Vida y Milagros de un Ex por María José Moreno - muestra HTML

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20 Septiembre 2011

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Vida y milagros de un ex

VIDA Y MILAGROS DE UN EX

María José Moreno

2010

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Vida y milagros de un ex

Unos nace con estrella y otros nacen estrellados Refranero español

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Vida y milagros de un ex

Dedicada a todos los Amigos de Baldomero

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Vida y milagros de un ex

Esta divertida novela surgió como un desafío. El personaje, Baldomero, me llevaba rondando desde hacía tiempo en la cabeza. Se iba conformando en mi mente casi sin darme cuenta; un día le ponía el color del pelo, de ojos, la estatura, su peculiar manera de vestir y otro le fabricaba una biografía… Cuando tuve conocimiento de que Ediciones Fergutson ponía en marcha un premio de Novela Corta por entregas semanales, supe que era el momento de sacarlo a la luz.

En Junio de 2010, tras siete semanas intensas en las que me tuve que ceñir a un número fijo de palabras, se falló el premio: Vida y Milagros de un ex, quedó finalista pero no se alzó con el premio.

Durante su creación, fueron cada vez más los más amigos lectores que se entusiasmaban con la vida de este personaje. Tal como dejaban constancia en sus comentarios esperaban ansiosos un nuevo capítulo; incluso se creó en la red social Facebook un grupo llamado Amigos de Baldomero (de profesión ex) y un slogan: Todos llevamos un Baldomero dentro.

Un año después, cansada de mandarla a concursos y editoriales sin obtener respuesta alguna, la pongo a disposición de todos aquellos que quieran pasar un buen rato leyéndola de manera gratuita, con la esperanza de que la disfruten tanto como yo lo hice mientras la creaba.

La historia de Baldomero continuará, de hecho, ahora mismo, vuelve a estar en mi vida y en mis teclas. Deseo que pronto pueda estar también en vuestras manos.

Si estás leyendo esto significa que este libro ha llamado tu atención, te lo agradezco; si además te gusta, te rogaría que lo recomendaras, ya sabes lo importante que es el boca a boca para darlo a conocer.

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Vida y milagros de un ex

Capítulo 1

Baldomero abrió los ojos desorientado, algunos impresos de la oficina del paro cayeron de la mesa; se había quedado dormido. Otra vez le atacaba aquella gran ave, con las alas desplegadas y un enorme pico. A punto de sufrir su picotazo, gritó con todas sus fuerzas y se escuchó un estridente sonido que desdibujó la imagen del pajarraco.

Llevaba toda la mañana intentando rellenar aquellos papelajos. El apartado curriculum vitae se le resistía, por más empeño que ponía no acertaba con la mejor manera de reflejar su anodina vida laboral. El resultado, un montón de hojas de papel garrapateadas con diferentes formas de redacción que yacían como gurruños sobre el viejo tapete de croché de la mesa camilla.

Nunca tuvo suerte; ni siquiera al nacer le sonrió la diosa fortuna, que le “regaló” un antojo color violáceo en su mejilla derecha. Jamás olvidaría lo que sintió al mirarse al espejo y ver que era diferente al resto de los niños; y aún menos la respuesta de su madre: aquello era la marca del pico de la cigüeña que le trajo hasta su casa. Desde ese día, odiaba a esas aves zancudas de escasa profesionalidad y soñaba con ellas un día sí y otro también.

Bajó la mirada y recogió los papeles caídos. Lo último que había escrito en sucio era: Baldomero Puerto Casilla, ex monaguillo, ex marido, ex vendedor de enciclopedias, ex cocainómano, ex amante, ex representante de laboratorio…, ex y más ex… ¡Seguro que olvidaba alguno!

Con un manifiesto gesto de cabeza ratificó la idea que cruzaba por su mente.

Menos mal que no me exigen que detalle mi vida personal, pensó entre palpitaciones.

Soy un ex cuya existencia se resume en un pasado horrible, un futuro negro y un presente angustioso, sobre todo económicamente hablando.

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Vida y milagros de un ex

—¡Baldo! ¡Baldo! —exclamó su madre. ¿No coges el teléfono?

—No he oído nada, mamá.

Hasta ese instante no cayó en la cuenta de que era el sonido del teléfono el que le había salvado del pájaro asesino.

—Pero ¿qué te pasa? ¿Estás sordo? Lleva sonando desde hace un buen rato.

Bueno,… ya voy yo. Para eso estamos las madres.

Cándida, la madre de Baldomero, salió de la cocina todo lo rápido que sus cansadas piernas le permitían, mientras se secaba las manos en un delantal de vivos colores que contrastaba con el austero vestido azul marino. El teléfono estaba en el pasillo, sobre un viejo y descolorido taquillón de estilo castellano; junto a él, un marco plateado con una foto en blanco y negro de su difunto marido.

—¡¿Quién?! —preguntó Cándida a gritos.

Baldomero apretó los dientes al escuchar la voz chillona. La mala suerte, que le acompañaba como una siamesa, fue la culpable de que su matrimonio se fuera al garete cuando su mujer no tuvo otra ocurrencia que enamorarse de su profesor de yoga, al mismo tiempo que la empresa farmacéutica, en la que él trabajaba como visitador, se fusionaba con otra. La remodelación de personal no se hizo esperar y él fue directamente al paro. Tras comerse el orgullo —porque no tenía otra cosa que echarse a la boca—, llamó a la puerta de la casa materna con el rabo entre las piernas, pidiendo asilo. De eso hacía ya casi un año y todavía seguía sin acostumbrarse.

Baldomero volvió al presente cuando, con el auricular tapado por la mano, la madre asomó la cabeza por el vano de la puerta y gritó:

—¡Nene! ¡Nene! Es el Dionisio, que dice que te pongas.

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Dionisio era el hijo de Remedios, la vecina del quinto. Compañeros de juegos y quehaceres religiosos en la infancia y compinches en las escapadas de la época de instituto. Perdieron el contacto cuando Baldomero se marchó del barrio, harto de discutir con sus padres por los estudios que nunca llegó a cursar.

Al poco de instalarse Baldomero en casa de su madre, coincidió con Dionisio una noche en el bar de Rafael, el bizco. Tras más de tres horas de charla, y como aún les quedaban peripecias que relatarse, se citaron a la noche siguiente y retomaron así su antigua amistad.

Ante las voces de su madre, Baldomero no tuvo más remedio que levantarse y arrastrando los pies llegó hasta donde se encontraba ella.

—Desde luego…¡Vaya juventud! —exclamó Cándida al ver el porte de su hijo mientras le pasaba el auricular.

—Mamá, déjalo. No estoy para chistes —dijo antes de saludar a Dionisio.

Mientras escuchaba lo que su amigo le decía, quedó frente a frente a la foto de su padre. Mostró un rictus de sorpresa al ver que su madre había adornado el marco con un gran lazo negro para el tercer aniversario de su muerte, que tendría lugar la semana siguiente.

—¡Vaya huevos! —exclamó, sin poder evitarlo y sin tapar el auricular—. No, Dioni, no es contigo, perdona —aclaró al instante.

—¿Te parece mal? —le preguntó Cándida.

—No, mamá, sólo macabro. Vete y déjame que hable con tranquilidad… No, si ya sé que tú estás tranquilo, amigo; era con mi madre, que la tengo pegada a la oreja. A ver, continúa.

—Nunca hago nada bien —repitió varias veces, indignada, camino de la cocina.

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—Entonces, ¿me estás ofreciendo trabajar de taxista? ¿Cuándo empezaría?...

¿Mañana? Sin problema —afirmó rotundo—. Si el taxi tiene GPS, mucho mejor. La ciudad se ha extendido mucho y me llevará un tiempo conocer las calles... De acuerdo.

Quedamos esta noche y me explicas cómo va todo. Gracias, Dioni.

Colgó y se quedó unos segundos estático ante la foto de su padre. Ahora te entiendo —musitó para sí mismo—. Al fondo, escuchó la voz de su madre preguntándole qué quería para almorzar.

—Lo que prefieras, a mí me da igual —contestó antes de sentarse de nuevo delante del impreso.

—Eso dices siempre y luego le pones pegas.

—¿Qué yo le pongo pegas a tu comida? ¡Vaya estupidez!

Se levantó sin ganas y fue a la cocina.

—Todo lo que digo es estúpido —dijo su madre entre lágrimas.

—No llores, mamá. Tu comida es deliciosa. Fíjate si será así que desde que he vuelto a casa el cinturón se me ha quedado pequeño

—Sólo faltaba que me dijeras que te estoy cebando. Y encima, el día que vayas a hacerte esos análisis que te mandó el médico te sacarán colesterol y también yo seré la culpable.

—Odio tu tremendismo. Lo que te quería hacer ver es que me alimentas bien.

Como debe ser. Además, he engordado no sólo por la comida, sino porque ha coincidido con que he dejado de fumar —le explicó dándole un cariñoso abrazo.

—No me nombres al demonio —gritó haciendo la señal de la cruz y separándose de él.

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Escuchar la palabra fumar producía tal efecto en Cándida que se le desencajaba la cara y los saltones ojos parecían querer escapar de las órbitas; de repente comenzó a lanzar improperios, a cual más fuerte, algo poco frecuente en ella.

La dependencia del tabaco de Benito —el padre de Baldo—fue incorregible. Su mujer le advertía, hasta la saciedad, de que el tabaco le llevaría a la tumba; pero él, terco como una mula, no consintió en dejarlo ni cuando sus pulmones, llenos de carbonilla, protestaron. El ahogo lo llevó a visitar al médico; tras una serie de pruebas le diagnosticaron cáncer de pulmón. Durante los tres meses que le quedaron de vida, los reproches de Cándida no cesaron y Benito, con santa paciencia, callaba y se escondía en el cuarto de baño para seguir fumando ante la desesperación y rabia de su mujer, que lo veía consumirse día a día como un pajarito, sin poder hacer nada contra aquella adicción. Nunca le perdonó que segundos antes de morir, después de llevar una semana sin poder levantarse de la cama, le pidiera que le encendiera un cigarrillo; una última calada que llevarse al infierno.

—Papá tuvo mala suerte. Cuántos hay como él que fuman mucho más y viven hasta los cien años.

—Eso no me consuela. Ni siquiera lo que ponía en las cajetillas le impresionaba, y mira tú que cada vez que sacaba un cigarro le advertían que tendría un cáncer de pulmón.

—No es exactamente así. Te advierten de que puede…

Cándida le interrumpió.

—Cómo que puede... Lo causan. Fíjate en el pobrecito, que en paz descanse, lleva ya tres años bajo tierra. ¡Qué mulo era!

—No te hagas mala sangre, mamá. Lo de papá ya pasó y yo lo he dejado, de manera que no tienes de qué preocuparte.

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Aburrido, Baldomero se apoyó en el quicio de la puerta. Pronto cumpliría cuarenta años, aunque le parecía haber vivido una eternidad. Observó a su madre trastear en la cocina y se preguntó una vez más qué hacía allí, soportando su opresivo cariño. No debía haber regresado.

—¿Qué quería el Dionisio?

—Me ha ofrecido trabajo.

—Eso es estupendo —dijo mientras le daba un sonoro beso—. Por fin podrás cortarte estas greñas —le propuso mientras metía los dedos entre el pelo que resbalaba por el cuello de la camisa.

—¡Mamá!

—“Vale”…; pero que sepas que llevo razón. Si quieres te doy dinero para que te peles antes de empezar a trabajar. No creo que a tu jefe le guste tu aspecto

—No voy a tener jefe. Conduciré un taxi. Estaré solo. Y no, no quiero tu dinero

—dijo visiblemente contrariado.

—Haz lo que quieras. Tan cabezota como tu difunto padre, que sepas que cuando la gente suba al coche y te vea así…

Se marchó de la casa dando un portazo y su madre se quedó con la palabra en la boca. Cándida mostraba una especial habilidad para hacerle perder la paciencia y Baldo no quería decir nada de lo que pudiera arrepentirse. Lo mejor era poner distancia entre ellos. Con las manos en los bolsillos del pantalón y andar cansino, vagó por las desoladas y calurosas calles del barrio sin saber qué hacer; no ya con su madre, sino con su vida, hasta que recaló en el bar de Rafael. Separó las cintas multicolores de la cortina de plástico que hacía las veces de puerta y se acercó al lugar de la barra que desde lejos 13

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le indicó el dueño. El bizco pasaba una pringosa bayeta gris por la barra, que más que limpiar ensuciaba, mientras charlaba risueño con los parroquianos que retrasaban la llegada a sus casas ahogando sus penurias en una copa de vino.

—Me alegra verte, Baldo. ¿Qué te pongo...?

—Un medio de vino. Y no me llames Baldo, ya sabes cuál es mi nombre.

—¡Vaya con el señorito! ¿Qué pasa? ¿Estamos de morros?

—No. ¡Coño!, es que ya no soy un niño. Maldita la hora en que a mi madre se le ocurrió decirme Baldo o Baldito —dijo imitando su voz—, me hizo un desgraciado.

—No será para tanto.

—¡Ah! ¿No? Pues no tienes más que verme. Aunque quizás lleves razón, nací ya desgraciado.

—Vale. Ahora viene la historia de la cigüeña. ¡No te jode! Ni se te ocurra contármela que me la conozco con pelos y señales.

—¿Te estás cachondeando de mí?

—¡Faltaría más! —dijo con un ojo mirando al este y otro al oeste—, y además ya conoces la máxima de este lugar: el cliente siempre lleva razón.

—Tú lo has dicho; así que ya sabes, a ver si lo pones en práctica.

—De ahora en adelante, te trataré de don Baldomero —dijo sarcástico mientras abría la nevera y sacaba una botella fría de vino—. Aquí tiene su vino, señor —recalcó.

Indignado, Rafael se dio media vuelta y desapareció por el hueco que comunicaba con la cocina. Apoyado en la barra, Baldo miraba el vino, avergonzado de los malos modos con su amigo. No llevaba ni diez minutos en ese estado contemplativo cuando notó que alguien le daba una palmada en la espalda y al instante se giró para encontrarse con la sonriente cara de Dionisio, que acaba de entrar en el bar.

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—No esperaba verte por aquí hasta la noche. ¿Qué te pasa, Baldomero? Tienes una cara…

—Nada, ¡coño! Que soy un “malange”. He cargado contra el bizco, sin motivo.

Cada día se me hace más cuesta arriba la convivencia con mi madre. Tengo que salir de su casa como sea.

—Ya será para menos.

—Otro con la misma cantinela. Lo que yo te diga, Dioni, que me ahogo entre esas paredes. Y lo que es peor, que no tengo dónde ir. ¡Una mierda de vida!

—Pues yo vivo de puta gloria con mi madre. Me hace todo y sólo me exige un beso de vez en cuando.

—¿Quieres algo, Dioni? —preguntó Rafael con retintín.

—No me seas cabrón, Rafa. Retiro lo dicho. Desde ahora me puedes llamar como te salga de los co…

—Vamos a dejarlo así —interrumpió Dioni—, que se va a agriar el vino con tanta mala leche como ronda por aquí.

—Es que éste no está para chistes —respondió el bizco.

—Ponme un vino y unas patatas bravas. Nos las llevas a la mesa —dijo Dionisio

—. Venga, Baldomero, vamos a sentarnos que tenemos mucho de qué hablar.

—Eres un buen amigo —dijo Baldo, compungido.

—Déjate de chorradas y vamos a lo práctico. Como te decía por teléfono, necesito alguien para el taxi. Uno de los chicos se ha marchado por problemas personales después de trabajar dos semanas.

—¿Problemas personales?

—Eso dice. Mi opinión es que ha tenido que salir por piernas. Tengo entendido que debía dinero a todo el mundo.

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—¿Droga?

—Qué va. Juego.

—¡Ah! Por eso no me ha dado nunca. Pero con la mala suerte que tengo, seguro que terminaría como ese infeliz.

—Sigamos, que mi madre me espera para almorzar.

—¿Te acuerdas de aquel día en el Charco Grande vestidos de monaguillos?

—volvió a interrumpir.

Los chavales del barrio llamaban Charco Grande a una lagunilla que se formaba en el socavón de una abortada excavación arqueológica. Situado tras la barriada, se anegaba cuando llovía y se convertía en una improvisada balsa de barro en la que jugaban al futbol, al salir del colegio, con las negras botas katiuskas y los pantalones remangados.

—¿Cómo se me ocurriría hacerte caso? —preguntó Dioni riendo con ganas—.

Nunca olvidaré la cara del padre Anselmo cuando nos vio con el hábito lleno de barro.

¿Por qué te has acordado de aquello?

—Si recuerdas, el cura me dio un guantazo y al llegar a casa mi madre otro. A ti no te pegaron, siempre me lo llevaba yo todo, bofetadas, castigos… Tú te apiadaste de mí y me invitaste a comer a tu casa.

—Serás jodido, ni me acuerdo. ¿Y qué pasó? Me tienes en ascuas.

—Comimos lentejas.

—¿Y?

—Odio las lentejas —sentenció. Me las comí por miedo a que tu madre también me pegara.

—Ja, ja, ja. Cada vez te entiendo menos. El divorcio te ha dejado secuelas mentales graves. No sé si habré hecho bien en darte este trabajo. El taxi es una cosa 16

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muy seria. Ten en cuenta que eres el responsable de la vida de las personas que suben a él.

—¡Qué susto! Mira como tiemblo —dijo enseñando las manos.

—Aquí os dejo las bravas, y ¡con cuidado!, que queman.

—Gracias, Rafael —dijo Baldomero, queriendo congraciarse.

—Bueno, vayamos al tema que nos ocupa. A las seis de la mañana tienes que hacerle el relevo al canijo. Él te dejará el taxi a la puerta de la casa de tu madre y tú lo conduces hasta las seis de la tarde. A la hora de comer paras en el restaurante del tío Mateo, no más de media hora y aparcas por la parte de atrás. Lo justo para tomarte un bocadillo. Y ya sabes, ni me bebas ni me fumes en el vehículo.

—Aclárame una cosa. ¿El coche es tuyo?

—Eso es algo que a ti no te interesa para el curro. Tú a conducir y se acabó.

Baldomero sentía curiosidad. Se rumoreaba por el barrio que los taxis pertenecían a una supuesta cooperativa que encubrían los tejemanejes de uno ricachones surgidos al pairo del auge de la construcción.

—Entendido. No te ofendas. Venga, brindemos por mi nuevo trabajo. ¡Ojalá éste me dure!

De vuelta a casa, con el vino alegrándole la sangre, por primera vez en mucho tiempo Baldomero divisó con optimismo su futuro. El nuevo empleo le proporcionaría dinero suficiente para rehacer su vida y volar del nido materno. Incluso, pensó con cierta excitación, podría encontrar una buena mujer que compartiera sus desventuras.

Dando tumbos subió los tres tramos de escalera, se secó el sudor que le perlaba la frente antes de introducir la llave en la cerradura. Al cuarto intento consiguió abrir la puerta; entonces escucho a su madre, que decía con su chillona voz:

—Las lentejas te esperan en la mesa desde hace una hora.

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Capítulo 2

Daban las seis en punto cuando Baldomero salió de su casa. En la calle, con el taxi en marcha, le esperaba el canijo. Explicó el funcionamiento del taxímetro, de la radio y del GPS ante un perplejo Baldo, que no conseguía asimilar toda aquella marabunta de instrucciones. El presagiaba las altas temperaturas que se alcanzarían ese día. Con el estómago revuelto por los nervios, subió al coche, metió primera, segunda, tercera… y se adentró en las oscuras y solitarias calles a la espera del aviso desde la centralita para recoger a algún viajero.

A esa misma hora, Nadia apartaba con cuidado la sábana que la cubría. Lo último que deseaba era que aquel bruto se despertara. Fue al baño y se vistió presurosa.

Cubrió con maquillaje la ceja derecha que comenzaba a inflamarse y se colocó las grandes gafas de sol que siempre llevaba en el bolso. Cuando cerró la puerta de la calle, se dijo que no regresaría nunca más a esa casa. Claro que, eso mismo se repetía siempre y, cuando Celso la llamaba, invariablemente acudía. Cuestión de dinero. En esa noche había ganado más que en una semana.

Mientras bajaba las escaleras marcó el teléfono de radio taxi. No se sentía con ganas de andar sola por las calles y tampoco de que la vieran en aquel estado. Tras indicar la dirección, suspiró en profundidad y guardó el móvil. Se colocó las gafas de sol, que a todas luces desentonaban en aquellas oscuras primeras horas de la madrugada, mientras se dejaba caer sobre el chaflán del portal. Quince minutos después, un vehículo blanco entraba muy despacio en la calle y ella se adelantó para hacerle señas con la mano. Quería alejarse, cuanto antes, de aquel lugar, meterse en la cama y olvidar otra violenta noche.

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—Buenas noches, señorita. Perdone mi retraso. No conocía esta dirección y he andado un poco perdido. Es mi primer día en el taxi y no he atinado con el funcionamiento del maldito GPS porque el desgraciado del canijo no me lo explicó en condiciones —dijo Baldo, parloteando nervioso.

—No se pgeocupe. Lléveme a la calle de la Bola número veinte —pidió Nadia mientras se acomodaba en el asiento sin quitarse las gafas.

—¡Vamos volando!…aunque, si me dice por dónde cae la llevo más rápido.

Verá, es que este chisme del GPS se me resiste —dijo señalando al artilugio.

—Siga gecto a la Avenida y yo ya le avisagé por donde tiene que gigar

respondió sin querer entrar en explicaciones.

Baldo escuchaba atento mientras, por el espejo retrovisor, reparó en las gafas de sol tan poco apropiadas; en su amplio escote, que dejaba entrever dos pechos grandes y turgentes; en los prietos y largos muslos; en esa manera de arrastrar las erres y en lo rubio de su largo cabello. Era inconfundible. Unas gotas de sudor corrieron por su frente. Es una puta de alto estanding, de esas que vienen de los países del Este. A estas horas en la calle no puede ser otra cosa, pensó. Y al instante se sintió fatal, él no era nadie para juzgar. Una especie de culpa, miedo y congoja le sacudió el estómago, mezclándose con el café con leche y los picatostes que su madre le había obligado a tomar a las cinco y media de la mañana y que ahora amenazaban con salir en escopetazo. No debí desayunar a estas horas, mucho menos pan frito, pero cualquiera le decía a doña Cándida que no, después de levantarse de madrugada para prepararlo.

Metió la mano en el bolsillo de la camisa y sacó un chicle de menta que se echó a la boca para aliviar su soliviantado estómago.

—Ok. Usted me indica cuando tengamos que desviarnos —pidió Baldomero.

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Conducía despacio, no tanto por precaución como por temor a equivocarse y de reojo vigilaba a la chica, que miraba distraída hacia la ventanilla. Sabía que no se encontraba bien, pero no acertaba a iniciar una conversación. Desde que se separó de su mujer había perdido la costumbre de hablar con chicas; o quizás desde antes, porque con ella llevaba mucho tiempo que sólo discutían.

—¿A qué huele? —preguntó de pronto la joven.

Baldo acercó la nariz, con disimulo hacia su axila, que ya sudaba con profusión, y comprobó que el desodorante que su madre le había comprado seguía siendo efectivo.

Sonrió.

—Como no sea el ambientador —dijo señalando a un cartón verde con forma de pino que se balanceaba colgado del espejo retrovisor—. Lo encontré en la guantera y lo colgué. Si no le gusta, lo quito.

—No, no es que no me guste. Es que es muy fuegte.

—Debe de ser porque es nuevo. Ya sabe, estos ambientadores al principio huelen mucho pero…

Ahoga a la izquiegda, pog la siguiente —indicó Nadia interrumpiendo la conversación sobre el ambientador.

—Vamos allá. Por cierto, me llamo Baldomero. ¿Te parece que nos tuteemos?

No sé si te he dicho que es mi primer día en este trabajo. Mi amigo Dioni me ofreció esta gran oportunidad, que por supuesto no rechacé. No está la vida para andarse con melindres, como dice mi madre.

Nada más comenzar a hablar, se arrepintió de lo que decía y sobre todo de nombrar a su madre. No tenía arreglo. Con lo viejo que era, parecía mentira que cometiera esas equivocaciones, pensaba cuando azorado miró de nuevo por el espejo y notó cierta sonrisa en su rostro.

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—Aún gecuerdo a la mía cuando me suplicó que no me fuega de casa —

respondió melancólica.

Baldomero captó la tristeza que desprendía aquellas palabras. Respetó nervioso el silencio, durante unos segundos, y volvió a la carga, esta vez aún más motivado por intentar levantar el estado de ánimo de la mujer. Él mismo tuvo la mala suerte de probar en su pellejo la dureza de la vida nocturna. Durante muchos años se dedicó a matar sus complejos con la cocaína. Pasaba la noche de club en club y de madrugada se arrastraba hasta su casa sin poder levantarse al día siguiente para buscar un trabajo que sufragara todo lo que debía.

—La noche es una mierda —pensó en voz alta.

—Sí. Aunque la noche es mi tgabajo, todo mi mundo giga en togno a ella. A la degecha y luego a la izquiegda y como a mitad de la calle está el número veinte. Me llamo Nadia —dijo ante la sorpresa de Baldo.

—Encantado, Nadia. Un nombre muy bonito.

El taxista lamentó que estuviera cerca el final del recorrido, ahora que la chica se acababa de presentar. Seguro que con más tiempo le habría sonsacado aquellas penas que atrapaban su alma, porque de desgracias él sabía un rato. Le gustaba Nadia. Qué buena manera de comenzar su flamante trabajo. Esta vez le iría bien. Estaba feliz.

Aquel número correspondía a una casa de una planta, vieja, desconchada y con rejas en las ventanas. Parecía machacada por los años e ignorada por todos.

—Hemos llegado —dijo Baldomero parando el taxímetro.

—¿Cuánto es? —preguntó ella.

—Según este cacharro, cuatro con noventa.

Se sentía satisfecho con su primera carrera. La miraba con avidez antes de que se marchara y henchido de orgullo porque había provocado una sonrisa en aquella 21

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preciosidad. Observó cómo rebuscaba en el bolso bastante alterada y se apresuró a calmarla.

—Tranquila, no tengo prisa.

—No encuentgo el monedego —dijo balbuceante.

—¿Cómo? Mira bien —sugirió Baldo, algo mosqueado por la sospecha de que fuera una embaucadora.

—No está. Lo dejé en la mesilla de noche, ahoga gecuerdo que iba a guagdaglo en el bolso dinero cuando ese malnacido me cogió…

—Mira Nadia, si el taxi fuera mío dejaría que te marcharas sin que pagaras la carrera, pero el Dioni seguro que me la lía y yo estoy a la última pregunta. No me puedo permitir que me echen de este trabajo. ¿Comprendes?

—¡Miegda! De pensag en volveg me dan ganas de vomitag.

—Pues tú verás que hacemos. ¿Alguien de los que viven contigo en la casa puede dejarte el dinero?

—Vivo sola.

—¡Vaya! Mal empezamos. Si seré desgraciado —farfulló muy bajito para que no le escuchara la chica.

—Tenemos que gegresar —le gritó.

—¿Cómo? A ver si nos calmamos que con gritos no arreglamos nada.

Baldomero no conseguía averiguar qué le sucedía a Nadia para ponerse de aquella manera, incluso llegó a pensar si sería un teatro para no pagar la carrera, aunque su instinto le indicaba que detrás había algo más.

—Necesito volveg a por la cagtega que dejé olvidada. Esta semana tengo que pagag el alquileg y ahí llevo todo mi dinego.

—¿Qué llevas todo el dinero en el monedero? —preguntó perplejo el taxista.

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—No me fio de nadie, por eso siempge lo llevo conmigo.

—Menos hoy. ¡Qué mala suerte para mí! —se le escapó.

—Te pagagé el doble. No, el tgiple de lo que sumen los dos viajes.

Ante esa propuesta, Baldo no pudo negarse. De esa manera, pensó, podría embolsarse unos euros sin que Dioni se enterara. Bruscamente cambió de dirección, puso en marcha el taxímetro y cogió hacia la Avenida. Al poco, le sonó el móvil.

—¿Sí? ¿Quién es? —grito al manos libres.

—¡Baldito, soy yo, mamá!

—¿Mamá?

—Sí, cariño. Quería saber si estabas bien.

Aquello no podía ser verdad, pensaba mientras su madre seguía gritando por el altavoz.

—¿Estás?, ¿me escuchas?

—Mamá, cuelgo, que voy conduciendo —respondió enfadado.

—Tu madge es muy pegsistente —dijo Nadia algo más serena.

—Ni que lo digas. No sé cómo la aguanto —dijo mirándola por el retrovisor.

—Hay muchas cosas que hacemos y que no nos pagamos a pensag; si no, nos aveggonzagíamos hasta límites insopspechados.

—Bueno, ella es así. No tiene reparo cuando se trata de su gran misión en este mundo: ser madre. Me hace pasar muy malos ratos —dijo intentando sonreír.

—Sólo quiege tu bien. Segugo.

—No lo pongo en duda, pero yo estoy hasta los cojones —musitó.

De refilón, mientras miraba por el espejo para adelantar a un vehículo a la caza de un aparcamiento, advirtió que su boca se contraía en un gesto de dolor justo cuando pasaba la mano por debajo de las gafas. En ese instante comprendió todo.

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—¿Te duele?

—Más de lo que imaginas —confesó.

Dio un volantazo y aparcó encima en una zona destinada a carga y descarga. Se volvió hacia Nadia.

—Quítate las gafas.

—¿ Paga qué? —preguntó perpleja ante la reacción de él.

—Necesito ver qué te han hecho.

—No.

—¡Vamos!

Nadia se quitó las gafas con sumo cuidado.

¡Joder! —exclamó al ver el ojo morado y la ceja inflamada, que quedaron al descubierto al librarse de las oscuras gafas—. ¿Y quieres volver a casa de ese hijo de puta?

—No tengo más gemedio. Necesito el dinego, ya te lo he dicho.

Baldomero se giró para que ella no viera humedecidos sus pequeños ojos achinados. Nunca pudo soportar la crueldad. En su día, él fue objeto de las burlas de sus compañeros de colegio y de las miradas de los adultos por su mancha en la cara y conocía lo que se sentía cuando te degradaban hasta hacerte sentir como una hormiga.

No podía dejar a esa mujer sola ante ese maltratador, nadie debía denigrarla hasta aquel extremo.

—Ok. Te llevo si me dejas que te acompañe.

—¿Que me acompañes…?

—Sí. Subiré contigo, recogeremos el monedero y te llevaré de vuelta a tu casa.

—Nunca he necesitado a nadie que me cuide. Ya tuve bastante con el chulo que me trajo a este país.

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—Oye, Nadia. No te equivoques conmigo. Yo no quiero chulearte. No soy de esos. Te han puesto la cara como a un Cristo y no quiero que recaiga sobre mi conciencia si te hacen daño de nuevo. Si no te parece un buen plan, puedes bajarte.

—Está bien. Pero hagás lo que yo te diga. ¿Entendido? Lo conozco bien y es un cegdo.

No tardaron ni cinco minutos en llegar al portal. Aparcó y salió del coche remetiéndose la camisa de cuadros por dentro de sus ajustados pantalones beis. Ya casi era de día. Ayudó a la chica a salir del vehículo y se turbó al apreciar la suavidad de su mano. En tres pasos se plantaron delante del portero automático del piso 3ºC, sin atreverse a pulsarlo.

—¿Y si lo dejamos para más tarde? Quizás sea muy temprano para andar molestando —insinuó Baldomero temeroso.

—No. Tú te quedas aquí y yo subo.

—Ni hablar. Te acompaño.

Observó que el dedo de Nadia temblaba al entrar en contacto con el timbre y tragó saliva. Nunca fue un valiente, pero tampoco se consideraba un cobarde. Notó el regusto de los picatostes en la garganta y de nuevo se arrepintió de ceder ante las presiones de su madre.

Transcurrieron unos minutos antes de que se oyera una cascada voz preguntando.

—¿Quién es?

—Celso, soy yo, Nadia. ¿Puedo subig? —preguntó con voz temblorosa.

No respondió. A continuación se oyó el clic de la puerta y entraron en el estrecho portal.

—¿No hay ascensor? —preguntó Baldo.

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—No.

—¡Joder, tener que subir al tercero andando con el peso que he ganado! —

refunfuñó.

—¡Calla! No quiego que sepa que subo acompañada. Al final me metegás en pgoblemas.

—En más problemas, dirás.

—¡Que te calles! —le ordenó enfadada—. Te quedas aquí —dijo al llegar al rellano de la segunda planta.

Baldomero no rechistó y dejó que continuara sola por la escalera, impresionado por el tono enérgico con el que Nadia le ordenaba y presa de cierta desazón, que se reflejaba en un intenso sonar de tripas.

Desde allí pudo escuchar la voz de aquel individuo cuando abrió la puerta reprendiéndola por presentarse a aquellas horas.

—Olvidé el monedego en la mesilla de noche —explicó balbuceante Nadia.

No entendió la respuesta de él, pero si oyó el golpe de la mano contra lo que imaginó sería la cara de Nadia. Sin saber cómo, se encontró subiendo los escalones de dos en dos, plantado delante de ellos.

—¡Vaya! Vienes con refuerzos —dijo amenazador.

—Dele la cartera o llamo a la policía —dijo Baldo.

—Ja, ja, ja…permíteme que me ría. Tú, un chulo de putas, ¿vas a llamar a la policía? Con esa cara que tienes…

—Yo no soy eso, y a mi cara ¿qué coño le pasa? —interrumpió Baldo envalentonado.

—¿No te has mirado al espejo? ¡Maricón de mierda!

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En cuanto el taxista tomó conciencia de los insultos, sintió una fuerza arrolladora que le permitió abalanzarse contra aquel individuo propinándole un puñetazo, que destinado a su cara fue a dar en el marco de la puerta cuando Celso se agachó para esquivar el golpe, con el consiguiente grito de dolor que Baldo no puedo contener.

—Menudo imbécil has traído —dijo mientras cogía a Baldo del cuello de la camisa apretando con todas sus fuerzas.

—¡Basta ya! Por favog, no le hagas daño y déjame entrag un instante

—suplicó Nadia.

—A éste lo mato —amenazó escupiendo en el rostro del taxista y apretando su cuello un poco más.

En ese preciso instante comenzó a sonar el móvil de Baldo en el bolsillo de su pantalón. Automáticamente, con la mano libre, ya que con la otra intentaba que no le ahogara, descolgó. Con la voz entrecortada por la asfixia, preguntó quién era, deseando no fuera de nuevo su madre.

—Baldomero, ¿qué te pasa? Se te oye cómo si hablaras desde ultratumba —

preguntó Dioni.

—¡Me van a matar! —exclamó antes de que Celso le golpeara en el estómago, perdiera el sentido y el móvil se escurriera de su mano despanzurrándose en el suelo.

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Capítulo 3

Baldomero perdió el conocimiento durante un par de minutos; al recobrarlo abrió los ojos y contempló el rostro angelical de Nadia que le hablaba sin que él pudiera entenderla. Estaba tumbado en el suelo un tanto confundido. Sentía un dolor lacerante en el estómago y un intenso asco, presagio de que el desayuno matutino buscaba un camino de salida hacia el exterior. Se incorporó con urgencia y vomitó en medio del descansillo. Nadia le limpió con delicadeza, con un pañuelo de papel que sacó del bolso, y le ayudó a levantarse.

—¿Estás mejog?

—No. Es como si una apisonadora me hubiera pasado por encima. ¿Te has dado cuenta del puñetazo que me ha dado el muy cabrón?

—Te advegtí de que no me acompañagas, pero te empeñaste.

—Si le llego a dar con mi puño, no estaría así. Le hubiera noqueado —dijo mientras se remetía la camisa y se limpiaba de nuevo—, pero el muy cobarde se agachó.

Nadia no pudo reprimir una risita que a Baldomero no le pareció bien.

—Bueno, ya está. Te tienes que magchag. Yo limpiagé eso mientras espego a que Celso se calme —dijo mirando con repulsión el vómito.

—¿Qué se calme ese asesino? El que se tiene que tranquilizar soy yo, que fíjate cómo estoy —manifestó estirando los brazos para que viera el temblor de sus manos—.

Y encima tengo que seguir trabajando.

De pronto, recordó las últimas palabras que pronunció cuando Dioni le llamó y estaba en trance de muerte.

—Por cierto, ¿dónde está mi teléfono?

—Ahí —indicó Nadia señalando a su espalda—, aunque insegvible. Del golpe se ha abiegto y se le ha salido todo.

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Se giró para verlo y se agachó con dificultad a recoger los trozos. ¿ Qué haría ahora? Seguro que Dioni le andaba buscando después de decirle que lo iban a matar.

¿Y si utilizaba el GPS para localizarlo?, pensó.

—Vámonos, Nadia, aquí no hacemos nada. Te dejo en tu casa, que son más de las siete y media —dijo tras comprobar la hora.

—No puedo. He pgometido a Celso quedagme hasta que se magche al trabajo.

Tú sí que debes igte antes de que vuelva a salig. A dugas penas lo he convencido de que se metiega en el piso. ¿De vegdad te encuentras bien? Estás amagillo.

—¡Encima, animando! ¡Joder, chica! Hay que ver cómo eres. ¿Cómo quieres que me encuentre? Amarillo, verde, rojo… estaré de todos los colores.

—No te empieces a calentag de nuevo.

—Sí, es mejor dejarlo. Lo dicho. Que me voy. Llámame si quieres que venga a recogerte —dijo mientras le anotaba el número de su móvil en una amarilla tarjeta de visita, que conservaba, de cuando era representante farmacéutico, en la artera.

—¿Qué te llame al móvil? — pgeguntó con sorna—. ¿A cuál?, ¿a ese que llevas tgoceado en tus manos?

—Menos guasa. Esto lo arregló yo en un pis pas en cuanto me siente en el taxi.

De peores ha salido el pobre; éste es a prueba de bombas, te lo digo yo.

Se dio media vuelta y bajó muy despacio, escalón a escalón. Se marchaba herido en su cuerpo y en su amor propio. Como tantas veces le había sucedido en su vida, terminaba llevándose el palo.

Sentado en el taxi intentó armar el móvil, sin lograrlo. El temblor de las manos le impedía atinar en la colocación exacta de las piezas. Llevaba unos meses sin fumar, pero ahora le urgía. Un cigarrillo lo calmaría. Pasó la mano por la sudada frente y se 29

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palpó las entradas, que cada vez se hacían más amplias. Igual su madre llevaba razón y no quedaba bien la melena con su progresiva calvicie, pensó. Se sintió viejo. En tres semanas cumpliría cuarenta años y su vida continuaba sin rumbo. Suspiró y arrancó el vehículo, metió la marcha con rabia y salió disparado a la búsqueda de un bar donde comprar tabaco.

La primera calada le revolvió el vacío estómago y la bilis le subió a la garganta; la segunda le produjo una tos que casi le asfixia; con la tercera, bastante profunda, el temblor desapareció y la opresión que tenía en la garganta se suavizó. De pronto, se percató de que el receptáculo parecía un fumadero y recordó la advertencia de Dioni de que no fumara en el interior del vehículo. No tenía arreglo. Bajó con rapidez las ventanillas, el humo invadía el espacio como una densa niebla que impregnaba todo del acre olor a tabaco negro mezclado con el del ambientador de pino. Una ensalada infernal.

Más sereno, consiguió introducir la tarjeta y la batería en su sitio y encendió el teléfono para llamar a su amigo, que estaría preocupado por las última palabras que dijo.

—Dionisio, soy yo.

—¿Dónde andas? Llevo un buen rato intentando localizarte. Salía a buscarte ahora mismo. Creí que te había pasado alguna desgracia —le dijo descompuesto.

—A punto

—¿A punto de qué?

—De que me mataran.

—Eso fue lo último que escuché de ti. Imagina cómo me quedé —le reprochó.

—Te entiendo. Verás, he tenido mala suerte.

—¡Qué raro, cojones! —exclamó Dioni muy bajito.

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—Pues mira por dónde, esta vez no ha sido culpa mía. Respondí a una llamada y cuando llegué subió un hombre que no tenía mala pinta. Intenté entablar conversación con él, ya sabes, por hacer la cosa más llevadera y cuando llegamos a la dirección que me había dado, y le reclamé el dinero de la carrera, me puso una navaja en el cuello.

—¿Una navaja?

—Sí, una navaja enorme. Justo en ese momento, llamaste al móvil y al ver que descolgaba, me pincho y de un manotazo me lo quitó y lo estrelló contra el suelo.

—¿Te pinchó? Espera, espera…¿Has ido a que te miren en urgencias?

—Que va, no ha sido nada. Ni se nota —dijo pasando la mano por la garganta y tragando bilis.

—Bueno ¿y qué?

—¿Y qué?, ¿qué?

—Que qué se llevó ese tipo.

—Nada.

—¿Nada? Entonces te atacó sólo por no pagar la carrera.

—¿Ah? No te había entendido —dijo mientras pensaba qué decirle—. No pagó y además se llevo el dinero que llevaba en la cartera. Poca cosa, ya sabes que estoy tieso como la mojama.

—Tendrás que denunciarlo.

Lo que le proponía Dioni no le gustó. Una cosa era mentir a su amigo, que eso tenía poca importancia, y otra muy distinta, mentir a las autoridades. Él era una persona decente y recta. Nunca se involucró en altercados públicos ni violó la ley, a excepción de una vez que robó en una tienda cuando era casi un niño porque le obligaron los de la pandilla del barrio bajo pena de llamarle “mariquita” de por vida y eso no podía tolerarlo.

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—Mira, vamos a dejarlo estar, ¿no te parece? Tú y yo saemos como es la poli, te marean de un lado para otro y al final terminas creyendo que el quinqui eres tú. Total, si no se ha llevado nada, unos pocos euros. No me apetece perder el día en la comisaría.

Además, te voy a dejar, que veo a un señor haciéndome señas.

—Hablaremos de ello y mantenme informado de cualquier desavenencia que tengas. El día acaba de empezar.

—¡Por Dios, Dioni! No seas pájaro de mal agüero —dijo cruzando los dedos.

Tras despedir a su amigo, Baldomero abrió todas las ventanas y se perdió en la circulación que, minuto a minuto, conforme se acercaba la hora de entrar en el trabajo, se hacía más intensa.

De pequeño siempre se alineaba en el equipo perdedor, de manera que llegó un día en que ni para jugar a las canicas, ni a policía y ladrones o al pañuelito, contaban con él. Se cundió que era gafe y nadie lo quería en su grupo. A ello contribuyó su marca de nacimiento, aquella gracia de la nefasta cigüeña sobre la que nadie preguntaba pero que a todos producía espanto. Por ello, cuando el padre Anselmo, el párroco, pidió voluntarios, en la clase de religión, para que le ayudaran en la misa y en sus labores religiosas, él fue el primero en levantar la mano. El primero y el único. Nadie más quiso participar de aquella oferta que a él se le antojó una buena manera de matar el tiempo y mucho mejor que mirar, sentado en un escalón, cómo los demás se divertían. Allí conoció a Dionisio, dos años mayor que él, que ya ejercía de monaguillo, y lo adiestró en sus tareas. Entre risotadas, misas y juegos, nació su amistad.

Todas las tardes, el cura los invitaba a merendar leche con galletas de chocolate y luego se dedicaban a repasar el catecismo y a leer historias de santos, con las que se extasiaba, imaginándose si él algún día llegaría a ser como aquellos niños porque el 32

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estigma ya lo llevaba puesto. Su preferido era Dominguito. Un modelo a imitar, que a sus cinco años ya rezaba con fervor, cuidaba de su padre enfermo, hacía milagros y además era monaguillo como él. Tú llegarás a ser santo, le animaba el sacerdote, y él lo creía. En casa, su padre le reñía por fiarse de los curas. Todos son unos embaucadores, le advertía y al quite salía doña Cándida, dándole besos y anunciándole que de mayor debía hacerse sacerdote. Un trabajo para toda la vida y sin problemas, con casa y comida, Baldito, nada mejor en el mundo. Baldomero compartía la ilusión de su madre, hasta aquella aciaga tarde en que don Anselmo le arreó aquel tortazo que le dejó la cara roja como un tomate, sólo porque se divertía en la Charca; eso sí, olvidando desvestirse del sagrado hábito de monaguillo. De aquella traumática manera se frustró su futura santidad.

Ensimismado en sus recuerdos, no se dio cuenta de que el semáforo se ponía en verde hasta que escuchó el pitido del claxon del coche que llevaba detrás. Miró asustado por el espejo y descubrió el mal color de su cara. Nadia llevaba razón, tenía un tinte verde amarillento que no auguraba nada bueno. Sacudió la cabeza, intentando ahuyentar esos malos pensamientos y salió del semáforo casi cuando volvía a cambiar de color, con una nueva pitada, casi generalizada, de los que se quedaron atrapados en el cruce por su tardanza.

Reconoció que poseía una atracción especial hacia los problemas. Hubiera sido más fácil dejar que Nadia subiera a casa de ese matón sola. Yo no podía dejarla ante ese maltratador sin protección. Hacerme el Superman es perfecto en la teoría; en la práctica, mi chulería me ha provocado un terrible dolor de estómago y perder a Nadia.

Soy un desgraciado con todas las letras. Y si Dioni se entera de la verdad de lo sucedido, con total seguridad pasaré a ex taxista, mascullaba para sus adentros.

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En su mente recaló el recuerdo de la Meli. En menudo embrollo se metió sin quererlo. Era su época de vendedor de enciclopedias y en unas de sus visitas se topó con la casa de una antigua novia. Casada y sin hijos, se aburría soberanamente con un marido viajante que la dejaba sola un día sí y el otro también. Al ver a Baldomero delante de su puerta con la enciclopedia en la mano, fue como si viera al mismísimo Brad Pitt. Le compró la enciclopedia universal y todo lo que llevaba, con la única condición de meterle mano a su bragueta; ante tal hecho, Baldomero, todo un caballero, no pudo resistirse. Aquello, como todo lo suyo, terminó mal el día en que al marido de la Meli se le estropeó el coche y se presentó de improviso en la casa; lo que dio al traste con su aventura, de la que salió por piernas, con una nueva ex en su existencia, ex amante, no sin antes llevarse una buena tanda de golpes que le marcaron la piel de moratones por un buen tiempo.

Necesitaba con urgencia un café que aplacara el rugido de sus tripas y que le apartara de los soliloquios autopeyorativos con los que no hacía más que machacarse en su estima. Estacionó el taxi cerca de un bar, algo solitario para la hora y pidió uno con leche y una tostada con aceite. Mientras desayunaba pensaba en Nadia, en lo guapa que era, en la ternura con que le limpiaba su asqueroso vómito y comenzó a fantasear lo que sería compartir la vida con una mujer como ella. Al poco, sintió vergüenza del ridículo que había hecho y supo que nunca estaría a su alcance. Sacó el paquete de tabaco del bolsillo de su camisa y lo volvió a guardar. No lo necesito, se dijo, aunque poco convencido. Tras pagar, subió al coche. Al momento anunciaron que se necesitaba un coche en la urbanización Santa Clara para recoger a un señor y respondió al encargo.

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Le esperaba delante de un suntuoso chalet de dos plantas, rodeado de un alto y cuidado seto y una peculiar cancela, que llamó la atención de Baldo por la combinación del negro de los barrotes y el dorado de múltiples volutas que la adornaban.

—Buenos días. A la calle Eduardo Dato 71 —dijo el pasajero nada más montarse en el taxi—. Si me lleva rápido le daré una sustanciosa propina. Voy mal de tiempo. He perdido media hora intentando arrancar el Jaguar.

—A sus órdenes —respondió Baldo entusiasmado con la gratificación—. ¿El Jaguar se le ha escacharrado? Creía que esos coches eran infalibles.

—Lleva dando problemas desde que lo compré. Tenía un BMW que iba de maravilla y lo cambié por éste, una serie limitada. Para colmo, mi mujer necesitaba su coche y no me lo ha podido prestar.

—No se preocupe, que para eso está aquí Baldomero Puerto Casilla, para servirle—dijo con una enorme sonrisa que dejó a la luz sus blancos dientes y que empequeñeció aún más sus achinados ojos. Se volvió hacia su pasajero y levantó las manos del volante.

—¡Cuidado!

—Sin problema. Soy un experto conductor.

—¿Muchos años de taxista?

—Muchos —respondió tajante. Y cortó la conversación, que iba por unos derroteros peligrosos para él—. Y dígame; ese coche suyo, el Jaguar, ¿gasta mucha gasolina?

—No demasiada, aunque más que un utilitario, por supuesto. Pero eso le pasa a cualquier berlina. Aquí, déjeme aquí, por favor —dijo cuando se pararon en un semáforo poco antes de llegar al número que le había indicado.

—De acuerdo. Son cinco euros —dijo parando el taxímetro.

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—Tome y quédese con la vuelta.

—Tenga cuidado al salir por esa puerta —le advirtió.

Con los veinte euros en su mano, se sintió el hombre más feliz del mundo. En realidad aquel trabajo no estaba tan mal, pensaba cuando le sonó el móvil.

—Dime, mamá —respondió al ver el visor—, y date prisa que voy conduciendo y me pueden multar.

—Veras, Baldito. Te he hecho un bocadillo de tortilla de patatas con pimientos fritos y te llamaba para que te pasaras por casa a recogerlo. Debes de estar hambriento.

—Imposible, mamá. Además, no tengo hambre ninguna. ¿Has olvidado que me hiciste comerme un plato de picatostes esta madrugada?

—Pero, hijo, esos los debes tener ya en la punta de los pies.

Baldomero, sonrió para sus adentros al recordar dónde estaba el dichoso pan frito.

—Que no, mamá. Guárdalo para cuando llegue esta tarde.

—No sé para qué te hago nada. Si ya sabía yo que no te iba a gustar. Pero como no tengo arreglo, pues me lío a pelar patatas y a freír pimientos. Ya ves tú, con la de cosas que tengo que hacer y todo para que comieras algo decente…

—Mamá, ya está bien. Guárdalo, que seguro que luego está igual de bueno.

Luego nos vemos.

Cortó la comunicación al escuchar por la emisora que se necesitaban taxis en la parada de la estación de Santa Justa, a la que se dirigió de inmediato. Acababa de llegar un tren AVE y una larga cola de pasajeros esperaba en orden a que les tocara su turno.

Cuando llegó a la cabecera, un señor de unos treinta y tantos años, vestido con una elegante chaqueta azul, subió al coche y antes de nada se seco el sudor con un pañuelo blanco que extrajo del bolsillo.

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—¡Vaya día que vamos a tener hoy! Llegamos a los cuarenta, con total seguridad.

—Ni que lo diga, respondió Baldomero, cerrando las ventanillas y poniendo en marcha la refrigeración, al ver el sofoco del pasajero.

—Me lleva a la urbanización de Santa Clara. Ya le indicaré cuando estemos allí.

—Qué casualidad. De ahí vengo. Allá vamos otra vez —dijo poniendo en marcha el taxímetro.

Durante el trayecto charlaron del tiempo, del tráfico y como no, de política.

Baldomero conducía seguro, tranquilo y contento con su trabajo. Al entrar en la urbanización, siguió las indicaciones que le fue dando y cuál fue su sorpresa cuando le sugirió que se estacionara delante del mismo chalet de endiabladas volutas aureas.

—Esperaremos aquí. No baje la bandera.

—Lo que quiera —dijo apagando el contacto.

Aquel hombre miraba sin pestañear la cancela y Baldomero, impaciente y excitado, porque le explicara qué hacían allí. Sin embargo, la locuacidad que mostró el señor durante el trayecto se tornó en silencio, y él se hizo su composición de lugar. Este tío es el amante de la mujer del hombre Jaguar y espera para entrar en la casa a ver salir al marido y yo sé que ya no está; convendría que se lo dijera, así me podría marchar, pensaba, cuando vio abrirse la reja y salir un Volkswagen negro, con una mujer al volante y un niño detrás.

—¡Siga a ese coche! —le ordenó con precipitación.

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Capítulo 4

Baldomero se lanzó a todo gas tras el vehículo negro. Ni sabía quién era la mujer ni aquel hombre joven trajeado que ocupaba el asiento trasero del taxi, que su fantasía adjudicó de inmediato el papel de amante.

—Haga lo posible por no perderle de vista.

—Lo intentaré, aunque, ya sabe, el tráfico a estas horas está imposible. Por cierto, igual me meto donde no me llaman, pero si pudiera explicarme qué hacemos me quedaría más tranquilo. Tengo cierta predilección por meterme, sin yo buscarlo, en algún que otro lío —dijo volviéndose hacia el asiento trasero.

Baldomero sintió como fuego en la piel la mirada atónita del hombre, al descubrir la mancha de su cara. No era la primera, ni sería la última. Poco a poco se acostumbró a ese tipo de reacciones, sin que dejaran de fastidiarle. Él no tenía culpa de aquel estigma que le atormentó durante una buena temporada, en la que se negó a salir a la calle. Cuando lo aceptó, lo hizo con todas sus consecuencias. A punto de decirle que cerrara la boca para que no le entraran moscas, el pasajero reaccionó.

—Mire hacia delante, buen hombre. Le aseguro que no hacemos nada ilegal

—expresó disimulando su sorpresa.

—Mejor así —dijo lacónico el taxista—. Cambiando de tema y con perdón de mi indiscreción, ¿usted no será el amante de la señora que vamos siguiendo?

—¿Quién, yo? ¡ja,ja,ja! Se equivoca del todo.

—Bien. En ese caso, insisto; le agradecería que me dijera por qué la perseguimos.

—¡Venga, no me presione! Secreto profesional —manifestó con guasa.

Secreto profesional, secreto profesional… Bastó que dijera aquellas palabras para que Baldomero se devanara los sesos intentando averiguar quién sería aquel 38

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individuo. Como resultado de aquella insistente reflexión, una idea feliz atravesó como un rayo su mente. ¡Claro! No puede ser otra cosa que un detective privado, y una especie de gusanillo le recorrió el estómago al saberse protagonista de una misteriosa investigación. Conducir un taxi es mucho mejor de lo que yo me figuraba, si no tengo en cuenta al hijo de puta que me reventó el estómago.

El recordarlo le llevó a echarse mano al sitio del abdomen que le dolía cuando el sol le deslumbró. El iris de sus ojos, de un rabioso color azul, casi transparente, herencia de la abuela Matilde y sumamente sensible a la luz solar, le obligaba a protegerlos siempre con gafas de sol, de las de tipo aviador, y que esa mañana había olvidado. La evidencia de su imprevisión le llevó a pensar en Nadia y el ojo morado que ocultaba tras las gafas negras. No entendía el comportamiento de esa chica, ni por qué se quedó en la casa de su agresor. Esa mujer le había calado muy hondo. Esa voz rasgada, su voluptuosa belleza y el embrollo en que andaba metida le inspiraban una gran ternura y, al mismo tiempo, un deseo irrefrenable. Incómodo, se removía en el asiento descuidando la vigilancia. Se recriminó concentrándose en el Volkswagen que por un instante creyó perdido a la altura de una intersección de calles. No quería que el detective tuviera queja de su buen hacer.

—Soy un figura —dijo en voz alta sin darse cuenta.

—¿Cómo dice?

—Nada, que creía que la había perdido, pero ya ve que no.

—Sí, ya veo. No se distraiga.

—Descuide, ya le he dicho que soy muy profesional en mi trabajo.

Una melódica sinfonía sonó en el móvil del pasajero, que se apresuró a descolgar.

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—Hola, buenos días… Todo marcha según lo previsto… Por ahora, nada fuera de lo habitual… No lo dude, en cuanto haya algo que deba saber le telefonearé. Adiós.

Baldomero vigilaba de reojo, con los oídos bien abiertos no perdió ni una palabra de la conversación mantenida por aquel misterioso individuo.

—Seguimos a ese coche porque forma parte de un caso que está investigando.

¿A qué sí? —insistió el taxista.

El pasajero no abrió la boca y con cansancio miro por la ventanilla. No va a soltar prenda. Es un profesional de los pies a la cabeza, no hay más que verle.

—Ha puesto los intermitentes de parada, ¿qué hago? —preguntó nervioso.

—Estacione detrás, pero mantenga la distancia y no detenga el taxímetro Con la mano derecha apoyada en la frente a modo de visera para librarse de los molestos rayos solares, contempló cómo la mujer salía del vehículo. Alta, delgada, con una melena rubia que recogía en una alta cola de caballo. Vestía un pantalón blanco y una camisa sin mangas de color pistacho. De la parte de atrás salió una niña de unos cinco años, vestida con pantalón corto y camiseta, que llevaba a la espalda una pequeña mochila. Cerró el coche con el mando a distancia y se encaminaron juntas hasta la puerta de una guardería, tal como rezaba en el letrero, “Guardería Los Peques”.

—Pues ya está todo el pescado vendido. Esa preciosidad rubia ha ido a llevar a su hija al cole, nada extraño.

—Nada es lo que parece —dijo el pasajero circunspecto—. Prepárese para continuar en cuanto arranque.

Allí, parados, mientras esperaban que volviera aquella señora, Baldomero observó por el espejo retrovisor que un Audi azul marino de los grandes estacionaba a muy poca distancia. Le gustaba aquel automóvil. Si me toca la lotería me compro uno de esos, pensaba, cuando escuchó al viajero.

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—Ya está dentro, adelante. Con cuidado de que no se dé cuenta.

Durante un buen rato, condujo callado atento a los giros del Volkswagen.

Parecía que buscaba una salida hacia la avenida de Kansas City, cuando frenó de improviso en una esquina. Baldomero levantó el pie del acelerador y el taxi perdió velocidad. Miró por el retrovisor antes de tocar con suavidad el freno y le sorprendió tener detrás otro Audi azul marino. No le dio más importancia.

Un hombre espigado con vaqueros y camisa roja esperaba apoyado en una señal de ceda el paso. Al ver llegar el vehículo negro, se irguió y se acercó al bordillo. Abrió la puerta y se sentó en el asiento del copiloto.

Click, click, escuchó el taxista. El pasajero hacía fotos con una cámara digital extraplana. En ese instante, se confirmaron sus sospechas. Se trataba sin duda de un detective privado, seguro que contratado por el marido.

—Continúe sin que se dé cuenta. Lo está haciendo muy bien, tendrá una buena recompensa.

Baldo agarró con fuerza el volante. Decididamente aquel era su oficio. La suerte estaba de su lado y no desaprovecharía la oportunidad. Sus pensamientos volaron de nuevo hasta Nadia. Deseaba que le llamara.

—Su móvil está sonando, ¿no lo escucha?

—Perdone, estaba ensimismado en la conducción —mintió—. ¿Quién? —dijo nada más descolgar— ¡Joder!, entre tú y mi madre no me vais a dejar en paz. ¿Qué carajo te pica?... ¿Cómo?... Todo marcha a la perfección… Sin contrariedades... Si no me crees, ese es tu problema… Déjame en paz, no me atosigues —dijo antes de colgar.

—¿Le ocurre algo?

—Mi jefe que es muy quisquilloso y quiere saber lo que hago a cada instante.

—Fíjese bien, creo que han aminorado la marcha.

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—Es verdad. Ha puesto el intermitente a la derecha.

—¿Qué hay ahí? ¿Lo ve?

—Claro. Es la famosa sala Medium. Copas y alterne, ya sabe.

—Lo sé —respondió parco.

Baldomero se figuró que irían en busca de una de las habitaciones traseras que alquilaban a parejas para pasar un “buen rato”. Sin esperarlo, se sintió afligido. Le dio lástima de aquella pobre mujer, pillada “in fraganti”, con fotos incluidas, y al momento se arrepintió de haber colaborado en esa caza de brujas. No podía continuar con aquello por muy bien que le pagaran, su conciencia no lo aprobaba.

—Mire, señor. Se terminó el espionaje —dijo Baldomero desabrido y deteniendo el taxímetro—. Hasta aquí hemos llegado, de manera que págueme. Yo me marcho.

—Ha hecho un excelente trabajo. Tengo que reconocer que al principio pensé que era usted un pardillo, pero me equivoqué.

Tal cómo le había prometido, le dio una cuantiosa propina que Baldo se echó al bolsillo. El hombre trajeado bajó del taxi dirigiéndose a la sala de fiestas. Baldomero arrancó y por el espejo le observaba mientras encendía un cigarrillo para sosegar su espíritu por el error cometido. Al girar a la derecha para salir a la avenida, se cruzó de nuevo con otro Audi azul marino. No pudo ver quién lo conducía porque llevaba las lunas de los cristales tintadas, pero se fijó en la matrícula: 6372 EFZ. Un regusto amargo en la boca le reveló que algo ocurriría. La culpa se esfumó dando paso a la desconfianza, a la susceptibilidad; en definitiva, a un terrible mosqueo.

No fallaba. Ese desagradable sabor siempre presagiaba algo, y nunca bueno. El mismo que sintió cuando uno de sus mejores amigos, el Migue, murió. La vida de los que habitaban el barrio, por aquel entonces en plena adolescencia, era complicada. Un 42

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hervidero de droga que pasaba de mano en mano sin control. Muchos cayeron en ella.

Una sobredosis terminó con el pobre cuando al fin se había decidido a ingresar en un centro de rehabilitación. Baldomero lo presintió, incluso antes de que sucediera, en aquel regusto; el mismo que cuando su mujer le comunicó que lo abandonaba. Siempre ese sabor a hiel en la boca y esa pena negra y violenta en el corazón.

No dejaba de observar con disimulo, parecía que nadie le seguía. Quizás sea una broma que me están gastando. Mejor me dedico a la conducción y me olvido del pasado y hasta del presente, si no tendré un futuro nefasto, sin trabajo.

Cuando dio el aviso de disponible a la centralita le indicaron que recogiera a unos pasajeros en la calle Baltasar Gracián. Y hacia allí se dirigió, con ánimo renovado.

Acababan de dar las doce. Parecía mentira que la historia del detective le hubiera consumido tanto tiempo. En realidad, a él se le pasó en un suspiro. Giró en la rotonda de la estación y cambió de sentido para entrar en la calle; según le indicaba el GPS, que ya parecía dominar, cuando descubrió que el Audi azul marino le seguía. El mismo coche, la misma matrícula. No había duda.

—Buenos días, joven —dijo el señor mientras ayudaba a su mujer a entrar en el vehículo.

La pareja rondaba los setenta y muchos. La mujer le dio la dirección de donde les tenía que llevar y se hizo un silencio que al poco ellos mismos quebrantaron, toda vez que Baldomero no perdía ojo al coche que tenía detrás.

—Vamos a recoger a mi nieta al colegio. Hace tiempo que no la vemos; las cosas de los divorcios —explicó apenada.

—No te apures, Teresa, verás como no se ha olvidado de nosotros. ¿Sabe, joven?

Mi hijo ha tenido problemas en su separación porque su mujer, algo que nunca 43

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podríamos imaginar, le ha denunciado por malos tratos hacia ella y hacia su hija. Andan metidos en pleitos y en todo este tiempo no le han dejado ver a la niña.

—¡Vaya marrón! —respondió el taxista más preocupado por lo suyo que interesado en la conversación.

—Hoy es el primer día que puede estar con ella y, mira tú por dónde, no ha podido dejar el trabajo. Ahora necesita el dinero para poder hacer frente a sus gastos y a los que le origina la manutención de su mujer y su hija, porque ella no trabaja —aclaró Teresa.

Baldomero recordó su separación y se le puso el vello de punta. Aún, después de un año, no había olvidado las interminables visitas al despacho del abogado, que se dirigía a él con una jerga incapaz de descifrar, que le abrumaba más que le esclarecía, para al final estampar su firma al pie de un documento, sin llegar a entender las repercusiones que para él podía tener. Así fue cómo su mujer le sacó todo y más de lo que poseía, para disfrutarlo con ese pseudoinstructor, ladrón de esposas, metido a hindú.

—Genaro, indica a este joven tan amable por dónde debemos de entrar para llegar bien al colegio de Raquelita.

—No se preocupe, señora, he programado el chisme éste —dijo señalando el GPS.

—¿Y eso qué es? —preguntó Genaro.

—Una máquina que va indicando las calles por donde se llega antes. Por fin he conseguido ponerlo en marcha.

—Qué cosa más útil. Pues no sabía que existiera. Seguro que nuestro Carlos tiene uno. Carlos es nuestro hijo —le explicó a Baldomero.

—Seguro —respondió por ser educado mirando con disimulo si el coche azul marino seguía estando allí.

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Vida y milagros de un ex

—Nuestro hijo es estupendo. Trabajador a más no poder, cariñoso, agradable, bien parecido y nunca, nunca, haría eso que dice su mujer, bueno su ex mujer —explicó ella con la voz temblona por la congoja.

—No te martirices, querida. Esa mala pécora nos engañó a todos. Y al primero, a tu hijo. Lo peor es lo de Raquelita. ¡Con lo que la niña quiere a su padre!

—Hemos llegado —anunció poniendo los intermitentes de estacionamiento.

—Si no le importa, como nos ha traído tan rápido, esperaremos aquí hasta que salga la niña. Aún faltan cinco minutos.

—Sin problema, aunque —dudó— le aviso de que no puedo parar el taxímetro.

—Claro, lo entendemos. No se preocupe. Y, dígame, ¿usted está casado?

—No, señora. Divorciado.

—¿Vive solo?

—No. He vuelto a casa de mi madre.

—Mi hijo Carlos también ha regresado a nuestra casa. Al principio lo intentó en un piso que se empeñó en alquilar, pero el sueldo no le daba para tanto y además ¿dónde iba a estar mejor cuidado que en casa de sus padres? Mire usted, iba desarreglado, con las camisas sucias y sin planchar y él, que tiene un trabajo de cara al público, no podía ir de aquella manera. Total, que al final le convencí. Nosotros estamos encantados,