Una Propuesta por Natalia - muestra HTML

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De la noche a la mañana, perdió la cabeza por el hombre de sus sueños...

Jake Rendel era un millonario que trabajaba mucho y arriesgaba mucho, a

diferencia de Emma Delaney, su antigua vecina, una joven correcta y estirada.

Asfixiada por un monótono trabajo de oficina, Emma no pudo resistirse a la

tentadora propuesta de Jake. Durante un mes, fingirían un tórrido y apasionado

romance, pero las cosas se les iban a ir de las manos rápidamente.

Capítulo 1

Emma llevaba toda la mañana mirando la sábana, pero después de doce

horas el fallo informático seguía atormentándole. Y sin embargo, en lugar de

quedarse y arreglarlo, tenía que irse y ponerles buena cara a los colegas del trabajo

que no podían llamarse amigos.

Se levantó, estiró los brazos y abrió la ventana. Una suave brisa agitó las

cortinas. Aire fresco. Respiró profundamente.

Unas voces agudas llamaron su atención. Había unas mujeres charlando en

el patio.

—¿Crees que vendrá?

—No sabría cómo.

Eran Becca y Jules. Se estaban desternillando de risa.

—Dios. Esa chica necesita soltarse el pelo.

—Ya lo creo. Se aprieta el moño tanto como aprieta las cuentas. Un día de

éstos se va a hacer un lifting facial de tanto estirarse el pelo.

Emma se puso tensa y una ola de humillación caliente le recorrió las

entrañas. Estaban hablando de ella; la directora financiera de Sanctuary, la que

llevaba las cuentas.

Tuvo que admitir que tenían razón, pero eso no la hizo sentirse mejor.

Llevaba mucho tiempo volcada en su carrera y siempre estaba demasiado

ocupada, pero en ese momento habría dado cualquier cosa por haber oído un

comentario diferente.

Seguían hablando, y Emma no podía dejar de escuchar.

—En realidad me da pena. No hace más que trabajar.

—¿Te da pena? A mí nada. Es una negrera. Si ella quiere trabajar como una

esclava, adelante, pero no tiene que esclavizarnos a los demás. Yo quiero tener una

vida. No tiene más que veintiséis años, pero lleva una vida de anciana.

Emma pensó que ése era el precio que tenía que pagar por escuchar a

hurtadillas. Era como leer el diario de alguien sin saber lo que iba a encontrar.

Pero no tenía elección. Tenía que ir a la cafetería y relacionarse con ellas y

con los demás empleados del exclusivo hotel, que debían de pensar lo mismo de

ella. No era más que una adicta al trabajo sin vida propia. Esas mujeres no habían

dicho más que la verdad. Trabajaba muy duro y esperaba que los otros también lo

hicieran. Así la habían criado. Su padre le había transmitido sus valores y sus

reglas. Si trabajaba duro, obtendría la recompensa, los halagos, las atenciones y,

quizá, también el amor.

Pero Emma no tenía bastante con el éxito profesional. Aunque tuviera poca

munición, la luchadora que había en ella cargó las armas.

Sin hacer el más mínimo ruido cerró la ventana. Ya había oído bastante. No

podía dejar que aquellas palabras le hicieran daño y estaba dispuesta a

demostrarles que se equivocaban. Iría a tomar una copa con ellas y esbozaría su

mejor sonrisa fingida, aunque se muriera por dentro.

Se retocó el pintalabios y se aseguró de no tener ningún mechón suelto. Su

moño francés estaba impecable. La apariencia era lo más importante, y ellos

esperaban a la Emma perfecta de siempre. Antes de salir se detuvo frente al jacinto

blanco que adornaba su escritorio y aspiró su aroma. Era el único objeto personal

que ocupaba su escritorio, siempre ordenado y despejado. Reanimada por aquel

soplo de vida, levantó la barbilla y fingió que no le importaba en absoluto.

En cuanto llegó al bar, volvieron a flaquearle las fuerzas y, como siempre,

terminó al lado de Max. En cuestión de segundos se enfrascaron en una acalorada

discusión de asuntos de trabajo. Las obras de remodelación del hotel empezaban el

día siguiente y había muchos temas pendientes. Max también la veía como una

adicta al trabajo. Él la había contratado recién graduada y se había convertido en

su mentor. Gracias a él había llegado tan lejos. Trabajando el día entero había

conseguido estar a la altura del desafío.

Max le había vendido el hotel a una cadena especializada en hoteles

temáticos de lujo. Él ya estaba cerca de la jubilación y con ese trato se había

asegurado unos buenos ingresos, pero también le había augurado un gran futuro a

Emma. La cadena tenía hoteles en varias ciudades y si jugaba bien sus cartas

podría elegir cualquiera de ellos.

El problema era que Emma no sabía si quería seguir adelante con ello. Un

hotel más grande. Más horas de trabajo. Había empezado a pensar que ya era hora

de tomarse un descanso y disfrutar de la vida. Se había pasado mucho tiempo

complaciendo los deseos de otros, y quizá no mereciera la pena. Pero no podía

decírselo a Max. Él le había dado su gran oportunidad y ella no podía evitar querer

complacerlo.

Miró hacia el grupo de mujeres. Con la copa en la mano reían y flirteaban

con los camareros. Ella, en cambio, seguía charlando de negocios con su jefe de

sesenta y cinco años mientras se tomaba una limonada.

«Qué aburrida... ».

Ellas tenían razón. Ya estaba empezando a deprimirse. Había trabajado muy

duro, pero... ¿Para qué? ¿De quién era el sueño que perseguía?

Se disculpó y fue hacia el bar. Le pidió al camarero que echara un poco de

ginebra en el vaso. Le dio un trago y miró hacia la barra. El bar todavía estaba

medio vacío. Había algunos jefes sentados a las mesas y dos hombres estaban

jugando al billar. No pudo evitar fijarse en uno de ellos. Estaba de espaldas a ella y,

desde luego, tenía un buen trasero.

Aunque no entrara en el juego, Emma sabía apreciar lo bueno. Llevaba unos

vaqueros y una ajustada camiseta blanca. Sostenía el palo de billar con destreza y

al inclinarse sobre la mesa, desplegaba toda su espléndida masculinidad.

Golpeó la bola y acertó a la primera. Su compañero reprimió un quejido.

Tiró una vez más y ganó el juego. Entonces se incorporó y rodeó la mesa de billar

para recoger su bebida.

Entonces fue cuando Emma miró sin reparo. Esa cara le resultaba familiar. Y

también conocía la sonrisa descarada que solía acompañarla.

Jake Rendel.

La depresión se evaporó en un instante y una alegría infantil se apoderó de

ella. No lo había visto en muchos años, pero él siempre la había tratado con afecto.

Y eso era justo lo que necesitaba en ese momento.

Pero Emma había olvidado que muchos años antes apenas era capaz de

mirarlo a la cara sin sonrojarse. Él había sido su primer amor platónico

adolescente.

Sin pensárselo dos veces, fue hacia él con una sonrisa radiante.

—Jake Rendel. ¿Cómo estás?

La expresión de sorpresa de Jake habría bastado para hacerla huir de allí si

no hubiera sido reemplazada por una espléndida sonrisa que siempre había hecho

palpitar su corazón.

—Emma Delaney, ¡qué sorpresa! —exclamó con una voz dulce.

El pulso de Emma se aceleró aún más. Había olvidado lo guapo que era. Le

dio otro sorbo a la bebida y logró reunir el coraje que necesitaba para sonreír.

Miró por encima del hombro de Jake y observó cómo la miraban Becca y

Jules. Había recuperado sus armas de mujer. Era el momento de demostrar que

podía conversar con un hombre guapo sobre temas que no eran de trabajo. Ellas no

tenían por qué saber que lo conocía desde hacía muchos años. Renovó su sonrisa

radiante y miró a Jake a los ojos.

—Ha pasado mucho tiempo —le dijo, en un tono provocativo.

Él parpadeó.

—Ya lo creo. Has crecido —le dijo él, mirándola de arriba abajo—. Y has

tenido todo el éxito que te merecías. ¿Qué estás haciendo aquí?

—Estoy aquí por trabajo. ¿Y tú?

—También.

El otro jugador los había dejado solos junto a la mesa de billar.

Hubo una breve pausa y Emma pensó en qué decir mientras intentaba no

mirarlo mucho. Él también había crecido en los últimos años. Aquel adolescente

tierno se había convertido en un hombre hecho y derecho. ¿Era posible que un

hombre fuera hermoso? Si así era, Jake era el ejemplo perfecto.

El silencio se extendía demasiado. Jake la observaba como ella a él. Emma se

humedeció los labios al sentir su mirada sobre ellos.

—Estoy trabajando en el hotel de al lado. Serán unas cuantas semanas.

—¿Sanctuary?

Jake asintió.

—Yo soy la directora financiera.

Él sonrió.

—Entonces vamos a vernos más a menudo.

Emma miró hacia las otras mujeres. Sin duda harían cola por estar con él.

Jake iría a trabajar al día siguiente y todos sabrían que sólo habían hablado

de negocios. Su pequeña fantasía se haría pedazos en un abrir y cerrar de ojos.

—¿No has salido de Christchurch? —le preguntó él.

—Nunca. Primero el colegio, después la universidad, y ahora el trabajo en

Sanctuary. Es lo que conozco.

La habían mandado a un internado a la edad de seis años. Christchurch era

el hogar que conocía, y no la pequeña ciudad donde sus padres tenían una casa. La

madre de Jake era la vecina de al lado.

—Estás preciosa. Una ejecutiva eficiente y arrolladora.

¿Preciosa? Las antiguas novias de Jake asaltaron sus recuerdos y su sonrisa

se nubló. Ella nunca había sido su tipo.

—Somos lo que somos, Jake —le dijo, en un tono triste. Ojalá su vida fuera

algo más que trabajo y oficina.

—Bueno, a veces no nos queda más remedio que ser lo que se espera de

nosotros.

Ella lo miró, desconcertada. Aquel comentario se había acercado demasiado

a la verdad. Él seguía sonriendo, pero sus ojos mostraban una gran agudeza.

Emma decidió seguir con aquel ligero flirteo.

—¿Eso crees? ¿Y qué se espera de ti, Jake?

Él se tomó un momento para responder, y cuando lo hizo sus ojos se

iluminaron.

—Bueno, puedo ser lo que tú quieras que sea, Emma —le dijo con su pícara

sonrisa de siempre.

Parecía haberse acercado más. Su fornido cuerpo le impedía ver el resto del

bar. Era como si se hubieran quedado solos. Él bajó la voz y Emma tuvo que

acercarse un poco más.

—¿Ah, sí? —dijo ella, bajando la voz también. Miró hacia sus compañeras,

que seguían mirando. Volvió la vista hacia Jake y se dio cuenta de que él también

se había acercado un poco.

—Claro. ¿Alguna sugerencia?

Emma no pudo evitar esbozar una sonrisa. Ya se le había ocurrido más de

una idea, pero no podía decirlas en alto. Aquel enamoramiento adolescente volvió

a apoderarse de ella en un instante. Jake siempre le había gustado; a ella y a todas

las mujeres del mundo. Y a Jake le gustaban todas, excepto ella. Él no había sido

más que aquel chico que vivía en la casa de al lado; el chico que la había escuchado

aquel día en el parque. Desde entonces nunca había sido capaz de mirarlo a la cara

sin ponerse roja como un tomate. Y eso era lo que estaba ocurriendo en ese preciso

momento. ¿Sugerencias? Sueños que siempre serían secretos.

—¿Sabes en qué estoy pensando? —parecía inspirado—. Creo que debería

darte un abrazo. Ha pasado tanto tiempo...

¿Cuánto tiempo había pasado? Por lo menos ocho años... Aún recordaba

cómo era él por aquel entonces. Su hermana Lucy era la mejor amiga de la

hermana de él, Sienna, y por eso sabía que no estaba casado. A Jake le gustaba

jugar. Todo el mundo lo sabía.

—¿Un abrazo? —la Emma descarada y extrovertida titubeó un instante.

—Sí, o quizá un beso.

Ella trató de apartar la vista una fracción de segundo y entonces se rindió.

Miró aquellos enormes ojos azules que refulgían, desafiándola.

—¿Un beso de reencuentro? ¿Un beso de amigos? —ella estaba pensando en

un casto beso en la mejilla, pero tal vez Jake no pensara lo mismo.

—Claro. Un beso de amigos. Así sabremos si somos muy amigos. ¿Qué te

parece?

A Emma no le parecía ni bien ni mal. En realidad no podía pensar con

claridad teniéndolo tan cerca. Él estaba invadiendo su espacio, hechizándola.

Siempre había tenido cierta reputación con las mujeres, y era evidente que se la

merecía.

Apartó la vista. Los latidos de su corazón eran como truenos. Jake Rendel le

había pedido un beso. Las palabras de Becca y Jules le atormentaron una vez más.

«Necesita soltarse el pelo... Se aprieta el moño tanto como aprieta las

cuentas. Un día de éstos se va a hacer un lifting facial de tanto estirarse el pelo».

—De acuerdo —le dijo finalmente con un hilo de voz. Aquélla no era la

respuesta que había pensado.

Demasiado tarde. Él se acercó a la pared. Los ojos le brillaban. Todos los que

estaban a su alrededor se desvanecieron. Emma levantó la vista. Un sueño

adolescente a punto de hacerse realidad... ¿Cómo sería? De pronto Emma sintió

una gran vergüenza. El calor le abrasaba las mejillas y las fuerzas le fallaban. No se

le daba bien esa clase de cosas.

Becca y Jules tenían razón. Ella no sabía cómo hacerlo y estaba a punto de

hacer el peor ridículo de su vida.

Estaba a punto de escapar cuando él se inclinó sobre ella y le dio un beso

sutil; un mero roce de labios que la dejó petrificada. Aquella sensación era tan

cálida y sensual que no podía apartarse de él.

Él volvió a rozarle los labios con los suyos y Emma se dio cuenta de que no

quería apartarse de él. Entreabrió los labios para respirar y él empezó a besarla con

pasión. Sus labios la acariciaban con fervor y calor.

Sin pensárselo más, Emma se abrió a él.

Jake respondió con mesura, pero también con curiosidad, jugando con ella y

tentándola con una promesa de secretos sensuales. No se tocaron más que con los

labios. Era como si él supiera que se sentía ligera como un pájaro y quisiera darle la

oportunidad de volar si así lo deseaba.

Pero ella no quería.

Algo ocurrió en el interior de Emma. A medida que él incrementaba la

presión de sus labios, ella sintió un hormigueo que subía desde las entrañas de su

vientre y recorría su pecho antes de filtrarse a todas las venas de su cuerpo.

Como una flor en primavera, Emma se dejó llevar por el hombre que la

había embelesado.

Apretó los dedos alrededor del vaso.

Era Jake Rendel quien la besaba...

Todos los pensamientos huyeron de su mente y la tensión sexual se apoderó

de ella. Insegura, le devolvió el beso. Hambre... Eso era lo que sentía por él.

Suspiró al vivir el comienzo de un sueño. Puso una mano sobre el pecho de Jake y

una ola incandescente le atravesó la piel. Quería acercarse más, aunque se quemara

los dedos. La suave barba de tres días le rozó la cara y su aroma masculino le

enturbió la mente. Las piernas le flaqueaban y apenas podía mantener el equilibrio.

Entonces él levantó la cabeza. Emma retrocedió y parpadeó varias veces. Él

la observaba con atención. Confusa, trató de no perder la compostura y lo miró con

todo el aplomo que fue capaz de reunir. Jake Rendel había sido el chico más

deseado del pueblo y había estado con todas aquellas chicas preciosas que se

arrojaban a sus pies.

Alguien como él sabía lo que se hacía.

Pero ella no.

Él le quitó el vaso de las manos y lo puso sobre una mesa. Las cosas siempre

funcionaban así con Jake. Se acercó lo bastante para dejarle sentir su potente

energía, pero no la tocó. Un intenso campo magnético ocupaba el espacio entre

ellos.

—Creo que eso ha sido algo más que un beso de amigos, Emma —le

advirtió.

Ella guardó silencio. Las palabras no le salían. No estaba segura de poder

dar la talla con un hombre como Jake. Lo que había empezado como un encuentro

amistoso se le escapaba de las manos por momentos.

Aquél era Jake Rendel en todo su esplendor...

Capítulo 2

Jake retrocedió y la observó con atención. Aquellos ojos oscuros se nublaron

y Jake rió para sí. ¿Quién habría pensado que la pequeña Emma Delaney se

convertiría en la mujer que tenía ante sus ojos? Una mujer que besaba como nadie;

estirada, pero apasionada... Qué intrigante. Respiró hondo para capturar su

fragancia. Parecía una estricta profesora de primaria, pero olía a primavera.

Nunca antes se había imaginado besando a Emma Delaney, pero tampoco

había reparado en aquellos labios carnosos. Sin embargo, esa noche se había

presentado ante él con aquella sonrisa sensual y aquellos humeantes ojos oscuros...

Las cinco semanas que iba a pasar en Christchurch iban a ser más divertidas

de lo que jamás había imaginado. Una posibilidad interesante... Diferente.

Estaba a punto de investigar más cuando lo vio. Ella volvía a mirar más allá

de su hombro. Su mirada glacial parecía fija en algo. Por un instante, pareció estar

a miles de kilómetros de distancia.

Su atención estaba puesta en otra persona.

Jake se puso alerta. Emma Delaney estaba jugando con él. Sólo estaba

interesada en ver la reacción de otra persona. Dejó a un lado la posibilidad de una

aventura esporádica y retrocedió. Su sonrisa se desvaneció. La fiesta había

terminado antes de empezar.

Ella volvía a mirarlo, pero su expresión confusa ya no le conmovía.

Haciendo acopio de todo su autocontrol, Jake consiguió no darse la vuelta y

fulminar al tipo que ella miraba con tanto interés.

—¿A quién estás mirando, Emma? ¿Lo has puesto celoso?

—¿Qué?

—El tipo que está detrás de mí. Pareces muy interesada en él.

Emma se sorprendió tanto que Jake creyó haber cometido un error, pero

entonces vio la culpa en sus ojos. Ella estaba observando a otra persona y se

sonrojó de inmediato.

—No me gusta que me utilicen, Emma, y nunca te creí capaz de algo así.

Ella abrió la boca y volvió a cerrarla.

Un maremoto de adrenalina recorrió las entrañas de Jake, haciéndolo sentir

como hubiera salido a la mar en un kayak y se hubiese batido con las olas durante

horas. Sólo había sido un beso inocente, pero él se había hecho demasiadas

ilusiones. Y sabía que ella también. Había visto la mirada de sus ojos y probado la

sed de sus labios. Si ella hubiera sido honesta con él, lo habría hecho una y otra

vez. Pero las cosas habían resultado de otra manera y a él le sobraban candidatas.

Con las mejillas encendidas, ella guardaba silencio.

—Nos vemos, Emma —le dijo y se fue sin más.

Emma lo vio reunirse con su compañero y entonces supo que no podía dejar

las cosas así. Él había pasado del flirteo más abrasador a la frialdad más cruel en

un abrir y cerrar de ojos, pero tenía parte de razón, aunque ella no hubiera querido

utilizarlo para presumir ante otro hombre. Si no se hubiera llevado una sorpresa

tan grande se habría echado a reír ante algo tan absurdo. Pero ya era cautiva de sus

besos y no podía dejar que pensara mal de ella. Al principio no había sido más que

puro teatro, pero en cuestión de segundos, había caído presa de su mágico hechizo,

como siempre. Y aunque fuera increíble él había respondido con pasión, tal y como

hacía con aquellas preciosas rubias con las que solía salir.

Cuando sus labios la habían besado, todo había dejado de importarle. En ese

momento había descubierto lo que se había perdido durante tantos años.

Siempre había sentido algo por Jake. El instinto le decía que fuera tras él, y

así lo hizo, sabiendo que su cara la delataba.

—Jake, por favor, no era otro hombre.

Él guardó silencio.

Ella respiró hondo.

—Eran unas compañeras de trabajo. Las oí esta tarde hablando de mí.

Hablaban de mi inexistente vida amorosa —le dijo, sin atreverse a mirarlo—.

Admito que fue muy agradable que me vieran hablando con un hombre como tú

y... eh... —lo miró a los ojos, por fin.

—¿Un hombre como yo? —le preguntó él, arqueando las cejas.

—Sí —le dijo ella, levantando la barbilla y recuperando el valor—. Ya sabes,

Jake. A las mujeres les basta con mirarte una vez para saber que lo pasarán bien

contigo. Y ahora sé por qué.

Él la miró con una expresión divertida.

—Me lo tomaré como un cumplido.

Ella le devolvió la sonrisa. Era un alivio ver que no estaba enfadado. Quería

hacer las cosas bien.

—Sí que sabes cómo besar —aquellas palabras se escaparon de su boca.

Emma se sonrojó de pies a cabeza.

—¿Eso crees? —se pasó la mano por la barbilla y esbozó una sonrisa pícara.

Entonces se acercó a ella y habló en un susurro—. Bueno, si quieres repetir,

házmelo saber.

Emma se sonrojó todavía más. Las mejillas le ardían tanto que podría haber

freído un huevo sobre ellas. Él debía de pensar que era una idiota; la mujer más

tonta del mundo... La mojigata de Emma, intentando flirtear con un hombre...

¿Repetir? Habría estado bien si el efecto que él tenía sobre ella no hubiera

sido tan arrollador. Un simple beso juguetón era un terremoto para ella. Decirle

que «sí» a Jake Rendel estaba por encima de sus posibilidades. A él le gustaba

jugar y a ella nunca se le habían dado bien los deportes de equipo. Demasiado

avergonzada e incapaz de hablar, dio media vuelta, pero él la agarró del brazo.

—Me gusta jugar, Emma, pero en mi juego hay dos jugadores que conocen

las reglas... —se acercó un poco y Emma se quedó petrificada.

—¿Reglas?

Él asintió.

—Sin público —le susurró al oído—. Sin motivos personales. Y... —hizo una

pausa y la chispa de sus ojos arrojó una llamarada—. Sin ropa.

Al verlo sonreír, Emma supo que la había oído suspirar.

A Jake Rendel siempre se le había conocido por su buen humor, y por su

éxito con las mujeres. Hermosas mujeres.

Miró a Becca y a las otras, que seguían observándola tras el escudo de las

bebidas. Aquellas risitas sutiles se comían su entereza poco a poco. Volvió a mirar

a Jake. Él había seguido el rumbo de su mirada y les sonreía descaradamente.

Emma vio su mirada brillante y seductora y entonces la realidad se impuso como

una apisonadora.

Si ella no se hubiera acercado a él, y si no se hubiera quedado a su lado para

contarle su patética vida social, Jake se habría ido con aquellas rubias

despampanantes a la primera de cambio.

No era más que Emma Delaney; la chica rara. No se parecía en nada a las

novias de Jake Rendel y, a juzgar por la atención que les brindaba a sus

compañeras, él no parecía haber cambiado mucho.

Seguramente la había besado por pura curiosidad, para ver si ella se atrevía.

Jake volvió a mirarla y sonrió con desparpajo. Se estaba riendo de ella...

Emma dio un paso atrás al sentir el golpe de la humillación. Se había creído

capaz de flirtear, pero no podía haberse equivocado más. Él jamás se fijaría en una

mujer como ella. En ese momento debía de pensar que era más patética que la

última vez que habían hablado. Jake Rendel era un picaflor, pero no picaba a las

flores como ella.

Trató de recuperar la cordura y recobró la compostura. Al día siguiente

tenía muchas cosas importantes que hacer y necesitaba estar en plena forma. No

podía decepcionar a Max, ni tampoco a sí misma.

Recurrió a la cortesía formal que tan útil le había sido en otras ocasiones.

—Me alegro mucho de verte, Jake. Cuídate —le dijo, sabiendo que aquellas

palabras sonaban ridículas después de toda la pasión que habían compartido.

Esbozó una sonrisa fría y distante y se marchó sin mirar a sus compañeras.

Jake Rendel; el hombre más impresionante que jamás había conocido...

Acababa de hacer el ridículo delante de él. Nunca había estado interesado en ella y

jamás lo estaría.

Sólo esperaba no volver a verlo en mucho tiempo. Excepto en sus sueños.

Pero entonces se acordó...

Capítulo 3

Emma llegó al trabajo más pronto que de costumbre. Sólo esperaba haber

llegado antes que los obreros, antes que Jake. Se había emocionado tanto al verlo

que no había reparado en que iban a trabajar juntos durante unas semanas. Y

después la había besado, delante de todo el mundo. Y ella se había humillado a sí

misma, delante de todo el mundo; pero, sobre todo, delante de él.

Becca y sus compinches ya tenían algo nuevo de qué hablar. Ya tenían algo

más jugoso sobre lo que cotillear: su inexistente vida social se había convertido en

una desastrosa vida social de la noche a la mañana. No quería encontrárselas, y

tampoco quería ver a Jake.

Max la llamó a una reunión y la recibió con un guiño cuando entró en la sala

de juntas.

—Emma, quiero que estés presente —le hizo un gesto para que se sentara—.

Creo que ya conoces a Thomas, el director de White’s Construction.

Thomas era de la misma edad que Max. Emma sonrió.

—Quería decírselo a Max en persona —dijo Thomas, devolviéndole la

sonrisa—. He tomado las riendas. Una nueva generación al mando para llevarnos

hacia el futuro. Igual que aquí. Nos ha comprado una empresa más grande, mejor.

Al ver su expresión de satisfacción, Emma supo que podía darle la

enhorabuena.

—¿Se va a retirar?

—Sí. Ahora me espera el campo de golf, pero éste es el hombre que se

ocupará de todo. Si tienes problemas con los obreros, puedes hablar con él —

señaló detrás de ella.

Emma no se había dado cuenta de que había alguien más en la habitación.

Se volvió y entonces distinguió una alta silueta recostada contra la ventana. Era

Jake.

Emma apenas pudo reprimir un suspiro de sorpresa.

No era el Jake de siempre, el que llevaba vaqueros y camiseta. Este Jake

llevaba un impecable traje hecho a medida de color gris. La camisa era de un

blanco resplandeciente y la corbata discreta y sofisticada. Recién afeitado, estaba

más elegante que nunca. Parecía un completo extraño, pero el diablo que vivía en

sus ojos seguía ahí.

Emma se ruborizó. Había pensado que era uno de los obreros. ¡Jamás había

pensado que fuera el jefe!

La joven arrugó el entrecejo en una mueca de dolor. Ya no había forma de

esquivarlo. Estaría presente en todas las reuniones, supervisando el proyecto.

—Estabas en el bar anoche, ¿no es así, Jake? —dijo Max, llenando el silencio.

Emma lo miró horrorizada. Era evidente que su jefe se lo estaba pasando

bien.

—Creo que ya conoces a nuestra Emma.

—Sí —dijo Jake, mirándola con ojos descarados—. Nos conocemos desde

hace mucho.

—Sí, ayer me di cuenta —dijo Max, que parecía encantado.

Emma sabía que su incomodidad era evidente, y que Max estaba

disfrutando con todo aquello, pero no sabía que pensaba Jake. Sólo cabía esperar

que Thomas no se hubiera dado cuenta de lo que estaba ocurriendo.

Emma pensó que tendría que hablar con Max y con Jake en privado, pero

ella no quería hablar con Jake a solas. ¿Sin público? No podía permitirse el lujo de

romper alguna de esas reglas. El día anterior había ido por el camino de la

humillación, pero no volvería a hacerlo. Ya había tenido bastante.

—En realidad, llevamos muchos años sin vernos —dijo Emma, con tanta

frialdad como pudo reunir.

—Oh, bueno, eso explica un reencuentro tan afectuoso.

Emma tuvo ganas de estrangular a su jefe.

—A lo mejor podrías enseñarle el lugar a Jake. Así tendréis tiempo de

charlar un poco. Sólo ha visto el hotel en los planos. Llévatelo a dar una vuelta

ahora mismo, si quieres.

Emma no tuvo más remedio que aceptar. Al salir de la sala, escuchó las risas

de Max y Thomas a sus espaldas.

—¿Te sientes incómoda? —le preguntó Jake tan pronto como la puerta se

cerró detrás de ellos.

—No.

Él sonrió.

—Bien, ¿por dónde quieres empezar? —le preguntó ella, con la vista fija en

la moqueta.

—Un dormitorio estaría bien.

Emma lo ignoró. Tenía que hacerlo. Estaba bajo su hechizo, pero él sólo

estaba bromeando. Sabiendo que estaba avergonzada, le estaba apretando las

tuercas para divertirse un poco a su costa. Aquel beso no había significado nada

para él.

—Vayamos a la cocina. Allí empezarán las obras de remodelación —le dijo

Emma en un tono serio y profesional.

Jake fingió estar decepcionado.

Al ver la expresión de su rostro, Emma no pudo evitar echarse a reír. Jake

esbozó una sonrisa espléndida que dejaba ver su blanca dentadura y resaltaba sus

labios sensuales. La reacción de Emma fue incontrolable. Una chispa en su interior,

una llamarada de calor, una sonrisa...

—Eres imposible, Jake.

Era imposible seguir enfadada con él. Era imposible no sentirse atraída por

él.

Demasiado peligroso.

—Siento lo de la otra noche. Espero que no te cause ningún problema.

—No tiene importancia. Fue culpa mía —se ruborizó de nuevo—. Ya viste

lo bien que se lo pasa Max. A él no le importa siempre y cuando se haga el trabajo.

En realidad creo que disfruta «viendo a los jóvenes», como dice él.

—¿Los jóvenes?

—Oh, ya sabes, el botones flirteando con la cocinera, el camarero con la

chica de la limpieza... Cuando tienes más de treinta empleados jóvenes trabajando

a deshoras, es inevitable que pasen cosas.

Pero a ella no.

—Es inevitable.

Emma le lanzó una mirada afilada y él se echó a reír.

—Mira, ¿por qué no olvidamos lo que pasó anoche? —le dijo Emma,

tragándose el orgullo. Lo lamento muchísimo y me siento muy avergonzada.

—Yo no quiero olvidarlo, pero no hablaremos de ello si no quieres, ¿de

acuerdo? —concedió él y volcó toda su atención en los alrededores.

Emma supuso que le bastarían unos minutos para olvidarlo, y decidió hacer

lo mismo. Se centró en enseñarle el hotel y señaló las zonas donde tendría lugar la

mayor parte de las obras. Aquel humor burlón que lo caracterizaba se había

desvanecido por completo y Emma estaba impaciente por descubrir su lado más

profesional. Retrocedió y lo observó mientras inspeccionaba las habitaciones. Jake

examinó el techo y deslizó la mano por una estrecha grieta que recorría la pared.

Tenía las manos grandes, pero era capaz de tocar con gran delicadeza. Había

trabajado la madera desde pequeño. Su abuelo era carpintero y antes de morir le

había transmitido todos sus conocimientos en la carpintería que estaba al lado del

patio trasero de la casa de Emma. Ella sabía que él se había dedicado a la

construcción, pero no sabía que había tomado el control de una gran empresa

como White’s. Le miró el traje, hecho a medida, y entonces reparó en su cuerpo

fornido; el mismo que había estado tan cerca de ella el día anterior.

Él levantó la vista en ese momento y la sorprendió mirándolo. Entonces

sonrió con malicia y Emma apartó la vista. La joven se aclaró la garganta y lo

condujo a la recepción. Se detuvieron en el salón central, donde iba a tener lugar la

obra principal. Emma estaba explicándole los pormenores de la remodelación

cuando advirtió que él la miraba con insistencia. La joven se detuvo y le devolvió

la mirada. Aquella mirada pícara de unos minutos antes había vuelto y estaba en

pleno apogeo. Antes de que Emma se diera cuenta de lo que iba a hacer, él le

acarició el cabello y le dio un beso en la frente. Permanecieron inmóviles a un

milímetro de distancia. Los labios de él le hacían un ligero cosquilleo sobre la piel.

—Eh, Jake, ¿qué estás haciendo?

—Estoy consolidando tu nueva reputación.

—¿Qué?

—¿La recepcionista es una de las que estaban en el bar anoche? —le susurró

al oído.

—Sí.

—Eso pensaba yo.

Emma intentó volverse hacia Becca, pero él la hizo detenerse tomándola de

la mano. La agarró por la cintura y la condujo al ascensor.

—Estaba mirándonos.

—Jake, no importa.

—Sí que importa. A ti te importa. Te han hecho daño.

—Porque estaba pasando por un momento difícil.

En realidad estaba teniendo otro momento difícil en ese preciso instante. Si

él retiraba la mano que la sujetaba, bien podía perder el equilibrio y caerse de

bruces, pero si no la retiraba, las cosas podían complicarse demasiado.

—No pasa nada por tener momentos difíciles, Emma. Hasta una chica como

tú los tiene.

Las puertas del ascensor se abrieron y él la dejó entrar. Entonces apretó

todos los botones de los pisos superiores.

Emma se puso contra la pared.

—Jake, ¿qué haces?

—Estoy ganando tiempo —sonrió—. Aunque no conseguiré mucho. Sólo

hay cinco plantas —se volvió hacia ella—. Tengo una proposición que hacerte.

—¿Qué clase de proposición? —el corazón de Emma se aceleró.

—Arreglar tu imagen.

—Mi imagen...

—Sí, ya sabes. La de solterona adicta al trabajo...

—¿Solterona?

Él se acercó un poco y sonrió con picardía.

—Vamos, demuéstrales que eres una Mata Hari que vuelve locos a los

hombres.

Emma empezó a verlo todo nublado.

—¿Acaso te estás ofreciendo como candidato?

Las puertas se abrieron en la primera planta. Por suerte nadie entró, pero

Emma no tuvo agallas para salir, por mucho que supiera que era lo que debía

hacer.

—Claro. Puedo ser un buen candidato —le guiñó un ojo—. Vamos, estaré

aquí durante unas cinco semanas. Podemos darles un tema de conversación

novedoso y excitante. Puedes demostrarles que se equivocaron contigo.

—No voy a besuquearme contigo en la recepción, si eso es lo que quieres

decir —dijo Emma, con el corazón a mil por hora.

—¿Un par de horas?

—¡No! Hablo en serio.

—Y yo también. Nos reiremos mucho y nadie saldrá perjudicado.

Emma no estaba segura de eso. Podía ser una pantomima divertida para él,

no para ella. ¿Tener una aventura falsa con Jake Rendel?

—¿Por qué quieres hacer esto?

—Vi cómo te miraba esa mujer, Emma. Sé lo que piensa y está muy

equivocada. Yo conozco bien a las de su clase. Vamos. Será divertido. Una mirada

por aquí, una caricia por allá. Se quedarán perplejas. Tú misma dijiste que a Max

no le importaría.

—¿Una mirada? ¿Una caricia?

—Ah. Lo de besarse es diferente. No hace falta besarse.

—Pero acabas de besarme —dijo Emma, que aún sentía la huella de ese beso

en la frente.

—Eso no fue un beso. Eso sólo fue una caricia.

—Vamos.

Emma supo que aquello sólo iba a traerle problemas, pero no fue capaz de

decirle que no.

—¿Para qué están los antiguos vecinos? Para ayudarse. Vamos a enseñarles

tu lado más apasionado. ¿De acuerdo? Sabes que quieres hacerlo.

Una descarga eléctrica recorrió el cuerpo de Emma al verlo tan decidido.

Tenía razón. Quería hacerlo, pero no por ese motivo. Debería haberle dicho que no.

Debería haber declinado la proposición tal y como hacía con los maduritos casados

que solían invitarla a salir, pero una parte de ella era incapaz de hacerlo. No podía

resistirse a la tentación de demostrarles que estaban equivocadas.

Siempre había sido una chica rara y trabajadora; la niña tranquila que

siempre contestaba todas las preguntas en clase. El único motivo por el que alguien

como Becca se habría acercado a ella en el colegio habría sido para pedirle los

apuntes. Las chicas como ella lo tenían fácil con los hombres. Emma sabía que una

preciosidad como la recepcionista podría pescar a un tipo como Jake sólo

chasqueando con los dedos.

Un tipo como Jake... El hecho de tenerlo como cómplice hacía que el plan

fuera todavía más irresistible. Era imposible decir que no. Podía hacerlo. Iba a

hacerlo.

Por una vez en la vida sería ella quien gastaba la broma y no el objeto de la

broma.

—Muy bien —le dijo finalmente, consciente de que aquella fantasía le

traería muchos problemas.

—Entonces aceptas el desafío, Emma. A lo mejor incluso podemos mejorar

tu fondo de armario.

—¿Qué pasa con mi ropa?

—Nada —se apresuró a decir él—. Tus trajes son muy... elegantes.

—Elegantes.

Él se echó a reír.

—Demasiado estirados. A lo mejor podemos aflojarlos un poco.

—No voy a empezar a llevar ropa sexy en el trabajo, Jake.

—De acuerdo —le dijo él, levantando las manos—. No necesitas ropa para

verte sexy, Emma.

—¿Ya has empezado? Porque no hay necesidad.

—Digo la verdad.

—Tienes la lengua muy larga, Jake Rendel, y yo no debería hacer esto.

Él se rió aún más.

—Mira, tenemos que fingir que estamos viviendo un tórrido romance y

después aplastas mi corazón con tus tacones de aguja de diez centímetros.

—Yo no llevo agujas de diez centímetros.

—Lo sé —dijo él, riendo aún más.

—Bueno, un tacón que supere los cuatro centímetros me parece poco

práctico y molesto —le dijo. Su corazón palpitaba sin control. Él era un hombre con

amplia experiencia en las artes amorosas; un ligón empedernido, pero... ¿Cómo se

atrevía a criticar su ropa? Le habían costado mucho dinero.

—Te crees un soltero de oro, ¿verdad?

Él esbozó una sonrisa radiante.

—Tú lo has dicho, Emma. A las mujeres les gusta jugar conmigo. ¿Qué otra

cosa puedo decir?

—Por lo menos podrías reconocer que tienes un ego muy grande.

—Podemos dar a conocer algunos datos jugosos. Así seré una presa más

apetecible.

—¿Como qué?

—Tengo mi propio negocio y gano millones al año. Tengo tres casas,

incluyendo un chalé a pie de playa en el parque nacional de Abel Tasman. Sólo se

puede acceder por barco y helicóptero.

—¡Tienes mucha imaginación, Jake!

Él la miró con condescendencia.

—Es verdad. Al chico de las chapuzas le fue muy bien, Emma. ¿No lo

sabías?

Ella sacudió la cabeza.

—¿Un helicóptero?

—Con licencia.

—¿Un barco?

—Tres. Un yate, una lancha y un bote que es tan viejo que no debería contar,

pero flota, así que cuenta.

Ella lo miró con una expresión de perplejidad. ¿Cómo era posible que nunca

se hubiera enterado?

En realidad, todo tenía sentido. La madre de Jake nunca había fardado tanto

como su padre.

La expresión «soltero de oro» no era suficiente. Jake Rendel debería haber

sido portada de alguna revista femenina; arrebatadoramente guapo, rico y

divertido.

—¿Y por qué sigues soltero, Jake?

—Tú misma lo has dicho, Emma. A las mujeres les gusta jugar, y a mí me

gusta jugar con ellas.

Emma pensó que por lo menos era sincero.

—Pero esto no es real, Jake. Esto es sólo una farsa, ¿verdad?

—Por supuesto. Será todo un espectáculo —se apoyó en la pared del fondo

del ascensor, junto a ella, y sonrió.

Emma se sintió como si la hubieran golpeado en la cabeza y tuviera una

contusión importante. ¿Era por eso que se estaba comportando de una manera tan

extraña?

Capítulo 4

«Simplemente finge...».

Jake la vio entrar en el despacho de Max. ¿Qué estaba haciendo? Acababa de