Tras los pasos de Jesús por Txetxu Núñez - muestra HTML

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TRAS LOS PASOS

 

- Te presento a Gabriele, dijo Montgomery a Herman. Es la doctora ingeniera informática más joven de su promoción.

Herman, Montgomery y Gabriele estaban en un restaurante de la ciudad de Austin (Texas).

- ¡Nos trae por favor!, se oyó la voz de Herman. Tres raciones de pollo Acapulco y tres tortillas chips con salsa picante y para beber una gran jarra de cerveza.

Mientras el camarero se retiraba, se volvió a oír la voz de Montgomery que se dirigía a Gabriele:

- Y este es el ingeniero electrónico del que te hablé la última vez que nos vimos. Es capaz de construir cualquier clase de máquina. La única pega que tiene, es que necesita dinero para hacer todas las piezas que necesita.

Gabriele y Herman se dieron un par de besos. Poco después hablaban de unas cosas y otras como si se conociesen de toda la vida, aunque algo más tarde la conversación dio un giro rápido para hablar sobre lo que tenían en la cabeza desde hace mucho tiempo: la construcción de una máquina del tiempo que les pudiese llevar a la época en que vivió Jesús de Nazaret. Mientras estaban comentando algunas de las ideas que tenían, se presentó el camarero con los platos que le había pedido Herman. En un tiempo record el camarero dejó los platos sobre la mesa y volvió a desaparecer por donde había aparecido. Mientras comían y bebían, fueron fluyendo ideas nuevas de todo tipo. Una hora más tarde terminaron de comer, pidieron la cuenta y después de pagar salieron a la calle. Herman y Gabriele seguían conversando tan animadamente que Montgomery les miraba entusiasmado. Los tres hacían un buen equipo, pensó éste.

M á s t a r d e l l e g a r o n a l C e n t r o d e Investigación “H.R.S.W.” Lugar en el que trabajaban Herman y Montgomery. Después de enseñar sus tarjetas de identificación y pasar por varias puertas controladas por policías armados llegaron al que era su lugar de trabajo “el laboratorio”.

- ¡Aquí lo tienes!, dijo Montgomery.

-¡Impresionante!, exclamó Gabriele mirando atentamente todo lo que estaba al alcance de su vista: había tres grandes ordenadores sobre tres mesas, también enormes. También había aparatos de automoción, analizadores de vibración, una cámara de alta velocidad, comprobadores de nivel láser, detectores de gases, indicadores metereológicos y muchos aparatos más que a simple vista no reconocía. Nunca había estado en un laboratorio tan grande y con tantas posibilidades para trabajar.

- Pues a partir de ahora, también será tu laboratorio, dijo Herman. Tenemos carta blanca de arriba para contratar a dos científicos. Una ya hemos encontrado, solo nos falta encontrar al otro.

- Igual os puedo ayudar, dijo Gabriele.

¿Qué perfil necesitáis?, preguntó.

- Herman y yo últimamente hemos pensado mucho sobre la clase de persona que necesitamos, y creemos que ya sabemos lo que queremos, contestó Montgomery.

- Necesitamos a una persona de nacionalidad judía que sea conocedor de las lenguas que se hablaban en el tiempo de Jesús y la forma de vida y costumbres. O sea, a un individuo que sepa desenvolverse en aquella época, contestó Herman.

- Conozco a una persona que puede encajar perfectamente, dijo Gabriele. Es judío y además es Licenciado en Lengua Hebrea, Aramea y no sé cuantas cosas más.

- Pues no sé a qué esperas a traérnoslo para que le echemos un vistazo, dijo Montgomery.

Días después, Gabriele llevó a Jazón, el judío del que les había hablado para presentárselo a sus amigos para que le conociesen. Después de las presentaciones se dirigieron a la terraza de un restaurante y mientras tomaban unas cervezas conversaron durante bastante rato. Dos horas más tarde, Gabriele y Jazón se despedían de Montgomery y Herman.

- ¿Qué te ha parecido?, se oyó la voz de Herman.

- Me da la impresión de que está debidamente informado de lo que se cocía en aquella época, dijo Montgomery. Además parece una persona que no tiene miedo a nada.

- ¡Es un judío!, dijo Herman.

- ¡ Eso quería decir yo!, d i j o Montgomery. También parece que es un hombre al que le gustan las aventuras.

- Entonces ya está cubierta la plaza que teníamos vacante, dijo Herman. A partir de ahora podemos empezar a trabajar de lleno en nuestra máquina del tiempo.

Días después, Gabriele, Herman, Jazón y Montgomery estaban metidos de lleno en su proyecto. Todos los días a primera hora de la mañana se reunían los cuatro antes de empezar el trabajo para ver por donde enfocaban lo que iban a hacer en ese día. Una vez que todos estaban de acuerdo, cada uno por su cuenta empezaba a trabajar. Muchos días les daban las doce de la noche en el laboratorio habiendo comido un único sándwich por cabeza. La máquina iba tomando forma poco a poco, pero pasaban los meses y parecía que apenas avanzaban.

Tres años después, la máquina del tiempo quedó terminada.

- ¡Creo que ya la tenemos!, exclamó un día eufórico Montgomery.

Herman, Jazón, Gabriele y Montgomery se alejaron un poco de la máquina para verla desde diferentes ángulos.

- ¡Aquí está nuestro trabajo!, dijo Herman orgulloso. Tres años y medio nos ha costado acabarla, pero ha valido la pena.

- ¡Aún no sabemos si funciona!, se oyó la voz de Gabriele.

Jazón, Herman y Montgomery se miraron. Era verdad que habían acabado la máquina del tiempo, pero ahora tenían que ver si efectivamente podía viajar al pasado y regresar.

Herman era el más viejo del grupo, tenía cuarenta años y había nacido en Freudenberg (Alemania). Medía 1,85 m., tenía el cabello rubio y los ojos azules, era más bien serio, era el que hacía de cabeza del grupo.

Montgomery era el compañero infatigable de Herman. Llevaban más de diez años trabajando juntos, acababa de hacer treinta y cinco años. Era natural de Atlanta (América). Medía 1,80 m., tenía el pelo negro y los ojos verdes, su sonrisa aparecía en su cara de vez en cuando.

Gabriele era la única mujer del grupo. Había nacido en Florencia (Italia), era la más joven del grupo, con tal solo veintiséis años. Medía 1,70 m., tenía el pelo rubio y los ojos negros, era una chica que no pasaba desapercibida ante ninguna mirada, masculina o femenina.

Jazón era de Eilat (Israel), de padres judíos. Tenía treinta y dos años. Medía 1,76 m., de pelo negro y ojos también negros. La sonrisa formaba parte de su cara.

-¡Yo me encargo!, se oyó la voz de Gabriele, de hacer que la máquina del tiempo viaje al pasado y espero que regrese.

Herman, Montgomery y Jazón miraron a su compañera con recelo.

- Con estos ordenadores que tenemos aquí no hay ningún problema para que la máquina del tiempo viaje al año que deseemos, dijo Gabriele.

- Si lo tienes tan claro, dijo Herman, ¡adelante!, haz una prueba.

Gabriele se sentó junto al ordenador y empezó a teclear con sus dedos rápidamente en el teclado. Media hora más tarde, dijo:

- Ya está preparado. Seguidamente apretó una tecla y todos se quedaron mirando a la máquina del tiempo.

De repente, ante sus ojos, se empezó a difuminar poco a poco hasta que la máquina del tiempo se evaporó por completo.

Herman, Montgomery y Jazón se abrazaron al ver que la máquina había desaparecido de su vista. Una hora más tarde, Herman, dijo:

- Haz que regrese.

Gabriele empezó a teclear de nuevo las teclas del ordenador. Poco después, dijo:

- ¡Ahora!

De repente, ante los ojos de todos los presentes, volvió a aparecer la máquina del tiempo.

- Por lo menos sabemos, di jo Montgomery, que se va y regresa.

- ¡Jazón!, se oyó la voz de Herman. Encárgate de hacerte con todo lo que necesitamos para llevar a nuestra nueva vida: vestimenta, dinero…

Jazón asintió con la cabeza, como queriendo decir que eso ya estaba hecho.

- Saldremos de hoy en una semana, dijo Herman. Tú Gabriele ya sabes que te tendrás que quedar aquí por si algo sale mal y nos tienes que hacer volver. De todas formas también sabes que las mujeres en aquel tiempo no podían andar de aquí para allí, no estaría bien que fueses con nosotros de un lugar a otro.

Gabriele ya sabía que aunque no pudiese ir con ellos, era la pieza más importante en toda aquella aventura. Era la que los enviaba al tiempo de Jesús y la que los hacía regresar sanos y salvos.

Una semana más tarde Montgomery, Jazón y Herman estaban preparados. Los tres estaban vestidos con túnicas grises, turbantes y sandalias. Gabriele les miraba con envidia, pero en su cara se empezó a dibujar una sonrisa por la pinta que tenían los tres vestidos de aquella manera tan primitiva.

Herman fue el primero en entrar en la máquina del tiempo, Montgomery fue detrás y por último entró Jazón. Gabriele se puso al ordenador, puso el año treinta en la pantalla y enviar a Nazaret, seguidamente pulsó el botón.

La máquina del tiempo se empezó a difuminar ante la vista de Gabriele, segundos después había desaparecido. La chica se quedó por un momento desalentada, sus amigos con los que había estado trabajando codo a codo durante varios años habían ido a otra época y ella se había quedado huérfana.