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Todo Tuyo por Caroons - muestra HTML

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TODO MÍO, TODO TUYO

Carol Leons

Resumen

El O'Flaherty es un bar-pub gay, propiedad de Issi y Alan.

Mark, un escrito en ciernes, va al local para aprender más cosas sobre el mundo

nocturno gay, y con suerte encontrar a alguien especial.

Morgan, portero del bar, es asediado cada noche por interesados "pretendientes",

pero su corazón anhela algo más en su rutinaria vida.

Será éste el lugar de encuentro, donde sus corazones hal arán por fin la respuesta?

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1

Entrando en tierra desconocida

Todo comenzó esa noche de luna llena.

Ahí estaba yo, frente al primer bar gay que había pisado en mi vida. Lo había encontrado en

las páginas amarillas, navegando por la red. Patético, sí, pero efectivo para alguien que no

tenía ninguna experiencia previa con hombres. Sabía que no estaba vestido con ropa

adecuada a la ocasión, y lo más probable era que nadie se fijara en mí, ya que mi gran

atractivo no se encontraba en los terrenos físicos, sino más bien en los intelectuales. Pero

tenía que romper el hielo y vencer mi timidez de una vez por todas.

Pero en cuanto vi el edificio, me quedé muy impresionado. Era una estructura antigua que

había sido modernizada, pero conservaba su clásica belleza irlandesa. Siempre me ha

fascinado esa cultura, sobre todo la magia que encierran sus orígenes celtas. Me había

mudado hacía poco al barrio más pobre de la ciudad, después de quedarme sin empleo

debido a la crisis, pero tenía algo de dinero ahorrado. Bueno, para un escritor en ciernes,

toda oportunidad es buena para buscar inspiración. Además, después de muchos años de

ignorar a mis sentimientos, por fin había aceptado mi bisexualidad como algo natural. Había

salido con chicas por años, pero también me sentía atraído por los de mi propio género, y

eso era algo confuso para mí. Después de dejar la casa de mis padres y viajar al continente

de mis abuelos para encontrar una nueva vida, me había permitido a mí mismo abrir la

puerta a todas las posibilidades. Por suerte para mi alma de artista, el edificio donde estaba

el local había resultado tener una belleza que logró sobrecogerme. Si no conseguía conocer

a nadie esa noche, al menos me iría con un hermoso recuerdo de la antigua fachada clásica.

Estuve mirando unos minutos el ir y venir de la gente, hasta que decidí entrar. En la puerta

se hallaba un chico alto y fornido, vestido de negro y con expresión de pocos amigos. No

había ido a muchos bares o discotecas mientras estudiaba (nunca se me había dado bien la

“vida nocturna”) aunque había oído cosas de mis compañeros en la universidad: los porteros

nunca te dejaban entrar con tenis y ropa informal. Aunque no usaba zapatillas deportivas

(odiaba que terminaran oliendo mal) llevaba unos zapatos bastante informales y ropa

normal, pero esperaba que al ser un bar- pub, el código de vestuario no fuese un

impedimento para entrar. Al aproximarme, pude ver de cerca el rostro del portero. Tenía un

gesto serio, pero sus ojos no me hablaban de crueldad o maledicencia. No creí que debido a

mi bajo tamaño y escasa musculatura, en comparación a la suya, me cogiera por el cuello

del abrigo y me tirase a un lado del camino entre insultos, nada más verme. Es más, su

rostro gritaba un claro: “ Éste es mi trabajo. No cruces la línea”, supuse que bastante

necesario, puesto que era un chico muy guapo. Seguro que recibiría invitaciones para

“fiestas de piyamas” cada noche. Un chico así, lo tenía muy fácil a la hora de encontrar

compañía. Nada más empezar a sentir envidia y cierta curiosidad por él, una pareja salió del

local, trayendo con ellos el ruido de la música, el olor a humo y alcohol.

-Adiós, dulzura. Cuando quieras podemos quedar para “charlar” un rato... Los tres- le dijo

en tono cómplice, un rubio de sonrisa bella y pícara, apretando los dedos de su amigo. El

chico de la puerta apenas hizo gesto alguno, ni siquiera le miró, pero su indiferencia lejos de

apagarle, pareció dar ánimos al rubio adonis quien volvió a reír. Mientras se alejaban, le oí

suspirar quedamente.

-Buenas noches- le saludé con suavidad, viendo como se sobresaltaba. Me había acercado

hacía un rato, pero como estaba entre las sombras, no me había visto. Eso me hizo sonreír.

Sus ojos parecían enormes por la sorpresa- Me gustaría entrar. Es la primera vez que vengo-

expliqué, más por la necesidad de derrotar a mis nervios con una buena dosis de cortesía,

que por otra cosa. Me miró por unos segundos sin hablar. Luego pestañeó como si

recordara.

-Los menores no pueden entrar. Tienes alguna identificación?- Sonreí por dentro. Lo sabía,

siempre me confundían con alguien de menos edad. No me importaba, estaba acostumbrado.

Saqué la billetera y le di mi tarjeta de identificación. Llevaba ocho años viviendo en ese

país, desde los 24. Parecía que el tiempo volaba, llevándose mi juventud. El chico miró la

tarjeta, frunciendo ligeramente el ceño y luego mirando en mi dirección. No pude evitar una

sonrisa.

-Me siento halagado. Qué lo consideren a uno menor, cuando está cada día más cerca de los

40, es todo un honor- le vi esconder una sonrisa.

-Pasa- me dijo, estirando la tarjeta de regreso.

-Gracias. Y que tengas una buena jornada- me despedí, tan nervioso como estaba, ahora que

iba a entrar en el mundo del amor adulto entre hombres. Me miró frunciendo un poco el

ceño. Abrí la puerta y lo primero que me golpeó fue el ruido. Música que parecía vibrar en

todo, suelo, paredes, en mi cuerpo, flotando en la penumbra, haciendo eco con los latidos de

mi corazón, ahogando todas las voces. Me sentí un poco confuso porque esperaba un

ambiente más iluminado, más apto para la charla, pero entendí que esto era lo correcto, un

ambiente para moverse en busca de una presa de una sola noche, enmascarado por el ruido,

el humo, y el perfume de la líbido. Sentí que no era mi ambiente, sabía que no iba a serlo,

pero quería probar, necesitaba salir de mis espacios seguros y conocer cosas distintas. Me

acerqué a la barra, notando que unos focos iluminaban de manera indirecta al chico que

servía. Otra belleza, pero esta vez más afeminada, distinto del chico masculino y fornido de

la puerta. Se movía como un cisne en su elemento, recogiendo vasos, llenando copas,

recolocando las botellas, parecía como si se moviera al ritmo de la música. Llevaba ropa

ajustada y que dejaba muy poco a la imaginación. Y unos locos pelos de tonos violetas y

rojos, que en su piel pálida y con algunos piercings, le sentaban estupendamente. Yo me

hubiese visto como un payaso de circo sin ninguna duda con su aspecto. Pensé en el portero.

Llevaba el cabello negro y largo atado a la espalda, ningún adorno en su cara o en su

cuerpo, solo su masculina belleza natural. Yo carecía de la gracia del chico en la barra y de

la masculinidad del de la puerta ¿Estaría bien estar aquí? Quizás el mundo gay no era para

mí...

-Qué te pongo, cariño?- me preguntó el bello chico. Sus palabras me sobresaltaron, no

porque no las esperara, sino por el inesperado “cariño”. Era la primera vez que un hombre

me llamaba así.

-Un refresco, por favor- dije con el corazón aún sobresaltado. Con floridos movimientos, me

sirvió en un vaso con hielo el contenido de una botella pequeña.

-Son 6 con 50- busqué en mi billetera el precio exacto, calculando mentalmente que por ese

precio podría comprar un paquete de cervezas de las más baratas en el súper. Pero no estaba

allí esa noche para ser tacaño, sino para aprender. Y tampoco quería tomar algo más fuerte

que un refresco. Si iba a ser mi primera experiencia en el mundo gay, quería estar sobrio,

aunque estuviese aterrado.

Aferré mi bebida y me di la vuelta, contemplando el paisaje. Un grupo de cuerpos se

apiñaban en la pista al son de la música, y pude reconocer algunos que se movía muy juntos,

rozándose unos a otros en una danza erótica. Me sorprendió pero no me disgustó. Siempre

he amado la música, y el amor, ya sea entre gente heterosexual u homosexual, si está bien

expresado no me parece incorrecto. Mi mente de escritor tomó nota de lo que veía para

futuras referencias. Sí, siempre había deseado escribir algún relato homoerótico con

ambiente de bares, música y alcohol, y esa era otra razón para estar allí esa noche. De

pronto, entre el ruido de la música y los bailarines, una luz me atrajo. Hacia la derecha y

cerca del techo, había una pequeña ventana de cristales coloreados, como los vitrales de una

iglesia. Miré al rededor de los otros muros buscando más, pero era la única. La luz de la

luna llena entraba a través de ella, coloreando suavemente la pulida madera del suelo. La

música se apagó de repente y todo se sostuvo en aquella luz. Hacía algunos años, apenas

recién llegado al viejo continente, había viajado por distintos países para conocer un poco

más de Europa. En París, me había enamorado del (1)Sacre Coeur, una blanca basílica en lo

alto de una colina, cuya mayor belleza son los antiguos vitrales por donde la luz entra a

todas horas del día, dibujando sombras coloridas en los blancos y pulidos pilares de mármol

que la sostienen. Y allí, en medio del bullicio agitado de cuerpos sudorosos de calor y deseo,

esa simple, pura luz de prismas, llenó mi corazón de una sagrada reverencia.

-Hey, mira donde te pones- me dijo una voz extraña y brusca, chocando un cuerpo contra

mí. No me había dado cuenta de que me había acercado a mirar la ventana, poniéndome en

el camino de los que iban al servicio. Una esquina un poco más allá me trajo el atisbo de

cuerpos apretujados entre las sombras, y sonidos de besos y gemidos apagados por la

música.

-Lo siento- susurré al desconocido, sabiendo que no me oiría y no le importaría. Cuando se

alejó, miré de nuevo los colores que traspasaban la espesa oscuridad anidando en mi

corazón, y una pena mortal cayó sobre mí- Qué estás haciendo aquí, Mark Evans? Éste no

es tu lugar- me dijo la voz en mi mente que añoraba paisajes antiguos, bosques silenciosos y

capillas derruidas en medio de claros bañados por la luna, donde pudiese refugiar mis

pensamientos e inquietudes. No un bar, no música, ni ruido, ni cuerpos desconocidos y

sudorosos de sexo rápido y anónimo. No aquí, no ahora, ni en esta época. Mi corazón

pertenecía a las eras más inocentes, cuando aún quedaban bosques en los que caminar por la

noche, sin temor a que te atropellara un coche derrapado o que te matara un loco por un par

de billetes. Mi anhelo de conocer, de comprender, de adaptarme al mundo real en el que

vivía, siempre terminaba chocando contra mis sueños. Y despertar era doloroso- Este mundo

no es para ti, Mark. Vuelve a tus cuatro paredes, a tus escritos, a tus sueños, donde estás a

salvo del mundo y de la realidad...

La gente del mundo real no se enamoraba de la luz de luna, atrapada entre los colores de una

ventana en un bar. Miré el vaso vacío. No encontraría respuestas en los cubitos de hielo.

Volví la vista a la barra y vi al chico de la puerta atendiendo allí. No me atreví a acercarme,

pero le observé a la distancia. Manejaba las cosas con soltura, pero sin la gracia del otro.

Sonreí. Verle limpiar vasos con cuidado y pasar el paño sobre la madera de forma suave y

diligente, era un evidente contraste con su porte tan masculino e intimidante, pero de alguna

manera me pareció encantador. E inesperadamente me tranquilizó.

-Hey, Quieres que nos conozcamos mejor? He visto que me sonreías y he pensado, Porqué

no? Si quieres pasar un buen rato, podemos ir a un lugar más tranquilo- oí una voz a mi

espalda. Me giré, notando el cuerpo de un chico cerca de mí, apoyado en el muro. No podía

verle muy bien el rostro, pero sí el pulgar que apuntaba al baño. Dijo que le había sonreído?

Cuándo?

-Ehhh, lo siento, pero... No estoy interesado- intenté sonar firme, pero educado. Tan alto

como era, me podía mandar al suelo de un manotazo.

-En fin, tú te lo pierdes- dijo antes de marcharse por otra presa fácil. Sentí que mi mano

temblaba un poco, con el vaso tan apretado que me dolían los dedos. Entonces, las cosas

eran así?

-Claro idiota, Qué esperabas? Bombones y rosas?- me recriminó mi demonio interior. Ya

sabía la respuesta. Miré por última vez la hermosa luz que se filtraba por el coloreado

cristal, pero sin sonreír, no quería más malos entendidos. La tristeza me golpeó una vez más,

pero al mismo tiempo la resolución. Me volví y acerqué a la barra con paso firme. Al dejar

el vaso, vi al chico cisne en animada conversación con un cliente. Así que el otro estaba en

la puerta.

-Gracias- susurré al alejarme en dirección a la salida. Al abrir, me golpeó el aire frío y sentí

que refrescaba mi piel y mis pensamientos. El silencio, en contraste al ruido interior, hizo

que me dolieran los tímpanos. El chico de negro estaba allí, en su postura de estatua

guardiana. No se giró tampoco cuando la puerta volvió a abrirse. Me hice a un lado, para

dejar pasar a una pareja que no paraba de besarse. Me acerqué con cuidado, poniéndome al

lado del chico, mientras los miraba alejarse entre arrumacos. No quería que se asustara de

mi presencia otra vez.

-Con tanto ruido, el silencio resulta un poco doloroso- le dije en voz baja, consciente de lo

algodonosa que sonaba mi voz en mis propios oídos. Creí que no me había escuchado, pero

tras unos segundos, asintió en mudo gesto. Volví el rostro y le miré de frente. Sus ojos se

encontraron con los míos, y a pesar de la escasa luz que iluminaba la puerta, pude ver que

eran de un gris brillante. No pude evitar sonreír. Eran hermosos y solemnes, llenos de ricas

emociones. Había esperado encontrar frialdad o vacío en ellos, y eso me alentó - Me marcho

ya. Buenas noches. Y que regreses a salvo a casa- Me despedí, alejándome con el corazón

por lo menos un poco más entero. Ser gay no significaba ser del todo un ser frío y carente de

emociones, o ser solo un demonio del sexo, no tenía porque ser así. Al alejarme por el

camino, volví la vista y miré la luna asomándose redonda y hermosa sobre el techo del

local, un enorme botón de plata brillando contra el cielo oscuro. Mis ojos volvieron hacia él,

una sombra firme contra la luz oscilante de la puerta que se abría y cerraba, y me pareció

que por un momento me devolvía la mirada. Quizás lo imaginé, pero me pareció ver que

luego miraba el cielo a su espalda. Sonreí, pensando que esa noche no solo yo disfrutaría de

la luna llena.

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2

Decisiones valientes para cobardes

He dicho antes que vivía en el barrio más pobre. En realidad, era en una zona no muy bien

cuidada de la ciudad, llena de casas viejas y calles maltrechas. Alquilaba un estudio en el

segundo piso de un bloque de apartamentos, propiedad de un militar ya viejo que también

vivía allí. El señor Robert era un hombre escuálido, todo tendones y huesos, con la mirada

severa de un director de colegio y la lengua mordaz de un bucanero, cuando las cosas no

iban como él quería. Conmigo nunca había sido grosero, pero no podía evitar oírle

blasfemar, alguna vez que regañaba a un inquilino. El estudio era una habitación de unos

siete metros y medio, con una cocina en la esquina y un baño diminuto al final. Una cama

pequeña, un armario, un par de sillas y una mesa plegable era todo el mobiliario que podía

entrar. Ah, y muchas cucarachas. Todas las chicas de seis patas de la ciudad se daban cita

allí. Bueno, es una exageración. Yo intentaba mantener todo lo limpio que podía, no dejando

nada tentador a su alcance, hasta que al final terminé comprando un insecticida, aunque me

daba lástima tener que matarlas. Yo llevaba solo unos meses allí y ellas generaciones, no era

muy justo. El señor Robert por supuesto, se desentendía de ellas; él se conformaba con que

se cumplieran las normas de moral, higiene y respeto a la propiedad, ah y por supuesto el

pago sin retrasos de la renta. A veces le veía por la mañana, renquear aferrado a su bastón,

vigilando su propiedad y a sus inquilinos, saludándome con un seco gesto de cabeza. No me

caía mal, pero no quería tenerlo de enemigo.

Esa era mi vida, mayormente en la cama hasta tarde ahora que no trabajaba, o escribiendo a

veces en mi portátil, o navegando por la línea gratuita de internet que había atrapado de la

biblioteca. Mis días pasaban lentos y a mi pesar, infructuosos. Los domingos chateaba con

mi familia y eso me animaba, pero quería algo más. Luego de visitar el bar, me puse a

navegar buscando más información sobre la estructura del edificio que me había llamado la

atención. Para mi sorpresa, descubrí que era un edificio de principios de siglo y había sido

construido como (2)iglesia metodista, pero tras la primera guerra, había sido vendido al banco

en pago de algunas deudas. Y ahora era un bar para gente gay. Qué ironía, si los metodistas

de aquella época lo hubiesen sabido, habrían echado sal y agua bendita por todos los

rincones. Eso me trajo a la memoria la luz de la luna atrapada en la ventana y mi idea de

escribir una historia de erotismo gay ambientada en un bar. Bueno, ya tenía el bar y éste

tenía su propia historia. Me costó unas cuantas noches sin sueño forjar una idea loca, pero al

mismo tiempo necesaria. Tenía que intentarlo, Qué podía perder? Lo peor que podían

decirme era no, y estaba seguro de que lo harían, pero me recordé que quien no arriesga no

gana, y ya había pasado meses atrapado allí a solas con mis pensamientos. Tenía que luchar

por mi sueño. Si yo no lo hacía, Quién lo haría por mí?

Esa tarde, me acerqué por el camino con el corazón galopando de latidos. Había visto que el

horario de apertura era de 9 de la noche a 3 de la mañana, martes de 10 a 2 y cerrados los

miércoles. Supuse que el personal estaría unas horas antes, para encargarse de la limpieza y

otros asuntos antes de abrir. Eran las 7 cuando llegué a la puerta. El frente estaba cerrado,

pero podía oír ruido por la parte de atrás. Me dirigí allí, con la esperanza atrapada en mis

puños apretados, seguro de un rechazo, pero listo para luchar o morir en el intento. Al

acercarme, pude ver la espalda ancha y firme, los hombros rectos, y la larga y negra coleta

del chico de la puerta. Llevaba una camiseta de algodón blanca y unos pantalones vaqueros

azules, telas que se movían y pegaban a su cuerpo, mientras cargaba cajas con botellines

cerrados al interior. Me acerqué a la puerta y esperé a que regresara.

-Buenas tardes- saludé cuando apareció, sobresaltándose un instante, con sus ojos grises

abiertos como si hubiera visto un fantasma- No quiero molestar. Mi nombre es Mark Evans.

Estuve aquí hace unas cuantas noches- estiré la mano para saludarle y la estrechó en

silencio. Claro que no me recordaba, pero quería ser educado- La verdad es que me gustaría

hablar con el propietario. Crees que sería posible?

Su mano grande y cálida había sido cuidadosa al aferrar la mía, acostumbrado supuse a

tocar cosas pequeñas. Me soltó y me miró frunciendo un poco el ceño.

-Por qué razón?- su voz grave y masculina, llena de matices cálidos me sacudió. Como

había pensado, no parecía ser una persona fría y superficial. Desde que vivía solo, había

aprendido a fiarme de mi instinto, que solía susurrarme cuando debía alejarme de alguien o

de algo peligroso, y cuando podía acercarme más. Y ahora mi instinto tiraba de mí, con

fuerza hacia él. Decidí que tenía que ser honesto. Él no era el dueño, eso era obvio como el

agua en la lluvia, pero no tenía nada que perder.

-Para ser honesto, soy escritor. Bueno, nunca he publicado ningún trabajo, pero me gustaría

poder hacerlo. Hace poco he salido del armario y ésta es la primera vez que me acerco al

mundo gay. Cuando vine aquí hace algunas noches, quería conocer un poco cómo es este

mundo y bueno... La verdad es que este local es precioso, el ambiente no está mal, y he

pensado que sería fantástico para crear una historia. Sé que suena extraño, créeme, pero

bueno, he pensado que si no lo intento, podría perder una excelente oportunidad. En fin,

ahora mismo no estoy trabajando y pensé que si necesitabais algo de ayuda extra, lo que sea

que me permita conocer más de cerca el ambiente y aprender sobre el amor entre chicos,

tanto de manera personal como para mis historias, bueno... No estoy pidiendo un contrato

con salario, ni nada parecido, solo venir a ayudar, tal vez con la limpieza y esas cosas... No

sé, intentar aprender un poco más sobre el mundo gay- Tuve que tomar aliento, mirando su

rostro. Sentía que mi corazón latía a mil por hora y había dicho un montón de cosas sin

sentido. Se quedó mirándome en silencio un minuto, tal vez dos y pensé que me cogería del

cuello para lanzarme a la calle. En vez de eso, se volvió y caminó hacia el interior.

-Va a llamar a la policía, de seguro- Mi primer instinto fue correr, pero me quedé allí de pie,

con una vana esperanza. Salió de pronto y me hizo un gesto con la mano para que le

siguiera. Mi corazón cantó sin poder creérselo. Entramos por una larga y estrecha cocina,

donde estaban apiladas las cajas de botellas de refresco, y otras cosas más que no tuve

tiempo de ver. El chico se movía rápido y yo no quería quedarme atrás. Salimos a un pasillo

algo oscuro y pude reconocer la barra iluminada. El chico cisne estaba allí, acomodando

botellas y vasos.

-Hey Morgan- le saludó con una voz aniñada. Cuando me vio, se paró en seco- Oye, Y éste

quién es?

-Mark Evans- fue todo lo que Morgan dijo.

-Buenas tardes- le saludé pero me ignoró, poniendo los brazos en jarras y mirándole con

enfado.

-Está Issi arriba?- preguntó Morgan.

-Depende. Oye, a dónde vas? Sabes bien que no puede entrar gente aquí a esta hora- le gritó,

pero el otro subió las escaleras y desapareció. Se volvió a mirarme y pude ver la furia

pintada en sus ojos verdes. Usaba delineador negro, y le sentaba bien, aunque daba un

aspecto malvado a su mirada. Intenté sonreír- Y tú no te muevas de ahí. Veremos lo que

tiene que decir Issi sobre esto- dijo como una amenaza, antes de darse la vuelta con la

majestad de una reina airada y regresar a su puesto, sin dejar de mirarme de reojo. Creí

escuchar la palabra “tipo raro” murmurada, pero le ignoré. Mi corazón estaba puesto en un

lugar, arriba de las escaleras.

Me quedé allí de pie, acosado por la silenciosa furia de la reina, varios minutos, atento a

cualquier sonido. Por fin escuché pasos y me preparé para lo peor. Podían haber llamado a

la policía, podían haber discutido que hacer con mi cadáver después de asesinarme, podían...

Cuando mis ojos se alzaron sin poder soportar más, vi que Morgan bajaba, seguido por un

hombre alto, delgado y bello, en un traje blanco, formal y a la vez informal. Tenía un aire

extranjero, tal vez instigado por su rubio cabello platinado de corte elegante, la piel pálida y

los ojos de un azul tan oscuro como el mar báltico. Me golpeó la seguridad de que era

alguien con autoridad. Se acercó con pasos seguros y me miró, levantando una ceja. Era casi

tan alto como Morgan, pero al ser más delgado, parecía menos intimidante. Aún así, tuve

que levantar un tanto el rostro para mirarle.

-Me ha dicho Morgan que estás buscando empleo- preguntó, su voz llena de un matiz entre

autoritario y elegante.

-Issi...- se quejó el chico de la barra. Él solo alzó la mano y acalló la protesta.

-Algo de que escribes historias.

-Sí, así es.

-Lo siento, pero no estamos buscando personal- Su voz era firme y su mirada no se apartó

de la mía. Pensé que si me hubiese rechazado ya, no habría bajado a hablar conmigo.

-Lo supuse. En realidad, mi intensión no es trabajar aquí como un empleado a sueldo, solo

venir a ayudar, quizás con la limpieza o algo que sea necesario hacer, no importa qué. Lo

único que deseo, es poder conocer como es el ambiente de un bar, como es desde dentro y

como es el mundo gay. Ambos me servirían como material para mis historias, y también a

nivel personal.

-Eres gay?

-Sí.

-Lo que es, es un tipo raro- protestó el chico de la barra.

-Hace poco he aceptado que lo soy. Bueno, siempre he salido con chicas, pero también me

atraen los hombres.

-Ah, lo que faltaba, Un amante de vaginas!

-Cory!- le regañó Issi- Eres bisexual.

-Supongo que sí. Soy nuevo en esto, así que las etiquetas me confunden un poco- decidí ser

sincero. Me miró, sin ningún gesto que me dijera lo que pensaba, pero al menos se había

tomado la molestia de escucharme.

-Entonces, lo que estás buscando es experiencia, tanto en hombres como en bares, es así?-

asentí en silencio- Por qué aquí?

-Vine hace unas noches. Fue el primer bar gay que encontré navegando en las páginas

amarillas en Internet, y decidí probar- se cruzó de brazos y me miró- Estaba nervioso, nunca

había hecho esto, pero cuando vi el edificio me pareció muy hermoso. El interior también,

aunque no pude verlo con la poca luz. Pero he investigado sobre su construcción- un gritito

ahogado de protesta salió de Cory, pero Issi solo le miró y calló- Data de principios de siglo.

Era una iglesia metodista y fue vendida durante la primera gran guerra. El banco de su

propiedad no la tocó, ni hizo reformas, ni nada. Supongo que estos suelos son los mismos

que los de aquella época- dije tocando con el pie la pulida madera y llevando la mano a la

barra de caoba- Al igual que esto. Puede haber sido parte del altar o del púlpito- me perdí

unos segundos, acariciando la madera. Cuando alcé los ojos, Issi me miraba con atención

renovada, y eso me dio fuerzas- Y allí, en esa ventana, hay vidrio esmerilado original. Los

colores se vuelven bellos y profundos, cuando la luz le toca- una risa ahogada estalló a mi

espalda y supe que venía de Cory. La ignoré, acercándome a Issi- Me enamoré esa noche de

la luz que estalló en prismas de colores cuando le atravesó la luna llena. Y de este local. Es

precioso y perfecto, y sería un honor aprender todas las cosas que no sé aquí- Me dejé llevar

un poco por la emoción- Por favor, no estoy pidiendo que me paguen un salario, ni me

contraten, solo quiero tener la oportunidad de estar aquí y observar. También sería útil;

aprendo rápido, y no estorbaría en su trabajo. Estoy cobrando el desempleo, así que no

necesito dinero. Me basta con algo de comer y quizás un billete de autobús. No tengo más

intensión que aprender. Solo quiero una oportunidad- Sabía que mi voz se había vuelto un

murmullo de súplica, pero no me importó. Me di cuenta de que tenía que ser allí, allí y en

ningún otro lugar, todos mis instintos lo gritaban, como hombre y como escritor.

Issi dio un suspiro profundo. Escuché de fondo el murmullo amortiguado de Cory, pero mis

ojos no se separaron de Issi, que se llevó el cabello hacia atrás con la mano, sin mirarme.

Me sentía como un condenado a muerte, esperando su veredicto.

-No sabía que el bar fuese una antigua iglesia- una voz profunda cortó el silencio tenso.

Volví los ojos agradecidos a la figura lejana de Morgan, quien se había mantenido callado

hasta ese momento.

-Metodista. Por eso los vitrales solo tienen colores. Ninguna imagen está permitida en su

religión.

-Y tampoco los gays- rió Cory con sorna. Yo también sonreí, recordando la sal y el agua

bendita. Issi se movió, cruzando los brazos sobre el pecho una vez más.

-Como te decía ¿Mark? Bien, como te decía, ahora mismo no necesitamos personal- eso me

hundió, aunque ya lo sabía. Issi miró por sobre mi hombro, y en su boca apareció una leve

sonrisa- Pero, dada tu circunstancia y tu sincera petición...- mi corazón volvió a latir rápido,

aferrado a su mirada cuando se quedó en silencio- En fin, déjame tus datos de contacto. No

prometo nada.

Asentí en silencio, con el rostro tirante de calor y una sonrisa que no pude evitar. Era la

esperanza de una posibilidad, sembrada al viento y que ahora sentía aferrarse a mí con

renovada fuerza. Sentí que mis ojos se humedecían y respiré para controlarme. En el fondo

de mi mente oía la voz de Cory lanzando protestas, pero nada más importó. Le di las hojas

que había llevado preparadas, fotocopias de mi curriculum, con mis datos y mi tarjeta de

identidad. Alzó una ceja, sonriendo divertido cuando se las entregué.

-Esa en mucha confianza, no crees?- no pude evitar sonrojarme y se rió con ganas- Morgan,

Le acompañas a la salida?- Éste asintió, acercándose a mí. Quizás Issi solo había sido

amable con un chico que parecía desesperado, quizás no se molestaría en llamar y nunca

más volvería a ver el interior del bar, al menos no sin ser cliente. Pero no me importó; la

posibilidad estaba allí y me aferré a ella con uñas y dientes.

-Gracias- dije intentando poner en esa palabra todo mi corazón, antes de seguir a Morgan a

la salida. Quizás sería la última vez, pero me marcharía como un perfecto caballero. Afuera

me esperaba la luz de la tarde. No podría haber pasado más de media hora, pero me parecía

extraño que no hubiese caído ya el sol, o quizás que hubiesen pasado semanas desde que

había entrado. Sentía mi vida cambiada, mi propio ser distinto, como si se me reconociera

de una vez por quien era. Había pasado años, no negando mi bisexualidad, sino más bien

dejándola estar, allí latente, como algo inexplorado. Ahora me sentía por fin completo. Y

valiente, como un hombre que vuelve de la guerra no siendo un héroe, pero sí siendo más

hombre. Miré a Morgan, quien me miraba en silencio. Le tendí la mano.

-Gracias. Gracias por la oportunidad. Y gracias por escucharme- dije estrechándosela con

fuerza, absorbiendo su calor. Me había dado fuerzas, primero al dejarme entrar y luego al

apoyarme con sus palabras. Cómo algo tan simple como unas pocas palabras, habían

sostenido mi mundo de regreso a la tierra? Pero lo había hecho y le estaba agradecido de

corazón. Me sonrió y sus ojos se iluminaron, cobrando un rico matiz como de plata líquida,

como el brillo de una moneda entre el lodo, en una mañana fría y sin esperanza.

-De nada- respondió. Solté su mano y sentí su calor aún en mi piel.

-Hasta pronto.

-Sí.

Me alejé de allí, y mis pasos me llevaron por calles que no veía. No volví la vista atrás. No

se debe mirar nunca el campo de batalla, una vez que la lucha ha terminado; hay que seguir

adelante y limpiarse las heridas, y afilar las armas para la próxima vez. Y con suerte, una

vez que todo esté listo y el olor de la sangre lejos, buscar un refugio seguro y sin testigos,

para dejar que las lágrimas limpien todo rastro de suciedad en el corazón.

Esa tarde, mis pies me llevaron a un parque no lejos de allí, y bajo la sombra de un sauce,

pude llorar por fin. Por la tensión acumulada durante todo el día, por todo lo que había

pasado en el bar y también porque me daba cuenta de que ya no había vuelta atrás; fuera lo

que fuera que pasara en el futuro, con el bar, con mis historias, con mi vida, nada sería como

antes. Yo era un hombre nuevo, un hombre distinto. Había nacido otra vez, y aceptar eso me

daba miedo, a la vez que me daba valor.

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3

Lo que ellos pensaban

-Vaya, vaya. Esto se pone muy interesante- sonrió malvadamente Issi, dejándose caer sobre

la silla frente al escritorio. Alan O´Flaherty apenas alzó la vista de las facturas que repasaba

en el ordenador.

-Todo bien, cariño?

-Oh, sí amor. Todo perfectamente bizarro, pero bien.

Alan alzó una oscura ceja en su dirección, sin ningún otro gesto en su cara.

-Imagino que el asunto del chico está concluido- Issi asintió, jugando con unos papeles entre

sus dedos- Bien. No necesitamos más personal- eso zanjaba la cuestión. Se volvió hacia su

ordenador, pero algo le inquietó. Issi estaba en silencio, e Issi nunca dejaba que nadie

tuviera la última palabra. Le conocía demasiado bien. No por nada llevaban 10 años juntos.

Se preparó para ello cuando le oyó suspirar.

-¿Sabías que el bar fue una antigua iglesia metodista de principios de 1900?

-Por supuesto. Fui yo quien compró el edificio.

-Con la herencia de tu tío- él solo asintió- Mmhh. Siempre me pregunté porqué habías

dejado el vitral en esa ventana.

-Es antiguo.

-Pero cambiaste los otros- Alan le miró a los ojos. Issi alzó las manos- Solo digo, que me

parece curioso... ¿Sabías que la luna llena se refleja allí? Y estalla en prismas de colores-

dijo con gesto teatral.

-A dónde quieres ir? Suéltalo ya- Issi se acercó a él, enredando los dedos en su cabello, de

esa manera sexy que tenía cuando quería algo.

-Hay un escritor incipiente, enamorado de tu local y de tu ventana. Y vino a pedir... No, ha

suplicar que le dejásemos trabajar aquí. Sin sueldo. Solo quiere comida y transporte.

-No nos hace falta personal.

-Tal vez algo de limpieza, fregar los suelos. El baño... ya sabes que como se pone Cory

cuando le toca limpiar el baño.

-No tenemos presupuesto.

-Tal vez por un par de semanas... Claro, bajo estrecha vigilancia. Nada de acercarse a la

caja. Cory le vigilará como un halcón- Alan sonrió. Qué él era el jefe? Vaya patraña, podría

haber comprado el edificio y pagar las facturas, y encargarse de todo lo legal, pero no era

quien tenía la última palabra. Ilích Solovióv, Issi para los amigos, era un Ruso implacable,

tanto en la cama como fuera de ella, y Alan, con toda su sangre irlandesa no podía contra él

cuando se le metía algo en la cabeza. Quién decía que los rusos eran fríos? El suyo tenía

más fuego en las venas que el mismo centro de la tierra. Miró a los ojos de su amante.

-Razones?

-Bueno, es un artista en germinación, algo desesperado debo decir. Ama el local. Y...- Issi le

dio una sonrisa malvada.

-Y?

-Creo que Morgan siente algo por él- Alan alzó una ceja. Morgan Winters llevaba con ellos

dos años. Había dejado la universidad sin acabar y se había dedicado a trabajar desde los 21.

Era una belleza masculina de 1.90, pero no rezumaba testosterona por todos los poros, como

se podría pensar. Si hubiera una palabra para describirlo, Issi habría dicho de inmediato “oso

de miel”; Morgan parecía un animal sexy y peligroso a simple vista, pero el Ruso se lo

imaginaba perfectamente a juego con un piyama de (3)snoopy y zapatillas de peluche,

tomando cocoa bajo su manta favorita en el invierno. Y todo, porque la primera vez que le

invitaron a comer (costumbre que tenían al cerrar un contrato) pidió de postre el “mega-

helado de choco-crunchis” y prácticamente babeó, cuando la empleada que les tomó nota

sacó un bolígrafo del mencionado beagle. Como no pudo despegar sus ojos del bolsillo

donde estaba el lapicero, terminó la comida con la pícara empleada alargándole una nota

con su número. Issi todavía se reía de ello, recordando la expresión sonrojada del chico.

Pero no era de extrañar. Morgan tenía algo de nativo americano, evidente por las facciones

de su rostro, aunque su piel era más clara y sus ojos grises, extraña y bella combinación que

llamaba poderosamente la atención, junto con su aparente ferocidad. Se había criado en

hogares de acogida. Era un buen chico, serio y responsable. Nunca había cedido a los

coqueteos de Issi, y eso Alan lo agradecía. Sabía que había tenido citas de vez en cuando,

fuera del horario de trabajo (información proporcionada por “el chismorreo 24 horas” de

Cory) pero nada formal. Y parecía que así se mantenía hasta ahora. Quizás nadie llenaba sus

expectativas. La mayoría de los clientes del bar intentaban llamar su atención, de forma

indirecta y a veces demasiado directa, pero el chico parecía haber dibujado un halo en torno

a él que le hacía parecer distante. Y eso, para los cazadores de presas mayores era un reto

más que excitante. Por eso habían puesto una cámara fuera de la puerta, aparte de la de la

barra. Querían mantenerle seguro. O quizás, a los clientes que se atrevieran a pasar su línea

territorial. Morgan tenía músculos suficientes como para mandar a cualquier indeseable al

otro lado de la calle, aunque de momento eso nunca había pasado. Issi se reía de ello,

diciendo que su lado “snoopy” ganaba siempre la batalla. Pero aún así, había una diferencia

entre ser amable y “estar interesado”. Además, Issi había dicho “sentir algo por él” y había

un mundo de significados en esas palabras, Alan lo sabía bien. Por eso era tan raro que un

chico salido de la nada, que se auto proclamaba “escritor”, y de aspecto tan poco

interesante, llamara su atención. Si quisiera, Morgan podría tener chicos guapos y

dispuestos a sus pies cada noche (fuera del horario de trabajo, claro) Era un caso por lo

demás intrigante. Además, Issi parecía vibrar con la idea.

Alan suspiró, pasándose la mano por la cara ¿Cuándo llegaría el día de su jubilación?

Amaba su bar y oh sí, amaba su vitral que miraba hacia su tierra natal, pero a veces era tan

duro...

Sabía, desde que había iniciado la conversación, que no iba a ganar. Solo le quedaba una

cosa por hacer.

-Dos semanas, nada más. Tendrá que hacer un contrato por obras y servicios de jornada

media- irregular. No arriesgaré problemas con hacienda. El salario será equivalente a bono

por comida y transporte. Tú estarás a cargo. No quiero quejas- dijo, volviéndose a mirar la

pantalla del ordenador. Issi dio un gritito de jubilo y saltó a sus brazos, sentándose en su

regazo mientras le besaba.

-Sabes que te amo, verdad?

-Más te vale- masculló entre sus labios.

Morgan miró a Cory, quien aún echaba chispas. Sonrió, no lo podía evitar. Su mano aún

sentía el frío contacto de la piel de Mark, tan fría que era como si le hubiese quemado.

Recordó esa noche, sus ojos sinceros, su voz: “Que tengas una buena jornada...” ”Con tanto

ruido, el silencio resulta un poco doloroso...” ”Qué regreses a salvo a casa”... Palabras tan

simples y sin embargo, él las había buscado por mucho tiempo, sin hallarlas. Tenía razón,

era un artista, no podía ser de otra manera. Había sabido que lo era en cuanto miró su

nombre en la tarjeta: Mark Evans ¿Quizás esa era la razón por la que había permanecido con

él toda la noche? Muchos otros le habían dado tarjetas con su nombre y número, en

servilletas escritas con apuro o con promesas de sexo divino. No recordaba ninguno de

ellos ¿Quizás había sido porque “Mark Evans” miraba la luna? Dentro del bar y al salir, la

luna llena parecía atraerle como a una mariposa nocturna una antorcha encendida ¿Era por

eso que se había ido a la cama pensando si “Mark Evans” habría regresado a salvo a su

hogar? Devolver esas palabras amables, que él había buscado tanto en vano, y habían salido

tan fácilmente de boca de un joven poeta... Poeta no, escritor... No, poeta estaba bien.

Morgan sonrió. Le agradaban los artistas. Veían el mundo con una luz que parecía nadie más

notaba. Él no podía verla, claro, era una persona simple, pero admiraba a quienes sí.

Instintivamente estiró la espalda, donde su dragón guardián reposaba. Su mejor amigo desde

hacía años lo había despertado en su piel para él. Su hermano, quien le había traído a la vida

con los trazos de su tinta, para darle protección, para que siempre le vigilara. Su runa, su

guardián. Su hermano tenía el regalo de poder ver las cosas invisibles y valiosas de la vida,

y le había enseñado que la verdadera familia está en el corazón, no en la sangre. Morgan

sabía que el tatuaje que cubría su espalda le hacía parecer peligroso y erótico, la mayoría de

sus ocasionales amantes se lo decían, arañándole en el ardor de la pasión cuando entraban

en él, queriendo fundirse con las profundidades de su lado oscuro. Pero pasado el momento

del clímax, lo olvidaban o lo relegaban a un capricho de juventud. Pero para Morgan era

mucho más. Era un regalo de amor.

-Oye, Morgan, dime la verdad. Tú conoces a ese tipo?- le increpó Cory, con un tono chillón

en la voz. Morgan sacudió la cabeza en una negativa- Sabes que es un raro, no? Le recuerdo

de la otra noche, claro que sí. Dime, quién viene a un bar a pedir un refresco, para luego

quedarse mirando al techo?... Y yo no me trago eso de que sea escritor ni nada... No, no.

Mira, hay tipos muy raros y peligrosos en este mundo, te lo aseguro yo. Y nada peor que los

que parecen inocentes. Espero que Issi tenga más sentido común y no se le ocurra llamarle.

O me va a escuchar. Puedo ser una arpía cuando me lo propongo- le aseguró, volviendo a su

trabajo con las botellas. Cory tenía un año más que él trabajando en el bar, y hasta ese

momento, nunca le había necesitado para acabar sus conversaciones. En el fondo lo

agradecía. No era muy dado a las palabras superfluas y menos cuando su mente se hallaba

prisionera de inesperadas sensaciones.

Sus ojos se dirigieron a la ventana, por donde el reflejo débil de la tarde alimentaba el color

del cristal, haciéndole despertar. Sí, le había visto antes pero no supo entenderlo. Mark había

reconocido de inmediato la vida florecer en el cristal, y se la había mostrado sin orgullo ni

egoísmo, con la alegría de quien tiene tanto para dar, que lo da todo a manos llenas.

Luego de darle una buena dosis de amor a su serio Irlandés, Issi bajó la escaleras de las

oficinas y se apoyó en el bar, mirando la espalda de Morgan mientras bajaba las sillas y

limpiaba los toneles que usaban como improvisadas mesas. Diablos, el chico tenía un buen

culo. Estaba comprometido y amaba a su Irlandés, pero mirar no estaba prohibido. A su

espalda un resoplido enfadado le llamó la atención

-Ya estás cansado, cariño? Tal vez deberías restringir las actividades nocturnas los días de

trabajo- le molestó. Cory Jackson hizo un mohín aniñado. Para ser un guapo chico de 25 con

todos esos piercings y ese maquillaje, que se llevaba a la cama a un tipo diferente cada

miércoles, estaba seguro que para tener sexo hasta poco antes de regresar a trabajar el

jueves, ese gesto siempre le hacía parecer de 12.

-Issi, sabes que te quiero, y quiero lo mejor para el negocio, verdad?

-Claro cariño. Todos nos amamos porque somos una gran familia- le respondió con una

resplandeciente sonrisa. Su gesto se hizo aún más infantil, al igual que su voz.

-No confío en ese tipo que vino esta tarde. Me da escalofríos, y tú sabes que mis escalofríos

nunca fallan.

-No te preocupes cariño, nada está decidido aún. Y sabes bien, que no soy yo quien da las

órdenes aquí- le respondió conciliadoramente. Notó que Morgan les miraba de reojo. Cory

salió de la barra y se acercó a él.

-Pero estoy preocupado. Y sé que tú también lo estás. Hay tanta gente malvada en el

mundo... No quiero poner a mi familia en peligro- Issi casi pudo ver a Morgan rodar los ojos

exasperado. Cory siempre sacaba la carta del amor familiar cuando quería algo. Sabía que

su propia familia lo había repudiado cuando les dijo que era gay, y había pasado unos malos

meses vendiéndose en las calles para poder sobrevivir, hasta que ellos le encontraron. No

era un chico vil, y era un estupendo barman, pero tendía a ser altamente celoso y posesivo

con ellos, comportándose como un niño que no quería compartir sus juguetes con nadie

más, haciendo una rabieta cuando veía peligrar la atención sobre él. Por suerte con Morgan

se llevaba bien, principalmente porque él actuaba como un hermano mayor

condescendiente y algo distante, que no requería la atención de sus padres sustitutos. Issi

sabía que Cory no quería a nadie más en su terreno, que le diera competencia. Se preguntaba

si Mark sería capaz de resistir el asalto, si atacaría o por el contrario se escudaría en la

indiferencia. Sería interesante de ver. Y la reacción de Morgan a ello. Sí, hacía mucho que

no le había visto perder el paso por nadie, en realidad nunca, y eso le intrigaba. Se

preguntaba si la insistencia y desesperación de Mark, serían únicamente por el local o había

algo más allí. Quién era él para juzgar el destino de nadie? Pero podía jugar un poquito y

divertirse en el proceso. Tomó la mano de Cory, que descansaba en su hombro y la acarició

con suavidad.

-Te entiendo, créeme, pero no depende de mí, cariño y lo sabes. Pero no te preocupes. Sea lo

que sea, lo afrontaremos juntos. Como siempre- dijo con una sonrisa, dando por finalizado

el tema.

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4

Primeros pasos de baile

La llamada telefónica me cogió por sorpresa. No era que no la esperase, la deseaba tanto

que dolía, mirando el teléfono a cada instante esos días, llevándolo conmigo a todos lados y

saltando cuando sonaba por alguna llamada ocasional de publicidad. Pero por fin, tras un

par de días de agonía, Issi me llamó. Mi primer pensamiento fue que volvería a ver a

Morgan, quitándome la idea de la cabeza, pero sin poder evitar una sonrisa. Me había

metido en ese mundo por una razón y ahora era tiempo de enfrentar mis decisiones. Issi me

había aclarado que solo sería por un par de semanas, ayudando con la limpieza del local,

con la cena incluida y el transporte, diciéndome que llevara la documentación pertinente al

otro día. Así que el jueves me encaminé al bar. En mis nervios, había llegado varias horas

antes de la apertura, pero no me importó esperar. Me senté en el parque a calmar mis

nervios, y pensar cuánto había cambiado mi vida en poco más de una semana. Por supuesto

aún me quedaba mucho por aprender, pero era increíble como mi decisión de dejar de

esconderme en mis círculos de seguridad, había dado por resultado mis primeros pasos

tambaleantes en esa nueva vida. Miré a la gente pasear a sus perros, caminar sin prisa entre

las escasas hojas caídas o hacer deporte, con la luz de la tarde filtrándose entre las ramas de

los arboles, tocando los bordes de la laguna, donde los patos nadaban sin frío en el helada

agua de los primeros días invernales. Los días comenzaban a ser más fríos y el viento del

norte traía el olor de la lluvia lejana. Unos veinte minutos antes de lo que consideré

apropiado, me levanté y regresé al local. El bar estaba aún cerrado, pero me dio tiempo de

observarlo con atención. Iba a ser mi lugar de estancia por unos días, y eso era suficiente

para tenerle cariño. Me di cuenta que la luz de la tarde incidía sobre el techo del edificio,

arrancándole suaves destellos, que le hacían parecer rodeada por una suave aura, como si

fuese tocada por la mano de Dios. Sonreí porque recordé que era una iglesia, y aún cuando

ahora era un bar, la tierra donde estaba construida seguía siendo tierra sagrada. Y sobre todo,

Qué podía ser más sagrado que el amor? Incluso en sus expresiones más paganas y

naturales, ese sentimiento se sobreponía a todo lo demás. Bueno, yo era un romántico por

entonces, y lo sigo siendo. Me senté fuera de la puerta trasera, con el corazón latiendo aún

nervioso en mi estómago, los papeles requeridos aferrados a mi mano. Empezaría hoy? Tras

unos 10 minutos de espera, escuché un par de voces acercándose. Pronto vi a Issi caminar

lado a lado de un hombre un poco más bajo que él, de pelo oscuro y ojos de un azul muy

claro. Iba vestido de negro, en contraste con la ropa blanca de Issi y me pareció que ambos

encajaban, tan perfectamente como las piezas de un juego de ajedrez. Issi sonrió al verme y

me tendió la mano.

-Has estado aquí mucho tiempo?

-Solo un rato. Quería dar una vuelta por el parque y visitar a los patos- dije estrechándosela.

Levantó una ceja curiosa por un instante y me señaló al hombre a su lado.

-Cariño, éste es Mark Evans. Mark, él es mi pareja y orgulloso propietario del local, Alan O

´Flaherty- dijo mientras guiñaba un ojo.

-Mucho gusto.

-Un placer- respondió con voz serena. Abrieron la puerta y entramos por la cocina al oscuro

pasillo. Pude oler a madera y alcohol, y un leve olor entre perfume almizclado y sudor.

Todos los olores contenidos de los cuerpos que habían bailado y amado las noches previas.

La luz de la tarde iluminaba en contraste la barra, y me pareció que su reflejo era cálido y

familiar. Mi corazón se sintió por fin a salvo.

-Traes toda la documentación contigo?- me sobresaltó la voz de Issi. Asentí en silencio-

Bien, vamos a la oficina. Tendrás que firmar un documento, aceptando todas las condiciones

que habíamos acordado. No es un contrato en toda regla, pero es mucho más oficial que un

contrato verbal. Imagino que no tienes ningún problema con ello, verdad?

-No.

Después de todo lo que había pasado, por supuesto que no me iba a echar atrás y sabía que

Issi lo sabía, pero agradecí que lo preguntara de todas formas. Subimos la escalera, que

sospeché era parte original de la iglesia, pero había sido reformada. La suave madera del

pasamanos estaba pulida, y de alguna manera la sentí cálida bajo mi piel. Quizás era porque

mis manos estaban muy frías. La oficina era cómoda y elegante, no muy grande, pero lo

suficiente para no sentirme sofocado. Entregué mis papeles, firmé el contrato e hice la

pregunta que me moría por hacer desde que habíamos entrado.

-Cuándo puedo empezar?- Issi me sonrió.

-Vamos abajo, y te presentaré a los demás de forma oficial- me despedí en un silencioso

gesto del dueño, y le seguí mientras nos acercábamos a la escalera- Como has visto, la

limpieza aquí debe hacerse a diario para mantener las condiciones del local. De momento,

Morgan y Cory se encargan de ello. Tú estarás a su disposición para lo que sea que

necesiten.

-Por supuesto.

-Imagino que no tienes ninguna experiencia con ello- yo negué con la cabeza- Bueno, no

pasa nada. Ellos te dirán lo que haga falta. Ah, lo olvidaba- dijo deteniéndose un momento,

acercándose a mi oído- Ambos son muy buenos chicos, y no creo que tengas problemas si te

limitas a hacer tu trabajo. Morgan es serio. Y bueno, Cory es... es un tanto difícil de tratar,

pero te voy a pedir que seas amable con él, de acuerdo? Somos como una familia, y no nos

gustan las peleas entre nuestros niños- Eso me hizo sonreír. Había un tono de advertencia en

su voz pero también de afecto, lo que me hizo sentir a salvo de nuevo. Pensé que había

estado acertado y no me había equivocado en la naturaleza del local. No solo era un bar,

había mucho más allí.

-Lo tendré en cuenta Issi, y haré todo lo mejor que pueda- le aseguré de corazón. Sabía

desde un principio que a Cory no le caía en gracia, y le iba a costar aceptar mi presencia,

pero solo eran un par de semanas. Podría lidiar con ello. Al bajar, me di cuenta que tanto

Morgan como Cory ya estaban allí. Mis ojos se encontraron con los de plata líquida, y no

pude evitar sonreír.

-Chicos, éste es Mark Evans. Comenzará a trabajar hoy con nosotros, durante un par de

semanas. Se encargará de la limpieza y otros menesteres que hagan falta, hasta la hora de

apertura. Ellos son Cory Jackson, nuestro bello y talentoso barman, y Morgan Winters,

nuestro guardián de las puertas. Si tienes cualquier pregunta sobre tus labores, ellos te las

aclararán.

-De acuerdo- Noté como Cory alzaba una ceja y hacía un mohín con la boca, en gesto

fastidiado hacia mí.

-Si tuvieses que quedarte un poco más algún que otro día, te lo informaré- asentí en silencio-

Después de la hora de apertura, puedes quedarte un rato si lo deseas. Cory te dará un par de

refrescos, por cuenta de la casa- vi que el chico abría la boca para protestar, pero se callaba.

Issi sonrió- Si es en horario fuera de trabajo, no me importa que los clientes se vuelvan

ligues. Pero solo fuera del local- dijo con mucha claridad y sospeché que no me lo decía

solo a mí. Me dio una palmadita afectuosa en la cabeza y se giró para marcharse- Chicos, se

los encargo- dijo antes de marcharse escaleras arriba. Me quedé mirando su figura

desaparecer, antes de tener que enfrentarme a mi destino, llamado “Cory”. Pero cuando me

volví, me encontré en cambio con la enorme figura de Morgan frente a mí.

-Bienvenido- dijo con una suave sonrisa en la mirada, estirando su mano.

-Gracias. Es un placer- respondí, estrechándola y disfrutando de su calidez. Al menos tenía

un aliado- Es un placer conocerlos a ambos- dije mirando a Cory, quien sacudió la cabeza,

lanzando un bufido por todo saludo. Volví la mirada a Morgan, soltando su mano- Me

gustaría ayudar. Qué puedo hacer?- él asintió con la cabeza y abrió la boca para hablar, pero

fue la voz de Cory la que se escuchó.