistemas

de

enmascaramiento para impedir la entrada ilegal

en ellos por jaunteo. Hubo hundimientos y

pánico y huelgas y hambre cuando dejaron de

existir ciertas industrias prejáunticas.

Aparecieron plagas y epidemias cuando

vagos jaunteantes llevaron las enfermedades y los

parásitos a países indefensos. La malaria, la

elefantiasis y las fiebres tropicales aparecieron

tan al norte como Groenlandia; la hidrofobia

regresó a Inglaterra tras una ausencia de

trescientos años. Las plagas del campo locales se

extendieron a los más remotos rincones del

planeta y, desde un olvidado punto apestado de

Borneo, reapareció la lepra, que hacia tiempo se

suponía extinta.

Oleadas de crímenes cubrieron los planetas

y satélites cuando el bajo mundo comenzó a

jauntear por las noches, y se produjeron escenas

brutales cuando la policía luchó con los

criminales, sin darles cuartel. Hubo un

repugnante retorno al más obscurantista recato

del victorianismo cuando la sociedad luchó con

los peligros sexuales y morales del jaunteo a

través del protocolo y los tabúes. Una cruel y

horrible guerra estalló entre los Planetas

Interiores: Venus, La Tierra, y Marte, y los

Satélites Exteriores... una guerra ocasionada por

las presiones económicas y políticas de la

teleportación.

Hasta que amaneció la Edad de Jaunte, los

tres Planetas Interiores (y la Luna), habían vivido

en un delicado balance económico con los siete

Satélites Exteriores habitados: lo, Europa,

Ganímedes y Calisto, de Júpiter; Rea y Titán, de

Saturno, y Lassell de Neptuno. Los Satélites

Exteriores Unidos suministraban materias primas

a las fábricas de los Planetas Interiores, y un

mercado para sus productos manufacturados. En

el espacio de una década, este balance fue

destruido por el jaunteo.

Los Satélites Exteriores, jóvenes mundos en

crecimiento, habían comprado el setenta por

ciento de la producción de medios de transporte

de los P. I. El jaunteo terminó con esto. Habían

comprado el noventa por ciento de la producción

de aparatos de comunicación de los P. I. El

jaunteo

acabó

también

con

esto.

Por

consiguiente, las compras por parte de los P. I.

de materias primas procedentes de los S. E.

descendieron vertiginosamente.

Con

los

intercambios

comerciales

acabados, era inevitable que la guerra económica

se convirtiese en una guerra bélica. Los grandes

carteles de los Planetas Interiores rehusaban

enviar bienes de equipo a los Satélites

Exteriores, tratando de protegerse de la

competencia. Los S. E. confiscaron las plantas

industriales que ya se encontraban en sus

mundos, rompieron los acuerdos sobre patentes,

ignoraron el pago de los royalties... y comenzó la

guerra.

Era una edad de monstruos, de seres

deformes y grotescos. Todo el Mundo estaba

retorcido en formas maravillosas y malevolentes.

Los clasicistas y románticos que lo odiaban no se

daban cuenta de la grandeza potencial del siglo

veinticinco. Estaban ciegos para los fríos hechos

de la evolución... para la idea de que el progreso

surge del choque de extremos antagónicos, del

matrimonio de monstruosidades máximas. Tanto

los clasicistas como los románticos desconocían

el hecho de que el sistema solar estaba situado

trémulamente en el borde de una explosión

humana que transformaría al hombre y lo

convertiría en el dueño del Universo.

Es

en

este

escenario

del

siglo

vigésimoquinto donde se inicia la vengativa

historia de Gulliver Foyle.

Uno

Llevaba ciento setenta días muriendo y aún

no estaba muerto. Luchaba por la supervivencia

con la pasión de una bestia caída en una trampa.

Deliraba y se pudría, pero ocasionalmente su

mente primitiva emergía de la ardiente pesadilla

de la supervivencia hasta algo que se parecía a la

cordura. Entonces alzaba su muda faz a la

Eternidad y murmuraba:

—¿Qué es lo que ocurre conmigo? ¡Ayuda,

malditos dioses! Ayuda, eso es todo.

La blasfemia le resultaba fácil, constituía la

mitad de su vocabulario, del vocabulario de toda

su vida. Había sido educado en los bajos fondos

del siglo veinticinco, y tan sólo hablaba el idioma

de los bajos fondos. De todas las bestias con vida

del Mundo era la que valía menos, y la que más

probablemente sobreviviría. Así que combatía y

rogaba con sus blasfemias; pero ocasionalmente

su enloquecida mente saltaba treinta años hacia

atrás, a su juventud, y recordaba una cancioncilla

de jardín de infancia:

Gully Foyle es mi nombre

y la Tierra mi nación.

El profundo espacio mi vivienda

y la muerte mi destino.

Era Gulliver Foyle, mecánico de tercera, de

treinta años de edad, de grandes huesos y basto...

y ciento setenta días perdido en el espacio. Era

Gully Foyle, el aceitador, el limpiador, el

fogonero; que fácilmente se metía en líos y

pocas veces se divertía, demasiado vacío para

tener amigos, demasiado vago para el amor. Los

trazos letárgicos de su carácter quedaban

marcados por su ficha de la Marina Mercante:

FOYLE, GULLIVER —————— AS-

128/127:006

EDUCACIÓN: NINGUNA

HABILIDADES: NINGUNA

MÉRITOS: NINGUNO

RECOMENDACIONES: NINGUNA

(COMENTARIOS PERSONALES)

Se trata de un hombre de gran fuerza física y

de un potencial intelectual adormecido por la

falta de ambición. Trabaja lo menos posible. Es

el estereotipo del Hombre Medio. Posiblemente

algún shock insospechado le despertaría, pero el

Gabinete Psiquiátrico no puede hallar la llave. No

se le recomienda para promociones. Ha

alcanzado su tope máximo.

Había llegado a un tope máximo. Se había

contentado con deslizarse de un momento a otro

de su existencia durante treinta años como alguna

pesada criatura blindada, torpe e indiferente;

Gully Foyle, el estereotipo del Hombre Medio...

pero ahora estaba a la deriva en el espacio desde

hacía ciento setenta días, y la llave para su

despertar estaba en la cerradura. Ahora daría la

vuelta y se abriría la puerta al holocausto.

La astronave Nomad derivaba entre Marte y

Júpiter. Fuera cual fuese la catástrofe bélica que

la había destruido, había convertido a un

aerodinámico cohete de acero de cien metros de

largo en un esqueleto al que se adherían los

restos de camarotes, bodegas, cubiertas y

mamparos. Los grandes desgarrones en el casco

eran destellos de luz en el lado expuesto al Sol y

helados retazos de estrellas en el lado obscuro.

La nave Nomad era un vacío sin peso de cegador

Sol y de negro absoluto, helado y silencioso.

El pecio estaba lleno con un conglomerado

flotante de restos congelados que colgaban en el

interior del navío destruido como la fotografía

instantánea de una explosión. La diminuta

atracción gravitacional que los trozos de

escombros ejercían unos sobre otros los iba

conglomerando lentamente en racimos que eran

desparramados periódicamente por el paso, a

través de ellos, del único superviviente todavía

con vida en el pecio: Gulliver Foyle, AS-

128/127:006.

Vivía en el único compartimiento que

continuaba presurizado entre los restos, un

armario para herramientas situado en el corredor

de la cubierta principal. El armario tenía un

metro veinte de ancho, lo mismo de profundidad

y dos metros setenta de alto. Tenía el tamaño del

ataúd de un gigante. Seiscientos años antes, se

había considerado como el más exquisito de los

tormentos orientales el encerrar a un hombre en

un calabozo de ese tamaño durante algunas

semanas. Y sin embargo, Foyle había existido en

aquel ataúd sin luz durante cinco meses, veinte

días y cuatro horas.

—¿Quién eres?

—Gully Foyle es mi nombre.

—¿De dónde eres?

—La Tierra es mi Nación.

—¿Dónde estás ahora?

—En el profundo espacio, mi vivienda.

—¿A dónde te diriges?

—La muerte es mi destino.

En el ciento setenta y cinco día de su lucha

por la supervivencia, Foyle contestó a esas

preguntas y se despertó. Su corazón latía y su

garganta ardía. Tanteó en la obscuridad buscando

el tanque de aire que compartía su ataúd con él, y

comprobó su contenido. El tanque estaba vacío.

Tendría que entrar otro inmediatamente. Así que

este día comenzaría con un combate extra con la

muerte, lo cual era aceptado por Foyle con una

muda resignación.

Buscó tanteando por entre los estantes del

armario y localizó un traje espacial roto. Era el

único que quedaba a bordo del Nomad, y Foyle ya

no se acordaba ni dónde ni cómo lo había hallado.

Había taponado el desgarrón con un aerosol de

emergencia, pero no tenía forma con que rellenar

o reemplazar los vacíos depósitos de oxígeno de

la espalda. Se metió dentro del traje. Llevaría él

bastante aire del armario como para permitirle

permanecer cinco minutos en el vacío... ni uno

más.

Abrió la puerta del armario y se sumergió en

la gélida negrura del espacio. El aire del armario

salió silbando con él, y su humedad se congeló

formando una débil nubécula de nieve que flotó a

lo largo del desgarrado corredor de la cubierta

principal. Foyle empujó el tanque de aire vacío,

lo hizo flotar fuera del armario y lo abandonó.

Había transcurrido un minuto.

Se dio la vuelta y se propulsó a través de los

flotantes restos hacia la compuerta de la bodega

del lastre. No corría: su ritmo de marcha era el

único sistema de locomoción posible en el

estado de caída libre e ingravidez: empujones con

los pies, codos y manos contra las cubiertas,

paredes y rincones, un vuelo a cámara lenta a

través del espacio, como si fuera un murciélago

volando bajo el agua. Foyle atravesó la compuerta

que daba a la obscura bodega del lastre. Habían

pasado dos minutos.

Como todas las astronaves, la Nomad iba

lastrada con la masa de sus tanques de gases

colocados a lo largo de su quilla como una larga

balsa de troncos unida a los costados por un

laberinto de cañerías de conexión. Foyle tardó un

minuto en desconectar un tanque de aire. No

tenía forma de saber si estaba lleno o ya vacío;

lucharía con él de vuelta hacia su armario y, si

allí descubría que estaba vacío, se habría

terminado su vida. Una vez a la semana tenía que

efectuar una partida de esta curiosa forma de

ruleta rusa espacial.

Oyó un rugido en sus oídos; el aire del

interior de su escafandra estaba enrareciéndose

rápidamente. Impelió el masivo cilindro hacia la

compuerta, se agachó para dejarlo pasar sobre su

cabeza, y se empujo tras de él. Giró el tanque,

haciéndolo pasar por la compuerta. Habían

pasado

cuatro

minutos,

y

se

estaba

estremeciendo y a punto de perder el sentido.

Guió el tanque a lo largo del corredor de la

cubierta principal y lo introdujo en el armario de

herramientas.

Cerró la puerta de un portazo, la aseguró,

halló un martillo en un estante, y golpeó con él

tres veces contra el helado tanque para soltar su

válvula. Giró la manecilla con una mueca. Se

soltó con sus últimas fuerzas el casco del traje

para no sofocarse en su interior mientras el

armario se llenaba de aire... si es que este tanque

contenía aire. Se desmayó, como tantas otras

veces antes, sin saber nunca si esta vez ya era la

muerte.

—¿Quién eres?

—Gully Foyle.

—¿De dónde vienes?

—Tierra.

—¿Dónde estás?

—Espacio.

—¿A dónde vas?

Se despertó. Estaba vivo. No malgastó

tiempo en rezos o en dar las gracias, sino que

continuó con su trabajo por la supervivencia.

Exploró, en la obscuridad, los estantes del

armario en los que guardaba sus raciones. Tan

solo quedaban algunos pocos paquetes. Puesto

que ya estaba enfundado en el parcheado traje

espacial, podía atravesar de nuevo el vacío y

volver a hacer acopio de provisiones.

Llenó el traje con aire del tanque, cerró de

nuevo su casco, y se zambulló otra vez en la luz y

el frío glacial. Recorrió el corredor de la

cubierta principal, y subió por los restos de una

escalera hasta la cubierta de control, que ya no

era más que un corredor techado en medio del

espacio. La mayor parte de las paredes habían

sido destruidas.

Con el Sol a su derecha y las estrellas a su

izquierda, Foyle pasó lanzado hacia popa, hacia la

despensa. A la mitad del corredor atravesó el

marco de una puerta que todavía se alzaba entre el

techo y el suelo. La hoja de la puerta seguía

colgando de las bisagras, entreabierta, una puerta

a ninguna parte. Tras ella no había más que

espacio y las tranquilas estrellas.

Cuando pasó al lado de la puerta, tuvo una

rápida visión de sí mismo reflejado en los

brillantes cromados de la hoja... Gully Foyle, una

gigantesca criatura negra, barbuda, encostrada

con sangre seca y suciedad, macilenta, con ojos

enfermizos... y siempre seguida por un reguero

de restos flotantes, los despojos disturbados por

su movimiento y que lo seguían a través del

espacio como la cola de un cometa.

Foyle se introdujo en la despensa y

comenzó a desvalijarla con la velocidad metódica

de un hábito de cinco meses. La mayor parte de

los artículos embotellados se habían congelado y

estallado. La mayor parte de los artículos

enlatados habían perdido sus recipientes, pues la

hoja de lata se convierte rápidamente en polvo en

el cero absoluto del espacio. Foyle hizo acopio

de paquetes de raciones, concentrados, y un trozo

de hielo del destruido tanque de agua. Lo echó

todo en el interior de una gran olla de cobre, se

dio la vuelta y salió a escape de la despensa,

arrastrando la olla.

En la puerta a ninguna parte, Foyle se

contempló de nuevo, reflejado en la hoja

cromada enmarcada por las estrellas. Entonces

detuvo su movimiento, asombrado. Contempló

las estrellas tras la puerta, amigas familiares de

cinco meses. Había un intruso entre ellas; un

cometa, según parecía, con una cabeza invisible y

una pequeña cola. Entonces Foyle se dio cuenta

de que estaba contemplando una astronave, con

los cohetes de popa encendidos mientras

aceleraba en una trayectoria hacia el Sol, con lo

que pasaría a su lado.

—No —murmuró—. No, no.

Estaba

sufriendo

continuamente

alucinaciones. Dio la vuelta para reemprender su

camino de vuelta a su ataúd. Entonces miró de

nuevo. Seguía viendo una astronave, con los

cohetes de popa encendidos mientras aceleraba

en una trayectoria hacia el Sol, con lo que pasaría

a su lado. Discutió la ilusión con la Eternidad.

—Seis meses ya —dijo, con su idioma de

los bajos fondos—. ¿Eso es todo? Escuchadme,

sucios dioses. Os hago una apuesta, eso es todo.

Miro de nuevo, queridos encantos. Si es una nave,

soy vuestro, yo. Me poseéis. Pero si es un

bromazo... Si no es una nave... Abro el traje aquí

mismo y reviento mis tripas, yo. Las cosas ya

están claras. Ahora decid una cosa simple: sí o

no, esto es todo.

Miró por tercera vez. Por tercera vez vio

una astronave, con los cohetes de popa

encendidos mientras aceleraba en una trayectoria

hacia el Sol, con lo que pasaría a su lado.

Era el signo que esperaba. Creía. Estaba

salvado.

Foyle se propulsó y salió disparado a lo

largo del corredor de la cubierta de control hacia

el puente. Pero al llegar a las escaleras se retuvo.

No podía resistir por más de unos segundos sin

rellenar su traje espacial. Lanzó una mirada

suplicante a la astronave que se acercaba, y

entonces se zambulló hacia el armario de

herramientas y llenó de nuevo su traje.

Subió hasta el puente. A través del portillo

de observación de estribor vio a la astronave con

los

cohetes

de

popa

aún

encendidos,

evidentemente

efectuando

una

alteración

importante de curso, pues estaba aproximándose

muy lentamente. En un panel marcado con el

letrero “BENGALAS”, Foyle apretó el botón que

indicaba “AUXILIO”. Hubo una pausa de tres

segundos que pasó sufriendo. Luego un brillo

blanco lo cegó, mientras la señal de auxilio se

encendía en tres destellos triples, nueve ruegos

pidiendo ayuda. Foyle apretó el botón otras dos

veces, y dos veces más se incendiaron en el

espacio las bengalas, mientras que los productos

radioactivos incorporados en su combustión

iniciaban un aullido estático que se registraría en

la longitud de onda de cualquier receptor.

Los cohetes de la nave se apagaron. Había

sido visto. Sería salvado. Había renacido. Se

alegró.

Corrió de nuevo a su armario y rellenó otra

vez el traje. Comenzó a llorar. Comenzó a

recoger sus posesiones: un reloj sin cuadrante

que conservaba en funcionamiento tan solo para

oír su tic-tac, una llave inglesa con una manecilla

anamórfica que agarraba en los momentos en que

se sentía solo, un cortahuevos con cuyos