Una Criatura de la Media Noche por Gracia Muñoz - muestra HTML

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Dedicado a  mi esposo, la única  persona que me apoya y me da fuerzas para continuar adelante.

También a todas aquellas criaturas de la media noche que leen mis historias, porque sin ellos nunca saldrían a la luz desde las tinieblas de mi mente.

A todos ellos,mil gracias.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Texto:Gracia Muñoz.

Ilustración:Jesús Vázquez.

 

-¿Que voy a hacer esta noche?- pensaba sola en mi habitación.- Mirar por la ventana, como tantas otras , y sentir la brisa marina refrescando mi cara. Nada más. ¡Oh, Lusabe! ¿Dónde estás?

Este pueblo es demasiado aburrido, sobre todo para mí, que soy una chica de ciudad. Habíamos llegado apenas hacía dos meses, mi familia y yo, a aquel pequeño pueblo de la costa caribeña. ¿Porqué mis padres decidieron nuestro traslado? Esta es una razón que desconozco. Nunca me lo han dicho, ni yo tampoco lo he preguntado. Simplemente la comunicación no es la fuente de nuestra relación familiar.

Pero el caso es que yo estaba allí. No conocía a nadie de mi edad. La gente tenía unas costumbres rarísimas que no lograba comprender, y además, sentían una desconfianza terrible hacia los extranjeros.

Lo primero que  me impacto a mi llegada  al pueblo fue la vista paradisiaca de sus tranquilas y cálidas aguas. Las playas estaban bañadas por un cristalino y calmado mar lleno de misterio.

A lo lejos, la costa se confundía con la espesa selva. No sabía que había más allá. Nunca me atreví a adentrarme en la foresta. Era demasiado peligroso para mí. Podría toparme con toda clase de animales. ¡Con el pánico que le tengo a las arañas!Y, sin duda alguna, me perdería entre aquel inmenso follaje, y la selva acabaría engulléndome tarde o temprano.

Lo segundo fue, como antes he comentado, la gente. Ni siquiera me saludaban cuando iba por la calle. Los chicos de mi edad me miraban de arriba a abajo, con cara de sorprendidos, pero nadie me decía nada. Sin duda ocultaban algo, algo  bastante importante. Ni siquiera nuestros vecinos nos dieron la bienvenida, lo cual me resultó bastante extraño, incluso hoy día cuando me paro a pensarlo.

Lo comenté con mi padre, pero él  me respondió  que era algo pasajero.

- En los pueblos más pequeños todos son familia - me dijo- y es normal que se sientan amenazados por los extraños. Pero no te preocupes por eso. Poco a poco se acostumbrarán a nuestra presencia y nos aceptaran como ciudadanos de  Èl Salvador Alado´. Seguro que te harás muchos amigos y serás muy feliz aquí.

- Era más feliz en casa. En nuestra ciudad estaba todo lo que yo quería. Y nos hemos venido a vivir aquí, al trasero del mundo...

Cuando quise darme cuenta, ya se había marchado. ¿Por qué siempre me haría lo mismo?

En la primera  semana de mi estancia en Èl salvador alado´cometí una locura y, aunque normalmente estas cosas no son propias de mí,  no me arrepiento en absoluto. Si no llegara a ser por aquello que me pasó, yo no estaría viva en estos instantes ni, por supuesto, contándolo.

Fuí con mi madre a comprar al mercadillo que ponía la gente del pueblo(a pesar de estar prohibida en éste la venta ambulante)para poder ganarse un dinerillo extra todos los domingos. Aquello, pensaba yo, era lo único interesante que pasaba en aquel pueblo los fines de semana.Los puestos eran de lo más variopintos y alegres. Vendían de todo: frutas extrañísimas que no había visto en la vida, con gran cantidad de aroma y colorido exótico, flores tropicales, artesanía variada... incluso pócimas mágicas y animales  disecados.

Tenía bastante dinero y me encaprichaba de todo, pero se hace muy difícil comprar si los vendedores se niegan a atenderte. Nos echaban en las bolsas los productos de peor calidad y nos cobraban el doble de precio que a los lugareños.

Mi madre acabó deprimida y con ganas de llorar cada vez que nos acercábamos a algún puesto. Pero teníamos que comer y aquella era la única forma de hacerlo.

   Recuerdo que aquella mañana me encontraba realmente furiosa porque una vieja nos había pedido un dineral por cuatro manzanas podridas.

-¡¡Estoy harta de este pueblucho de mierda!!- le exclamé a mi madre, creyendo que ella tenía la culpa de nuestra lamentable situación.

- Escucha hija- me contestó poniéndose la mano en la pálida y arrugada frente- me voy a casa. No me encuentro bien.

¿Cómo que se encontraba mal si hacía un momento estaba perfectamente?

- Bueno mamá- le dije, calmando mi tono de voz- yo acabaré de comprar. Así aprovecharé para dar un paseo por las artesanías.

-Vale, entonces me voy- rápidamente cogió todas las bolsas de la compra.

-Bueno, no os preocupéis si llego un poco tarde... - Cuando quise darme cuenta mi madre ya estaba bastante lejos de mí, al otro lado de la calle.

Estuve dando vueltas por el mercado un buen rato, mirándolo todo pero sin ver nada interesante prácticamente.

La artesanía de Èl salvador alado´ consistía esencialmente en colgantes y talismanes ritualizados con supuestos poderes protectores contra los malos espíritus, vasijas de barro fabricadas a mano y jarapas de vivos colores.

Hacía también aquel día un calor agobiante y pegajoso. Las gotas de sudor me caían por la frente y aunque llevaba puesto un vestido de fina gasa ocre bastante ligero, lo único que conseguía es que se pegara como el velcro a mi húmeda piel.

Por aquella razón, cuando vi el puesto de los helados, no lo pensé dos veces. ¡Me apetecía tanto tomarme uno!  Y aunque estaba a dieta para intentar rebajar esos kilitos de mas que se niegan a desaparecer, no lo dudé. ¿Quién se iba a enterar?

Cuando me acerqué al puesto, comprobé con desilusión que solamente tenían helado de fresa. Y cuando pregunté el precio de los helados, la mujer mayor del puesto, que se negaba a hablarme, como todo el mundo allí, me señaló un cartel con los precios. Me compré el más barato y le di un billete grande para que me cambiara. Ella no puso muy buena cara, pero lo que pensara me traía sin cuidado.

Mientras la vieja dependienta me devolvía el cambio, sentí como una mano cálida y suave cogía la mía. Volví  la cabeza rápidamente. Quien había tenido la cara dura de tomarse aquellas confianzas era un joven, mas o menos de mi edad.

Él era alto y muy moreno de piel, parecía mulato. Sus ojos negros y brillantes me miraban descaradamente el escote. Era el hombre más guapo que yo había visto en mi vida.Vestía con unos tejanos azules y estrechos de marca, y una camiseta blanca sin mangas que hacía resaltar sus bien formados músculos.

Quise desembarazarme de él, pero en cambio el joven asió mi mano con fuerza. ¿Que quería? No sé muy bien que loco impulso me llevaría a dejar de forcejear. Me abandoné a sus deseos y dejé de luchar para que me soltara. Él acarició en envés de mi mano con su pulgar suavemente, y sentí como un escalofrío me recorría de pies a cabeza.

Aquel hombre me llevo con él, sin mediar palabra. De repente y sin saber porqué me vi andando y cogida de su mano a través del mercadillo.

La gente susurraba a los demás en el oído cuando nos veían, y en las miradas de las muchachas jóvenes pude descubrir un odio celoso, una envidia que no podré olvidar. ¿Acaso nunca habían visto una pareja cogida de la mano en aquel pueblo? Seguro que era el chico más  popular, y no podían soportar que andáramos juntos.

Caminábamos calle arriba, hasta el barrio más marginal del pequeño pueblo. Me llevó hasta un callejón oscuro, en el cual, al lado derecho, había una viejo puerta de madera podrida y carcomida.

Entramos por ella y nos hallamos en una pequeña habitación bellamente decorada. Estaba llena de velas. Un suave olor a cera quemada inundaba la estancia y la tenue luz móvil hacia, de vez en cuando, palidecer las sombras.

Las velas, bien dispuestas en extraños candelabros de negro hierro forjado rodeaban un montón de trapos y cojines de colores, entre los cuales podía adivinarse una deshecha cama.

El chico comenzó a besarme el cuello, y yo me reía porque me hacía cosquillas. ¿Que me pasaba? ¿Por que no reaccionaba? Un desconocido me estaba besando y acariciando y yo no hacia nada para impedirlo. Simplemente no quería hacer nada. Le cogí la cara con ambas manos y acerqué mis labios a los suyos. Al principio se sorprendió pero después me correspondió con un largo y apasionado beso.

Después, sin saber como, ambos estabamos desnudos, sobre los cojines de colores. En aquel instante en el cual fui suya, en aquel preciso momento, supe que aquel era el hombre de mi vida. Aquel joven, al que ni siquiera conocía pero al que había entregado todo mi ser, mi virginidad, mi más preciado tesoro, era lo que yo anhelaba, lo que había buscado durante tanto tiempo.

Él me poseyó; y  a pesar de que sentí un fuerte dolor, un desgarramiento por dentro producido por la brusca penetracion en mi intimidad de su enorme miembro, no quería que aquella sensación, la sensación de unión de nuestros cuerpos, él convertirnos en un solo ser, acabara nunca. Cada caricia, cada beso suyo, me hacía estremecer. Y aquella primera vez, con mi amor, fue la experiencia más hermosa de mi vida.

Terminé temblando, apoyando instintivamente el rostro en su duro y moreno pecho. Sentía su respiración entrecortada y su corazón latía rápidamente.

- Oigo tus latidos- le susurré, mirando sus bellos e insinuantes ojos.

Él contestó dulcemente con una sonrisa:

- Menos mal, eso es buena señal. Todavía sigo vivo.- tras estas palabras miró hacia arriba, absorto en sus pensamientos durante interminables segundos. Finalmente dijo:

-Aunque después de esto, creo que si me separara de ti no podría vivir mucho más tiempo.

-¿Por que dices eso?- Exclamé poniéndome de rodillas- Hasta ahora lo has hecho.Ni siquiera  nos conocemos. Somos dos auténticos desconocidos. No sabemos ni nuestros respectivos nombres...

- Oh, eso es solamente un detalle sin importancia.- se incorporó y me acarició la cara.

- Eres el hombre de mi vida.- le aseguré seriamente.

- Sí, lo soy. Lo siento aquí dentro, en el corazón. Y si tu también lo has sentido, los dos no podemos estar equivocados.

- No nos equivocamos- puse mi mano sobre la suya- aunque el corazón esta en el otro lado.

Volví a tumbarme junto a él, y a poner mi cara en su pecho. ¡Me tranquilizaba tanto sentir su fuerte respiración y su mano acariciando mi espalda! Me quedé profundamente dormida.

Cuando desperté él ya no estaba. Alguien me había vestido y me había tumbado de nuevo sobre los cojines sin que me diera cuenta. Las velas estaban apagadas. Solamente entraba en la estancia una leve luz por una pequeña grieta en el techo.

Llegué a mi casa y mis padres me regañaron. Había tardado más de cuatro horas y, para colmo, me negaba a explicar donde había estado.

Aquella noche me remordía la conciencia. ¿Por qué había actuado así? Aquello que había hecho no estaba bien... además, yo no era de esa clase de chicas. Al menos, eso creía antes. Pero no podía  apartar a aquel hombre de mi mente. ¿Estaría enamorándome?

- Imposible, si no lo conoces- me dije- entonces ¿Por qué te acostaste con él?Sentía como si hubiera sido víctima de un hechizo o de hipnosis...

Necesitaba tomar el aire. Tanto pensar en aquella extraña situación me estaba volviendo loca. Además, quería volver a ver a mi chico. Y también tenía que averiguar quién era, pasara lo que pasara.

Salí a hurtadillas de la casa de mis padres, silenciosamente, procurando que nadie se enterara, pues ya estaba la noche bastante avanzada.

Paseaba por el pueblo segura de mí misma. Los lugareños me miraban, pero nadie se metía conmigo. Mientras yo trataba de ver a través de las tinieblas tenuemente iluminadas por la pobre luz de las velas que salía por las ventanas de las chozas, y por la luna llena, brillante y grandiosa, que se alzaba majestuosa rompiendo el telón de un cielo tachonado de estrellas.

Una niña negrita y pequeña, de unos cinco años mas o menos, se acercó muy decidida, a donde yo me hallaba. Tirándome de la manga, llamó mi atención y, sin mediar palabra, cuando le sonreí, puso su pequeña mano en mi vientre. ¡Era tan graciosa, con el pelo lleno de trencillas y un vestidito de flores!

La niña me cogió de la mano y me instó a que la acompañara, ante la atónita mirada de alguno de mis vecinos. Me llevó hasta la playa.

El mar estaba tranquilo y en calma. Aquel lugar mágico irradiaba paz. Las palmeras, mecidas por la tenue brisa, caían sobre las olas, rozándolas. Y la luna se reflejaba en ellas como si de un pulido espejo se tratara.

Cuando estabamos en mitad de la arena, la niña, soltándose de mi mano, salió corriendo en dirección al pueblo. Sin duda algo la había asustado, porque si no yo no veía el motivo de aquella carrera repentina. No había nadie con nosotras. Y yo allí me quedé, sola y pasmada en medio de la playa, mirando a la niña correr y alejarse de mí.

Me asusté mucho cuando alguien me puso la mano en el hombro. Pero, al volverme, todo mi miedo desapareció de repente, convirtiéndose éste en una enorme felicidad. ¡Era él, era mi amado! Lo había encontrado de nuevo. Me había encontrado él a mí.

Nos fundimos en un largo y apasionado beso que parecía no tener fin. Pero esta vez, le aparte las manos de mi trasero. No quería que las cosas fueran tan deprisa en aquella ocasión. Él me miró perplejo, sin comprender porque no quería que me tocara. Yo, adivinando sus pensamientos, le dije:

- Cariño, no es que no lo desee, es que...

-¿Es que ya no me amas, o simplemente que no te gusto?- ¿Cómo podía ser tan machista?

- Compréndelo. Yo no se nada de ti, ni siquiera tu nombre. Necesito saber, necesito respuestas. Yo soy una mujer, una persona. No puedo amar a alguien solo por amar, por las buenas...

Él se sentó en la arena con el rostro entre las rodillas, y yo caí a sus pies, intentando volver a ver los luceros de sus ojos. Estos se alzaron para mirarme llenos de lágrimas.

- No me pidas nada que no te pueda dar, por favor.

-¿Qué es lo que te pasa?- le interrogué furiosa. No lo lograba comprender- solamente te estoy pidiendo un nombre, una base, algo que me haga sentir segura de que, al menos, tengo una relación, aunque no lo esté de que sea muy estable... solamente quiero algún nombre por el cual poder llamarte, alguna dirección para localizarte.

-¿Acaso no lo comprendes? No puedo darte lo que me pides, no puedo hacerlo- sus palabras parecían sinceras.

-¿Por qué? ¿Es que no quieres tener una relación conmigo? ¿Por qué tienen que haber esa clase de secretos extraños entre nosotros?

- Si tu supieras quien soy, - me contestó alterado- si tan solo supieras mi nombre, no me queda la menor duda de que me dejarías. Tendría que desaparecer de tu vida para siempre.

Un silencio sepulcral se hizo entre ambos durante unos minutos, hasta que él me miró y sonrió. No podía resistirme a sus encantos, ni a aquella bella cara de ángel.

- Esta bien- le dije, sonriendo también- no quiero saber quién eres. Pero a cambio, prométeme que estarás siempre, siempre conmigo.

- Si tú no preguntas- me afirmo con seguridad- si tú no tratas de saber, estaré contigo. Y permaneceré contigo para siempre ,siempre.

- No me hagas daño, por favor. Creo que no me lo merezco.

- Yo solamente vivo para hacerte feliz. Ambos lo seremos si confías en mi.

- Confío.- le dije besándolo por toda la cara- Confío en ti. Confía tu también en mí. Estaremos juntos para siempre. Solamente quiero estar contigo.

Nos quitamos, despacio y mutuamente, la ropa y nos tumbamos, sin dejar de besarnos, en la arena, dispuestos a volver a amarnos como lo habíamos hecho aquella misma mañana.

Pero justo cuando iba a ser suya por segunda vez, un ruidoso murmullo nos hizo mirar hacia el pueblo. Por la misma senda por la que había llegado hasta la playa, se acercaba una multitud de personas provistas de antorchas.

Poco tardaron en estar tan cerca que podía distinguir sus caras, y se me vino el mundo abajo cuando me di cuenta de que los que iban presidiendo el grupo eran nada mas y nada menos que mis padres. ¿Que iban a pensar de mí? ¿Cómo podía explicarles lo que estaba haciendo?

Sentí de repente la brisa marina recorrer mi cuerpo. Allí donde mi hombre me vestía solamente abrazaba el vacío. ¡Había desaparecido!

Me vestí rápidamente ante la atónita mirada de todos. Mi madre, que estaba lo suficientemente cerca y con las buenas maneras que le caracterizaban, exclamó:

- ¡Hija! ¿Que haces aquí? ¿Que estabas haciendo, y quien era ese muchacho que estaba contigo?

- No había nadie conmigo madre, desvarías.- respondí haciéndome la enfadada, algo que se me daba muy bien, e intentando que no se me notara mucho que mentía- y estaba a punto de  darme un baño en la playa ¿O es que no puedo?

Abriéndome paso entre la muchedumbre, exclamé:

-¡Vaya mierda de pueblo, en el que una chica no puede ni bañarse tranquila sin que la acose todo el mundo!

Se quedaron todos allí, en la playa, mientras yo volví a casa y me acosté. Solamente pensaba en el extraño acontecimiento que acababa de vivir.

 

 

   Ya llevaba varios meses  en `El Salvador Alado´. Mis padres me castigaron sin salir por haberme escapado aquella  noche. ¿Cuándo se darían cuenta de que ya no era una niña? Hacía un par de años que la ley me permitía votar. Sin embargo, ellos seguían tratándome como a una quinceañera.

Hacía mucho tiempo  que no veía a mi amado. Una gran y profunda tristeza inundaban mi alma. Solamente quería llorar. No comía ni podía dormir. Mis padres pensaban que había caído en una depresión pasajera debido al castigo. ¡Que lejos estaban de la realidad! No me importaba lo que dijeran, solo quería volver a estar con mi mulato.

Durante aquellas larguísimas semanas de sofocante calor y hastío, solamente una cosa me hacia sonreír. Todas las noches, justo a las doce, un aleteo en mi ventana me despertaba. La primera vez me asusté mucho. Sobre todo cuando comprobé que se trataba de un animal desconocido para mí. Este animal, con sus ansias por entrar en mi habitación, golpeaba los cristales con fiereza.

Era una especie de pájaro negro, con alas de murciélago. Pero tenía un cuerpecito casi humanoide, con dos patitas y dos bracitos, acabados en manos con largos dedos. En la cara, sus dos graciosos ojillos se movían de un lado para otro, escrutándolo  todo. Aquel era un animal extraño que yo no había visto en la vida, ni siquiera en los documentales de televisión. Aunque pronto nos hicimos amigos, sin duda debido a sus simpáticas cabriolas, que conseguían mis carcajadas.

Le puse un nombre. Lo llamaba Diablillo, pues me recordaba mucho a estos seres de leyenda. Las visitas de mi pequeño amigo duraban poco, apenas unos minutos cada noche, pero ya eran suficientes para levantar el poco ánimo que me quedaba.

Cuando el castigo hubo finalizado, y reuní el ánimo y el coraje suficiente, salí a la calle, en busca de mi amante. Pero aquella vez no iba a tener suerte. No lo encontré por ninguna parte. Busqué en la barriada  donde suelen poner el mercadillo, donde lo encontré por vez primera, pero no lo hallé. En la playa tampoco daba muestras de vida.

Atravesé el pueblo y llegué al callejón oscuro, al lugar de nuestro primer encuentro íntimo. Pero la vieja puerta de madera estaba cerrada con candados y gruesas cadenas de hierro.

Una anciana harapienta, que pasaba por allí, al verme forcejear la puerta, exclamó sobresaltada unas palabras en su idioma natal:

-¡¡Múbel, Múbel!!

A su grito acudió toda alma viviente que la oyó. La gente me miraba muy seria, de arriba a abajo, en silencio. Un hombre mayor, de raza negra, rompiéndolo, me dijo:

-¿Que haces? ¿Que haces aquí, niña?

- Simplemente estoy dando un paseo- le contesté de forma despectiva -Viendo este asco de pueblo. ¿No puedo o qué?

- Escúchame- me agarró de los brazos fuertemente- nunca vuelvas a este lugar ¿Me oyes? Nunca. Aquí ocurrieron cosas muy desagradables...

- Si no quiere que vuelva por aquí- le dije soltándome de su duro apretón- tendrá que exponerme una razón más convincente, por favor. ¿O es que acaso ocultan algo, algo ilegal?

-¿No eres tú la que oculta cosas, incluso a tu familia, niñata blanca?

- Eso no es motivo para... Además, a usted no le importa lo que haga con mi vida.

Salí de aquel callejón rápidamente, asustada por la extraña actitud de aquel nativo. Pero cuando me hallaba en mitad de la calle,bastante lejos, decidí darme la vuelta e ir otra vez al callejón.Tenía que averiguar la verdad, y era evidente que aquel grupo de lugareños ocultaban algo. Quizá algo que ver con mi chico.

Cuando llegué, la gente ya se había marchado, todos menos la anciana que me había pillado. Estaba buscando objetos o comida dentro de  los cubos de la basura.

- Señora, ¿Podría usted responderme una cosa que me tiene un poco aturdida, por favor?- le pregunté dándole una moneda.

-¿Que quieres?- Me respondió con tono despectivo.

-¿Que significa Múbel, exactamente?Yo no me llamo así...

La mujer me miró de arriba a abajo.

- Primero, antes de saber lo que tú eres, deberías saber quién es él.

- ¿Él? ¿De quien me está hablando?

- De tu amante, de Lusabe.

-¿Que sabe usted de él? -le interrogué presurosa- ¿Lo conoce? ¿Es así como se llama, Lusabe?

-Déjame, ¡déjame en paz!- exclamó, dejándome  boquiabierta- No me preguntes. ¡Vete!

Ante aquel extraño comportamiento de la señora, la cual parecía no estar muy sana de la cabeza, opté por marcharme. No logré averiguar nada más de mi amado hasta los cinco días siguientes.

Mi extravagante amigo, el diablillo, me visitaba cada media  noche. Pero aquella vez, su llegada me colmó de la más grande felicidad que había sentido en mucho tiempo. Portaba en sus manitas un pergamino atado con una cinta roja. Cuando lo abrí mi sorpresa creció. ¡Era un mensaje de mi amado! Me citaba en una pequeña catarata que había un poco antes de llegar a la playa. Salí por la ventana, acompañada de Diablillo, corriendo, para encontrarme con él.

Estaba allí, jugueteando con unas hojas que echaba al agua. ¡Estaba tan guapo! Vestía una camisa de seda blanca de marca y unos tejanos azules , que hacían resaltar sus bonitos y redondeados cachetes.

- Hola ¿Hace  mucho que esperas?

- Nunca es demasiado- me contestó- amada mía. Mi recompensa es verme nublado por tu belleza.

Me lancé a sus brazos, a besar su apetitosa boca, a acariciar su piel caliente, envolviendo su cuerpo perfecto. Nos quitamos la ropa rápidamente y nos metimos en el agua. No sé que estúpida idea se me pasó  por la cabeza cuando, acercando mi boca a su oído, susurré:

- Mi amor, Lusabe.

De repente, él me miró a los ojos, y los suyos me dieron miedo. ¡Eran rojos! Un vapor amarillo empezó a inundarlo todo.

- Ha durado poco nuestra relación. ¡Y pensar que te he querido más que a nadie en ningún mundo!

- Te quiero- le dije, bañando mi cara en lágrimas- por favor, ¡perdóname! Yo no quería...

- Demasiado tarde amor. Por mucho que me pese, te lo advertí. Adiós.

Dicho esto, desapareció. Diablillo también se fue para no volver más. Y allí me quedé, en el agua, sola.

A partir de aquel momento no volví a salir de mi casa. La gente del pueblo seguía llamándome Múbel, y seguían también sin hablar con mis padres, pero no me preocupaba en absoluto. En mi mente solo estaba él.

Y ahora,después de algún tiempo de aquella noche, sola en mi habitación, repetía una y otra vez su nombre: Lusabe. Pero solamente y a cambio, recibía silencio. Lo había llamado ya tantas veces...

Comprendí entonces que sin él mi vida no tenía sentido. No volvería a faltar a mis promesas. No volvería a hablar con nadie que no fuera él.  Aunque cerrara los ojos, allí estaba. Sentía su respiración, sus ojos rojos, fijos en mí, decepcionados y tristes. Quería morirme. Deseaba acabar con mis sufrimientos de una vez por todas.

Mi madre entró en la habitación, pero yo ni siquiera la miré. Seguía absorta en mis pensamientos, imaginando cual podía ser la forma menos dolorosa de morir.

-¡Deja ya de repetir ese nombre!- me gritó histérica- Si supieras a quien llamas, no lo harías.

-¿A quien llamo madre?- le pregunté mirándola a los ojos -¿Es que acaso lo conoces?

-¿Cómo voy a conocerlo?- me respondió santiguándose e intentando dominar su miedo- Dios me libre. Lusabe es el nombre que la gente de este pueblo dan al mismísimo Satán. Así que no vuelvas a repetirlo.

Una gran sonrisa se dibujó en mi cara. ¡Era el demonio! Mi amante era el ser más poderoso que hay y habrá jamás sobre la faz de la tierra... Yo había sido suya, y él me había jurado amor eterno, había llorado por mí.

Debía considerarme la mujer más afortunada del planeta.

- Precisamente por eso, por que es el demonio, tendríamos que venerarlo, ¿No crees?

Mi madre me miró con cara de asombro y, asustada, salió de mi habitación gritando:

-¡¡Múbel, Múbel!!

He de confesar que mi propia actitud me sorprendió. No me importaba lo que la gente dijera, ni lo que significara esa tonta palabra con la cual me designaban. El demonio me había hecho su mujer, y me sentía muy orgullosa de ello.

Y ahora todos tendrían que adorarme, me respetarán y tendré a todo el pueblo a mis pies, por miedo a la terrible venganza de Lusabe. Él ya no estaba conmigo, pero nadie tendría por qué saberlo. Las cosas iban a cambiar para mí en `El Salvador Alado´.

Sonaban las doce en punto en mi reloj. Un brazo fuerte me rodeó la cintura. ¡Era mi amor, era Lusabe!

- He oido tus palabras. Ahora sé que no me tendrás miedo. Ahora sé que me adorarás como yo te adoro a tí.No volverás a estar sola- me dijo- nunca más. Ni tú ni la criatura que esta noche pondré en tu vientre.

Nacería  un bebé de nuestro amor, una criatura de la media noche.

 

Gracia Muñoz. Verano de 1998.

 

 

 

 

 

 

 

                               

 

 

 

 

 

 

¡GRACIAS POR LEER ESTE RELATO! Espero que te haya gustado.

 

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