Una Noche Primavera de Sueño por Enrique Javier Poncela - muestra HTML

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ACTO PRIMERO

Una alcoba matrimonial muy lujosa. En el primer término izquierda,

una puerta que se supone de acceso a las demás habitaciones de la

casa. En el segundo término derecha, otra puerta, más pequeña, que

simula conducir al cuarto de baño. Al foro y un poco hacia la

izquierda, balcón practicable con balaustrada corrida. En el primero

derecha, dos camas individuales, separadas por una mesita de noche,

sobre la que hay una lámpara portátil y varios libros. Tocador-

coqueta en el segundo izquierda, y en la pared, a ambos lados del

tocador, luces auxiliares con pantallitas. En el foro derecha, armario.

A los pies de las camas, un amplio diván, sillones, butacas enanas,

etc. En cualquier lado, una mesa enana, sobre la que hay un teléfono.

Lámpara en el techo y otros auxiliares, distribuidos como mejor

convenga. Es de noche, a las tres de la madrugada, en el mes de

mayo.

Al levantarse el telón, todas las lámparas están apagadas, menos el

portátil de la mesita de noche, de suerte que la habitación se halla en

una suave penumbra. Las camas tienen los embozos abiertos y

conservan huellas de haber sido ocupadas momentos antes. En

escena, Mariano y Alejandra. Alejandra es una muchacha de unos

veinticinco años, linda y distinguida. Mariano, su marido, es un

hombre próximo a los treinta y cinco. Alejandra, arrebujada en un

salto de cama, se halla retrepada, hecha un ovillo, en uno de los

butacones, y de vez en vez muerde de rabia un inocente pañuelo.

Mariano, en pijama, y mal envuelto en un batín, está sentado en el

diván. Tiene los codos apoyados en las rodillas y el rostro entre las

manos. Como se comprende, las actitudes de ambos son las de dos

personas que están viviendo un momento desagradable.

EMPIEZA LA ACCIÓN

MARIANO.— (Desabridamente.) Alejandra..., son las tres... (Mirando el

reloj de pulsera.) ¿Sabes? ¡Las tres!

ALEJANDRA.—Ya lo he oído.

MARIANO.—Sabes perfectamente que yo tenía el propósito de

madrugar.

ALEJANDRA.—Muy bien. Acuéstate. Yo no te lo impido, Mariano.

MARIANO.—¡Ah! ¿Tú no me lo impides? ¡Qué mujer! ¡Qué mujer! De

manera que tú no me lo impides... ¿Quién está llorando desde la una

y media? ¿Quién está fabricando ataques de nervios desde la una?

¿Quién está gritando desde las doce menos cuarto? ¿Quién está

mascando pañuelos desde las once y diez?

ALEJANDRA.— (Con una mirada de desprecio.) ¡Mascando pañuelos!

¡Vaya una manera de expresarse!

MARIANO.—¡Mascando pañuelos! Pues ¿cómo voy a decirlo?

ALEJANDRA.— (Ocultando el rostro entre las manos.) ¡Soy muy

desgraciada!

MARIANO.—¡Hum! ¡En fin, ya estoy harto! ¿Lo sabes? ¡Harto! Me voy a

acostar. Pero vas a prometerme que me dejarás dormir.

ALEJANDRA.—No piensas más que en dormir. Tienes los mismos ideales

que las focas.

MARIANO.—¡Bueno! Hasta mañana. (Como quien toma una decisión

súbita y definitiva, se quita el batín y las chinelas y se acuesta en el

lecho de la izquierda.) Que descanses... (Alejandra no contesta.) He

dicho que descanses, Alejandra.

ALEJANDRA.—Ya me he enterado.

MARIANO.—¿Y no tienes nada que contestar?

ALEJANDRA.—Nada. Tú dices: "Que descanses", y a mí me parece bien.

No tengo nada que contestar.

MARIANO.—¡Oh! ¡Es para volverse loco! (Se revuelve en la cama y

gruñe algo que no se entiende. Una pausa. Alejandra se levanta y va

hacia el lecho que ocupa Mariano, a cuyo lado permanece un rato en

pie.)

ALEJANDRA.—Escucha, Mariano... Yo te aborrezco.

MARIANO.—Bueno.

ALEJANDRA.—Te aborrezco con verdadero aborrecimiento. ¡Te odio!

MARIANO.—Está bien. (Se vuelve del otro lado.)

ALEJANDRA.—Pero te odio de corazón, ¿sabes? ¡De corazón! (Mariano

da una vuelta en la cama.) Vivir contigo es para mí un tormento

irresistible.

MARIANO.—¿Quieres dejarme dormir?

ALEJANDRA.—¡Ah! ¿Soy yo quien no te deja dormir?

MARIANO.—¡Esto es demasiado! ¡Es demasiado! (Se baja del lecho,

vuelve a ponerse el batín y las chinelas y da unos pasos nerviosos por

la habitación.) ¡Es demasiado!

ALEJANDRA.— (Suspirando.) ¡Ay! (Se sienta en el butacón de antes, con

el gesto de una persona que se siente incomprendida.)

MARIANO.—¡Toda una noche, Señor! ¡Toda una noche de reproches

variados, de llantos torrenciales y de ataques neuroepilépticos!...

¡Toda una noche de alternar las sales inglesas con el éter, y el éter

con el vinagre, y el vinagre con el agua de azahar, y el agua de

azahar con la tila, y la tila con el bromuro, y el bromuro con las sales

inglesas, y las sales inglesas con el éter, y así, sucesivamente, para

acabar diciendo que no es ella la que tiene la culpa de que yo no

pueda dormir!... ¿Por qué fui tan estúpido? ¿Por qué el día de la boda

no me escapé de la iglesia y subí a un taxi y me marché a Irún en el

expreso?

ALEJANDRA.—Olvidas que el expreso de Irún sale a las nueve de la

noche, y nosotros nos casamos por la mañana.

MARIANO.—¡Fui un idiota! ¡Fui un idiota!

ALEJANDRA.—Y desde entonces no has cambiado lo más mínimo,

Mariano.

MARIANO.—Me parece, Alejandra, que, al tratarme, te olvidas de que te

educaste en el Sagrado Corazón.

ALEJANDRA.—Y tú, por tu parte, también te olvidas de que te educaste

con los Padres Escolapios.

MARIANO.—Yo tengo más motivos para empezar a olvidarme de eso,

porque salí del colegio diez años antes que tú.

ALEJANDRA.—Sí; fue un error. Hubieras necesitado diez años más.

MARIANO.—Bueno, Alejandra; espero que no me obligarás a resucitar

recuerdos infantiles a las tres y cuarto de la madrugada.

ALEJANDRA.—Tú fuiste el que empezó, hablando de mi colegio.

MARIANO.—¡Ea! Tendré que irme a la calle... Es inaudito lo que me

sucede. No poder dormir... No poder hacer una cosa que está al

alcance del hombre más humilde, del más pobre, del más

desdichado... No poder hacer una cosa que no se le prohíbe ni al

criminal más repugnante...

ALEJANDRA.—Tengo entendido que a los criminales no los deja dormir

su conciencia. Y yo soy tu conciencia, Mariano.

MARIANO.—¡Dios mío! ¿Quién iba a decirme que mí conciencia iba a

llevar abrigo de pieles?

ALEJANDRA.—En fin, acuéstate; voy a leer. (Coge un librito de la

mesita.) Mañana hablaremos de algo muy trascendental.

MARIANO. —¿Mañana? Perfectamente. Gracias, Alejandra. (Se quita el

batín y las chinelas y vuelve a acostarse. Da un suspiro de

satisfacción.) ¡Aaaah!

ALEJANDRA.— (Después de una pausa, aparte.) Y se dormirá... Será

capaz de dormirse... (Alto. Encendiendo todas las luces.) Un segundo,

Mariano, antes que te duermas.

MARIANO.—Di.

ALEJANDRA.—¿Qué pensarías tú de mí si, habiéndome dicho que me

aborrecías, que me odiabas, me durmiese tranquilamente?

MARIANO.—Pensaría que tenías sueño, Alejandra.

ALEJANDRA.—¿Eso pensarías?

MARIANO.—Sí.

ALEJANDRA.—¿Nada más que eso?

MARIANO.—Nada más.

ALEJANDRA.— (Con un gesto de asco.) ¡Es natural! (Pausa.)

MARIANO.— (Sentándose en la cama. Intrigadísimo.) Oye: ¿por qué

dices que es natural?

ALEJANDRA.—Por nada; acuéstate.

MARIANO.—No, no... Necesito saber por qué encuentras natural que yo

pensase eso...

ALEJANDRA.—Acuéstate, Mariano. Tenías propósito de madrugar. Ahora

no te quejarás de que sea yo quien no te deja dormir.

MARIANO.—Pero ¿por qué encuentras natural que yo pensase eso?

ALEJANDRA.—Porque tienes un espíritu grosero. ¿Estás conforme?

MARIANO.— (Lentamente.) Que tengo un espíritu grosero... ¡Bueno! (Se

pone rápidamente el batín y las chinelas y se acerca a Alejandra.)

Explícate... Te oigo.

ALEJANDRA.—Perdona... Ahora no. Voy a acostarme. (Se levanta y va

hacia su lecho.)

MARIANO.—¿Que vas a acostarte?

ALEJANDRA.—¿No es lógico? Son las tres y media de la madrugada.

MARIANO.—Te suplico que esperes un momento.

ALEJANDRA.— (Con cara de mártir.) ¿Me prohíbes que duerma?

MARIANO.—Sólo un instante.

ALEJANDRA.—¿Y tiene derecho un marido a prohibir que duerma su

mujer? ¿Quieres matarme de sueño, como mataron a Luis Diecisiete

de Francia?

MARIANO.—Pero si no se trata más que de cinco minutos, los

suficientes para que expliques por qué tengo yo un espíritu grosero.

ALEJANDRA.—La explicación sería demasiado larga. Si te parece,

mañana, ¿eh? Mañana, después de almorzar, te explicaré...

MARIANO.— (Después de una pausa, durante la cual no sabe si asesinar

a Alejandra o tirarse por el balcón.) ¡Está bien! Mañana. (Se va a su

lecho y se quita el batín. Entonces se le acerca Alejandra.)

ALEJANDRA.—Oye, Mariano: ¿es posible que no tengas curiosidad de

saber por qué te odio?

MARIANO.— (Desesperado.) Pero bueno, ¿tú qué te propones,

Alejandra? ¿Qué te propones? ¿Que yo enloquezca?

ALEJANDRA.—Nadie enloquece ya.

MARIANO.—¡Ah! ¿No?

ALEJANDRA.—Eso sólo ocurría en el siglo diecinueve. Ponte la bata y

escúchame.

MARIANO.—¿Y no decías tú hace un instante que mañana hablaríamos?

ALEJANDRA.—¿Yo? ¡Lo has dicho tú!

MARIANO.— (Rabiando y tirándose de los pelos.) ¡Qué mujer! Pero ¡qué

mujer! En fin, Alejandra: por última vez, ¿me oyes? Por última vez te

obedezco. Pero si, en lugar de hablar razonadamente, me dices una

incongruencia, te juro que me marcho a dormir a casa de mi tía

Charito. (Se pone el batín y se sienta en el diván.)

ALEJANDRA.—Hablemos, Mariano. En primer lugar, ¿crees que fui al

matrimonio enamorada?

MARIANO.—¿Al matrimonio conmigo?

ALEJANDRA.—¿Con quién había de ser? No me he casado más que

contigo.

MARIANO.—¿Eh? Es verdad...

ALEJANDRA.—Di. ¿Crees que fui al matrimonio enamorada?

MARIANO.—Me consta. Tuviste excelentes partidos. Cuando yo te

conocí había tres aspirantes a tu corazón, y a los tres los protegía tu

madre. Sólo frente a mí se opuso, y, al darme cuenta de que me

aborrecía tu madre, comprendí que era fatal que me casase contigo.

ALEJANDRA.—De manera que te consta que yo iba a la iglesia

enamorada de ti...

MARIANO.—Supuse que a la iglesia irías enamorada de tu traje de

novia; pero tengo la evidencia de que al matrimonio ibas enamorada

de mí.

ALEJANDRA.—Pues oye, Mariano: yo no me casé enamorada.

MARIANO.—Ya comprendo. El amor vino después, y...

ALEJANDRA.—Mariano, eres tonto.

MARIANO.—¿Eh?

ALEJANDRA.—Eres el hombre más tonto que conduce Citroën. Ni antes

ni después de nuestra boda he estado enamorada de ti.

MARIANO.—¡Qué graciosa!

ALEJANDRA.—¿Es que no me crees?

MARIANO.—Sé que hablas así porque estás bajo el peso de varios

disgustos... De los disgustos que yo te he dado con mis ligerezas.

ALEJANDRA.—¡Qué equivocación! Tus ligerezas, como tú dices, me

tienen sin cuidado.

MARIANO.—Y los dieciséis ataques de nervios que te han dado esta

noche, ¿qué son?

ALEJANDRA.—Rabia.

MARIANO.—¿Hidrofobia ?

ALEJANDRA.—Rabia. Rabia de no poder divorciarme de ti, pero de un

modo total y absoluto.

MARIANO.—Pero divorciarte, ¿por qué?

ALEJANDRA.—Lo he dicho bien claro. Porque te odio. Porque no te

quiero. Ni te quise, ni he conseguido quererte en seis años de

matrimonio. Por eso, tus extravíos estúpidos, fuera del hogar, no sólo

no me entristecen, sino que me llenan de esperanza. (Mariano abre

los ojos con asombro.) Porque cuando me entero de que me engañas

con otra mujer, pienso con alegría: "Si se fuera para siempre..." Y

entonces es tu arrepentimiento lo que me hace más daño, porque me

digo: "No se va; tampoco ahora se va; tendré que seguir

soportándole..."

MARIANO.—¡Qué confesión más agradable!

ALEJANDRA.—Y te aseguro que lo que esta noche me ha alterado los

nervios no ha sido el saber que me engañabas con la vecina del

principal, sino la certidumbre de que no te irías con ella para siempre.

Por mi parte, sería tan dichosa diciéndole: "Señora, ahí tiene usted a

mi marido; se lo regalo; lléveselo, y muchas gracias."

MARIANO.—Esa señora es casada, y no puede recibir regalos de esa

clase.

ALEJANDRA.—No sería la primera que los recibiese.

MARIANO.—En fin de cuentas: lo que importa es lo nuestro. Si no me

querías, ¿por qué te casaste conmigo?

ALEJANDRA.—Me casé a los diecisiete años. Eso lo justifica todo. Me

casé porque una tarde te oí decir que no te afeitarías el bigote hasta

que te casaras. Y como yo tenía muchas ganas de ver qué tal estabas

sin bigote...

MARIANO.—¡Pero es monstruoso!

ALEJANDRA.—Algo peor: es estúpido. Desgraciadamente, no v¡ la

estupidez de aquello hasta después de casada. Si yo hubiera sido

pobre, me habría casado contigo por asegurarme el porvenir; casi

todas las muchachas pobres se casan por eso. Pero no era pobre, y

me casé por un capricho. Nadie me dio unos azotes a tiempo. ¡Oh! Si

a todas las mujeres les dieran unos azotes a tiempo...

MARIANO.—¿Y después de la boda?

ALEJANDRA.—Empecé a sufrir y a observar, y me he imaginado que el

amor debe de ser algo muy grande, muy grande, centro y eje de toda

la vida.

MARIANO.—Luego, ¿no lo has conocido?

ALEJANDRA.—No. Tenías que habérmelo presentado tú, y tú eres un

hombre a quien le molesta hacer presentaciones.

MARIANO.—No te he presentado el amor porque soy un espíritu

grosero, ¿verdad?

ALEJANDRA.—Sin duda. Tus palabras son las palabras que pronuncia

todo el mundo. Si una comedia o un libro te gusta, sueles decir: "Está

bien traído." Si oyes una copla flamenca, te emocionas, y cuando te

cuentan algo ingenioso, exclamas: "¡Qué gansada!" Adoras las frases

hechas, y para cualquier cosa que ocurra tienes un refrán apropiado.

Cuando abres la boca, sé siempre lo que vas a decir. Te gusta discutir

de política y dar grandes noticias. Te aburren las películas cómicas, y

te divierten los "cabarets". Vas a la ópera por ponerte el "smoking", y

cuando coges un periódico, finges leer la Bolsa, cuando, en realidad,

estás leyendo el programa de la radio. Si piensas ir al teatro, me

obligas a comer temprano. Las mujeres sólo son honorables, en tu

opinión, cuando están casadas. Y si alguna te mira, porque le ha

extrañado el color de tu corbata, piensas que está enamorada de ti.

Amas el baile, y de las revistas ilustradas no miras más que las

fotografías. Te gustan el fútbol, y los toros, y...

MARIANO.—¿Y por todo eso soy un espíritu grosero? ¿Y por todo eso no

he sabido hacer que me quieras?

ALEJANDRA.—¡Naturalmente! ¿Puede una mujer, una verdadera mujer,

llegar a sentir amor por un hombre que, al volver del teatro, se sienta

en su cama para explicar cómo son los toros berrendos en negro, o

para decir que se llama mogones a los toros que tienen los cuernos

muy largos?

MARIANO.—No, mujer. Mogones son los toros que no tienen cuernos. Y

los cuernos largos se llaman...

ALEJANDRA.— (Levantándose.) ¡Ay Dios mío! ¡Ay, que ya empieza a

explicarlo! ¡Ay, que me lo va a explicar! ¡Esto no lo tolero! (Oprime el

timbre.)

MARIANO.—¿Qué vas a hacer?

ALEJANDRA.—Mandar que despierten al chófer y que prepare el coche

grande. Voy a dar un paseo por el campo. Me estallan los nervios.

(Vuelve a llamar.)

MARIANO.—¡Tú no vas a ningún sitio a estas horas! ¿Me entiendes?

Una cosa es que estés diciendo estupideces desde que terminamos de

comer, y otra, muy distinta, que me pongas en ridículo delante de los

criados. ¡De noche, sales conmigo o no sales! Te lo prohíbo en

absoluto. Soy tu marido.

ALEJANDRA.— (Glacial.) Hace tiempo que no te considero como mi

marido más que cuando me prohíbes algo. (Por la puerta del primer

término izquierda entra Berta. Esta Berta es una mujer de unos

cuarenta años. Debió de ser guapa. Aún podría demostrarlo si se lo

propusiera; pero no se lo propone. Tiene un rostro severo, casi rígido.

Mariano no la quiere bien; si pudiera, la echaría de la casa; pero

seguramente le tiene miedo, y no se decide a echarla. Berta viste de

negro. Hay algo majestuoso en ella, a pesar de su oficio.)

BERTA.— (A Alejandra.) ¿Llamaba la señora?

MARIANO.—No.

BERTA.— (A la misma.) ¿No llamaba la señora?

MARIANO.—He dicho que no.

BERTA.— (A la misma.) ¿Y por qué llamaba la señora?

MARIANO.— (Excitado.) ¡Váyase usted! La señora no la necesita. (Una

pausa. Berta sigue, en pie, en la puerta.) ¿Qué espera usted?

BERTA.—Espero órdenes.

ALEJANDRA.—No hay ninguna orden, Berta. Pensaba salir a dar un

paseo en "auto"; pero... (Pausa.)

BERTA.—La señora no ha acabado lo que iba a decir.

ALEJANDRA.—Iba a decir que he cambiado de opinión. (Mariano se

pasea nervioso, casi frenético.)

BERTA.— (Mirando fríamente a Mariano.) ¡Ah!

ALEJANDRA.—¿Le obligué a vestirse?

BERTA.—Estaba vestida.

MARIANO.— (Parándose frente a Berta.) ¿Y qué hacía usted vestida a

estas horas?

BERTA.—Esperaba que los señores acabasen de discutir.

MARIANO.—A usted debe tenerla sin cuidado que nosotros discutamos

o no.

BERTA.—Así debe ser; pero mi obligación es no acostarme hasta que

se haya dormido la señora.

MARIANO.—Mi ayuda de cámara no se preocupa de si yo duermo o

estoy despierto.

BERTA.—Es verdad. En el lugar del señor, yo ya le habría despedido.

MARIANO.—¿Ha oído usted lo que decíamos?

BERTA.—Lo que decía la señora, no. Habla muy bajo.

MARIANO.—¿Y lo que decía yo?

BERTA.—El señor ha hecho lo posible porque se oyera en toda la casa.

MARIANO.—Bueno. Retírese usted. (Una pausa. Mariano enciende un

cigarro.) ¿Qué espera usted para retirarse?

BERTA.—Espero órdenes. (Se vuelve hacia Alejandra, interrogante.)

ALEJANDRA.—Retírese, Berta.

BERTA.—Buenas noches. (Saluda inclinando la cabeza, y se va,

cerrando la puerta. Un silencio.)

MARIANO.— (Serio.) Es decir, que me odias...

ALEJANDRA.—Sí.

MARIANO.—Y me odias porque me encuentras grosero y vulgar.

ALEJANDRA.—Eso es.

MARIANO.—Y porque la ley te obliga a vivir siempre conmigo.

ALEJANDRA.—La ley y la moral; sí.

MARIANO.—¿Y me habrías amado si yo fuese un hombre que dijese a

todas horas frases felices?

ALEJANDRA.—A todas horas, sería irresistible. De cuando en cuando, y

basta.

MARIANO.—Pero ¿entonces me habrías amado?

ALEJANDRA.—Seguramente.

MARIANO.—¿Y no te importa que te engañe?

ALEJANDRA.—No. Porque no te quiero.

MARIANO.—Todo eso, ¿lo has leído en alguna novela?

ALEJANDRA.—No seas lamentable. Todo eso lo he pensado yo. Yo

pienso algunas veces. Te he dicho que somos diferentes.

MARIANO.—No me negarás que esa frase la has oído en una comedia.

ALEJANDRA.—Esa frase, quizá. Es la más estúpida de todas las que he

pronunciado.

MARIANO.—Veo claro, Alejandra. Tampoco eres tú la mujer que a mí

me conviene. Necesitaría una más tonta. Separémonos.

Divorciémonos.

ALEJANDRA.—Muy bien.

MARIANO.—Pero antes contéstame. Ya notarás que me pongo a tono

contigo. Contéstame con sinceridad. ¿Me has engañado alguna vez en

estos seis años? (Una pausa. Alejandra parece reflexionar. Mariano

deshace el cigarro entre los dedos.)

ALEJANDRA.—No.

MARIANO.—Lo has pensado mucho.

ALEJANDRA.—Si hubiera tenido algún amante, no habría necesitado

pensarlo. Repasaba en mi memoria por si existía el apellido de

alguien con quien alguna vez te hubiese engañado con el

pensamiento.

MARIANO.—¿No hay ningún apellido?

ALEJANDRA.—Ninguno. Todos los hombres que he tratado eran de tu

altura.

MARIANO.—Menos mal... Tú has tenido mala suerte, y yo, buena

suerte. ¡Menos mal! (Bruscamente decidido.) Me voy. (Entra en el

cuarto de baño, para salir en seguida con un abrigo puesto.)

ALEJANDRA.— (Le contempla un instante en silencio. De pronto va hacia

él, deslumbrada por una sospecha.) Mariano..., me pareces otro...

Has cambiado de improviso...

MARIANO.—Puede...

ALEJANDRA.— (Con ansia.) ¿Qué piensas de mí?

MARIANO.—Que lees demasiadas novelas.

ALEJANDRA.— (Desilusionada otra vez.) ¿Eso?

MARIANO.—Sí.

ALEJANDRA.—Entonces, vete. Había visto mal.

MARIANO.—¡Adiós! (Inicia el mutis.)

ALEJANDRA.—Te asoma el pantalón del pijama por debajo del abrigo.

MARIANO.—No importa. Cogeré un "taxi". Voy a casa de tía Charito.

Mañana le diré a tu madre lo que hemos decidido y visitaré a un

abogado.

ALEJANDRA.—Me parece muy bien.

MARIANO.— (Desde la puerta.) ¡Adiós!

ALEJANDRA.—¡Adiós, Mariano! (Mariano se va por la primera izquierda.

Larga pausa. Luego, unos golpecitos en la puerta. Alejandra se

levanta perezosamente.) Adelante. (Entra Berta.)

BERTA.—¿Necesita algo la señora?

ALEJANDRA.—Sí: tranquilidad.

BERTA.—El señor acaba de irse. Antes de concluir de bajar la escalera,

perdió una zapatilla, y dijo una palabra fea.

ALEJANDRA.— (Hablando consigo misma.) ¡Pobrecillo! (Alto.) Es usted

implacable, Berta.

BERTA.—¿El señor se va para siempre?

ALEJANDRA.—Eso dice.

BERTA.—Los hombres nunca se van para siempre, señora. Es una gran

desgracia que tenemos las mujeres. (Una pausa.) ¿La señora me

admite un consejo?

ALEJANDRA.—Sí.

BERTA.—Si la señora se queda sola y rica, no se enamore la señora

por segunda vez.

ALEJANDRA.—Aún no me he enamorado la primera vez, Berta.

BERTA.—Entonces, sería estúpido seguir el consejo.

ALEJANDRA.—Berta... ¿por qué habla así? Ninguna doncella del mundo

habla como usted. ¿Qué secreto hay en usted? ¿Qué ha sido antes de

esto?

BERTA.—La señora se va a acostar, ¿verdad? Es ya muy tarde. Con

permiso de la señora... Buenas noches... (Se va por donde vino,

después de inclinar la cabeza.)

ALEJANDRA.— (Con la vista y el pensamiento puestos por donde ha

desaparecido Berta.) También decía de ella Mariano que había leído

demasiadas novelas. Mariano decía eso de todo el que tenía más

talento que él... ¡Cualquiera pensaría que en las novelas se aprende

algo! Sin embargo, a veces son interesantes. (Coge el libro de antes

y va hacia el lecho de la derecha. Un reloj da las cuatro rápidamente.

Se abre el balcón del foro izquierda y entra Valentín. Viste traje de

calle, abrigo de verano, al brazo, y trae el sombrero en la mano.

¿Cuántos años tiene Valentín? Cuarenta y cinco, cincuenta. No se ríe

nunca, pero sonríe casi siempre. Sería imposible convencerle de que

las pastillas Valda quitan la tos. Tiene talento, verdadero talento e

ingenio, verdadero ingenio. Se mueve con graciosa soltura. Atrae.

Valentín entra tranquilo, ve a Alejandra y la saluda con afectación. Se

nota que no pretende producir efecto.)

VALENTÍN.—Buenas noches.

ALEJANDRA.— (Estremeciéndose y volviéndose hacia Valentín.) ¿Eh?

VALENTÍN.—Decía que buenas noches. No me conteste si no quiere.

Desmáyese. Es lo más corriente y lo más cómodo.

ALEJANDRA.—Caballero, yo no me desmayo. Soy una mujer de mi

tiempo.

VALENTÍN.—Magnífico. Eso es más cómodo todavía. Pregúnteme,

entonces, quién soy y por dónde he entrado.

ALEJANDRA.—¿Quién es usted? ¿Por dónde ha entrado?

VALENTÍN.—He entrado por el balcón. Soy Valentín.

ALEJANDRA.—Valentín..., ¿qué más?

VALENTÍN.—Valentín... sin más. Los grandes hombres no tienen

apellido. Ejemplos: Vercingétorix, Adán, Lucifer, "Charlot" y un

servidor de usted.

ALEJANDRA.—Le concedo medio minuto para que me diga por qué entra

a las cuatro de la madrugada en la alcoba de una mujer casada.

Pasado el medio minuto llamaré para que le echen.

VALENTÍN.—Soy un ladrón, señora; un vulgar ladrón. Acababa de

cogerle la cartera a un transeúnte trasnochador, y ya escapaba con

ella, cuando, al volver una esquina, tropecé con un policía tan

trasnochador como el transeúnte. El policía se lanzó sobre mí,

luchamos, conseguí zafarme de él y enfilé esta calle a carrera abierta.

Vi luz en este piso y, como se trataba de un bajo, gateé por la

balaustrada para huir del policía, empujé las vidrieras y entré. Y aquí

estoy.

ALEJANDRA.—Todo eso es mentira.

VALENTÍN.—Sí, señora.

ALEJANDRA.—¿Y por qué ha mentido?

VALENTÍN.—Usted no me ha concedido más que medio minuto. En

medio minuto, nadie tiene tiempo de decir la verdad.

ALEJANDRA.—Perfectamente. (Va hacia el timbre.)

VALENTÍN.—¿Va usted a llamar a su marido?

ALEJANDRA.—Mi marido no está acostumbrado a que nadie le dé

órdenes por medio de un timbre.

VALENTÍN.—Sin embargo, apuesto cualquier cosa a que, cuando oye el

timbre de un tranvía, se apresura a cruzar los rieles.

ALEJANDRA.—Con su permiso llamaré a mi doncella. (Llama.)

VALENTÍN.—¿Ha llamado usted?

ALEJANDRA.—Sí, porque...

VALENTÍN.—¡Silencio! ¡Silencio, por Dios! (Escucha junto al balcón.)

¿No oye usted? ¡Es la Policía que se acerca! ¡Sálveme! ¡Apague la luz!

ALEJANDRA.—¿Eh?

VALENTÍN.— (Con angustiosa voz.) ¡Apague la luz! (Alejandra apaga la

luz. La escena queda a oscuras. Por el balcón, abierto, entra una

ráfaga de luna, que besa el lecho. Una pausa. Valentín habla

dulcemente en las tinieblas.) Le he suplicado que apagase la luz para

que contemplase usted lo hermosa que es una habitación cuando está

iluminada por la luna. (Pausa.) ¿Me oye usted bien? ¿Verdad que

tengo una voz muy bonita? Sólo a oscuras suena en toda su pureza la

voz humana. ¿Quiere usted hablar un poquito?

ALEJANDRA.— (Hablando sin propósito de hablar.) No, señor. Espero

que venga mi doncella; pero no hablaré.

VALENTÍN.—¡Cuánta ingenuidad en una mujer casada! Tiene usted una

voz lindísima. Fíjese bien que no he dicho cristalina. Soy un hombre

de buen gusto literario. En cambio, usted es desgraciada en su

matrimonio... (Una pausa.) ¿Verdad?

ALEJANDRA.—No.

VALENTÍN.—¿Y por qué?

ALEJANDRA.—Le he dicho a usted que no soy desgraciada.

VALENTÍN.—Y yo pregunto que por qué. ¿Por qué no es desgraciada?

Todo el mundo es desgraciado en su matrimonio.

ALEJANDRA.—¿Lo sabe usted por experiencia?

VALENTÍN.—Por experiencia ajena. Sé que todo el mundo es

desgraciado en su matrimonio, porque yo no me he casado. Si yo

fuera casado, creería que el único matrimonio desgraciado era el mío.

(En la puerta de la izquierda suenan unos golpecitos.)

ALEJANDRA.— (Sentada en el lecho de la izquierda.) Adelante. (La

escena sigue a oscuras.)

BERTA.— (Entrando.) ¿La señora había llamado?

ALEJANDRA.—Sí. Quería decirle que puede usted acostarse. Yo ya lo he

hecho.

BERTA.—Muy bien, señora. (Pausa.) ¿La señora no ha oído un ruido?

ALEJANDRA.—¿Dónde, Berta?

BERTA.—En esta habitación.

ALEJANDRA.—Es que se me acaba de caer al suelo la novela que estaba

leyendo. Acuéstese, Berta.

BERTA.—Buenas noches, señora. (Una pausa. Alejandra vuelve a

encender la luz. Al hacerse la luz, puede verse que Valentín no está

ya en escena. En cambio, Berta sigue allí, junto a la puerta de la

izquierda.)

ALEJANDRA.— (Mirando, asombrada, a su alrededor; al ver a Berta,

vuelve a asombrarse.) Pero ¿no se había ido usted?

BERTA.—Como la señora encendió la luz, pensé que quería algo.

ALEJANDRA.— (Irritada.) ¡No quiero nada!

BERTA.—Buenas noches. (Se va por la izquierda. Alejandra se levanta,

se cerciora de que Berta no escucha detrás de la puerta, y luego

busca a Valentín en el balcón.)

ALEJANDRA.—¿Dónde se habrá metido este hombre?

VALENTÍN.— (Entrando por la puertecita del cuarto de baño de la

primera derecha.) Estaba aquí, señora. Me había escondido.

ALEJANDRA.—Ha tenido usted una feliz idea.

VALENTÍN.—Es mi costumbre.

ALEJANDRA.—Como habrá usted visto, he ocultado su presencia...

VALENTÍN.—Lo cual no ha debido serle muy difícil, puesto que usted

misma ignoraba dónde estaba yo.

ALEJANDRA.—Pero ahora tiene usted que irse.

VALENTÍN.—¿Porque me cree un ladrón?

ALEJANDRA.—Por todo lo contrario.

VALENTÍN.—Muy bien. Me iré. También su marido se ha marchado de

casa después de una discusión larguísima.

ALEJANDRA.—¿Quién se lo ha dicho?

VALENTÍN.—Lo he deducido. La Policía me ha enseñado a deducir. Su

marido ha discutido largo rato con usted; vea el cenicero, lleno de

puntas de cigarrillos.

ALEJANDRA.—¿Y por qué sabe usted que no está en casa?

VALENTÍN.—A las cuatro y media de la madrugada, todos los maridos

están en la alcoba conyugal. Si no, es que se han ido de casa y se

hallan en otra alcoba.

ALEJANDRA.— (Ofendida.) ¿Qué quiere usted decir? ¡Mi marido está

ahora en casa de su tía Charito! Hoy duerme allí.

VALENTÍN.—Sólo he dicho que estaría en otra alcoba. ¿O es que su tía

Charito le obliga a dormir sobre la mesa de billar?

ALEJANDRA.—¡Váyase usted! ¡Esto es demasiado! A fuerza de hablar

me he distraído.

VALENTÍN.—Celebro que mi conversación la distraiga.

ALEJANDRA.—¡No quería decir eso!... En fin... ¡Váyase! ¡Váyase! Nunca

me ha ocurrido nada semejante... ¡Váyase!

VALENTÍN.—Le juro que no puedo.

ALEJANDRA.—¿Quién se lo impide?

VALENTÍN.—El amanecer, que comienza. Mire usted. (Dirigiéndose al

balcón.) Me verían salir... Ahora amanece muy temprano. (Por el

balcón entran las primeras claridades del alba.) Pronto, la calle estará

llena de traperos. ¡Qué vulgaridad! ¿No es cierto? La vida se encarga

de ensuciar las cosas que más idealizan los poetas, y el amanecer lo

ensucian los traperos. (Pausa.) ¿Qué ha dicho?

ALEJANDRA.—No he dicho nada. ¡No he dicho nada!...¡ Váyase! (Se

echa en un sillón, y oculta la cara entre las manos.)

VALENTÍN.— (En pie, a su lado.) No soy un ladrón. Su perspicacia lo

adivinó antes. Pero si yo le dijera la verdad de por qué he entrado

aquí, usted no me creería. La verdad es siempre absurda. Me aburría

esta noche en casa, señora. Vivo solo. Miento; vivo con un perro

"setter". No tenía sueño, no podía dormir. El veronal me desvela... Y

me lancé a la calle. Vi una luz en esta habitación, y me dije: "¿Si

subiera a ver quién hay ahí?" Una flexión de miembros, y me hallé en

el balcón. Miré por las vidrieras; usted estaba hablando con su

doncella. Entonces, un caballero, cubierto con un abrigo, por debajo

del cual asomaba el pantalón de un pijama, abrió el portal y salió a la

calle. Le vi desde el balcón. Iba muy excitado, y hablaba solo. Al

pasar junto a la balaustrada, pronunció entre dientes tres palabras,

por las que comprendí que era su marido y que había regañado con

usted.

ALEJANDRA.—Pues ¿qué dijo?

VALENTÍN.—Dijo: "¡Es una imbécil!" (Pausa larga.)

ALEJANDRA.—¿Es cierto eso?

VALENTÍN.—Es cierto.

ALEJANDRA.—Júrelo usted.

VALENTÍN.—Lo juro sobre las cenizas de esos cigarrillos.

ALEJANDRA.— (Sonriente.) Tiene usted gracia.

VALENTÍN.—Gracias.

ALEJANDRA.—Y talento.

VALENTÍN.—¿Se me nota?

ALEJANDRA.—Demasiado. Debe usted marcharse en seguida.

VALENTÍN.—No insista en eso. Me verían salir, y su reputación sufriría

mucho con ello.

ALEJANDRA.—¿Entonces?

VALENTÍN.—Saldré a las diez de la mañana, o a las once, y por la

puerta principal. A nadie le extrañará mi presencia entonces. Y usted

puede decir que soy un representante de la casa Ford, que ha venido

a proponerle la compra de un coche.

ALEJANDRA.—¿Y por qué ha de ser precisamente la casa Ford?

VALENTÍN.—Porque sus representantes son los únicos que madrugan y

hacen sus visitas por la mañana.

ALEJANDRA.—Pero hasta las diez o las once, ¿qué haremos?

VALENTÍN.—Podemos hablar, podemos dormir...

ALEJANDRA.—¡Soy una mujer decente!

VALENTÍN.—Pero también las mujeres decentes duermen, señora.

Usted se acuesta, y yo me siento en un sillón..., y, luego, los rayos

del sol nos despiertan, como en esas novelas bobas que leen algunas

señoritas.

ALEJANDRA.—¿Y qué habremos conseguido con todo eso?

VALENTÍN.—Usted habrá conseguido conocerme. Yo habré conseguido

dormir. Le aseguro que es horrible tener insomnios... ¡Horrible!

ALEJANDRA.—Usted quiere dormir y no tiene sueño. Mi marido tenía

sueño y no dormía. Mi doncella no duerme, porque yo no tengo

sueño. Y yo, como no tengo sueño, no puedo dormir...

VALENTÍN.—Sí. Y gracias a esas cuatro circunstancias nos hallamos

usted y yo en tan agradable situación. ¿Sabe cómo podríamos titular

esta aventura?

ALEJANDRA.—¿Cómo?

VALENTÍN.—"Una noche de primavera sin sueño".

ALEJANDRA.—Huele a Shakespeare...

VALENTÍN.—Podemos desinfectarla y quitar el olor.

ALEJANDRA.—En confianza., señor... señor, ¿cómo?

VALENTÍN.—Valentín.

ALEJANDRA. — En confianza, Valentín... Voy a divorciarme.

VALENTÍN.—Es usted una mujer que sigue la moda.

ALEJANDRA.—Mi marido no me hace feliz.

VALENTÍN.—Lo sé. Tiene un gran defecto.

ALEJANDRA.—¿Cuál?

VALENTÍN.—Ser su marido. Es un defecto que yo no tendré jamás.

ALEJANDRA.—Sí, Valentín. Voy a divorciarme. Voy a estar pronto en un

estado...

VALENTÍN.—Magnífico. ¡Y necesitará un consejero!

ALEJANDRA.—Acaso... Usted me parece un hombre excepcional. Y yo...

¿qué le parezco?

VALENTÍN.—¿La verdad? ¿La verdad?

ALEJANDRA.—La verdad.

VALENTÍN.—Me parece usted una mujer sin importancia.

ALEJANDRA.—Pero eso... es una insolencia...

VALENTÍN.—No lo creo.

ALEJANDRA.—¡Una insolencia! (Alejandra se separa de Valentín. Está

nerviosa, excitada.) ¡Una insolencia! (Pausa. Con tranquilidad,

dominándose.) Antes ha dicho usted bien. Saliendo a estas horas de

casa, mi reputación se mancharía. Pero hay otro procedimiento para

que no pasemos lo que resta de noche en la misma habitación.

(Cuando se dirige a la puerta de la izquierda, se abre ésta y aparece

Berta.)

BERTA.—¡Ah! ¿Llamaba la señora?

ALEJANDRA.—No la he llamado a usted; pero la necesito.

BERTA.—Suponiendo que la señora iba a necesitarme, es por lo que he

entrado sin permiso.

ALEJANDRA.—Fíjese bien. Ese caballero (Señalando despectivamente a

Valentín.) va a pasar la noche aquí, en un sillón. Mañana, a las once,

procurara usted que salga de la casa sin que le vean los otros

criados.

BERTA.—Sí, señora.

ALEJANDRA.—Además, debe usted llevar mis ropas a la alcoba de

respeto, Berta. Voy a dormir allí. ¿Me entiende?

BERTA.—Es fácil.

ALEJANDRA.— (A Valentín.) Que usted descanse.

VALENTÍN.—Le deseo lo mismo, señora. (Valentín se inclina ante

Alejandra. Alejandra se va por la izquierda. Valentín se sienta en un

sillón. Berta queda, en pie, junto a la puerta. Larga pausa. Ambos se

miran fijamente.) ¿Qué haces en esta casa?

BERTA.—Soy la doncella de la señora. ¿Y tú? ¿Qué haces tú aquí,

Valentín?

VALENTÍN.— (Cogiendo un cigarro de la mesita.) Ya lo ves. Por ahora,

me fumo los cigarros del señor.

TELÓN