Una Noche Primavera de Sueño por Enrique Javier Poncela - muestra HTML

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UNA NOCHE DE PRIMAVERA SIN SUEÑO

Enrique Jardiel Poncela

Comedia humorística en tres actos, estrenada

en el teatro Lara, de Madrid,

el día 28 de mayo de 1927

CIRCUNSTANCIAS EN QUE SE IMAGINÓ, SE ESCRIBIÓ Y SE ESTRENÓ

UNA NOCHE DE PRIMAVERA SIN SUEÑO

En los principios del año 1927, mi situación económica era insostenible.

Tenía gastos mensuales que se elevaban a 1.200 pesetas e ingresos fijos por valor de 25

duros.

No obstante, era feliz.

Literariamente, me hallaba en esa angustiosa situación del escritor que carece de la fama

suficiente para ganar con su pluma lo necesario, pero que se ha adquirido ya el

renombre bastante para no considerarse fracasado en la profesión ni buscarle rumbos

nuevos a su actividad.

En lo particular, adoraba a una muchacha guapísima, con cuya colaboración había

formado hogar el año anterior. (185 pesetas mensuales de piso, más portera, sereno, luz,

gas, carbón, compra, servicio, ropa, extraordinarios, imprevistos, etc., 1.200 PESETAS—

la vida estaba entonces baratísima—y, a cambio de ellas, esa cosa de la que tanto han

hablado los poetas y con la que antiguamente se limpiaban los picaportes: AMOR...)

En enero, la situación era insostenible, según ya he dicho; se hacía del todo imposible

seguir adelante, y así lo reconocimos ambos en una conversación patética que

mantuvimos entre lágrimas una noche. Llegaba el momento de los grandes remedios,

había que separarse y nadar cada uno por un lado en busca de la salvación. Ya

volveríamos a reunirnos más tarde, cuando hubiésemos vencido la tormenta.

Durante toda la noche planeamos nuestra decisión, ya sin lágrimas, ya con la serenidad

de lo concertado. Todo quedó resuelto. Amanecía el 2 de febrero. El mes anterior no

habíamos podido pagar el alquiler de la casa; no se pagaría más. Yo acudiría aquella

mañana a la Caja de la Sociedad de Autores, donde solía cobrar algunos duros

mensuales de couplets. Con ese dinero, ella se iría a una pensión y emprendería su lucha

por la vida. Yo, por mi parte, levantaría la casa, vendería todo lo vendible, le daría la

mitad del producto de las ventas y me instalaría en otra pensión, a emprender mi propia

lucha.

—Y nos veremos de cuando en cuando...—propuso ella—, para que así...

Yo la atajé:

—No. Será mejor que no nos veamos.

Era mejor que no nos viésemos. La angustia de nuestras vidas separadas, las alternativas

de la suerte—o la mala suerte sin alternativas—, harían demasiado amargas aquellas

entrevistas. Además, ¿sabíamos nosotros si la solución de alguno de los dos no estaba

fuera de Madrid? Verse de vez en vez significaba limitar las posibilidades. Era mejor no

verse; ignorarse; no saber nada uno de otro en un largo plazo de un par de años, por

ejemplo. En dos años de no verse, de luchar aisladamente como desconocidos, existían

muchas probabilidades de que el Destino cambiase, de variar de posición, de mejorar.

Nos citaríamos para dos años más tarde, y si alguno—o ambos—había prosperado,

reemprenderíamos la vida en común.

El debate se prolongó hasta las primeras horas de la mañana. A las nueve estábamos, al

fin, de acuerdo. Ya no quedaba sino fijar fecha. Fue elegida la del día del santo de ella.

De allí a dos años.

Nos reuniríamos en el andén de la estación del Metro de la glorieta de Bilbao el día 19

de marzo de 1929, a las seis de la tarde.

*

La suerte y el rumbo de los pueblos y de las civilizaciones, a menudo han dependido de

una insignificancia: del tropezón de un caballo, de un gesto imprudente, de que un día

lloviese o hiciera sol, de pillarse los dedos un hombre al cerrar la puerta.

El destino de aquella muchacha y el mío dependieron de mi visita, en la mañana del 2

de febrero de 1927, a la Caja de la Sociedad de Autores. Porque la liquidación de aquel

mes arrojaba un total de 510 pesetas.

Salí de allí preocupadísimo. Soy fatalista, y en aquel ingreso inesperado vi la mano del

Destino. Me refugié en el Café de Gijón, prendí un cigarrillo y me entregué a esa

gravísima ocupación que se llama reflexionar.

En la situación nuestra, quinientas diez pesetas imprevistas significaban, apretándose

todo lo apretable, otro mes de vida, o quizá mes y medio. En ese tiempo podían ocurrir

muchas cosas. Una de las cosas que podían ocurrir era que yo dispusiese de una

semana de tranquilidad económica y mental para escribir una comedia.

*

Llegué a casa y transmití la buena nueva. Regocijo. Besos. (Se lo estaban ustedes

suponiendo.)

Por la tarde cogí un paquete de cuartillas y escribí: "Acto primero".

Nacía Una noche de primavera sin sueño.

Concluido el acto segundo, me di a pensar en el sitio adonde podía llevar mi obra. Tenía

un magnífico reparto en Lara, donde actuaba Emilio Thuillier con Hortensia Gelabert, y

de característica joven, Concha Catalá. Pero no conocía a nadie en Lara.

Era igual. Escribí a Emilio Thuillier una carta anarquista. Decía que le suponía harto de

representar las cosas que solían representarse en aquel teatro. Le ofrecía mi comedia y

le brindaba el cincuenta por ciento de mis derechos de autor por su colaboración como

intérprete y como padrino.

Al otro día, Thuillier me llamó a su camarín del teatro.

Estuvo claro, conciso y viril.

—De cobrar yo, ni hablar—me explicó— . Déme usted la obra, y si me gusta se la

recomendaré a don Eduardo; pero no se fíe usted, ocurra lo que ocurra, pues don.

Eduardo puede hacerme caso o mandarme a paseo.

Le di los actos primero y segundo. El tercero no estaba ni empezado, y dije que lo tenía

en trance de copiar en limpio.

Pasé la siguiente mañana escribiendo. Por la tarde, a primera hora, acudí a la Redacción

de Buen Humor, llevando mis artículos semanales.

Al entrar me llamó el administrador, un señor gordo, aragonés, que conmigo suavizaba

su rudeza de hombre prehistórico.

—Ya sé que ha llevado usted una comedia a Lara, y que, además, está muy bien—

declaró.

Abrí unos ojos como las esclusas del canal de Panamá.

—¿Cómo lo sabe usted?

—Me lo ha dicho Emilio Thuillier, que forma parte de mi partida de póquer en el

Casino. La leyó anoche.

El corazón me dio un salto mortal.

El administrador puso cara triste para añadir:

—Pero...

El corazón me dio un salto mortal y dos finflanes.

—Pero ¿qué?

—Pero le gusta tanto, que tiene miedo de que la obra no sea original, de que esté

traducida o fusilada del inglés...

El corazón me dio un. salto mortal, dos finflanes y tres estiradas.

—¡La obra es mía!

Él me miró con lástima. Se levantó.

—Vaya, hasta mañana.

Y se fue con el sombrero apoyado en el cogote.

Yo, descorazonado..., me metí en el Café de Gijón. (El Café de Gijón me ha aliviado de

tantas penas, que se lo recomiendo ardorosamente a todos los jóvenes que comienzan la

Literatura.) La dulce musa de los cafés me habló, tranquilizándome, al oído:

—¿No te consta que la obra es tuya? Pues ¿qué te importa lo demás? Haz el tercer acto.

Llévaselo a Thuillier. Trabaja y confía.

Pegué una palmada, vino el cerillero, le mandé comprar cuartillas y me puse a escribir

el tercer acto. La acabé a la noche siguiente y se lo mandé a Thuillier.

Al otro día fui a verle al teatro.

Los ejemplares de los tres actos de Una noche de primavera sin sueño estaban sobre el

tocador, entre barras de carne, corbatas y frascos de esencia.

Thuillier me recibió de un modo misterioso. Cerró la puerta. Comprobó que nadie

escuchaba detrás de ella. Me llevó a un rinconcito del cuarto...

—¿Qué le voy a usted a decir?—exclamó—. Todos los elogios que usted puede

imaginar, délos usted por dichos. Los dos primeros actos de su obra me parecen

estupendos. Pero, con igual calor, le advierto que el tercero no me ha gustado.

En un instante comprendí cuál debía ser mi actuación. Fui hacia el tocador, cogí el

tercer acto y lo rompí en pedazos del tamaño de "perras chicas".

Thuillier tuvo un gesto de los que le valieron la fama cuando estrenó Juan José.

—¿Qué está usted haciendo?

—Romperlo. ¿No dice usted que no le gusta?

—¡Caramba, sí!... Pero...

—Ya le traeré a usted otro tercer acto pasado mañana.

Y me marché contento: contento del éxito logrado y contento de haber tenido ocasión de

demostrar que la comedia era mía.

Dos días más, y el nuevo tercer acto quedaba escrito. Lo leyó Thuillier; lo encontró

digno hermano de los otros y me enteró de sus gestiones:

—Le he hablado a don Eduardo. Ha aceptado la obra. Le espera en su casa mañana al

mediodía.

Al mediodía siguiente me personé en el despacho de Eduardo Yáñez. Diez minutos de

hacerle fiestas a un canario que presumía de barítono en una jaula de cristal, y entrada

del famoso empresario de Lara.

—¡Hola, Javier Cancela!

—Jardiel Poncela, don Eduardo.

—Siéntese, Cancela.

—Poncela, don Eduardo.

—Ya he leído eso, Javier Cancela.

Me resigné a no llamarme ya nunca Jardiel Poncela.

—¿Lo ha leído usted?

—Sí. Está muy bien. ¿Un purito?

Y me dio un puro de treinta centímetros de largo. Siguió:

—Pues eso está muy bien, y lo voy a hacer; ahora, que no podrá ser en esta temporada,

porque tengo muchos compromisos por delante. Una cosa de Honorio Maura, otra de

Martí Orberá, comedia de don Jacinto para el Sábado de Gloria...

El puro era de buena clase; pero me supo muy mal.

*

Los estrenos anunciados por Eduardo Yáñez se sucedieron vertiginosamente, por

fortuna. (Por fortuna para mí, claro.)

En paz, de Honorio Maura, no fue bien. Ya estábamos a mediados de febrero.

Las muñecas, de Martí Orberá, llevó poca gente. Ya estábamos en marzo.

El hijo de Polichinela, de Benavente, estrenado el 15 de abril, fue un éxito clamoroso;

pero no correspondió a él el de la taquilla. Y, sin embargo, se trataba de una de las

comedias más hermosas de don Jacinto.

El 30 de abril recibí un aviso de Yáñez.

El día 2 de mayo—acontecimiento nacional—leía mi Una noche de primavera sin

sueño a la compañía del Lara. Ya era tiempo; las circunstancias económicas habían

vuelto a echarnos el dogal a la garganta y la espera se hacía angustiosa; pero ante el

estreno próximo, hallé medios de subsistir aún.

El entusiasmo de Emilio Thuillier no había bajado ni media atmósfera; él fue la dínamo

que movió aquel negocio, y a él se lo he agradecido siempre. Pero aparte de él y de

Hortensia Gelabert, los componentes de la compañía no vieron en mi obra más que un

churro dialogado. La lectura se verificó en medio de la falta de atención más descortés

que registra la Historia. Se bostezó, se miró para otro lado.

Al acabar, cuando bajé al pasillo de cuartos, sorprendí a la esposa del actor cómico

cantando ante unas compañeras el tango popular A media luz, sólo que variándole la

letra con una frase de circunstancias alusiva al pateo que, a juicio de los oyentes, iba a

recibir la obra:

¡la que nos van a dar!,

¡la que nos van a dar!...

Y al otro día, en medio de este optimismo, comenzaron los ensayos.

El 28 de mayo se estrenó Una noche de primavera sin sueño, con éxito ascendente a lo

largo de sus actos.

La crítica me trató con cariño, como a una posible esperanza. No faltó, naturalmente,

quien, como Díez-Canedo, procuró envenenar mi alegría, llevado del morbo destructor

ya iniciado. Ni faltó tampoco el que me aconsejó abiertamente que abandonara la pluma

e hiciera oposiciones al Catastro.

(Más tarde, en Zaragoza y San Sebastián no convenció la obra, y por lo que afecta a este

último sitio, el entonces cronista de La Voz de Guipúzcoa dijo textualmente que la

comedia sólo merecía que "se me pisase el vientre", detalle que recuerdo con su exacta

expresión, para hacer ver a qué grado de espiritualidad llegan en sus juicios, a veces, los

entregados al sacerdocio de la crítica.)

Y todos coincidieron en no acordarse de que había estrenado ya once títulos y en

afirmar que "la comedia tenía inexperiencias propias de una primera obra".

Me cuidé mucho de no revelar el secreto y de no confesar que aquélla no era la primera,

sino la sesenta y una, pues si consideraba como primera le encontraban inexperiencias,

¿qué concepto les hubiera merecido mi sagacidad mental, sabiendo que la habían

precedido sesenta nada menos, todavía en su mayoría inéditas?

De todas suertes, el éxito tuvo eco. A uno de los críticos que me habían tratado

desdeñosamente, Francisco de Víu, le costó su actitud la salida del periódico, pues

Buenaventura L. Vidal publicó en el mismo diario un artículo elogiosísimo para mi

obra, y Víu, considerándose pospuesto en sus funciones, dimitió. (Rasgo de dignidad

que ya no he visto nunca repetido.)

Benavente retiró su comedia del cartel, advirtiendo que lo hacía para no restarle a la mía

representaciones.

El público estuvo encantador, llenando el teatro y obligando a Yáñez a prolongar la

temporada todo cuanto se lo permitieron los contratos ya firmados en provincias.

Los actores se apresuraron a recordarme que ya ellos habían previsto el éxito, a lo que

no tuve inconveniente en asentir.

Y la amistad agradecida hacia Thuillier quedó sellada para siempre.

En cuanto a don Eduardo, no me reservó más que gentilezas.

A la treinta y cinco representación, me detuvo una tarde en el vestíbulo.

—Óigame...: ¿su nombre es Jardiel o Javier?

—Jardiel, don Eduardo. Y Poncela, no Cancela.

—¿Jardiel Poncela?

—Eso es: Enrique Jardiel Poncela; Jardiel, por parte de padre; Poncela, por parte de

madre, y Enrique, por parte de bautizo. Pero usted puede llamarme como le dé la gana.

Después de todo, Javier Cancela no está del todo mal.

—¡Qué cosas tiene usted! Vaya, me voy, que me llaman de Contaduría.

—Pues hasta luego, don Eduardo.

—Vaya usted con Dios, Cancela.

UNA NOCHE DE PRIMAVERA SIN SUEÑO

REPARTO DEL ESTRENO

ALEJANDRA ....................

Hortensia Gelabert.

ADELAIDA ......................

Concha Catalá.

BERTA ..........................

Matilde Armisén.

LISA ...........................

Elisa Piquer.

DONCELLA ......................

Jacinta Alenza.

VALENTÍN .....................

Emilio Thuillier.

MARIANO .....................

Salvador Soler Marí.

RAÚL ..........................

Juan Balaguer.

GERARDO ......................

Guillermo Grases.

La acción, en Madrid, actualmente.