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TORTURADORES

&

CIA

Xabier Makazaga

Título:

Torturadores & CIA

Autor:

Xabier Makazaga

Diseño y dibujo portada:

Raul Roncero y Joseba Iñaki Bilbao

Contacto:

santurtzi.tkt@gmail.com

Este libro se ha realizado con el objetivo de denunciar

y dar a conocer la lacra de la tortura. Tu también puedes

ayudar en la consecución de dichos objetivos, fotocopiando,

difundiendolo en internet, ... Sería de gran ayuda.

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XABIER MAKAZAGA

TORTURADORES

&

CIA

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Quiero dedicarle emocionado este trabajo a

Eva Forest que a su tan sentida muerte, el año

pasado en Hondarribia, dejó un inmenso legado de

lucha y compromiso, y ha sido una referencia

indiscutible para las innumerables personas que

nos hemos ido incorporando, gracias a su generoso

ejemplo marcado por una tremenda sensibilidad y

calidad humanas, a la lucha para erradicar de una

vez por todas la terrible lacra de la tortura.

Y deseo agradecer además su apoyo y

ayuda a las compañeras y compañeros de

Torturaren Aurkako Taldea, y muy en especial a

Raúl Roncero, otro infatigable luchador contra la

tortura, sin cuya excelente labor este trabajo no

hubiese visto la luz en Internet.

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Nunca me han detenido en el estado español ni he sufrido en propia

carne la tortura física, pero sí que conozco personalmente la psicológica

“gracias” a los policías franceses que me mostraron, tras detenerme en

1987, lo duchos que son en la materia.

Aquel año, las autoridades francesas pusieron en las garras de los

torturadores españoles a más de un centenar de refugiados y refugiadas

vascas usando el tristemente célebre procedimiento de urgencia absoluta;

y no sólo eso, sino que exprimieron a conciencia el terror que nos

producían aquellas expulsiones, que se repetían a un ritmo vertiginoso,

para obtener falsas autoinculpaciones.

Aunque para ello la mayoría de las veces se servían de la amenaza

directa, conmigo decidieron utilizar otro método más refinado: me

hicieron creer, de una manera muy “profesional” por cierto, que me iban

a dejar en libertad porque «no había suficientes pruebas en mi contra».

El efecto que provocó en mí aquella “excelente” noticia fue tan

demoledor como tenían previsto mis captores. Y lo fue porque todo

refugiado vasco sin papeles en regla –los míos hacía tiempo que habían

perdido toda validez– era entregado en la frontera a los torturadores

españoles que se encargaban de dejarle muy claro lo democrática que era

y es su monarquía torturadora.

Por lo tanto, en mi caso, «dejarme en libertad» venía a significar

en la práctica «dejarme en las garras de la Guardia Civil». En eso

consistía y sigue consistiendo la estrecha colaboración entre ambos

Estados.

Afortunadamente, aquella “excelente” noticia no llegó a

materializarse y un juez francés decretó mi ingreso en prisión. Pocas

veces he sentido tanta alegría en mi vida como al escuchar aquella

decisión.

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Quienes al pasar por las comisarías y cuartelillos españoles hayan

sufrido lo que yo temí sufrir aquel día, pueden pensar que mi bagaje

práctico para abordar una cuestión tan peliaguda como ésta es bien

escaso, y sería absurdo por mi parte pretender lo contrario.

No obstante, creo haber profundizado lo suficiente en el aspecto

digamos teórico de la tortura como para atreverme a abordar la cuestión e

intentar hacer algunas aportaciones sobre diversos aspectos que pienso

merecen una consideración especial.

En particular, voy a procurar analizar los métodos de

interrogatorio-tortura y las posibles formas de hacerles frente, ya que

considero que cuanto más consciente es la persona detenida de los

procedimientos, tanto físicos como psicológicos, usados por los

torturadores para machacarla, más posibilidades tiene de afrontar con

éxito esa temible prueba.

Eso sí, antes de ponerme manos a la obra quiero precisar que, a

pesar de ser muy consciente del riesgo que conlleva el pronunciarse sobre

algunos aspectos delicados, he decidido arriesgarme y dar mi punto de

vista. Espero que haya sido una buena decisión.

Y sobre todo espero de todo corazón que este trabajo sea útil en la

batalla que Euskal Herria y el mundo entero sigue librando día a día

contra esa terrible lacra de la tortura. ¡Ojalá lo sea!

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I

Confesiones de un torturador

fanfarrón

El 22 de noviembre del 2004, la prestigiosa revista semanal de

ciencia y tecnología New Scientist publicó una entrevista a Michael

Koubi, que trabajó durante 21 años para el Shin Bet, servicio de seguridad

israelí, y fue su principal “interrogador” de 1987 a 1993. En ella, Koubi

se jacta de que, dándole suficiente tiempo, podría hacer hablar casi a

cualquier persona, y tiene el descaro de afirmar categóricamente que eso

lo consiguió siempre «sin usar ninguna clase de presión física».

He aquí la traducción de algunos de los pasajes:

— ¿Qué hace usted cuando se enfrenta a un detenido que no quiere

hablar?

Ésa es mi especialidad. Sé cómo hacerlo. Me ha sucedido

muchas veces.

— ¿Cómo actúa?

Tengo muchos sistemas. Pero la hago sin usar ninguna clase de

presión física.

— ¿Puede hablarme sobre esos sistemas?

No, no puedo.

Más adelante, ante la pregunta de si tuvo algún detenido que no

pudo romper, afirma que:

Me sucedió, pero muy raramente. Podría contarlos con los

dedos de una mano.

— ¿Por qué eran tan difíciles?

Eran gente muy primitiva, iletrada y sin educación.

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— ¿Por qué es más difícil en esos casos?

Se comportan de un modo diferente. No puedo hablar sobre

ello. No puedo enseñarle todos mis trucos.

La entrevista prosigue en el mismo tono y termina con una

fanfarronada:

— El interrogatorio puede dejar traumatizada a la gente durante un

montón de años. ¿Puede usted justificarlo siempre?

Puede estar seguro de que nunca utilizamos métodos físicos o

psicológicos que dañen a los detenidos.

— ¿Piensa usted que podrían hacerle hablar si lo interrogaran?

No. Utilizaría los mismos métodos que utilizo al interrogar a

alguien, pero a la inversa. No confesaría nada. Nada.

— ¿No tiene usted debilidades?

Ninguna. Ninguna en un interrogatorio.

Los antiguos responsables de seguridad israelíes no acostumbran a

conceder entrevistas, y me extrañó la aparición de ésta en Internet, por lo

que decidí echar un vistazo en la red para ver si encontraba algo que

justificara el súbito interés de Koubi por conceder aquella entrevista.

¡Y vaya si lo encontré! En un santiamén. Estoy seguro de que la

clave está en un largo e interesante artículo de Mark Bowden, “The Dark

Art of Interrogation” , publicado en octubre del 2003, un año antes de la

entrevista, en la revista The Atlantic Monthly.

En dicho artículo, Bowden justifica sin tapujos la tortura, y una de

sus principales fuentes es precisamente Koubi, que explica al autor

diversos métodos de tortura-interrogatorio y trucos de los que dice no

poder hablar en la entrevista posterior al New Scientist.

Las traducciones de algunos de los pasajes más significativos no

tienen desperdicio:

«Koubi dice que “... La gente se asusta ante lo desconocido. Se

asusta porque puede ser torturada... Intenta visualizar cómo te sentirías

con una capucha sobre tu cabeza, cuando estás hambriento, cansado y

asustado, cuando te aíslan de todo y no tienes ni idea de lo que pueda

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suceder”. Cuando el cautivo cree que cualquier cosa es posible –tortura,

ejecución, prisión indefinida, incluso la persecución de sus seres

queridos– el interrogador puede empezar a trabajar».

Esto no se parece en absoluto a lo que dijo un año después en la

entrevista, ¿verdad? Es evidente que Koubi se sintió de lo más a gusto

con Bowden, decidió que podía hablarle en confianza, y soltó todo lo que

soltó. Demasiado.

No creo que a las autoridades israelíes les hiciera ninguna gracia el

artículo, aunque aplaudieran a rabiar las tesis vertidas en él, y seguro que

recibió una severa reprimenda por ello; sobre todo, cuando al poco de su

publicación se difundieron a través de Internet las reveladoras fotos sobre

la tortura en Abu Ghraib. No era el momento oportuno para un artículo

semejante, que aparte de clarificador resulta muy instructivo:

«Para Koubi los tres componentes esenciales del proceso son la

preparación, la investigación, y la puesta en escena (el teatro).

La preparación de una persona para ser interrogada significa

debilitarla. Lo ideal es que sea arrancada de su sueño de madrugada, y

que lo sea de manera violenta, encapuchada (un saco grueso, sucio,

apestoso, puede resultar perfecto), y mantenida inconfortablemente a la

espera, quizás desnuda en un cuarto frío, mojada, forzada a estar de pie o

sentada en una posición incómoda. Puede ser mantenida despierta durante

días antes del interrogatorio, aislada y mal alimentada. Estar insegura

sobre dónde está, qué día u hora es, cuánto tiempo ha estado o estará

detenida. Si está herida puede retirársele la medicación; una cosa es

causar dolor, otra rechazar aliviarlo».

De la “preparación”, que tan bien explica el artículo, se encargarían

otros, claro, y el cultísimo Koubi no tendría por qué ensuciar sus pulcras

manos cuando interrogaba a sus “preparados” detenidos, usando para ello

los elementos adecuados obtenidos mediante una exhaustiva

investigación (carácter, puntos débiles, familia, seres queridos...) en una

puesta en escena para la que se sirven de todo tipo de medios.

Dicha puesta en escena es primordial para romper

psicológicamente al detenido (por ejemplo, mediante grabaciones

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trucadas para hacerles creer que sus seres queridos están siendo también

torturados por su culpa), y el artículo también aporta interesantes análisis

e informaciones al respecto:

«El interrogatorio simplemente empuja a una persona contra una

esquina. Le fuerza a opciones difíciles, y ofrece ilusorias vías de escape.

Un interrogador experto sabe qué método funcionará mejor con su

detenido, y al mismo tiempo que aplica con pericia la presión sobre él,

también abre continuamente esas vías de escape o liberación. Para ello,

debe entender qué es lo que impide, en el fondo, que un sujeto colabore.

Si es su ego, aplicará un método. Si es el miedo a las represalias o a que

su situación empeore, puede ser preferible otro método. Para la mayoría

de los cautivos el principal incentivo para guardar silencio es

simplemente su orgullo. Se está poniendo a prueba, no sólo su lealtad y

convicción, sino su hombría. El permitir al sujeto que salve la cara reduce

el coste de la capitulación, y un interrogador ingenioso le ofrecerá

argumentos persuasivos: otros han hablado ya, o la información es ya

conocida. Las drogas, si son administradas con el conocimiento del

sujeto, son provechosas a este respecto. Si alguien cree que una particular

droga o "suero de la verdad" lo deja sin defensas, muerde el anzuelo. No

pueden responsabilizarle de haber hablado. Según un estudio citado en el

libro MKUltra de George Andrews, un placebo –una simple píldora de

azúcar– era tan eficaz como una droga real hasta en la mitad de los

casos».

Habla también de los métodos empleados una vez que los

detenidos eran encarcelados: «Los israelíes instalaban micrófonos

camuflándolos lo suficientemente bien para que parecieran estar ocultos

pero no lo bastante para evitar el que fueran descubiertos. De esta

manera, hacían creer a los presos que sólo en ciertas partes había micros.

De hecho, los había en toda la cárcel. Las conversaciones entre los presos

podían ser oídas dondequiera, y supervisadas de cerca. Eran una fuente

inestimable de información. Presos que pudieron aguantar intensos

interrogatorios bajaron la guardia más adelante, al hablar con sus

camaradas en la cárcel».

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Analizaré en otros capítulos éstos y otros muchos datos que aporta

el artículo. Aquí me conformaré con subrayar que Koubi se fue sin duda

de la lengua. A pesar de su fanfarrona afirmación, al final de la entrevista

posterior, de que en un interrogatorio no hablaría de ninguna de las

maneras (¡Qué fácil es soltar bravatas cuando se sabe que las

probabilidades de tener que pasar por un trance similar son ínfimas!), lo

único que ha quedado bien claro es que, antes incluso de pasar por ningún

interrogatorio, bajó la guardia al hablar con uno de sus camaradas... y

resulta que éste abusó de su confianza.

No hizo falta que le aplicaran sutiles técnicas de interrogatorio.

Una de esas debilidades que Koubi dice no tener, su vanidad, sumada a la

de Bowden, dispuesto a lo que fuera con tal de firmar un brillante

artículo, han terminado por ofrecernos valiosas informaciones.

Y es que una de las tesis que defiende Koubi en la entrevista, la de

que es más fácil hacer hablar a los “listos” que a la gente “muy primitiva,

iletrada y sin educación”, es bien cierta. Él mismo se encargó de

corroborarla: se pasó de listo al contarle todo lo que le contó a Bowden.

Los nazis fueron muy conscientes de esta característica del ser

humano y, como explicaré en un capítulo posterior, supieron explotarla a

conciencia: en general machacaban a la gente de base y procuraban

“jugar” con la gente de cierta responsabilidad.

Aprovechándose, por un lado, del terror que sentían dichos

responsables a revelar valiosas informaciones si eran sometidos al

tormento, y por otro de su vanidad que les hacía creerse lo

suficientemente listos como para engañar a sus captores, consiguieron

tales resultados que no les han faltado imitadores desde entonces.

Por lo tanto, en lo fundamental, los modernos torturadores tipo

Koubi no han inventado nada nuevo. Adaptan sus métodos de tortura-

interrogatorio de la misma manera como lo hacían los nazis. Eso sí,

disponen de un arsenal tecnológico mucho más sofisticado para aplicar,

tras la debida “preparación”, ese oscuro “arte” del interrogatorio. Un

arsenal que los nazis ni siquiera llegaron a soñar, y que, gracias a Koubi y

compañía, Bowden tiene muy claro cómo se debe utilizar:

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«El modelo perfecto de un centro de interrogatorios sería un lugar

en donde los presos vivieran con miedo e incertidumbre, un lugar en

donde podrían ser o no aislados según decidiera el carcelero, y donde se

pudieran grabar todas las conversaciones... Las vidas de los detenidos

podrían transformarse en una miseria de malestar y confusión, o

recuperar un nivel casi normal de comodidad e interacción social dentro

de las limitaciones del confinamiento... La cooperación sería

recompensada, la terquedad castigada. Los interrogadores tendrían

archivos siempre crecientes sobre sus sujetos, con cada nuevo hecho o

revelación produciendo nuevas pistas y más información...».

En octubre del 2003, ese “modelo perfecto”, que tiene todos los

visos de ser una excelente descripción de la Base-prisión estadounidense

de Guantánamo, podía sonar muy bien a los oídos de mucha gente, pero

poco después salieron a relucir las conocidas fotos sobre la tortura en

Abu Ghraib, y los descarados defensores de esa terrible lacra tuvieron

que volver, siquiera momentáneamente, a las mentiras de siempre.

Por eso estoy tan convencido de que las autoridades israelíes

decidieron contrarrestar las reveladoras afirmaciones de Koubi con una

entrevista prefabricada a publicar en alguna prestigiosa revista, y como,

al igual que a todos los “demócratas” torturadores, les encanta cubrir con

un impecable manto de modernidad y brillante ciencia la terrible lacra del

inquisitorial tormento, escogieron para ello una bien conocida revista de

ciencia y tecnología, que les vino como anillo al dedo para su

inconfesable propósito.

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II

Y con ellas

llegó el escándalo

“El Oscuro Arte del Interrogatorio” tuvo al poco de publicarse

una ilustrativa compañía en Internet. A las explicaciones escritas de Mark

Bowden sobre lo importante que era “preparar” a los detenidos antes de

someterlos a interrogatorio, y la descripción de algunos de los métodos

utilizados para ello, se les vino a añadir unas excelentes muestras gráficas

de dicha “preparación”.

Las famosas fotos de Abu Ghraib, que mostraban a soldados

americanos humillando y torturando detenidos en dicha prisión iraquí,

empezaron a circular como la pólvora por la red, y tal fue la conmoción

en el mundo entero, que el Imperio se vio obligado a dar explicaciones.

Y, claro, tanto las autoridades como sus fieles servidores soltaron

la misma justificación de siempre: «han sido unas pocas manzanas

podridas que actuaron por su cuenta manchando el buen nombre de los

EEUU».

¡A otro perro con ese hueso! Porque lo único realmente

excepcional en los horrores de Abu Ghraib no fue lo que reflejaban las

fotografías, los habituales métodos de “preparación” usados por los

torturadores antes de los interrogatorios, sino el que los ”fotógrafos”,

creyendo que su impunidad no tenía límite alguno, hicieran circular

alegremente fotos tan comprometedoras.

Ahora bien, aunque la difusión de las fotos se hizo a espaldas de

los mandos del ejército estadounidenses, si circularon tantas por la red es

porque se habían hecho infinidad de ellas con el absoluto beneplácito del

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Imperio, pues dichas fotos cumplían un papel muy preciso en la

“preparación” de los detenidos.

Mark Danner lo explica perfectamente en uno de sus excelentes

artículos, “The logic of torture” , utilizaban las cámaras digitales como

refinados instrumentos de tortura.

Después de estudiar la mentalidad y cultura árabe, los torturadores

escogieron a conciencia los métodos que podían ser más efectivos, y

después de ensayarlos en Guantánamo se dedicaron a aplicarlos a gran

escala en Abu Ghraib: masturbación forzada frente a mujeres,

construcción de “pirámides humanas” con detenidos desnudos...

Aquello se hacía no sólo a la vista de todo el mundo, sino ante la

cámara que todo lo recogía, para hacer saber a los detenidos que la

humillación no iba a cesar con el acto en sí. En efecto, iba a quedar

registrada de una forma que escapaba absolutamente a su control, y las

fotos podían ser mostradas a sus familiares y amigos.

Así, la cámara digital servía para incrementar la humillación y la

tortura hasta el infinito, y era un excelente medio de presión en manos de

los interrogadores, que podían arrancar con más facilidad la confesión de

sus detenidos a cambio de hacer cesar aquella humillación sin límite tan

insoportable para la mentalidad árabe.

Por eso se hicieron tantas fotos con pleno conocimiento de los

mandos, pero lo que escapó a su control fue que, bajo el estrés creciente

de la guerra y la necesidad urgente de información, terminaron por

encargar tareas de “preparación” de detenidos a “fotógrafos” digamos que

poco “profesionales”. Y pasó lo que pasó.

Dado el enorme escándalo que se originó, las autoridades

estadounidenses se vieron obligadas a atemperar su abierta defensa de la

tortura. Eso sí, no por mucho tiempo, ya que la derrota que estaban

sufriendo en Irak les forzó a volver a mostrar su verdadero rostro dos

años después: tanto el Congreso como el Senado de los EEUU aprobaron

la Ley de Comisiones Militares que ampara la tortura y da total

impunidad a los torturadores... si éstos trabajan para el Imperio.

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No tuvieron otro remedio que hacerlo, porque las pruebas que se

iban acumulando año tras año contra los torturadores eran de tal calibre

que la anterior legislación protectora de su impunidad se volvió

peligrosamente insuficiente, y tampoco era cuestión de dar el cante cada

dos por tres, como les venía sucediendo desde que se empantanaron en

Irak.

En efecto, aunque con aquella “estricta” legislación la inmensa

mayoría de los numerosos casos de tortura con resultado de muerte no

llegaron nunca a los tribunales, hubo algunos que sí fueron juzgados... y

los torturadores o fueron absueltos, o la “condena” que recibieron fue tan

ridícula, que el Imperio quedó completamente en evidencia.

Un par de ejemplos, que muestran muy bien cómo se las gastan los

torturadores estadounidenses, serán más que suficientes para explicar la

urgente necesidad que tenían de una legislación que les diera total

impunidad. Y sobre todo evitara nuevos juicios tan esclarecedores.

El caso de Manadel Jamadi era uno de tantos que no debería

haberse conocido nunca, ya que fue uno más de los “prisioneros

fantasmas” de Abu Ghraib: no se registró su entrada al centro, y al

sacarlo de allí, ya muerto, simularon que estaba simplemente enfermo,

«para no perturbar a los demás detenidos». A los otros interrogadores se

les dijo que había muerto de un ataque al corazón, y se pagó a un chofer

de taxi local para que se llevara el cuerpo.

Pero para desgracia de las autoridades estadounidenses, una de las

fotos publicadas en Internet mostraba el cadáver severamente magullado

de Jamadi, envuelto en plástico y metido en hielo, con una suboficial

posando inclinada sobre el cuerpo, sonriendo y haciendo un gesto con los

pulgares: el famoso "hombre de hielo".

Otra de las circunstancias que facilitó la divulgación del caso fue la

disputa entre los marines, que lo detuvieron y maltrataron dejándole un

ojo negro y varios cortes en la cara, y la CIA, que se encargó del

interrogatorio. Cuarenta y cinco minutos después de que se hicieran cargo

de él, estaba muerto, y no habían conseguido arrancarle confesión alguna.

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Los de la CIA echaron la culpa a los marines, y éstos se

defendieron diciendo que las heridas causadas durante la detención, y

posterior apaleamiento, no eran para tanto. Y en efecto, quedó claro que

Jamadi no murió por la paliza, sino debido a una forma de tortura

aplicada por los miembros de la CIA, que es conocida como

"colgamiento palestino", en la cual un prisionero cuyas manos están

sujetas detrás de su espalda es colgado de sus brazos.

Ahora bien, como los de la CIA son intocables (nunca han

procesado a ninguno de sus miembros a pesar de que los detenidos

muertos bajo sus torturas en Irak han sido numerosos), se juzgó

únicamente a los marines... y todos resultaron absueltos.

En el segundo caso, el del general iraquí Abed Hamed Mowhoush,

ex jefe de la fuerza aérea en el régimen de Sadam Hussein, hubo una

orquestada campaña de desinformación sobre lo sucedido.

El ejército afirmó haberlo detenido cuando en realidad se entregó

voluntariamente, debido a que días antes los soldados estadounidenses se

habían llevado como rehenes a sus cuatro hijos, de los que uno tenía

entonces sólo 15 años, y amenazaron con llevarlos a Guantánamo si no se

entregaba.

Y se entregó, pese a que ya supondría lo que le esperaba. Tras dos

semanas de interrogatorio, y estando muy debilitado por las palizas que

sufrió a manos de un grupo especial iraquí a sueldo de la CIA, murió

asfixiado cuando dos soldados lo metieron al revés en un saco de dormir,

lo ataron con cable eléctrico, y uno de ellos se sentó sobre su pecho

cubriéndole la boca, para obligarle a confesar sus tratos con la

insurgencia, que él siempre negó.

Entonces, el ejército emitió un comunicado afirmando que había

muerto por causas naturales, tras haber manifestado que no se sentía bien,

y funcionarios encargados de operaciones psicológicas distribuyeron

folletos para convencer a los iraquíes de que el general había cooperado y

delatado a importantes insurgentes. Más tarde, tuvieron que reconocer

que nunca reveló nada y siempre negó que estuviera en relación con la

resistencia.

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Entre tanto, los estadounidenses habían utilizado a sus hijos, que

fueron también torturados, para presionarlo, llegando a simular la

ejecución del más joven de ellos tras llevarlo a su presencia. Y

posteriormente los mantuvieron detenidos durante más de seis meses sin

que fuera formulado jamás cargo alguno contra ellos.

Sólo uno de los torturadores fue juzgado, acusado al principio de

asesinato y declarado finalmente tan sólo culpable de homicidio por

negligencia. Y no fue a la cárcel. La indulgente corte marcial le aplicó

apenas una amonestación, la obligación de no ir durante 60 días a ningún

sitio que no fuera su casa, la oficina o la iglesia, y una multa de 6.000

dólares.

Los que sí tuvieron que pagar un precio más alto por los crímenes

cometidos, hasta 10 años de condena firme, fueron los “fotógrafos” de

Abu Ghraib. Pero los que ordenaron “preparar” a todos aquellos

detenidos no fueron ni serán nunca siquiera inculpados.

Otro interesante trabajo de Mark Danner, “Abu Ghraib: The

Hidden Story” , analiza muy bien, entre otros aspectos, la total

imposibilidad de que los interrogadores, y los mandos en general, no

estuvieran al corriente de la forma en que se “preparaba” a los detenidos,

pues resulta evidente que eran ellos quienes ordenaban dicha

“preparación”.

Todo lo que pasó después del escándalo dejó meridianamente claro

que, a los ojos de la “justicia” del Imperio, el delito cometido por los

“fotógrafos” no había sido torturar y humillar tan cruelmente a los

detenidos, sino permitir que todas aquellas fotos tan ilustrativas sobre los

métodos de “preparación” se divulgaran por Internet.

En efecto, todas esas horribles prácticas, incluso las que provocan

la muerte de numerosos detenidos, con tal de que no tengan la

nacionalidad estadounidense, son del todo necesarias para las autoridades

del Imperio, y encima les conviene que sus enemigos tengan muy claro lo

que les espera si caen en sus garras, pero lo que no deseaban de ninguna

de las maneras es que dicha realidad fuera tan diáfana no sólo para los

amigos incondicionales, que todo lo justifican y cubren con tal de quedar

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bien con el amo, sino para esa mayoría silenciosa que prefieren esté

desinformada y no se entere de cómo se las gastan realmente.

Por eso les dolió tanto que las fotos salieran a la luz. Porque, aun

siendo necesarias para chantajear y presionar a los detenidos, no debían

haberse hecho públicas en ningún caso, y el que circularan de tal modo

por la red les supuso un descrédito mayúsculo, del que difícilmente podrá

recuperarse nunca, sobre todo en el mundo musulmán.

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III

Unas fotos

muy instructivas

Cuando el profesor Darius Rejali observó la más famosa de las

fotos de Abu Ghraib, la del iraquí encapuchado, de pie sobre una caja y

con cables eléctricos en sus brazos extendidos, comprendió de inmediato

que aquello era sin duda fruto de la puesta en práctica de métodos de

inteligencia militar.

En efecto, para él era evidente que aquella foto, que las autoridades

estadounidenses quisieron explicar como consecuencia de una total falta

de disciplina de unas pocas manzanas podridas, era en realidad una

perfecta muestra de las técnicas usadas durante décadas por los

torturadores para “preparar” a los detenidos de cara a los interrogatorios.

Aquellos “fotógrafos” estaban siguiendo órdenes y le aplicaron dos

técnicas habituales: lo encapucharon para provocar desorientación y

privación sensoriales, y le obligaron, bajo la amenaza de descargas

eléctricas, a mantenerse durante interminables horas de pie con los brazos

extendidos, como medio de inducción de un sufrimiento autoinfligido.

Como muy bien explica el profesor Alfred McCoy tanto en uno de

sus libros, “A Question of Torture: CIA Interrogation, From the Cold

War to the War on Terror” , como en entrevistas y artículos publicados a

raíz de la divulgación de las famosas fotos en la red, dichas técnicas

fueron el fruto de masivas y secretas investigaciones de la CIA sobre la

coerción y la maleabilidad de la conciencia humana.

A partir de 1950, expertos de los EEUU, Gran Bretaña y Canadá

desarrollaron un inmenso proyecto, un verdadero Proyecto Manhattan de

la psique, que costó más de 1.000 millones de dólares al año, y tuvo

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como objetivo romper el código de la conciencia humana, tanto para la

persuasión de las masas como para su uso en interrogatorios individuales.

Los expertos utilizaron todo tipo de drogas (LSD, mescalina, suero

de la verdad...), y por ejemplo su experiencia con el LSD fue catastrófica,

pues aparte de no obtener ningún fruto tangible se vieron envueltos en

muy serios problemas.

También experimentaron con el electroshock, la hipnosis y otras

muchas técnicas sin que los resultados fueran nunca mínimamente

convincentes, pero en cambio terminaron por descubrir que la privación y

desorientación sensoriales eran muy efectivas

El Dr. Donald O. Hebb, un brillante psicólogo de la universidad

canadiense de McGill, descubrió que podía inducir un estado de psicosis

en un individuo en el plazo de sólo dos días. Para ello, no utilizó ni

electroshock, ni drogas, ni golpes o dolor. Todo lo que hizo fue que

estudiantes voluntarios se sentaran en un cubículo con aire

acondicionado, y suprimió sus sentidos mediante gafas oscuras, guantes y

orejeras. En el plazo de 24 horas de privación sensorial, empezaron a

sufrir alucinaciones, y en 48 llegó el colapso. Hoy en día muchos de ellos

aún sufren secuelas psicológicas de aquel experimento.

No parece que el Dr. Hebb tuviera conocimiento del uso que se

pensaba dar a su experimento, pero en todo caso estaba al corriente de

que el dinero para llevarlo a cabo provenía del departamento de defensa

canadiense.

El que seguro que sí conocía muy bien lo que hacía fue otro doctor

de la misma universidad de McGill, el famoso Dr. Ewen Cameron,

primer Presidente de la  Asociación Psiquiátrica Mundial, quien llevó a cabo experimentos de "control mental" por encargo de la CIA, llegando a

encerrar una vez a una mujer durante 35 días en una pequeña caja blanca

mientras la privaba de todo estímulo sensorial. Dichos experimentos los

realizó, además, después de que, una década antes, fuera miembro del

Tribunal médico de Nuremberg, donde acusó a médicos nazis de hechos similares.

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Por cierto, la base de los experimentos que el Dr. Cameron llevó a

cabo para la CIA, es la misma que menciona Aldous Huxley en su

famosa novela de 1932, Brave New World, como método de

condicionamiento mental: la repetición machacona de consignas.

Cameron mantenía a las victimas-pacientes en estado inconsciente,

mediante electroshock, potentes drogas e hipnosis, mientras una cinta sin

fin repetía mensajes grabados dirigidos a su subconsciente, para borrar su

memoria e imponer una nueva personalidad.

A partir de los resultados obtenidos en la universidad canadiense

de McGill, el Imperio desarrolló básicamente técnicas para atacar los

receptores sensoriales: vista, sonido, calor, frío, sentido del tiempo. Por

eso describen los detenidos capuchas, cuartos oscuros, sometimiento

continuo a luces intensas, música ruidosa... O sea, privación o asalto

sensorial, que es el primero de los métodos de la CIA.

De todos modos, no se trató en sí de un descubrimiento ya que la

privación sensorial como método de tortura data al menos de cuando los

nazis anexionaron Austria en 1938 y aplicaron dicho método entre otros

al depuesto canciller austriaco. Ni que decir tiene que la CIA tuvo muy en

cuenta las técnicas entonces empleadas por los nazis y que tan bien

describió el célebre escritor Stefan Zweig en su obra póstuma, “Novela

de Ajedrez” .

Lo que hizo la CIA fue perfeccionar dichas técnicas nazis y

también aprendieron mucho del K.G.B. soviético: dos eminentes

neurólogos bajo contrato de la CIA, H. Wolff y L. Hinkle, del Cornell

University Medical Center de New York, estudiaron las técnicas de

tortura del KGB y vieron que su método más eficaz era el sufrimiento

autoinfligido.

Comprendieron que se podía inducir un tormento similar a los de la

Inquisición sin necesidad de usar sus macabros artilugios, y era posible

lograrlo simplemente haciendo que los detenidos se vieran obligados a

permanecer durante horas y horas en incómodas posturas. Además, el

método tenía la gran ventaja de añadir al dolor físico el demoledor

impacto psicológico de tratarse de un sufrimiento provocado por uno

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mismo, ya que la víctima se sentía de una u otra forma responsable de su

propio padecimiento.

Al final, como resultado de aquellas costosas investigaciones, la

CIA decidió usar de modo combinado ambas técnicas, la privación y/o

asalto sensorial y el sufrimiento autoinfligido, porque intensificaban la

sensación de culpabilidad y ansiedad del detenido, obligándole a cooperar

como vía de escape. Y en 1963, plasmó dichos resultados en el manual

secreto de contrainsurgencia KUBARK, que distribuyó para su uso en el

mundo entero; sobre todo, en Asia y América Latina.

Aquello produjo la primera verdadera revolución en la cruel

ciencia del dolor en siglos, la tortura psicológica, que es la que se practica

sobre todo hoy en día, y ha demostrado ser muy eficaz, absolutamente

adaptable, y enormemente destructiva. El aislamiento total, por ejemplo,

provoca un enorme sufrimiento en las víctimas, y cuando es muy

prolongado, éstas en su desesperación acaban volviéndose hacia su

interrogador. Quieren hablar, suplican, necesitan contacto humano.

Ante el éxito de aquellos métodos, la CIA siguió adelante con sus

investigaciones en “laboratorios” como Guantánamo, perfeccionando

algunas técnicas básicas y desarrollando otras nuevas... que resultaron ser

visualmente menos digeribles para las numerosas personas que

consideran que la tortura psicológica, al tener una apariencia científica y

evitar la brutalidad física, es una práctica aceptable.

Así, perfeccionó la explotación de todo tipo de miedos y fobias

individuales, formando a numerosos especialistas psicólogos y

psiquiatras para que trabajaran en equipos de consulta sobre el

comportamiento humano. Dichos equipos, denominados coloquialmente

“biscuit”, recibieron una gran ayuda del programa de Supervivencia,

Evasión, Resistencia y Escape del Pentágono, SERE, que en principio fue

diseñado para capacitar personal militar que podría estar en peligro de ser

capturado, para que resistiera abusos extremos de sus captores, pero que

se convirtió en una inestimable fuente de nuevas técnicas de tortura-

interrogatorio. Dichos equipos “biscuit” se encargan de asesorar a los

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interrogadores sobre la mejor manera de machacar psicológicamente a las

víctimas, manipulando tanto miedos como fobias.

Seguro que fueron esos equipos quienes descubrieron el inmenso

daño que se podía infligir al detenido atacando a fondo su sensibilidad

cultural, y el resultado que obtuvieron fue otra técnica de tortura

psicológica que en el caso de los árabes explota sobre todo su especial

sensibilidad respecto a las cuestiones sexuales y el hecho de que la

desnudez lleva consigo una gran vergüenza en la cultura árabe, como

quedó recogido a la perfección en las famosas fotos de Abu Ghraib.

No cabe duda de que fue precisamente la prueba gráfica de dichas

técnicas (uso de perros para aterrorizar, pirámides de detenidos

desnudos,...) la que hizo chirriar numerosas conciencias, que al parecer

no veían gran cosa que objetar en los dos primeros “descubrimientos” de

la CIA.

Prueba de ello es que cuando el mismísimo Pentágono divulgó con

anterioridad de manera oficial fotos tomadas en la Base de Guantánamo

no se produjo tal escándalo, y sin embargo en dichas fotos se veían

decenas de detenidos en monos naranja con las manos maniatadas y

cubiertas de gruesos guantes. Todos tenían gafas ciegas y orejeras para

impedirles tanto el tacto como que vieran u oyeran, y máscaras

quirúrgicas para que ni degustaran ni olieran. Se trataba de la conocida y

demoledora técnica de privación sensorial que tan poco parece preocupar

a muchos “demócratas” de boquilla.

Un informe de PHR, Médicos por los Derechos Humanos, “Break

Them Down (Quebrántalos): Systematic Use of Psychological Torture by

US Forces” , contiene abundante información sobre las técnicas de tortura

psicológica utilizadas por las fuerzas estadounidenses en Guantánamo y

demás centros de detención del Imperio, y explica perfectamente el

devastador efecto que dichas técnicas provocan en las víctimas.

Pues bien, a pesar de ello y de todo lo que fue saliendo a la luz a

partir de la divulgación en Internet de las fotos de Abu Ghraib, mucha

gente sigue sin ser consciente de que la tortura psicológica es más

destructiva que la física, porque produce un terrible impacto en la psique

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humana y sus efectos son mucho más duraderos: la víctima necesita

mucho más tiempo para remontar el trauma psicológico (y eso en caso de

que lo consiga) que el puramente físico.

Esa falta de conciencia, y la subsiguiente despreocupación al

respecto, hace que dichas técnicas se sigan utilizando impunemente para

romper a los detenidos. Y no sólo por parte de la CIA, claro, pues en

Euskal Herria todo esto también nos suena muy familiar, ¿verdad?

Los innumerables vascos y vascas torturados seguro que

identifican a la perfección las técnicas de tortura psicológica aplicadas

tanto en cuartelillos de la Guardia Civil como en comisarías de la policía

o la Ertzaintza, por ser primas hermanas de las de la CIA, ya que es

evidente que ésta pone su terrible arsenal de técnicas para machacar a los

detenidos a disposición de todos sus aliados.

Eso sí, seguro que también en el Estado español habrán

“descubierto” algún método que otro (en cuanto al sufrimiento

autoinfligido se refiere, por ejemplo, les encanta lo de obligar a hacer

flexiones hasta la extenuación), que a su vez han puesto a disposición del

Imperio. Pero las técnicas básicas son idénticas a las de la CIA.

Y los argumentos utilizados por los torturadores, y todos los

justificadores de esa terrible lacra, también son idénticos. Por lo que se

ve, para esa gente la tortura psicológica no es tal, sino una ciencia del

comportamiento humano que es empleada por listísimos interrogadores

para confundir a los detenidos, y así lograr que confiesen crímenes que de

otra forma podrían permanecer impunes.

Valiente justificación, porque el crimen que desde luego

permanece impune, gracias a ése y a similares argumentos, es el crimen

de la tortura. Que no tengan que aplicarles un día esa maravillosa

“ciencia” para que terminen por darse cuenta de que la tortura nos hunde

a todos en la miseria. Sobre todo a ellos.

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IV

La “ciencia” del tormento

sigue avanzando horrores

A la par que perfecciona sin cesar sus métodos de tortura

psicológica, dedicando a ello sumas multimillonarias, la CIA también

dedica ingentes medios a refinar las diversas técnicas de tortura física, y

en lo que al tormento del agua se refiere parece haber perfeccionado el

“waterboarding”, de forma que es aún más eficaz y fácil de controlar que

en su versión anterior, conocida en Euskal Herria como la “bañera”.

Bien es verdad que algunos autores describen el actual

“waterboarding” de forma muy similar a la antigua “bañera”, que

consistía en sumergir la cabeza de la víctima en agua para provocarle una

sensación de asfixia insoportable, pero es mucho más probable que el

método usado hoy día por la CIA para provocar el mismo horrible efecto

sea sustancialmente diferente.

Al parecer, el nuevo método es más fácil de controlar por parte del

torturador, y el efecto sobre la víctima es tan aterrador o más que el

producido sumergiendo su cabeza en agua. Seguramente, sujetan al

detenido en una determinada posición, y vierten agua sobre él. De este

modo, parece que evitan que trague agua de forma incontrolada, lo cual

era una fuente de problemas en la antigua versión del tormento del agua.

Sea como fuere, las autoridades estadounidenses, que autorizaron

su uso en interrogatorios en el 2003, están muy satisfechas de los

resultados: todos los que han sido sometidos a dicha tortura han

terminado por capitular, aunque uno de ellos dejó estupefactos a los

torturadores, ya que mientras ellos resistían una media de 14 segundos, el

detenido lograba soportar hasta dos minutos y medio.

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Eso sí, dichos torturadores no sólo se asombran por aquella

increíble capacidad de resistencia, también lo hacen indignados de que

haya gente que considere el “waterboarding” como tortura. Vienen a

decir que los tormentos de la Inquisición, que provocaban muy

frecuentemente la muerte y entre los que se encontraba el del agua, sí que

eran torturas, pero no así esa sofisticada técnica, dado que, según afirman

cínicamente, la insoportable sensación de ahogarse que produce no es

sino eso: pura sensación.

Todo el mundo sabe lo desesperada que se vuelve una persona que

está ahogándose. Es incapaz de razonar, y si alguien desea salvarla, la

mayoría de las veces no tiene otro remedio que neutralizarla, para

impedir que siga debatiéndose locamente y termine por hacer que ambas

se ahoguen.

También es conocido el caso de quienes eran asesinados en las

cámaras de gas. Dichas personas formaban siempre una terrible pirámide

humana luchando ciegamente por escapar del gas que, al ser más pesado

que el aire, mataba primero a los perdedores de aquella cruel batalla por

la supervivencia, al quedar éstos atrapados debajo de los momentáneos

vencedores

Como se ve, en ambos casos se trata del mismo fenómeno: el ciego

e irracional reflejo de pánico de quien se siente ahogar por falta de aire.

Pues bien, el tormento del agua provoca esa misma sensación, y por si

ello fuera poco, al estar la víctima inmovilizada, ésta no puede hacer

absolutamente nada para impedirlo. Además, la falta de aire en el cerebro

le impide activar sus mecanismos de autodefensa y como resultado de

todo ello se ve obligada a capitular para escapar como sea de dicho

infierno

La “ciencia” del tormento ha avanzado horrores desde aquella

terrible época de la Inquisición, y desde luego dichos “avances” también

han afectado al tormento del agua, conocido entonces en España como

“Tormento de toca”, el cual consistía en llenar a reventar estómago e

intestinos de la víctima, y era una de los más temidos.

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En las tres primeras décadas del siglo XX, los británicos en

Palestina y estadounidenses en Filipinas, entre otros, aún seguían

utilizando el mismo método, y fueron los nazis quienes empezaron a usar

otra técnica más avanzada: sumergir la cabeza de la víctima en agua para

provocar la sensación de asfixia. La Gestapo autorizó que se empleara en

Noruega y Checoslovaquia, cuando la lucha de la resistencia en aquellos

dos países se intensificó.

Después de la II Guerra Mundial, dicha técnica empezó a ser

utilizada a diestra y siniestra: tanto en Vietnam como en América Latina

era conocida como el “submarino”, y los torturadores franquistas, que

también la usaron muy a menudo a partir de los años 60, seguían

haciéndolo con profusión más de diez años después de que Franco

muriera en la cama, tras designar como sucesor al entonces Príncipe Juan

Carlos de Borbón.

Y eso que los escándalos originados a causa del uso de la “bañera”

fueron de lo más sonados. Por ejemplo, el que estalló en febrero de 1981

a raíz de la muerte del militante de ETA Joxe Arregi tras su paso de 9

días por comisaría.

Arregi fue ingresado en la Prisión-Hospital de Carabanchel en un

estado lamentable. Su cuerpo era un amasijo de llagas, moretones y

quemaduras, y sólo logró sobrevivir unas horas. Sus últimas palabras

antes de morir fueron «Oso latza izan da» (Ha sido muy duro). El propio

informe oficial del forense no pudo ocultar la evidencia: «La causa de la

muerte ha sido un fallo respiratorio originado por proceso bronco

neumónico con intenso edema pulmonar bilateral y derrame de ambas

cavidades pleurales y pericardio».

Ya se sabe qué tipo de tortura puede causar tal cuadro clínico:

cuando se practica la “bañera", el agua penetra en los pulmones de la

víctima, y si se usa un líquido pestilente para ello, como era habitual en

aquella época, los gérmenes pueden provocar una bronconeumonía.

Gracias a los presos políticos que vivieron con él sus últimas horas

en el hospital, las circunstancias de su muerte se conocieron rápidamente,

y la filtración de las fotografías de su autopsia sobrecogieron a la opinión

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pública internacional, quedando Euskal Herría absolutamente paralizada

por una huelga general.

Debido a las repugnantes características del caso, el gobierno de la

UCD no tuvo otro remedio que ordenar abrir diligencias al respecto, y las

primeras investigaciones demostraron que más de 70 policías habían

participado en las torturas.

Tan solo 5 de ellos fueron encausados, pero a pesar de tal manga

ancha, los comisarios y jefes de secciones y departamentos de la policía

presentaron masivamente la dimisión de sus cargos, en una operación

concertada de protesta, y la jerarquía del Ejército también hizo constar su