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“Tratado del amor” de José Ingenieros

TRATADO DEL AMOR*

José Ingenieros

A Eva Rutenberg

la esposa elegida por mi corazón -toda inteligencia y toda bondad-, para

compartir mi sacrificio de constituir un hogar modelo.

“Amor mi mosse che mi fa parlare”. Dante, Inf. II, 72.

Aclaraciones, parte primera:

En esta primera parte del volumen, después de explicar el sentido que el Amor adquirió en el

Olimpo griego (Eros, generador), Ingenieros se proponía examinar otras tres interpretaciones

del amor, otras “tres concepciones míticas abstractas”: el Amor como Genio de la Belleza (amor

estético); el Amor como Genio de la Domesticidad (amor doméstico) y el Amor como Genio de

la Especie (amor instintivo).

De estas tres concepciones sólo dejó analizada la primera, haciendo un estudio de la doctrina

de Platón. Tal el asunto del capítulo II, titulado “Eros, Genio de la Belleza”.

El análisis de las otras dos concepciones (que hubieran constituido los capítulos III y IV) quedó

sin realizar, aunque puede inferirse que Ingenieros se disponía a estudiar la concepción

doméstica del amor desentrañándola de la Teología cristiana, y a hacer lo propio con la

interpretación del amor como Genio de la Especie, entresacándola de las modernas doctrinas

naturalistas.

Sobre la primera de estas dos concepciones, es decir, sobre el capítulo “Eros, Genio de la

Domesticidad”, no existen en el manuscrito sino unas simples notas. No se ha creído útil

transcribirlas, pues ellas muy poco sugieren con respecto a la forma como Ingenieros pensaba

encarar tan difícil problema.

En cambio, el autor dejó ordenadas algunas páginas correspondientes a su análisis de la

concepción naturalista del amor (“Eros, Genio de la Especie”). Con consideraciones en torno a

la teoría erótica de Schopenhauer y no constituyen, tal vez, sino uno de los múltiples parágrafos

de este capítulo en que Ingenieros abordaría las diversas manifestaciones de la concepción

naturalista del amor.

* Advertencia: Ingenieros no alcanzó a desarrollar el plan de este libro póstumo, obra erudita y con visión de futuro.

Algunos de los ensayos que constituyen el Tratado del Amor aparecieron en la Revista de Filosofía; otros eran

inéditos. Al frente de cada una de las partes que forman este libro hallará el lector las aclaraciones correspondientes.

Aníbal Ponce, quien revisó y anotó las obras anteriores de Ingenieros, falleció antes de poder hacerlo con la presente.

La revisión y ordenación de los originales estuvo a cargo de Julia Laurencena. (Biblioteca clásica y contemporánea).

Digitalización: KCL.

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“Tratado del amor” de José Ingenieros

PRIMERA PARTE

LA METAFÍSICA DEL AMOR

CAPÍTULO I

EROS, GENERADOR. EL AMOR EN EL OLIMPO

1. LOS MITOS DE LA GENERACIÓN

Sentado una mañana de primavera a la sombra de su ramada, junta al caído tronco de un árbol

vetusto, el hominidio, apenas humanizado, pudo reflexionar sobre ciertos fenómenos que en

torno suyo se repetían con visible regularidad. Todos los amaneceres el cielo se llenaba de luz

y poco después un disco brillante enviaba calor sobre la tierra. Un despertar se producía en

todas las cosas; algunos seres se movían por sí mismos y las hojas eran agitadas por un soplo

invisible. Las malezas contiguas reverdecían después de las lluvias y en las partes más

calentadas por el sol se cubrían de flores, que con el tiempo perdían sus colores y se

transformaban en semillas. Y, cosa la más extraordinaria, cada vez que de la ramada en

movimiento caía a tierra una semilla, el calor del disco luminoso y la humedad de las lluvias la

convertían, después de cierto número de amaneceres, en una nueva planta capaz de dar flores

y semillas. Tierra, calor, agua, movimiento formaban su ciclo de eterna vida, de Generación.

Acostumbrado a medir sus propios movimientos por un esfuerzo, el hombre primitivo supuso

que toda variación de las cosas era el resultado natural de potencias que actuaban sobre ellas.

Cada cambio en la naturaleza era un efecto y obedecía a una causa; todos los fenómenos eran

producidos por fuerzas naturales. La idea que pudo hacerse de el as fue calcada sobre sus

propios esfuerzos cuando producía algún movimiento; mirándolas como agentes o entidades

invisibles, capaces de acción deliberada, se inclinó a suponer que en todo lo semoviente obraba

voluntad.

Cuando pudo referir muchos fenómenos naturales a una misma potencia, el hombre se la

imaginó como un ser complicado que producía en gran escala efectos semejantes a los de su

propia actividad. Poco a poco, extendiendo sus analogías, atribuyó a esos agentes cualidades

humanas, pasiones, móviles, instintos semejantes a los hombres. Toda cosmogonía pudo, en

su origen, constituirse como un sistema de metáforas antropomórficas destinadas a explicar la

física del universo, personificando en cada mito una fuerza natural. En el período mítico

protoario1 aludían a esas fuerzas los nombres de los dioses, que obraban como actores de un

drama cósmico en eterna renovación. Cuando los efectos atribuidos a su voluntad fueron

deseables o temibles, nació como un sistema de metáforas por la antropomorforación o por el

culto.

El hombre no se limitó a personificar las fuerzas naturales. En las cosas había, para él, algo

incomprensible; lo explicó atribuyéndoles un poder intrínseco, invisible como su propio aliento y

1 Se considera demostrado que todas las mitologías indoeuropeas tienen su raigambre común en un período mítico

protoario. Ciertas divinidades fueron adoradas antes de que los pueblos arios irradiaran de su desconocido centro

común y han persistido con caracteres análogos en diversas mitologías. En las diversas lenguas arias se encuentran

mitos y nombres correspondientes a los principales dioses y héroes del Olimpo griego. El problema de origen y

evolución de los mitos pertenece, desde hace más de medio siglo, a la mitología comparada.

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“Tratado del amor” de José Ingenieros

como la brisa, un alma. Esa fuerza le pareció más evidente en los animales, que podían

moverse a voluntad, como los hombres.

A culto de las fuerzas, de las cosas y de los animales, agregó el de los hombres muertos, de los

antepasados, cuya potencia animadora supuso que podía seguir obrando, desde alguna parte,

para protegerle o dañarle.

Esos múltiples objetos de adoración y de culto fueron humanizados progresivamente y en el

curso de su evolución se divinizaron, transformándose en dioses, concebidos a imagen y

semejanza de los hombres; acabaron, al fin, por emanciparse de las fuerzas y cosas naturales

que les dieron origen, para actuar libremente. En las grandes teogonías politeístas todo lo

humanizado se fue idealizando; los hombres agregaron o suprimieron atributos a sus dioses, de

acuerdo con costumbres, intereses e ideas que se transformaban sin cesar.

Interpretaciones sobrenaturales e irracionales, en que la imaginación humana viola las leyes de

la naturaleza misma, los mitos cosmogónicos, a media que se divinizan, circunscriben en el

tiempo y en el espacio los fenómenos permanentes o inextensos. Los dioses adquieren formas

limitadas y tienen historias; nacen y crecen como los hombres, viven y luchan, sufren y mueren.

Cuando esta humanización da a su biografía un carácter demasiado terrenal, es difícil

distinguirlos de los mejores hombres; héroes, genios, demonios, su rango verdadero se torna

incierto, simples semidioses que suelen obrar como intermediarios entre los mortales y los

inmortales.

El mito cosmogónico de la Generación nació espontáneamente en la imaginación de los

hombres que observaron los efectos naturales de la producción. Primero concibieron una

potencia obrando para que plantas y animales se reprodujeran eternamente; ningún ser vivo

nacía en el mundo sin que ella interviniera. Después la idea del nacimiento fue confundida con

la de origen, deduciendo que todo lo existente había nacido alguna vez. La fuerza que diera

origen a todas las cosas, potencia o voluntad creadora, se personificó gradualmente en el mito

cosmogónico de Eros Generador.

Como divinidad de la generación universal actúa Eros en las primitivas cosmogonías helénicas

y consta que fue venerado por muchos pueblos griegos desde la antigüedad más remota.2 ¿De

dónde había venido este mito? El parentesco lingüístico de los pueblos arios ha sido

corroborado por la mitología comparada. Las ideas directrices y los principales dioses de las

diversas mitologías arias pueden considerarse afines en un horizonte geográfico inmenso,

extendido desde el océano Índico hasta el Atlántico. ¿Aparece Eros como un mito protoario,

adorado antes de la pulifurcación de los pueblos indoeuropeos? Sólo sabemos que en los

tiempos védicos existía ya en la India la divinidad generadora, Arusha; de allí pudo emigrar al

Olimpo griego, en alas de primitivos himnos, cuyo mismo nombre revela su origen exótico.3

El Eros cósmico, generador de todas las cosas, es demasiado abstracto para la mentalidad de

los pueblos primitivos; su vida en los Misterios satisfacía más la noción de casualidad, propia de

las clases sacerdotales, que el sentimiento popular despertado por la generación de los seres

2 Los habitantes de Thespis, en Beocia, veneraban desde tiempos inmemoriales, bajo la forma de un aerolito, a Eros,

dios de la generación universal; en épocas históricas celebraban en su honor, cada cinco años, una fiesta sobre el

Helicón, acompañaba por juegos y concursos. Ese culto fue más célebre por las estatuas elevadas a Eros por

Praxíteles y Lysipo. En los misterios de Semostracia, asociado al culto de los Cabiros, Eros figuraba ya como el

Amor, concebido como primer principio de todas las cosas. Otros cultos de Eros existieron en Parium, Leuctra,

Lemnos, etc.; en general, figura como divinidad secundaria en los cultos de Afrodita.

3 El parentesco entre ambos dioses de la generación universal lo establece M. Müller. Arusha tenía los mismos

atributos principales de Eros; era hijo de Dyaus (Zeus), nacido en el principio de los tiempos, resplandeciente,

jovenzuelo y provisto de brillantes alas.

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“Tratado del amor” de José Ingenieros

vivos. Insensiblemente, al humanizarse, el Eros ario limitó su acción a la reproducción y al

amor, asociándose naturalmente a una divinidad femenina, la Afrodita fenicia que ama y

engendra, tan llena de vida y pasión que acaba por sobreponérsele en el culto popular.

El amor cosmogónico que conservó su primitivo carácter en la Theogonía de los Hesiódidas y

en las Rapsodias de los Órfidas, estaba ya humanizado en la Ilíada de los Homéridas, donde la

Afrodita semítica ha suplantado al Eros ario. Han venido del Oriente, también, pero por otros

caminos, los primeros elementos míticos que se personifican en la diosa de la fertilidad

universal y de la fecundidad femenina.

Muchos siglos antes de la época homérica, florecía ya en la Grecia oriental, en las Islas y en el

Asia Menor, una alta civilización, originada de Egipto o de Babilonia, que fue mezclándose con

elementos asirios y fenicios. Fue ella, sin duda, el puente que dio paso a costumbres y

creencias semíticas, reflejadas en la primitiva hímnica griega. Existía ya, a menudo

representando a la luna o un astro brillante, una divinidad de la generación y de la fecundidad:

Astarté, Atagartes, Mylita, Issar. En esos pueblos míticamente emparentados entre sí por sus

orígenes, y en constante comunicación con los arios en los tiempos prehistóricos, las diosas

precursoras de Afrodita representan el amor físico en la mujer, la belleza que lo estimula, la

voluptuosidad que lo acompaña, la maternidad que lo corona. Pero la Afrodita griega adquiere

una gracia y una humanidad sobresaliente. Mientras Artemis representa la virgen casta y Hera

la esposa adusta, Afrodita pone en el Olimpo la sonrisa y el ritmo del amor integral, con todo el

encanto de su voluptuosidad inextinguible. En las leyendas más difundidas, la Afrodita griega

aparece madre de Eros, el Amor. Entró en la primitiva religión con varios tipos y bajo nombres

diversos. En Roma se trasmutó en Venus, conservando su simbolismo helénico, como puede

advertirse en las primeras estrofas del De Rerum Natura, en que se la invoca para inspirar el

poema admirable.

Sin perder su sentido cosmogónico, Afrodita adquirió un significado cada vez más humana;

cedió en parte la regeneración de la naturaleza a otras diosas, reservándose el dominio

olímpico y terrenal por el Amor, que la tornó cada vez más deseable por la inteligencia y más

apetecible por los sentidos.

Representó lo digno de ser amado, lo amable, pero no se confundió con el Amor, la fuerza

amante. Tuvo en su cortejo a Eros, su propio hijo, dios del Amor, frecuentemente asociado a su

culto. El Eros cosmogónico, creador del universo, después de convertirse en Eros divino, dios

del Amor, se transforma en Eros genio, servidor de Afrodita, diosa de la generación y de la

fecundidad.

Mito, dios, genio, los pueblos le veneran con fervor. Es verosímil que en las ceremonias

religiosas y fiestas públicas, que acompañaban en Grecia al culto de Eros, se cantaran himnos

en su loor. No queda, sin embargo, rastros de ellos en la prehistoria literaria. Eros aparece, bajo

formas diversas, cuando de la hímnica primitiva se desprenden, en época indeterminable, los

géneros épico, didáctico y lírico; los Aedas, en una elaboración secular, produjeron la vasta

floración de cantares que culminó en la triade, casi histórica, de Homero, Hesiodo y Orfeo.

Acaso fueran simultáneos los orígenes de los géneros; pero mientras la épica deja un

monumento literario que se remonta al siglo X, la didáctica sólo nos lega testimonios valiosos en

el VIII y al VI pueden atribuirse los vestigios menos informes de la lírica.4

4 De este hecho, literariamente exacto, suele sacarse una conclusión históricamente improbable, admitiéndose que el

Olimpo homérico expresa la mitología de una época anterior a la del Olimpo hesiódico. El examen de la cuestión,

dentro de los elementos que poseemos, obliga a pensar lo contrario. La mitología de la Theogonía es anterior a la de

la Ilíada, aunque esos monumentos literarios -casi únicos- se hayan constituido en orden cronológicamente inverso,

antes de ser redactados definitivamente por Onomácrito u otros, bajo Pisístrato, en el siglo VI. Por análogas razones

consideramos las diversas teogonías órficas como anteriores a la homérica, aunque sean posteriores los documentos

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“Tratado del amor” de José Ingenieros

2. EN LA TEOGONÍA DE LOS HESIÓDIDAS

A pesar de lapso secular que separa las épocas homéricas y hesiódica, el contenido de sus

monumentos literarios revela que la mítica de la Theogonía 5 es anterior a la de la Ilíada. Los

mitos de los Hesiódidas conservan su sentido cosmogónico y la generación de los dioses tiene

todavía por objeto explicar la acción de las fuerzas naturales; en cambio, los mitos de los

Homéridas están ya muy humanizados y es muy terrenal su intervención en los asuntos de los

hombres.

No puede excluirse que en el horizonte jonio de los Homéridas, los primitivos mitos arios se

hubieran transformado por el contacto con los fenicios, babilonios y asirios, desplazando

Afrodita a Eros, en las creencias y en los cultos populares. En el horizonte beocio de los

Hesiódidas, en cambio, Eros había podido conservar su personalidad originaria. En tal caso, la

sustitución del Eros ario por la Afrodita semítica se explicaría por haber florecido la Ilíada y la

Theogonía en ambientes distintos, conservando el beocio los caracteres que se iban disipando

en el jonio.

Pero es más probable que los mitos hesiódicos expresaran la tradición de grupos sacerdotales

y sirvieran para hacer inteligible el misterio cosmogónico de viejos cultos secularmente

conservados.6 Los mitos homéricos, en cambio compuestos de leyendas profanas, expresarían

la opinión popular, viva, de una sociedad que habría sustituido ya los mitos primitivos por

divinidades humanizadas, las metáforas y símbolos por seres de apariencia real y militante.

Frente a los mitos hesiódicos, tradición sabia y formal de antiguas creencias, ya decadentes o

extinguidas, los homéricos serían la mítica actual de un pueblo que ya mezclaba sus héroes

humanos con los dioses olímpicos.

Frente a las divinidades turbulentas de la Ilíada, las de la Theogonía tienen una gravedad

convencional: allí está lo vivo, aquí lo fósil. El Olimpo popular se multiplicaba de siglo en siglo,

con más prisa que los catálogos cosmogónicos. La personificación mítica, limitada al principio a

las fuerzas naturales, se iba extendiendo a las cosas y a sus propiedades, a lo físico y a lo

moral. Dioses, héroes y demonios se complicaban; cada pueblo urdía leyendas nuevas, o

variantes adaptadas a sus costumbres y necesidades, que enriquecían la lírica y la épica

nacientes. El compilador de la Theogonía, cauteloso de imaginación y obtuso de sensibilidad,

llegó en buena hora para acometer su tarea prelogográfica y restaurar la antigua teogonía que

empezaba a nublarse. Todo encontró su jerarquía y su lugar en la famosa obra, que fue por

mucho tiempo el lazarillo que guió a quienes se internaron en el Olimpo griego.7

En la invocación el poeta canta a las musas que bajan del Helicón para alabar a los dioses

inmortales; entre éstos figura “Afrodita”, la de los arqueados párpados. Eros no es mencionado,

que las consignan. Nadie podría, desde luego, demostrar la tesis enunciada, ni discutirla con fundamento, viviendo en

Buenos Aires y sin disponer de bibliografía lingüística y mitografía, ni haber aprendido a usarla.

5 Se considera que esta obra fue compuesta por algún Hesiódica un siglo después que el propio Hesiodo compuso,

total o parcialmente, Los trabajos y los días, obra que refleja una mentalidad colectiva muy posterior a la de los

poemas homéricos. El poema de Hesiodo puede, por su sentido moral, relacionarse con el origen de la Gnómica; la

Theogonía, en cambio, por su sentido histórico, representa una etapa de transición entre la hímnica religiosa y los

primeros logógrafos.

6 La lectura de los monumentos védicos y griegos impone acercar la mítica del Rig Veda a la de la Theogonía y la del

Ramayama a la de la Ilíada. La hímnica religiosa es más primitiva y tradicionalista que la épica.

7 Es muy posible que la Theogonía que ha llegado hasta nosotros no sea la única ni la más antigua compilación de su

género. Es verosímil que ella sea preferida a otras similares por Onomácrito, o los suyos, para conservar un texto

definitivo -un Evangelio- entre muchos deficientes, incompletos o heterodoxos. Es tan evidente la legitimidad de esa

conjetura, como imposible su demostración.

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“Tratado del amor” de José Ingenieros

circunstancia singular si se tiene en cuenta el comienzo de la teogonía propiamente dicha.8 En

una segunda invocación pide a las helicónidas que le digan cómo nacieron los dioses, las cosas

del cielo y de la tierra, y cuales entre ellas fueron las del comienzo primero. Sin que el texto lo

especifique, las Musas contestan: “Antes que todas las cosas fue el Caos, y después Gea del

ancho seno, siempre sólida sede de todos los Inmortales que habitan las costumbres del nivoso

Olimpo y del Tártaro sombrío en las profundidades de la tierra espaciosa, y después Eros, el

más bello entre los dioses Inmortales, y que en el pecho de todos los dioses y de todos los

hombres domina a la inteligencia y a la sabiduría”. Es siempre: Caos, Gea, Eros. El poema

agrega: de Caos nacieron Gea engendro Eros, en cambio, no reaparece ni tiene

descendencia propia. ¿Obra como generador, fecundando a Caos y Gea?9¿El Hesiódida narra

la cosmogonía de origen ario, profesada en los más viejos Misterios, en que Eros como el

védico Arusha, es el mito de la generación universal? Tal como aparece, Eros conserva en la

teogonía su primitivo rango eminente, aunque episódico. Primero existe el Caos, luego la Tierra

y después Eros, que se presenta, en realidad, como el más antiguo de los dioses. Es necesario

que él, principio creador, exista antes de que en el mundo nazcan los demás inmortales, y es

forzoso admitir que todos son hijos suyos, pues él los engendra fecundando a Caos y a Gea.

Sus atributos son extraordinarios; domina a la inteligencia y a la sabiduría en el pecho de todos

los dioses y de todos los hombres. Es, en fin, el más bello de los dioses. Al ubicarlo en el

principio de los seres, el Hesiódida llena una necesidad especulativa; pero no vuelve a

ocuparse de él, ni a mencionarlo siquiera, como generador universal.10

El mito cosmogónico de la generación desaparece; le reemplaza de inmediato la diosa de la

reproducción. El símbolo especulativo de una fuerza metafórica cede a la representación

concreta de una fuerza natural. Eros es reemplazado por Afrodita. Su nacimiento constituye la

más bella e ingeniosa leyenda contenida en la Theogonía. La Tierra engendra la Cielo, “para

que la cubra toda entera y sirva de segura morada a los felices Dioses”. Unidos, engendran

todo lo que está contenido en ellos, sus hijos, incluso el Tiempo. Como Uranos odiaba y

castigaba a sus descendientes, Gea concibió un plan maligno y astuto; Cronos se comprometió

a cumplirlo. Uranos fue castrado y de sus despojos, arrojados al mar, nació Afrodita.11 La hierba

crecía bajo sus pies encantadores. “Eros la acompañaba y la seguía el bello Himeros”, el

Deseo. Desde el origen tuvo el honor de presidir, entre los hombres y entre los Dioses

inmortales, “los entretenimientos de las vírgenes, las sonrisas, las seducciones, el dulce

8 Basta releer con interés la Theogonía para sospechar que la primera invocación de las musas (los primeros 16

párrafos de la traducción de Leconte de Lisle) es de redacción distinta y, sin duda, posterior a lo que sigue. El poema

comienza mejor, con más unidad de concepto y estilo, en la segunda invocación de las musas: “¡Salud, hijas de Zeus!

Denme su canto”, etc. (parágrafos 17, 18 y 19 de la misma) que, en forma escueta, precede al relato: “El Caos

precedió a todas las cosas”, etc. Esta hipótesis explicaría la ausencia de Eros en la primera invocación,

encabezamiento retórico agregado a la narración teogónica.

9 Otra hipótesis legítima podría considerar que todo el final del parágrafo, desde “y después Eros”, etc., sea un injerto

posterior, pues nada tiene que ver con lo precedente y lo siguiente. Es probable, asimismo, que la versión de la

Theogonía que pasó a la posteridad sea una refundición de varios textos, zurcidos bastante zurdamente por el

redactor de la época pisistrátida, y acaso por otros posteriores.

10 Los Hesiódidas no pudieron prescindir de los cultos populares que ya en muchos santuarios asociaban a Eros,

como genio erótico, al culto de la nueva diosa del Amor, la seductora Afrodita, importada del contiguo Oriente.

Cuando Eros reaparece en su cortejo, está ya transformado en genio del amor. Es el nuevo Eros popular, no el

cosmogónico primitivo.

11 La leyenda es ya realista, muy distinta del mito especulativo de Eros generador. Gea se regocijó con la promesa de

Cronos; le confió su propósito y puso en sus manos una hoz. “Y el gran Uranos vino, trayendo la noche, y lleno de

un deseo de amor se extendió sobre Gea todo entero y de todas sus partes. Y saliendo de su escondite, su hijo le

cogió con la mano izquierda y con la derecha blandió la inmensa horrible hoz de filosos dientes. Y cortó rápidamente

las partes generadoras de su padre y arrojó detrás de sí. Y ellas no escaparon en vano de sus manos. “Todas las gotas

que chorrearon, sangrientas, las cogió Gea”; y pasados los años ella alumbró las Erinias y los Gigantes y las Ninfas.

“Y las partes que había cortado, Cronos las mutiló con el acero, y desde la tierra firme las arrojó al mar de agitadas

olas. Ellas flotaron sobe el mar largo tiempo, y una blanca espuma broto del despojo inmortal, y una joven salió”,

que las olas llevaron a Cíteres y Chipre.

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“Tratado del amor” de José Ingenieros

encanto, la ternura y las caricias”, Afrodita cumple varias veces su misión en la Theogonía. Ella

“une de amor” a varios dioses, sin perjuicio de unirse ella misma con Ares. Y para coronar su

fecundidad en consonancia con la ya gloriosa Ilíada homérica, “Citerea, la de la hermosa

corona, engendró a Eneas, después de haberse unido de amor al héroe Anquises”.

En Los trabajos y los días no aparece Eros. La misma Afrodita asoma, apenas, en la narración

del mito de Pandora; Zeus, al enviar a los hombres la primera mujer, fabricada con barro por

Hefestos, “ordenó a la áurea Afrodita que esparciera la gracia sobre su cabeza y le diera el

deseo rudo y las inquietudes que enervan los miembros”. La mujer, por la voluptuosidad, fue el

castigo de los hombres, esparcieron entre ellos las miserias reunidas en su caja fatal, en cuyo

fondo sólo quedó la engañadora esperanza.

3. EN LA LÍRICA DE LOS ÓRFICOS

Los orígenes de la lírica griega, vagos y legendarios aparecen confundidos con los de la

hímnica religiosa; en sus escasos rastros persisten, no sin variantes, las ideas cosmogónicas y

teogónicas de los Hesiódidas. Se mencionan cosmogonías atribuidas a Acusilao, Epiménides,

Museo y Lino; la redacción, de algunas por lo menos, parece obra de Onomácrito, que acaso

ejerció su estro sobre antiguos himnos de paternidad imprecisa. Los Órfidas fueron muchos,

ciertamente, aunque desde mediados del siglo VI, sus fragmentos heterogéneos fueron

atribuidos al cantor mítico Orfeo. Al fin, bajo el nombre de Poemas órficos, se reunieron

determinadas composiciones poéticas y filosóficas, que fueron acreciéndose por colaboración

apócrifa hasta la época cristiana.

Las piezas primitivas de Orfismo, himnos religiosos cantados en los Misterios, revelan ya que la

teogonía primitiva ha comenzado a alterarse por influjo de nuevas corrientes orientales, no

exentas de magias y misticismos.12 Las versiones órficas conocidas presentan fundamentales

diferencias cosmogónicas y teogónicas. Su carácter uniforme es la transformación especulativa

de los mitos, con marcada tendencia mística o filosófica. Los dioses dejan de ser meras

personificaciones inmediatas de las fuerzas naturales para convertirse en verdaderas esencias,

desprendidas de lo real.

El orfismo recogió en su teogonía el mito hesiódico de “Eros generador del mundo”. Su sentido

inicial es claro ya en Ferécidas, para quien Zeus, “soberano principio supremo de la vida”,

después de formar el mundo, se transforma él mismo en Eros, dios del Amor. Bajo influencias

principalmente babilónicas, los órficos tienden más tarde a refundir el mito de Eros con el de

Fanes. La sincresis aparece ya terminada en la época de las Rapsodias, que desenvuelven la

teogonía más difundida en el orfismo: Eros, el más antiguo de los dioses, nace del huevo

cósmico, que procede del Caos y de las Tinieblas.13

12 En el Prefacio de Las vidas, de Diógenes Laercio, después de mencionar las primitivas cosmogonías de Museo y

Lino, se consigna la corrupción de la teogonía de los Órficos: “Los que atribuyen su invención (de la filosofía) a las

naciones bárbaras nos objetan también que Orfeo, natural de Tracia, fue filósofo de profesión, y uno de los más

antiguos que se conocen. Pero yo no sé si debe darse el rango de filósofo a un hombre que ha despachado acerca de

los dioses cosas semejantes a las que él ha dicho. En efecto, ¿qué nombre debe darse a un hombre que ha sido tan

desconsiderado con los dioses, que les ha atribuido todas las pasiones humanas, hasta esas vergonzosas

prostituciones que no se cometen sino raramente por los hombres?”

13 En la cosmogonía de las Rapsodias se explica el origen de Eros y su absorción por Zeus. En el origen está Cronos

o el Tiempo, que era eterno. En él entran a existir Éter (fuego y luz) y Caos (vacío y tinieblas). Cronos formó un

“huevo de plata” con Éter y Caos; de este huevo nació el dios primigenio, Fanes o El Brillante, llamado también dios

del Amor o Eros. “Como depositario de todos los gérmenes de vida”, Fanes o Eros es a la vez macho y hembra y

engendra por sí mismo el Cielo y la Tierra, la Noche y otros dioses ya conocidos en la teogonía hesiódica. De Cronos

y Rhea nace también Zeus, del cual todo procede, “origen de la Tierra y del Cielo sembrado de estrellas”; Zeus se

traga a Fanes, para reunir en sí los gérmenes de todas las cosas y vuelve a crearlas. En este resumen de la teogonía

11

“Tratado del amor” de José Ingenieros

Es dudoso que, en esta forma. Eros haya sido objeto de culto en los pueblos griegos. Lo poco

que se sabe al respecto inclina a creer que el Eros venerado en Tespis, Parium, Leuctra,

Lemnos, y aún en Samotracia conjuntamente con los Cabiros, guarda poca relación con el Eros

de los Órfidas; trasplante visible del mito cosmogónico difundido en Oriente, apareció cuando ya

estaba en su apogeo el culto de Afrodita, cuyos misterios y santuarios se difundieron después

por todo el mundo helénico. La introducción de Fanes no fue probablemente un producto de

transfusión de creencias populares, sino una manera de interpretación puramente doctrinaria de

la cosmogonía, ajustada a la idiosincrasia especulativa de la casta sacerdotal que se iba

formando a la sombra de los Misterios.

La teogonía órfica, divergente en cuanto a Eros de la mítica hesiódica, persistió por la

transfusión del orfismo en una escuela filosófica más vital, el pitagorismo, que culminó a fines

del siglo VI. Aunque tan distintas en lo esencial, las dos corrientes aparecieron mezcladas

desde sus orígenes, conservándose unidas e influyendo durante siglos.

En los Himnos órficos, que se consideran de épocas posteriores, coexisten Fanes, Afrodita y

Eros, sin perjuicio de que a Uranos se le llame “generador de todas las cosas, Creador

Universal” (X). Nyx es identificada con Cipris, “generadora de los Dioses y de los hombres. Nyx,

fuente de todas las cosas, la que nosotros llamamos Cipris” (II). La introducción de Fanes, bajo

el nombre de Protogonos, es característica. “Lo invoco a Protogonos el grande, que vaga en el

Éter, salido del Huevo, de alas áureas, que tiene el mugido del toro, fuente de los Dichosos y de

los hombres mortales, memorable, de múltiples orgías, inenarrable, oculto, sonoro, que sacó de

todos los ojos la negra nube primitiva, que vuela por el Cosmos sobre alas propicias, que trae la

brillante luz, y que, por eso, llamo Fanes” (V). Afrodita conserva sus caracteres típicos (LII),

tiene caro en su corazón a Adonis (LIII) y reconoce a Eros por único rey (LV). Adonis es un

genio explícitamente; de Eros no se dice si es dios o genio, aunque en el himno a Afrodita se

afirma que ella es madre de Eros, infiriéndose que se trata de genios.14

órfica, no exenta de contradicciones, nos atendremos exclusivamente a la exposición de Gomperz, Griechische

Denker, que no podemos confrontar con los textos originales de las Rapsodias. Aristófanes, en Las aves, alude, con

bastante exactitud, a la cosmogonía Fanes por órficos.

14 Las citas son por la traducción de Leconte de Lisle. El “Perfume de Afrodita”, LII, y el “Perfume de Eros”, LV,

merecen ser transcritos. “LII. Urámida, celebrada por mil himnos, Afrodita que amas las sonrisas, nacidas de la

espuma, Diosa generadora, que te deleitas en la negra noche, venerable, nocturna, que unes, llena de picardía, madre

de la necesidad, todas las cosas salen de ti, pues tú has sometido al Cosmos y todo lo que está en el Cielo, y en el mar

profundo, y sobre la tierra fértil, ¡Oh Venerable! Consejera de Baco, que te regocijas de las coronas y de las bodas,

madre de los Eros, que amas las lechos nupciales, que acuerdas en secreto la gracia, visible e invisible, de la hermosa

cabellera, loba que llevas el cetro de los Dioses, generadora, que amas a los hombres, deseadísima dispensadora de la

vida, que unes a los vivos por necesidades invencibles, y que con tus encantamientos sobrecoges de furioso deseo a

la raza innumerable de las bestias salvajes; ven, Diosa nacida en Chipre, senos favorables, hermosa Reina; sea que tú

sonrías en el Olimpo; sea que recorras tus mansiones en la Siria abundante del incienso; que sea sobre tus carros de

oro ornados visites las fértiles orillas del río Egipto; sea que sobre las alturas que dominan la onda marina te

regocijes de las danzas circulares de los hombres; o que te deleites sobre la tierra divina y en tu carro veloz, entre las

Ninfas de ojos azules, a lo largo de las arenas de la ribera; sea que en la real Chipre que te ha nutrido, las bellas

vírgenes y las recién casadas, ¡oh Venturosa, te celebren con sus himnos, a ti y al abrosíneo Adonis, ven, oh bella y

deseabilísima Diosa! Te invoco con un corazón inocente y con palabras sagradas”.LV. Invoco a Eros, grande, casto,

amable y encantador, poderoso por su lanza, alado, que corre en el fuego, impetuoso, que se burla de los Dioses y de

los hombres mortales, hábil, astuto, que tiene todas las llaves del Éter, del Cielo, del mar y de la tierra. La Diosa

genradora de todas las cosas, soplo de los vivientes y que hace germinar los frutos, y Ponto que repercute en el mar,

y el Tártaro amplio, reconocen a Eros por único rey. Ven, ¡oh Dichoso, acércate a las que inician en tus misterios con

sagradas palabras, y arroja lejos de ellos los malos pensamientos y propósitos!”

12

“Tratado del amor” de José Ingenieros

4. EN LA EPOPEYA DE LOS HOMÉRIDAS

Los primeros cantares épicos de Grecia, inspirados por leyendas, tradicionales y fábulas,

propias o exóticas, pudieron ser himnos a los dioses y héroes, que fragmentariamente

preludiaron a la coordinación de los poemas homéricos. Cuando de la hímnica primitiva surge la

epopeya, el Olimpo griego está organizado; existe una sistematización de los dioses, orientada

hacia una Theogonía bien definida. Aunque siguen representando las fuerzas naturales, los

mitos cosmogónicos están ya divinizados en los dos monumentos clásicos de los Homéricas;

algunos aparecen en plena transformación.

Eros, ya venerado como dios de la generación por muchos pueblos griegos, no actúa en el

Olimpo homérico; carece de función en la gesta y está eclipsado en la epopeya. Ni dios, ni

héroe, ni genio.15 Esta circunstancia singular marca una diferencia con las teogonías hesiódica

y órfica, en las que Eros ocupa categoría eminente. La ausencia es comprensible. Afrodita ya

ha penetrado en el culto popular de los pueblos jonios, importada del Oriente semítico; la diosa

del amor y de la generación, más fascinadora y más realista, ha suplantado al mito

cosmogónico de origen ario. Eros, cada vez más abstracto y simbólico, no interesa a los

cantores Homéridas que componen para la masa popular; en cambio sobrevive en los himnos

de sentido gnómico, religioso, logográfico y filosófico que continuarán vertiéndose en el doble

cauce de los Hesiódidas y los Órfidas.

Con dioses ya humanizados, el amor no puede estar representado en los cantos homéricos por

Eros, sino por Afrodita. Eros ha seguido viviendo en los Misterios, hasta encontrar en la

Theogonía y en las Rapsodias la expresión literaria que conoce la posteridad.

Aunque Eros son actúa como dios ni héroe, el amor tiene mucha para en la Ilíada.16

Afrodita, hija de Zeus y de Dioné, aparece en el canto III, en ocasión del duelo singular entre

Menelao y Paris, que riñen por la posesión de “Helena y todas sus riquezas”. Menelao,

protegido de Atenea, está a punto de vencer, cuando Afrodita interviene para salvar a Paris

envolviéndole en una nube y llevándole de la liza al tálamo, donde le acompañó de inmediato

Helena, instigada por Afrodita.17

En el canto XIV, donde la diosa del amor aparece en la plenitud de su poder, desplegando con

eficacia sus atributos, Hera, deseando engañar a su esposo Zeus, resolvió hacerse amar por él

y dormirle cuando le tuviera en el lecho. Atavió su cuerpo con todos los adornos y pidió a

15 En el canto XIV, Hera pide a Afrodita “el amor y el deseo”, que corresponden a Eros e Himeros, genios del cortejo

de la Diosa.

16 Menos de lo que suele afirmarse, sin embargo, en cuanto al origen de la guerra de Troya. Su argumento es el

rescate de Helena raptada por Paris, asunto épico muy inferior a otros, como la leyenda de los Argonautas, que

circulaban profusamente entre los Aedas mucho antes de componerse la Ilíada. En realidad, el rapto de Helena por

Paris no es una historia de amor; es un simple robo, con abuso de confianza, pues se realizó violando la hospitalidad

de Menelao. Las mujeres eran propiedad de los hombres, en un régimen de poligamia patriarcal; Menelao y Paris no

enamoraron a Helena, la raptaron. La expedición griega no se propone devolver un ser amado a su amante, sino

recuperar un bien material y vengar una ofensa. Hera, la diosa del matrimonio, protege a Menelao, mientras Afrodita,

la diosa del amor, protege a Paris, que adjudicó la “manzana de la Discordia” a Afrodita, prefiriéndola a Atenea y

Hera, que luego aparecen unidas como enemigas de los troyanos. Agreguemos, en fin, que los nombres de Paris y

Helena existen en sánscrito y otras lenguas arias. Ambos figuran en la mitología védica, según M. Müller.

17 En el Canto V Afrodita interviene para salvar a su hijo Eneas; pero Diomenes, instigado por Atenea, la hiere, y

Zeus le ordena dedicarse a los dulces trabajos del himeneo, absteniéndose de las acciones bélicas. Por eso en el

Canto XX, vencido ya Eneas en el duelo singular con Aquiles, interviene Poseidón en su favor, como antes hiciera

Afrodita con Paris. En el Canto VI se encuentra la historia de Antea, la infiel esposa de Preto, que “desea con locura

juntarse clandestinamente con Belerofonte, pero no pudo persuadir al prudente héroe, que sólo pensaba en cosas

honestas”. Este canto termina con la despedida de Héctor y Andrómaca, cuya belleza es más épica que sentimental.

13

“Tratado del amor” de José Ingenieros

Afrodita “el amor y el deseo, con los cuales rindes a todos los inmortales y a los mortales”.

Afrodita le prestó el cinto bordado, que encerraba todos los encantos que podían hacer perder

el juicio a los más prudentes. Al verla Zeus, “se enseñoreo de su espíritu el mismo deseo que

cuando gozaron las primicias del amor, acostándose a escondidas de sus padres”. Hera dijo

que iba a visitarlos. Zeus le replicó con una exaltada declaración de amor. Hera cedió.18 El

dulce Hipnos cerró los ojos de Zeus y aprovechándose de su sueño pudo Poseidón intervenir a

favor de los griegos.

Esa escena de amor provocada por Afrodita, contrasta singularmente con el odio conyugal que

envenena el matrimonio, descrita en el primer diálogo del canto XV, entre Zeus y Hera.

En la Odisea, Canto VIII, el aeda Demódoco canta la leyenda de los amores de Afrodita con

Ares, que Hefaistos descubre y escarnece. Ello da motivo para hacer constar que desde mucho

tiempo tiene Afrodita “sagrados bosques y aromosos altares” en Chipre y Pafos, donde se

refugió.

Es completamente ajena al amor la leyenda de Penélope -la tejedora- bellísima, deseada por

todos, esposa fiel que espera la vuelta de Ulises. La fidelidad de Penélope expresa el

cumplimiento del deber conyugal, que le impide ser propiedad de otro hombre mientras no esté

segura de la muerte del propietario actual. ¿Qué otra moralidad puede contener la fábula nacida

en un ambiente de patriarcado poligámico, en que las esposas son raptadas, compradas,

regaladas y tienen en su hogar la situación de favoritas entre esclavas? ¿Es otra, acaso, la

condición de la mujer casada en la familia griega, tal como nos la describen los poemas de los

Homéridas? Penélope tiene la virtud de la fidelidad; pero nunca ha tenido el derecho de amar.

Ni Ulises, antes, ni a los Pretendientes después. Sólo la moral patriarcal puede beneficiarse de

que la fidelidad de una sierva sea confundida con el amor de una mujer dueña de su corazón.

Penélope es de la extirpe de Hera; acaso nunca ha oído hablar de Afrodita, ni necesitaba

ceñirse su cinto para ser fiel a su amo.

5. LA AGONÍA DEL EROS COSMOGÓNICO

Al mismo tiempo que los mitos orientales venían a refundirse en el Orfismo griego, llegaban a

Jonia los gérmenes de las ciencias de Egipto y de Babilonia. Por su desarrollo se forma, en el

siglo VI, la primera escuela de filósofos. Tales, Anaximandro y Anaximenes son, ante todo,

realistas. Quieren explicar el mundo sensible, la naturaleza, partiendo de principios derivados

de la experiencia. Su concepción cosmogónica consiste en explicar la diversidad de las cosas

18 Esta breve escena erótica, única en la Ilíada, es admirable y da una impresión cabal del poder de Afrodita.

“Contestó Zeus, que amontona las nubes: “¡Hera! Allá se puede ir más tarde. Ea, acostémonos y gocemos del amor.

Jamás la pasión por una diosa o por una mujer se difundió por mi pecho, ni me avasalló como ahora: nunca he amado

así, ni a la esposa de Ixión, que parió a Piritoo, consejero igual a los dioses; ni a Dánae, la de bellos talones, hija de

Acrisio, que dio a luz a Perseo, el más ilustre de los hombres; ni a la celebrada hija de Fénix, que fue made de Minos

y de Radamanto, igual a un Dios; ni a Semele, ni a Alcmena en Tebas, de la que tuve a Heracles, de ánimo valeroso,

y de Semele a Dionisos, alegría de los mortales; ni a Deméter, la soberana de hermosas trenzas; ni a la gloriosa Leto;

ni a ti misma: con tal ansia te amo en este momento y tan dulce es el deseo que de mí se apodera”. “Le replicó

dolorosamente la venerable Hera: «¡Terribilísimo Cronida! ¡Qué palabras proferiste! ¡Quieres acostarte y gozar del

amor en las cumbres del Ida, donde todo es patente! ¿Qué ocurriría si alguno de los sempiternos dioses nos viera

dormidos y lo manifestara a todas las deidades? Yo no volvería a tu palacio al levantarme del lecho; vergonzoso

fuera. Mas, si lo deseas y a tu corazón es grato, tienes la cámara que tu hijo Hefesto labró, cerrando la puerta con

sólidas tablas que encajan en el marco. Vamos a acostarnos allí, ya que folgar te place». «Le respondió Zeus, que

amontona las nubes: ¡Hera! No temas que no nos vea ningún dios ni hombre: te cubriré con una nube dorada, que ni

Helios, con su luz, que es la más penetrante de todas, podría atravesar». “Dijo el Cronida, y estrechó en sus brazos a

la esposa. La tierra produjo verde hierba, loto fresco, azafrán y jacinto espeso y tierno para levantarlos del suelo. Se

acostaron allí y se cubrieron con una hermosa nube dorada, de la cual caían lucientes gotas de rocío”.

14

“Tratado del amor” de José Ingenieros

por las transformaciones sucesivas de una sustancia primera: agua para Tales, infinita para

Anaximandro, aire para Anaximenes.

Desde Tales, una nueva clase de saber se inaugura en Grecia; en torno suyo se forma una

Escuela de investigadores profanos. No se proponen dar autoridad a un culto, como las sectas

sacerdotales que florecían en los Misterios, sino buscar la verdad, excluyendo lo metafórico y lo

equívoco, lo fabuloso y lo legendario. Su idea filosófica central, la existencia de una materia

originaria del devenir, impuso concebirla como principio generador de todo lo demás, con

exclusión del mito cosmogónico de Eros. Ese mito, para Tales, es una simple fábula. Pero en su

concepción realista, enunciada como explicación verdadera de la generación, el elemento

mítico se conserva en cuanto supone que la materia originaria es viviente y animada.

Anaximandro considera el infinito como materia primordial, inengendrada e imperecedera, que

contiene y dirige todas las cosas, principio de la indefectible perpetuidad de las generaciones

que se desenvuelven según el movimiento eterno. Los seres vivos se transforman en función de

las variaciones del medio y el hombre mismo proviene de animales acuáticos más sencillos. Su

cosmogonía no pierde totalmente el carácter mítico, pero hay ya un abismo entre sus

explicaciones y las fábulas cosmogónicas de Eros o de Fanes.

Medio siglo más tarde, a principios del V, tiene su acmé Heráclito, el primer pensador

especulativo, padre de la filosofía occidental, que envuelve en una misma sonrisa burlona a

Hesiodo y a Pitágoras, a Xenófanes y a Hecateo. No dio importancia Heráclito a la unidad de la

sustancia, sino a su eterna variación; antepuso al ser el devenir. Las cosas no le parecían lo

esencial, sino las relaciones y sus leyes; para conocerlas no bastaban los sentidos, era

necesaria la razón. Esta le enseñaba que en el mundo real coexistían siempre los contratos,

derivándose de esa coexistencia una armonía invisible que los impulsaba a atraerse para

complementarse.

Antes de que Heráclito hubiera dado expresión verdaderamente filosófica al pensamiento de los

primitivos jónicos, Xenófanes, en el siglo VI, puso los cimientos de la eleática, que culminó en el

V con Parménides y sus continuadores, Zenón y Melisos. Los eleáticos, como los pitagóricos,19

intentaron elevarse sobre los primeros naturalistas, invocando principios superiores, más

abstractos. Del análisis racional y dialéctico de la vida del ser, deducían la permanencia

absoluta del ser mismo, demostrando que nada nace ni muere de veras. Desde el punto de

vista cosmogónico fueron contrarios a los mitos y a las teogonías que cultivaban los órficos y

pitagóricos, inclinándose más bien a un monoteísmo indeterminado. Su concepto de la

generación universal y de la reproducción de los seres no pudo diferir mucho, sin embargo, del

que tenían los viejos jónicos. En realidad no elaboraban una teoría propia del Amor.20

Los neonaturalistas, Empédocles y Anaxágoras, procuraron conciliar a Heráclito y Parménides:

el eterno devenir universal y la permanencia absoluta del ser. Concibieron el ser compuesto de

elementos permanentes y de fuerzas que lo transformaban en formas infinitas. Para

19 El problema de la generación cósmica y el de la reproducción de los seres vivos no tienen soluciones propias en la

escuela pitagórica, que nace a fines del siglo VI. Durante el siglo V se organizó como una secta mística, si no como

una verdadera iglesia que aspiraba al poder temporal. Su fusión con el Orfismo fue precoz, siendo ambas escuelas

verdaderos cultos secretos, o Misterios, no reconocidos por la religión pública. El Orfismo tenía por objeto esencial

la revelación mística de una regla de vida, por medio de una iniciación secreta. El pitagorismo fue también una

disciplina de perfección moral, pero coronada por especulaciones intelectuales, de carácter principalmente

matemático. En los comienzos del siglo IV se produjo un cisma en la escuela. Los místicos, que seguían la

cosmogonía Órfica, se separaron de los científicos, que tenían ideas cosmogónicas semejantes a las de los

naturalistas jónicos con más cierto concepto de Harmonía universal. Los últimos pitagóricos, pues la escuela no

murió, degeneración tanto en la disciplina como en el pensamiento. A fines del siglo I, precristiano, resurgió el

neopitagorismo; tuvo larga vida, pero mezclado ya con muchas doctrinas posteriores.

20 Por eso, como se verá, no tienen representante particular en el Simposio de Platón.

15

“Tratado del amor” de José Ingenieros

Empédocles existían cuatro elementos, combinados por el Amor y la Discordia, fuerzas

naturales míticas; para Anaxágoras eran muchos los “homomerios” elementales, combinados

por la razón o la inteligencia. La causa del mundo real fue puesta fuera de él, oponiéndose a la

materia el espíritu, en forma de amor o de inteligencia. En una última expresión, a fines del siglo

V, las escuelas naturalistas brillaron con los atomistas Leucipo y Demócrito. Los elementos u

homomerios fueron reemplazados por átomos en que la materia única tenía diversas

dimensiones, admitiendo la eternidad del movimiento que los hacía chocarse y rebotar

formando torbellinos.

El problema de la generación universal, como pudieron plantearlo los primeros filósofos,

justamente llamados “fisiólogos” por Aristóteles, fue inverso del que concebían las teogonías,

hesiódicas, órficas y pitagóricas. Era indispensable prescindir de los mitos sobrenaturales e

irracionales para aproximarse a una explicación natural y racional. ¿Cómo la sustancia primera

engendraba los seres? Por transformaciones naturales. ¿En qué consistían? En

condensaciones diversas, equilibradas diversamente en un movimiento de eterno devenir. En

tal cosmogonía quedaron desplazados los seres míticos, que los filósofos naturalistas relegaron

al culto popular y al misticismo de los órficos. Eros, antes desterrado de la épica por los

Hométidas, lo fue después de la filosofía por los Jónicos.

No sería exacto afirmar que los filósofos presocráticos lograron desprenderse totalmente de las

teogonías órficas y pitagóricas. El mito cosmogónico de Eros pesó en el pensamiento de

algunos; para Empédocles, principalmente, el Amor siguió presidiendo la ordenación de los

cuatro elementos primordiales, naciendo el universo entero de su lucha con la Discordia.

Inclinados a limitar la función del Amor a la generación de los seres vivos, los filósofos

presocráticos se acercaron más a la concepción popular de un Eros al servicio de Afrodita. En

el sentimiento y la pasión de amor vieron eficaces instrumentos de atracción entre los seres

vivos, favorables a la reproducción de los individuos y a la conservación de las especies.

El Eros cosmogónico agoniza en vísperas del siglo de Pericles. Los filósofos se preparan a

degradarlo. Conforme a la teoría hesiódica de los Demonios, que serían más tarde Genios

latinos, el Amor desciende de su pedestal divino para simbolizar la fuerza, Genio o Demonio,

que atrae a los sexos para la reproducción, al servicio de una verdadera divinidad, Afrodita.

Sólo sobrevive Eros como dios en la mitología figurada, adorno de los géneros poéticos.

En la decadencia literaria se acentúan tres hechos, característicos: la distinción entre un Eros

celeste y un Eros vulgar, la pluralidad de los Eros y la exclusión de las mujeres como objeto de

amor. El Genio erótico se desdobla, se multiplica y se invierte. Así le encuentra Platón en la

hora de glorificarle.

6. LOS GENIOS METAFÍSICOS DEL AMOR

Durante siglos se han escrito no pocas necedades metafísicas sobre el amor; ellas no han

impedido, felizmente, que los hombres sigan gozando o sufriendo de él, sin antes ponerse de

acuerdo sobre su misteriosa escuela. Después de leer muchas, y por lo menos todas las que

merecen llamarse clásicas, se cae en la tentación de afirmar que los ingenios más excelentes,

al mariposear en torno de un concepto abstracto, han desdeñado los elementos concretos en

que se fundamentara la abstracción; los mismos que pretendieron descifrar el enigma han

contribuido a transformarlo en un genio mítico.

Desatinada la mente humana por la multiplicación de tanta incongruencia, difícil le es ahora

emanciparse de los equívocos sentidos que los poetas, los sabios y los filósofos dieron en su

tiempo a la palabra amor, inclinados los unos a tejer su telaraña de quimera, aquiescentes los

16

“Tratado del amor” de José Ingenieros

otros a la hipocresía del común. Hubo quien discurriera de atracción universal y quien de

afinidades electivas, disertando hacia un mundo ideal, amén de cuantos vieran la acción de

ineludibles instintos donde otros creyeron barruntar aspiraciones morales desinteresadas. Y los

menos sensatos, que son los más, prefirieron disimular su ignorancia diluyéndola en vagas

lucubraciones, sobre presuntas fórmulas de amor que sólo tienen de común las cuatro letras

que componen el vocablo; que hablar del amor a los semejantes, a la belleza, a la perfección, a

la verdad, a la armonía, a la naturaleza, al creador, es la manera más segura de burlar la

curiosidad de quien desea comprender algo acerca del origen, la función y los caracteres del

amor.

La secular disparataría ha girado en torno de tres concepciones míticas abstractas, que se

apartaron de la realidad siguiendo caminos metafísicos divergentes: el amor estético, el amor

doméstico, el amor instintivo. En las tres, sin embargo, pierde Eros su rango divino y actúa

como simple Genio, al servicio de entidades míticas superiores: la Belleza, la Familia, la

Especie.

El amor estético tuvo su acmé en la filosofía griega, apareciendo Eros como genio de la Belleza.

Abstrajo el amor de su realidad humana para concebirlo como atracción armónica entre partes

del universo que tienden al equilibrio, tal como en algunas cosmogonías pitagóricas; o bien lo

transmutó en el goce espiritual que el hombre experimenta al elevarse hasta el conocimiento

puro, la beatitud nirvánica en el goce o la contemplación de la belleza absoluta. Expresión

insuperada de este mito fue la doctrina de Platón, en que el verdadero amor intersexual quedó

reducido a un episodio vulgar y humano frente al amor efébico que eleva al espíritu hasta la

suprema belleza.

El amor doméstico alcanzó su exposición integral en la teología cristiana, convirtiendo a Eros en

Genio de la Familia. Sacrificó el amor individual a la domesticidad social, mirándolo como

atributo necesario del matrimonio indisoluble, tal como lo definieran el Doctor Angélico y los

concilios de su Iglesia. Aunque este mito no tuvo tan eminente expresión literaria como el

griego, su innegable superioridad consistió en restituir la mujer al amor masculino, sin redimirla

por eso de la tiránica potestad del hombre. El sentimiento de amor fue suplantado por el de

domesticidad, de acuerdo con las convivencias de la monogamia patriarcal.

El amor instintivo privó siempre en los sistemas naturalistas, que presentaron a Eros como

Genio de la Especie. Hizo del amor un ciego instrumento de la reproducción de los seres vivos.

La fuerza irresistible del Instinto determina la atracción intersexual y gravita sobre los individuos

como una fatalidad ineludible. La experiencia instintiva de la Especie empujaría a la inmolación

los seres maduros para reproducirse, despertando en la experiencia de los individuos una

ilusión que los arrastra inconscientemente al sacrificio.

Sin ser ya un Dios, conserva Eros su jerarquía de Genio en los tres mitos creados por la

imaginación de los metafísicos. Es Genio de la Belleza en el amor estético, Genio de la Familia

en el amor doméstico, Genio de la Especie en el amor instintivo. ¿Mitos? Sin duda. Pero no

será estéril su análisis antes de elaborar una Teoría Genética del Amor.

17

“Tratado del amor” de José Ingenieros

CAPÍTULO II

EROS, GENIO DE LA BELLEZA

1. EL AMOR MASCULINO EN EL SIGLO DE PERICLES

Proscrito por los filósofos, el Eros cosmogónico había llegado a su ocaso, y agonizaba, tal vez

en algún raro culto, sobreviviente del pasado, aunque conservaba su rango en las cosmogonías

órficas que no se desprendían de la tradición hesiódica. Seguía viviendo, en cambio, en la

veneración popular el Eros asociado a Afrodita, simple Genio en el cortejo de la seductora

divinidad. Cantado por los poetas y representado por las artes plásticas, se tornó cada día más

popular en Grecia, bajo los rasgos de un bello niño alado, provisto de flechas y carcaj, de

antorcha, para multiplicar los seres vivos que hería o abrasaba de amor. Hijo de Afrodita y su

compañero inseparable, salía en primavera de los lugares en que era venerado junto con su

madre, para fecundar y engendrar, bajo el doble impulso de las tendencias físicas y de la

simpatía moral.

Una gran revolución se operaba en la cultura griega del siglo V.21 De los Misterios nacía la

Tragedia, conservando en el viejo Esquilo un carácter mixto entre lo épico y lo religioso, poco

adecuado a la expresión de las pasiones humanas. El amor apareció discretamente en el teatro

de Sófocles y se convirtió en resorte cardinal del de Eurípides. En medio siglo de los héroes

divinos se convirtieron en héroes humanos. Defiriendo a la tradición, Eurípides saludó en Eros

“el más eminente de los dioses, tirano de los hombres y de los inmortales”; pero en su teatro,

verdaderamente psicológico, trató el amor con un profundo sentimiento de la vida personal, con

un hondísimo realismo humano en Medea, Hipólito, Alcestes, monumentos eternos. Las

mujeres adquirieron en la escena un valor que nadie les había concebido, despertando o

sufriendo pasiones que elevaron lo Patético a una culminación sin precedentes.

El teatro era una institución pública, si no propiamente oficial. Consta que la autoridad y la

religión se interesaban por e matrimonio, contre el celibato; la una para que se multiplicaran los

ciudadanos y soldados, la otra para asegurar a los antepasados el culto que se les debía. Si el

matrimonio no tenía el carácter de una obligación legal, los célibes eran objeto de sanciones

morales muy severas. Que la sociedad impusiera al individuo el matrimonio, no significó que

diera a éste caracteres sentimentales. El matrimonio fue un deber social; el amor siguió siendo

un derecho individual de los hombres, fuera del hogar doméstico.

Insensiblemente, sin orígenes ciertos, Eros se desdobla en Grecia. Al culto popular, en que

Eros está siempre al lado de Afrodita para la generación, se va agregando uno nuevo, en que el

amor se identifica con la amistad, de modo tal que Eros preside el amor entre hombres solos y

auspicia la afección viril de los ciudadanos entre sí, principio de una emulación generosa en la

paz y en la guerra.22 En reemplazo de la bel a Afrodita, aparece Eros en compañía de un nuevo

dios o genio, Antheros, personificación de la amistad recíproca. Esta nueva religión, que florecio

principalmente en Atenas, en Lacedemonia, en Creta, fue favorecida por los poderes públicos y

en Samos era celebrada con las famosas fiestas Eleutherias. El amor homosexual, que merece

21 El espíritu helénico alcanzó en Atenas, en el siglo V, su más alta culminación. En torno de Pericles, que se educa

recibiendo lecciones de Zenón, Anaxágoras y Protágoras, florecen Damón el músico, Fidias, Aspasia, los arquitectos

memorables, Sófocles y Eurípides. Cuando Pericles muere, en 429, está en auge Georgias, comienza el apogeo de

Sócrates, se hacen escuchar Leucipo y Demócrito, se inician Hippias y Prodikos, y como triunfal coronación del

siglo nace Platón, en 428. ¿Qué son, al lado de estos héroes del espíritu, todos los héroes legendarios de la épica

popular?

22 El antecedente de esa religión de la amistad está en la Ilíada, encarnado en Aquiles y Patroclo. Pero, en verdad,

hasta el siglo V no hay testimonio documental de que la amistad degenerara en uranismo.

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“Tratado del amor” de José Ingenieros

su nombre de amor griego, degeneró en pedofilia. Los hombres, particularmente los de las

clases cultas, miraron como un refinamiento amar a los hermosos adolescentes que

desarrollaban en los gimnasios las gracias del cuerpo y del espíritu. La mujer, excluida del

amor, quedó como simple objeto familiar, para cumplir con los deberes sociales del matrimonio

y la reproducción de la especie.

Estas costumbres singulares, adoptadas por los hombres más conspicuos de la oligarquía, de la

política, de la fortuna y de la inteligencia, influyeron sobre el desdoblamiento de Afrodita y de