Un Extraño por Nanci - muestra HTML

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Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2012 Nancy Warren. Todos los derechos reservados.

UN EXTRAÑO EN LA CAMA, Nº 65 - mayo 2013

Título original: Just One Night

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises Ltd.

© 2001 Vicki Lewis Thompson. Todos los derechos

reservados.

PROTEGIENDO SU CORAZÓN, Nº 65 - mayo 2013

Título original: Compromising Positions

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises Ltd.

Publicado en español en 2005

Todos los derechos están reservados incluidos los de

reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido

publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.

Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier

parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura

coincidencia.

® Harlequin, logotipo Harlequin y Harlequin Pasión son

marcas registradas por Harlequin Books S.A.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises

Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas

que lleven ® están registradas en la Oficina Española de

Patentes y Marcas y en otros países.

I.S.B.N.: 978-84-687-3070-7

Editor responsable: Luis Pugni

Conversión ebook: MT Color & Diseño

www.mtcolor.es

Índice

Un extraño en la cama

Protegiendo su corazón

Un extraño en la cama

Nancy Warren

1

—¿De baja por enfermedad? —le gritó Rob Klassen con

incredulidad al director de World Week , la revista de

actualidad internacional para la que llevaba trabajando

como reportero gráfico doce años—. ¡Si no estoy

enfermo!

Gary Wallanger se quitó las gafas y las dejó encima de

su escritorio, donde también estaban las impresiones de

prueba que documentaban una escaramuza en una pequeña

ciudad cerca de la frontera de Ras Ajdir, entre Túnez y

Libia.

—¿Cómo quieres que lo llame? ¿De baja por tonto? Han

estado a punto de matarte. Otra vez.

A Gary no le gustaba que su gente se arriesgase más de

lo necesario y estaba enfadado.

Rob puso todo el peso de su cuerpo en la pierna buena,

pero aun así le costó ignorar el dolor de la izquierda.

—Salí corriendo todo lo rápidamente que pude.

—He visto el informe médico. Ibas corriendo hacia el

tirador. Qué mala suerte que se sepan esas cosas por la

entrada y la salida de la bala.

Se hizo un incómodo silencio y Rod oyó el ruido del

tráfico en Manhattan. No había contado con que Rob se iba

a enterar de aquellos detalles.

—Si quieres ser un héroe de guerra —continuó el

director—, alístate. Nosotros nos limitamos a dar noticias.

No las creamos.

Otro silencio.

—Las balas volaban por todas partes. Me desorienté.

—Tonterías. Te estabas haciendo el héroe otra vez,

¿verdad?

Rod todavía podía ver a la niña encogida de miedo detrás

de un barril de gasolina. Su jefe habría preferido que la

dejase allí, aterrada y llorando en la línea de fuego, pero él

no habría sido capaz de mirarse al espejo por las mañanas

después de hacerlo. Así que no se lo había pensado. Había

corrido hacia ella y la había puesto a resguardo. No había

contado con lo del tiro en la pierna.

¿Habría actuado de manera diferente si hubiese sabido lo

que le iba a ocurrir? Pensaba que no, pero no iba a

contárselo a Gary.

—Uno no gana premios Pulitzer utilizando teleobjetivos.

Tenía que acercarme para captar lo que estaba ocurriendo.

—Y te acercaste tanto que te pegaron un tiro en la

pierna.

—Fue mala suerte —admitió Rob—. Pero todavía puedo

sujetar una cámara. Y andar.

E hizo una demostración por el despacho intentando no

cojear ni torcer el gesto por el dolor.

—No —le dijo su jefe.

Él se detuvo y se giró a mirarlo.

—Soy tu mejor hombre. Tienes que volver a mandarme

de misión.

—Lo haré. Cuando puedas correr un kilómetro en cuatro

minutos.

—¿Por qué tan rápido?

—Para que la próxima vez que tengas que echar a correr

para salvar tu vida, puedas hacerlo.

Rob respiró hondo y se agarró a una silla. Hacía años que

era amigo de Gary y sabía que este había tomado la

decisión adecuada, aunque le fastidiase.

—Solo fue mala suerte. Si hubiese ido hacia la derecha

en vez de hacia la izquierda…

—Sabes que cualquiera en tu lugar estaría feliz de seguir

con vida. Y agradecido por poder tener unas vacaciones

pagadas —añadió Gary, tomando las gafas y sentándose

detrás del escritorio.

—Me remendaron en el hospital militar más cercano.

Era solo una herida abierta.

—La bala te dio en el fémur. Sé leer un informe médico.

Rob se maldijo.

—Vete a casa. Descansa. El mundo seguirá lleno de

problemas cuando vuelvas.

Él frunció el ceño, en vez de darle la enhorabuena por

una fotos estupendas, lo que hacían era mandarlo a casa

castigado, como si fuese un niño.

A casa.

Había estado tanto tiempo fuera en los últimos años que

su casa solía estar donde estuviese su mochila.

Si alguna vez había tenido una casa, había sido en

Fremont, Washington, un barrio de Seattle que se

enorgullecía de su contracultura, se consideraba el centro

del universo y defendía el derecho a ser peculiar. En esos

momentos, podía encajar bien en Fremont, porque se sentía

egocéntrico y peculiar. Además, era al único lugar al que

podía ir.

—De acuerdo, pero me recuperaré pronto. Podré correr

a cuatro minutos el kilómetro de aquí a un par de semanas.

Como mucho.

—Tendrás que enseñarme un informe médico antes de

que vuelva a enviarte fuera a trabajar.

—Venga ya, Gary. Dame un respiro.

Este volvió a quitarse las gafas y lo miró con sus

cansados ojos marrones.

—Te estoy dando un respiro. Podría ponerte a trabajar en

un despacho aquí en Nueva York. Esa es tu otra opción.

Rob negó con la cabeza. No podía meterse en un

despacho. No le gustaba sentirse encerrado. Eso, nunca.

—Nos veremos en un par de semanas.

Salió del despacho de Gary y, ya en el pasillo, dejó de

fingir que era todo un hombre e intentó poner el menor

peso posible en la pierna herida.

—Rob, deberías utilizar muletas —le dijo una voz

femenina.

Él se giró y sonrió.

—Hola, Romona.

Era periodista y parecía una modelo sudamericana, pero

tenía el cerebro de Hillary Clinton. Se veían siempre que él

iba a Nueva York. A ninguno de los dos les interesaba una

relación estable, pero disfrutaban juntos.

—He oído que te han herido. ¿Cómo estás?

Rob se encogió de hombros.

—Bien.

Aunque en público ni siquiera se abrazaban nunca, ella lo

miró con deseo.

Después le dijo en voz baja.

—¿Por qué no vienes a verme luego y nos saludamos en

condiciones?

—Estoy sucio. Hace días que no me afeito, semanas que

no me corto el pelo y…

—Me gustas así. Pareces un pirata.

Y Rob supo que había tocado fondo porque no le

apetecía nada pasar la noche con una mujer apasionada. Le

dolía mucho la pierna, tenía un jet lag horrible y acababan

de mandarlo de baja a casa. Lo único que quería era

esconderse y ponerse bien.

Negó con la cabeza fingiendo decepción.

—Lo siento, tengo ya el billete de avión.

Ella sabía tan bien como él que podía cambiar el billete

de avión, pero no se le ocurrió otra excusa.

Y Romona no insistió, se limitó a darle una palmadita en

el brazo.

—Bueno, tal vez la próxima vez.

Eso era lo mejor de ella. Se parecían mucho. Rob había

salido con muchas mujeres, pero no tenía ningún interés en

sentar la cabeza. Lo más importante era su carrera. Tal vez

fuese superficial, y tal vez una parte de él añorase tener una

mujer que lo reconfortase, lo escuchase y compartiese su

dolor. Pero la única mujer que lo había hecho en su vida

había sido su abuela.

Y ya no estaba allí.

Tenía tantas millas acumuladas que no tuvo ningún

problema en cambiar el billete por otro mejor, incluso

reservó el asiento de al lado para poder estirar la pierna

mala.

Una vez en el aire, se acordó de que el abogado de la

familia había intentado hablar con él acerca de la casa de

Fremont, pero con su paso por el hospital no había tenido

tiempo de devolverle la llamada. Lo haría en cuanto llegase

a Seattle.

Tenía algo que ver con Bellamy, la vieja casa en la que

tanto tiempo había pasado con su abuela.

No se la imaginaba sin ella. La idea le dolió, pero sacó el

periódico que había comprado y se obligó a leer.

Hailey Fleming era una mujer con agenda. Para ser más

exactos, con dos agendas. Además de la electrónica, en los

últimos tiempos había empezado a utilizar también una en

papel, por miedo a perder la primera y volverse loca.

Era una persona muy organizada.

Y sus dos agendas le decían que llegaba justo a tiempo

para la mejor reunión del día. Una copa de vino con su

compañera y amiga Julia Atkinson.

Entró en el bar de North Phinney Avenue, miró a su

alrededor y no le sorprendió darse cuenta de que había

llegado la primera. Siempre llegaba pronto a todas partes.

Y Julia, siempre tarde.

Se sentó a una mesa y pidió una copa de vino blanco.

Después, pasó diez minutos repasando lo que tenía que

hacer al día siguiente y tomando notas acerca de las cosas

que quería mejorar en la página web.

—¿Llego tarde? —preguntó Julia casi sin aliento

mientras se sentaba.

Llevaba puesta una prenda negra y amplia que era una

mezcla de jersey, poncho y capa.

—Por supuesto que llegas tarde. Como siempre.

Julia se había cortado recientemente la melena rojiza y

sus generosos labios esbozaron una sonrisa.

—He estado en la inauguración de un nuevo centro

comercial de muebles con varias marcas traídas de Milán.

Me he liado a hablar y a comer unas deliciosas galletas. He

comido tres, pero no me siento culpable. Apuesto a que has

hecho una jornada de trabajo mientras me esperabas.

—Media jornada.

El camarero se acercó y Julia le pidió un vodka con

tónica. Lo que significaba que estaba haciendo otro de sus

regímenes. Lo que significaba…

—Creo que he conocido a alguien —dijo tan

emocionada que Hailey se echó hacia atrás.

—Cuéntamelo todo.

Julia se desabrochó el extraño abrigo y lo puso en el

respaldo de la silla. Debajo llevaba un vestido rojo y negro,

adornado por uno de los cientos de los enormes collares

vintage que poseía.

—Es ingeniero y vive en el centro. Estuvo casado, pero

su mujer lo dejó y le rompió el corazón.

—Qué rapidez. Nos vimos la semana pasada y no me

contaste nada. ¿Dónde lo has conocido?

El camarero llegó con la copa de Julia y esta le dio un

sorbo.

—En realidad, todavía no lo he conocido.

—¿Qué?

Julia se encogió de hombros.

—Lo conozco a través de LoveMatch.com.

—Ah, por Internet.

—Es la primera vez que lo utilizo. Muchas mujeres

encuentran hombres estupendos por Internet.

—¿Y cómo es que sabes tantas cosas de él?

—Porque hemos hablado por teléfono. Ahora está

trabajando en Filipinas, pero hemos quedado el martes que

viene —continuó Julia emocionada—. ¿Quieres ver una

foto?

—Por supuesto.

Julia se sacó la tablet del bolso y unos segundos después

se la pasaba a Hailey. En ella, había un tipo rubio y muy

sonriente. No era su tipo. Demasiado guapo para su gusto,

pero a Julia le gustaban los hombres guapos.

—Vaya.

—Lo único que me da miedo es que sea demasiado

guapo para mí. Ah, y tiene un acento encantador. Nació en

Manchester, pero ha vivido por todo el mundo. Es hijo de

militar, como tú.

Hailey volvió a mirar la fotografía del hombre. Iba

vestido con pantalones cortos y una camiseta de algodón. A

pesar de la mandíbula fuerte, no parecía tener mucho

carácter, pero no iba a decírselo a su amiga.

—No es demasiado guapo para ti. Tú eres preciosa.

—¿Crees que puedo perder cuatro kilos y medio de aquí

al martes?

—Para ya —respondió ella, intentando no reírse—. Te

ha visto en fotografía, ¿no? Es evidente que le has gustado.

Julia se mordió el labio inferior.

—Le he mandado una que me hice el año pasado, cuando

estaba más delgada.

A pesar de ser una mujer inteligente y segura de sí

misma, Julia tenía a veces problemas con su imagen

corporal, pero Hailey supo que no merecía la pena discutir

del tema. En su lugar, decidió tranquilizarla.

—Todo irá bien.

—Eso espero. Tengo tan mala suerte con los hombres…

Julia miró fijamente la fotografía del hombre y luego

guardó la tablet.

—¿Cómo estás tú?

Hailey dejó salir por fin la emoción que llevaba todo el

día conteniendo.

—También tengo novedades.

—¿Has conocido a alguien? —le preguntó Julia con los

ojos muy abiertos.

—No, no tengo tiempo para hombres. Estoy levantando

un negocio. Tal vez en un par de años…

—Ya. Tú y tus agendas.

—Hacer listas me ayuda a ir por el buen camino.

A veces pensaba que había habido tanto caos en su vida

que las listas le daban la estabilidad y seguridad que no

había tenido de niña. Habían cambiado de casa doce veces

en trece años y eso hacía que necesitase orden. Su pobre

madre pronto había dejado de intentar decorar las casas por

las que iban pasando. ¿Para qué?

No necesitaba psicoanalizarse para entender por qué

había decidido trabajar en el sector inmobiliario. Le

encantaba ayudar a sus clientes a encontrar casas para toda

la vida.

—¿No echas de menos tener a un hombre en tu vida? —

le preguntó Julia en voz baja—. ¿No echas de menos el

sexo?

—Tengo muchos hombres en mi vida: agentes

inmobiliarios, clientes, amigos.

Julia arqueó una ceja.

—¿Y sexo?

—Tengo sexo —respondió ella, poniéndose a la

defensiva—. Bueno, no mucho. Hace tiempo que no, pero

para mí el sexo implica compromiso. Desde que rompí con

Drake…

Había pensado que Drake, que era abogado, era el

hombre perfecto para ella. Habían trabajado juntos varias

veces. Ambos eran trabajadores y ambiciosos. Y no se

había dado cuenta de lo mal que encajaban sus agendas

hasta que habían empezado a buscar fecha para la boda. Él

quería trasladarse a Nueva York para trabajar con una gran

firma de abogados. Ella estaba empezando con su negocio

en Seattle. Él quería tener hijos lo antes posible. Ella

prefería esperar a que el matrimonio tuviese una base

sólida. Hacía un año que Drake se había marchado a Nueva

York, sin ella. Desde entonces, Hailey se había dedicado a

trabajar y no lo había echado de menos tanto como había

imaginado.

—Fue un imbécil al elegir Nueva York en vez de a ti.

—Gracias. Yo pienso lo mismo.

—Entonces, ¿cuál es esa novedad?

—Una casa nueva. La oportunidad de mi vida. Tío Ned,

un viejo amigo de mi padre, me ha llamado y me ha

ofrecido la casa Bellamy.

Julia volvió a abrir mucho los ojos.

—¿Esa casa preciosa, antigua, que hay en la colina?

—Sí. Su dueña murió hace un par de meses. Tío Ned es

su albacea. El nieto ha dado el visto bueno para la venta.

—Eso es estupendo.

—Sí. Solo hay un problema.

Julia le agarró la mano.

—¿Tienes que preparar la casa?

—¡Sí! Pero lo antes posible. Creo que tengo a los

compradores perfectos. Siento tener que pedirte el favor,

pero ¿crees que podría estar lista mañana? Me gustaría

enseñársela el jueves.

—Los milagros son mi especialidad —respondió Julia

—. ¿Tienes la llave?

—Sí.

—Si me enseñas la casa esta noche, veré qué voy a

necesitar y tendrás tu milagro para mañana por la noche.

—Estoy deseando enseñártela. Esta casa nos va a

cambiar la vida.

2

Rob sacó su mochila del maletero del taxi y le pareció

que pesaba una tonelada. Tenía los ojos secos, irritados, y

le dolía muchísimo la pierna. La niebla había hecho que un

viaje de ocho horas se convirtiese en otro de dos días y él

nunca había sido capaz de dormirse en un avión, una pena,

teniendo en cuenta lo mucho que tenía que viajar.

Pero por fin estaba en casa. O muy cerca de ella.

Se quedó mirándola y sintió una profunda tristeza.

Su abuela ya no estaba allí.

Ni siquiera había podido ir al funeral porque todo había

ocurrido de repente. Le habría gustado asistir, no por ella, a

su abuela le habría dado igual, sino por él mismo. La había

visto unos meses antes y tal vez había estado más frágil.

¿Habría sabido su abuela que su fin estaba cerca y no se

lo había dicho?

Negó con la cabeza. No.

Con ochenta y ocho años, su abuela lo había

impresionado con su agudeza mental. Lo había reprendido y

le había dicho que tenía que darse prisa en casarse y darle

bisnietos, antes de que cumpliese los cien. Y él, cómo no,

le había respondido con la verdad. Que no se casaría hasta

que no encontrase a alguien como ella. Tenía treinta y

cinco años y todavía no había ocurrido. Dudaba que fuese a

ocurrir.

Ella se había echado a reír y había comentado que tenía

que bajar el listón. Rob sonrió al recordarlo. No. Era

evidente que su abuela no había sabido que iba a morirse.

Se maldijo. Iba a echarla mucho de menos.

Tenía asuntos que tratar y papeles que firmar, pero en

esos momentos solo podía pensar en beberse un vaso de

agua, darse una ducha bien caliente y dormir.

Dormir del tirón, sin interrupciones, y en una cama de

verdad.

Levantó la mochila y recorrió el camino cojeando.

Entonces se dio cuenta de que alguien había barrido las

escaleras y había puesto plantas nuevas en las jardineras.

Era principios de septiembre y la noche era fresca, pero

después de haber pasado cinco semanas en el desierto

africano, para él hacía frío.

No supo quién podía haber puesto aquellas plantas ni por

qué. Estaba demasiado cansado para intentar averiguarlo. Ya

lo haría al día siguiente.

Como agente inmobiliaria, Hailey se consideraba una

especie de casamentera que unía a la casa adecuada con el

comprador adecuado.

Y tenía la sensación de que Samantha y Luke MacDonald

se iban a enamorar de Bellamy.

Como buena casamentera, había preparado la casa

cuidadosamente gracias a los servicios de Julia. Le habría

gustado tener tiempo para hacer algo más que limpiarla y

plantar algunas flores nuevas, pero no había sido posible.

Así que todo estaba lo más perfecto que podía estar. El

sol brillaba contra las ventanas y realzaba la bonita casa

que, en su día, debía de haber sido una verdadera joya.

La joven pareja que iba a verla llegó a las once en punto.

—Me parece que esta os va a encantar —les dijo Hailey,

dándoles unas hojas con los detalles de la casa—. Acaba de

salir a la venta e, inmediatamente, he pensado en vosotros.

Abrió la reluciente puerta negra y la luz salpicó el

recibidor y el suelo de madera de roble recién encerada.

Era increíble lo que se podía conseguir limpiando una

buena casa. La dueña la había cuidado mucho, pero desde

que esta había fallecido, había permanecido cerrada,

acumulando polvo. Esa mañana el aire olía a flores, a los

lirios y las rosas que Julia había puesto en un jarrón encima

del aparador de la entrada.

Sus tacones repiquetearon contra el suelo de madera

mientras enseñaba el comedor y el salón, resaltando las

características más originales de la casa, como la chimenea

labrada a mano y los armarios con puertas de cristal. Julia

había hecho un milagro. Había retirado las cosas que

sobraban y sustituido lo que estaba demasiado viejo por

piezas modernas, también había dado un toque de color a la

casa cambiando cojines y mantas.

Era evidente que a Samantha y a Luke les estaba

encantando y a Hailey no le extrañaba. ¿Quién no iba a

querer una casa así? Se les pasaba un poco del presupuesto,

pero podían comprarla. Miró a la pareja, que ya estaba

decidiendo dónde colocar la nevera de vino y cómo hacer

que todo fuese más seguro para cuando tuviesen el bebé.

—Podríais cambiar la cocina, está por aquí —les dijo

ella, llevándolos hasta esa habitación.

Personalmente, le gustaban los viejos muebles y las

paredes pintadas de amarillo, pero sospechaba que los

MacDonald preferirían electrodomésticos de acero

inoxidable y encimeras de granito. Samantha le recordó a

su marido que tendrían que añadir todos los gastos a su

presupuesto y este gimió de manera melodramática, pero

su sonrisa le indicó que también estaba emocionado con la

casa.

A Hailey le encantaba estar soltera. Aunque también

había veces, como aquella, en la que se imaginaba teniendo

otra vida. Un hombre a su lado, un bebé en camino… y un

hogar.

Le encantó la manera en la que Julia había echado una

manta morada sobre el sofá gris, como queriendo dar la

impresión de que la casa estaba habitada por alguien con

mucho gusto.

—¿Tiene cuatro dormitorios? —preguntó Samantha.

—Eso es. Uno es ideal para el bebé, hay otro con buen

tamaño para habitación de invitados, un despacho y la

habitación principal. Venid, os lo enseñaré.

Subieron al primer piso. Hailey les enseñó primero las

dos habitaciones más pequeñas y un cuarto de baño, que

estaban bien, pero sin más. Y luego abrió la puerta de la

habitación principal.

—Es mi habitación favorita de la casa. La cama con

dosel es muy antigua y tal vez podáis comprarla con la casa

si os interesa. Es una habitación muy grande, con un banco

delante de la ventana, chimenea y cuarto de baño

incorporado.

Dio la luz del techo. Se sabía aquella habitación de

memoria, pero quería ver la cara que ponían sus clientes al

descubrirla.

Los dejó pasar delante de ella.

—¿Qué os parece?

Samantha abrió mucho los ojos y luego miró a su

marido, que se había quedado igual de sorprendido que ella.

Hailey se giró y vio la cama cuya colcha blanca había

alisado la tarde anterior. En ella había tumbado un hombre

grande y que estaba sin afeitar, con una camisa verde y azul,

pantalones

vaqueros

desgastados

y

calcetines

desemparejados.

Estaba profundamente dormido.

Había dos mugrientas zapatillas en la alfombra.

Durante unos segundos, reinó el silencio.

—¿Este también está incluido en la casa? —preguntó

Samantha.

El hombre abrió los ojos azules todavía medio dormido.

Tenía el pelo castaño, demasiado largo y despeinado. Los

miró, se quedó pensativo y sonrió.

—Todo es negociable —dijo en voz baja, ronca.

Sam se echó a reír, pero a Hailey no le pareció nada

gracioso encontrarse a un vagabundo en una casa que estaba

intentando vender.

Entonces el hombre la miró y ella sintió una conexión

muy extraña con él. Se le aceleró el corazón y se sintió

como si, de repente, todo fuese bien. Cerró los ojos.

Quiso preguntarle quién era y qué estaba haciendo allí,

pero estaba tan nerviosa que solo inquirió:

—¿Quién hace aquí?

Él la miró fijamente y sonrió más, dejando al

descubierto una sonrisa perfectamente blanca. Hailey

nunca había visto a un vagabundo con los dientes tan

limpios.

—No hago nadie.

Sam volvió a reír al oír semejante conversación.

—Quiero decir que qué está haciendo aquí.

Él bostezó y respondió:

—Hasta hace un momento, estaba durmiendo.

Una no llegaba a agente inmobiliaria de éxito si no tenía

mucho tacto, así que Hailey se contuvo para no tirarle un

zapato a la cabeza.

—Está bien, vamos a intentarlo otra vez. ¿Quién es

usted? —le preguntó con tranquilidad.

—Robert Klassen. ¿Y usted?

—Hailey Fleming, agente inmobiliaria. Esta casa está a

la venta.

Él levantó las manos y se frotó los ojos, Hailey pensó

que le habría ido bien frotarse también las uñas.

—¿Es ese el motivo por el que la casa parece una tienda

de muebles? Casi no la he reconocido. A mi abuela nunca

le gustaron las cosas tan modernas. Lo único que sigue

igual es esta cama —dijo. Luego miró a los MacDonald—.

Mi abuela murió en ella.

Sam puso gesto de sorpresa y retrocedió, mirando a su

alrededor como si hubiese un fantasma en la habitación.

—No murió en la casa —replicó Hailey entre dientes—.

Murió tranquilamente en el hospital.

Dudaba que los MacDonald fuesen a creerla. ¿De verdad

era aquel el nieto de la señora Neeson? Si era así, tenía que

ser cauta.

No le había parecido que la puerta estuviese forzada ni

había visto ninguna ventana rota. La mochila que había

apoyada contra la pared era de marca y al lado había una

bonita cámara fotográfica. Creyó recordar que había oído

que el nieto era fotógrafo.

Además, no había saltado de la cama ni había echado a

correr al verlos, sino que había ahuecado las dos almohadas

de seda verde y se había puesto cómodo. A pesar de su

aspecto desaliñado, era muy guapo.

Hailey no supo qué hacer. Tenía experiencia en su

trabajo, pero nunca se había visto en una situación así. Y

necesitaba vender aquella casa. Era la mejor oportunidad

que había tenido y no podía permitir que un mochilero

mugriento se la estropease.

No obstante, hasta que no solucionase aquello no podría

hacer nada más, así que recuperó la compostura y se giró

hacia los MacDonald.

—Lo siento mucho. Ha debido de haber una confusión

que tendré que aclarar antes de que podamos continuar.

—Lo entendemos —le respondió Luke, saliendo al

pasillo—. Qué pena. Es una casa estupenda. Perfecta para

nosotros.

—Lo sé —dijo Hailey, teniendo al menos la satisfacción

de saber que había tenido razón—. Os prometo que lo

resolveré y seréis los primeros en saberlo. Mientras tanto,

buscaré también otras casas que puedan gustaros.

Mientras bajaban las escaleras, Sam miró por encima de

su hombro y preguntó:

—¿De verdad murió la dueña en la casa?

—Por supuesto que no. Si hubiese sido así, os lo habría

dicho. Agnes Neeson murió en el hospital. Tenía casi

noventa años y fue muy feliz aquí hasta un par de días antes

de fallecer. Le dio un derrame cerebral y murió sin darse

cuenta. Ojalá todos tuviésemos tanta suerte.

Siguió sonriendo hasta que los MacDonald estuvieron

fuera de la casa y después se puso seria y volvió a

enfrentarse al extraño que había intentado estropear sus

planes.

No iba a permitir que eso ocurriese y se lo iba a dejar

claro a aquel hombre alto, moreno y despeinado.

3

Rob bostezó y se desperezó. Quería seguir durmiendo,

pero oyó cómo se cerraba la puerta de la casa y gimió. Era

evidente que no estaba solo.

Supo que la mujer que lo había despertado iba a volver a

la habitación. Escuchó cómo subía las escaleras, cómo

crujía el sexto peldaño y después el décimo primero.

Aquella casa no tenía secretos para él.

Cuando apareció en la puerta del dormitorio, la estaba

esperando.

Su abuela se habría enfadado al verlo así tumbado en la

cama, sobre unas almohadas que no reconocía, como todo

lo demás que había en la habitación.

Se sintió casi como si estuviese soñando, pero la mujer

que lo estaba mirando fijamente era real. De eso estaba

seguro.

Y muy atractiva. Parecía enfadada y al mismo tiempo

confundida e insegura. Una combinación interesante.

Le había gustado la rapidez con la que había recuperado

la compostura después de verlo. Tenía el pelo largo y rubio,

y unos ojos entre grises y azules.

Vestía falda negra, camisa blanca y joyas negras. Tenía

las piernas bonitas. Y debía de tener una bonita sonrisa,

pero en esos momentos tenía los labios tan apretados que

no lo podía saber.

Entonces los separó, pero, por desgracia, no para reír.

Sino para hablar.

—Tenemos que hablar.

—Qué miedo me dan esas palabras.

Ella estuvo a punto de esbozar una sonrisa, pero

consiguió contenerla.

—Creo que ha habido un error.

—Sí, eso pienso yo también —dijo Rob mirando a su

alrededor—. ¿Se ha mudado aquí o algo así?

—Por supuesto que no. Ya le he dicho que soy agente

inmobiliaria. Estoy intentando vender esta casa.

—Pues a no ser que mi abuela se pasase los últimos días

de su vida redecorándola, estos muebles no son suyos.

Ella lo miró como si hubiese perdido la cabeza. Estaba

cansado, pero no podía estar tan cansado.

—He hecho que preparen la casa para venderla.

Al ver que él no decía nada, Hailey continuó:

—Quitamos lo viejo para presentar la casa lo mejor

posible. A mí me parece que ha mejorado muchísimo.

—Ya no parece la casa de mi abuela —respondió él.

Se había sentido atraído por aquella cama nada más

llegar. Le había hecho sentirse en casa y le había recordado

a su abuela.

Miró a la mujer y, de repente, la mente se le llenó de

imágenes de otro tipo, adultas. Parpadeó y apartó la mirada

antes de que ella se diese cuenta de que había deseo en sus

ojos.

—La idea es que el comprador vea las posibilidades que

tiene la casa y se imagine en ella sus muebles y objetos

personales.

Él podría haberle contestado que quería que llevasen

inmediatamente todas las cosas de su abuela. A pesar de lo

cansado que estaba, sabía que lo que quería en realidad era

que le devolviesen a su abuela, y eso no era posible. Así

que pasó a la ofensiva.

—Tienen que llevarse toda esta basura de aquí.

A ella se le pusieron los ojos más grises. Se cruzó de

brazos.

—Tengo permiso para vender la casa.

—No se lo he dado yo.

—No, me lo ha dado el albacea de la señora Neeson.

—Qué gracia, porque la casa me la dejó a mí.

No obstante, tenía que ser sincero.

—Recuerdo que hablé con el abogado desde Libia. La

cobertura no era buena. Tal vez pensó que le había dado

permiso para vender la casa, pero no fue así.

Se volvió a frotar los ojos. Habría matado por una taza de

café.

—Es probable que la venda, pero todavía no he tomado la

decisión.

—Eso me deja a mí en una situación muy complicada.

Rob tuvo la impresión de que la mujer no sabía qué

hacer. Tal vez fuese nueva en el negocio y aquella era la

primera vez que se enfrentaba a una situación difícil.

La vio fruncir el ceño.

—No quiero ser grosera, pero no tengo ninguna prueba

de que sea el nieto de la señora Neeson.

Rob pensó que, en cierto modo, tenía razón. Y supo que

era lo suficientemente testaruda como para no dejarlo en

paz hasta que no le demostrase quién era. Así que alargó el

brazo para tomar su cartera y le enseñó el carnet de

conducir.

Ella le echó un vistazo. Lo miró a él y después la

fotografía.

—El apellido no es el mismo.

—Es cierto. Era mi abuela materna.

—Yo pienso que debería marcharse para que pudiésemos

solucionar esto mañana.

Rob no iba a marcharse de allí bajo ningún concepto, ni

tampoco iba a permitir que una rubia con tacones le diese

órdenes.

—De eso nada —respondió, cansado. Quería volver a

dormirse—. Vamos a llamar a Edward Barnes, que me

conoce.

—Está haciendo turismo enológico en California. Y si

de verdad lo conoce, sabrá que…

—No tiene teléfono móvil —terminó Rob en su lugar,

cada vez más molesto—. ¿Cómo he entrado?

Hailey lo miró sorprendida.

—He abierto la puerta que estaba cerrada con llave.

¿Cómo habría podido entrar si no fuese su nieto?

—Con la llave que hay escondida debajo del macetero.

Es probable que haya mirado ahí después de ver que no

estaba debajo del felpudo.

—No pienso marcharme. Soy el dueño de esta casa.

—Solo le estoy pidiendo que me lo demuestre.

Él se levantó de un salto, como si, de repente, se le

hubiese ocurrido la solución.

—Vamos a buscar los álbumes de fotos en los que

aparezco con mi abuela.

Ella lo miró con culpabilidad.

—Ya sabe lo que hemos hecho con las cosas viejas…

—¿Dónde están los álbumes?

—Guardados.

Rob pensó que aquello se estaba convirtiendo en una

broma pesada.

Y a él le estaba costando trabajo pensar estando a solas

con una mujer tan atractiva. Con tacones. Se la imaginó

solo con los tacones, tumbada en la cama.

Tenía que salir de allí. Lo antes posible, antes de que se

le notase lo excitado que estaba. Se sentó.

—Venga conmigo.

—¿Adónde? —preguntó ella con cautela.

—La acompañaría hasta la puerta —respondió él—, pero

como sé que no va a querer marcharse, iremos al que fue

mi dormitorio, al otro lado del pasillo. Quiero decir, antes

de que lo convirtieran en una habitación para bebés.

Se levantó y fue hacia la puerta cojeando.

—Oh, Dios mío. Hemos guardado también un bastón

negro dando por hecho que era de la señora Neeson. ¿No

sería suyo?

—No. Era de mi abuela —dijo, sin ganas de dar

explicaciones. Al fin y al cabo, aquella mujer ni siquiera

creía que fuese nieto de la señora Neeson.

—Ah, bueno.

Y luego lo siguió en silencio hasta su habitación de toda

la vida. Su abuela le había permitido que la redecorase

después de que sus padres se divorciasen y tal vez aquello

le había hecho sentir que siempre tendría un lugar

permanente en su vida.

La luz entraba por el tragaluz del techo y Rob recordó

todas las mañanas que había pasado en la cama, mirando al

cielo, soñando con viajar, con vivir aventuras, con un futuro

en el que él mismo establecería las normas.

Debajo del tragaluz había un banco, encima del cual

habían colocado un cojín moderno, lo quitó, lo lanzó sobre

el sillón de cuero falso que ni su abuela ni él habrían

comprado jamás y tiró de la tapa del banco.

—No se abre —dijo ella—. Ya lo hemos intentado.

—Sí que se abre.

Rob había tardado siglos en idear un complicado cierre

con el que mantener todos sus tesoros en secreto. Su

abuela nunca le había preguntado qué guardaba allí, siempre

había respetado su intimidad. Deseó que hubiese más

mujeres como ella en el mundo.

Hailey se acercó a ver qué estaba haciendo y él aspiro su

aroma. Escurridizo, femenino, sexy, como una mujer

vestida solo con tacones y tal vez algo de lencería.

Rob metió el dedo índice en la pequeña ranura y quitó el

primer pestillo, lo que le permitió levantar la tapa un poco.

Tardó otro minuto y luego la levantó por completo y miró

dentro de la caja por primera vez en muchos años.

Dentro no había mucho. Un par de tebeos viejos, su

primer guante de béisbol, un manoseado National

Geographic, y allí, debajo de la espada de samurái de

madera que él mismo se había hecho, encontró la carpeta

de cuero. La sacó, quitó de encima una polilla muerta y se

la dio. Luego se incorporó y miró por encima del hombro

de la mujer mientras esta la abría.

Volvió a aspirar su aroma. No era a flores, sino que tenía

más bien un toque cítrico.

La fotografía y la cita que la acompañaban formaban

parte de los pocos tesoros que poseía.

—Ganó un concurso de fotografía —dijo ella—. Estaba

en el instituto.

Se giró a mirarlo y a Rob volvieron a sorprenderle sus

ojos grises azulados. Lo mismo que su perfume, la primera

impresión fue de frialdad, pero pronto vio el calor que se

escondía detrás.

—Sí, pero no se trata de eso. Mire la foto. Y lea el pie.

Era él más joven, con su abuela y su madre, y con la

fotografía ganadora en la mano. Había sido el comienzo de

su carrera. Convertirse en reportero gráfico le había dado

libertad, aventuras, una vida en la carretera y un salario

razonable.

—Robert Klassen, quince años, ganador del concurso de

fotografía, con su madre, Emily Klassen y su abuela, Agnes

Neeson —leyó ella.

Rob se señaló.

—Ese soy yo y esa, mi abuela.

Hailey sonrió.

—La fotografía es buena y usted era un adolescente muy

mono —dio, cerrando la carpeta y devolviéndosela.

—¿Satisfecha con mi identidad?

Ella giró la cabeza y sus ojos volvieron a sorprenderlo.

—Me he dado cuenta de que era cierto en cuanto le he

visto levantar la tapa del asiento.

—Siento el malentendido —le dijo él con toda

sinceridad—. Lo cierto es que todavía no he decidido si

voy a vender la casa. Y, si lo hago, me gustaría elegir

personalmente al agente inmobiliario.

Eso la enfadó.

—¿Conoce a alguno en Seattle?

—La verdad es que no.

—Bueno, pues le diré que yo soy muy competente y

tengo excelentes referencias. Y que me parece que los

MacDonald podrían ser los compradores.

—Yo creo que se han asustado cuando he dicho que mi

abuela había muerto en esa cama.

La mujer se llevó las manos a las caderas. Tenía la

manicura hecha y no llevaba alianza.

—No es cierto. Su abuela, como estoy segura que sabrá,

falleció en el hospital.

Él sintió dolor, pero intentó ignorarlo.

—Eso da igual. Si hubiese conocido a mi abuela habría

querido que su espíritu permaneciese en la casa.

Tal vez ese fuese el motivo por el que le costaba pensar

en que otras personas viviesen allí. Para él, su abuela seguía

allí.

—No me gusta la gente a la que le asustan los fantasmas,

ni a mi abuela tampoco le gustaría.

Rob se dio cuenta de que estaba demasiado cansado y de

que lo mejor sería mantener la boca cerrada hasta que se

encontrase mejor.

La mujer le sonrió.

—Es difícil dejar marchar a alguien cuando lo has

querido tanto —comentó con voz suave.

—Sí.

—¿Estaban muy unidos?

—Sí. Podría decirse que fue ella la que me crio.

Rob no podía imaginar qué habría sido de él si se hubiese

quedado con su madre. Su abuela no solo lo había criado,

también lo había salvado. Le había dado la oportunidad de

hacer algo con su vida.

Cuando Hailey lo miró, tuvo la sensación de que podía

ver en su interior. Fue muy extraño y Rob supo que ella

también se había percatado, porque la vio retroceder hacia

la puerta. Era como si, de repente, ambos se hubiesen dado

cuenta de que estaban solos en un dormitorio, aunque la

colcha estuviese salpicada de patitos amarillos. Rob habría

jurado que hasta la temperatura había subido.

—¿Le apetecería una taza de café? —le preguntó ella.

Fue entonces cuando Rob se convenció de que podía

leerle la mente.

—Sería capaz de arrodillarme y suplicar por una.

Ella sonrió de verdad. Por fin.

—No hace falta que suplique. Lo esperaré abajo.

Rob se sintió tentado a pedirle que se lo subiese, porque

lo que más le costaba eran las escaleras y no quería que

aquella mujer lo viese cojear, pero le dio miedo que lo

malinterpretase.

—No pasa nada. Ya me lo prepararé yo luego.

—A mí me apetece un café ahora y, además, quiero

hablar con usted.

Hailey se dio a sí misma una charla mientras preparaba el

café. «Muéstrate segura de ti misma», se recordó mientras

lo molía. «Sé positiva». Por suerte, había comprado café e

incluso leche fresca el día anterior.

Oyó un ruido a sus espaldas y vio a Robert Kassen en la

cocina. Era más alto de lo que había imaginado y, recto,

más imponente y mucho más sexy.

—Siéntese —le dijo ella, señalando las sillas de roble

que, junto a la mesa, tanto Julia como ella habían decidido

conservar.

—Gracias —respondió él.

Dudó un instante y luego empezó a moverse despacio.

Ella volvió a girarse y terminó de preparar el café, para

no quedarse mirándolo.

—¿Lo quiere con leche y azúcar?

—No. Solo.

Hailey llevó los cafés a la mesa y se sentó enfrente de

él. Según su agenda electrónica, disponía de treinta y cinco

minutos antes de tener que volver a su despacho. Y estaba

decidida a hacer buen uso de ellos.

Él le dio un trago al café, lo saboreó.

—Cuando uno vive como yo, no siempre tiene café o una

buena comida. Incluso el agua limpia es un lujo —dijo

antes de volver a beber—. Me pegaron un tiro. Por eso

cojeo. No es grave, pero tengo que descansar unas

semanas.

—¿Un tiro? Pensé que era fotógrafo —respondió ella.

—Soy reportero gráfico. Trabajo para World Week.

World Week era una de las revistas más importantes del

país y trataba temas internacionales, de economía, política

y arte.

—Vaya. Eso debe de ser fascinante.

—Lo es, pero mi trabajo me exige cubrir zonas en

guerra, hambrunas, catástrofes naturales y provocadas por

el hombre. Como puede imaginar, en esos sitios no

encuentra uno un Starbucks en cualquier esquina.

Hailey bebió también café y, por una vez, disfrutó de su

sabor. Pero solo le quedaban treinta y cuatro minutos, así

que no podía entretenerse más. Tenía que trabajar.

—¿Está casado y con hijos?

La pregunta le sorprendió. Estuvo a punto de atragantarse

con el café.

—No.

—¿Y tiene pensado vivir en esta casa? —continuó ella en

tono inocente.

Rob frunció el ceño.

—No creo que una casa tan grande encaje con su estilo

de vida —continuó Hailey—. Supongo que viajará bastante.

—Mire, lo cierto es que…

Una voz femenina lo interrumpió. Procedía de la puerta

de entrada de la casa.

—¿Puedo pasar?

Era Julia.

—Por supuesto. En la cocina —respondió Hailey.

—Así que no hay moros en la costa —dijo su amiga

mientras entraba en la cocina—. Ah.

Rob hizo una mueca.

—Julia, este es Robert Klassen.

—Me llaman Rob —dijo él, dándole la mano.

—Hola, Rob —respondió Julia mirando a Hailey—.

¿Estás interesado en comprar Bellamy?

—Podría estarlo, si no fuese ya mía.

Hailey le contó a su amiga cuál era la situación y Julia se

sirvió una taza de café y se sentó.

—Ha sido una suerte que estuvieras aquí para ver a

Hailey en acción. Es fantástica. Venderá la casa enseguida.

Luego miró a su amiga.

—¿Les ha gustado a los MacDonald? —continuó—. Yo

pienso que ha sido buena idea decorar la habitación del

bebé.

—A mí me parece que les interesa —respondió ella.

—No son las personas adecuadas para esta casa —

intervino Rob.

Hailey y Julia se miraron. El mensaje tácito fue

«problema a la vista».

Se hizo un incómodo silencio que Julia rompió:

—He pasado a preguntarte si quieres que termine el piso

de arriba el martes por la noche. Tuve que hacerlo todo

muy deprisa.

—¿No tenías una cita el martes por la noche? —

preguntó Hailey.

—No, la hemos dejado para otro día. Se marcha a

Nigeria la semana que viene, así que nos veremos la de

después.

—Ah, qué pena.

—Eso me da tiempo a adelgazar un par de kilos más

antes de vernos —dijo, y luego miró a Rob—. Lo he

conocido a través de LoveMatch.com.

—¿Y a qué se dedica? —le preguntó él.

—Es ingeniero.

—Ya te diré lo del martes, no estoy segura —comentó

Hailey.

—Por supuesto —respondió Julia, dándole otro sorbo a

su café antes de levantarse—. Me tengo que ir corriendo.

Tengo que hacer un informe sobre una propuesta de

decoración e ir después a una fiesta. Y ya llego tarde.

Encantada de haberte conocido, Rob.

—Igualmente.

—Te llamaré —le dijo Hailey.

Cuando su amiga se marchó, ya solo le quedaban veinte

minutos para convencer a aquel hombre de que continuase

escuchándola. Abrió la boca para volver a hablar de

negocios, pero él se le adelantó.

—¿Tu amiga todavía no conoce a ese tipo?

—¿Qué tipo?

—Con el que va a salir.

—No. Todavía no. ¿Por qué?

—Pues dile que seguro que es un estafador.

—¿Qué?

—Nigeria es la capital mundial de las estafas. Y lo de

que es ingeniero me suena raro.

—¿Cómo puedes estar tan seguro? Han hablado por

teléfono. Seguro que no tiene de qué preocuparse.

—Tal vez. Cuando uno lleva mucho tiempo en mi trabajo,

adquiere un cierto instinto. Solo dile a tu amiga que, le diga

lo que le diga ese tipo, no le envíe dinero.

—De acuerdo. Lo haré —respondió ella, mirándose el

reloj—. ¿Podemos hablar de lo nuestro?

Él la miró de manera muy sexy.

—¿De lo nuestro?

Cuando sus miradas se cruzaron, Hailey pensó que su

amiga tenía razón. Llevaba demasiado tiempo sin sexo si se

sentía atraída por un tarambana mugriento. Se cruzó de

piernas.

—Ya sabes a qué me refiero. A la casa.

Él se apoyó en el respaldo de la silla y saboreó otro

sorbo de café.

—De acuerdo. Esta es mi propuesta. Puedes seguir

intentando vender la casa. Yo seguiré viviendo en ella, pero

no quiero que venga a verla cualquiera. Y me tendrás que

avisar con anterioridad. A ver cómo va la cosa.

Hailey se sintió tan aliviada que asintió.

—De acuerdo, pero yo también tengo una condición —

le advirtió, mirándolo fijamente—. Que no vuelvas a decir

que tu abuela murió en esa cama. Estoy segura de que la

señora Neeson te enseñó que, si no eres capaz de decir

algo agradable, mejor no digas nada.

4

Después de que la atractiva agente inmobiliaria se

marchase, Rob se sirvió el café sobrante y empezó a

deambular por la casa.

Ella tenía razón. No tenía sentido vivir allí. Era

demasiado grande y tenía demasiados gastos de

mantenimiento. Era una casa para una familia y a él,

después de la pérdida de su abuela, ya no le quedaba nadie.

Tal vez no hubiese tenido la oportunidad de despedirse

bien de ella en el funeral, pero se iba a asegurar de pasar la

casa a las personas adecuadas. Quizás, después, podría dejar

marchar todos los recuerdos y recuperar su vida normal.

No sabía lo que iba a hacer durante las siguientes

semanas, además de recuperar fuerzas, así que llamó a la

clínica del doctor Greene y no le sorprendió que le diesen

cita para esa misma tarde.

Cuando Hailey llegó a la reunión semanal en Dalbello

and Company, el jefe de personal ya estaba dando su

discurso. Ella solía trabajar desde casa porque no le

interesaba tener que alquilar un despacho que salía

demasiado caro. Se pasaba por allí para utilizar la

fotocopiadora y para ver a su mentor y amigo, Hal Wilson,

que llevaba treinta años en el negocio.

Vio a Hal cerca del dispensador de agua fría y se acercó

a él.

—¿Me he perdido algo? —le preguntó en un susurro.

—Ted dice que los precios empiezan a subir.

—Eso es una buena noticia.

Había unos treinta agentes inmobiliarios en el espacio

abierto en el que se celebraban las reuniones. Detrás de

ella estaban los despachos, vacíos. Y a un lado, debajo de

las ventanas, dos impresoras de última tecnología. Al otro,

una enorme pizarra.

Ted hizo un par de chistes, les dio su consejo semanal y

luego fue a ver el motivo por el que Hailey había corrido

para no llegar tarde a la reunión.

—Vamos a ver las nuevas casas que hay a la venta.

Las fue presentando como si de un subastador se tratara.

Y terminó:

—Y Bellamy, cuya venta lleva Hailey Fleming. Su casa

más importante por el momento y la principal de esta

semana —dijo, girándose hacia ella—. ¡Sigue así, Hailey!

Todo el mundo aplaudió y, aunque fuese un poco cursi,

eso hizo que se sintiera más segura de sí misma.

Por supuesto, no compartió con el resto, que eran todos

unos trepas y estaban deseando vender una casa así, que la

operación pendía de un hilo.

Cuando la reunión terminó, una estilosa pelirroja se

acercó a Hal y a ella.

—Enhorabuena otra vez.

Se llamaba Diane y su felicitación fue tan falsa como su

sonrisa. Era una agente inmobiliaria de mucho éxito y con

fama de despiadada.

—¿Cuándo va a ser el día de puertas abiertas?

—No va a haber ningún día de puertas abiertas. El cliente

ha sido tajante con eso. Hay fotografías en mi página web.

Llámame si tienes algún cliente al que pueda interesarle y

se la enseñaré.

—Por supuesto —respondió Diane.

Luego le hizo un par de preguntas acerca de la cocina,

tomó notas y se marchó al darse cuenta de que su teléfono

móvil estaba vibrando.

Cuando ya estaba lejos, Hal comentó:

—He oído que le interesaba la venta. Tiene un contacto

en el hospital que la llama cuando fallece alguien, por eso

se entera siempre la primera.

—¡No me digas!

Hal se encogió de hombros.

—Es capaz de eso y más.

Hailey se alegró de que el abogado que le había pedido

que se ocupase de la venta de Bellamy fuese un amigo de la

familia.

—Hal, tengo un problema. Necesito que me aconsejes.

—Por supuesto.

Le habló de Rob y le explicó que este le había permitido

seguir intentando vender la casa siempre y cuando no lo

molestase.

—Estoy segura de que los MacDonald habrían hecho una

oferta si no les hubiese dicho que su abuela se había

muerto en aquella cama.

Hal se tomó su tiempo antes de contestar.

—Es una buena oportunidad para ti. No quiero que la

pierdas.

—Yo tampoco.

—Algunos clientes no saben ni lo que quieren. Y el tal

Rob parece ser uno de ellos. Vas a tener que manejarlo.

—¿Manejarlo? ¿Cómo?

—Hailey, querida. Utiliza tu mejor arma: tu encanto.

La consulta del doctor Greene llevaba treinta años

oliendo igual, pensó Rob mientras se sentaba a esperar y

hojeaba una vieja revista de golf. Y la decoración tampoco

había cambiado. Dejó la revista. Ni siquiera le gustaba el

golf. Sacó su teléfono y miró el correo. Nada interesante.

Odiaba las salas de espera. Odiaba esperar. Miró el reloj

del teléfono. Ya llevaba allí quince minutos. Si hubiese

sido por él, ni siquiera habría ido al médico. Maldijo a

Gary. Ya se le curaría la pierna.

Una madre y su hijo salieron de la sala. El niño tosía. En

cuanto la puerta se hubo cerrado, la recepcionista, Carol,

que también llevaba allí toda la vida, le hizo un gesto a Rob.

—Ya puedes pasar.

Horace Greene debía de tener casi setenta años. Tenía el

pelo, o lo que le quedaba de él, cano, la barba blanca como

la de Santa Claus y los ojos azules. El doctor Greene había

sido el médico de su abuela desde siempre y el suyo

también, si es que se suponía que tenía un médico. Este se

levantó al verlo entrar cojeando a la sala y la tendió la

mano.

—Rob, ¿cómo estás?

—He estado mejor, doctor.

El médico le hizo un gesto para que se sentase y tomó

asiento también.

—Hacía mucho tiempo que no nos veíamos, ¿no?

—Unos cinco años.

El médico asintió.

—Siento lo de tu abuela. Sé que ha sido una gran pérdida

para ti.

—Sí.

—¿Qué te ha pasado? Cojeas.

—Me han pegado un tiro.

Si la noticia sorprendió al médico, no se le notó.

—Ajá, ¿y cuándo ha sido eso? ¿Quién te ha tratado?

Sacó un cuaderno y empezó a escribir.

—Hace aproximadamente una semana. En Libia. Gracias

a mi jefe pude ir a un hospital militar. Me hicieron una

radiografía y, al parecer, no ha quedado ningún fragmento

dentro. Me dieron unos puntos y me dijeron que me podía

marchar.

El médico militar le había dicho eso y alguna cosa

menos agradable. Se encogió de hombros.

—Ya sabes que me curo pronto. Siempre has dicho que

tenía la cabeza dura como una piedra.

—Pero no estás hecho a prueba de balas. Deja que eche

un vistazo a la herida.

—Voy a necesitar que me hagas un informe diciendo que

puedo volver a trabajar.

El doctor Greene se levantó y le dijo:

—Bájate los pantalones y le echaremos un vistazo.

Rob lo siguió hasta la camilla intentando no cojear, se

quitó los pantalones y se sentó en ella.

—Vaya —comentó el médico—. Se está curando bien.

¿Has dicho que es de hace una semana? Te la volveremos a

vendar y todo debería ir bien.

Fue a buscar material a un armario.

—Te voy a poner una gasa y una venda limpia —empezó

—. Cuando deje de supurar podrás dejar la herida al aire

para que se cure antes. Tardará unos días. Seca la herida con

pequeños toques después de ducharte.

—Estupendo, gracias —dijo Rob después de que le

hubiese puesto la venda.

Se alegraba de que no le hubiesen echado un sermón

—Ponte los pantalones y siéntate otra vez —le dijo el

doctor Greene.

A regañadientes, Rob volvió a la silla que había delante

del escritorio.

El médico apartó su libreta y lo miró fijamente.

—¿Cómo lo llevas?

—Bien.

Se hizo un silencio que Rob no quiso romper.

—Ha sido una época emocionalmente agotadora. Has

perdido a alguien especial y tienes una herida bastante

importante, que es lo que te ha traído a casa. Y todo eso te

va a pasar factura.

—Estoy bien —repitió él sin convicción. Estaba frente

al hombre que había tratado a su abuela hasta el final de sus

días. Se humedeció los labios—. Mi abuela… parecía estar

bien cuando vine a casa hace seis meses…

El médico tardó unos segundos en responder.

—Agnes Neeson tuvo una vida envidiable. Fue

independiente hasta el final —dijo sonriendo—. Y ya sabes

lo importante que era eso para ella. No obstante, cada vez

estaba más frágil. Tuvo un ataque bastante fuerte y murió en

el hospital sin llegar a recuperar la consciencia.

—¿Sufrió?

El médico negó con la cabeza.

—No, no te preocupes.

—Bien —dijo Rob, aliviado—. Ojalá hubiese estado

aquí.

—Lo sé. Tu abuela estaba muy orgullosa de ti.

Rob notó que los ojos se le llenaban de lágrimas y eso le

horrorizó. Se aclaró la garganta y cambió de tema:

—Una agente inmobiliaria ha estado en la casa —dijo,

frotándose la pierna mala—. Ha sacado los muebles de mi

abuela y la ha redecorado. Todo está cambiado.

—Sí. Conozco a la joven, es de Dalbello, muy agradable.

Lo hará bien.

Rob no tenía fuerzas para hablar de sus confusos

sentimientos, así que dio las gracias y se levantó. Fue

cojeando hasta la puerta y se dio cuenta de que el médico

tenía razón. No estaba bien aunque fingiese estarlo.

Julia entró corriendo en Beananza, su cafetería favorita.

—Hola, Julia, ¿cómo estás? —le preguntó Bruno, su

camarero preferido desde la máquina de café.

—Hace un día precioso —respondió ella.

Bruno la miró con incredulidad.

—Si está lloviendo —le dijo, sirviendo un chocolate a

un cliente y poniéndose después a preparar el café de Julia.

No necesitaba que le preguntasen lo que quería. Julia

tomaba lo mismo todos los días. Un café largo con leche

desnatada. Como si bebiéndolo fuese a volverse más alta y

delgada.

La esperanza era lo último que se perdía.

—Los brownies acaban de salir del horno —añadió

Bruno.

—No puedo comerlos —respondió ella—. Estoy a

régimen.

—¿De verdad? ¿Y quién es él?

—¿Piensas que estoy a régimen solo por un hombre?

—Llevas tres años viniendo a Beananza casi todos los

días. Y eso hace casi mil días seguidos. Cada vez que te

pones a régimen es porque has conocido a alguien.

—De acuerdo, es verdad.

Bruno sonrió y le dio su café.

Julia fue a sentarse a una mesa, le dio un sorbo a su café

y sacó la tablet para saborear el último correo de su nuevo

amor.

Hola cariño:

Hace calor y el ambiente es pegajoso en este país.

Tengo que tomar un avión en unos minutos. Te echo de

menos. Nunca me había sentido tan unido a nadie. Estoy

deseando verte la semana que viene.

Te quiere, Gregory.

Mientras volvía a leer el mensaje, Julia pensó que no

solo el café estaba hecho para saborearse. El amor,

también. Y solo esperaba que Gregory no se llevase una

decepción al verla en persona.

Miró su café con preocupación. Tal vez debería haber

pedido un té verde.

Rob salió de la consulta con la pierna dolorida. No le

gustaban los médicos porque no le gustaba sentirse

enfermo o discapacitado.

Iba cojeando por la acera cuando empezó a llover. Le

encantaba la lluvia. Después del calor y el polvo del

desierto, tenía que haberse sentido feliz al ver llover, pero

lo que sintió fue que el cielo lloraba por él. De repente,

estaba de mal humor, dolorido y sin saber qué hacer.

No quería volver a casa, con todos esos muebles que no

reconocía, y tampoco le apetecía ir a visitar a los pocos

amigos que le quedaban allí. No lo haría hasta que no

pudiese correr otra vez. Apretó la mandíbula y vio a lo lejos

el cartel de una cafetería. Ese podía ser su destino. Esa

mañana andaría un par de manzanas, al día siguiente un par

más y en dos semanas podría correr.

Solo había andado una manzana a duras penas y ya estaba

empapado y le ardía el muslo. La cafetería estaba mucho

más lejos de lo que le había parecido, pero siguió

avanzando con la vista clavada en el cartel. Le gustó el

nombre: Beananza. Había pasado por delante la última vez

que había estado en casa, pero no había entrado.

Se imaginó lo bien que le iba a saber el café cuando

llegase, si la cafetería no cerraba antes. Solo tenía que

seguir andando. Era solo dolor, podía soportarlo.

Un coche se detuvo a su lado y alguien le dijo:

—Rob, por fin te encuentro.

Se giró y vio a Hailey sentada detrás del volante de un

pequeño todoterreno gris, tan alegre como siempre, con un

chubasquero azul.

—¿Por qué me estabas buscando?

Ella aparcó, salió del coche y abrió un paraguas azul.

Luego sacó del maletero el bastón de su abuela.

Por un instante, Rob sintió una punzada de dolor tan

fuerte que se olvidó del de la pierna. Su abuela se había

apoyado en aquel bastón durante años.

Hailey se acercó a él y le ofreció el mango.

—Toma.

Él lo agarró y lo probó. Le quedaba un poco corto, pero

no se iba a quejar. Aunque fuese extraño, se sintió mejor al

tocarlo, como conectado con su abuela.

—¿Cómo lo sabías?

—Me llamó el doctor. Me dijo que te vendría bien el

bastón de tu abuela —le dijo ella en tono cariñoso, como si

de verdad le importase aquello.

—¿Que te ha llamado mi médico? —preguntó él

sorprendido.

Hailey se echó a reír.

—Tu abuela conocía a muchas personas y los amigos de

sus amigos son ahora tus amigos.

—Me dijo que fuese a comprarme unas muletas.

—Lo sé, pero a mí me dijo que sabía que no lo harías. Y

que tienes que utilizar el bastón en la mano contraria a la de

tu pierna mala.

Él se lo cambió de mano.

—Ah.

—¿Adónde vas? —le preguntó Hailey—. ¿Quieres que te

acerque?

Él negó con la cabeza, con el reflejo del paraguas sus

ojos parecían tan azules como el cielo.

—Solo los turistas llevan paraguas —comentó Rob.

—Los turistas y las personas preocupadas por su

apariencia.

—Iba a esa cafetería —le dijo él con naturalidad, como

si no fuese a costarle ningún esfuerzo llegar.

—¿A la de Bruno?

—A Beananza —respondió Rob, que no tenía ni idea de

quién era el tal Bruno.

—De acuerdo. Esa es la cafetería de Bruno. Iré contigo

—le dijo Hailey. Luego frunció el ceño—. Mejor dicho, te

llevaré.

—Está aquí al lado.

—Te han pegado un tiro en la pierna.

—No hace falta.

Ella suspiró con frustración.

—Como quieras.

Echaron a andar y Rob pensó que parecía un hombre

bastante respetable gracias al bastón. Esperaba que su

acompañase no se diese cuenta de lo mucho que se estaba

apoyando en él. Hacían una pareja un tanto rara, ella con el

paraguas y él con el bastón, dirigiéndose lentamente hacia

el cartel amarillo.

Para olvidarse de lo mucho que le dolía la pierna se

centró en las de ella, esbeltas y muy sexis con aquellos

tacones.

5

Al llegar a la puerta de Beananza, Hailey cerró el

paraguas y se adelantó a Rob para abrírsela.

—Lo hago solo porque eres mi cliente —le dijo.

Y él le agradeció que le evitarse el esfuerzo. Le gustaba

la manera que tenía de ayudarlo, sin darle importancia.

—Gracias. Un café americano.

—Hola, Hailey —la saludó una voz que le era muy

familiar.

—Julia —respondió ella, mirándose el reloj—. Tenía

que haber imaginado que estarías aquí.

Se quitó el abrigo y se sentó a la mesa de su amiga.

Después, separó una silla para que Rob pudiese sentarse

también sin tener que hacer muchas maniobras.

—¿Quieres otro café? —le preguntó a su amiga.

—No, gracias. Estoy contando las calorías.

Mientras Hailey se acercaba a la barra, Rob miró a su

alrededor. Había mucha gente.

—Es moderno, ¿verdad?

Rob miró a Julia.

—Sí. Tiene mucha personalidad. Me gusta.

—Pues ya verás cuando pruebes el café.

—¿Estabas trabajando?

—No. Había hecho un descanso para mirar el correo —

admitió Julia ruborizándose—. Soy como una adolescente.

Es ridículo. Me llama «cariño». ¿No te parece romántico?

Él pensó que los hombres utilizaban aquel truco cuando

les costaba trabajo recordar nombres, pero no se lo dijo.

—¿Has conocido a muchos hombres a través de

Internet?

—No. Este es el primero. No puedo creer que haya

tenido tanta suerte.

Hailey llegó con dos tazas humeantes y dejó una delante

de él.

—Gracias.

La suya tenía mucha espuma.

—Me ha tocado un paraguas —le dijo a Julia.

Rob no dejaba de sorprenderse cada vez que volvía a los

Estados Unidos, siempre había alguna loca innovación en

las cafeterías. El camarero había decorado la espuma con el

dibujo de un paraguas. Miró la superficie de su café y vio,

aliviado, que era toda negra.

Bebió y descubrió que era gratificantemente fuerte.

—Le estaba contando a Rob que mi ingeniero me llama

«cariño».

—Oh, qué mono.

Julia se echó hacia delante.

—Ya he perdido casi un kilo. Yo creo que me dará

tiempo a perder otro medio antes de que nos veamos.

¿Crees que debería ponerme unos vaqueros y un jersey o un

vestido? Creo que entro en el rojo que me puse en tu

cumpleaños el año pasado.

Hailey se quedó pensativa y luego preguntó:

—¿Adónde vais a ir?

—No lo sé. Me ha preguntado cuál es mi restaurante

favorito, así que supongo que iremos a cenar. Me ha dicho

que está poniendo a punto el Mercedes para pasar a

recogerme.

—Así que tiene un Mercedes —comentó Hailey

impresionada.

—O eso dice —murmuró Rob.

Hailey movió su silla y él volvió a aspirar su aroma.

—Quiero estar lo más guapa posible, pero que no se

note que me he esforzado —dijo Julia mirándolo a él—.

¿Tú qué opinas? ¿Vaqueros o vestido?

Él lo que quería era cambiarse de mesa e ir a hablar de

política con unos señores mayores que tenían cerca. En su

lugar, intentó recordar la última cita que había tenido.

Había ido a cenar con Romona, después del trabajo, pero

antes de la cama. A Romona le sentaban bien los vaqueros y

los vestidos, pero, sobre todo, le gustaba desnuda.

Sin embargo, no podía compartir esa información con

dos mujeres a las que acababa de conocer.

—Supongo que depende de adónde vayáis, pero me

gustan las mujeres con un vestido bonito.

Ambas lo escucharon como si tuviese la respuesta a las

mayores incógnitas de la vida.

—Es más importante la química que la ropa. Si

conectáis, conectáis. Es impredecible. Unas veces no hay

chispa y, otras, la atracción es enorme.

Instintivamente, miró a Hailey. Entre ambos había una

inconveniente atracción incluso allí, en una cafetería llena

de gente. Todo en ella lo excitaba: la manera de sentarse, la

manera de agarrar la taza de café, el modo en que inclinaba

la cabeza mientras lo escuchaba, el sonido de su risa, el

contorno de sus piernas.

—Es algo que no se puede controlar, aunque sea la

última persona por la que quieres sentirte atraído.

Sus miradas se cruzaron y ella separó los labios,

dejándole ver unos dientes blancos y una lengua rosada.

Julia se mordisqueó el labio inferior.