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disconformidad, con lo que consiguieron que sólo dos responsables

directos fueran procesados: Julián Marín Ríos y Juan Antonio Gil

Rubiales.

En el primer “juicio" de 1983, la Audiencia de Madrid pronunció

una sentencia absolutoria, considerando que «no estaba probado que

hubieran maltratado al detenido». El escándalo fue mayúsculo, y obligó

al Tribunal Supremo a anular la sentencia, sólo para que dos años

después se volviera a absolver a los imputados, porque según los jueces

«no se tiene en absoluto certeza de que las llagas en la planta de los pies

fueran quemaduras».

Recurrida nuevamente la sentencia, y casi nueve años después de

los hechos, el Tribunal Supremo, tras concluir que «Las quemaduras de

segundo grado en las plantas de los pies fueron causadas en el curso de la

investigación policial», les condenó respectivamente a cuatro y tres

meses de arresto, que no de cárcel, y tres y dos años de suspensión de

empleo y sueldo.

Es decir, que sin aquellas quemaduras tan vistosas no hubieran

recibido ni siquiera dicha ridícula condena, que por otra parte sus

superiores se encargaron de incumplir, como es habitual en esos casos, y

hoy es el día en que ambos disfrutan del máximo cargo dentro de la

escala policial: son comisarios principales de la democrática España

torturadora.

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Casi 5 años después de que Joxe Arregi pronunciara aquel fatídico

«Oso latza izan da», a finales del 85, otro ciudadano vasco, Mikel

Zabalza, sin relación alguna con ETA, apareció ”ahogado” en el río

Bidasoa tras ser detenido por la Guardia Civil.

Según la versión oficial, Zabalza confesó conocer un zulo, que

nunca fue localizado, donde habría armas de ETA, y se dirigían a

ubicarlo cuando el detenido, que llevaba las manos esposadas a la espalda

y no sabía nadar, logró fugarse y se tiró al río Bidasoa.

Investigaciones periodísticas han aportado pruebas de que, en

realidad, Zabalza murió en el tristemente famoso cuartel de Intxaurrondo,

mientras era sometido a la “bañera” por varios guardias civiles, entre los

que se encontraban Enrique Dorado y Felipe Bayo, condenados más

tarde, junto con su jefe Galindo, en el caso Lasa-Zabala.

Para hacer creíble la versión oficial, se le inyectó en los pulmones

agua procedente del Bidasoa, guardaron el cadáver en una bañera del

cuartel llena con la misma agua, y 20 días después lo arrojaron al río

donde fue "localizado" por miembros de la Guardia Civil, en un lugar que

había sido rastreado una y otra vez hasta el día anterior por personal de la

Cruz Roja.

De forma similar a lo sucedido en el caso Lasa-Zabala, los

servicios secretos conocían ya en el 85 lo verdaderamente sucedido con

Zabalza, como consta en uno de los informes internos del CESID, pero

tanto los Gobiernos del PSOE como los del PP han denegado siempre la

incorporación de dicho documento a la causa judicial, alegando que es

secreto y su desclasificación pondría en peligro la seguridad del Estado.

Siendo así, nunca se ha llegado a juzgar a los torturadores, uno de

los cuales, el entonces teniente Gonzalo Pérez García, murió siendo ya

comandante a principios del 2004 en Irak, cuando participaba junto con

agentes iraquíes en una operación contra la resistencia.

De todas maneras, es evidente que el caso les dio muchos

quebraderos de cabeza, y tuvieron que volver a rendirse a la evidencia de

que la técnica de la “bañera” era problemática: no la controlaban lo

suficientemente bien como para evitar problemas similares.

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Ésa fue con toda probabilidad una de las razones que les impulsó a

dejar poco a poco de lado dicha técnica y optar por otra que llegaron a

controlar mucho mejor. No querían que se les volviera a “ahogar” ningún

detenido en el Bidasoa, y por eso se decidieron por un método que,

además de ser tan efectivo como el anterior, podía ser aplicado

prácticamente en cualquier lugar, y era mucho más fácil de controlar: la

higiénica y democrática “bolsa”.

Como muy bien afirmó Oriol Marti, torturado tanto durante el

franquismo como tras la gran redada contra los independentistas

catalanes, antes de las Olimpiadas del 92 en Barcelona, «Los torturadores

torturan mejor ahora que 20 años atrás: han mejorado en técnicas, dejan

menos marcas, hacen sufrir más y mejor en menos horas. Los

torturadores del franquismo eran unos alocados, los de ahora lo hacen con

bolsa de plástico».

Eso sí, siguiendo los consejos del Imperio, que afirma en sus

manuales que la amenaza de utilizar una determinada técnica de tortura

puede ser tan eficaz o más que su uso real, siguen aterrorizando a sus

víctimas con el simple pero contundente método de mencionarles la

“bañera”, que en el subconsciente colectivo de los vascos ha quedado

para siempre asociada al horror del tormento del agua.

Y con toda probabilidad, en cuanto el Imperio decida compartir

con sus aliados todos los secretos del “waterboarding”, los torturadores

españoles seguro que se servirán de nuevo del por otra parte tan español

tormento del agua, adaptado al fin a sus “democráticas” necesidades.

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V

Técnicas de tortura

“democrática”

El “waterboarding” y la “bolsa” provocan el mismo efecto

aterrador en la víctima: la horrible sensación de estar ahogándose; la de

encontrarse en el umbral mismo de la muerte. Y es tal la desesperación

provocada, que la mayoría termina por desear traspasar dicho umbral,

para que la muerte les libere de una vez de tan horrible tormento.

A sus verdugos, en cambio, no les interesa en absoluto que eso

suceda, no al menos antes de que las víctimas capitulen, y se cuidan muy

mucho de que “se les vayan”. Primero, y ante todo, deben hacerles cantar

todo lo que sepan, imaginen... o tan siquiera sospechen. Todo. Y saben de

sobra cuál es la mejor manera de conseguirlo: aplicar una y otra vez el

tormento, de forma que las víctimas se sientan durante el máximo tiempo

posible en el sombrío umbral de la muerte... sin que nunca lleguen a

traspasarlo del todo.

Para ello, necesitan poder controlar al máximo la aplicación del

tormento, pues tanto más fácil es obtener la capitulación de las víctimas

cuanto más controlable es dicha aplicación. Por el contrario, si tienen

problemas para mantenerla bajo estricto control, les resulta más difícil

obtener el efecto deseado, y además se acrecienta peligrosamente el

riesgo de que se produzca un “accidente”, y las víctimas “se les vayan”.

Ése parece que fue uno de los motivos por el que los torturadores

españoles terminaron por dejar prácticamente de lado la “bañera”, y se

decantaron por utilizar sobre todo la “bolsa”. En efecto, todo indica que

llegaron a controlar mucho mejor esa última técnica.

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Además, la “bolsa” apenas precisa de medios materiales para ser

aplicada, y por eso pueden servirse de ella en todo tipo de circunstancias

y lugares. Y si a eso se le añade que provoca la misma terrible sensación

en las víctimas, no es nada de extrañar que, después de perfeccionar el

método, terminaran por decantarse por la tan banal como efectiva

“bolsa”.

El conocido director del clausurado diario Egunkaria, Martxelo

Otamendi, que lo sufrió en propia carne, explica muy bien en qué

consiste dicho terrible método en el video que editó Torturaren Aurkako

Taldea, TAT, junto con uno de sus informes anuales sobre la tortura, el

del 2003: las especiales bolsas de plástico que utilizan los torturadores

españoles no dejan ninguna cámara de aire sino que se amoldan a la cara

como una máscara y provocan así de forma casi inmediata una angustiosa

sensación de asfixia.

La CIA, entre tanto, por lo que se ve prefirió perfeccionar la forma

de aplicar el viejo tormento del agua, y ahora que parece haberlo

conseguido, algunos acérrimos enemigos de la tortura se han puesto a

discutir en qué consiste el actual “waterboarding”, dando a entender que,

si no se sumerge la cabeza de la víctima en agua, el método no sería tan

condenable como si así se hiciera.

Siguiendo ese mismo razonamiento, pasar de usar los líquidos

asquerosos que se usaban tiempo atrás para practicar la “bañera” a usar

simplemente agua también debió de ser un avance en la erradicación de la

tortura, cuando en realidad los ejecutores lo hicieron porque el método

anterior les causaba problemas no deseados como en el caso de Joxe

Arregi.

La actual “innovación” persigue el mismo objetivo, y es obvio que

algunos siguen cayendo en la trampa que les tienden los torturadores: se

fijan en las formas y no en el fondo. Y el fondo, el efecto que produce la

actual variante del tormento del agua, es igual de horrible que cuando era

aplicado por la Inquisición española.

Dicho terrorífico efecto no es, por otra parte, la única similitud

entre la “bolsa” y el “waterboarding”, ya que ambas comparten otras

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muchas características: son flexibles, apenas provocan muertes no

deseadas al ser fácilmente controlables por los ejecutores, son aplicables

una y otra vez hasta conseguir el objetivo de hacer capitular a las

víctimas...

Todas esas “propiedades” son muy importantes para los

torturadores, pues facilitan enormemente su “trabajo”, pero hay una

última característica compartida que, aun sin ser necesaria para facilitar

dicho “trabajo”, sí que lo es, y mucho, para quienes les ordenan

realizarlo. Sí al menos, si dichos individuos, como hacen actualmente

casi todos, se autoproclaman demócratas.

En efecto, hoy en día, todo buen “demócrata” torturador que se

precie pone sumo cuidado en que las víctimas no puedan mostrar prueba

alguna del infierno que han padecido. Dicho en otras palabras: ordena a

sus subordinados, ejecutores del trabajo sucio que ellos tanto detestan,

que se abstenga de dejar marca alguna.

Marcas físicas se sobreentiende, pues los desgarradores efectos

psicológicos les traen sin cuidado. O mejor dicho, les interesa

sobremanera que estos últimos sean tan profundos y duraderos que las

víctimas no vuelvan a levantar cabeza.

Y una de las formas de acentuar su zozobra psicológica es

precisamente no dejarles pruebas físicas del tormento padecido, ninguna

señal que denuncie la horrible experiencia a la que han sido sometidas.

De esa manera, se dificulta expresamente el que reciban la comprensión y

el reconocimiento tan necesarios para que puedan un día salir del infierno

en que les han hundido sus verdugos.

Sin heridas que mostrar, además, las modernas víctimas de la

tortura tienen grandes problemas para hacer ver y comprender a la gente

la realidad de esa terrible lacra. Razón de más para que a los

“demócratas” torturadores les interese tanto evitar a toda costa las señales

físicas.

Tanto la “bolsa” como el “waterboarding” cumplen a la perfección

este requisito, y su efecto es aterrador. Por eso gozan de tan enorme

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prestigio entre los torturadores, ocupando un puesto de honor en su

ranking de tormentos físicos más efectivos.

Eso sí, dado que si ambas técnicas se aplican “deficientemente”

pueden provocar secuelas físicas importantes, como el daño cerebral

causado por la falta en exceso prolongada de oxígeno, y por supuesto la

muerte, cada equipo de torturadores cuentan entre sus filas al menos con

un especialista médico que controla el que la víctima “no se les vaya”.

Para ello, en el caso de la “bolsa”, dichos especialistas parecen

servirse de diversas señales como el color de las uñas, e indican a los

ejecutores directos hasta dónde pueden ir y cuándo deben parar, de forma

que la práctica del tormento reste siempre bajo estricto control, y se

eviten las secuelas físicas no deseadas.

La labor de los especialistas que supervisan la aplicación de las

técnicas de tortura psicológica, mientras tanto, consiste en asegurarse de

que el daño psicológico sea tan intenso y profundo que las víctimas se

vean obligadas a capitular cuanto antes. Y como ninguna de dichas

técnicas deja marca física alguna, son torturas “invisibles”, todas las

“democracias” torturadoras las ejecutan con enorme entusiasmo.

Otra de sus “armas invisibles” favoritas es la privación de sueño,

incluida por muchos autores entre las torturas psicológicas, aunque es

evidente que produce efectos tanto físicos como psicológicos. Unos

efectos, por lo demás, absolutamente demoledores: una persona puede

sobrevivir largos días sin comer, bastantes menos sin beber... y

muchísimo menos todavía sin dormir.

Resulta, por ello, realmente increíble que cierta gente minimice los

efectos de dicha infame práctica, llegando incluso a afirmar que lo de

llamar tortura a una simple “regulación del sueño” es una auténtica

exageración. Que hagan la prueba de someterse a dicha “regulación” y ya

veremos lo que opinan después.

De paso, pueden también leerse “El archipiélago Gulag” de

Alexander Solzhenitsyn, donde dicho autor, que seguro no les resulta

nada sospechoso, asegura que los torturadores siempre lograban su

objetivo cuando utilizaban ese método. Y al mismo tiempo, informarse de

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lo que opinó al respecto el que fue Primer Ministro israelí, Menahem

Begin, en su libro autobiográfico “White Nights: The Story of a Prisoner

in Russia” .

Claro que empleado por Stalin sí que se trataba de tortura pura y

dura, pero a quién se le ocurre comparar aquel brutal método con las

sofisticadas técnicas actuales. Sólo a quienes siguen insistiendo en esa

cantinela de que aquí se tortura como en la dictadura, por supuesto.

Los que sí que conocen a la perfección los efectos de la privación

de sueño provocada mediante una iluminación agresiva, nivel de ruido

exageradamente alto y demás, son los torturadores. Por ejemplo, saben de

sobra que reduce la tolerancia de las víctimas al dolor físico, y por eso la

combinan con otras técnicas de tortura, de manera que dicha privación

acentúe el efecto de las demás torturas.

Lo mismo que hacían, por cierto, los “pioneros” de la Gestapo.

Efectivamente, parece que fue la Gestapo alemana la primera en usar la

privación de sueño para recabar información durante la II Guerra

Mundial. De todos modos, la única prueba escrita que pudieron encontrar

los aliados fue una autorización de Gestapo-Müller para aplicar a los

terroristas «severos interrogatorios», pero sólo para obtener información

de quienes tenían «planes hostiles contra el estado», no para arrancar

confesiones de culpabilidad.

Dichos “interrogatorios” incluían confinamiento en celdas oscuras,

privación de sueño y alimentos, ejercicios extenuantes y palizas

controladas. O sea, que los actuales torturadores tampoco es que hayan

innovado gran cosa.

Ahora bien, lo que sí han conseguido es perfeccionar una

barbaridad las técnicas de tortura, y ni siquiera las palizas, que han

aprendido a controlar muy bien, dejan hoy en día señal alguna en la gran

mayoría de los casos, con lo que han logrado que dicha práctica cumpla

escrupulosamente el requisito exigido por las “democracias” torturadoras.

Otra de las técnicas que tampoco deja marcas, si se aplica de modo

adecuado, y que está incluida como las anteriores entre las denominadas

como de “estrés y padecimiento”, es la del sufrimiento autoinfligido

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provocado por lo que el Imperio llama cínicamente “posturas

estresantes”, como permanecer largo tiempo de pie o en posiciones

incómodas, hacer flexiones... A los torturadores les encanta porque es en

extremo eficaz y encima pueden lavarse las manos: no son ellos los que

machacan al detenido sino él mismo quien se destroza física y sobre todo

psicológicamente.

Lo mejor que se puede hacer en esos casos es negarse en redondo a

ejecutar cualquier tipo de “posturas estresantes”, flexiones o lo que sea.

Si nos han de machacar, que sean directamente los torturadores quienes

lo hagan; en ningún caso debemos aceptar hacerlo nosotros mismos, pues

pensar que acatando sus órdenes al respecto nos evitamos males mayores

es un claro error.

Eso sí, es mucho más fácil decirlo que lograrlo en esas dramáticas

circunstancias, pero por lo menos toda persona detenida debería de tener

muy claro que hay que evitar como sea el sufrimiento autoinfligido. Y es

necesario evitarlo a toda costa porque dicha técnica es la más eficaz con

que cuentan los torturadores.

Las autoridades estadounidenses no tuvieron empacho alguno en

reconocer que autorizaron que fuese aplicada por sus “interrogadores”. Y

lo hicieron en un memorando en el que el Secretario de Defensa Donald

Rumsfeld añadió un apunte manuscrito muy significativo: dado que

oficialmente se limitaba la aplicación de las “posturas estresantes”, como

obligar a una persona a permanecer estáticamente de pie, a lo sumo a

cuatro horas, Rumsfeld se permitió ironizar al respecto anotando al

margen «Yo estoy de pie de 8 a 10 horas al día. ¿Por qué limitarlo a 4

horas?».

A parte de que lo de las cuatro horas sea tan oficial como falso, la

comparación fue tan cínica que dejó al desnudo la retorcida mente del

autor, que por otra parte dejó muy claro en otro memorando posterior la

forma tan especial que tiene el Imperio de entender el término tortura.

Según dicho memorando oficial, una práctica sólo puede ser

considerada como tortura en caso de que el autor busque infligir un grave

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dolor a la víctima. Si su objetivo es otro, como por ejemplo arrancarle

una información, no puede hablarse en ningún caso de tortura.

Tras aquel revelador memorando, llegaron las famosas fotos de

Abu Ghraib, que fueron la guinda del pastel, y en adelante, quien siga

cerrando sus ojos a la evidencia de esa terrible lacra que es la tortura, ya

no podrá hacerlo alegando una supuesta falta de pruebas.

Aunque quién sabe, el cinismo de algunos es tan impresionante,

que aun cuando el Imperio sigue demostrándonos día a día que su

crueldad no tiene límite alguno, son capaces de seguir alegando que las

pruebas son insuficientes.

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VI

Electrodos y “Democracia”

Los torturadores españoles no han usado nunca las cámaras

digitales como instrumentos de tortura, por la sencilla razón de que las

fotos del estilo de las tomadas por los estadounidenses en Irak no les son

útiles para presionar y chantajear a sus víctimas. Y bien que se alegrarían

de ello las autoridades españolas cuando estalló el escándalo de las fotos

de Abu Ghraib. No corrían riesgo alguno de que les sucediera nada

similar, y les iba a resultar mucho más fácil que al Imperio seguir

negando que la española fuese una “democracia” torturadora.

No es difícil de imaginar lo que pensarían cuando circularon todas

aquellas fotos por la red: «De vez en cuando tenemos algún problema que

otro porque no siempre es posible cumplir a rajatabla la consigna de no

dejar marca física alguna, pero lo nuestro es pecata minuta comparado

con esto. ¡Vaya pasada!».

Por eso parecen estar tan seguros de que no les volverá a suceder lo

que al entonces Presidente del Gobierno Felipe González, quien tras

pronunciar, refiriéndose a los GAL, su famoso «No hay pruebas, ni nunca

las habrá», absolutamente persuadido de que así sería, al poco tiempo

tuvo que tragarse sus palabras, pues pasó lo que pasó con Amedo,

Galindo y compañía.

Motivos no les faltan para estar convencidos de ello, ya que al

menos por ahora todo indica que los españoles controlan bastante mejor

que los estadounidenses lo de no dejar pruebas demasiado evidentes de lo

que realmente sucede en los “interrogatorios”. Aunque bien es verdad

que dicha tarea es mucho más fácil de llevar a cabo cuando está limitada

a un número reducido de resistentes.

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Eso sí, a veces se les va la mano, como en el caso de Iratxe

Sorzabal, con la que entre otras técnicas de tortura emplearon una que, a

pesar de dejar a veces algunas marcas, goza de enorme prestigio entre los

torturadores del mundo entero: la electricidad.

En el caso de Iratxe, todas las demás torturas (la “bolsa”, golpes,

flexiones, tocamientos sexuales, amagos de violación...) no le dejaron

señal física alguna, pero los electrodos le provocaron muchas más marcas

que lo habitual, y tuvo la excepcional suerte de que el forense ordenara

que la llevasen al hospital para ser sometida a diversas pruebas médicas.

A pesar de que las huellas dejadas por los electrodos en ambos

costados de Iratxe no eran sino una pálida muestra del infierno que

padeció, las fotos que allí le hicieron hablaron por sí solas.

Aun así, la “democracia” española ni se inmutó, y un juzgado de

instrucción de Madrid consideró que «los hechos denunciados no revisten

carácter de delito, pudiendo ser constitutivos de falta de amenazas y

vejaciones». Ninguno de los agentes de la Guardia Civil que le aplicaron

con tanta saña los electrodos fue condenado por ello.

Fue precisamente otra “democracia” similar, la francesa, la que

estuvo en el origen del gran prestigio de dicha técnica entre los

torturadores, y su uso se generalizó después de que los franceses

utilizaran a diestro y siniestro la famosa “gégène” en sus guerras

coloniales, entre 1945 y 1962, tanto en Indochina y Argelia como en la

misma Francia.

Los verdugos franceses ejecutaban el tormento sujetando los dos

electrodos, el positivo y el negativo, en diversas partes del cuerpo de la

víctima: uno en cada oreja; uno a un dedo y el otro a la verga o la

vagina... El resultado es fácil de imaginar: horrible.

Ya para finales de 1951, tres años antes de que estallara la guerra

de Argelia, un antiguo miembro del Consejo Nacional de la Resistencia,

Claude Bourdet, publicó un artículo titulado “Y a-t-il une Gestapo

algérienne?” , donde denunciaba los métodos de interrogatorio usados en

Argelia con la complicidad de ciertos magistrados.

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En un artículo posterior, “Votre Gestapo d’Algérie” , escribió: «El

tormento de la bañera, hinchar de agua por el ano, la electricidad en las

mucosas, axilas o columna vertebral, son los procedimientos preferidos,

porque no dejan marcas visibles si son “bien aplicados”... Una vez que

los Gestapistas dictan y hacen firmar a sus víctimas la “confesión” que

les apetezca, el resto de su estancia en comisaría sirve para que se

recuperen, y estén más presentables al pasar ante el juez».

François Mauriac también se pronunció muy claramente al

respecto: «La tortura que no deja señales, una de las conquistas de la

técnica policial, hoy en día asegura que expertos y jueces puedan dormir

tranquilos».

Debido al escándalo provocado por tales afirmaciones, en 1955 el

entonces Ministro del Interior François Mitterrand, que más tarde llegó a

ser Presidente de la República durante 14 años, del 81 al 95, se vio

obligado a enviar a un Inspector General de la Administración, Roger

Wuillaume, para que investigase dichas denuncias.

El informe que redactó y trajo a su vuelta reconocía que la tortura

era una práctica generalizada... que daba resultados indiscutibles. Los

procedimientos clásicos como el interrogatorio prolongado o la privación

de bebidas y alimentos, afirmaba, «no son eficaces... En cambio, el tubo

de agua y la electricidad, cuando son empleados con precaución,

producen un choque mucho más psicológico que físico, y en

consecuencia desprovisto de toda crueldad excesiva».

Por ello, y dado que dichos procedimientos eran «unánimemente

aceptados», recomendó que fuesen legalizados y aplicados por

profesionales, ya que si se prohibieran la policía podría caer en «el

desconcierto y la parálisis».

A pesar del informe, que obviamente no fue publicado, las

autoridades francesas siguieron negando de modo tajante la existencia de

la tortura, y el Primer Ministro de la época, el socialista Guy Mollet en

cuyo gobierno fue Mitterrand Ministro de Justicia, afirmó, entre otras

cosas, que la comparación con la Gestapo era escandalosa, porque «Hitler

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impartía directivas preconizando métodos bárbaros, mientras que

nosotros siempre hemos dado órdenes en sentido contrario».

La realidad, tal y como se ha reconocido 40 años más tarde, era

muy otra, puesto que la práctica de la tortura siguió siendo absolutamente

generalizada, y provocó decenas de miles de muertos: el impresionante

tributo de horror y sangre que debió pagar el pueblo argelino para

acceder, tras la firma en 1962 de los acuerdos de Evian, a su

Independencia nacional.

Los torturadores, mientras tanto, no tuvieron que rendir cuentas

por todos aquellos horribles crímenes, ya que las autoridades francesas

decretaron de inmediato una amnistía que cubrió a todos sus fieles

servidores, y muchos de ellos hicieran carrera en toda impunidad tanto en

el ejército como en la vida civil: ministros, diputados, magistrados...

Por ejemplo, el entonces coronel Marcel Bigeard, responsable de la

ejecución extrajudicial y desaparición de miles de detenidos, está

considerado como el militar más condecorado en Francia, y llegó a ser

Secretario de Estado en el Ministerio de Defensa, tras lo cual fue

diputado en la Asamblea durante una década.

Otro torturador notorio, Maurice Schmitt, que durante la guerra de

Argelia tan sólo tenía el grado de teniente, llegó a ser Jefe de Estado

Mayor del ejército francés, y al reconocerlo sus víctimas gracias a la

televisión, ha tenido el tupé de negarlo todo, justificando, eso sí, la

necesidad de la tortura en aquella época.

La amnistía que permitió a toda esa gentuza ocupar tales puestos,

llegó además acompañada de una más que sospechosa amnesia colectiva.

La gran mayoría de los franceses no quiso saber nada de toda aquella

infamia, y tuvieron que transcurrir 40 largos años para que por fin se

hablara y discutiera abiertamente sobre la práctica de la tortura en

aquellos terribles años.

Es muy probable que lo sucedido en Argelia en la década de los 90

(tras obtener los islamistas la mayoría en las elecciones, el ejército

intervino para impedir por la fuerza su acceso al poder, con toda una

secuela de horrores), tuviera mucho que ver con ello, pues permitió que

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los franceses pudieran afrontar su pasado torturador con el mismo

sentimiento de superioridad que prevaleció entre ellos en aquella época:

«En el fondo, esta(ba)n mejor con nosotros».

Por eso se permitió el general Aussaresses, sin atisbo alguno de

remordimiento, reconocer entre otras muchas atrocidades que había

matado personalmente a 24 resistentes argelinos detenidos, y ordenado

ejecutar sin juicio alguno a varios centenares más, después de que todos

ellos fueran atrozmente torturados. A raíz de dichas declaraciones, se le

abrió una causa judicial y fue condenado a una simbólica multa. ¡Pero no

por lo que hizo sino por decirlo en público!

Sus declaraciones, entrevistas y libros autobiográficos hicieron

estallar un gran escándalo que rompió los 40 años de amnesia colectiva, y

los franceses debatieron al respecto durante un par de años, alcanzando el

debate gran difusión en prensa, radio y televisión.

¿Se hubiese hablado tan abiertamente, y con tanta difusión en los

media, de cómo se practicaba en realidad la tortura 40 años antes, si no

llega a suceder lo que con posterioridad sucedió en Argelia? Permítaseme

que lo ponga en seria duda. Desgraciadamente, basta con observar la

actitud de la gran mayoría de sus vecinos españoles ante la práctica

habitual de la tortura en cuartelillos y comisarías para entender mi

escepticismo respecto a la de los franceses.

Ya me gustaría equivocarme, pero creo que la mayoría debatieron

sobre la tortura desde ese sentimiento de superioridad, y lo que está

clarísimo es que el poder permitió que el debate tuviese una gran difusión

porque Francia no ha necesitado en las últimas décadas servirse a destajo

de la tortura pura y dura.

Lo cual no significa, desde luego, que hayan dejado de practicarla

tras la guerra de Argelia. El militante corso Tomasi, los islamistas

detenidos en 1995, a quienes se aplicó incluso descargas eléctricas, y

numerosos delincuentes comunes, sobre todo de origen magrebí, son

buena muestra de ello.

Bien claro me lo dejó uno de los policías franceses, que estaba

lejos de ser de los peores de ellos, cuando me afirmó, sin que se tratara en

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absoluto de una amenaza, que si ellos tuviesen el mismo problema que

los españoles, por supuesto que utilizarían la tortura. Y para que no

quedara la más mínima duda, añadió que lo harían «sin asomo de mala

conciencia».

De todos modos, la no utilización sistemática de la tortura pura y

dura no quiere decir, ni mucho menos, que habitualmente se abstengan de

usar técnicas en ningún caso permisibles para “ablandar” a las personas

detenidas. Una impecable tesis doctoral de Fabrice Trolliet, que se

encuentra disponible en Internet y contiene muy interesantes apartados

como el referido a la tortura durante la Guerra de Argelia, analiza varias

de ellas; por ejemplo, la privación de sueño, que es un método muy

efectivo de tortura.

En efecto, los policías franceses se sirven de toda una serie de

recursos para dificultar que las personas detenidas e incomunicadas

puedan reposar debidamente durante los seis largos días de extenuantes

interrogatorios, uno más que en el Estado español, que permite su actual

legislación.

Acostumbran, así, aducir todo tipo de excusas para privar a los

detenidos de un colchón, de modo que éstos se vean obligados a dormir,

si pueden, sobre una dura banqueta, y mantienen una intensa iluminación

que justifican por motivos de seguridad. ¡Como si no estuviese clarísimo

lo que buscan con todas esas medidas!

Además, estos últimos años han sido varios los militantes de ETA

que han sufrido en el Estado francés no sólo una detención muy violenta,

que en absoluto podía justificarse por una pretendida resistencia de los

detenidos, sino que han sido golpeados y maltratados también durante los

días de incomunicación, como se puede ver, por ejemplo, en varios de los

testimonios del Informe 2003 publicado por Torturaren Aurkako Taldea,

TAT.

Eso sí, dada su práctica actual, muy alejada de la de la época de sus

guerras coloniales, hoy en día las autoridades francesas pueden permitirse

que sus medias debatan sobre la tortura, lo cual no es el caso, ni de lejos,

de sus homónimas españolas, porque al ser la práctica de la tortura tan

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sistemática en el caso de los militantes vasos, se cuidan muy mucho de

que un debate similar pueda producirse y alcance una tal difusión.

No hay más que ver cuál ha sido el tratamiento y el eco que han

tenido flagrantes casos de tortura como los de Iratxe Sorzabal o Unai

Romano en los media españoles. Dos interesantes trabajos sobre el

comportamiento de los media recogidos en los informe de TAT, sobre el

“caso Sorzabal” en el de 2001 y sobre Romano en el de 2002, dan una

idea cabal del miserable papel que juegan a la hora de silenciar la terrible

realidad de esa lacra.

Mucho hablar de las fotos de Abu Ghraib, muchísimo menos del

debate francés por su peligrosa cercanía... y de lo de casa ni pío, aunque

por ejemplo las elocuentes fotos de Unai e Iratxe poco tengan que

envidiar a las tomadas en Irak. Sobre todo las de Unai tras sufrir éste

similares torturas a las de Iratxe a manos de la misma Guardia Civil.

Pues bien, para ambos casos encontró la exquisita “democracia”

española una justificación que la limpiaba de toda culpa: lo de Iratxe era

una simple alergia (ya nos explicarán a qué, a no ser que sea la muy

extendida entre los vascos alergia a la Guardia Civil), y Unai se

autolesionó.

Esperemos, al menos, que no hagan falta otros 40 largos años

como en Francia para que empiecen a reconocer abiertamente la realidad

de esa terrible lacra, y de todas formas mejor harían en aprender cuanto

antes de la experiencia de los franceses que terminaron por pagar muy

cara toda aquella infamia. Mañana puede ser demasiado tarde.

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VII

¿Es eficaz la tortura?

¡Vaya si lo es!

Importantes expertos en la tortura han elegido para oponerse a esa

terrible lacra un caballo de batalla a mi modo de ver totalmente

inadecuado: se empeñan en defender la tesis de que el tormento no es

nada eficaz como método para conseguir información de los detenidos.

Si se trata de persuadir de ello a los torturadores, pueden dar por

hecho que les va a ser del todo imposible lograrlo, pues su práctica

cotidiana les demuestra precisamente lo contrario. Cuando vayan a

explicarles que todas las valiosas informaciones arrancadas a las víctimas

son pura ficción y que, en realidad, hubiesen obtenido mejores resultados

sin la práctica del tormento, seguro que se parten de risa.

En cambio, si desean convencer de esa supuesta ineficacia a los

ciudadanos en general, su objetivo es bien factible. Pero lo es, sobre todo,

porque a las autoridades responsables de la tortura no parece importarles

gran cosa que lo consigan, y mucho menos aún que perseveren en su

empeño. ¿No se dan cuenta de que a los torturadores les viene de

maravilla que malgasten tiempo y energías en ese tema en lugar de

dedicarlo a reforzar otras tesis y tareas que son infinitamente más

peligrosas para ellos?

Por ejemplo, uno de dichos expertos, Darius Rejali, a quien he

mencionado varias veces, juzgando muy positivos otros aspectos de su

trabajo, afirma que tras estudiar detalladamente los archivos franceses

referentes a la guerra de Argelia no ha encontrado evidencias de que

hubiesen conseguido información relevante por medio de la tortura. En

sus conclusiones, insiste además en que, al contrario de lo que muestra

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muy bien la célebre película de Gilo Pontecorvo, la aplicación masiva del

tormento poco tuvo que ver con la apabullante victoria militar de los

franceses en la batalla de Argel.

Para empezar, los archivos oficiales a parte de parciales suelen ser

de una fiabilidad más que dudosa para conocer lo que realmente ocurrió

en una guerra, y encima mucho me temo que en este caso Rejali fue a

estudiarlos con una idea preconcebida que deseaba corroborar, lo cual

dista mucho de ser el método ideal para afrontar una investigación. Y lo

digo desde el mayor respeto a quien considero está realizando, en otros

aspectos, un excelente trabajo teórico contra la tortura.

A estas alturas, creo que está suficientemente claro que, en sus

guerras coloniales de Indochina y Argelia, las autoridades francesas se

cegaron con el hecho, para ellos evidente, de que la tortura producía

excelentes resultados. Y la utilizaron a destajo, pero al final tuvieron que

rendirse a otra evidencia aún más poderosa que la anterior: la de que

ambos pueblos no sólo habían decidido ser libres sino que el contexto

internacional les era favorable, y ni utilizando los más infames de los

métodos lograron impedir que accedieran a la independencia.

A toro pasado, seguro que Mitterrand y compañía se dijeron «si lo

llegamos a saber, no nos hubiésemos enmierdado tanto con la tortura»,

pero lo que supieron a costa de sufrir dos humillantes derrotas no fue

desde luego que la tortura no fuera eficaz para arrancar información del

enemigo. Lo que les debió de quedar bien claro es que dichas guerras

coloniales estaban perdidas de antemano, y siendo así no había merecido

la pena todo aquel horror.

Se hubieran evitado, además, los graves problemas que tuvieron

con los ejecutores de su política “pacificadora” en Argelia: importantes

mandos militares, tras cumplir fielmente durante años las órdenes de

tortura y exterminio que les llegaban de París, se negaron a dar la guerra

por perdida, y su rebelión pudo haberse llevado por delante a quienes

anteriormente les habían ordenado hacer todo lo necesario para que

Argelia no dejara nunca de ser francesa.

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A los actuales torturadores del Imperio en Irak les está sucediendo

otro tanto. Al igual que les ocurrió a los franceses, no saben cómo salir

del atolladero donde se encuentran enfangados. Son conscientes de que

cometieron un mayúsculo error de cálculo y bien que les gustaría volver a

la situación anterior a la última catastrófica invasión: se dan cuenta que

erraron en la elección del procedimiento para conseguir sus objetivos y

ahora están seguros que otros medios hubiesen sido más apropiados. Sin

embargo, ya es demasiado tarde para rectificar, y no tienen otro remedio

que continuar en el infernal engranaje que tanto desprestigio y desgaste

les está causando.

Es lo que sucede siempre con la tortura, y ésa sí es una excelente

razón que conviene remarcar a la hora de luchar contra esa terrible lacra:

una vez que las autoridades deciden poner en marcha el cruel engranaje

del tormento, difícilmente pueden después controlarlo ni pararlo a su

antojo.

Después de que se franquea un cierto límite, la maquinaria tiene su

propia dinámica y la marcha atrás se hace muy pero que muy difícil,

porque la gangrena de la tortura ha penetrado todo el tejido social. Lo

sucedido con la OAS y los pieds-noirs en Francia, después de que la

República se viera obligada a conceder la independencia a su ex-colonia

argelina, es buena muestra de ello.

Ése sí que es un buen argumento contra el tormento: la palpable

evidencia de que todo lo corrompe, empezando por los verdugos y

terminando por cuantos consienten o no hacen lo suficiente para impedir

que dicha gangrena se siga propagando.

Por lo tanto, lo único que se puede dar por históricamente

demostrado es que, en ciertos casos, el uso de la tortura no hace sino

empeorar la situación de los torturadores. Y la empeora, porque cuando

se ven obligados a aceptar la derrota, como en Argelia y Vietnam, ésta es

aún más humillante. Pero de ahí a afirmar que es ineficaz hay un

larguísimo trecho. Un trecho que se encuentra por desgracia jalonado por

los innumerables casos en que los vencedores de la historia se han

servido impunemente del tormento.

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Claro que se puede argumentar que a dichos vencedores, como fue

el caso de los propios argelinos que también se sirvieron cruelmente de la

tortura, poca falta les hacía su uso ya que hubiesen vencido de todas

maneras, y además con más facilidad y sin sufrir las secuelas negativas

que acarrea esa horrible práctica. Es una tesis muy interesante que, siendo

desdichadamente indemostrable, ya me gustaría fuese aceptada por todo

el mundo.

Por desgracia, no creo que esté a punto de caer esa breva, ya que es

evidente cual es la triste realidad: pese a que prácticamente todas las

autoridades afirman estar contra la tortura, firmando sobre el papel

rimbombantes acuerdos al respecto, ya sabemos de sobra por donde se los

pasan en cuanto lo consideran necesario.

Ésa es una de las grandes batallas que están librando los opositores

de la tortura, la de mostrar, que no demostrar pues es del todo imposible

hacerlo, que la tortura es siempre contraproducente, y desde luego todo

esfuerzo en dicho sentido es siempre digno de encomio... sobre todo si

éste es efectivo y consigue avanzar en la buena dirección, porque algunos

flaco servicio le están haciendo a la causa que defienden, al dirigir sus

dardos a la diana equivocada.

En lugar de seguir empeñados en “demostrar” que el tormento es

ineficaz a la hora de conseguir uno de los objetivos de los torturadores, la

obtención de información, a mi entender mejor harían en preguntarse si,

inadvertidamente, no estarán haciéndoles el juego a los verdugos.

Ahí está por ejemplo el caso de Ibn al Shaykh al Libi, el detenido

que, sometido a brutales torturas, “confesó” algo de gran importancia

para las autoridades de EEUU: Sadam Hussein estaba entrenando a

miembros de Al-Qaeda en el uso de armas químicas y biológicas. Ése fue

uno de los principales argumentos usados por el Imperio para justificar la

invasión de Irak, y después se demostró que aquella “confesión” era

falsa.

A la mayoría de quienes ponen el acento en que la información

obtenida mediante torturas no es nada fiable les pareció sumamente

interesante remarcar una supuesta conclusión que decían se deducía del

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caso: el detenido “confesó” lo que querían escuchar los torturadores a

causa de la tortura, y sin tal tormento no hubiese existido esa falsa prueba

que indujo al Imperio a decidir la invasión.

Lástima que al apoyar dicha conclusión, dieran por buena la

versión de que Bush y compañía creían realmente que Sadam disponía de

armas de destrucción masiva y tenía estrecha relación con Al-Qaeda.

Seguro que esa gentuza les estuvo muy agradecida.

El veterano e influyente periodista estadounidense Robert Scheer

fue consciente de dicha contradicción, y afirmó que «En el caso de al-

Libi, no se debe aplicar la correcta conclusión de la mayoría de los

expertos quienes afirman que la tortura es ineficaz porque produce falsas

informaciones. En ese caso, la tortura sí que funcionó de manera perfecta

para obtener precisamente la falsa prueba que necesitaba el Presidente

para desencadenar la guerra».

Lo que no explicó es por qué no se debe aplicar esa famosa

conclusión justo en ese preciso caso y sí en los demás. A mi modo de ver,

mejor hubiese hecho en denunciar lisa y llanamente que era el Imperio el

que estaba interesado en que se hablara del “caso al-Libi”, para que la

gente llegase justo a esa conclusión que tanto les interesaba. Por eso filtró

abundante información al respecto, y por desgracia muchos mordieron el

anzuelo.

Eso sí, una vez de caer en la trampa, la posición de Scheer era la

menos mala que se podía tener. Lo realmente penoso es que algunos

avalaran la versión del Imperio pensando que les servía para defender la

tesis de que la tortura es ineficaz. Mucho me temo que el aval lo

otorgaron de forma gratuita: está muy claro que ese caso no era desde

luego el mejor para dicho propósito.

Y también es lamentable que concedan tanto crédito a afirmaciones

más que sospechosas al considerar que vienen a reforzar su tan mimada

tesis. ¿O creen en realidad que cuando ciertos antiguos militares y

personal de inteligencia “confiesan” que la tortura no es eficaz, y que

existen otros métodos mucho mejores para obtener información, lo hacen

siempre debido a las supuestas pruebas acumuladas al respecto? ¿No se

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les pasa siquiera por la cabeza que tras algunas de dichas “confesiones”

pueda haber intereses inconfesables?

De todos modos, en lo que sí llevan toda la razón quienes insisten

tanto en la supuesta ineficacia de la tortura para obtener información es

en enfocar la cuestión desde el punto de vista práctico. En los tiempos

que corren es más evidente que nunca cuál es la única razón que puede

realmente persuadir a los torturadores sobre la inconveniencia de utilizar

la tortura: que el balance de resultados les resulte negativo.

Igual de evidente debería de ser la manera de conseguirlo. Lo de

intentar convencerles de que un aspecto que asumen sumamente positivo,

el de recabar información, tienen que anotarlo en realidad en el casillero

negativo es ridículo. Más les valiera a quienes así actúan guiar su

esfuerzo en actuar sobre los aspectos que son claramente negativos para

los torturadores y ayudar en que su peso se les haga insoportable.

En Euskal Herria, donde conocemos de primerísima mano la cruel

realidad de la tortura, eso lo tenemos muy claro: es absurdo discutir si es

o no efectiva para uno de los fines para la que es usada, la de arrancar

información a las víctimas. Los verdugos están absolutamente

convencidos de que lo es, y razones les sobran para ello.

Lo único que puede disuadir a esa gentuza de que mejor harían en

dejar de utilizar dichos infames métodos es que el coste de seguir

practicándolos les sea a todas luces excesivo en comparación con los

beneficios que de dicha práctica obtienen. En nuestras manos está el

conseguirlo.

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VIII

La estrategia dual

de los torturadores

A las autoridades españolas les interesa sobremanera que los

crédulos súbditos de la corona española no pongan en duda que lo de la

tortura es agua pasada, y por eso les viene muy bien que algunos se

empeñen en propagar a diestra y siniestra la tesis de que ésta es ineficaz

para recabar información. Ayudar, desde luego, esa tesis no ayuda en

absoluto a desenmascarar a los torturadores, pues está claro lo que la

mayoría de la gente deduce a partir de ella: «Si no es eficaz, ¿para qué

demonios la van a emplear?».

Ahora bien, las mismas autoridades que niegan impertérritas la

existencia de torturas ponen al mismo tiempo especial interés en que

cierta gente tenga clarísimo que la tortura además de existir es de lo más

eficaz. Los “privilegiados” destinatarios de dicha información son

aquellos que se niegan a aceptar el papel de leales súbditos de la

“democrática” corona española, claro.

Las autoridades lo tienen muy fácil: los candidatos a ser torturados

saben de sobra lo que hay, y no necesitan apenas esforzarse para difundir

de modo adecuado la terrible realidad sobre la tortura entre la disidencia,

Tantos años machacando a los resistentes han dado desde luego de sobra

para que el pánico al tormento se instale en lo más profundo de su

conciencia colectiva.

Los torturadores se sirven, por lo tanto, de una estrategia dual: por

una parte, despliegan todos los medios necesarios para que sus fieles

súbditos interioricen que disfrutan de una “democracia” sin tacha; por

otra, aplican mediante el tormento la máxima presión sobre la disidencia

con el objetivo de provocarles tal pánico que cesen en su empeño.

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El primer soporte teórico-práctico de esta estrategia dual fue el

derivado de la experiencia de los franceses en sus guerras coloniales de

Indochina y Argelia, donde, a la par que machacaban a los colonizados,

negaban indignados a sus leales ciudadanos que la República hiciera uso

de la tortura.

En ambas guerras, el ejército colonial tuvo que enfrentarse con

enemigos que no usaban uniforme y se escondían entre la población que

les prestaba apoyo. Al ser todo el mundo sospechoso, se vieron en la

necesidad de ejercer un control absoluto, y al adquirir la información vital

importancia, los franceses convirtieron la tortura en su principal arma no

sólo para arrancar información a los detenidos sino para controlar a toda

la población.

De vuelta de Argelia, los especialistas franceses de la “guerra

psicológica” pusieron durante casi veinte años sus siniestros talentos al

servicio de los estadounidenses y de las más crueles dictaduras

sudamericanas. La influencia de los franceses fue así determinante en la

organización del Primer Curso Interamericano de Guerra

Contrarrevolucionaria en 1961, en el que participaron militares de 14

países, entre ellos los de EEUU que carecían aún de la experiencia y