Viajes Fuera del Cuerpo por Robert Monro - muestra HTML

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VIAJES FUERA DEL CUERPO: LA EXPANSION DE LA CONSCIENCIA MAS

ALLA DE LA MATERIA

de MONROE, ROBERT A.

PALMYRA

Traduce: altalaire

Nº páginas: 308 pags

Lengua: CASTELLANO

Encuadernación: Tapa blanda

ISBN: 9788496665330

Nº Edición:1ª

Año de edición:2008

Plaza edición: MADRID

«Viajes fuera del cuerpo, el relato de Monroe sobre sus viajes, repleto de

trasgos parásitos y seres humanos muertos, sexo astral, formidables

traslados a otras dimensiones de vértigo y consejos prácticos sobre cómo

salir del cuerpo, narrado con humor inteligente, es un libro de culto desde su

publicación en 1971».

MICHAEL HUTCHINSON, Megabrain

«Las experiencias de Robert Monroe probablemente son las más intrigantes

que ha vivido una persona de nuestro tiempo, con la posible excepción

de Carlos Castaneda...».

JOSEPH CHILTON PEARCE, Magical Child

Robert Monroe, el fundador de The Monroe Institute, era un empresario

estadounidense de gran éxito en el mundo de la comunicación. Empezó a

experimentar estados no ordinarios de consciencia que cambiaron

drásticamente su vida: un día, de forma involuntaria, se encontró

abandonando su cuerpo físico para viajar con un «segundo cuerpo» a

escenarios muy apartados de las realidades físicas y espirituales de su vida

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cotidiana. Se introducía así en un ámbito de consciencia expandida más al á

de los límites del espaciotiempo que le permitió reconocer la muerte como un

estado diferente de «vida».

Decidido a investigar a fondo lo que le estaba ocurriendo, comenzó a estudiar

los diferentes enfoques de la consciencia humana más al á de la realidad

ordinaria, reconociendo al ser humano como un sistema de energía capaz de

interactuar con sistemas energéticos superiores. Plasmó sus «experiencias

fuera del cuerpo» en este libro, el primer enfoque serio sobre los viajes

astrales y el clásico indiscutible en este campo.

1 NI CON VARITA MÁGICA NI A LA LIGERA

Lo que sigue figuraría normalmente en un prólogo o prefacio. Está situado

aquí porque se supone que la mayoría de los lectores se saltan esos

prolegómenos para entrar directamente en materia. En este caso lo que sigue

es el meol o de la cuestión.

Las razones principales para publicar el material aquí contenido son:

1. Que a través de la máxima difusión posible otros seres humanos (quizás

sólo uno) pueden librarse de los padecimientos y terrores del ensayo y error

en un ámbito donde no hay respuestas concretas; que pueden hal ar consuelo

en saber que otras personas han tenido las mismas experiencias; que

reconocerán en sí mismos el fenómeno y, en consecuencia, evitarán el

trauma de la psicoterapia o, poniéndonos en lo peor, de la demencia y el

internamiento en un hospital psiquiátrico.

2. Que mañana o en los años venideros las ciencias formales y aceptadas de

nuestra cultura ampliarán sus horizontes, conceptos y postulados e

investigarán para ensanchar las perspectivas aquí expuestas con el fin de

enriquecer en el ser humano el conocimiento y la comprensión de sí mismo y

de todo cuanto le rodea.

Me sentiré sobradamente recompensado con que se alcance alguno de estos

objetivos.

La presentación de este material no está orientada a ningún público científico

en particular. Al contrario, el objetivo principal es ser lo más concreto posible

en un lenguaje al alcance tanto de los científicos como de los profanos en la

materia, huyendo de ambiguas generalizaciones. Médicos, químicos,

biólogos, psiquiatras y filósofos pueden servirse de terminologías más

técnicas o especializadas para formular idénticas afirmaciones. Y necesitan

interpretaciones. En nuestro caso la sencil ez que buscamos indica que el

plan de comunicación es factible, que el discurso «sencil o» transmite los

significados pertinentes a un público más amplio que un reducido grupo de

especialistas.

También cabe esperar que muchas interpretaciones sean contradictorias. El

proceso mental más difícil es considerar objetivamente cualquier concepto

que, si se acepta como un hecho, implica desechar toda una vida de

formación y experiencia. Sin embargo, ya se han aceptado como hechos

muchas cosas con muchas menos pruebas que las aquí presentadas.

Albergamos la esperanza de que se aplique el mismo criterio a los datos que

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se incluyen aquí.

Efectivamente, el proceso mental más complicado de todos es el de

considerar algo objetivamente. Basta con hacerlo una vez en la vida.

Vamos a empezar este inocente relato por una experiencia muy personal.

En la primavera de 1958 yo l evaba una vida razonablemente normal con una

familia razonablemente normal. Vivíamos en el campo porque somos amantes

de la naturaleza. La única actividad heterodoxa eran mis experimentos con

datos extraídos durante el sueño, conmigo como sujeto principal.

La primera señal de desviación de la norma se produjo un domingo por la

tarde. Mientras mi familia estaba en la iglesia efectué el experimento de

escuchar una grabación en cinta en un medio muy aislado. Se trataba de

forzar la concentración en una sola fuente (auditiva) de señales inteligentes

que reducía la entrada de señales de los demás sentidos. El éxito vendría

medido por el grado de retentiva y recuerdo.

Escuché la cinta aislado de otros sonidos y estímulos visuales. No contenía

sugerencias insólitas ni difíciles. Vista retrospectivamente, la sugerencia más

clara era la de recordar todo cuanto sucedía durante el ejercicio de relajación.

La cinta siguió su curso sin nada de particular. Me acordaba de todo porque

había sido producto de mis propios esfuerzos y, por lo tanto, me resultaba

familiar. Quizás sea demasiado, puesto que en mi caso no era posible

recordar ningún material original ni nuevo. Esta técnica tendría que utilizarse

con otro sujeto.

Cuando volvió mi familia tomamos un desayuno a base de huevos revueltos y

bacon. Sentados a la mesa tuvimos alguna discusión intrascendente sin

relación alguna con el problema.

Poco más de una hora después me entró un fuerte dolor en el diafragma o

plexo solar, justo debajo de la caja torácica. Era un dolor persistente.

Al principio creí que se trataría de algún alimento del desayuno que estaba en

mal estado. Desesperado, traté de vomitar, pero tenía el estómago vacío. Los

demás miembros de mi familia, que habían tomado la misma comida que yo,

no sentían en cambio ninguna molestia. Intenté hacer ejercicio y caminar

creyendo que se trataba de un músculo abdominal agarrotado. Apendicitis no

era, porque me habían quitado el apéndice. Podía respirar bien a pesar del

dolor y mis pulsaciones eran normales. No sudaba ni tenía ningún otro

síntoma aparte de la rigidez y el dolor de los músculos de la parte superior del

abdomen.

Se me ocurrió que tal vez podría habérmelo causado algo relacionado con la

grabación. No encontré nada raro al volver a escuchar la cinta ni tampoco en

la copia escrita de la que se había sacado. Seguí la sugerencia antes

mencionada con objeto de aliviar cualquier otra sugerencia inconsciente que

hubiera podido recibir. No conseguí nada.

Tal vez debería haber l amado inmediatamente al médico. Pero no parecía

nada serio ni empeoraba. Aunque tampoco mejoraba, por lo que por fin

decidimos l amar al doctor. Todos los médicos de la zona habían salido a

jugar al golf.

El agarrotamiento y el dolor siguieron desde la una y media de la tarde hasta

cerca de la medianoche. Ningún remedio casero me aliviaba. Poco después

de las doce de la noche me quedé dormido de puro agotamiento.

A la mañana siguiente me desperté temprano, y el agarrotamiento y el dolor

habían desaparecido. Notaba molestias musculares en toda la zona afectada,

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como después de haber tosido mucho, pero nada más. Sigo sin conocer cuál

fue la causa del agarrotamiento. Lo menciono sólo porque fue el primer

suceso fuera de lo común, físico o lo que fuera, que se produjo.

Visto retrospectivamente, quizá fuera el toque de una varita mágica o un

mazo, aunque yo entonces no lo sabía.

Unas tres semanas más tarde tuvo lugar el segundo suceso importante. No

había vuelto a experimentar con las grabaciones en cinta porque abrigaba

serias sospechas de que el agarrotamiento tuviera alguna relación con el o.

Por lo tanto, en principio no había nada que provocara el suceso.

En otra ocasión sucedió un domingo por la tarde, cuando mi familia estaba en

la iglesia. Me tumbé en el sofá y me invadió un ligero sueño mientras la casa

estaba en silencio. Me hal aba boca abajo (con la cabeza al norte, si eso

indica algo) cuando por el norte salió del cielo un destel o o un rayo formando

un ángulo de unos 30 grados de la línea del horizonte. Fue como si golpeara

una luz cálida. Sólo que era de día y no se veía ningún destel o.

Al principio creía que era un rayo de sol, aunque eso era imposible por el lado

norte de la casa. El efecto que me produjo el rayo cuando me golpeó en todo

el cuerpo fue el de una violenta sacudida o «vibración». Me quedé sin fuerzas

para moverme. Como si estuviera atornil ado.

Asustado, hice esfuerzos por moverme. Era como forcejear con unas

ataduras invisibles. A medida que fui logrando incorporarme en el sofá la

sacudida y la vibración se desvanecieron y pude moverme libremente.

Me levanté y anduve un poco. No tenía conciencia de haber perdido el

conocimiento, y el reloj dejaba claro que no transcurrieron más que unos

segundos desde que estuve echado en el sofá. No había cerrado los ojos y

había visto la habitación y oído los ruidos de la cal e durante todo el episodio.

Me asomé a la ventana, en particular a la que da al norte, aunque no sé por

qué ni qué esperaba ver. Todo parecía normal y en calma. Salí a dar un

paseo para pensar en aquel a cosa tan extraña que había sucedido.

Estos mismos hechos se repitieron nueve veces durante mes y medio en

momentos y lugares diferentes. El único elemento común era que empezaban

nada más echarme a descansar o a dormir. En cuanto me esforzaba por

incorporarme la «sacudida» se desvanecía. Aunque mi cuerpo «notaba» la

sacudida, yo no veía pruebas tangibles.

Mis limitados conocimientos de medicina apuntaron a muchas posibles

causas. Pensé en la epilepsia, pero sabía que los epilépticos no tenían

recuerdos ni sensaciones en sus ataques. Además, sabía que la epilepsia es

hereditaria y que se manifiesta a temprana edad, lo cual no era mi caso.

La segunda posibilidad era un trastorno cerebral del tipo del desarrol o de un

tumor. Los síntomas no eran los normales, pero cabía la posibilidad. Acudí

temeroso al médico de la familia de toda la vida, el doctor Richard Gordon, y

le expuse los síntomas. Como internista, él debería tener la respuesta

pertinente. Además, conocía mi historia clínica.

Tras un reconocimiento general, el doctor Gordon sugirió que yo había estado

trabajando en exceso, que durmiera más y que perdiera algo de peso. En

resumen, no detectó en mí ningún problema físico. Se rio de la posibilidad de

un tumor cerebral o de que padeciera epilepsia. Le creí y regresé a casa

aliviado.

Pensé que, si este fenómeno no tenía una base física, debería ser una

alucinación, una especie de fantasía. Por lo tanto, si volvía a producirse, lo

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observaría lo más objetivamente posible. Me hizo el favor de «presentarse»

esa misma tarde.

Empezó unos dos minutos después de acostarme. Esta vez estaba decido a

aguantar y ver qué pasaba en lugar de intentar quitármelo de encima.

Entonces la «sensación» surgió en mi cabeza y recorrió todo mi cuerpo. No

fue una sacudida, sino más bien una «vibración» regular y de frecuencia

invariable. Algo así como una descarga eléctrica que recorriera todo el cuerpo

sin causar dolor. Además, la frecuencia estaba por debajo de las sesenta

pulsaciones, quizás en la mitad.

Aguanté l eno de miedo, procurando conservar la calma. Seguía viendo la

habitación, pero no podía oír gran cosa aparte del zumbido causado por las

vibraciones. No sabía lo que iba a pasar. Y no pasó nada. A los cinco minutos

la sensación se desvaneció y me levanté completamente normal. Sólo tenía el

pulso acelerado debido a la excitación del momento, lógicamente. El resultado

me quitó buena parte del miedo a este fenómeno.

En las otras cuatro o cinco veces que se produjo no logré averiguar mucho

más. Al menos en una ocasión adoptó la forma de un anil o de chispas de

unos 70 centímetros de diámetro, con el eje en el centro de mi cuerpo. Podía

distinguir perfectamente el anil o si cerraba los ojos. Empezaba en la cabeza,

bajaba despacio hasta los pies y volvía a subir a la cabeza manteniendo un

ritmo constante. El ciclo me pareció que duraba unos cinco segundos.

Cuando el anil o iba pasando por mi cuerpo yo notaba las vibraciones como si

me estuviera atravesando un aro. Cuando pasaba por mi cabeza producía un

gran zumbido y yo notaba las vibraciones en el cerebro. Traté de estudiar este

anil o l ameante de aspecto eléctrico, pero no hal é ninguna explicación, como

tampoco acerté a saber qué era.

No dije nada de todo esto a mi esposa ni a mis hijos. No me pareció oportuno

preocuparles hasta no saber algo concreto.

Sí se lo comenté a un amigo, el conocido psicólogo doctor Foster Bradshaw.

No sé qué sería de mí ahora de no haber sido por él. Tal vez estaría en un

psiquiátrico.

Le comenté lo que me pasaba y mostró un gran interés. Sugirió que podría

tratarse de una forma de alucinación. Me conocía bien, igual que el doctor

Gordon. Por eso se tomó a risa la idea de que yo padeciera una incipiente

esquizofrenia o algo parecido. Le pregunté qué debía hacer al respecto.

Siempre recordaré su respuesta.

«Pues lo único que puede hacer es investigar y averiguar qué es», contestó el

doctor Bradshaw. «No tiene muchas otras posibilidades. Si me ocurriera a mí,

me perdería en algún bosque hasta dar con la respuesta».

La diferencia era que me ocurría a mí y no al doctor Bradshaw, y que yo no

podía permitirme perderme en ningún bosque, ni literalmente ni en sentido

figurado. Tenía una familia a la que mantener, entre otras cosas.

Transcurrieron varios meses durante los cuales siguió produciéndose el

fenómeno de las vibraciones. Casi l egó a convertirse en una rutina hasta una

noche en la que estaba ya acostado y a punto de dormirme. Empezaron las

vibraciones y aguardé pacientemente a que cesaran para poder dormir. Tenía

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el brazo que colgaba por el lado derecho de la cama, rozando la alfombra con

la punta de los dedos.

Me puse a mover los dedos sin darme cuenta y vi que podía rascar la

alfombra. Sin pensar ni darme cuenta de que podía mover los dedos durante

la vibración, presioné sobre la alfombra con la punta de los dedos. Tras un

momento de resistencia los dedos parecieron penetrar en la alfombra y tocar

el suelo. Seguí presionando con cierta curiosidad. Los dedos atravesaron el

suelo y noté la superficie de la parte superior del techo del piso de abajo.

Tanteé con la mano y noté un pequeño trozo triangular de madera, un clavo

torcido y algo de serrín. Seguí presionando con la mano, movido por la

curiosidad que me provocaba aquel a fantástica sensación.

Atravesé el techo del piso de abajo y noté como si lo hubiera hecho con todo

el brazo. Estaba tocando agua con la mano. La agité con los dedos como algo

normal.

De pronto caí en la cuenta de lo que estaba ocurriendo. Estaba

completamente despierto. Podía ver por la ventana el paisaje bañado por la

luz de la luna. Podía verme a mí mismo echado en la cama, con las mantas

por encima y la almohada debajo de la cabeza y el pecho subiendo y bajando

al ritmo de la respiración. Las vibraciones continuaban, aunque con menor

intensidad.

Sin embargo, increíblemente, estaba jugueteando con la mano en el agua y

notaba que atravesaba el suelo con el brazo. Era evidente que estaba

completamente despierto, pero la sensación seguía allí. Cómo podía estar

despierto al mismo tiempo que «soñaba», 'al mismo tiempo que atravesaba el

suelo con el brazo?

Las vibraciones empezaron a desvanecerse, y de repente pensé que había

alguna relación entre el as y mi brazo, que atravesaba el suelo. Si se hubieran

desvanecido antes de que yo «sacara» el brazo, el suelo podría haberse

cerrado y yo me haría quedado sin brazo. Quizás las vibraciones habrían

hecho un agujero temporal en el suelo. No me paré a pensar «cómo».

Saqué el brazo del suelo, lo subí hasta la cama y las vibraciones cesaron al

poco rato. Me levanté, encendí la luz y miré al lado de la cama. No había

ningún agujero ni en la alfombra ni en el suelo. Estaban igual que siempre. Me

miré la mano y el brazo, e incluso me fijé en si estaban mojados. No había

nada, todo estaba absolutamente normal. Eché una mirada por la habitación.

Mi esposa estaba durmiendo tranquilamente en la cama, todo estaba en

orden.

Estuve mucho tiempo pensando en la alucinación, hasta que por fin me

tranquilicé lo suficiente como para quedarme dormido. Al día siguiente l egué

a pensar en hacer un agujero en el suelo para ver si lo que yo había notado

estaba al i (el trozo triangular de madera, el clavo torcido y el serrín). Pero no

me veía rompiendo el suelo a causa de una terrible alucinación.

Conté este episodio al doctor Bradshaw, quien coincidió conmigo en que era

una fantasía bastante convincente. Se mostró partidario de hacer el agujero

en el suelo para averiguar qué había al í. Me presentó al doctor Lewis

Wolberg, un psiquiatra de prestigio. Mencioné de pasada el fenómeno de las

vibraciones al doctor Wolberg durante una cena. Puso interés por mera

cortesía porque no estaba «trabajando», cosa de la que no puedo culparle.

No me atreví a contarle lo del brazo atravesando el suelo.

Todo se estaba enmarañando. Mi entorno y mi experiencia personal me

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habían l evado a esperar algún tipo de respuesta o, como mínimo, algunas

opiniones favorables de la tecnología moderna. Para ser un profano tenía una

formación científica, técnica y médica por encima de la media. Ahora me

enfrentaba con algo cuyas respuestas (o las meras extrapolaciones) no

surgían de inmediato. Visto retrospectivamente sigo sin entender el hecho de

no haber dejado nunca el asunto de lado. Tal vez habría sido imposible,

aunque lo hubiera intentado.

En aquel momento pensaba que me enfrentaba con algunas incongruencias

porque no sabía lo que me esperaba. Unas cuatro semanas más tarde,

cuando volvieron las «vibraciones», fui muy cauteloso a la hora de intentar

mover el brazo o la pierna. Una noche estaba en la cama a punto de

dormirme. Mi esposa ya estaba dormida a mi lado. Noté una sensación en la

cabeza que se extendió en seguida por todo el cuerpo. Igual que otras veces.

Mientras estaba al í acostado tratando de decidir cómo analizar el asunto de

otra forma, se me ocurrió pensar en lo bonito que sería montar en un

planeador la tarde siguiente (mi hobby por aquel entonces). Pensé en el

placer que me daría sin atenerme a las consecuencias (o sin saber que las

habría).

Al momento noté que algo me apretaba en el hombro. Me l evé la mano al í

con cierta curiosidad para ver lo que era.

Toqué una pared lisa. Moví la mano por la pared hasta estirar el brazo del

todo, y la superficie de la pared seguía estando lisa y en perfecto estado.

Puse los cinco sentidos en intentar ver algo en la penumbra. Era una pared, y

yo estaba recostado en el a. Deduje de inmediato que me había dormido y

que me había caído de la cama. (No me había pasado nunca pero, con la

cantidad de cosas raras que estaban ocurriendo, cabía dentro de lo posible).

Después volví a mirar. Había algo raro. La pared no tenía ventanas, ni

muebles apoyados ni puertas. No era la pared de mi habitación. Y, sin

embargo, me resultaba familiar. En ese mismo instante la reconozco era una

pared, era el techo. Yo estaba flotando en el techo, con un leve balanceo al

menor movimiento. Me deslicé por el aire, atónito, y miré abajo. Allí, con la

penumbra bajo mi cuerpo, estaba mi cama con dos figuras acostadas en el a.

A la derecha mi esposa. Junto a el a, otra persona. Ambos parecían dormidos.

Me pareció un sueño extraño. Sentí curiosidad. ¿Quién iba a estar en la cama

con mi esposa? Miré más detenidamente y me l evé una fuerte impresión. ¡El

otro que estaba en la cama era yo!

Mi reacción fue casi instantánea. Yo estaba aquí y mi cuerpo estaba al í. Me

estaba muriendo, eso era la muerte, y yo no estaba preparado para morir. Las

vibraciones me estaban matando de alguna manera. Desesperado, me

zambul í en dirección a mi cuerpo igual que un buzo. Acto seguido noté la

cama y las mantas y, cuando abrí los ojos, estaba mirando la habitación

desde la perspectiva de mi cama.

¿Qué ocurrió? ¿Había estado casi muerto de verdad? El corazón se me había

desbocado, pero no de un modo anormal. Moví los brazos y las piernas. Todo

parecía normal. Las vibraciones habían desaparecido. Me levanté y anduve

por la habitación, me asomé a la ventana y fumé un cigarril o.

Pasó un buen rato hasta que tuve valor para volver a la cama, acostarme y

dormirme.

A la semana siguiente volví a ver al doctor Gordon para hacerme otro

reconocimiento físico. No le conté el motivo de la visita, pero se dio cuenta de

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mi preocupación. Me hizo un reconocimiento a fondo, con análisis de sangre y

orina, fluoroscopia, electrocardiograma, palpación de todas las cavidades y

otras cosas que se le ocurrieron. Observó con detenimiento cualquier indicio

de lesión cerebral y me hizo muchas preguntas sobre los actos motores de

diversas partes del cuerpo. Me hizo un electroencefalograma (análisis de las

ondas cerebrales), que tampoco mostró ningún problema anormal. Al menos,

nunca me habló de ninguno, y estoy seguro de que lo habría hecho si lo

hubiera detectado.

El doctor Gordon me dio unos tranquilizantes y me mandó a casa con la orden

de perder peso, fumar menos y descansar más; y dijo que, de tener algún

problema, no era físico.

Me reuní con el doctor Bradshaw, mi amigo psicólogo. Cuando le conté la

historia no se mostró nada comprensivo. Creía que yo debía intentar repetir la

experiencia si me era posible. Le contesté que no estaba dispuesto a morir.

í «Oh, no creo que lo haga», dijo el doctor Bradshaw muy tranquilo. «Algunos

practicantes de yoga y esas religiones orientales afirman que son capaces de

hacerlo cuando se lo proponen».

Le pregunté «qué» se proponían.

«Pues salir del cuerpo físico durante un tiempo», respondió. «Según el os,

pueden ir a cualquier parte. Debería usted intentarlo».

Le dije que eso era ridículo. Nadie puede viajar por ahí sin el cuerpo físico.

«Bueno, yo no estaría tan seguro», respondió el doctor Bradshaw muy

tranquilo. «Debería usted leer algo sobre los hinduistas. ¿Estudió usted

Filosofía en la universidad?».

Le dije que sí, pero que no recordaba nada referido a viajes fuera del cuerpo.

«Me parece a mí que no tuvo usted el profesor adecuado de Filosofía». El

doctor Bradshaw encendió un puro y después me miró. «Bueno, no sea tan

cerrado. Trate de averiguar algo». Como decía mi profesor de Filosofía: «Si

eres tuerto gira la cabeza, pero si eres ciego aguza el oído y escucha».

Le pregunté qué había que hacer si además se era tuerto, pero no me

contestó.

Por supuesto, el doctor Bradshaw tenía razones para tomárselo tan a la

ligera. Estaba ocurriéndome a mí, no a él. No sé qué habría hecho sin su

enfoque pragmático y su maravil oso sentido del humor. Es una deuda que

nunca le podré pagar.

Volví a notar las vibraciones otras seis veces más hasta que reuní el valor

necesario para intentar repetir la experiencia. Cuando lo hice fue un

anticlimax./ Se me ocurrió salir flotando hacia arriba en plenas vibraciones y lo

conseguí.

Me elevé suavemente por encima de la cama y, cuando quise detenerme, me

quedé flotando en el aire. No era en absoluto una sensación negativa, pero

me preocupaba caerme de repente. Momentos después pensé en bajar y en

seguida volví a encontrarme en la cama con todos los sentidos físicos

normales en funcionamiento. En ningún momento, desde el instante en que

me acosté hasta que me levanté (una vez que desaparecieron las

vibraciones) perdí la consciencia. Si no era real, si se trataba de una

alucinación o un sueño, entonces yo tenía un grave problema. Era incapaz de

distinguir dónde cesaba la vigilia y comenzaba el sueño.

Hay miles de personas con ese mismo problema en los hospitales

psiquiátricos.

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La segunda vez que intenté disociarme deliberadamente también lo conseguí.

Volví a subir a la altura del techo. Sin embargo, esta vez experimenté un

impulso sexual avasal adoramente fuerte y no pude pensar en nada más.

Regresé a mi cuerpo físico avergonzado e irritado conmigo mismo por mi

incapacidad para controlar esta oleada de emoción.

No descubrí el secreto de dicho control hasta cinco episodios más tarde. La

visible importancia de la sexualidad en todo este asunto es tan grande que se

tratará con detal e más adelante. Entonces era un exasperante bloqueo

mental el que me retenía dentro de los límites de la habitación donde estaba

mi cuerpo físico.

Como no disponía de otra terminología aplicable empecé a l amar Segundo

Estado a esta situación y(Segundo Cuerpo al otro cuerpo no físico que, al

parecer, poseemos Esta terminología sigue siendo válida por el momento.

Hasta la primera prueba experimental que pudo ser verificada yo pensaba que

esto no eran sino ensoñaciones, alucinaciones, una aberración neurótica, una

esquizofrenia incipiente, fantasías causadas por autohipnosis o cosas peores.

La primera experiencia contrastada fue un auténtico mazazo. Aceptar los

hechos afectaba prácticamente a toda mi experiencia vital hasta ese

momento, a mi formación, mis ideas y mi escala de valores. Hacía añicos en

especial mi fe en la totalidad y certidumbre del conocimiento científico de

nuestra cultura. Yo estaba seguro de que nuestros científicos tenían todas las

respuestas. Al menos la mayoría.

Por el contrario, si rechazaba algo evidente para mí, si bien para nadie más,

entonces estaba rechazando algo que me merecía el máximo respeto: que la

emancipación y el progreso de la humanidad depende principalmente del

avance de lo desconocido a lo conocido mediante el empleo del intelecto y los

principios científicos.

Ése era el dilema. En realidad, puede que me hayan tocado con una varita

mágica o que me hayan concedido un don. Aún no lo sé.

2 BÚSQUEDA E INVESTIGACIÓN

¿Qué hace uno cuando se enfrenta con lo desconocido? Dar media vuelta y

olvidarlo? En este caso dos factores negaron esa posibilidad. Una, la

curiosidad. La otra, que no puede olvidarse ni ignorarse a un elefante en el

cuarto de estar. O, mejor dicho, a un fantasma en el dormitorio.

Pero eso no eliminaba en mí el conflicto y la ansiedad, que eran muy reales,

muy inquietantes. Estaba fuera de toda duda el hecho de que me daba mucho

miedo lo que pudiera ocurrirme si persistían estos fenómenos. Me

preocupaba más la posibilidad de contraer una enfermedad mental que un

deterioro físico. Había estudiado suficiente psicología y tenía bastantes

amigos psicólogos y psiquiatras para albergar tales temores. Me daba miedo

que me clasificaran igual que a sus «pacientes» y que perdiera así la cercanía

que otorga la igualdad (normalidad). Sería peor aún con los amigos ajenos a

la profesión, en la empresa y el vecindario. Me tacharían de anormal o

psicótico, y eso podía afectar seriamente a mi vida y a las vidas de los más

próximos a mí.

Por último, parecía que era algo que debía mantener al margen de mi familia.

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No hacía ninguna falta que se preocuparan por mí. La necesidad ineludible de

explicar ciertos actos extraños por mi parte fue lo único que me obligó a

contárselo a mi esposa. Ella lo aceptó a regañadientes porque no le

quedó más remedio, y de esa manera se convirtió en un testigo preocupado

de incidentes y hechos en abierta contradicción con su formación religiosa.

Los hijos eran entonces demasiado pequeños para entenderlo. Más adelante

este asunto se convirtió para el os en algo cotidiano. Estando ya en la

universidad, mi hija mayor me contó que una noche, después de que su

compañera de habitación y el a hubieran echado una mirada por el dormitorio,

dijo: «Papá, si estás ahí, creo que es mejor que te vayas ahora. Tenemos que

desnudarnos para acostarnos». En ese momento yo estaba a doscientas

mil as de al í, tanto físicamente como de otras maneras.

Fui acostumbrándome poco a poco a este extraño añadido a mi vida. Cada

vez iba siendo más capaz de controlar sus movimientos. En cierto sentido se

había convertido en algo útil. No tenía ganas de perdérmelo. El misterio de su

sola presencia había incitado mi curiosidad.

Mis temores no se disiparon aun cuando había l egado a la conclusión de que

no existía una causa fisiológica, y de que yo no estaba peor de la cabeza que

los demás. Pero seguía siendo un defecto, enfermedad o deformidad que

había que esconder de las personas «normales». No podía hablar con nadie

del problema, aparte de alguna que otra visita al doctor Bradshaw. Otra

posible solución era recurrir a alguna forma de psicoterapia. Pero un año (o

cinco o diez) de entrevistas diarias al precio de miles de dólares no auguraba

resultados muy efectivos.

Al principio me sentí muy solo.

Hasta que por fin comencé a experimentar la necesidad de ir tomando notas

de cada suceso. Asimismo inicié lecturas en áreas de estudio descuidadas

hacía mucho tiempo por el rumbo que había dado a mi vida. La religión no

había influido mucho en mi pensamiento, aun cuando parecía ser el único

cuerpo de escritos y conocimiento del hombre en el que podía buscar

respuestas. Aparte de haber ido a la iglesia de pequeño y alguna que otra vez

con un amigo, la iglesia y la religión habían significado poco para mí. De

hecho, no había pensado mucho en estos asuntos sencil amente porque no

despertaban mi interés.

Encontré vagas referencias y generalidades en mi lectura superficial de las

filosofías y religiones occidentales antiguas y actuales. En algunas hal é

intentos de describir o explicar fenómenos similares. Particularmente en la

Biblia y en los algunos autores cristianos, aun cuando no señalaban causas ni

remedios específicos. El mejor consejo consistía en orar, meditar, ayunar, ir a

la iglesia, confesar los pecados, aceptar la Santísima Trinidad, creer en el

Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, resistir al Mal o no resistir ningún Mal y

entregarme a Dios.

Todo esto no hizo sino agudizar el conflicto. Según la historia religiosa, si esta

cosa nueva en mi vida era «buena», es decir, un «don», entonces,

evidentemente, era algo propio de los santos o, al menos, del estereotipo de

los santos. Me di cuenta de que la santidad quedaba fuera de mi alcance. Si

esta nueva cosa era «mala», entonces era obra del demonio o, por lo menos,

de un demonio que intentaba poseerme y disponer de mí y que debía ser por

tanto exorcizado.

Los ministros ortodoxos a la religión organizada a quienes visité aceptaron

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cortésmente este último punto de vista con distintos matices. Me dio la

sensación de que yo les parecía peligroso y herético. Se quedaban

preocupados.

«En las religiones orientales hal é más aceptación de la idea, tal como había

vaticinado el doctor Bradshaw. Hablaban mucho de la existencia de un cuerpo

no físico, aunque semejante estado era fruto de un gran desarrol o espiritual.1

Sólo los maestros, gurús y otros hombres santos muy ejercitados tenían la

capacidad de abandonar temporalmente el cuerpo físico para tener

experiencias místicas indescriptibles. No daban detal es ni explicaciones

pragmáticas de en qué consistía ese desarrol o espiritual. Se daba por

supuesto que esos detal es eran de dominio público en las prácticas de los

cultos secretos, sectas, monasterios de lamas, etcétera.

Si esto era cierto, ¿qué o quién era yo? Desde luego, alguien demasiado

mayor para empezar una nueva vida en un monasterio tibetano.; La soledad

era extrema. Porque no había respuestas. Al menos en nuestra cultura.

Fue entonces cuando descubrí la existencia de una organización clandestina

en Estados Unidos. Con la particularidad de que no existían leyes contra el a

ni estaba proscrita ni perseguida oficialmente. Esta organización clandestina

sólo se mezcla en ocasiones y parcialmente con el mundo de los negocios, la

ciencia, la politica, la universidad y las l amadas artes. Además, no se limita a

Estados Unidos, sino que está infiltrada por toda la civilización occidental.

Muchas personas han oído hablar vagamente o han entrado en contacto por

casualidad con el a y la desdeñan como si no fuera más que un grupo de

gente con ideas raras. Lo cierto es que normalmente los miembros de esta

organización clandestina, que son respetados en sus respectivas

comunidades, no hablan de sus intereses y creencias salvo con otros

miembros del club. Han aprendido por experiencia que hablar de el o con

libertad l eva aparejada la censura de sus ministros del culto, clientes,

empleados e incluso amigos.

Sospecho que sus miembros pueden contarse por mil ones, en caso de que

todos se lo reconozcan. Pueden pertenecer a cualquier ámbito de la vida:

científicos, psiquiatras, amas de casa, universitarios, empresarios,

adolescentes y algún que otro ministro del culto de las religiones organizadas.

Este grupo cumple con todos los requisitos de un movimiento clandestino. Se

reúnen en pequeños grupos, discretamente y, a menudo, casi en secreto.

(Los actos se anuncian a menudo públicamente, pero hay que estar «en el

ajo» para poder entenderlos). Normalmente los participantes sólo comentan

los asuntos de la organización con otros miembros de la misma. Nadie

conoce la vida ni los secretos intereses de los miembros de la organización,

salvo la familia y los amigos más íntimos (que probablemente también sean

miembros).

Lo niegan cuando se les pregunta porqueta menudo ni siquiera saben que

son miembros: Todos están dedicados en cierta medida a una causa

emocional e intelectualmente. Por último, esta organización clandestina tiene

su propia literatura, lenguaje, tecnología y, hasta cierto punto, hasta sus

propios semidioses.

Ahora mismo la organización clandestina está muy desorganizada. De hecho,

carece de toda organización en la acepción común de la palabra. Raramente

han l egado a ponerse un nombre los grupos locales. Hasta ahora no son más

que reuniones pequeñas y regulares en el cuarto de estar de alguno de sus

11

miembros o en la sala de reuniones del banco o, muy posiblemente, en la

casa parroquial. Este grupo de personas se ampara en la oscuridad y parece

tener muy diversas orientaciones, si bien todos comparten idéntico objetivo.

Sin embargo, !los miembros acaban inevitablemente conociendo a otros

miembros cuando viajan a otra ciudad, tal como sucede en otros movimientos

clandestinos. No se planifica. Simplemente «sucede».

Quiénes integran la organización clandestina? En primer lugar, los

profesionales. Para empezar, los parapsicólogos, que son muy pocos. Son

personas con doctorados de universidades reconocidas, que han dirigido

públicamente investigaciones sobre la PES. El más famoso es el doctor J. B.

Rhine, de la Duke University, que dirigió y elaboró durante unos treinta años

tests de ficha. de probabilidades estadísticas. Afortunadamente para 64' logró

demostrar estadísticamente que la PES es un hecho. 'Los psicólogos y

psiquiatras de Estados Unidos pusieron en duda sus conclusiones y la

mayoría no las aceptó. Hay otros de la misma categoría. Andrija Puharich,

J. G. Pratt, Robert Crookal , Hornel Hart y Gardner Murphy

entran dentro de este grupo. Son nombres familiares para los miembros de la

organización.

El espectro profesional cubre toda la gama, desde los parapsicólogos hasta

los quirománticos cal ejeros que afirman

ser gitanos o indios de Nueva Delhi y cobran cinco dólares por una «lectura»

rápida de repertorio en cinco minutos. Sus áreas de interés son muy variadas,

aunque están interconectadas de una u otra forma por vínculos de creencias

comunes.

El grupo de seguidores de la organización clandestina busca información y

orientación en los profesionales y les rinde algo parecido al culto a los

héroes./Todo aquel que escribe un libro, organiza una fundación, dirige una

investigación, tiene una experiencia relevante, ha estudiado con un gran

profesional, efectúa lecturas parapsicológicas, da clases de crecimiento de la

mente y/o el alma o sana por la fe es un astrólogo acreditado, ministro de la

Ciencia Divina o el Espiritualismo, médium de trance o fanático de los platil os

volantes. Éstos son los profesionales.

La mayoría obtienen de esta actividad todos o, al menos, parte de sus

ingresos. Muchos tienen profundos celos profesionales y a menudo

sospechan de las técnicas y teorías que caen fuera de su esfera particular de

actividad. Incluso pueden ridiculizar sutilmente o mirar con una tolerante v

divertida condescendencia los resultados ajenos a su especialidad. Esto

podría explicar bien por qué no hay organización en la clandestinidad. Sin

embargo, a pesar de el os mismos, los profesionales se sienten atraídos unos

a otros. Lo imponen sus intereses comunes. No hay nadie más con quienes

puedan compartir sus pensamientos y experiencias en condiciones de

igualdad y conocimientos.

n Con esto no se pretende desacreditar ni descalificar a los profesionales.

Son un grupo de personas absolutamente fascinante y maravil oso. Cada uno

a su manera, sea cual fuere, está buscando la Verdad. Qué insulso sería el

mundo sin el os una vez que te has convertido en miembro de la organización

clandestina.

El seguidor de la organización clandestina dispone de revistas, diarios,

conferencias, clubes de libros (se publican aproximadamente cincuenta

nuevos títulos anuales de la organización clandestina, muchos en editoriales

12

de primera fila) y hasta programas de radio y televisión. Estos últimos, obra

evidentemente de miembros entusiastas, no han tenido éxito porque la

organización clandestina sigue siendo un grupo muy minoritarios La reacción

típica del público es: «¿Tú no te crees ese rol o, ver

dad?».

Entonces, ¿quiénes integran la base de esta organización clandestina? En

contra de lo que cabría esperar, no se trata de un conglomerado de

inadaptados sociales tontos, analfabetos, supersticiosos e irracionales. Es

cierto que hay algunos, pero no en un porcentaje más alto del que se

encuentra en la población general. En realidad, si pudiera medirse, es muy

probable que su coeficiente de inteligencia estuviera por encima de la media

de una muestra representativa de la población de Occidente.

El vínculo común o causa que los une es sencil o. Todos el os creen que (1) el

Ser Interior del hombre ni se entiende ni se expresa en plenitud en nuestra

sociedad contemporánea; y (2) que este Ser Interior tiene capacidad para

actuar mental y materialmente a un nivel desconocido y no reconocido por la

ciencia moderna. Son personas cuyo primer impulso es leer, hablar, pensar,

comentar y participar en cualquier cosa que sea «parapsicológica» o

«espiritual». Es el único requisito para ser miembro. Hay quien puede estar en

el club sin saberlo.]

¿Qué hacen esas personas para «ser» así? La respuesta más común es

tener la experiencia o formar parte de un fenómeno que no puede explicarse

por las modernas enseñanzas científicas, filosóficas o religiosas. Mientras

unos se lo quitan de encima, lo esconden debajo de la alfombra y lo olvidan,

otros, los que acaban siendo miembros, procuran encontrar respuestas.

Yo l egué a ser miembro porque no pude encontrar otra fuente de información.

Por desgracia, la información que yo estaba buscando era verdaderamente

escasa, incluso en este extraño viejo/nuevo mundo. Pero al menos había

algunos que se tomaban en serio la posibilidad de que el Segundo Estado

podía ocurrir y ocurría realmente.

No tardó en quedar claro que la organización clandestina había surgido hacía

más de un siglo o aún más, cuando la ciencia actual empezó a organizar las

ideas del hombre y a apartarlas del «conocimiento» irracional y sin

fundamento. En semejante esfuerzo de depuración todo aquel o que no

superara la prueba empírica era implacablemente rechazado por la

comunidad científica. Y quienes seguían manteniendo las creencias

rechazadas perdían su reputación. Si persistían en el empeño y querían

seguir estando en activo y ser aceptados por la sociedad no les quedaba más

remedio que seguir practicando de manera clandestina sus ideas secretas y

ofrecer otra imagen públicamente. Muchos de los que rehusaron practicar

este engaño l egaron a convertirse en mártires.

Hasta la fecha sigue imperando, en gran medida, idéntica actitud en esta

sociedad ilustrada. De los profesionales conocidos por sus colegas como

partidarios de la parapsicología o cosas similares tal vez haya cinco que

siguen despertando admiración e inspirando respeto públicamente por su

trabajo, ya sea éste la medicina, la psicología, la psiquiatría o las ciencias

físicas. Creo que ya he estado con todos el os. Lo malo es que sé más que

el os, mejorando lo presente. Porque no saben gran cosa del Segundo Estado

ni del Segundo Cuerpo.

Pero lo que más me ha gustado ha sido la gente a la que he conocido en la

13

organización clandestina. A estas personas las he encontrado en poblaciones

pequeñas, grandes ciudades, empresas, grupos parroquiales, universidades

¡hasta en la Asociación Americana de Psiquiatría! Por lo general son

personas verdaderamente amables. Son animados, con un cálido sentido del

humor. Forman un grupo alegre capaz de reírse l egado el caso hasta de las

cosas que les interesan seriamente. Tengan o no esa intención, son el grupo

con más altruismo y empatía de todas las personas que conozco No es

casual que sean también los más religiosos en el verdadero sentido de la

palabra.

Aunque parezca lo contrario, no es mi intención despreciar

las demás fuentes y materiales descritos en los escritos «parapsicológicos»

disponibles. Cada uno tiene su propia versión de la verdad, y quizás haya

muchas verdades. He participado en sesiones con algún médium, he

formulado preguntas concretas y he recibido respuestas vagas que me

parecían meras evasiones en vez de las respuestas directas que tanto

buscaba. Sin embargo, más adelante me quedé atónito al participar en un

experimento de Segundo Cuerpo que corroboró (para mí y para otras

personas) la autenticidad de la capacidad del mencionado médium. ¡La

verdad es ciertamente un misterio!

La obra de Edgar Cayce, una figura venerada prácticamente como un santo

en el mundo de la parapsicología, ha sido indudablemente la más conocida y

analizada, si bien resulta increíble en términos de la ciencia y la medicina

actuales. Más concretamente, fue una manifestación de la verdad por mucho

que la historia no lo recoja salvo en algún oscuro archivo. Hoy día, veinte

años después de su muerte, no se sabe más que entonces sobre aquel o en

lo que consistía su capacidad y cómo funcionaba.

Las lecturas de Reading eran útiles, pero es muy difícil

establecer su relación directa con la existencia del Segundo Estado. Lo

confirmó, pero no lo explicó En este ámbito hay mucho material difuminado

por la bruma de arraigados condicionamientos religiosos. Esto lo deja abierto

a interpretaciones, que es lo que se han aprestado a hacer los traductores de

Cayce.

También ahora hay personas que pueden realizar cosas

parecidas a las de Cayce. Una de el as hizo un informe físico bastante

acertado de mí y proporcionó algunos datos generales de mis actividades en

el Segundo Estado que no fueron ni esclarecedoras ni demostrables. Pero

eso no fue óbice para

que me convencieran de la validez de sus capacidades. Otra verdad (para mí

y para otros participantes), pero no respuestas directas utilizables ante un

tribunal.

Varios «parapsicólogos» me han hecho <lecturas de vida». Todos con vagas

generalizaciones, aunque se han mostrado incapaces de darme respuestas

claras y directas a preguntas sencil as. Si son auténticos (ay quién soy yo

para decir que no lo son?), estos parapsicólogos deben tener muy limitadas

sus percepciones concretas. O tienen algún problema a la hora de traducir los

símbolos en un discurso articulado. Entiendo perfectamente que pudiera ser

esto último.

Fue en mis lecturas y contactos con esta rama del pensamiento humano, a

quien cariñosamente denomino la organización clandestina, donde finalmente

encontré sólidas respuestas a lo que me estaba ocurriendo. Fueron hal azgos

14

que jamás me habría creído de no haber estado implicado personalmente. Al

mismo tiempo fue consolador descubrir que yo no era un caso único.

( Qué fue lo que descubrí? Lisa y l anamente, que estaba efectuando una

«proyección astral>. La pista me la había dado el doctor Bradshaw, aun

cuando él sólo había oído hablar vagamente de tales cosas. Para los

profanos, la proyección astral es el término que se aplica a la técnica de

abandonar temporalmente el propio cuerpo y moverse en un cuerpo inmaterial

o «astral». A la palabra «astral» se le han atribuido muchas connotaciones e

interpretaciones, ya sean científicas o no. La palabra «científico» se emplea

con cautela porque en el mundo científico moderno, por lo menos en

Occidente, tales cosas ni se reconocen ni se admite seriamente que sean

posibles.

La situación es bien otra a lo largo de la oscura historia de la humanidad. La

palabra «astral» hunde sus raíces en antiguos acontecimientos místicos y

ocultos relacionados con la hechicería, la brujería, los encantamientos y otras

aparentes estupideces que el hombre moderno mira despectivamente como si

no fueran más que idioteces y supersticiones. Como todavía no se ha hecho

ningún intento serio de profundizar en este tema, todavía no sé lo que

significa la palabra «astral». Por eso prefiero emplear los términos Segundo

Cuerpo y Segundo Estado.

Este tipo de literatura, aún floreciente, describe un mundo astral compuesto

de muchos niveles o planos adonde van las personas cuando «mueren». La

persona que viaja en su cuerpo astral puede efectuar breves visitas a esos

sitios, hablar con personas «muertas», participar en actividades «al í» y

regresar al mundo físico sin sufrir aparentemente el menor daño. Ha habido

veces en las que he esperado (¡rezado!) fervientemente para que esto último

fuera cierto.

Según los ocultistas, hay que pasar por un arduo entrenamiento o, mejor aún,

«desarrol o espiritual» para l evar a cabo esta milagrosa hazaña. Estas

enseñanzas se han debido transmitir en secreto a lo largo de la historia para

quienes han l egado a alcanzar la iluminación suficiente para recibirlas. Claro

que, de vez en cuando, había quienes revelaban el secreto o aprendían

accidentalmente la técnica. En el pasado se les ha canonizado, censurado,

quemado, vilipendiado y encarcelado por semejante revelación pública.

Precisamente, esto no me augura un futuro muy prometedor.

Muchas de mis anotaciones coinciden paradójicamente con este punto de

vista ocultista del tema, lo cual me dejó muy impresionado. Utilizando una

interpretación y traducción libre al idioma moderno muchas de el as coincidían

con exactitud. También quedaban muchas cosas sin decir, aunque no sé por

qué.

Según la literatura parapsicológica clandestina, la historia religiosomística del

hombre hace referencia constantemente al Segundo Cuerpo. Mucho antes de

que aparecieran el cristianismo y la Biblia las culturas de Egipto, India y

China, por citar algunas, acogieron la idea del Segundo Cuerpo como algo

habitual. Los historiadores han encontrado referencias una y otra vez, si bien

les remitían a la mitología de la época.

Leyendo la Biblia desde este punto de vista, la creencia en el Segundo

Cuerpo se confirma en numerosas ocasiones tanto en el Antiguo como en el

Nuevo Testamento. En la iglesia católica se encuentran muchos testimonios

de santos y otras personalidades religiosas que han tenido este tipo de

15

experiencias, en ocasiones por su propia voluntad. Incluso en el

protestantismo hay devotos que relatan haber tenido experiencias fuera del

cuerpo en el transcurso de ciertas formas de éxtasis religioso.

En Oriente, el concepto del Segundo Cuerpo goza desde siempre de una

posición natural y aceptada en la realidad. Es objeto de estudio como tal, al

tiempo que numerosos libros de la organización clandestina y autoridades de

los estudios orientales abundan en el concepto de Segundo Cuerpo. Hoy

deben existir adeptos, lamas, monjes, gurús y otros que poseen poderes

mentales y físicos (entre el os la actividad del Segundo Cuerpo) en abierta

contradicción con el conocimiento científico actual. Nuestra sociedad

materialista los ha olvidado en buena medida porque no pueden reproducirlos

en el laboratorio.

Existen centenares de historias de experiencias fuera del cuerpo en los

archivos de diversas organizaciones de investigaciones parapsicológicas

nacionales y extranjeras. Informes que se remontan como mínimo a cien años

atrás; y hay muchos más en diversos escritos antiguos. Están ahí para quien

desee investigar el fenómeno.

Prácticamente todas estas experiencias son acontecimientos espontáneos

que se dan una sola vez. Suelen suceder cuando el individuo en cuestión se

hal a enfermo o debilitado físicamente o bien durante crisis emocionales

intensas. Todos parecen muy subjetivos, sin perjuicio de que la inmensa

mayoría están demostrados. En el siglo xx se han publicado varias

colecciones impresionantes de estas experiencias, que son lectura obligada

para quien esté interesado en el tema. Su punto débil es que la mayoría son

meros relatos, apoyados en conjeturas. No hay nada concreto basado en el

examen directo o la experimentación. ¿Por qué? Está claro que porque no se

ha efectuado ninguna investigación seria.

Son muy raros los casos publicados sobre personas capaces de provocar

deliberadamente y a voluntad el Segundo Estado y moverse en su Segundo

Cuerpo. Puede que haya más, pero en la historia reciente sólo hay dos dignas

de mención. Si ha habido y hay otros casos, se han guardado los resultados

para sí.

El primero es el de Oliver Fox, un inglés muy activo en la práctica y la

investigación parapsicológicas. Publicó informes bastante detal ados de

experiencias fuera del cuerpo y técnicas para lograr este estado. Mereció

escasa atención, salvo en la organización clandestina, hacia 1920. Sin

embargo, intentó seriamente enmarcar esta experiencia en los conocimientos

de la época.

El segundo y más conocido es el de Sylvan Muldoon, autor de varios trabajos

sobre el tema en colaboración con Hereward Carrington entre 1938 y 1951.

Muldoon era el «proyeccionista», y Carrington un investigador solvente de los

fenómenos parapsicológicos. Sus libros siguen siendo un clásico en este

ámbito y son interesantes de leer. En mis investigaciones después de los

hechos he vuelto a preguntarme cuánto dejaron de lado. Además, no dejaron

apenas pruebas experimentales empíricas para proporcionar datos a un

investigador serio y objetivo. La publicación más reciente es un libro cuyo

autor es Irma (una mujer?, ¿Mary al revés?). También daba pistas, pero sin

mucha relación con mi caso.

Últimamente se han hecho intentos significativos de estudios y evaluaciones

científicas a cargo de personalidades como Hornel Hart, Nador Fodor, Robert

16

Crookal y otros con buena formación académica. La mayoría de el os está

relativamente libre de los factores de distorsión presentes en buena parte de

la literatura de la organización clandestina; pueden consultarse sus obras así

como otras publicaciones recientes.

Todas el as ratifican la existencia del hecho del Segundo Cuerpo, si bien no

aportan apenas datos concretos al nivel experimental y no filosófico. Una vez

más: ¿cómo van a comentarse experimentos que no se han l evado a cabo?

El problema más arduo, unido al peso de la clandestinidad, ha sido el de

evitar que el método analítico quedara atrapado en el vasto laberinto del

pensamiento y las creencias teológicas. No hace tanto tiempo el hombre creía

que la electricidad era Dios; y antes de eso, el sol, el rayo o el fuego. La

ciencia nos ha enseñado que estas ideas son ridículas, y ha procurado

demostrarlo mediante la experimentación. Quizás el Segundo Cuerpo que

funciona en el Segundo Estado sea el paso de gigante para demostrar

empíricamente la existencia de Dios. Entonces ya no habrá organización

clandestina.

La organización clandestina parapsicológica me proporcionó muchos nuevos

amigos, a la vez que pocas respuestas concretas a la pregunta: «Y ahora qué

hago?». Mi sorpresa fue que era a mí a quien pedían respuestas.

No quedaba más que un camino. Centenares de experimentos efectuados

desde hace más de doce años han arrojado conclusiones inequívocas ajenas

al entorno en que me muevo. El lector juzgará a partir de ahora.

3 ANTE LA EVIDENCIA

Una tarde de otoño de 1964 se celebró una reunión interesante en Los

Ángeles. Asistieron unas veinte personas, entre las que se encontraban

psiquiatras, psicólogos, científicos..., además de yo mismo. Fue una reunión

muy gratificante. El objetivo era examinar con sinceridad y seriedad las

experiencias y experimentos resumidos hasta ahora en este libro. Tras varias

horas en las que el grupo me estuvo realizando todo tipo de preguntas me

tocó hablar a mí. Me limité a plantear dos cuestiones a cada uno de el os. La

primera: «Qué haría usted si pasara por lo que yo estoy experimentando?».

La opinión mayoritaria (más de dos tercios) fue que se esforzarían en hacer

que continuaran los experimentos con la esperanza de iluminar y ampliar el

conocimiento del hombre sobre sí mismo. Hubo quienes, con cierta seriedad,

declararon que debería ir corriendo, no al paso, al psiquiatra más cercano.

(Ninguno de los presentes ofreció sus servicios).

La segunda cuestión: «Participaría personalmente en experimentos que

provocaran una actividad tan insólita en usted?».

Aquí la cosa cambió. Aproximadamente la mitad dijo que sí. Curiosamente en

este grupo figuraban algunos de los más escépticos sobre la realidad de este

tipo de experiencias. Por supuesto, esto me dio la oportunidad de codearme

con quienes estaban a favor de seguir con los experimentos. Cuando l egó la

hora de zambul irse en aguas frías y extrañas, que lo haga otro. Y, en muchos

sentidos, no les culpo por el o. Si me lo hubieran propuesto hace doce años

dudo que me hubiera ofrecido como voluntario.

Por qué se molestó en reunirse este grupo? Quizás por curiosidad. O, una vez

más, puede que fuera por la fuerza probatoria de los materiales que se habían

acumulado. Espero que sea por esto último. He aquí algunos aspectos

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fundamentales de mis notas que despertaron su interés.

10/9/58. Tarde

He vuelto a flotar hacia arriba con la intención de visitar al doctor Bradshawy a

su esposa. Como sabía que el doctor Bradshaw estaba en cama con un

resfriado, pensé en visitarle en su dormitorio, habitación que no había visto,

por lo que con mi visita podría demostrar si era capaz de describirla después.

Otra vez me levé en el aire, atravesé el túnel, y esta vez tuve la sensación de

subir por una cuesta. (El doctor y la señora Bradshaw viven en lo alto de una

cuesta a unas cinco mil as de mi despacho. Yo estaba sobre los árboles, y por

encima de mí lucía un cielo diáfano. En ese momento vi la figura de una forma

humana redondeada, vestida con una túnica y algo en la cabeza (con cierto

regusto oriental), sentada con las manos en el regazo y quizás con las piernas

cruzadas como un Buda; después se esfumó. Desconozco su significado. Al

poco rato se me hizo dificil subir la cuesta y tuve la sensación de que me

fal aban las fuerzas y de que no lo conseguiría.

Sucedió algo increíble mientras pensaba en esto. Fue como si alguien me

hubiera tomado por las axilas y hubiera tirado de mí. Noté un fuerte impulso y

me lancé cuesta arriba a toda velocidad. A continuación l egué donde el

doctor y la señora Bradshaw. Estaban fuera de la casa y tuve un momento de

titubeo por haberles visto antes de entrar a la casa. No lo entendí bien, porque

el doctor Bradshaw debía estar en cama. En cambio, l evaba un abrigo claro y

sombrero y, su esposa, un chaquetón negro, y todo lo demás también negro.

Vinieron hacia mí y yo me detuve. Se les veía de buen humor y pasaron de

largo, sin verme, en dirección a un edificio más pequeño, una especie de

garaje. Entonces Brad se quedó reza

gado.

Me quedé flotando delante de el os, haciéndoles gestos con la mano,

procurando l amar su atención en vano. Entonces oí que el doctor Bradshaw

me decía sin volver la cabeza: «Bueno, ya veo que no te hace falta ninguna

ayuda». Pensando que había entrado en contacto, descendí a ras de suelo,

regresé a mi despacho, volví a entrar en mi cuerpo y abrí los ojos. Todo

estaba igual que antes. Continuaba la vibración, pero decidí que ese día ya

había tenido bastante.

Secuela reseñable: Esa noche telefoneamos al doctor y a la señora

Bradshaw. Me limité a preguntarles dónde habían estado entre las cuatro y

las cinco de la tarde. (Mi esposa, al enterarse de la visita, dio tranquilamente

que no era posible, que no podía ser, porque el doctor Bradshaw estaba en

cama, enfermo). Hice la referida pegunta a la señora Bradshaw. Me dio que a

eso de las cuatro j veinticinco habían salido de casa en dirección al garaje.

Ella iba a ir a la estafeta de correos y el doctor Bradshaw había decidido que

tal vez le sentara bien un poco de aire fresco, se había vestidoy la había

acompañado. Calculaba que sería esa hora porque habían l egado a la

estafeta de correos a las cinco menos veinte. En coche se tarda un cuarto de

hora desde su casa hasta al í. Yo había regresado de mi viaje a su casa

aproximadamente a las cuatro y veintisiete. Les pregunté que ropa l evaban.

La señora Bradshaw me contó que l evaba pantalones negros, un suéter

negro y, encima, un chaquetón negro. El doctor Bradshaw l evaba sombrero y

abrigo de color claro. Sin embargo, ni me habían «visto» ni habían advertido

mi presencia. El doctor Bradshaw no recordaba haberme dicho nada. Lo más

18

chocante era que yo había esperado encontrarle en la cama y no había sido

así.

Las coincidencias implicaban muchas cosas. No me importa demostrarlo. Me

enfrenté, por primera vez, al hecho de que en esto podría haber más de lo

que permiten la ciencia, la psicología y la psiquiatría. Y que más que una

aberración, trauma o alucinación (y yo necesitaba más que nadie algún tipo

de prueba) fue un simple incidente inolvidable.

En esta visita al doctor Bradshaw y su esposa coinciden la hora con el hecho

físico. El factor de alucinación por autosugestión es negativo. Esperaba

encontrarme al doctor Bradshaw dentro de la casa, en cama, y, como no fue

así, me extrañó. Coincidencia de mis notas con los hechos registrados:

• Situación del doctor Bradshaw y su esposa.

• Posición relativa de ambos.

• Acciones de ambos.

• Atuendo de ambos.

Posibilidad de preconocimiento inconsciente mediante observación previa de

lo anterior:

• Negativo, no tenía información de su cambio de planes ni de cuándo solían

ir a la estafeta de correos.

• Indeterminado, al menos conscientemente no me doy cuenta de quién va

antes.

• Negativo, no tenía preconocimiento de que iban a ir así al garaje.

• Indeterminado, tal vez he observado a ambos con parecidas ropas, pero

esperaba encontrarme sólo con uno, el doctor Bradshaw, y en pijama.

5/3/59. Mañana

En un motel de WinstonSalem: me levanté temprano y salí a desayunar a las

siete y media, volví a la habitación a las ocho y media y me acosté. Cuando

me relajé empezaron las vibraciones, y después una impresión de

movimiento. Al poco rato me detuve, y lo primero que vi fue un chico andando,

tirando y cogiendo al vuelo una pelota de béisbol. Un cambio repentino y veo

a un hombre tratando de poner algo en el asiento trasero de un coche grande.

Era un extraño artefacto que me pareció un coche pequeño con ruedas j

motor eléctrico. El hombre logró meter el artefacto en el asiento trasero del

coche y cerró la puerta de golpe. Otro cambio repentino y estoy de pie, al lado

de una mesa. Había varias personas sentadas a la mesa, que estaba l ena de

platos. Una persona estaba repartiendo lo que parecían unos grandes naipes

blancos a las demás. Me extrañó que jugaran a las cartas en una mesa l ena

de platos, y aún más el tamaño y la blancura extraordinarios de los naipes.

Otro cambio repentino y estaba a unos quinientos pies por encima de las

cal es de la ciudad, buscando mi «casa». Entonces localicé la antena de la

emisora de radio y me acordé de que el motel quedaba cerca. Estaba ya en

mi cuerpo, prácticamente en un instante. Me incorporé y miré a mi alrededor.

Todo parecía normal.

Secuela reseñable: esa misma noche visité a unos amigos, el señory la

señora Bahnson, en su casa. Estaban más o menos al tanto de mis

«actividades»y supe de pronto que los acontecimientos de la mañana tenían

19

que ver con el os. Les pregunté por su hijo, el os le hicieron venir a la sala y le pregunté dónde había estado entre las ochoy mediay las nueve de la mañana.

Me dio que estaba camino del colegio. Le pregunté más concretamente qué

había hecho en ese rato, me contestó que había ido tirando la pelota de

béisbol al aire y cogiéndola al vuelo. (Aunque le conocía bien, no sabía que le

gustara el béisbol, aunque era lo más normal). Acto seguido les conté lo del

coche. El señor Bahnson se quedó asombrado. Me contó que a esa misma

hora había metido un generador Van DeGraff en el asiento trasero del coche.

El generador era un extraño artefacto con ruedas, motor eléctrico y una

plataforma. Me lo enseñó. (Era curioso ver físicamente algo que únicamente

había observado desde el Segundo Cuerpo). Después le hablé de la mesa y

de los grandes naipes blancos. En ese momento su esposa se puso nerviosa.

Al parecer, esa mañana se habían levantado tarde y por primera vez en dos

años había repartido el correo en la mesa del desayuno. ¡Grandes naipes

blancos! Esto les dejó muy inquietos, y estoy seguro de que no estaban de

guasa conmigo.

En mi visita matutina a la familia Bahnson coincide la hora con los hechos.

Alucinación por autosugestión, negativo; la visita no era intencionadamente

consciente, aunque es posible que hubiera una motivación inconsciente.

Coincidencia entre mis notas y los hechos registrados:

• Hijo por la cal e tirando la pelota al aire.

• El señor Bahnson en el coche.

• Acciones del señor Bahnson en el coche.

• Artefacto que tenía en el coche.

• Acción de la señora Bahnson, reparto de «cartas».

• Tamaño y color blanco de las cartas.

• Platos encima de la mesa.

Posibilidad de preconocimiento inconsciente mediante observación previa de

lo anterior:

• Negativo, no sabía que al hijo le gustara el béisbol ni conocía sus

actividades habituales.

• Negativo, no sabía lo que había hecho el señor Bahnson en el coche por la

mañana, y lo que contó no formaba parte de sus rutinas diarias.

• Negativo, se ha dicho que actos como cargar el coche no formaban parte

de sus rutinas, por lo tanto no podía ser parte de los hábitos preobservados

en el señor Bahnson.

• Indeterminado, puede que hubiera observado el artefacto previamente,

pero no en ese sitio.

• Negativo, no forma parte de un recuerdo preobservado, porque la acción

de la señora Bahnson no era un hábito; repartir el correo en la mesa era

insólito.

• Negativo por las razones dadas, además de que repartir el correo en la

mesa no sea un hábito, esta acción fue mal interpretada.

• Indeterminado, aquí podría haberse aplicado la preobservación a la familia

Bahnson porque había desayunado varias veces con el os.

12/10/60. Noche

Los resultados son muy contradictorios, por lo que creo que deben exponerse

con detal e. En nuestros intentos de dar con alguna respuesta en alguna parte

20

habíamos entrado en contacto con la señora M., quien al parecer tenía

poderes como médium. Tengo y sigo teniendo por el a la mayor consideración

como persona de gran amabilidad e integridad. Sin embargo, en dos

«sesiones» en las que participé saqué la impresión de que la señora M.,

aunque era muy sincera, mostraba una especie de doble personalidad cuando

se ponía en trance. Las «guías» que se apoderaban de su cuerpo y hablaban

a través de sus cuerdas vocales para mí no eran más que manifestaciones de