Tigre, Tigre por Alfester - muestra HTML

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alambres tocaba tonadas primitivas... Los dejó

caer en su excitación, los buscó en la obscuridad,

y comenzó a reírse de sí mismo.

Llenó una vez más su traje con aire y

regresó al puente. Apretó un botón de bengalas

rotulado:

RESCATE

De las bodegas del Nomad surgió un

pequeño sol que estalló y permaneció flotando,

inundando kilómetros del espacio con una

implacable luz blanca,

—Ven, cariñito, ven —arrulló Foyle—.

Apresúrate muchacho. Ven majete, ven.

Como un torpedo fantasmal, la nave se

deslizó hasta el anillo de luz más lejano,

acercándose lentamente, estudiándole. Por un

momento, el corazón de Foyle se constriñó; la

nave se estaba comportando con tal cautela que

temió que fuera un buque enemigo de los

Satélites Exteriores. Entonces vio el famoso

emblema rojo y azul en su costado, la marea del

poderoso clan industrial de los Presteign; los

Presteign de la Tierra, poderosos, munificentes,

caritativos. Y supo que era un compañero, puesto

que el Nomad también era de los Presteign. Supo

que era un ángel del espacio que flotaba sobre él.

—Querido compañero —aulló—. Angelito,

vuela a casa conmigo,

La nave llegó al costado de Foyle, con los

portillos de su costado brillando con amistosa

luz, y su nombre y número de registro claramente

visibles en caracteres brillantes en el casco:

Vorga-T:1339. La nave estuvo a su lado por un

momento,

pasándole

en

un

segundo,

desapareciendo en un tercero.

El compañero lo había despreciado; el ángel

lo había abandonado.

Foyle dejó de arrullar y de bailar. Se quedó

mirando con desmayo. Saltó hacia el panel de las

bengalas y apretó los botones a manotazos.

Señales de auxilio, de aterrizaje, de despegue y

de cuarentena estallaron surgiendo del casco del

Nomad en una locura de luces blancas, rojas y

verdes, pulsantes, impetrantes... y el Vorga-

T:1339 pasó silente e implacable, con los

cohetes de popa brillando de nuevo mientras

aceleraba en una trayectoria hacia el Sol.

Así que, en cinco segundos, nació, vivió y

murió. Tras treinta años de existencia y seis

meses de tortura, Gully Foyle, el estereotipo del

Hombre Medio, dejó de serlo. Giró la llave en la

cerradura de su alma y se abrió la puerta. Lo que

emergió echó afuera al Hombre Medio para

siempre.

—Pasas al lado —dijo, con una furia que

crecía lentamente—. Me dejas para que me pudra

como un perro. Me dejas para que muera,

Vorga. . . Vorga-T:1339. No, saldré de aquí,

saldré. Te seguiré, Vorga. Te encontraré, Vorga.

Me las pagarás. Haré que te pudras. Te mataré,

Vorga. Te mataré lentamente. Yo.

El ácido de la furia corrió a través de su

cuerpo, corroyendo la paciencia animal y la

lentitud que había convertido a Gully Foyle en

una cifra, precipitando una cadena de reacciones

que harían de Gully Foyle una máquina infernal.

Era un hombre dedicado a una causa:

—Vorga, te mataré lentamente. Yo.

Hizo lo que la cifra no podía haber hecho:

se rescató a sí mismo.

Durante dos días recorrió el pecio en

salidas de cinco minutos, y diseñó un arnés para

sus hombros. Colocó un tanque de aire sobre el

arnés y lo conectó al casco de su escafandra con

un tubo improvisado. Recorría el espacio como

una hormiga arrastrando un tronco, pero tenía la

libertad de todo el Nomad durante todo el

tiempo.

Pensó.

En el puente, aprendió por sí mismo a

utilizar los contados instrumentos de navegación

que no estaban destruidos, estudiando los

manuales standard que flotaban en la averiada sala

de navegación. En los diez años de su servicio en

el espacio no había soñado jamás con intentar tal

cosa, a pesar de las promesas de promoción y

mayor paga; pero ahora tenía al Vorga-T:1339

como recompensa.

Tomó

marcaciones.

El Nomad estaba

flotando en el espacio en la eclíptica, a unos

quinientos millones de kilómetros del Sol. Ante

él se extendían las constelaciones de Perseo,

Andrómeda y Piscis. Colgando casi en primer

plano se hallaba el polvoriento punto naranja que

era Júpiter, que se veía distintamente como un

disco planetario. Con alguna suerte podría

establecer una trayectoria hacia Júpiter y ser

rescatado.

Júpiter no era, ni lo sería nunca, habitable.

Como los demás planetas situados más allá de las

órbitas asteroidales, era una masa helada de

metano y amoníaco; pero sus cuatro mayores

satélites estaban repletos de ciudades y de

poblaciones, ahora en guerra con los Planetas

Interiores. Sería un prisionero de guerra, pero

podría seguir con vida para ajustar cuentas con el

Vorga-T: 1339.

Foyle inspeccionó la sala de máquinas del

Nomad. Quedaba combustible de Alto-Empuje en

los tanques, y uno de los cuatro cohetes de popa

estaba todavía en buen uso. Encontró los

manuales de la sala de máquinas y los estudió.

Reparó la conexión entre los tanques de

combustible y la única cámara de encendido del

cohete. Los tanques estaban en el lado soleado

del pecio y por tanto el calor que recibían los

mantenía por encima del punto de congelación.

El Alto-Empuje seguía siendo líquido, pero no

fluiría: en caída libre no hay gravedad que empuje

al combustible a bajar por los conductos.

Foyle estudió un manual espacial y aprendió

algo acerca de la gravedad teórica. Si podía hacer

que el Nomad girase sobre sí mismo, la fuerza

centrífuga proporcionaría la suficiente gravedad a

la nave como para que el combustible fluyese

hasta la cámara de combustión del cohete. Si

pudiera encender esa cámara de combustión, el

empuje desigual del único cohete imprimiría un

movimiento giratorio al Nomad.

Pero no podía disparar el cohete sin tener

antes el giro; y no podía conseguir el giro sin

antes disparar el cohete.

Logró imaginar una forma en que salir de

este círculo vicioso; estaba inspirado por el

Vorga.

Foyle abrió la válvula de vaciado de la

cámara de combustión del cohete y la llenó

trabajosamente con combustible llevado a mano.

Había cebado la bomba. Ahora, si encendía el

combustible, ardería el tiempo suficiente como

para iniciar el giro y conseguir gravedad.

Entonces comenzaría el flujo desde los tanques,

y el cohete seguiría en marcha.

Probó con cerillas.

Las cerillas no arden en el vacío del

espacio.

Probó con pedernal y acero.

Las chispas no brillan en el cero absoluto

del espacio.

Pensó en filamentos al rojo.

No tenía energía eléctrica de ninguna clase a

bordo del Nomad con la que poner un filamento

al rojo.

Encontró textos y leyó. Aunque se

desmayaba a menudo, y estaba cerca de un

colapso completo, pensó y planeó. Estaba

inspirado hasta la grandeza por el Vorga.

Foyle trajo hielo de los congelados tanques

de la despensa, los fundió con su propio calor

corporal, y añadió el agua a la cámara de

combustión del cohete. El combustible y el agua

no eran miscibles, no se mezclaron. El agua flotó

en una delgada capa sobre el combustible.

Del almacén de productos químicos, Foyle

trajo una astilla de sodio metálico puro. Introdujo

la astilla a través de la válvula abierta. El sodio se

incendió cuando tocó el agua y ardió,

desprendiendo un gran calor. El calor prendió el

Alto-Empuje, que ardió con una llamita en la

válvula. Foyle cerró dicha válvula con una llave

inglesa. La ignición se mantuvo en la cámara, y el

solitario cohete de popa escupió llamas con una

vibración silenciosa que estremeció a la nave.

El asimétrico empuje del cohete hizo que el

Nomad iniciara un lento giro. El impulso rotativo

proporcionó una débil gravedad. Volvió el peso.

Los restos flotantes que se arracimaban dentro

del casco cayeron hacia las cubiertas, paredes y

techos; la gravedad hizo que el combustible

siguiera alimentando a la cámara de combustión

desde los tanques.

Foyle no perdió tiempo en gritar su alegría.

Abandonó la sala de máquinas y corrió en una

prisa desesperada para efectuar una observación

final desde el puente. Esta le diría si el Nomad

llevaba una trayectoria que lo sumergiría

locamente en el espacio sin retorno o bien un

curso hacia Júpiter y el rescate.

La débil gravedad hacia que casi le resultara

imposible arrastrar el tanque de aire. El repentino

empujón de la aceleración desprendió masas de

restos que volaron hacia atrás a través del

Nomad. Mientras luchaba por subir las escaleras

que llevaban al puente, los restos de este llegaron

flotando por el corredor y le golpearon. Fue

atrapado por aquella avalancha en el espacio,

empujado a todo lo largo del corredor vacío, y

aplastado contra la pared de la despensa con un

impacto que le hizo perder su último asidero a la

consciencia. Se encontró sumergido por media

tonelada de restos, incapacitado, casi sin vida,

pero aún deseando vengarse.

—¿Quién eres?

—¿De dónde vienes?

—¿Dónde estás?

—¿Adonde vas?

Dos

Entre Marte y Júpiter se extiende el amplio

cinturón de los asteroides. De los millares de

ellos, conocidos y desconocidos, el más

distintivo en aquel Siglo Deforme era el

Asteroide

Sargazo,

un

pequeño

planeta

manufacturado con rocas naturales y restos

recogidos por sus habitantes en el curso de

doscientos años.

Eran salvajes, los únicos salvajes del siglo

veinticuatro;

descendientes

de

un

grupo

investigador compuesto por científicos que se

habían perdido y habían quedado náufragos en el

cinturón de asteroides dos siglos antes, cuando

se había averiado su nave. Para cuando fueron

redescubiertos sus descendientes, se habían

fabricado un mundo y creado una cultura propia,

y prefirieron permanecer en el espacio,

recuperando y despojando, y practicando una

bárbara imitación del método científico que

recordaban de sus antepasados. Se llamaban a sí

mismos el Pueblo Científico. El Mundo se

olvidó rápidamente de ellos.

La nave Nomad giró a través del espacio, en

una trayectoria que no la llevaba ni hacia Júpiter

ni hacia las lejanas estrellas, sino vagando a

través del cinturón asteroidal en la lenta espiral

de un animal moribundo. Pasó a un par de

kilómetros del Asteroide Sargazo, y fue

capturada

inmediatamente

por

el

Pueblo

Científico para ser incorporada a su pequeño

planeta. Hallaron a Foyle.

Se despertó una sola vez mientras estaba

siendo llevado en triunfo sobre una litera a lo

largo de los pasajes naturales y artificiales del

interior del planeta caníbal. Estaban construidos

con metal meteórico, con piedras y con planchas

de casco. Algunas de las planchas todavía

llevaban nombres olvidados hacía tiempo por la

historia de la navegación espacial: Indus Queen,

Tierra; Syrtus Rambler, Marte; Circo de Tres

Pistas, Saturno. Los pasajes llevaban a grandes

estancias, almacenes, apartamentos y casas, todo

ello construido de naves rescatadas cementadas

al asteroide.

En rápida sucesión, Foyle fue llevado a

través de un antiguo lanchón de Ganímedes, un

perforador de hielos de Lassell, la falúa de un

capitán, un transporte de combustible del siglo

XXII cuyos tanques de cristal todavía estaban

repletos de humeante combustible para cohete.

Dos siglos de salvamentos estaban reunidos en

aquel

panal:

armerías,

librerías,

museos,

almacenes de maquinaria, herramientas, bebidas,

vituallas,

productos

químicos,

productos

sintéticos y sucedáneos.

Una multitud que rodeaba la litera aullaba

triunfalmente.

—¡Excipiente! —gritaban.

Un coro femenino inició un excitado balar:

Bromuro de amonio... 1,50 gr.

Bromuro de potasio... 3,00 gr.

Bromuro de sodio... 2,00 gr.

Ácido cítrico... Excipiente c.s.

—¡Excipiente! —gritó el Pueblo Científico

—. ¡Excipiente!

Foyle se desmayó.

Se despertó de nuevo. Lo habían sacado del

traje espacial. Estaba en el invernadero del

asteroide, en el que se cultivaban plantas para que

produjeran oxígeno puro. El casco, de un

centenar de metros de largo, de un viejo carguero

de mineral formaba la estancia, y una de las

paredes había sido substituida totalmente por

portillos salvados: portillos redondos, portillos

cuadrados, romboides, hexagonales... portillos de

toda época y tipo habían sido introducidos en la

pared hasta que en toda su gran extensión no era

sino una loca vidriera llena de luz.

El distante Sol relucía a su través; el aire era

caliente y húmedo. Foyle paseó la mirada a su

alrededor. Una faz diabólica lo contemplaba. Las

mejillas, la barbilla, la nariz y los párpados

estaban horriblemente tatuados como una antigua

máscara maorí. A lo ancho de su frente estaba

tatuada la palabra J♂seph. La “O” de J♂seph tenía

una pequeña flecha surgiendo de la parte superior

derecha, convirtiéndola en el símbolo de Marte,

usado por los científicos para designar el sexo

masculino.

—Somos la Raza Científica —dijo J♂seph

—. Yo soy J♂seph; este es mi pueblo.

Señaló con un gesto. Foyle contempló la

sonriente multitud que rodeaba su litera. Todos

los rostros estaban convertidos en máscaras

diabólicas por los tatuajes. Todas las frentes

tenían nombres inscritos en ellas.

—¿Cuánto tiempo estuvo errante? —

preguntó J♂seph.

—Vorga —murmuró Foyle.

—Es usted el primero que llega con vida en

cincuenta años. Es usted un hombre muy

poderoso. Mucho. La supervivencia del más apto

es la doctrina del Sagrado Darwin. Muy

científico.

—¡Excipiente! —aulló la multitud.

J♂seph tomó la muñeca de Foyle en la

forma en que un doctor toma el pulso. Su

diabólica boca contó solemnemente hasta

noventa y ocho.

—Su pulso: noventa y ocho coma seis —

dijo J♂seph, sacando un termómetro y

agitándolo reverentemente—. Muy científico.

—¡Excipiente! —dijo el coro.

J♂seph tomó un Erlenmeyer. Tenía una

etiqueta que decía: Pulmón, gato, hematoxilina y

eosina.

—¿Vitamina? —inquirió J♂seph.

Cuando Foyle no le respondió, J♂seph

extrajo una enorme píldora del frasco, la colocó

en la cazoleta de una pipa y la encendió. Dio una

chupada e hizo un gesto. Tres muchachas

aparecieron ante Foyle. Sus rostros estaban

horriblemente tatuados. En cada frente había un

nombre: J♀an y M♀ira y P♀lly. La “O” de cada

nombre tenía una pequeña crucecita en la base.

—Escoja —dijo J♂seph—. El Pueblo

Científico practica la Selección Natural. Sea

científico en su elección. Sea genético.

Cuando Foyle se desmayó de nuevo, su

brazo cayó de la litera y rozó a M♀ira.

—¡Excipiente!

Estaba en una habitación circular con un

techo en forma de domo. La sala estaba llena de

herrumbrosos aparatos antiguos: una centrífuga,

una mesa de operaciones, un fluoroscopio

destruido, autoclaves, cajas de instrumentos

quirúrgicos corroídos.

Ataron a Foyle en la mesa de operaciones

mientras se debatía y gritaba. Lo alimentaron. Lo

afeitaron y lo bañaron. Dos hombres comenzaron

a dar vueltas a la antigua centrífuga, a mano.

Emitió un golpeteo rítmico similar al tamborileo

de un tambor de guerra. Los reunidos

comenzaron a patear y a cantar.

Encendieron la antigua autoclave. Hirvió y

emitió géiseres, llenando la sala con aullante

vapor. Encendieron el antiguo fluoroscopio.

Estaba cortocircuitado y escupió silbantes

relámpagos de luz a lo largo de la humeante sala.

Una figura de tres metros se alzó sobre la

mesa. Era J♂seph sobre zancos. Llevaba un gorro

de cirujano, una máscara de cirujano y una bata de

cirujano que colgaba desde sus hombros hasta el

suelo. La bata estaba recargada de bordados

hechos con hilo negro y rojo que ilustraban

secciones anatómicas del cuerpo. J♂seph era un

cárdeno tapiz surgido de un libro de cirugía.

—¡Te pronuncio Nomad! —entonó J♂seph.

El rugido se hizo atronador. J♂seph decantó

una oxidada lata sobre el cuerpo de Foyle. Se

notó un olor a éter.

Foyle perdió las briznas de conciencia y la

obscuridad lo envolvió. De esta obscuridad

surgió

el Vorga-T:1339 una y otra vez,

acelerando en una trayectoria hacia el Sol que

pasaba por la sangre y cerebro de Foyle hasta que

no pudo evitar gritar en silencio, pidiendo

venganza.

Estaba vagamente consciente de que lo

lavaban y lo alimentaban, y de pateos y cánticos.

Al fin se despertó a un intervalo de lucidez. Había

silencio. Estaba en la cama. La muchacha, M♀ira,

estaba en la cama con él.

—¿Quién es usted? —graznó Foyle.

—Tu esposa, Nomad.

—¿Qué?

—Tu esposa. Tú me escogiste, Nomad.

Somos gametos.

—¿Qué?

—Apareados científicamente —dijo con

orgullo M♀ira; se alzó la manga del camisón y le

enseñó el brazo; estaba desfigurado por cuatro

cicatrices de feo aspecto—. He sido inoculada

con algo antiguo, algo nuevo, algo prestado y

algo azul

Foyle se esforzó por salir de la cama.

—¿Dónde estamos?

—En nuestra casa.

—¿Qué casa?

—La tuya. Eres uno de nosotros, Nomad.

Tendrás que casarte cada mes y procrear muchos

hijos. Esto será científico. Pero yo soy la

primera.

Foyle la ignoró y comenzó una exploración.

Estaba en el camarote principal de un pequeño

cohete de principios de los años 2300... que en

otro tiempo había sido un yate privado. El

camarote principal había sido transformado en

dormitorio.

Trastabilló hasta los portillos y miró a su

través. El yate estaba unido a la masa del

asteroide, conectado por pasajes al cuerpo

principal. Fue a popa. Dos camarotes más

pequeños estaban repletos de plantas productoras

de oxígeno. La sala de máquinas había sido

transformada en cocina. Aún había Alto-Empuje

en los tanques de combustible, pero tan solo

alimentaba los quemadores de una pequeña

cocina situada sobre las cámaras de combustión

de los cohetes. Foyle fue hacia popa. La cabina

de control era ahora un saloncito, pero los

controles seguían operando.

Pensó.

Regresó a popa y desmanteló la cocina.

Volvió a conectar los tanques de combustible a

las cámaras de combustión originales. M♀ira lo

seguía curiosa.

—¿Qué estás haciendo, Nomad?

—Tengo que salir de aquí, muchacha —

murmuró Foyle—. Tengo un asunto pendiente,

yo, con una nave llamada Vorga. ¿Me entiendes,

muchacha? Voy a salir pitando con este bote, yo;

eso es todo.

M♀ira retrocedió alarmada. Foyle vio la

mirada de sus ojos y saltó hacia ella. Estaba tan

débil que ella lo evitó con facilidad. Abrió la

boca y lanzó un grito penetrante. En aquel

momento, un tremendo clamor llenó la lancha;

eran J♂seph y su demoníaco Pueblo Científico,

golpeando el casco metálico, en el ritual de la

cencerrada científica dedicada a los recién

casados.

M♀ira chilló y fintó mientras Foyle la

perseguía pacientemente. La atrapó en un rincón,

le desgarró el camisón y la ató y la amordazó con

él. M♀ira hacía el suficiente ruido como para

partir en dos el asteroide, pero la cencerrada

científica era aún más atronadora.

Foyle terminó la reparación chapucera de la

sala de máquinas; ahora ya casi era un experto.

Asió a la muchacha, que se debatía, y la llevó

hasta la compuerta principal.

—Parto —gritó en el oído de M♀ira—.

Despego. Vuelo con el cohete lejos del

asteroide. Será un infernal golpe, muchacha. Tal

vez todos muráis, vosotros. Todo saltará en

pedazos. Cualquiera sabe lo que va a pasar. Ya no

habrá aire. Ya no habrá asteroide. Ve a decírselo.

Estoy calentando los motores. Ve, muchacha.

Abrió la compuerta, echó a M♀ira fuera, la

cerró y la aseguró. La cencerrada finalizó

repentinamente.

En los controles, Foyle apretó el botón de

ignición. La sirena automática de despegue

comenzó un alarido que no había sonado en

décadas. Las cámaras de los cohetes se

encendieron con apagadas concusiones. Foyle

esperó a que la temperatura alcanzara el nivel de

disparo. Mientras esperaba, sufría. La lancha

estaba cementada al asteroide. Estaba rodeada

por piedra y hierro. Sus cohetes de popa estaban

al nivel del casco de otra nave unida a la masa. No

sabía lo que pasaría cuando los cohetes iniciaran

su empuje, pero el Vorga lo obligaba a

arriesgarse.

Encendió los cohetes. Se oyó una explosión

hueca cuando el Alto-Empuje surgió llameando

de la popa de la nave. La lancha se estremeció,

cabeceó, se calentó. Empezó a oírse un chirrido

metálico. Luego la lancha raspó hacia adelante.

El metal, la piedra y el cristal se despedazaron, y

la nave escapó del asteroide hacia el espacio.

La Armada de los Planetas Interiores lo

recogió a ciento cincuenta mil kilómetros de la

órbita de Marte. Tras siete meses de guerra

efectiva, las patrullas de los P.I. estaban alertas,

pero eran temerarias. Cuando la lancha no

contestó ni dio señales de reconocimiento,

debería haber sido destruida y las preguntas

hechas luego a los restos. Pero la lancha era

pequeña, y la tripulación del crucero ambicionaba

el dinero de la presa. Se acercaron y la

abordaron.

Encontraron a Foyle dentro, arrastrándose

como un gusano sin cabeza por entre un montón

de desperdicios de la nave y del mobiliario

hogareño. Estaba sangrando de nuevo, hinchado

por una gangrena maloliente, y un lado de su

cabeza estaba en carne viva. Lo llevaron a la

enfermería

del

crucero

y

cerraron

cuidadosamente con cortinas su tanque: Foyle no

era una visión agradable ni siquiera para los duros

estómagos de la marinería espacial.

Parchearon sus restos dentro del tanque

amniótico mientras completaban su turno de

vigilancia. Cuando regresaron a la Tierra, Foyle

recobró el conocimiento y burbujeó palabras que

comenzaban con V. Sabía que estaba salvado.

Sabía que sólo el tiempo se alzaba entre él y su

venganza. El enfermero de la nave lo oyó exultar

en su tanque y apartó las cortinas. Los ojos

peliculados de Foyle miraron hacia arriba. El

enfermero no pudo contener su curiosidad.

—¿Me escucha? —murmuró.

Foyle gruñó. El enfermero se inclinó más.

—¿Qué pasó? ¿Quién demonios le hizo eso?

—¿Qué? —graznó Foyle.

—¿No lo sabe?

—¿Qué? ¿Qué pasa?

—Espere un minuto, eso es todo.

El enfermero desapareció cuando jaunteó a

un almacén, y reapareció al lado del tanque cinco

segundos más tarde. Foyle se alzó saliendo del

fluido. Sus ojos ardían.

—Me vuelve la memoria. Parte de ella,

Jauntear. Yo no podía jauntear en el Nomad.

—¿Qué?

—Tenía la cabeza loca.

—Muchacho, no te quedó cabeza.

—No podía jauntear. Olvidé cómo hacerlo.

Lo olvidé todo. Todavía no puedo recordar

demasiado. Yo...

Retrocedió

aterrorizado

cuando

el

enfermero le presentó la imagen de una terrible

cara tatuada frente a él. Era una máscara maorí.

Las mejillas, la barbilla, la nariz y los párpados

estaban decorados con bandas y fiorituras. A lo

ancho de la frente se extendía la palabra N♂mad.

Foyle miró, y entonces emitió un alarido

agónico. La imagen estaba en un espejo. El rostro

era el suyo.

Tres

—¡Bravo, señor Harris! L-E-S, señores.

Nunca lo olviden. Localización. Elevación.

Situación. Esa es la única manera de recordar sus

coordenadas de jaunteo. Etre entre le marteau et

l'enclume. No jauntee aún, señor Peters. Aguarde

su turno. Sea paciente, todos serán clase C uno

por uno. ¿Alguien ha visto al señor Foyle? Ha

desaparecido. Oh, miren a ese glorioso trasto

marrón.

Escúchenlo.

Oh,

perdón,

estoy

emitiendo pensamientos por toda el área... ¿o he

estado hablando, caballeros?

—Mitad y mitad, señora.

—Me parece injusto. La telepatía en un sólo

sentido es un estorbo. Les ruego me disculpen

por ametrallarles con mis pensamientos.

—Nos gusta, señora. Sus pensamientos son

agradables.

—Muy amable, señor Gorgas. Está bien,

estudiantes; volvamos hacia la escuela y

empecemos de nuevo. ¿Ha jaunteado ya el señor

Foyle? Siempre lo pierdo de vista.

Robin Wednesbury estaba dirigiendo su

clase de reeducación en jaunteo en su periplo a

través de la ciudad de Nueva York, y era un

aprendizaje tan excitante para los casos

cerebrales como lo era para los niños de su clase

primaria. Trataba a los adultos como niños y eso

les complacía. Durante los últimos meses habían

estado memorizando las plataformas de jaunteo

en las intersecciones de las calles, cantando: “L-

E-S, señora. Localización. Elevación. Situación.”

Robin era una alta y bella muchacha negra,

brillante y educada, pero coartada por el hecho de

ser una telemisora, un telépata en un solo

sentido. Podía emitir sus pensamientos a todo el

Mundo, pero no podía recibir ninguno. Esta era

una desventaja que le cerraba el paso a otras

profesiones más atractivas, pero que le servia

para enseñar. A pesar de su temperamento volátil,

Robin Wednesbury era una perfecta y metódica

instructora de jaunteo.

Los hombres fueron llevados del Hospital

General de Guerra a la escuela de jaunteo, que

ocupaba un edificio completo en el Puente de

Hudson, en la calle 42. Partieron de la escuela y

marcharon formando un cocodrilo perezoso

hasta la vasta plataforma de jaunteo de Times

Square, que memorizaron seriamente. Entonces

jauntearon todos hasta la escuela y otra vez a

Times Square. El cocodrilo se formó otra vez y

marcharon

hasta

Columbus

Circle

y

memorizaron

sus

coordenadas.

Entonces

jauntearon hacia la escuela a través de Times

Square y volvieron por la misma ruta a Columbus

Circle. Una vez más se formó el cocodrilo y

caminaron hasta la Grand Army Plaza para repetir

la memorización y el jaunteo.

Robin estaba reeducando a los pacientes

(todos habían perdido el poder de jauntear debido

a lesiones en la cabeza) para que aprendieran las

paradas express, por decirlo así, de las

plataformas de jaunteo públicas. Más tarde

memorizarían las paradas locales en las

intersecciones de las calles. Mientras se

expandían sus horizontes (y retornaban sus

poderes) memorizarían estaciones de jaunteo en

círculos cada vez más amplios, limitados tanto

por sus presupuestos como por su habilidad; pues

una cosa era cierta: uno tenía necesariamente que

ver un lugar para memorizarlo, lo que quería

decir que uno tenía primero que pagar el

transporte que lo llevase allí. Ni siquiera servían

las fotos tridimensionales. Los viajes de placer

habían tomado un nuevo significado para los

ricos.

—Localización. Elevación. Situación —

enseñaba Robin Wednesbury, y la clase jaunteaba

por estaciones express desde Washington

Heights hasta el Puente del Hudson, y de regreso

en saltos de entrenamiento de medio kilómetro

cada uno, siguiendo atentamente a su adorable

profesora negra.

El pequeño sargento especialista con el

cráneo de platino habló de pronto en el idioma de

los bajos fondos:

—Pero no es elevación, compañera.

Estamos en el suelo, nosotros.

—No hay, sargento Logan. No hay estaría

mejor dicho. Les ruego que me perdonen. El

enseñar se convierte en un hábito y hoy estoy

teniendo problemas con el control de mis

pensamientos. Las noticias de la guerra han sido

tan malas... Usaremos la Elevación cuando

comencemos a estudiar las estaciones en lo alto

de los rascacielos, sargento Logan.

El hombre con el cráneo reconstruido

digirió esto, y luego preguntó:

—La oímos cuando piensa, ¿es cierto,

usted?

—Exactamente.

—¿Pero usted no nos oye a nosotros?

—Nunca. Soy telépata en un solo sentido.

—¿Todos la oímos, o yo solo, eso es todo?

—Eso depende, sargento Logan. Cuando me

estoy concentrando, tan solo aquel en quien

estoy pensando; cuando divago, todos y

cualquiera... pobrecillos. Excúseme —Robin se

giró y llamó—: No dude antes de saltar. Primero

Harris. Eso hace empezar a dudar, y el dudar

termina con el jaunteo. Tan sólo dé un paso al

frente y salga disparado.

—A veces me preocupa, señora —contestó

un sargento primero con la cabeza vendada;

obviamente, está remoloneando en el borde de la

plataforma de jaunteo.

—¿Le preocupa? ¿El qué?

—Quizás haya alguien en el sitio al que yo

llegue. Entonces habría un verdadero Infierno de

explosión, señora. Perdóneme.

—Pero si ya se lo he explicado más de cien

veces. Los expertos han calculado cada una de las

plataformas de jaunteo del Mundo para que

puedan acomodar el tráfico de las horas punta. Es

por esto por lo que las privadas son pequeñas,

mientras que la estación de Times Square tiene

doscientos metros de ancho. Todo esto ha sido

estudiado matemáticamente y no hay más que una

posibilidad entre diez millones de una llegada

simultánea. Esa es una posibilidad inferior a la

que tenemos cualquiera a morir en un accidente

de avión.

El vendado subalterno agitó dubitativamente

la cabeza y subió a la plataforma. Era de cemento

blanco, redonda y decorada con brillantes dibujos

blancos y negros que servían como ayuda para la

memoria. En el centro había una placa iluminada

que proclamaba su nombre y las coordenadas

jáunticas de latitud, longitud y elevación.

En el momento en que el hombre vendado

estaba acopiando coraje para su primer jaunteo,

la plataforma comenzó a parpadear con un

repentino aluvión de llegadas y partidas. Las

figuras aparecían momentáneamente mientras

llegaban

jaunteando,

dudaban

mientras

comprobaban los alrededores y escogían nuevas

coordenadas, tras lo cual desaparecían de nuevo

al irse jaunteando. A cada desaparición se oía un

débil “pop” mientras el aire desplazado se

precipitaba al espacio previamente ocupado por

el cuerpo.

—Esperen —advirtió Robin—. Hay una

acumulación de tráfico. Salgan todos de la

plataforma, por favor.

Trabajadores ataviados con pesadas ropas de

trabajo, todavía salpicadas de nieve, se dirigían

hacia el sur a sus hogares tras una jornada en los

bosques del norte. Cincuenta empleados de una

lechería, vestidos de blanco, se dirigían hacia St.

Louis. Seguían la mañana desde la zona de tiempo

del Este a la zona del Pacífico. Y de la

Groenlandia oriental, donde ya era el mediodía,

llegaba una borda de oficinistas hasta Nueva

York, pues era su hora de comida.

La acumulación duró tan solo unos

momentos.

—De

acuerdo

—dijo

Robin—.

Continuaremos. Vaya, ¿dónde está el señor

Foyle? Siempre parece faltar.

—Con una cara como la que tiene, no puede

acusarle por esconderla, señora. Allá en el

hospital cerebral le llamábamos Mascarón.

—¿Verdad que se le ve horroroso, sargento

Logan? ¿No pueden quitarle esas señales?

—Están tratando, señorita Robin, pero aún

no saben cómo hacerlo. Se llaman “tatuajes” y

hace tiempo que fueron olvidados, eso es todo.

—¿Y cómo adquirió el señor Foyle su

rostro?

—Nadie lo sabe, señorita Robin. Está allá en

cerebral porque perdió la cabeza, él. No puede