Tigre, Tigre por Alfester - muestra HTML

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recordar nada. Yo, en persona, si tuviera una cara

como esa tampoco querría recordar nada.

—Es una pena. Se le ve horrible. Sargento

Logan, ¿supone acaso que pueda haber dejado

escapar un pensamiento acerca del señor Foyle y

herido sus sentimientos?

El pequeño hombre con el cráneo de platino

consideró el asunto.

—No, señora. No podría herir los

sentimientos de nadie, usted. Y Foyle no tiene

nada que herir, él. Es tan solo un gran buey tonto,

eso es todo.

—Tengo que ser tan cuidadosa, sargento

Logan. ¿Sabe?, a nadie le gusta saber lo que otra

persona

piensa

verdaderamente

de

él.

Imaginamos que lo sabemos, pero no lo sabemos.

Esta telemisión mía hace que me aborrezcan. Y

que me dejen sola. Yo... por favor, no me

escuchen. Tengo dificultades en controlar mi

pensamiento. ¡Ah! Aquí está usted, señor Foyle.

¿Por dónde ha estado escondido?

Foyle había jaunteado a la plataforma y bajó

de ella silenciosamente, evitando mostrar su

horrible rostro.

—Practicando, yo —murmuró.

Robin reprimió el estremecimiento de

revulsión que la recorrió y se le acercó con

cordialidad. Lo tomó por el brazo.

—Debería estar con nosotros más tiempo.

Somos todos amigos y lo estamos pasando muy

bien. Únase a nosotros.

Foyle no quiso encontrar su mirada.

Mientras retiraba hoscamente el brazo, Robin se

dio cuenta repentinamente de que la manga estaba

empapada. Todo su uniforme del hospital estaba

empapado.

—¿Mojado? Ha estado en alguna parte en

que llovía. Pero he visto los informes del tiempo

de esta mañana. No hay lluvia al este de St. Louis.

Así que tiene que haber jaunteado más allá. Pero

se supone que no puede. Se supone que ha

perdido toda la memoria y la habilidad de

jauntear. Nos está engañando.

Foyle saltó sobre ella.

—¡Cállese, usted! —la salvaje expresión de

su rostro era aterrorizadora.

—Entonces, nos está engañando.

—¿Qué es lo que sabe?

—Que es usted tonto. Deje de hacer una

escena.

—¿La oyeron?

—No lo sé. Déjeme —Robin se apartó de

Foyle—. De acuerdo, ya hemos terminado por

hoy. Todos de vuelta a la escuela para ir a coger

el autobús del hospital. Usted jauntea el primero,

sargento Logan. Recuerde: L-E-S. Localización.

Elevación. Situación...

—¿Qué es lo que quiere? —gruñó Foyle—.

¿Hacerme chantaje?

—Cállese. Deje de hacer una escena. No

lo dude ahora. Subalterno Harris. Dé un paso y

jauntee.

—Quiero hablar con usted.

—Naturalmente que no. Espere su turno,

señor Peters. No tenga tanta prisa.

—¿Va a dar parte de mí al hospital?

—Naturalmente.

—Quiero hablar con usted.

—No.

—Ya se han ido ahora, todos. Tenemos

tiempo. La veré en su apartamento.

—¿Mi

apartamento?

—Robin

estaba

verdaderamente asustada.

—En Green Bay, Wisconsin.

—Esto es absurdo. No tengo nada que

discutir con este...

—Tiene mucho, señorita Robin. Tiene una

familia que discutir.

Foyle sonrió ante el terror que ella

irradiaba.

—La veré en su apartamento —repitió.

—No puede saber dónde está —tartamudeó.

—Se lo acabo de decir, ¿no es así?

—U... usted no puede de ninguna manera

jauntear tan lejos. Usted...

—¿No? —la máscara sonrió—. Usted

misma acaba de decir que los estaba engañando.

Usted dijo la verdad, usted. Tenemos media hora.

La veré allí.

El apartamento de Robin Wednesbury estaba

situado en un tremendo edificio solitario situado

junto a la orilla de Green Bay. La casa de

apartamentos se veía como si un mago la hubiese

tomado del área residencial de una ciudad y

abandonado en medio de los pinos de Wisconsin.

Los edificios como éste eran lo común en un

Mundo que jaunteaba. Con instalaciones de

energía autosuficientes para proporcionar el

calor y la luz, y el jaunteo para resolver el

problema

del

transporte,

las

viviendas,

individuales o múltiples, eran construidas en el

desierto, en los bosques y en las montañas.

El apartamento en sí mismo era un piso de

cuatro habitaciones, bien aislado para proteger a

los vecinos de las telemisiones de Robin. Estaba

abarrotado de libros, música, pinturas y

grabados... todo ello evidencia de la culta y

solitaria vida de esta desafortunada telépata en el

sentido equivocado.

Robin jaunteo al cuarto de estar del

departamento algunos segundos después de

Foyle, que la estaba esperando con feroz

impaciencia.

—Así que ahora ya lo sabe seguro —

comenzó sin preámbulos; le asió un brazo en

forma dolorosa—. Pero no va a contar a nadie del

hospital acerca de mí, señorita Robin. A nadie.

—¡Déjeme ir! —Robin le golpeó en el

rostro—. ¡Bestia! ¡Salvaje! ¡No se atreva a

tocarme!

Foyle la soltó y dio un paso atrás. El

impacto de su revulsión lo hizo volverse,

enfadado, para ocultar su rostro.

—Así que ha estado engañándonos. Sabe

como jauntear. Ha estado jaunteando todo el

tiempo mientras pretendía aprenderlo en la clase

para principiantes... Dando grandes saltos por el

país, o por el mundo, yo qué sé.

—Sí. Voy desde Times Square al Columbus

Circus pasando por... por casi todas partes,

señorita Robin.

—Y es por eso por lo que siempre lo

echamos en falta. Pero, ¿por qué? ¿Por qué?

¿Qué es lo que quiere hacer?

La expresión de astucia de un poseído

apareció en la horrible faz.

—Estoy metido en el Hospital General, yo.

Es mi base de operaciones, ¿comprende? Estoy

arreglando algo, señorita Robin. Tengo una deuda

que pagar, yo. Tengo que encontrar dónde está

cierta nave. Ahora tengo que pagar una deuda. Yo

no te dejaré pudrir, Vorga. Yo te mataré, Vorga.

¡Te mataré lentamente!

Dejó de gritar y la contempló con salvaje

triunfo. Robin retrocedió alarmada.

—Por la gracia de Dios, ¿de qué está

hablando?

—Vorga. Vorga-T:1339. ¿Oyó alguna vez

hablar de ella, señorita Robin? Hallé de dónde era

por el registro de naves de Bo'ness & Uig.

Bo'ness & Uig están en SanFran. Fui allí, yo,

cuando usted nos estaba enseñando las

plataformas de jaunteo del centro. Fui a SanFran,

yo. Encontré al Vorga, yo. Está en el dique de

Vancouver. Es propiedad de Presteign de los

Presteign. ¿Ha oído hablar de él, señorita Robin?

Presteign es el hombre más grande de la Tierra,

eso es todo. Pero no me detendré. Mataré a

Vorga lentamente. Y usted tampoco me detendrá,

señorita Robin.

Foyle aproximó su rostro al de ella.

—Porque me cubro, señorita Robin. Cubro

todos los puntos débiles de la línea. Tengo algo

contra cada uno de los que pueden detenerme

antes de que mate a Vorga... incluyéndola a

usted, señorita Robin.

—No.

—Sí. Encontré dónde vivía. Lo saben en el

hospital. Vine aquí y di una ojeada. Leí su diario,

señorita Robin. Tiene una familia en Calisto,

madre y dos hermanas.

—¡Por Dios!

—Así que eso la convierte en una ciudadana

de un beligerante enemigo. Cuando comenzó la

guerra, usted y todos los demás tuvieron un mes

para salir de los Planetas Interiores e irse a casa.

Los que no lo hicieron se convirtieron en espías,

según la ley —Foyle abrió la mano—. La tengo

aquí, muchacha —cerró la mano.

—Mi madre y mis hermanas han estado

tratando de salir de Calisto desde hace un año y

medio. Somos de aquí. Nosotras...

—La tengo aquí —repitió Foyle—. ¿Sabe lo

que les hacen a los espías?: Les sacan

informaciones. La despedazarían, señorita Robin.

La desmontarían pieza a pieza...

La muchacha negra aulló. Foyle asintió

sonriente y la asió por los hombros.

—La tengo; eso es todo, muchacha. Ni

siquiera puede escapar de mí, porque todo lo que

tengo que hacer es informar a Inteligencia y, ¿qué

le pasaría? No hay nada que nadie pueda hacer

para detenerme; ni siquiera en el hospital, ni aún

el mismo Sagrado y Poderoso Señor Presteign

de los Presteign.

—Salga, sucia, horrorosa... cosa, ¡Salga!

—¿No le gusta mi cara, señorita Robin?

Tampoco puede hacer nada contra eso.

Repentinamente la tomó en sus brazos y la

llevó a un sofá. La arrojó contra él.

—Nada —repitió.

Dedicado

al

principio

del

derroche

conspicuo en el que se basa toda la sociedad,

Presteign de los Presteign había equipado su

mansión victoriana en el Central Park con

elevadores, teléfonos, montaplatos y todos los

otros aparatos que hacen fácil el trabajo que el

jaunteo había hecho pasar de moda. Los

sirvientes de aquel gigantesco castillo caminaban

obligatoriamente de habitación en habitación,

abriendo y cerrando las puertas y subiendo las

escaleras.

Presteign de los Presteign se levantó, se

vistió con la asistencia de su ayuda de cámara, y

su barbero lo acicaló; descendió al salón de las

mañanas con la ayuda de un ascensor y desayunó,

asistido por un mayordomo, un lacayo y

camareras. Abandonó el salón de las mañanas y

entró en su estudio. En una época en la que los

sistemas de comunicación estaban prácticamente

extintos, cuando era mucho más fácil el jauntear

directamente a la oficina de un hombre para una

discusión que el telefonear o el telegrafiar,

Presteign todavía mantenía una anticuada

centralita telefónica, con su operadora, en su

estudio.

—Póngame con Dagenham —dijo.

La operadora se atareó y al final logró línea

con la Dagenham Couriers Inc. Ésta era una

organización, valorada en un centenar de

millones de créditos, de empleados jaunteadores

que se garantizaba que realizaban cualquier

servicio, público o confidencial, para cualquier

cliente. Su tarifa era un crédito por kilómetro.

Dagenham garantizaba el que uno de sus correos

podía dar la vuelta al Mundo en ochenta minutos.

Ochenta segundos después de la llamada de

Presteign un correo de Dagenham apareció en la

plataforma privada de jaunteo situada fuera de la

mansión, y fue identificado y admitido a través

del laberinto a prueba de jaunteos situado tras la

entrada. Como cada uno de los miembros de la

plantilla de Dagenham, era un jaunteador de clase

M, capaz de teleportarse un millar de kilómetros

por salto, indefinidamente, y familiarizado con

millares de coordenadas de jaunteo. Era además

un especialista en trapacerías y marrullerías,

entrenado hasta lograr la incisiva eficiencia y

arrojo que caracterizaba a los Correos de

Dagenham y que reflejaba la falta de escrúpulos

de su fundador.

—¿Presteign? —dijo, sin perder tiempo en

protocolos.

—Quiero alquilar a Dagenham.

—Estoy dispuesto, Presteign.

—No a usted. Quiero a Saúl Dagenham en

persona.

—El señor Dagenham ya no presta servicios

personales por menos de 100.000 créditos.

—El total será cinco veces superior.

—¿Honorarios o porcentaje?

—Ambos. Un cuarto de millón de

honorarios, y un cuarto de millón garantizado

como adelanto del diez por ciento de la cantidad

total arriesgada.

—Aceptado. ¿El asunto?

—Piros.

—Deletréelo.

—¿No significa nada ese nombre para

usted?

—No.

—Bien. Dagenham sabrá de qué hablo.

Piros. P mayúscula, I, R, O, S. Dígale a

Dagenham que hemos localizado el Piros. Lo

contrato para conseguirlo... a cualquier costo... a

través de un hombre llamado Foyle. Gulliver

Foyle.

El correo sacó una pequeña perla plateada,

una unidad de memoria, repitió ante ella las

instrucciones de Presteign y partió sin más

palabras. Presteign se volvió hacia su telefonista.

—Póngame con Regis Sheffield —ordenó.

Diez minutos más tarde le habían

comunicado con la oficina del abogado Regis

Sheffield, y un joven pasante apareció en la

plataforma de jaunteo particular de Presteign, y

fue revisado y admitido a través del laberinto. Era

un joven despierto de rostro brillante y con la

expresión de un conejo alegre.

—Perdone el retraso, Presteign —dijo—.

Recibimos su llamada en Chicago, y soy tan solo

un clase D de quinientos kilómetros. Me llevó un

tiempo llegar hasta aquí.

—¿Lleva su jefe un caso en Chicago?

—En Chicago, Nueva York y Washington.

Ha estado jaunteando de juzgado en juzgado toda

la mañana. Lo suplimos cuando estaba en otra

corte.

—Deseo contratarlo.

—Nos honra, Presteign, pero el señor

Sheffield está realmente ocupado.

—No lo bastante para Piros.

—Lo siento, señor; pero no acabo de...

—No, usted no lo comprende, pero

Sheffield lo entenderá. Dígale tan solo: Piros, y

el montante de sus honorarios.

—¿Qué serán...?

—Un cuarto de millón de entrada y un

cuarto de millón garantizado contra el diez por

ciento de la cantidad total arriesgada.

—¿Qué es lo que se espera del señor

Sheffield?

—El preparar todos los trucos legales

conocidos para raptar a un hombre y retenerlo

contra el ejército, la marina y la policía.

—Bien. ¿Quién será el hombre?

—Gulliver Foyle.

El pasante murmuró rápidas notas en una

perla memorizadora, se la colocó en el oído,

escuchó, asintió y partió. Presteign abandonó el

estudio y ascendió por las lujosas escaleras hasta

el aposento de su hija para ofrecerle su saludo

matutino.

En las casas de los ricos, las habitaciones de

los miembros femeninos de la familia eran

ciegas, sin ventanas o puertas, abiertas tan solo al

jaunteo de los miembros íntimos de la familia.

Así se mantenía la moralidad y se defendía la

castidad. Pero como Olivia Presteign era a su vez

realmente ciega, ella no podía jauntear.

Consecuentemente, a su estancia se entraba por

puertas cuidadosamente vigiladas por sirvientes

de confianza ataviados con los colores del clan

de los Presteign.

Olivia Presteign era maravillosamente

albina. Su cabello era seda blanca, su piel blanco

satén, sus uñas, sus labios y sus ojos eran de

coral. Era bella y extrañamente ciega, pues podía

ver tan sólo los infrarrojos, de las bandas de los

7500 Angstrom a un milímetro. Veía las ondas

caloríferas, los campos magnéticos, las ondas

radiales, el radar, el sonar y los campos

electromagnéticos.

Se acababa de levantar y se hallaba en el

vestidor de sus aposentos. Se sentaba en un sillón

cubierto de brocados, sorbiendo té, guardada por

su dueña, celebrando su audiencia y hablando con

una docena de hombres y mujeres que estaban en

pie a su alrededor. Parecía una exquisita estatua

de mármol y coral, brillándole los ojos mientras

veía y al mismo tiempo no lo hacía.

Veía la habitación como un flujo pulsante de

emanaciones caloríferas que iban desde calientes

brillos a frías sombras. Veía las cegadoras tramas

magnéticas de los relojes, teléfonos, luces y

cerraduras. Veía y reconocía la gente por las

configuraciones características del calor radiado

por sus rostros y cuerpo. Veía, alrededor de cada

cabeza, un aura de la débil emanación

electromagnética del cerebro y, chisporroteando

a través de la radiación calorífica de cada cuerpo,

la siempre cambiante tonalidad de los músculos y

nervios.

A Presteign no le importaban los artistas,

músicos y otros bohemios que Olivia mantenía a

su alrededor, pero le agradó ver a un puñado de

figuras de la alta sociedad aquella mañana. Había

un Sears-Roebuck, un Gillet, el joven Sidney

Kodak que un día sería el Kodak de Kodak, un

Houbigant, el Buick de Buick, y R. H. Macy XVI,

cabeza del poderoso clan Saks-Gimbel.

Presteign saludó a su hija y salió de casa.

Partió hacia el cuartel general de su clan, en el

99 de Wall Street, en una carroza tirada por

cuatro caballos y conducida por un cochero

asistido por un palafranero, ambos usando la

marca registrada de Presteign en rojo, negro y

azul. La negra “P” en un campo de escarlata y

cobalto era una de las marcas registradas más

antiguas y distinguidas en el registro social,

rivalizando con el “57” del clan Heinz y la “RR”

de la dinastía Rolls-Royce en antigüedad.

El cabeza del clan Presteign era ya familiar

a los jaunteadores neoyorquinos. De cabellos

gris acero, elegante, arrogante, impecablemente

vestido y cuidadoso en un estilo tradicional,

Presteign de Presteign era el epítome de los

elegidos sociales, pues estaba en una posición

tan exaltada que usaba cocheros, palafraneros,

mozos de cuadra, herreros y caballos para

realizar una función que los hombres ordinarios

resolvían jaunteando.

A medida que los hombres subían por la

escala de la sociedad, demostraban su posición

por su negativa a jauntear. Los recién adoptados

por un clan comercial viajaban en una costosa

bicicleta. Un miembro del clan en alza conducía

un coche deportivo. El jefe de un linaje era

transportado en una antigualla conducida por un

chofer, reliquia de los viejos tiempos, tal como

un Bentley, o un Cadillac, o un enorme Lagonda.

Un heredero que se encontrase en línea directa

de sucesión en la jefatura de un clan mantenía un

yate o un avión. Y Presteign de Presteign, cabeza

del clan Presteign, poseía carrozas, coches,

yates, aviones y trenes. Su posición en la

sociedad era tan excepcional que no había

jaunteado en los últimos cuarenta años.

Secretamente despreciaba a los bulliciosos

nuevos ricos tales como los Dagenhams y los

Sheffields, que aún jaunteaban sin avergonzarse

por ello.

Presteign entró en la fortaleza, en la que tan

solo se abrían aspilleras, que era el Castillo

Presteign. Estaba guardado y servido por su

famosa Guardia Jaunteadora, uniformada con los

colores del clan. Presteign caminó con el

pausado paso de un rey mientras entraba al son de

trompetas en su oficina. En realidad era más

grande que un rey, como un inoportuno empleado

gubernamental que esperaba audiencia descubrió

para su desmayo. El desafortunado hombre se

adelantó de la suplicante masa de peticionarios

cuando pasó Presteign.

—Señor Presteign —comenzó—. Soy del

Departamento de Impuestos, y tengo que verle

esta maña...

Presteign lo cortó con una gélida mirada.

—Hay millares de Presteign —declamó—.

A todos ellos se les da el título de Señor. Pero

yo soy Presteign de Presteign, jefe de la casa y

tribu, primero en la familia, y líder del clan. Se

me llama Presteign. No “señor” Presteign.

Presteign tan sólo.

Se giró y entró en su oficina, en donde sus

ayudantes lo saludaron a coro:

—Buenos días, Presteign.

Presteign saludó con la cabeza, sonrió su

sonrisa de basilisco, y se sentó en el trono tras su

escritorio, mientras la Guardia Jaunteadora hacía

sonar trompetas y atabales. Presteign hizo una

señal para que se iniciase la audiencia, mientras

el Maestresala se adelantaba con un pergamino.

Presteign desdeñaba las perlas memorizadoras y

todos los artefactos mecánicos de oficina.

—Informe sobre las empresas del clan

Presteign —entonó el Maestresala—. Acciones

ordinarias: alza -201 1/2, baja -201 1/4. Medias

de Nueva York, París, Ceilán, Tokio...

Presteign agitó irritadamente su mano. El

Maestresala se retiró, siendo substituido por el

Ujier Mayor.

—Otro señor Presto que ha de ser investido,

Presteign.

Presteign contuvo su impaciencia y pasó por

toda la tediosa ceremonia de aceptar el

juramento del cuatrocientos noventa y séptimo

señor Presto de la jerarquía de los Prestos del

clan Presteign, que dirigían las tiendas de la

división de venta al público de Presteign. Hasta

hacía poco, aquel hombre había tenido un rostro

y un cuerpo que le eran propios. Ahora, tras años

de cuidadosas pruebas e indoctrinación, había

sido elegido para unirse a los Prestos.

Tras seis meses de cirugía y psico-

condicionamiento, era idéntico a los otros

cuatrocientos noventa y seis señores Presto y al

retrato idealizado del señor Presto que colgaba

tras el estrado de Presteign... un bondadoso y

honesto hombre que se asemejaba a Abraham

Lincoln, un hombre que instantáneamente

inspiraba afecto y confianza. En todo el Mundo,

los compradores entraban en idénticas tiendas

Presteign y eran saludados por un director

idéntico: el señor Presto; que era imitado, pero

no igualado, por el señor Kwik del clan Kodak, y

el Tío Monty de Montgomery Ward.

Cuando se hubo completado la ceremonia,

Presteign se alzó abruptamente para indicar que

la investidura oficial había terminado. Se vació la

oficina, quedando tan sólo los empleados de

mayor jerarquía. Presteign caminó arriba y abajo,

reprimiendo su impaciencia. Nunca juraba, pero

su contención era más aterradora que una retahíla

de exabruptos.

—Foyle —dijo con una voz sofocada—. Un

vulgar marino. Basura. Heces. Residuos de

cloaca. Ese hombre se alza entre mí...

—Por favor, Presteign —interrumpió

tímidamente el Ujier Mayor—. Son las once hora

del Este, las ocho hora del Pacífico.

—¿Y qué?

—Por favor, Presteign, ¿me permite

recordarle que hay una ceremonia de botadura a

las nueve hora del Pacífico? Tiene usted que

presidirla en los astilleros de Vancouver.

—¿Botadura?

—De nuestro nuevo carguero, el Princesa

de Presteign. Llevará cierto tiempo el establecer

un contacto tridimensional con el astillero, así

que será mejor...

—Iré en persona.

—¡En persona! —el Ujier Mayor casi se

desmayó—. Pero no podemos volar hasta

Vancouver en una hora, Presteign. No...

—Jauntearé —cortó Presteign de Presteign;

tal era su agitación.

Su anonadado equipo realizó apresurados

preparativos. Partieron jaunteando mensajeros

para avisar a las oficinas de Presteign de todo el

país, y las plataformas de jaunteo privadas fueron

dejadas vacías. Presteign fue guiado hasta la

plataforma de su oficina de Nueva York. Era una

plataforma circular en una habitación tapizada de

negro sin ventanas: condición necesaria para

evitar que personas no autorizadas descubriesen y

memorizasen las coordenadas. Por la misma

razón, todas las casas y oficinas tenían ventanas

transparentes en un solo sentido y laberintos

destinados a confundir tras las puertas.

Para jauntear era necesario (entre otras

cosas) que la persona supiese exactamente dónde

estaba y a dónde iba... de lo contrario tenía pocas

esperanzas de llegar a cualquier lugar con vida.

Era tan imposible jauntear de un punto de partida

no determinado como lo era el llegar a un

destino desconocido. Como cuando se dispara

una pistola, uno tenía que saber a donde apuntar y

por dónde coger la pistola. Pero una mirada a

través de una ventana o puerta podía ser

suficiente para permitir que una persona

memorizase las coordenadas L-E-S de un lugar.

Presteign subió a la plataforma, visualizó las

coordenadas de su destino en la oficina de

Filadelfia, viendo claramente la imagen y la

posición. Se relajó y puso toda su energía en un

concentrado acto de volición y fe hacia su

destino. Jaunteo. Hubo un momento de náusea en

el que sus ojos se desenfocaron. La plataforma

de Nueva York desapareció y apareció la de

Filadelfia. Notó una sensación de caer y luego de

subir. Llegó. El Ujier Mayor y otros miembros

de su equipo llegaron un respetuoso momento

más tarde.

Así, en jaunteos de cien o doscientos

kilómetros cada uno, Presteign cruzó el

continente y llegó a los astilleros de Vancouver

exactamente a las nueve de la mañana hora del

Pacífico. Había abandonado Nueva York a las

once, había ganado dos horas de luz solar. Esto

era corriente en un Mundo que jaunteaba.

Los kilómetros cuadrados de concreto no

vallado (¿qué valla detendría a un jaunteador?)

que constituían el astillero semejaban una blanca

mesa

cubierta

por

obscuras

monedas

cuidadosamente

dispuestas

en

círculos

concéntricos. Pero, mirando más de cerca, las

monedas se agrandaban hasta convertirse en las

bocas, de treinta metros de diámetro, de negros

pozos cavados en las profundidades de la Tierra.

Cada boca circular estaba rodeada por edificios

de concreto: oficinas, talleres de comprobación,

cantinas, vestuarios.

Esos eran los pozos de despegue y

aterrizaje, los diques secos y pozos de

construcción de los astilleros. Las espacio-

naves, como los veleros, nunca habían sido

diseñadas para soportar su propio peso contra la

fuerza de gravedad sin ayuda. La fuerza de

gravedad normal de la Tierra destrozaría la

estructura de una astronave como si fuera la

cáscara de un huevo. Las naves eran construidas

en profundos pozos, alzándose verticalmente en

una red de andamios y pasarelas, apuntaladas y

soportadas

por

pantallas

antigravitatorias.

Despegaban de pozos similares, alzándose sobre

haces antigravitatorios como motas de polvo

subiendo por el haz de un proyector, hasta que al

final alcanzaban el Límite de Roche y podían

partir con sus propios cohetes. Las astronaves

que aterrizaban cortaban la propulsión cohete y

bajaban por los mismos haces hacia los pozos.

Mientras la corte de Presteign entraba en

los astilleros de Vancouver, podían ver qué pozos

se hallaban en uso. De algunos de ellos surgían

las proas y cascos de las naves, alzadas en un

cuarto o la mitad de su longitud sobre el suelo

por las pantallas antigravitatorias, mientras que,

en los pozos, sus secciones posteriores quedaban

a un cierto nivel de trabajo. Tres transportes

Presteign de la clase V: Vega, Vestal, y Vorga,

se alzaban parcialmente cerca del centro del

complejo, sometidos a reconstrucción parcial,

tal como indicaban los chisporroteos de los

soldadores alrededor del Vorga.

Ante el edificio de concreto señalizado con

la palabra: ENTRADA, la corte de Presteign se

detuvo frente a un cartel que decía:

SI ENTRA EN ESTE RECINTO ILEGALMENTE

PONE EN PELIGRO SU VIDA.

¡YA LE HEMOS ADVERTIDO!

Se distribuyeron contraseñas de visitantes

entre el grupo, y hasta Presteign de Presteign

recibió la suya. Se la colocó cuidadosamente,

pues sabía bien cuál sería el resultado de entrar

sin una de esas señales protectoras. La corte

continuó, siguiendo su camino por entre los

pozos, hasta que llegó al 0-3, cuya boca estaba

decorada con banderolas con los colores de

Presteign en la que se había erigido una pequeña

tarima.

Dieron la bienvenida a Presteign, y éste, a su

vez, saludó a varios directivos. La banda

Presteign inició los sones del Himno del clan,

sonoro y pomposo, pero uno de los instrumentos

parecía haberse vuelto loco. Tocaba una nota

metálica que sonaba más y más fuerte, hasta que

apagó a toda la banda y las sorprendidas

exclamaciones. Tan sólo entonces se dio cuenta

Presteign de que no era el sonido de un

instrumento, sino la alarma del astillero.

Había un intruso en el complejo, alguien que

no llevaba una contraseña de identificación o de

visitante. El campo del radar del sistema de

protección lo había detectado y hecho sonar la

alarma. Por entre su irritado rugido, Presteign

podía escuchar una multitud de suaves chasquidos

mientras los guardianes del astillero jaunteaban

desde su cuartel para tomar posiciones alrededor

de los kilómetros del campo de concreto. Su

propia Guardia Jaunteadora cerró filas a su

alrededor, alerta y en guardia.

Una voz comenzó a sonar por los altavoces,

coordinando la defensa.

—Desconocido

en

el

astillero.

Desconocido en el astillero, en el punto E de

Edward Nueve, E de Edward Nueve, moviéndose

hacia el oeste a pie.

—¡Alguien debe haber entrado! —gritó el

Ujier Mayor.

—Ya me he dado cuenta —respondió con

calma Presteign.

—Debe de ser alguien de fuera si es que no

jaunteaba por el interior.

—Eso también me lo he imaginado.

—El desconocido se acerca a D de David

Cinco, D de David Cinco. Sigue a pie. Alerta D

de David Cinco.

—¡Por Dios! ¿Qué es lo que pretende

hacer? —exclamó el Ujier Mayor.

—Ya conoce usted mi regla, señor —le dijo

fríamente Presteign—. Ningún asociado del clan

de Presteign puede tomar el nombre de la

Divinidad en vano. Su comportamiento es

incorrecto.

—El desconocido se acerca ahora a C de

Charley Cinco, se acerca ahora a C de Charley

Cinco.

El Ujier Mayor tocó el brazo de Presteign.

—Viene en esta dirección, Presteign. Por

favor, ¿quiere resguardarse?

—No.

—Presteign, ya han intentado asesinarle

antes. En tres ocasiones. Si...

—¿Cómo puedo subir a ese estrado?

—¡Presteign!

—Ayúdeme.

Ayudado por el Ujier Mayor, que seguía

protestando histéricamente, Presteign subió al

estrado para contemplar el poder del clan de los

Presteign actuando contra el peligro. Allá abajo

podía ver a trabajadores ataviados con monos

blancos surgiendo como hormigas de los pozos

para contemplar la acción. Iban apareciendo

guardas cuando jaunteaban de sectores distantes

moviéndose hacia el punto focal de la acción.

—El desconocido se mueve hacía el sur en

dirección a B de Baker Tres, B de Baker Tres.

Presteign contempló el pozo B-3. Apareció

una figura, corriendo rápidamente hacia el pozo,

zigzagueando, esquivando, siempre adelante. Era

un hombre gigantesco ataviado con el azul de los

hospitales, un manojo rebelde de pelo negro y un

rostro contorsionado que parecía, a la distancia,

estar pintado con colores vividos. Sus ropas

parpadeaban como olas de calor mientras el

campo de inducción protector del sistema de

defensa lo chamuscaba.

—B de Baker Tres, alerta. B de Baker Tres,

a por él.

Se oyeron gritos y un distante tableteo de

disparos, el aullido neumático de los rifles

telescópicos. Media docena de trabajadores de

blanco saltaron a por el intruso. Los derrumbo

como alfeñiques y continuó recto hacia B-3, en

el que se veía la proa del Vorga. Era un rayo

cayendo a través de los trabajadores y guardias,

juntándolos,

apartándolos,

adelantando

implacablemente.

Repentinamente se detuvo, buscó en el

interior de su chaqueta llameante, y sacó un

recipiente negro. Con el gesto convulsivo de un

animal preso de espasmos mortales, mordió el

extremo del recipiente y lo lanzó, en un perfecto

arco alto, hacia el Vorga. Al siguiente instante lo

derribaron.

—Explosivo.

Pónganse

a

cubierto.

Explosivo. Pónganse a cubierto. A cubierto.

—¡Presteign! —aulló el Ujier Mayor.

Presteign lo apartó y contempló cómo el

recipiente subía y luego bajaba hacia la proa del

Vorga, girando y brillando a la fría luz del Sol. Al

borde del pozo fue cogido por el haz

antigravitatorio y lanzado hacia arriba como por

un puño invisible. Se alzó arriba y arriba, a medio

centenar de metros, a un centenar, a medio

millar. Entonces se vio un destello cegador, y un

instante más tarde un estruendo titánico que

reventó tímpanos y estremeció huesos y dientes.

Presteign se recobró y descendió del

estrado hasta el podio de lanzamiento. Colocó su

dedo en el botón de lanzamiento del Princesa de

Presteign.

—Tráiganme a ese hombre, si aún está con

vida —le dijo al Ujier Mayor; apretó el botón—.

Te pongo el nombre de... ¡el Poder de Presteign!

—gritó triunfal.

Cuatro

La Cámara Estelar del Castillo Presteign era

una sala ovalada con paneles de marfil moteados

en oro, altos espejos y ventanas de vidrieras.

Contenía un órgano de oro con un organista robot

hecho por Tiffany, una biblioteca de estantes de

oro con un bibliotecario androide sobre su

escalera de biblioteca, una escribanía Luis XV

con un secretario androide colocado ante una

grabadora manual de perlas memorizadoras, y un

bar con un camarero robot. Presteign habría

preferido sirvientes humanos, pero al menos los

androides y robots sabían guardar secretos.

—Siéntese,

Capitán

Yeovil

—dijo

cortésmente—. Este es el señor Regis Sheffield,

que me representa en este asunto. Aquel joven es

el ayudante del señor Sheffield.

—Bunny es mi biblioteca legal portátil —

gruñó Sheffield.

Presteign tocó un control. La instantánea

que era la Cámara Estelar cobró vida; el organista

tocó, el bibliotecario ordenó libros, el secretario

grabó, el camarero agitó una coctelera. Era

espectacular; y el impacto, cuidadosamente

calculado

por

psicometristas

industriales,

establecía el control de Presteign y ponía a sus

visitantes en desventaja.

—¿Habló usted de un hombre llamado

Foyle, Capitán Yeovil? —preguntó Presteign.

El Capitán Peter Y'ang-Yeovil, de la Central

de Inteligencia, era un descendiente directo del

Maestro Mencio y pertenecía al núcleo

especializado de las Fuerzas Armadas de los

Planetas Interiores. Desde hacía doscientos años,

las F.A.P.I. habían confiado su trabajo de

inteligencia a los chinos que, con una historia de

cinco mil años de cultivada sutileza tras ellos,

habían logrado maravillas. El Capitán Y’ang-

Yeovil era miembro de la temida Sociedad de los

Hombres de Papel, adepto de los Imagineros de

Tiensin, Doctor en Superstición y fluente en la

Lengua Secreta. No parecía chino.

Y’ang-Yeovil dudó, dándose perfecta cuenta

de las presiones psicológicas que obraban en su

contra. Examinó el rostro de basilisco ascético

de Presteign; la expresión agresiva y dura de

Sheffield; y al ansioso joven llamado Bunny,

cuyas facciones de conejo tenían una indudable

procedencia oriental. Era necesario que Yeovil

restableciese

su

control

o

lograse

un

compromiso.

Inició la acción con un movimiento de

flanqueo:

—¿Tenemos algún grado de parentesco

dentro de los quince primeros grados de

consanguinidad? —le preguntó a Bunny en el

dialecto mandarín—. Pertenezco al linaje del

Maestro Meng-Tse, al que los bárbaros llaman

Mencio.

—Entonces somos enemigos hereditarios

—le contestó Bunny en vacilante mandarín—.

Porque el formidable antepasado de mi linaje fue

depuesto de su cargo de gobernador de Shan-tung

el 342 a. J.C. por el sucio cerdo Meng-Tse.

—Con toda cortesía le afeito sus mal

formadas cejas —dijo Y’ang-Yeovil.

—Muy respetuosamente le arranco sus

cariados dientes —rió Bunny.

—Por

favor,

caballeros

—protestó

Presteign.

—Estábamos reafirmando una enemistad

hereditaria de tres mil años de antigüedad —le

explicó Y’ang-Yeovil a Presteign, que parecía

bastante molesto por la conversación y las risas

que no comprendía; intentó un golpe directo—:

¿Cuándo habrá acabado con Foyle? —preguntó.

—¿Qué Foyle? —interrumpió Sheffield.

—¿Qué Foyle tienen?

—Hay trece personas con ese nombre

asociadas con el clan Presteign.

—Un número interesante. ¿Sabían ustedes

que soy Doctor en Superstición? Algún día les

mostraré el Misterio del Espejo-y-la-Escucha.

Me refiero al Foyle relacionado con un intento

de atentado a la vida del señor Presteign esta

mañana.

—Presteign —corrigió Presteign—. No soy

“señor”. Soy Presteign de Presteign.

—Se han realizado tres tentativas contra la

vida de Presteign —dijo Sheffield—. Tendrá que

ser más específico.

—¿Tres en esta mañana? Presteign debe

haber estado atareado —Y’ang-Yeovil suspiró;

Sheffield estaba demostrando ser un contrincante

serio; el hombre de Inteligencia probó otra

diversión—: Desearía que nuestro señor Presto

hubiera sido más específico.

—¡Su señor Presto! —exclamó Presteign.

—Oh, sí. ¿No sabían que uno de los

quinientos Prestos era agente nuestro? Es

extraño. Creíamos que lo sabían y que lo

mantenían con intención de confundirnos.

Presteign pareció anonadado. Y’ang-Yeovil

cruzó las piernas y continuó charlando

animadamente:

—Esta es la debilidad básica de los

procedimientos rutinarios en el espionaje: uno

empieza con las finezas antes de que estas sean

necesarias.

—Está marcándose un farol —estalló

Presteign—. Ninguno de nuestros Prestos podría

tener conocimiento alguno acerca de Gulliver

Foyle.

—Gracias —sonrió Y’ang-Yeovil—. Ese es

el Foyle que yo busco. ¿Cuándo nos lo pasarán?

Sheffield dio un bufido a Presteign y volvió

a Y’ang-Yeovil.

—¿Quién es ese “nos”? —preguntó.

—La Central de Inteligencia.

—¿Para qué lo quieren?

—¿Se quita usted la ropa o no para fornicar?

—Esa

es

una

pregunta

realmente

impertinente.

—También lo era la suya. ¿Cuándo nos

pasarán a Foyle?

—Cuando nos den un buen motivo.

—¿A quién?

—A mí —Sheffield golpeó con un grueso

dedo contra su palma—. Este es un asunto civil

que concierne a civiles. A menos que se haya

relacionado con material de guerra, personal

militar o la estrategia y táctica de una guerra en

curso, la jurisdicción civil siempre tiene

preferencia.

—Párrafo 333 de la Ley Terrestre 191 —

murmuró Bunny.

— E l Nomad transportaba material de

guerra.

— E l Nomad transportaba lingotes de

platino a la Banca de Marte —cortó Presteign—.

Si el dinero es ahora...

—Yo soy el que lleva esta discusión —

interrumpió Sheffield; se volvió hacia Y’ang-

Yeovil—. Dígame de qué material de guerra se

trataba.

Este ataque directo cogió desprevenido a

Y’ang-Yeovil. Sabía que el meollo del asunto del

Nomad era la presencia a bordo de la nave de

ocho kilos de Piros, todo el que existía en el

Mundo, y que probablemente era irreemplazable

ahora que su descubridor había desaparecido.

Sabía que Sheffield sabía que los dos sabían esto.

Había asumido que Sheffield preferiría no

nombrar al Piros. Y, sin embargo, aquí estaba el

reto a nombrar lo innombrable.

Decidió enfrentarse a la rudeza con la

rudeza.

—De acuerdo, caballeros. Lo nombraré

ahora: el Nomad transportaba ocho kilos de una

substancia denominada Piros.

Presteign tuvo un sobresalto. Sheffield lo

hizo callar.

—¿Qué es el Piros?

—De acuerdo con nuestros informes...

—¿Del señor Presto de Presteign?

—Oh, eso fue un farol —rió Y’ang-Yeovil,

y momentáneamente recuperó el control—.

Según Inteligencia, el Piros fue preparado para

Presteign por un hombre que luego desapareció.

El Piros es un metal de Misch, pirofórico. Eso es

todo lo que sabemos. Pero hemos tenido vagos

informes acerca del mismo... informes increíbles

de agentes veraces. Si tan solo una fracción de lo

que suponemos es cierta, el Piros podría suponer

la diferencia entre una victoria y una derrota.

—Tonterías. Ningún material de guerra ha

supuesto nunca una tal diferencia.

—¿No? Podría citarles la bomba fisible de

1945, o las instalaciones antigravitatorias G-

Cero del 2002. O la pantalla total de radar de

Talley en el 2194. El material puede ser a

menudo

el

que

resuelva

una

situación,

especialmente cuando no existe posibilidad de

que el enemigo lo tenga primero.

—No existe esa posibilidad ahora.

—Gracias por admitir la importancia del

Piros.

—No admito nada; lo niego todo.

—La Central de Inteligencia está preparada

a ofrecer un intercambio: hombre por hombre. El

inventor del Piros por Gully Foyle.

—¿Lo tienen? —preguntó Sheffield—.

Entonces, ¿para qué nos piden a Foyle?

—¡Porque tenemos un cadáver! —estalló

Y’ang-Yeovil—. El mando de los Satélites

Exteriores lo tuvo en Lasell durante seis meses,

tratando de sacarle información. Lo rescatamos

en una incursión que nos costó un 70 por ciento

de bajas. Rescatamos un cadáver. Aún no

sabemos si los Satélites Exteriores se están

riendo de nuestras pérdidas en el intento de

recapturar un cadáver. No sabemos cuánto

lograron sacarle.

Presteign permaneció rígido durante todo

esto. Sus inmisericordes dedos golpeaban lenta y

sonoramente.

—Maldita sea —se irritó Y’ang-Yeovil—.

¿Acaso no puede reconocer una crisis, Sheffield?

Estamos en un mal momento. ¿Qué demonios

está haciendo ayudando a Presteign en este sucio

asunto? Usted es el jefe del partido Liberal... el

súper-patriota de la Tierra. Usted es el

archienemigo político de Presteign. Traiciónelo,

so tonto, antes de que él nos traicione a todos.

—Capitán Yeovil —interrumpió Presteign

con gélido veneno—, no puedo tolerar esas

palabras.

—Queremos y necesitamos el Piros —

continuó

Y’ang-Yeovil—.

Tenemos

que

investigar esos ocho kilos de Piros, redescubrir

su síntesis, aprender a aplicarlo al esfuerzo

militar... y todo eso antes de que los Satélites

Exteriores nos ganen la partida, si es que no lo

han hecho ya. Pero Presteign rehúsa cooperar.

¿Por qué? Porque se opone al partido que está en

el poder. Porque no quiere victorias militares

para los liberales. Preferiría que perdiésemos la

guerra si ello fuera conveniente para su política,

porque sabe que los hombres ricos como él

jamás pierden. Dése cuenta de lo que pasa,

Sheffield. Ha sido contratado por un traidor.

¿Qué demonios está tratando de hacer?

Antes de que Sheffield pudiera contestar, se

oyó una discreta llamada en la puerta de la

Cámara Estelar e hicieron entrar a Saúl

Dagenham. Hubo un tiempo en el que Dagenham

era uno de los genios investigadores de los

Planetas Interiores, un físico de inspirada

intuición, memoria fotográfica, y un computador

de la sexta generación por cerebro. Pero se había

producido un accidente en Tycho Sands, y la

explosión nuclear que debería haberlo matado no

lo hizo. Sin embargo, lo había vuelto

peligrosamente radiactivo; lo había dejado

“caliente”; lo había transformado en el

equivalente de un trasmisor tifoideo del siglo

XXIV.

El gobierno de los Planetas Interiores le

pagaba 25.000 créditos anuales para que tomase

precauciones que esperaban cumpliese. Evitaba

el contacto físico con cualquier persona por un

tiempo superior a cinco minutos diarios. No

podía ocupar otra habitación que no fuera la suya

durante más de media hora al día. Ordenado y

pagado por los Planetas Interiores para aislarse a

sí mismo, Dagenham había abandonado la

investigación y edificado el coloso que era los

Correos Dagenham.

Cuando Y’ang-Yeovil vio al bajo cadáver

rubio de piel plomiza y la sonrisa de calavera

entrando en la Cámara Estelar, supo que en este

encuentro tenía asegurada la derrota. No era

oponente para aquellos tres juntos. Se alzó

inmediatamente.

—Voy

a

conseguir

una

orden

del

Almirantazgo para Foyle —dijo—. En lo que se

refiere a la Inteligencia, se ha terminado toda

negociación. De ahora en adelante habrá guerra

abierta.

—El Capitán Yeovil se marcha —llamó

Presteign al oficial de la Guardia Jaunteadora que

había dejado entrar a Dagenham—. Haga el favor

de acompañarlo a través del laberinto.

Y’ang-Yeovil esperó hasta que el oficial se

colocó a su lado e hizo un saludo inclinándose.

Entonces,

mientras

el

hombre

señalaba

cortésmente hacia la puerta, Y’ang-Yeovil miró

directamente a Presteign, sonrió irónicamente, ¡y

desapareció con un débil chasquido!

—¡Presteign! —exclamó Bunny—. Ha

jaunteado. Esta habitación no es ciega para él.

Él...

—Evidentemente

—dijo

gélidamente

Presteign—. Informe al mayordomo de la

mansión —instruyó al asombrado oficial de la

Guardia—, de que las coordenadas de la Cámara

Estelar ya no son secretas. Deberán ser

cambiadas en un plazo no superior a las

veinticuatro horas. Y ahora, señor Dagenham...

—Un minuto —dijo Dagenham—. Hay eso

de la orden del Almirantazgo.

Sin pedir excusas ni ofrecer explicaciones,

también desapareció. Presteign alzó las cejas.

—Otro que conocía el secreto de la Cámara

Estelar —murmuró—. Pero, al menos, tuvo el

tacto de ocultar su conocimiento hasta que el

secreto fue conocido.

Dagenham reapareció.

—No tenía sentido el perder tiempo

atravesando el laberinto —dijo—. He dado

órdenes en Washington. Retendrán a Yeovil; nos

garantizan dos horas, probablemente tres y quizá

cuatro.

—¿Cómo lo retendrán? —preguntó Bunny.

Dagenham le dedicó una de sus macabras

sonrisas.

—Por la operación FFCC standard de los

Correos Dagenham: Follón, Fantasía, Confusión,

Catástrofe. Necesitaremos cada una de esas

cuatro horas. ¡Maldita sea! He estropeado sus

muñecos, Presteign.

Los robots estaban actuando, de pronto,

alocadamente, al haber penetrado la radiación de

Dagenham en sus sistemas electrónicos.

—Bueno, de todas maneras tenia que irme.

—¿Foyle? —preguntó Presteign.

—Nada aún —Dagenham sonrió con su

sonrisa de cadáver—. Es realmente un caso

único. He probado todas las drogas standard y los

procedimientos usuales con él. Nada. Por fuera,

parece un vulgar espacionauta... dejando aparte el

tatuaje de su rostro... pero por dentro tiene unas

tripas de acero. Algo lo posee y no lo suelta.

—¿Qué es lo que lo posee? —preguntó

Sheffield.

—Espero averiguarlo.

—¿Cómo?

—No me pregunte; usted estará en ello.

¿Tiene una nave preparada, Presteign?

Presteign asintió.

—No garantizo que haya ningún Nomad que

podamos hallar, pero tendremos que adelantarnos

a la Marina si es que lo hay. ¿Están las

marrullerías legales dispuestas, Sheffield?

—Lo están. Pero espero no tenerlas que

utilizar.

—También yo; pero, de nuevo, no garantizo

nada. De acuerdo. Esperen instrucciones. Voy a

desmoronar a Foyle.

—¿Dónde lo tiene?

Dagenham negó con la cabeza.

—Esta habitación no es segura —

desapareció.

Jaunteó por Cincinnati-Nueva Orleans-

Monterrey hasta la ciudad de México, en la que

apareció en el Pabellón de Psiquiatría del

gigantesco hospital de las Universidades

Combinadas de la Tierra. Pabellón era una palabra

poco adecuada para designar aquella sección que

ocupaba todo un barrio de la ciudad que era el

hospital.

Dagenham

jaunteó

hasta

el

cuadragésimo tercer piso de la División de

Terapia y miró al interior del tanque aislado en el

que flotaba, inconsciente, Foyle. Luego se

enfrentó al distinguido caballero barbudo que

estaba allí.

—Hola, Fritz.

—Hola, Saúl.

—Es maravilloso que el Jefe de Psiquiatría

atienda a un paciente por mi.

—Creo que te debemos muchos favores,

Saúl.

—¿Aún te preocupa lo de Tycho Sands,

Fritz? A mí no. ¿No estoy ensuciando todo esto

con mi radiación?

—Todo está protegido.

—¿Estás dispuesto para el trabajo sucio?

—Me gustaría saber qué es lo que

buscamos.

—Información.

—¿Y tienes que convertir mi departamento

de terapia en una inquisición para lograrla?

—Esa es la idea.

—¿Por qué no usar drogas ordinarias?

—Ya las he probado. No sirven. No es un

hombre ordinario.

—Sabes que es ilegal.

—Lo sé. ¿Has cambiado de idea? ¿Quieres

echarte atrás? Puedo duplicar tu equipo por tan

sólo un cuarto de millón.

—No, Saúl. Te seguimos debiendo favores.

—Entonces comencemos. Primero el

Teatro de las Pesadillas.

Trasladaron el tanque a lo largo de un

corredor hasta una habitación acolchada de unos

treinta metros de lado. Era uno de los

experimentos fallidos de terapia. El Teatro de las

Pesadillas había sido un antiguo intento por

devolver a los esquizofrénicos al Mundo objetivo

mediante un shock que convirtiese el Mundo

fantástico en el que se estaban refugiando en

intolerable. Pero la destrucción y las heridas en

las emociones de los pacientes habían

demostrado ser demasiado crueles y el

tratamiento muy dudoso.

A petición de Dagenham, el Jefe de

Psiquiatría había sacado el polvo de los

proyectores

visuales

tridimensionales

y

reconectado todos los proyectores sensoriales.

Sacaron a Foyle de su tanque, le dieron una

inyección revitalizadora y lo dejaron en medio

del suelo. Se llevaron el tanque, apagaron las

luces y entraron en la oculta cámara de control.

Allí, encendieron los proyectores.

Cada niño del Mundo imagina que su Mundo

fantástico es único. La psiquiatría sabe que las

alegrías y terrores y las fantasías privadas son una

herencia común compartida por toda la

humanidad. Los temores, las culpas, los terrores,

y las vergüenzas pueden ser intercambiados de un

hombre a otro, y ninguno se daría cuenta de la

diferencia. El Departamento de Terapia del

Hospital Combinado había grabado millares de

cintas emocionales y sintetizado todas ellas en

una representación del Teatro de las Pesadillas

que incluía todos los terrores.

Foyle se despertó jadeando y sudando, y

nunca supo que se había despertado. Estaba en el

regazo de una Euménide con los ojos sangrientos

y serpientes por cabellos. Fue perseguido,

atrapado, precipitado desde las alturas, quemado,

azotado,

asaetado,

cubierto

por

gusanos,

devorado. Aulló. Corrió. El campo Hobble del

Teatro retuvo sus pasos y los convirtió en la

fantasmal lentitud de las carreras de los sueños.

Y por entre la cacofonía de los aplastamientos,

aullidos, lloriqueos y persecuciones que asaltaba

sus oídos, murmuraba el hálito de una voz

persistente:

—¿Dónde está el Nomad dónde está el

Nomad dónde está el Nomad dónde está el

Nomad dónde está el Nomad?

—Vorga —gritaba Foyle—. Vorga. Vorga.

Vorga.

En la sala de control, Dagenham maldijo. El

jefe de psiquiatría, manejando los proyectores,

contempló el reloj,

—Un minuto y cuarenta y cinco segundos,

Saúl. No puede resistir mucho más.

—Tiene que ceder. Dale el efecto final.

Enterraron vivo a Foyle, lentamente,

inexorablemente, odiosamente. Fue llevado a las

negras profundidades y sumergido en una

maloliente ciénaga que lo separaba de la luz y el

aire. Se sofocaba lentamente mientras una voz

lejana retumbaba:

—¿Dónde está el Nomad? ¿Dónde dejaste

e l Nomad? Podrás escapar si encuentras al

Nomad. ¿Dónde está el Nomad?

Pero Foyle estaba de regreso a bordo del

Nomad, en su ataúd sin luz ni aire, flotando

confortablemente entre cubierta y techo. Se

dobló en posición fetal y se preparó a dormir.

Estaba contento. Escaparía. Encontraría al Vorga.

—¡Bastardo

impenetrable!

—maldijo

Dagenham—. ¿Había resistido alguien antes al

Teatro de las Pesadillas, Fritz?

—No muchos. Tienes razón. Ese es un

hombre poco corriente, Saúl.

—Tenemos que abrirlo. De acuerdo, al

Infierno con todo esto. Ahora probaremos la

Sensación Megal. ¿Están preparados los actores?

—Lo están.

—Entonces vamos.

Los delirios de grandeza pueden tomar seis

formas

distintas.

La

Sensación

Megal

(abreviación de megalomanía) era la técnica

terápica de diagnosis dramático para establecer y

planear la dirección particular que tomaba cada

caso de megalomanía.

Foyle se despertó en un lujoso lecho con

baldaquino. Se hallaba en una alcoba decorada

con brocados y tapizada de terciopelo. Miró con

curiosidad a su alrededor. Una suave luz del Sol

se filtraba a través de ventanales con celosías. Al

otro lado de la habitación un sirviente estaba

disponiendo silenciosamente unos ropajes.

—Hey... —gruñó Foyle.

El sirviente se giró hacia él.

—Buenos

días,

señor

Fourmyle

murmuró.

—¿Qué?

—Hace una mañana maravillosa, señor, Le

he preparado la sarga marrón y los zapatos

cordobeses, señor.

—¿Qué pasa, usted?

—He... —el sirviente contempló con

curiosidad a Foyle—. ¿Ocurre algo malo, señor

Fourmyle?

—¿Cómo me ha llamado?

—Por su nombre, señor.

—¿Me llamo... Fourmyle? —Foyle se

debatió en la cama—. No, no es así. Es Foyle.

Gully Foyle, ése es mi nombre. El mío.

El sirviente se mordió el labio.

—Un momento, señor...

Salió afuera y llamó. Luego murmuró algo.

Una bella chica de blanco entró corriendo en la

alcoba y se sentó al borde de la cama. Tomó las

manos de Foyle y le miró a los ojos. Su rostro

parecía preocupado.

—Cariño, cariño, cariño —murmuró—. No

vas a empezarlo todo otra vez, ¿verdad? El doctor

juró que ya había pasado todo.

—¿Empezar el qué?

—Todas esas tonterías de ese Gulliver

Foyle y de que eres un vulgar marino y...

—Soy Gully Foyle. Ese es mi nombre.

Gully Foyle.

—Corazón, no es así. Es tan sólo una locura

que has tenido durante unas semanas. Has estado

trabajando y bebiendo demasiado.

—He sido Gully Foyle toda mi vida, yo.

—Sí, ya sé, cariño. Eso es lo que a ti te

parece, pero no es así. Eres Geoffrey Fourmyle.

El verdadero Geoffrey Fourmyle. Eres... ¿oh, qué

sentido tiene el decírtelo? Vístete, amor. Tienes

que venir abajo. En tu oficina la gente está

frenética.

Foyle dejó que el sirviente lo vistiera y bajó

como en sueños. La bella muchacha, que

evidentemente lo adoraba, lo condujo a través de

un gigantesco estudio repleto de mesas de

dibujo, caballetes y cuadros a medio terminar. Lo

llevó a una vasta sala llena de mesas de

escritorio, archivadores, teletipos, de oficinistas,

secretarias y otro personal. Entraron en un

moderno laboratorio, todo él vidrio y cromados.

Los quemadores parpadeaban y silbaban; líquidos

brillantemente

coloreados

burbujeaban

y

humeaban; se notaba un placentero olor de

interesantes

productos

químicos

y

raros

experimentos.

—¿Qué es todo esto? —preguntó Foyle.

La muchacha sentó a Foyle en un cómodo

butacón tras una gigantesca escribanía atestada de

interesantes papeles atiborrados de fascinantes

símbolos. En algunos, Foyle vio el nombre:

Geoffrey Fourmyle, trazado con una imponente y

autoritaria firma.

—Esto es algún estúpido error, lo es —

comenzó a decir Foyle.

La muchacha lo hizo callar.

—Ahí está el doctor Regan. Él te explicará.

Un impresionante caballero de modales

serios y reconfortantes llegó hasta Foyle, le

tomó el pulso, inspeccionó sus ojos y asintió

satisfecho.

—Bien —dijo—, excelente. Está a un paso

de recuperarse totalmente, señor Fourmyle.

Ahora me escuchará un momento, ¿no?

Foyle asintió.

—No recuerda nada del pasado. Tan solo

tiene una falsa memoria. Ha trabajado demasiado.

Es usted un hombre importante y han exigido

demasiado de usted. Comenzó a beber sin mesura

hace un mes... no, el negarlo no tiene sentido.

Bebió. Perdió la cabeza.

—Yo...

—Usted se convenció de que no era el

famoso Jeff Fourmyle. Una tentativa infantil de

escapar a su responsabilidad. Se imaginó que era

un vulgar espacionauta llamado Foyle. Gulliver

Foyle, ¿no es así? Con un extraño número...

—Gully Foyle. AS:128/127:006. Pero ese

soy yo. Eso es...

—No es usted. Éste es usted —el doctor

Regan incluyó en un gesto las interesantes

oficinas que se podían ver a través de las paredes

de cristal transparente—. Tan sólo puede

recuperar la memoria verdadera si se olvida de

esa otra. Toda esta gloriosa realidad es suya. Si

podemos ayudarle a abandonar ese sueño del

espacionauta —el doctor Regan se inclinó hacia

adelante con sus relucientes gafas brillando

hipnóticamente—.

Reconstruya

esa

falsa

memoria con todo detalle y la destruiré. ¿Dónde

se imagina que abandonó la espacionave Nomad?

¿Cómo se escapó? ¿Dónde se imagina que está el

Nomad ahora?

Foyle se tambaleó ante el atractivo

romántico de la escena, que parecía estar al

alcance de su mano.

—Me parece que dejé al Nomad en... —se

detuvo en seco.

Un rostro demoníaco lo contemplaba en el

reflejo de las gafas del doctor Regan..., una

horrible máscara de tigre con la palabra N♂mad

extendiéndose por su distorsionada frente. Foyle

se puso en pie.

—¡Mentirosos! —gruñó—. Soy real, yo.

Esto de aquí es mentira. Lo que me pasó es real.

Yo soy real, yo.

Saúl Dagenham entró en el laboratorio.

—De acuerdo —dijo—. Fin. Tampoco ha

funcionado.

La atareada escena del laboratorio, oficina y

estudio terminó. Los actores desaparecieron

silenciosamente, sin volverse a mirar a Foyle.

Dagenham le dedicó una de sus macabras

sonrisas.

—¿Duro, eh? Es usted realmente único. Mi

nombre es Saúl Dagenham. Tenemos cinco

minutos para charlar. Venga al jardín.

El jardín sedante situado en lo alto del

edificio de Terapia era un triunfo de la

planificación terapéutica. Cada perspectiva, cada

color, cada contorno, había sido diseñado para

aplacar la hostilidad, para borrar la resistencia,

fundir la ira, evaporar la histeria, absorber la

melancolía y la depresión.

—Siéntese —dijo Dagenham, señalando un

banco situado junto a un estanque en el que

cantaban las cristalinas aguas—. No trate de

jauntear: está drogado. Tendré que caminar por

los alrededores. No puedo acercarme demasiado

a usted. Soy “caliente”. ¿Sabe lo que esto

significa?

Foyle afirmó con la cabeza, huraño.

Dagenham rodeó con ambas manos el llameante

capullo de una orquídea, manteniéndolas así por

un momento.

—Mire esta flor —dijo—. Ya verá.

Caminó a lo largo de un sendero y regresó

repentinamente.

—Tiene razón, naturalmente. Todo lo que le

pasó fue real... Sólo que, ¿qué es lo que pasó?

—Váyase al Infierno —gruñó Foyle.

—¿Sabe, Foyle?: lo admiro.

—Váyase al Infierno.

—A su primitiva manera, tiene ingenio y

coraje. Es usted un Cromañón, Foyle. He estado

comprobando sus datos. Esa bomba que lanzó en

los astilleros Presteign era verdaderamente

bonita, y casi destruyó el Hospital General para

conseguir el dinero y el material que necesitaba

— Dagenham fue contando con los dedos

mientras hablaba—: Descerrajó armarios, robó a

los pacientes del pabellón de ciegos, desvalijó

las drogas de la farmacia, se llevó aparatos de los

almacenes del laboratorio.

—Váyase al Infierno, usted.

—¿Qué es lo que tiene en contra de

Presteign? ¿Por qué tenia que volar su astillero?

Me han dicho que se les escapó y corrió por los

pozos rompiendo cosas como un salvaje. ¿Qué es

lo que trataba de hacer, Foyle?

—Váyase al Infierno.

Dagenham sonrió.

—Si es que vamos a tener una conversación

—dijo—, tendrá que poner algo de su parte. Su

conversación se está convirtiendo en monótona.

¿Qué le pasó al Nomad?

—No sé nada del Nomad. Nada.

—El último informe de la nave data de hace

siete meses. ¿Es usted el único superviviente? ¿Y

qué es lo que ha estado haciendo durante todo

ese tiempo? ¿Hacía que le decorasen la cara?

—No sé nada del Nomad. Nada.

—No, no, Foyle, eso no pasa. Aparece usted

con la palabra Nomad tatuada en la frente, recién

tatuada. Inteligencia hace una comprobación y

averigua que estaba a bordo del Nomad cuando

partió.

Foyle,

Gulliver:

AS:128/127:006,

Mecánico de tercera. Como si esto no fuera ya

suficiente como para hacer que Inteligencia se

convierta en un avispero, regresa en un bote

privado perdido desde hace cincuenta años.

Muchacho, está cocinando en el reactor.

Inteligencia quiere respuestas para todas esas

preguntas. Y ya debe de saber cómo las obtiene

de la gente.

Foyle se estremeció. Dagenham asintió

cuando vio que su aseveración lograba resultados.

—Y es por esto por lo que pienso que

escuchará mis razones. Queremos información,

Foyle. Traté de sacársela con engaños; admitido.

No lo logré porque es usted demasiado duro;

admitido. Ahora le ofrezco un trato honesto. Le

protegeremos si coopera. Si no lo hace, se pasará

cinco años en un laboratorio de Inteligencia

mientras lo hacen picadillo para sacarle la

información.

No era la perspectiva de esa carnicería lo

que asustaba a Foyle, sino el pensamiento de la

pérdida de libertad. Un hombre tiene que ser

libre para vengarse, para obtener dinero y

encontrar a Vorga de nuevo, para romper y partir

y despedazar al Vorga.

—¿Qué clase de trato? —preguntó.

—Díganos lo que le pasó al Nomad y dónde

lo dejó.

—¿Por qué?

—¿Por qué? Para rescatarlo, muchacho.

—No hay nada que rescatar. Es un pecio,

eso es todo.

—Hasta un pecio se puede rescatar.

—¿Quiere decir que cohetearían un millón y

medio de kilómetros para recuperar los restos?

No me tome el pelo.

—De acuerdo —dijo Dagenham exasperado

—. Es por la carga.

—Se partió por la mitad. No queda carga.

—Era una carga de la que usted no sabía

nada —dijo confidencialmente Dagenham—. El

Nomad estaba transportando lingotes de platino a

la Banca de Marte. Periódicamente, los bancos