Un Encuentro en Navidad por Autora Argentina - muestra HTML

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ColecciÛn

CARRASCALEJO DE LA JARA

Cuentos Infantiles

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Charles Perrault

Cuentos infantiles

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ColecciÛn: Carrascalejo de la Jara

© El Cid Editor S.A.

Juan de Garay 2922

3000-Santa Fe

Argentina

TeleFax: 54 342 458-4643

ISBN 1-4135-1517-7

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ÕNDICE

Barba Azul. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 7

Caperucita Roja. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 17

La cenicienta. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 22

Los cuatro hermanos ingeniosos. . . . . . . . . . . . . . 34

El gato con botas..................................................... 40

Las hadas . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 48

Riquet-el-del-Copete ............................................... 53

BARBA AZUL

…rase una vez un hombre que tenÌa hermosas

casas en la ciudad y en el campo, vajilla de oro y

plata, muebles forrados en finÌsimo brocado y

carrozas todas doradas. Pero desgraciadamente,

este hombre tenÌa la barba azul; esto le daba un

aspecto tan feo y terrible que todas las mujeres y

las jÛvenes le arrancaban.

Una vecina suya, dama distinguida, tenÌa dos

hijas hermosÌsimas. …l le pidiÛ la mano de una de

ellas, dejando a su elecciÛn cu·l querrÌa darle.

Ninguna de las dos querÌa y se lo pasaban una a la

otra, pues no podÌan resignarse a tener un marido

con la barba azul. Pero lo que m·s les disgustaba

era que ya se habÌa casado varias veces y nadie

sabia quÈ habÌa pasado con esas mujeres.

Barba Azul, para conocerlas, las llevÛ con su

madre y tres o cuatro de sus mejores amigas, y

7

algunos jÛvenes de la comarca, a una de sus casas

de campo, donde permanecieron ocho dÌas com-

pletos. El tiempo se les iba en paseos, cacerÌas,

pesca, bailes, festines, meriendas y cenas; nadie

dormÌa y se pasaban la noche entre bromas y di-

versiones. En fin, todo marchÛ tan bien que la

menor de las jÛvenes empezÛ a encontrar que el

dueÒo de casa ya no tenÌa la barba tan azul y que

era un hombre muy correcto.

Tan pronto hubieron llegado a la ciudad, que-

dÛ arreglada la boda. Al cabo de un mes, Barba

Azul le dijo a su mujer que tenÌa que viajar a pro-

vincia por seis semanas a lo menos debido a un

negocio importante; le pidiÛ que se divirtiera en su

ausencia, que hiciera venir a sus buenas amigas,

que las llevara al campo si lo deseaban, que se

diera gusto.

óHe aquÌ, le dijo, las llaves de los dos guar-

damuebles, Èstas son las de la vajilla de oro y plata

que no se ocupa todos los dÌas, aquÌ est·n las de

los estuches donde guardo mis pedrerÌas, y Èsta es

la llave maestra de todos los aposentos. En cuanto

a esta llavecita, es la del gabinete al fondo de la

galerÌa de mi departamento: abrid todo, id a todos

lados, pero os prohÌbo entrar a este pequeÒo ga-

binete, y os lo prohÌbo de tal manera que si lleg·is

a abrirlo, todo lo podÈis esperar de mi cÛlera.

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Ella prometiÛ cumplir exactamente con lo que

se le acababa de ordenar; y Èl, luego de abrazarla,

sube a su carruaje y emprende su viaje.

Las vecinas y las buenas amigas no se hicieron

de rogar para ir donde la reciÈn casada, tan impa-

cientes estaban por ver todas las riquezas de su

casa, no habiÈndose atrevido a venir mientras el

marido estaba presente a causa de su barba azul

que les daba miedo.

De inmediato se ponen a recorrer las habita-

ciones, los gabinetes, los armarios de trajes, a cual

de todos los vestidos m·s hermosos y m·s ricos.

Subieron en seguida a los guardamuebles, donde

no se cansaban de admirar la cantidad y magnifi-

cencia de las tapicerÌas, de las camas, de los sof·s,

de los bargueÒos, de los veladores, de las mesas y

de los espejos donde uno se miraba de la cabeza a

los pies, y cuyos marcos, unos de cristal, los otros

de plata o de plata recamada en oro, eran los m·s

hermosos y magnÌficos que jam·s se vieran. No

cesaban de alabar y envidiar la felicidad de su ami-

ga quien, sin embargo, no se divertÌa nada al ver

tantas riquezas debido a la impaciencia que sentÌa

por ir a abrir el gabinete del departamento de su

marido.

9

Tan apremiante fue su curiosidad que, sin

considerar que dejarlas solas era una falta de cor-

tesÌa, bajÛ por una angosta escalera secreta y tan

precipitadamente, que estuvo a punto de romperse

los huesos dos o tres veces. Al llegar · la puerta

del gabinete, se detuvo durante un rato, pensando

en la prohibiciÛn que le habÌa hecho su marido, y

temiendo que esta desobediencia pudiera acarrear-

le alguna desgracia. Pero la tentaciÛn era tan gran-

de que no pudo superarla: tomÛ, pues, la llavecita

y temblando abriÛ la puerta del gabinete.

Al principio no vio nada porque las ventanas

estaban cerradas; al cabo de un momento, empezÛ

a ver que el piso se hallaba todo cubierto de san-

gre coagulada, y que en esta sangre se reflejaban

los cuerpos de varias mujeres muertas y atadas a

las murallas (eran todas las mujeres que habÌan

sido las esposas de Barba Azul y que Èl habÌa de-

gollado una tras otra).

CreyÛ que se iba a morir de miedo, y la llave

del gabinete que habÌa sacado de la cerradura se le

cayÛ de la mano. DespuÈs de reponerse un poco,

recogiÛ la llave, volviÛ a salir y cerrÛ la puerta;

subiÛ a su habitaciÛn para recuperar un poco la

calma; pero no lo lograba, tan conmovida estaba.

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Habiendo observado que la llave del gabinete

estaba manchada de sangre, la limpiÛ dos o tres

veces, pero la sangre no se iba; por mucho que la

lavara y a˙n la restregar· con arenilla, la sangre

siempre estaba allÌ, porque la llave era m·gica, y

no habÌa forma de limpiarla del todo: si se le saca-

ba la mancha de un lado, aparecÌa en el otro.

Barba Azul regresÛ de su viaje esa misma tarde

diciendo que en el camino habÌa recibido cartas

inform·ndole que el asunto motivo del viaje aca-

baba de finiquitarse a su favor. Su esposa hizo

todo lo que pudo para demostrarle que estaba

encantada con su pronto regreso.

Al dÌa siguiente, Èl le pidiÛ que le devolviera

las llaves y ella se las dio, pero con una mano tan

temblorosa que Èl adivinÛ sin esfuerzo todo lo que

habÌa pasado.

óøY por quÈ, le dijo, la llave del gabinete no

est· con las dem·s?

óTengo que haberla dejado, contestÛ ella all·

arriba sobre mi mesa.

óNo dejÈis de d·rmela muy pronto, dijo Bar-

ba Azul.

DespuÈs de aplazar la entrega varias veces, no

hubo m·s remedio que traer la llave.

11

HabiÈndola examinado, Barba Azul dijo a su

mujer:

óøPor quÈ hay sangre en esta llave?

óNo lo sÈ, respondiÛ la pobre mujer, p·lida

corno una muerta.

óNo lo sabÈis, repuso Barba Azul, pero yo sÈ

muy bien. °HabÈis tratado de entrar al gabinete!

Pues bien, seÒora, entrarÈis y ocuparÈis vuestro

lugar junto a las damas que allÌ habÈis visto.

Ella se echÛ a los pies de su marido, llorando y

pidiÈndole perdÛn, con todas las demostraciones

de un verdadero arrepentimiento por no haber

sido obediente. HabrÌa enternecido a una roca,

hermosa y afligida como estaba; pero Barba Azul

tenÌa el corazÛn m·s duro que una roca.

óHay que morir, seÒora, le dijo, y de inme-

diato.

óPuesto que voy a morir, respondiÛ ella mi-

r·ndolo con los ojos baÒados de l·grimas, dadme

un poco de tiempo para rezarle a Dios.

óOs doy medio cuarto de hora, replicÛ Barba

Azul, y ni un momento m·s.

Cuando estuvo sola llamÛ a su hermana y le

dijo:

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óAna, (pues asÌ se llamaba), hermana mÌa, te

lo ruego, sube a lo alto de la torre, para ver si vie-

nen mis hermanos, prometieron venir hoy a ver-

me, y si los ves, hazles seÒas para que se den prisa.

La hermana Ana subiÛ a lo alto de la torre, y la

pobre afligida le gritaba de tanto en tanto;

óAna, hermana mÌa, øno ves venir a nadie?

Y la hermana respondÌa:

óNo veo m·s que el sol que resplandece y la

hierba que reverdece.

Mientras tanto Barba Azul, con un enorme

cuchillo en la mano, le gritaba con toda sus fuer-

zas a su mujer:

óBaja pronto o subirÈ hasta all·.

óEsperad un momento m·s, por favor, res-

pondÌa su mujer; y a continuaciÛn exclamaba en

voz baja: Ana, hermana mÌa, øno ves venir a na-

die?

Y la hermana Ana respondÌa:

óNo veo m·s que el sol que resplandece y la

hierba que reverdece.

óBaja ya, gritaba Barba Azul, o yo subirÈ.

13

óVoy en seguida, le respondÌa su mujer; y

luego suplicaba: Ana, hermana mÌa, øno ves venir

a nadie?

óVeo, respondiÛ la hermana Ana, una gran

polvareda que viene de este lado.

óøSon mis hermanos?

ó°Ay, hermana, no! es un rebaÒo de ovejas.

óøNo piensas bajar? gritaba Barba Azul.

óEn un momento m·s, respondÌa su mujer; y

en seguida clamaba: Ana, hermana mÌa, øno ves

venir a nadie?

Veo, respondiÛ ella, a dos jinetes que vienen

hacia ac·, pero est·n muy lejos todavÌa... °Alabado

sea Dios! exclamÛ un instante despuÈs, son mis

hermanos; les estoy haciendo seÒas tanto como

puedo para que se den prisa.

Barba Azul se puso a gritar tan fuerte que toda

la casa temblaba. La pobre mujer bajÛ y se arrojÛ a

sus pies, deshecha en l·grimas y enloquecida.

óEs in˙til, dijo Barba Azul, hay que morir.

Luego, agarr·ndola del pelo con una mano, y

levantando la otra con el cuchillo se dispuso a

cortarle la cabeza. La infeliz mujer, volviÈndose

hacia Èl y mir·ndolo con ojos desfallecidos, le

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rogÛ que le concediera un momento para recoger-

se.

óNo, no, dijo Èl, encomiÈndate a Dios; y al-

zando su brazo. .

En ese mismo instante golpearon tan fuerte a

la puerta que Barba Azul se detuvo bruscamente;

al abrirse la puerta entraron dos jinetes que, espa-

da en mano, corrieron derecho hacia Barba Azul.

Este reconociÛ a los hermanos de su mujer,

uno dragÛn y el otro mosquetero, de modo que

huyÛ para guarecerse; pero los dos hermanos lo

persiguieron tan de cerca, que lo atraparon antes

que pudiera alcanzar a salir. Le atravesaron el

cuerpo con sus espadas y lo dejaron muerto. La

pobre mujer estaba casi tan muerta como su mari-

do, y no tenÌa fuerzas para levantarse y abrazar a

sus hermanos.

OcurriÛ que Barba Azul no tenÌa herederos,

de modo que su esposa pasÛ a ser dueÒa de todos

sus bienes. EmpleÛ una parte en casar a su her-

mana Ana con un joven gentilhombre que la ama-

ba desde hacÌa mucho tiempo; otra parte en com-

prar cargos de Capit·n a sus dos hermanos; y el

resto a casarse ella misma con un hombre muy

correcto que la hizo olvidar los malos ratos pasa-

dos con Barba Azul.

15

MORALEJA

La curiosidad, teniendo sus encantos,

a menudo se paga con penas y con llantos;

a diario mil ejemplos se ven aparecer.

Es, con perdÛn del sexo, placer harto menguado;

no bien se experimenta cuando deja de ser;

y el precio que se paga es siempre exagerado.

OTRA MORALEJA

Por poco que tengamos buen sentido

y del mundo conozcamos el tinglado,

a las claras habremos advertido

que esta historia es de un tiempo muy pasado;

ya no existe un esposo tan terrible,

ni capaz de pedir un imposible,

aunque sea celoso, antojadizo.

Junto a su esposa se le ve sumiso

y cualquiera que sea de su barba el color,

cuesta saber, de entre ambos, cu·l es amo y seÒor.

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CAPERUCITA ROJA

HabÌa una vez una niÒita en un pueblo, la m·s

bonita que jam·s se hubiera visto; su madre estaba

enloquecida con ella y su abuela mucho m·s toda-

vÌa. Esta buena mujer le habÌa mandado hacer una

caperucita roja y le sentaba tanto que todos la lla-

maban Caperucita Roja.

Un dÌa su madre, habiendo cocinado unas tor-

tas, le dijo.

óAnda a ver cÛmo est· tu abuela, pues me

dicen que ha estado enferma; llÈvale una torta y

este tarrito de mantequilla.

Caperucita Roja partiÛ en seguida a ver a su

abuela que vivÌa en otro pueblo. Al pasar por un

bosque, se encontrÛ con el compadre lobo, que

tuvo muchas ganas de comÈrsela, pero no se atre-

viÛ porque unos leÒadores andaban por ahÌ cerca.

17

…l le preguntÛ a dÛnde iba. La pobre niÒa, que no

sabÌa que era peligroso detenerse a hablar con un

lobo, le dijo:

óVoy a ver a mi abuela, y le llevo una torta y

un tarrito de mantequilla que mi madre le envÌa.

óøVive muy lejos?, le dijo el lobo.

ó°Oh, sÌ!, dijo Caperucita Roja, m·s all· del

molino que se ve all· lejos, en la primera casita del

pueblo.

óPues bien, dijo el lobo, yo tambiÈn quiero ir

a verla; yo irÈ por este camino, y t˙ por aquÈl, y

veremos quiÈn llega primero.

El lobo partiÛ corriendo a toda velocidad por

el camino que era m·s corto y la niÒa se fue por el

m·s largo entreteniÈndose en coger avellanas, en

correr tras las mariposas y en hacer ramos con las

florecillas que encontraba. Poco tardÛ el lobo en

llegar a casa de la abuela; golpea: Toc, toc.

óøQuiÈn es?

óEs su nieta, Caperucita Roja, dijo el lobo,

disfrazando la voz, le traigo una torta y un tarrito

de mantequilla que mi madre le envÌa.

La c·ndida abuela, que estaba en cama porque

no se sentÌa bien, le gritÛ:

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óTira la aldaba y el cerrojo caer·.

El lobo tirÛ la aldaba, y la puerta se abriÛ. Se

abalanzÛ sobre la buena mujer y la devorÛ en un

santiamÈn, pues hacÌa m·s de tres dÌas que no

comÌa. En seguida cerrÛ la puerta y fue a acostarse

en el lecho de la abuela, esperando a Caperucita

Roja quien, un rato despuÈs, llegÛ a golpear la

puerta: Toc, toc.

óøQuiÈn es?

Caperucita Roja, al oÌr la ronca voz del lobo,

primero se asustÛ, pero creyendo que su abuela

estaba resfriada, contestÛ:

óEs su nieta, Caperucita Roja, le traigo una

torta y un tarrito de mantequilla que mi madre le

envÌa.

El lobo le gritÛ, suavizando un poco la voz:

óTira la aldaba y el cerrojo caer·.

Caperucita Roja tirÛ la aldaba y la puerta se

abriÛ. ViÈndola entrar, el lobo le dijo, mientras se

escondÌa en la cama bajo la frazada:

óDeja la torta y el tarrito de mantequilla en la

repisa y ven a acostarte conmigo.

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Caperucita Roja se desviste y se mete a la cama

y quedÛ muy asombrada al ver la forma de su

abuela en camisa de dormir. Ella le dijo:

óAbuela, °quÈ brazos tan grandes tienes!

óEs para abrazarte mejor, hija mÌa.

óAbuela, °quÈ piernas tan grandes tiene!

óEs para correr mejor, hija mÌa.

Abuela, °quÈ orejas tan grandes tiene!

óEs para oÌr mejor, hija mÌa.

óAbuela, °que ojos tan grandes tiene!

óEs para ver mejor, hija mÌa.

óAbuela, °quÈ dientes tan grandes tiene!

ó°Para comerte mejor!

Y diciendo estas palabras, este lobo malo se

abalanzÛ sobre Caperucita Roja y se la comiÛ.

MORALEJA

AquÌ vemos que la adolescencia,

en especial las seÒoritas,

bien hechas, amables y bonitas

no deben a cualquiera oÌr con complacencia,

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y no resulta causa de extraÒeza

ver que muchas del lobo son la presa.

Y digo el lobo, pues bajo su envoltura

no todos son de igual calaÒa:

Los hay con no poca maÒa,

silenciosos, sin odio ni amargura,

que en secreto, pacientes, con dulzura

van a la siga de las damiselas

hasta las casas y en las cal ejuelas;

m·s, bien sabemos que los zalameros

entre todos los lobos °ay! son los m·s fieros.

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LA CENICIENTA

HabÌa una vez un gentilhombre que se casÛ en

segundas nupcias con una mujer, la m·s altanera y

orgullosa que jam·s se haya visto. TenÌa dos hijas

por el estilo y que se le parecÌan en todo.

El marido, por su lado, tenÌa una hija, pero de

una dulzura y bondad sin par; lo habÌa heredado

de su madre que era la mejor persona del mundo.

Junto con realizarse la boda, la madrastra dio

libre curso a su mal car·cter; no pudo soportar las

cualidades de la joven, que hacÌan aparecer todavÌa

m·s odiables a sus hijas. La obligÛ a las m·s viles

tareas de la casa: ella era la que fregaba los pisos y

la vajilla, la que limpiaba los cuartos de la seÒora y

de las seÒoritas sus hijas; dormÌa en lo m·s alto de

la casa, en una buhardilla, sobre una mÌsera palla-

sa, mientras sus hermanas ocupaban habitaciones

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con parquet, donde tenÌan camas a la ˙ltima moda

y espejos en que podÌan mirarse de cuerpo entero.

La pobre muchacha aguantaba todo con pa-

ciencia, y no se atrevÌa a quejarse ante su padre, de

miedo que le reprendiera pues su mujer lo domi-

naba por completo. Cuando terminaba sus queha-

ceres, se instalaba en el rincÛn de la chimenea,

sent·ndose sobre las cenizas, lo que le habÌa mere-

cido el apodo de CulocenizÛn. La menor, que no

era tan mala como la mayor, la llamaba Cenicienta;

sin embargo Cenicienta, con sus mÌseras ropas, no

dejaba de ser cien veces m·s hermosa que sus

hermanas que andaban tan ricamente vestidas.

SucediÛ que el hijo del rey dio un baile al que

invitÛ a todas las personas distinguidas; nuestras

dos seÒoritas tambiÈn fueron invitadas, pues tenÌ-

an mucho nombre en la comarca. Helas aquÌ muy

satisfechas y preocupadas de elegir los trajes y

peinados que mejor les sentaran; nuevo trabajo

para Cenicienta pues era ella quien planchaba la

ropa de sus hermanas y plisaba los adornos de sus

vestidos. No se hablaba m·s que de la forma en

que irÌan trajeadas.

óYo, dijo la mayor, me pondrÈ mi vestido de

terciopelo rojo y mis adornos de Inglaterra.

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óYo, dijo la menor, irÈ con mi falda sencilla;

pero en cambio, me pondrÈ mi abrigo con flores

de oro y mi prendedor de brillantes, que no pasa-

r·n desapercibidos.

Manos expertas se encargaron de armar los

peinados de dos pisos y se compraron lunares

postizos. Llamaron a Cenicienta para pedirle su

opiniÛn, pues tenÌa buen gusto. Cenicienta las

aconsejÛ lo mejor posible, y se ofreciÛ incluso

para arreglarles el peinado, lo que aceptaron.

Mientras las peinaba, ellas le decÌan:

ó Cenicienta, øte gustarÌa ir al baile?

óAy, seÒoritas, os est·is burlando, eso no es

cosa para mÌ.

óTienes razÛn, se reirÌan bastante si vieran a

un CulocenizÛn entrar al baile.

Otra que Cenicienta las habrÌa arreglado mal

los cabellos, pero ella era buena y las peinÛ con

toda perfecciÛn.

Tan contentas estaban que pasaron cerca de

dos dÌas sin comer. M·s de doce cordones rom-

pieron a fuerza de apretarlos para que el talle se les

viera m·s fino, y se lo pasaban delante del espejo.

Finalmente, llegÛ el dÌa feliz; partieron y Ceni-

cienta las siguiÛ con los ojos y cuando las perdiÛ

24

de vista se puso a llorar. Su madrina, que la vio

anegada en l·grimas, le preguntÛ quÈ le pasaba.

óMe gustarÌa. . me gustarÌa. .

Lloraba tanto que no pudo terminar. Su ma-

drina, que era un hada, le dijo:

óøTe gustarÌa ir al baile, no es cierto?

ó°Ay, sÌ!, dijo Cenicienta suspirando.

ó°Bueno, te portar·s bien!, dijo su madrina,

yo te harÈ ir.

La llevÛ a su cuarto y le dijo:

óVe al jardÌn y tr·eme un zapallo.

Cenicienta fue en el acto a coger el mejor que

encontrÛ y lo llevÛ a su madrina, sin poder adivi-

nar cÛmo este zapallo podrÌa hacerla ir al baile. Su

madrina lo vaciÛ y dej·ndole solamente la c·scara,

lo tocÛ con su varita m·gica e instant·neamente el

zapallo se convirtiÛ en un bello carruaje todo do-

rado.

En seguida mirÛ dentro de la ratonera donde

encontrÛ seis ratas vivas. Le dijo a Cenicienta que

levantara un poco la puerta de la trampa, y a cada

rata que salÌa le daba un golpe con la varita, y la

rata quedaba autom·ticamente transformada en

un brioso caballo; lo que hizo un tiro de seis caba-

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llos de un hermoso color gris ratÛn. Como no

encontraba con quÈ hacer un cochero:

óVoy a ver, dijo Cenicienta, si hay alg˙n ra-

tÛn en la trampa, para hacer un cochero.

óTienes razÛn, dijo su madrina, anda a ver.

Cenicienta le llevÛ la trampa donde habÌa tres

ratones gordos. El hada eligiÛ uno por su impo-

nente barba, y habiÈndolo tocado quedÛ converti-

do en un cochero gordo con un precioso bigote.

En seguida, ella le dijo:

óBaja al jardÌn, encontrar·s seis lagartos de-

tr·s de la regadera; tr·emelos.

Tan pronto los trajo, la madrina los trocÛ en

seis lacayos que se subieron en seguida a la parte

posterior del carruaje, con sus trajes galoneados,

sujet·ndose a Èl como si en su vida hubieran

hecho otra cosa. El hada dijo entonces a Cenicien-

ta:

óBueno, aquÌ tienes para ir al baile, øno est·s

bien aperada?

óEs cierto, pero, øpodrÈ ir asÌ, con estos ves-

tidos tan feos?

Su madrina no hizo m·s que tocarla con su va-

rita, y al momento sus ropas se cambiaron en

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magnÌficos vestidos de paÒo de oro y plata, todos

recamados con pedrerÌas; luego le dio un par de

zapatillas de cristal, las m·s preciosas del mundo.

Una vez ataviada de este modo, Cenicienta

subiÛ al carruaje; pero su madrina le recomendÛ

sobre todo que regresara antes de la medianoche,

advirtiÈndole que si se quedaba en el baile un mi-

nuto m·s, su carroza volverÌa a convertirse en

zapallo, sus caballos en ratas, sus lacayos en lagar-

tos, y que sus viejos vestidos recuperarÌan su for-

ma primitiva. Ella prometiÛ a su madrina que sal-

drÌa del baile antes de la medianoche. PartiÛ, loca

de felicidad.

El hijo del rey, a quien le avisaron que acababa

de llegar una gran princesa que nadie conocÌa,

corriÛ a recibirla; le dio la mano al bajar del

carruaje y la llevÛ al salÛn donde estaban los

comensales. Entonces se hizo un gran silencio: el

baile cesÛ y los violines dejaron de tocar, tan

absortos estaban todos contemplando la gran

belleza de esta desconocida. SÛlo se oÌa un

confuso rumor:

ó°Ah, quÈ hermosa es!

El mismo rey, siendo viejo, no dejaba de mi-

rarla y de decir por lo bajo a la reina que desde

hacÌa mucho tiempo no veÌa una persona tan bella

y graciosa. Todas las damas observaban con aten-

27

ciÛn su peinado y sus vestidos, para tener al dÌa

siguiente otros semejantes, siempre que existieran

telas igualmente bellas y manos tan diestras para

confeccionarlos. El hijo del rey la colocÛ en el

sitio de honor y en seguida la condujo al salÛn

para bailar con ella. BailÛ con tanta gracia que fue

un motivo m·s de admiraciÛn.

Trajeron exquisitos manjares que el prÌncipe

no probÛ, ocupado como estaba en observarla.

Ella fue a sentarse al lado de sus hermanas y les

hizo mil atenciones; compartiÛ con ellas los limo-

nes y naranjas que el prÌncipe le habÌa obsequiado,

lo que las sorprendiÛ mucho, pues no la conocÌan.

Charlando asÌ estaban, cuando Cenicienta oyÛ dar

las once tres cuartos; hizo al momento una gran

reverenda a los asistentes y se fue a toda prisa.

Apenas hubo llegado, fue a buscar a su madri-

na y despuÈs de darle las gracias, le dijo que desea-

rÌa mucho ir al baile al dÌa siguiente porque el

prÌncipe se lo habÌa pedido. Cuando le estaba con-

tando a su madrina todo lo que habÌa sucedido en

el baile, las dos hermanas golpearon a su puerta;

Cenicienta fue a abrir.

ó°CÛmo habÈis tardado en volver! les dijo

bostezando, frot·ndose los ojos y estir·ndose co-

28

mo si acabara de despertar; sin embargo no habÌa

tenido ganas de dormir desde que se separaron.

óSi hubieras ido al baile, le dijo una de las

hermanas, no te habrÌas aburrido; asistiÛ la m·s

bella princesa, la m·s bella que jam·s se ha visto;

nos hizo mil atenciones, nos dio naranjas y limo-

nes.

Cenicienta estaba radiante de alegrÌa. Les pre-

guntÛ el nombre de esta princesa; pero contesta-

ron que nadie la conocÌa, que el hijo del rey no se

conformaba y que darÌa todo en el mundo por

saber quiÈn era. Cenicienta sonriÛ y les dijo:

óøEra entonces muy hermosa? Dios mÌo, fe-

lices vosotras, øno podrÌa verla yo? Ay, seÒorita

Javotte, prestadme el vestido amarillo que us·is

todos los dÌas.

óVerdaderamente, dijo la seÒorita Javotte,

°no faltaba m·s! Prestarle mi vestido a tan feo Cu-

locenizÛn tendrÌa que estar loca.

Cenicienta esperaba esta negativa, y se alegrÛ,

pues se habrÌa sentido bastante confundida si su

hermana hubiese querido prestarle el vestido.

Al dÌa siguiente, las dos hermanas fueron al

baile, y Cenicienta tambiÈn, pero a˙n m·s rica-

mente ataviada que la primera vez. El hijo del rey

29

estuvo constantemente a su lado y diciÈndole co-

sas agradables; nada aburrida estaba la joven dami-

sela y olvidÛ la recomendaciÛn de su madrina; de

modo que oyÛ tocar la primera campanada de

medianoche cuando creÌa que no eran ni las once.

Se levantÛ y saliÛ corriendo, ligera como una gace-

la. El prÌncipe la siguiÛ, pero no pudo alcanzarla;

ella habÌa dejado caer una de sus zapatillas de cris-

tal que el prÌncipe recogiÛ con todo cuidado.

Cenicienta llegÛ a casa sofocada, sin carroza,

sin lacayos, con sus viejos vestidos, pues no le

habÌa quedado de toda su magnificencia sino una

de sus zapatillas, igual a la que se le habÌa caÌdo.

Preguntaron a los porteros del palacio si habÌ-

an visto salir a una princesa; dijeron que no habÌan

visto salir a nadie, salvo una muchacha muy mal

vestida que tenÌa m·s aspecto de aldeana que de

seÒorita.

Cuando sus dos hermanas regresaron del baile,

Cenicienta les preguntÛ si esta vez tambiÈn se

habÌan divertido y si habÌa ido la hermosa dama.

Dijeron que si, pero que habÌa salido escapada al

dar las doce, y tan r·pidamente que habÌa dejado

caer una de sus zapatillas de cristal, la m·s bonita

del mundo; que el hijo del rey la habÌa recogido

dedic·ndose a contemplarla durante todo el resto

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del baile, y que sin duda estaba muy enamorado de

la bella personita dueÒa de la zapatilla. Y era ver-

dad, pues a los pocos dÌas el hijo del rey hizo pro-

clamar al son de trompetas que se casarÌa con la

persona cuyo pie se ajustara a la zapatilla.

Empezaron prob·ndola a las princesas, en se-

guida a las duquesas, y a toda la corte, pero in˙til-

mente. La llevaron donde las dos hermanas, las

que hicieron todo lo posible para que su pie cupie-

ra en la zapatilla, pero no pudieron. Cenicienta,

que las estaba mirando, y que reconociÛ su zapati-

lla, dijo riendo:

óøPuedo probar si a mÌ me calza?

Sus hermanas se pusieron a reÌr y a burlarse de

ella. El gentilhombre que probaba la zapatilla,

habiendo mirado atentamente a Cenicienta y en-

contr·ndola muy linda, dijo que era lo justo, y que

Èl tenÌa orden de probarla a todas las jÛvenes.

Hizo sentarse a Cenicienta y acercando la zapatilla

a su piececito, vio que encajaba sin esfuerzo y que

era hecha a su medida.

Grande fue el asombro de las dos hermanas,

pero m·s grande a˙n cuando Cenicienta sacÛ de

su bolsillo la otra zapatilla y se la puso. En esto

llegÛ la madrina que, habiendo tocado con su vari-

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ta los vestidos de Cenicienta, los volviÛ m·s des-

lumbrantes a˙n que los anteriores.

Entonces las dos hermanas la reconocieron

como la persona que habÌan visto en el baile. Se

arrojaron a sus pies para pedirle perdÛn por todos

los malos tratos que le habÌan infligido. Cenicienta

las hizo levantarse y les dijo, abraz·ndolas, que las

perdonaba de todo corazÛn y les rogÛ que siempre

la quisieran.

Fue conducida ante el joven prÌncipe, vestida

como estaba. …l la encontrÛ m·s bella que nunca,

y pocos dÌas despuÈs se casaron. Cenicienta, que

era tan buena como hermosa, hizo llevar a sus

hermanas a morar en el palacio y las casÛ en se-

guida con dos grandes seÒores de la corte.

MORALEJA

En la mujer rico tesoro es la bel eza,

el placer de admirarla no se acaba jam·s;

pero la bondad, la gentileza

la superan y valen mucho m·s.

Es lo que a Cenicienta el hada concediÛ

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a travÈs de enseÒanzas y lecciones

tanto que al final a ser reina llegÛ

(Seg˙n dice este cuento con sus moralizaciones).

Bel as, ya lo sabÈis: m·s que andar bien peinadas

os vale, en el af·n de ganar corazones

que como virtudes os concedan las hadas

bondad y gentileza, los m·s preciados dones.

OTRA MORALEJA

Sin duda es de gran conveniencia

nacer con mucha inteligencia,

coraje, alcurnia, buen sentido

y otros talentos parecidos,

Que el cielo da con indulgencia;

pero con el os nada ha de sacar

en su avance por las rutas del destino

quien, para hacerlos destacar,

no tenga una madrina o un padrino.

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LOS CUATRO HERMANOS

INGENIOSOS

…rase un hombre pobre que tenÌa cuatro hijos.

Cuando fueron mayores les dijo:

-Hijos mÌos, es menester que os marchÈis por

esos mundos de Dios, pues yo no tengo nada que

daros. Id a otras tierras, aprended un oficio y

procurad abriros camino. Los cuatro muchachos

se despidieron de su padre y emprendieron el viaje.

Pronto llegaron a una encrucijada de la que partÌan

cuatro senderos, El mayor dijo:

-AquÌ hemos de separarnos. Dentro de cuatro

aÒos volveremos a reunimos en este mismo lugar.

Mientras tanto, que cada uno busque fortuna por

su lado.

TomÛ cada cual una direcciÛn distinta. Y el

primero no tardÛ en encontrarse con un hombre

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que le prometiÛ enseÒarle su propio oficio, que era

el de ladrÛn.

-…se no es un oficio honrado -respondiÛ el mu-

chacho.

Pero no tardÛ mucho en convencerle el ladrÛn y

con aquel hombre aprendiÛ a robar tan h·bilmen-

te, que todo cuanto deseaba caÌa de Inmediato en