Un Sureño en Nueva York por Joselo Montero Oviedo - muestra HTML

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Título: Un Sureño en Nueva York

Autor: Joselito Montero

Portada: Joselito Montero

Santo Domingo, 2012

INTRODUCCIÓN

Las mayorías de las personas pobres que

emigran a otros países en busca de una

mejor calidad de vida, nunca les va bien y,

aunque logren prosperar económicamente,

estarán condenados a vivir el resto de sus

vidas con un amargo recuerdo, ya que en

los países desarrollados tratan a los

inmigrantes pobres peor que a los perros

callejeros.

Nueva York era la ciudad más famosa en

toda América. En mi país, llegaron a

comparar esa ciudad con el paraíso, y las

revistas, las películas cinematográficas y las

personas que venían al país desde allá,

parecían confirmarlo.

Aquellos que llegaban al país desde

Nueva York, venían con la piel brillante, y

traían un sin número de cosas materiales de

muy buena calidad como: ropas, zapatos,

perfumes, relojes, etc. Pero los viajeros

nunca cuentan la parte triste de sus

historias, y ahí es donde está el problema;

ellos siempre dicen que les va muy bien, y

no saben el daño que les causan a otras

personas con ocultar la verdad.

JOSELITO MONTERO

En fin, todo el mundo quería irse para

Nueva York, y Pepe, un joven aventurero de

San Juan de la Maguana, no fue la

excepción.

A pesar de todo, Pepe tuvo una suerte

casi sobrehumana, ya que, al contrario de

otros viajeros, logró llegar a la gran ciudad,

y aun así, estuvo a punto de pegarse un

balazo en la cabeza, producto de una

depresión extrema que se había apoderado

de él; y si no lo hizo, fue porque pensó en

sus familiares que prácticamente vivían del

dinero que él les enviaba.

Pepe, al contrario de las mayorías de los

viajeros, nunca escondió la parte triste de su

historia;

esa

parte

que,

quizás

por

vergüenza, nadie se anima a contar.

Gracias a la humildad de este señor, pude

escribir

la

historia

que

contaré

a

continuación.

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n sábado, como a eso de las 11:30

PM, se había ido la luz en mi sector,

U y los muchachos de la vecindad

tuvimos que salir de nuestras casas, ya que

aquella noche hacía un calor insoportable, y

sin energía eléctrica era casi imposible

dormir. Aquella noche, era perfecta para

contar cuentos: la luna estaba llena y el

cielo estaba despejado.

Dentro de ese grupo de personas que no

podían conciliar el sueño, se encontraba el

señor Pepe, quien tomó la iniciativa y

comenzó a contarnos la historia que voy a

contarles a continuación.

Al parecer, el pobre hombre quería

desahogarse con nosotros, y aprovechó

aquel momento para hacerlo.

A principio de los 90s, los familiares de

Pepe estaban pasando por momentos

difíciles, ya que en su tierra natal dependían

totalmente de la lluvia, y en aquellos años

las lluvias eran muy inestables: cuando las

cosechas no se perdían por la sequía, se

perdían por exceso de lluvia; y cuando los

JOSELITO MONTERO

campesinos lograban cosechar algo, tenían

que vender sus productos a muy bajos

precios, ya que en aquel tiempo, el gobierno

se enfocó más en el turismo y las zonas

francas, descuidando un poco la agricultura.

Ésta

situación

provocó

que

muchos

campesinos emigraran a las ciudades en

busca de dinero, y Pepe fue uno de esos

campesinos.

Un día Pepe decidió marcharse a la

ciudad de Santo Domingo en busca de

dinero, ya que en su casa estaban pasando

por momentos críticos. Desde que este

joven llegó a la ciudad, se dedicó a vender

astillas de cuaba en el mercado nuevo. En

poco tiempo abandonó el trabajo de vender

astillas de cuaba, y se dedicó a vender

funditas de agua con Limón, que dejaba un

poco más de beneficios.

En fin, Pepe realizaba cualquier trabajo

sin importar lo pesado o asqueroso que este

fuera. El último trabajo que realizó fue el de

burro, el cual consistía en cargar productos

al hombro. En ese trabajo se hizo amigo de

dos burros famosos: Kelvin y Cantinflas.

La vida de Pepe en la ciudad de Santo

Domingo, al igual que otros jóvenes del

campo, no era nada fácil. Él vivía junto a

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JOSELITO MONTERO

unas cinco personas en una casita de

cartón que había construido un señor de su

tierra natal, en un barrio marginado llamado

-la Zurza-. Decía Pepe que en aquella casita

se llegaban a juntar tantas personas, que a

veces tenían que dormir por turno.

El pobre Pepe carecía de todo. El dinero

que ganaba en el mercado nuevo no le

alcanzaba para nada; lo único que él y sus

compañeros tenían de sobra era la comida,

ya que los productos que se maltrataban, se

los regalaban a los burros o los adquirían a

muy bajos precios.

El pobre joven estaba hasta el cuello de

tanto

comer

plátano

salcochado

con

aguacate. Y el olor de las lechosas y de los

melones, le producía dolor de cabeza.

Pero dice un dicho que no hay mal que

dure cien años, y que todo el mundo tiene

su oportunidad; y Pepe también tuvo la

suya.

Un día, un capitán de esos que se

encargan de conducir las yolas hacia puerto

rico, según Kelvin, se había atrasado con al

pago que le hacía a la marina, por lo que la

marina le prohibió viajar por la ruta

acostumbrada. Por eso, aquel capitán tuvo

que buscar una nueva ruta para seguir con

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el lucrativo negocio de los viajes ilegales. En

fin, aquel capitán habló con la madre de

Kelvin, el amigo de Pepe, para que le

permitiera construir una yola dentro de su

propiedad. El capitán descubrió que aquel

lugar estaba ubicado en un lugar ideal para

realizar el viaje a puerto rico, y buscó todos

los medios necesarios para que le dieran el

permiso de construir la yola allí. En seguida,

la madre de Kelvin lo contactó para que

fuera a nagua hablar con el capitán, ya que

ella no sabía mucho de esas cosas, y Kelvin

de inmediato se trasladó a nagua.

Desde que Kelvin llegó a nagua,

inmediatamente, el capitán fue a su casa

para hablar con él; pero antes de plantearle

el asunto de la construcción de la yola, le

contó como es la vida fuera del país, en

pocas palabras, le pintó pajaritos en el aire.

Cuando el capitán terminó de lavarle el

cerebro al inocente joven, le dijo que si le

daba permiso para construir una yola en su

propiedad, lo llevaría gratis a puerto rico en

la yola y le daría algo de dinero a su madre.

Kelvin ni siquiera lo pensó dos veces;

aceptó el trato de inmediato. Al día

siguiente, se fue para Santo Domingo y le

contó a Pepe el mismo cuento que el

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capitán le había contado. Le dijo que se

vallan para puerto rico; que por allá se gana

pilas de dinero; que esa era la oportunidad

que tenían para dejar de cargar plátanos y

aguacate al hombro, etc. Y Pepe, también

de fácil convencimiento, y viendo el trabajo

que estaba pasando en el mercado, aceptó

de inmediato la invitación de Kelvin.

Cuando la yola estuvo lista, los dos

jóvenes se trasladaron a nagua para, desde

allí, emprender el viaje de su sueño; el viaje

que cambiaría sus vidas.

Pepe, creyendo que esos viajes eran cien

por ciento seguros, emprendió su viaje junto

a su amigo inseparable Kelvin en la frágil

yola. Los dos jóvenes, al igual que la

multitud que iba en la yola ignoraban

muchas cosas, que quizás, si lo hubieran

sabido, no se hubieran arriesgado hacer la

peligrosa travesía: ellos no sabían que las

aguas por las que tendrían que pasar

estaban llenas de feroces tiburones, que al

parecer, estaban acostumbrados al manjar

humano, ya que no fueron pocas las

embarcaciones

que

se

desintegraron

camino a puerto rico, producto del fuerte

oleaje del canal de la mona, y por la mala

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calidad de la madera que usaban para

construir las yolas.

Pepe también ignoraba que los motores

que

les

colocaban

a

esas

frágiles

embarcaciones eran viejos y reparados.

No hace mucho tiempo que en uno de

esos viajes, se le dañó el motor a una yola

en medio del mar, y sólo sobrevivieron unas

cuantas personas, tan sólo para contar la

horrible historia: los sobrevivientes dijeron

que pasaron 17 días en una isla desierta, y

los más fuertes se tuvieron que comer a los

que murieron primero, y de ese modo

lograron salvarse. Así de peligrosos son

esos viajes.

A pesar de todo, Pepe, junto a lo más de

cien personas que iban en la yola, lograron

llegar a la costa de puerto rico; sin embargo,

en la playa lo estaba esperando una

multitud de policías. El capitán, al ver los

policías, les dijo a todos: -¡sálvese quien

pueda!-. Cuando Pepe y Kelvin escucharon

eso, corrieron hasta más no poder monte

adentro, ya que ellos creían que los policías

los iban a matar, como les hacen a los

mexicanos cuando quieren cruzar hacia los

estados unidos.

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¡Que no se les escapen ninguno de los

malditos mojaitos esos!, -decían los policías

mientras los perseguían por el monte-.

Esa madrugada, los capturaron a casi

todos; pero hubieron unos cuantos que

lograron escapar, dentro de los cuales

estaban Pepe y Kelvin.

Los dos jóvenes caminaron por el monte

sin parar, y los policías que los perseguían

no tuvieron más remedio que dejar la

persecución. Pepe y Kelvin estuvieron dos

días en el monte, gracias a unas cuantas

provisiones que llevaron; pero cuando se les

acabaron las provisiones decidieron salir del

monte. Lo primero que se les ocurrió fue

subir a un cerro para ver si desde la cúspide

veían algún caserío, y así lo hicieron.

Subieron a un cerro y desde allí, alcanzaron

a ver un pequeño pueblo, al cual se

dirigieron de inmediato. Camino hacia el

pueblo, encontraron un pequeño riachuelo,

el cual fue una bendición para ellos, ya que

parecían dos cerdos de tanto sucio que

cargaban encima: después de beber agua

del riachuelo, se bañaron y se pusieron la

ropa que llevaban en una funda negra;

luego siguieron su camino hacia el pueblo.

Al llegar al caserío, caminaron un buen rato

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por la calle principal; se detuvieron en un

pequeño ventorrillo y se comieron casi todas

las golosinas que allí vendían, ya que tenían

mucha hambre. Después de comer y

tomarse cada uno un medio litro de Pepsi

Cola, le preguntaron al joven que cuidaba el

ventorrillo que dónde podrían alquilar un

vehículo que los pueda llevar a San Juan.

El joven le dijo que se dirigieran al centro

del pueblo, y allí encontrarían fácilmente un

taxista; y así lo hicieron.

Cuando llegaron a San Juan, se dirigieron

a un complejo habitacional que estaban

construyendo cerca de donde el taxista lo

había dejado, y le dijeron al jefe de la obra

que querían trabajar. El jefe de la obra les

dijo que vallan el siguiente día para darles

trabajo, pero ellos insistieron que trabajarían

gratis el resto del día, y así lo dejaron

trabajando en la construcción. La verdad, a

los dos jóvenes ya no les quedaba dinero ni

para pagar un hotel.

Los primeros días, dormían en la

construcción;

luego

se

alquilaron

un

pequeño cuarto, y así se pasaron 4 meses

trabajando en el área de la construcción.

Los dos jóvenes disfrutaron de cuatros

meses de tranquilidad. Sólo tuvieron que

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soportar

algunos

insultos

y

algunos

desprecios de los puertorriqueños. Sin

embargo al joven Pepe lo esperaba, otra

odisea.

En varias ocasiones, algunos de los

compañeros de trabajo, que también eran

dominicanos, en varias ocasiones les

habían dicho a Pepe que en Nueva York era

donde se ganaba dinero de verdad; que

todo aquel que llegaba a puerto rico lo hacia

con la finalidad de poder llegar a la ciudad

de Nueva York. Como el inocente de Pepe

creía en todo lo que le decían, de inmediato

se le metió en la cabeza contactar a su tíos

que vivía allá. Cuando el joven logró

comunicarse con su tío, le dijo que estaba

en puerto rico pasando trabajo, y que quería

irse para Nueva York; le dijo que su madre y

sus hermanas dependían del dinero que él

le mandaba y que en puerto rico no estaba

ganando dinero suficiente, etc.

A los pocos días, un primo suyo fue a

buscarlo a puerto rico; y de ese modo, Pepe

llegó a la anhelada ciudad, dejando a su

amigo Kelvin en puerto rico, ya que no pudo

convencerlo para que se fueran para Nueva

York. Al parecer, el anterior viaje había

dejado al pobre Kelvin un poco frustrado, y

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tuvo miedo de que le vuelva a pasar algo

parecido a lo que vivió en aquel monte

cuando llegaron a la costa de puerto rico.

Por eso decidió quedarse y no arriesgarse

más.

Desde el primer día que pepe piso

aquella tierra, comenzó a notar algo raro;

comenzó a notar que aquella ciudad no era

tan paradisíaca como se la habían descrito

sus compañeros en el trabajo. A lo mejor es

este barrio el que está corrompido, pensó el

joven.

Una semana después de estar en Nueva

York el hijo mayor de su tío le dio trabajo en

un pequeño negocio que tenia, y le ayudó a

conseguir un cuarto económico donde

alojarse.

Pepe llegó con suerte a Nueva York, ya

que el trabajo que iba a desempeñar era

súper sencillo, sólo tenía que ir a llevar un

sobre acompañado de un puertorriqueño

llamado Eric, apodado -gastillo alegre-: el

chofer del coche en el que harían las

entregas.

Eric y Pepe se hicieron muy buenos

amigos, y no era para menos, ya que los

dominicanos son tan amables que hasta

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personas con cara de asesinos, como la que

tenía Eric, llegan a sentir afecto por ellos.

Todo marchaba a la mil maravilla, pero la

felicidad del pobre dura poco, ya que Pepe

pronto se enteró de que el trabajo que él y

su compañero realizaban no era tan sencillo

como parecía. Una noche, mientras ellos

regresaban al negocio, después de haber

hecho una entrega en la isla de Manhattan,

un carro Mercedes Benz negro lo interceptó

próximo a la Park avenue; Eric conociendo

el peligro, frenó de golpe y le dijo a Pepe:

¡agáchate! En seguida dos hombres sacaron

sus pequeñas ametralladoras y con una

ráfaga de balas, destruyeron el parabrisas

del coche en el que ellos se transportaban:

cuando los agresores pausaron la ráfaga de

tiros, Erik le respondió, haciéndole más de

diez disparo al carro de los agresores. A los

agresores no les quedó más remedio que

huir en su auto.

En seguida Eric entró a la Park Avenue, y

de dirigió a toda velocidad hacia el negocio.

Pepe que aun permanecía agachado, se

levantó lentamente temblando, y le dijo a su

compañero: ¡virgen de la alta gracia!, por

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poquito nos dejan como coladera. Es

primera vez que me orino en mi pantalón.

-Le dice Eric: si supieras que yo he salido

de peores situaciones; pero no te preocupes

que esos hijos del demonio me la van a

pagar. Yo sé quienes son ellos.

-Le

pregunta

Pepe:

¿nos

habrán

confundido con otras personas?

-Le dice Eric: no nene, ellos son nuestros

competidores.

-Le dice Pepe: que rencorosos son;

¿porque no dialogaron con nosotros?

-Le dice Eric: ¡dialogar! si esos mal

nacidos hubieran intentado cruzar palabras

conmigo, los hubiera reventado a balazos.

Ellos se quedaron un rato en silencio,

luego Eric le preguntó a Pepe: ¿tú tienes

familia, nene?

-Le responde Pepe: sí, mi madre y dos

hermanas.

-Le dice Eric: si yo hubiera tenido una

familia, no hiciera un trabajo tan peligroso

como este. En cualquier momento la

competencia nos reventará a balazos, pero

yo no le temo a la muerte; yo nací en la

calle. Además, me siento feliz haciendo lo

que hago. Yo estoy seguro que antes de

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caer abatido a tiros, me llevaré conmigo a

dos o tres de esos maricas. Pero tú no sabe

ni quitarle el seguro a tu arma ¡Que

desperdicio!; ni siquiera le hiciste un sólo

disparo a los hijo e puta que no hicieron la

embocada.

-Le dice Pepe: es que nunca he

disparado un arma; y aunque supiera, no le

disiparía a nadie. Yo no soy capaz de matar

ni siquiera a las ratas que invaden la

habitación en la que duermo.

-Le dice Eric: no sea ingenuo, si no estás

dispuesto a partirle el alma a un mal nacido

de ésta puta ciudad, no vivirá por mucho

tiempo.

-Le pregunta Pepe: ¿porque es tan

peligrosa esta ciudad? ¿Que es lo que

nosotros transportamos en esos sobres?

-Le responde Erik: pregúntaselo a tu

primo, ese no es mi trabajo; mi trabajo es

velar para que los sobres lleguen a su

destino.

En ese mismo instante, Eric entró a un

taller de mecánica, que se encontraba a

unas cuantas cuadras del negocio y allí dejó

el agujereado carro, y del mismo taller, tomó

un carro Chevrolet, y fue a llevar a Pepe a la

vecindad donde él vivía. Esa noche,

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mientras él se sacaba residuos de cristal de

los cabellos, revivía una y otra vez la

escena de la anterior embocada.

Desde esa noche, una horrible depresión

invadió a Pepe; una depresión tan grande,

que hasta le quitó las ganas de alimentarse.

Desde esa noche, el joven no fue el mismo.

Una noche, después de hacer la última

entrega, Eric pasó por la vecindad donde

vivía Pepe y lo dejó allí. Esa noche, el pobre

joven estaba tan deprimido que ni siquiera

saludó a las prostitutas; subió a su cuarto y

se sentó en su camita muy pensativo. El

inmenso frío de aquella ciudad le trajo

algunos recuerdos de su tierra natal. Esa

noche comenzó a extrañar las fogatas que

siempre hacían en los montes cuando

cuidaban las cosechas; recordó las flores

blancas de los cafetales, y el color rojizo de

la montaña que rodeaba la tierra que lo vio

nacer. Luego miro en todo su alrededor, y al

ver tantas cucarachas, pensó que estaba en

el mismo infierno. Pensó en lo simpáticos

que eran los vecinos de su tierra natal; y en

aquella horrible ciudad en la que se

encontraba, a pesar de estar repleta de

gente, se sentía más solo que cuando le

tocaba dormir en la montaña.

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Pepe odiaba las ratas y las cucarachas,

sin embargo, eran los únicos que le hacían

compañía. Él, a pesar de ser católico, llegó

a estimar mucho a las prostitutas, ya que

eran las únicas personas que le sonreían.

Cada noche, Pepe revivía los bellos

recuerdos de su tierra natal, pero hubo una

noche en la cual, la depresión lo había

invadido de tal modo que agarro la pistola

que su primo le había regalado y se la

colocó en la cien, y no se reventó la cabeza

porque en ese mismo instante pensó en su

madre y en sus hermanas: pensó que

seguramente ellas estaban felices allá en

San Juan de la Maguana. Luego nervioso,

retiró la pistola de su cabeza y se dijo así

mismo: me largo de este horrible lugar; en

ésta ciudad están todos locos. Aquí soy sólo

un Sureño en Nueva York. Ya estoy harto

de los malditos pandilleros, que no dejan

dormir a nadie en esta vecindad; estoy harto

de las malditas chinche que me han dejado

el cuello morado de tonto succionarme la

sangre. Cuando llegue a Santo Domingo, no

veré películas para no volver a ver ésta

horrible ciudad. Y si el infierno es como esta

ciudad, visitare la iglesia más a menudo.

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Al otro día, en el negocio, Pepe le planteó

el asunto a su primo; le dijo que quería

regresar a Santo Domingo, ya que él quería

estar más cerca de sus familiares. El primo

le dijo que se aguantara una semana más

hasta que Eric consiguiera un compañero

que lo sustituyera.

Después que pasó la semana, su primo le

regaló mil dólares, y así pepe realizó su

sueño: regresó a Santo Domingo.

Con el dinero que trajo de Nueva York,

alquiló una casa en el barrio Los ríos; fue a

San Juan de la Maguana a buscar a su

madre y a sus hermanas; luego compró un

puesto en el mercado nuevo. Hoy en día,

Pepe se dedica a la venta de verduras y

frutas en el puesto que compró en el

mercado.

Hasta ahora, Pepe no sabe que era lo

que él y Eric transportaban en aquellos

sobres; tampoco volvió a saber más de su

gran amigo Kelvin.

FIN

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