Vida y Milagros de un Ex por María José Moreno - muestra HTML

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¿verdad, Genaro?, porque además, cuando se regularice lo de la niña, la podremos tener en casa. Mi nieta es un primor. ¿Usted tiene hijos?

—No. Gracias a Dios, no.

—Mejor. Así no han tenido que sufrir la terrible experiencia de ver a sus padres cada uno por un lado. Por mucho que los psicólogos digan que es preferible que se separen antes que los niños sufran las discusiones continuas de sus padres, yo me digo que debe ser muy triste no estar con los dos. Yo es que he sido mucho de mis papás, 45

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hasta que Dios los acogió en su gloria. No creo que hubiera podido soportar verlos alejados.

Baldomero pensaba en su madre. Se parecía mucho a aquella señora, de manera que opinaría lo mismo. Insistente hasta más no poder, lo convenció con argumentos similares. Pero él deseaba, por encima de todo, salir de aquella ratonera, con lo que supuso que el tal Carlos, estaría, al menos como él, harto de esas madres charlatanas que al final, siempre se salen con la suya.

—Hay que ver cómo está el mundo —suspiró Teresa—. Ahora, nadie aguanta a nadie. El matrimonio es lo que es, muchos ratos malos y alguno bueno, pero es lo que hay. El otro día escuché en la radio que hay casi más divorcios que bodas y entonces yo me pregunté, ¿cómo ocurrirá eso? No es normal, porque de todos es sabido que se prueba antes —dijo con sorna—. ¡Vamos! Que se van a vivir juntos. Usted me entiende,

¿verdad?

—Sí. La entiendo —dijo Baldomero alargando el cuello para cerciorarse de si el Audi se había estacionado detrás. No lo veía por ningún lado.

Se relajó. Pensó en los cigarrillos que llevaba en el bolsillo. Le apetecía echar una profunda calada que le templara las manos y le quitara el mal sabor de la boca.

Decidió pedirles permiso, pero se censuró. No debía fumar en el coche y menos delante de aquella agradable y educada pareja que sufría por las desventuras de su hijo, y que seguro odiaban el tabaco, como su madre. De repente, escuchó unos gritos que resonaron en el silencio como trueno en noche estrellada. Se giró por completo y vislumbró el semblante desencajado de la abuelita, que sacudía bruscamente a su marido, sin obtener respuesta.

—¡Genaro! ¡Genaro! ¿Qué te pasa? ¡Por Dios, háblame!

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Capítulo 5

—¡Genaro, dime algo! —insistía Teresa entre sollozos.

Baldomero bajó a toda prisa del coche para comprobar qué le sucedía al abuelito.

—¡Joder! Todo me tiene que tocar a mí. Señora, ¿respira?

—No lo sé — murmuró.

El taxista puso sus dedos en el cuello y se cercioró de que por lo menos el corazón latía, que ya era algo; no le gustó el hilillo de saliva que caía de su boca, ni su balbuceo inconexo.

—¡Vaya mala suerte! —se quejaba—. Para mí que a su marido le ha dado un chungo al cerebro.

—¿Un chungo?

—Bueno, como se diga, algo muy grave.

—No me asuste, ¡por Dios!

—Ni por Dios ni por la Virgen, que nos las piramos al hospital. Vaya a por la niña y rapidito.

Baldo rebuscó en los bolsillos de su pantalón beis hasta que dio con un pañuelo.

Nada más ver el aspecto y el color, más gris que blanco, se acordó de que no había cogido el limpio que Cándida le había dejado encima de la cómoda de su cuarto. Tenía que conformarse con ese. Se secó el sudor que humedecía su frente y luego, las babas de Genaro. No podía creer que aquello le estuviera ocurriendo a él. Imposible que nadie 47

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acumulara tantas desgracias en unas pocas horas de trabajo. Al final, iba a tener que dar la razón a todos aquellos que le consideraban un cenizo. Miró angustiado hacia la puerta del colegio. Abuela y nieta regresaban precipitadas al taxi. Escuchó indicarle a la niña que fuera muy buena porque el abuelo se había puesto malito.

—¡Venga, suban rápido, que nos vamos directos al Macarena!

La niña, de unos seis años, vestía de uniforme y en las coletas llevaba unos tiesos lazos verdes a juego con la falda. Cogió del brazo a su abuela y la miró con los ojos muy abiertos.

—¿Qué le pasa al abuelo?

—No sé, Raquel, estaba tan bien y al momento…

—Señora, coja este pañuelo y sáquelo por la ventanilla. Vamos a toda velocidad hasta el hospital, de manera que agárrense y no se preocupe, todo saldrá bien —dijo Baldomero para tranquilizar a Teresa.

—Pero, oiga este pañuelo está muy sucio —replicó Teresa al tiempo que lo abría y descubría cantidad de mucosidades secas.

—Qué más da. Cójalo de una esquinita y sáquelo por la ventanilla, con cuidado, eso sí, no sería la primera vez que en una maniobra de este tipo alguien pierde el brazo.

—Qué macabro es usted, lo que nos faltaba.

—Realista, señora, realista.

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El taxista conducía resuelto. Tocaba el claxon y esquivaba los coches que se interponían en su camino mientras la abuela, con la poca fuerza que le iba quedando, aireaba el pañuelo como una banderola. Raquelita no dejaba de hacer preguntas que nadie respondía.

Al mirar por el espejo, Baldo comprobó que el Audi le seguía los pasos; una preocupación más que añadir a las que ya tenía anunciada por un retortijón de tripas . Lo que me faltaba que me tuviera que parar ahora en algún bar, pensó. De nuevo, otro, y otro; el último con tal estruendo que se puso colorado y con disimulo echó un vistazo por el espejo retrovisor para comprobar si los pasajeros lo habían escuchado. Por sus acongojadas caras dedujo que no, aunque pudo ver como el Audi no se despegaba de su culo.

—No te apures, Genaro, que ya llegamos —dijo Teresa.

—Señora, hago lo que puedo —dijo mientras tocaba el pito para librarse de un coche que iba a poca velocidad—. Como me ponga nervioso va a ser peor.

—Se lo dice usted todo. Yo sólo calmaba a mi marido.

En menos de diez minutos estacionaba en la puerta de Urgencias. Bajó del taxi y entró corriendo en busca de ayuda. Dos celadores acercaron una camilla al vehículo.

Entre todos intentaron sacar al abuelo del coche; por su gran estatura y su peso, no resultaba nada fácil. Uno tiraba de una pierna y otro de otra, Baldo empujaba desde dentro del taxi. Lo peor llegó al intentar subirlo a la camilla, se escurría y, en uno de los intentos, Genaro estuvo a punto de darse de bruces con el suelo.

—Vayan con él. Yo esperaré aquí un rato —dijo Baldomero sudando a chorros.

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—Tome el pañuelo y séquese, ya no puede ensuciarse más de lo que está —dijo Teresa sonriendo—. Y muchas gracias por todo. Sin usted no lo habríamos conseguido.

Desde fuera, observó como ambas se encaminaban en pos de la camilla, hasta que fueron engullidas por una puerta batiente.

Antes de meterse en el coche, encendió un cigarrillo y aspiró con ansia para calmar el temblor de sus manos; mientras, paseaba de un lado a otro procurando entender por qué su vida era tan complicada. Se pasó la mano por la frente y al palpar la cicatriz se le vino a la cabeza la visita al hospital del día de su Primera Comunión.

Su madre le compró un precioso traje para ese especial día, de almirante de la Marina, por supuesto. Mi hijo no puede recibir al Niño Jesús vestido de simple marinerito, decía Cándida. Él era el único que vestía con galones y los paseó con orgullo por delante de las narices de sus compañeros. El marinero, Sebas, se enfadó cuando Baldo le ordenó que se cuadrara delante de él y le asestó una pedrada que le abrió una brecha en la frente cerca del nacimiento del pelo. El traje de almirante se tiñó de sangre y su madre le pegó por mancharlo. La fiesta concluyó en urgencias, donde le dieron siete puntos.

De pronto, recordó el Audi que le seguía. Miró por los alrededores y no lo encontró. O bien se escondía o tenía alucinaciones, el caso es que de uno u otro modo, la persecución le estaban destrozando los nervios.

—¡Oiga, buen señor! —escuchó tras él.

Se giró y vio a Teresa que le llamaba muy angustiada. Se alarmó y el corazón se le puso a galopar como un caballo loco.

—¿Qué tal ha ido? —preguntó temeroso de escuchar un desenlace fatal.

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—No sé nada aún. Es que necesito que me haga un favor. Lo que le voy a pedir no es habitual, lo entiendo, pero tengo que estar con mi marido y, como comprenderá, este no es lugar para una niña. ¿Podría quedarse con ella?

—Lo siento, señora —dijo tartamudeando por los nervios—. No puedo quedarme más tiempo parado. Mi trabajo es el taxi. Llevo más de un año en el paro y hoy es mi primer día, si no cumplo me echarán.

—Se lo ruego. He llamado a su padre y no contesta al teléfono y su madre está en Madrid. No sé qué hacer, por favor —suplicó entre lágrimas.

—Imposible. Mire, señora. He traído al hospital a su marido y se terminó. No soy una niñera —dijo tajante.

Raquelita devoraba con los ojos el cruce de palabras que mantenían; al ver que su abuela lloraba, no pudo contenerse durante más tiempo y la imitó. Al verla Baldomero se echó a morir. No soportaba el llanto, y menos en una indefensa niña. La abuela lleva razón. Un hospital no es lugar para un niño y, además, seguro que no será por mucho tiempo. Las urgencias están, cosa extraña, casi vacías —pensó.

—De acuerdo. Pero que sea el menos tiempo posible, señora.

—Es usted un ángel —dijo la abuela antes de darle un abrazo y aconsejar a Raquel que se portara bien y no diera la lata.

Al escuchar la palabra ángel, el taxista se acordó de cuando el cura le anunciaba que podría llegar a ser santo. La ilusión de su vida y ahora podía hacer una buena obra.

Cuidaría de aquella niña. Una gran calma se apoderó de su interior.

—Esperen aquí. En un segundo, aparco el taxi y vuelvo.

Llevó el coche a una zona de estacionamiento permitido y al bajar de él, antes de iniciar la subida por la rampa, comprobó para su pesar que a pocos metros se hallaba el Audi azul marino. La ventanilla del copiloto bajada permitía ver al ocupante, un joven 51

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con la cabeza afeitada y con camisa negra que hablaba por un móvil. Se ocultó, con disimulo, tras una pareja que subía, al entrar en la zona de urgencias.

—Ya estoy aquí. Váyase, y no olvide que me tengo que marchar pronto —dijo a la abuela—. Y tú, dame la mano, que vamos a buscar dónde sentarnos.

Con desgana y los ojos vidriosos, Raquel se acercó a Baldomero y se cogió de su mano. El taxista captó enseguida que la niña estaba asustada y quiso distraerla.

—Yo sé que te llamas Raquel. Mi nombre es Baldomero.

Se sentaron en los asientos corridos de la sala de espera, sin que la niña diera ninguna respuesta.

—No estés triste. Tu abuelo se pondrá bien.

La niña seguía muda mirando al frente y moviendo rítmicamente las piernas en un vaivén que cada vez ponía más nervioso a Baldomero.

—¿Quieres que juguemos a algo?

—No.

Su rápida y escueta respuesta sorprendió al taxista.

—Bueno. Algo es algo. Por lo menos, sé que eres capaz de hablar. Muy bien, pues como no tienes ganas de jugar, lo haré yo solo.

—¿Solo?

—Claro.

—¿Y cómo es ese juego?

—Pienso cosas.

—¿Qué cosas?

—Invento historias. Me imagino que vivo en otro lugar, que tengo una bonita y gran casa…

—¿Te duele? —preguntó Raquel interrumpiendo.

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—¿El qué me duele?

—Eso que tienes en la cara —dijo ella señalando a la mancha.

—No. Ni siquiera me molesta. ¿Sabes de qué es esta marca?

—No.

—Del pico de la cigüeña que me trajo a casa cuando nací.

—Mentiroso. Los niños nacen de la barriga de la madre.

—¿No me digas?

—Sí. Me lo contó mi mamá.

—Pues a mí me trajo la cigüeña y por eso soy especial. Me dejó esta marca para diferenciarme del resto de las personas.

—¡Qué guay! ¡Yo quiero una marca como la tuya!

—Quizás puedas hacerte una con las pinturas de tu mamá.

—Sí, sí.

Baldomero, entusiasmado por los derroteros que tomaba aquella charla, rió con ganas y contagió a la niña. A partir de ese momento, la relación entre ellos cambió. La niña se abrió y propuso infinitud de juegos desconocidos para él. El tiempo pasaba rápido y, cuando el taxista miró el reloj, eran las dos de la tarde, su hora del almuerzo, de manera que no hacía mal a nadie estando allí. Ya tendré tiempo de tomar un bocadillo más tarde, pensó.

—Me toca, Baldo. Veo, veo.

—¿Qué ves?

El sonido del móvil interrumpió el entretenido juego.

—¡Qué mala pata!, ahora que tenía una chulísima —se lamentó Raquel.

Miró el visor y, al leer el nombre de Dionisio, se descompuso. Mandó callar a la niña con un gesto, pero sus manos temblaban de tal manera que el teléfono se le escapó 53

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y hubiera caído otra vez al suelo, si no fuera por los reflejos de Raquel, que lo recogió al vuelo.

Respiró hondo y descolgó.

—Hola, Dioni. ¿Qué tal? Yo estoy muy bien —dijo intentando zanjar la conversación.

—Hola, Baldomero. ¿Te importaría decirme dónde te encuentras?

El estómago se le encogió y se le secó la boca.

—¡No te he entendido. Aquí hay poca cobertura!

—¡¿Qué dónde coño estás, carajo?! —repitió a voces Dionisio

—Pues…, comiendo en casa del tío Mateo.

—¡Y una mierda! Yo estoy en casa del tío Mateo. He venido para hablar contigo, recoger una cosa del maletero y no te he encontrado.

—Hay que ver cómo te pones. No me has entendido bien. Te he dicho que voy para allá. He llevado a un pasajero al aeropuerto y me he retrasado por el tráfico.

—¿Al aeropuerto?

—Fíjate qué suerte tengo, una carrera de 22 euros.

—Qué bien para tu primer día. Vale, pues aquí te espero. No tardes.

—Ya voy —respondió Baldomero. Y colgó.

Con el móvil en la mano y la mirada fija en la nada, repasaba mentalmente la conversación. ¿Qué coño querría coger Dioni del maletero? Él no tenía intención de mentirle, pero lo había hecho. Sin saber cómo, otra vez estaba en problemas. Lo tengo merecido, se regañó. Se preguntaba cómo saldría de aquel embrollo, cuando la niña posó una manita sobre su brazo.

—¿Me vas a dejar sola?

—No —respondió poco convencido.

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El sabor a hiel en su boca le hizo reaccionar. Debía hacer algo antes de que todo empeorara.

—Ven conmigo. Vamos a preguntar cómo está tu abuelito.

Cogidos de la mano salieron de sala de espera. Al pasar por la puerta, Baldomero distinguió al calvo del Audi que, apoyado en la puerta, continuaba conversando por teléfono. ¡Qué barbaridad!, debe pagar un dineral de móvil, pensó y apretó la mano de Raquel hasta el punto de que la niña protestó porque le hacía daño, tragó saliva y pasó por delante como si nada.

La enfermera, nada amable, le indicó que si no era un familiar no podía recibir ninguna información sobre el paciente. Su insistencia provocó la ira de la sanitaria, que terminó por echarle a voces del mostrador.

Avergonzado, se encaminó con Raquel hacia la puerta. El termómetro marcaba cuarenta y ocho grados.

—¡Qué barbaridad! —exclamó.

Mientras pensaba qué hacer, encendió un cigarrillo, a pesar de la mirada de

”fumar es malo”, que le lanzó la niña. Tiró la colilla en el suelo cuando un Volkswagen negro subía a gran velocidad por la rampa. Se detuvo a escasos centímetros de ellos.

—¡Joder! Estamos apañados con las prisas

—No se dicen palabrotas —recalcó Raquelita.

—¡Joder, el tío de la camisa roja! ¿Qué pasa? ¿Estás borracho? ¿No ves que has estado a punto de atropellar a la niña? —le increpó al verlo salir del coche.

—Olvídame —le respondió mientras ayudaba a salir del coche a la elegante rubia que habían seguido por la mañana, y que parecía llevar una cogorza descomunal.

—Joder, joder, joder…—repitió Baldomero boquiabierto ante la mirada de desaprobación de la niña.

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Les vio encaminarse en dirección al mostrador. Un celador acercó una silla de ruedas donde la mujer se dejó caer echa un guiñapo. De nuevo, sintió lástima por ella.

Escuchó decir al individuo que la señora había mezclado ansiolíticos con alcohol.

—¿Conoces a esa mujer? —preguntó Raquel sin soltarse de su mano.

—La verdad es que sí, aunque nunca he hablado con ella. Algo extraño que no entenderías, porque ni yo acierto verlo claro. Vamos dentro, estaremos más frescos. Si seguimos aquí vamos a terminar como los pollos.

—¿Cómo?

—Asados.

La niña rió de la ocurrencia, pero Baldomero seguía aprensivo y sin ganas de reír. Menuda bola se está formando, pensó.

Volvió a mirar la hora, las dos y media. Dionisio le esperaba en el restaurante y él no acudiría. Inventaría una nueva trola con la que tapar la anterior. Suspiró y se sentó pensativo; tanto, que la niña no hablaba para no molestarle.

Quince minutos después, volvió a sonar el móvil.

—El Dioni, otra vez —dijo en voz alta.

—¿Quién?

—Un amigo.

—¿No vas a contestar?

Se pasó la mano por la nuca y siguió dudando. Se metió el móvil en el bolsillo cuando aún sonaba.

—No. Es un pesado y no me deja en paz.

Un griterío llamó su atención. Volvieron la cabeza para ver qué sucedía. La mujer rubia vomitaba y su acompañante no dejaba de insultarla. Baldomero sintió la 56

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necesidad de acercarse, pero se retuvo. Se le vino a la cabeza el incidente con el tal Celso y se le aflojaron las piernas. Mejor me quedo aquí quietecito.

En poco tiempo la sala se llenó y la llamada a los enfermos se hizo más lenta. La abuela no aparecía. Baldomero pensó lo peor. Claro que, si el abuelo hubiera muerto, seguro que ya se lo habrían comunicado. Su ausencia era buena señal. Aquella conclusión reconfortó el hundido espíritu de Baldomero, después de todo, quizás habría salvado la vida de un hombre.

La niña se distraía dibujando y él reflexionaba sobre su increíble y absurda vida.

Miró hacia atrás y comprobó que la rubia dormitaba con la cabeza dando tumbos de un lado a otro. El hombre de la camisa roja se levantó tras mirar el reloj Se acercó a ella y en ese preciso instante se escuchó una voz a lo lejos que gritaba.

—¡Déjala en paz!

La niña levantó la cabeza de su dibujo, asustada, y Baldomero reparó en que el grito lo había dado el marido de la señora rubia; el señor del Jaguar averiado, que entraba acalorado y con los ojos inyectados en sangre.

—¿Qué le has hecho? —dijo al ver en qué estado se hallaba su mujer.

—¿Yo? Nada. Ella solita se bebió todo lo que encontró en el mini bar, además de unas pocas pastillas.

—¡Hijo de puta!

—Eso lo serás tú. ¿Por qué si no ella te iba a poner los cuernos conmigo?

El marido se abalanzó contra el amante de su mujer y le agarró de la camisa. La gente comenzó a llamar a voces al guardia de seguridad. Baldomero no se dio ni cuenta de cómo se plantó delante de ellos y, menos aún, de cómo se metió entre ambos para separarlos.

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—¡Por Dios, no le hagan daño! —gritó la abuela que entraba en ese instante en la sala de espera.

El taxista miró hacia ella y le sonrió. En una fracción de segundo le dio tiempo a pensar que sus problemas habían concluido, que podría marcharse y que quizás Dioni le esperara aún en casa del tío Mateo. Él le explicaría toda la verdad de lo acontecido desde que empezó la mañana y seguro que su amigo lo comprendería. Volvió a notar el regusto amargo en su boca, y a lo lejos escuchó la insistente melodía de su móvil.

Después todo se hizo negro.

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Capítulo 6

—¡Enfermera, está abriendo los ojos!

—Muy bien, campeón, así me gusta. No le dé conversación, necesita reposo.

Esperen aquí a que lo recojan para llevarlo a radiología —dijo la enfermera sonriendo, mientras toqueteaba el cuentagotas del suero.

—Gracias, señorita —dijo Teresa.

Baldomero escuchó aquella dulce voz, sin reconocerla. Intentó abrir los ojos, pero los párpados le pesaban una tonelada. Con mucho esfuerzo, consiguió elevar sólo uno, el derecho, con el que vislumbró el techo blanco cegado por la deslumbrante luz de la lámpara fluorescente que tenía justo encima. Hasta para eso tenía mala suerte. Giró la cabeza para protegerse y le sobrevino un dolor agudo en la frente.

—No se mueva. El médico ha dicho que tiene una conmoción.

No sabía dónde se hallaba, ni qué le ocurría. Se echó mano al ojo izquierdo, que le punzaba como si le estuvieran clavando una aguja, cuando una mano detuvo su brazo.

—Si no tiene cuidado, se le saldrá el suero.

—¿Dónde estoy?

—En el hospital.

—¿Qué me ha pasado?

—Se metió en medio de una pelea y ha salido mal parado.

—¿Cómo?

—En la sala de espera se inició una pelea que usted intentó detener. Uno de los hombres que discutía cogió el portasueros de un paciente sentado a su lado, para agredir a otro, con la mala pata de que el porrazo fue a parar a su cara. Incluso perdió el conocimiento.

—Me duele mucho el ojo…

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—No me extraña. Aunque parece que todo es superficial, el médico quiere asegurarse. Le van a realizar un TAC. No se apure y déjeme quieta la manita, que se le va a salir la aguja —le ordenó cogiéndola con delicadeza.

Baldomero recuperaba poco a poco su nivel de conciencia, hasta el punto de ser capaz de asociar la voz con el rostro. Reconoció en aquella señora que le trataba con tanto mimo a Teresa, la mujer de Genaro, y de sopetón recordó que se hallaba en el hospital, precisamente, por su causa.

—¿Su marido está bien?

—Ha sufrido un ictus, aunque se recuperará gracias a usted. La médica cree que no le quedarán secuelas porque ha recibido tratamiento en la primera hora. Fue una suerte que le diera en su taxi.

—Ya le dije que aquel chungo pintaba grave. Me alegro de que se vaya a recuperar.

¡Menuda suerte! Mi primer día con el taxi y me han arreado dos veces, casi se me muere un pasajero, he seguido a una mujer y a mí me siguen en un Audi, he perdido el conocimiento y ahora perderé, sin duda, el trabajo.

—Raquel está con su padre.

—Al final le localizó.

—Sí. Insistí hasta que me cogió el teléfono y por suerte se encontraba muy cerca del Macarena. Vino enseguida y se ocupó de la niña. Yo entré con usted, no podía dejarlo solo después de todo lo que hizo por nosotros. ¿Sabe una cosa?, no me dejaron pasar porque no era familiar suyo, entonces me colé hasta este pasillo desde la habitación donde está mi marido. La cuestión es hacerlo decidida y nadie se fija en ti; 60

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ahora bien, si titubeas se dan cuenta y te echan. Genaro duerme gracias a la medicación que le han dado.

Baldomero cerró el único ojo que podía. Se encontraba aturdido por el dolor y por tanta charla, pero tampoco le apetecía quedarse solo.

—¿Puedo tutearle? Sé que se llama Baldomero, me lo ha chivado mi nieta Raquelita. Le ha caído usted de maravilla. Bueno, le has caído de maravilla—repitió riendo.

El taxista abrió el ojo y Teresa lo interpretó como una aceptación.

—Una niña muy simpática —musitó

—Y que lo digas. Estamos locos con ella y mira que la vemos poco; es tan tierna y cariñosa... Se preocupó una barbaridad cuando vio que te daban el tremendo porrazo.

—¿La niña lo presenció? —preguntó alterado.

—Claro. Al verlo, salió corriendo y le pegó una patada en la espinilla al malnacido que te ha desgraciado —dijo señalando a su ojo.

—¡Pobrecita, qué impresión se llevaría!

—Parecía una fierecilla. Hasta que no vio a su padre, no se calmó.

Soy una calamidad. ¿Qué habrá pensado Raquelita de mí? Ni siquiera soy capaz de impresionar a una niña. Mi vida es una ruina.

—Por cierto, Baldomero, el móvil no ha dejado de sonar. Una de las veces, ante la insistencia, descolgué. Era tu madre. Espero que no te importe que le dijera lo que te había sucedido.

—¿A mi madre?

—Sí. Bueno, a una señora que se identificó como tu madre. Creo que dijo que se llamaba Cándida.

—¡Lo que me faltaba! ¿Me puede dar un poco de agua? Tengo la boca pastosa.

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—Espera, que voy a preguntarlo. Te dejo solo un momentito y de paso le echo un vistazo a Genaro.

Se quedó a solas con su aflicción. Se sentía herido en su cuerpo y también en su honor. No servía para nada, por más que se empeñara en lo contrario y no veía ninguna salida. Mejor quitarse de en medio, pensaba cuando una voz desde el final del pasillo le sobrecogió.

—¡Hijo mío!—gritó Cándida antes de que le llamaran la atención por semejante chillido.

—¡Mamá! No te preocupes. No es nada.

—¿Cómo que no es nada? Tienes un ojo a la funerala, ¡por Dios y muy Señor nuestro! —dijo besando repetidamente a su hijo.

Baldomero quedó envuelto en una nube del intenso perfume con el que su madre acostumbraba a rociarse cada vez que salía a la calle, que mezclado con el calor reinante le produjo una arcada que disimuló como pudo.

—Parece más de lo que es —respondió quitando importancia y alejándose lo más que pudo de ella.

—¿Quién ha sido el criminal que te ha puesto así el ojo?

—Me metí entre dos que se peleaban para separarlos y…

—¡Cómo no! Mira que te he dicho más de cien veces que tú no eres un héroe.

Desde niño, siempre metido en peleas y, con lo cenizo que eres, llevándote la peor parte.

—Siempre con la misma cantinela, mamá.

Baldomero recordó una vez que su madre pronunció aquella sentencia. Fue el día en que su vecina, Maripili, acudió a él llorando porque su hermano Antonio y sus 62

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amigos le querían birlar un dinero que ella reservaba para ir al cine. Baldo se enfrentó a ellos, a pesar de que le sacaban dos cabezas; aguantó el tipo peleando con golpes bajos directos a la entrepierna. Le dieron tortas por los cuatro costados, y se defendió como un jabato hasta que se cansaron y le dejaron en paz. Cuando su vecina le premió con un beso sanador, se sintió el ser más feliz del universo. Al llegar a casa despeinado, con la ropa rota y colorado por la paliza, Cándida le bajó de golpe de la nube a la que le había subido el suave roce de los labios de Maripili, justo con aquellas mismas malditas palabras: Tú no eres un héroe.

—¿Qué te pasa? Estás muy callado.

—No tengo ganas de hablar, mamá. Me duele todo.

Teresa salía diligente del cuarto de enfermeras mezclándose con la gente que en tropel invadía el pasillo, cuando divisó que una señora acompañaba al taxista.

—Hola. Soy Teresa. Hemos hablado por teléfono —dijo presentándose.

—Yo soy Cándida, la madre de Baldito.

No pudo reprimir una sonrisa al escuchar el diminutivo cariñoso con el que lo nombraba; también captó la irritación que producía en su hijo.

—Lo siento, Baldomero. La enfermera me ha dicho que dentro de poco te van a subir a rayos y mejor que no bebas, vaya a ser que vomites.

—¿Tan grave es? —preguntó la madre.

—Lo hacen para asegurarse de que no hay nada.

—Menos mal, hijo. Estoy en un sinvivir desde que me enteré.

—Baldomero, ya que tu madre ha llegado, me marcho, no vaya a ser que Genaro despierte y se encuentre con la habitación vacía. Luego te veo.

—Gracias, Teresa, por todo. Dale un abrazo a Raquelita de mi parte.

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—Adiós, señora, y gracias por cuidarle. No sé que hubiera sido de no ser por usted.

Madre e hijo se miraron en silencio. Baldomero cavilaba sobre los acontecimientos del día y Cándida lo observaba, sin atreverse a preguntar qué le rondaba por la cabeza. Le conocía de sobra y cuando se ponía de aquella manera lo mejor era dejar que el tiempo fluyera y se serenara.

—Voy a perder el trabajo —dijo sin venir a cuento.

—¿Por qué?

—Dioni anda buscándome. Cuando hablé la última vez con él, le mentí. No sé cómo pasó; no era mi intención. Y encima, yo aquí, en esta camilla y con el taxi en el aparcamiento. ¡Qué inútil soy!

—No hables así, cariño.

—Tú eres la primera que lo piensa. Lo has dicho antes, soy un cenizo.

—Sólo para pincharte. A veces necesitas que se te estimule.

—Pues más que un pinchazo ha sido un estoque en toda regla. Lo que necesito es que algo me salga bien en esta puta vida. Estoy desesperado.

La cara de Cándida, bañada en lágrimas, traslucía la honda pena que anegaba su corazón al escuchar aquello. Lo estrechó con todas sus fuerzas y depositó un sonoro beso en su frente, sin palabras con las que aminorar el terrible desaliento en el que había caído su amado hijo.

La folclórica melodía del móvil los sobresaltó. Baldomero lo retuvo en la mano hasta que venció el pánico que le atenazaba y descolgó.

—Dime, Dioni —dijo como si nada ocurriera, queriendo mostrar entereza.

—Te estoy llamando desde hace más de una hora.

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—No he podido coger el teléfono. Verás, debo aclararte algo. No he ido al restaurante porque…

—Estás en el hospital —interrumpió.

—¿Cómo sabes eso?

—Te he hecho seguir.

—¿Qué me has seguido?

—Me pareció extraño lo que me contaste sobre el atraco que sufriste de madrugada.

—¿Desconfiaste de mí?

—La verdad es que sí. No me gustó tu historia. Me pareció extraño que no quisieras denunciar. Tampoco me gustó que no estuvieras en el restaurante a la hora que acordamos.

—Pues sabes lo que te digo, que no me hace ni pizca de gracia esto que me cuentas. Nunca imaginé que siendo mi amigo dudaras de mi persona hasta el extremo de ponerme escolta.

—Me has fallado, Baldomero. Te di el trabajo pensando que serías capaz de realizarlo sin problema y te has metido en cada berenjenal…

—¿Cómo? ¿Qué yo te he fallado? Si me he desvivido para que todo saliera a la perfección.

—Entonces, ¿explícame qué haces en el hospital en lugar de estar en la calle con el taxi?

—Mala suerte.

—¡Ya estamos! Ahora vendrá que eres un desgraciado y otra vez, la puta cigüeña.

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—Y lo soy, ¡cojones! Casi se me muere un viejo en el taxi y, ¿sabes una cosa?, se ha salvado porque lo traje a toda velocidad al Macarena. Me lo acaba de decir su señora.

—Lo sé.

—¿También sabes que el señor se ha recuperado?

—No, ¡imbécil! Sé que fuiste conduciendo como un loco; que estuviste a punto de estrellarte contra un autobús de línea. Me lo han contado de “pe a pa”; incluso que te has dedicado a cuidar de una niña.

—¡Mierda!

El taxista se iluminó. Ahora, le cuadraba todo.

—¿Uno de los que me han seguido está calvo como una bola de billar?

—Sí. Ese es Roberto.

—O sea, que en el Audi azul marino, que me ha dado por saco todo el día, era de tus compinches.

—Para evitar que te volvieran a robar; de lo que luego ocurrió, sólo tú eres el responsable.

—Qué mal me huele esto, Dionisio. No creo ni una palabra de lo que dices, y menos en la bondad de tu corazón, en ese desvivir por mí —respondió resignado. No te lo voy a decir más, fueron las circunstancias las que me han traído aquí.

—¡Qué más da! Tú y tus circunstancias, como decía ese filósofo que no recuerdo el nombre, el caso es que ahora me encuentro sentado en el capó del taxi a casi cincuenta grados. De modo que no me cabrees más —le gritó.

—Imposible. Me vi envuelto en una pelea y me han calentado. Espero a que me hagan una prueba.

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—Mira, Baldomero, que no estoy para chistes. Mueve tu culo gordo y tráeme las llaves del taxi que me lo tengo que llevar. ¡Ahora mismo! —le ordenó.

—Absurdo que grites. No puedo salir, te pongas como te pongas.

—¡Cuelgue! ¿No sabe que no puede tener encendido el móvil? Tenemos aparatos muy sensibles —regañó la enfermera que pasaba a su lado con una batea repleta de muestras de sangre.

—Perdone, no he visto ningún cartel que lo prohibiera.

Baldomero colgó al instante y dejó a Dionisio con la palabra en la boca. Esto no me lo perdonará nunca, pensó.

—Es de cajón, señor. Está en un hospital.

—De cajón o de cojón, que tal me da, señorita —dijo Cándida con retintín. Aquí lo importante es que mi hijo está en medio de un pasillo desde hace un buen rato sin que nadie le haga el más mínimo caso.

—¿Dónde quiere que esté? ¿No ve la cantidad de pacientes que hay? Más les valía haberse ido a la piscina o echarse la siesta en lugar de venir al hospital, pero como aquí se está fresquito... —dijo con sorna.

—Vergüenza le debería dar hablar así llevando ese uniforme. No creo que estén aquí por gusto, de manera que...

—Déjalo, mamá, que te embalas y yo no te puedo frenar. Ella sólo hace su trabajo.

Cogió la mano de su madre de la mano y observó como la enfermera se alejaba moviendo su regordete trasero. Aquel pequeño movimiento le avivó el dolor en la cabeza. Cándida se dio cuenta por el rictus de sufrimiento; los ojos cerrados, la boca apretada y las finas arrugas de su entrecejo que por momentos se hacían más profundas.

—¿Te duele?

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—Mucho. Me va a estallar la cabeza.

La mujer posó su fría mano con suavidad en la frente. Su hijo sintió un gran alivio con aquel gesto, más psíquico que físico.

—¿Qué te ha contado Dioni?

—Me voy a quedar sin trabajo. Otro ex que añadir a la lista: “ex-ta-xis-ta” —

silabeó.

—Verás cómo no. Si hace falta, hablo yo con su madre; nos conocemos de toda la vida.

—Ni se te ocurra, mamá. Aquí hay gato encerrado. El Dioni ha mandado seguirme y eso no se le hace a un amigo, sin que haya un motivo —le contó afligido.

—¡Dios del cielo! ¿En qué andará metido ese muchacho?

—Nada bueno, seguro.

—Ahora lo primordial es que ese ojo hinchado se ponga bien. El trabajo puede esperar —dijo Cándida para cambiar de tema.

—¿Baldomero Puerto Casilla? —preguntó un celador que se acercaba con una silla de ruedas.

—Sí, soy yo.

—Voy a llevarle a Radiología. La enfermera me ha dicho que vaya en la silla porque será más cómodo para todos.

Baldomero se irguió en un santiamén y notó que se le nublaba la vista y todo le daba vueltas.

—Me estoy mareando.

—De acuerdo. Túmbese y esperaremos unos minutos. Luego lo volvemos a intentar —dijo mientras le quitaba la almohada de la cabeza y se la ponía debajo de las piernas para favorecer que la sangre afluyera al cerebro.

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Al poco, con ayuda de su madre y de aquel señor, consiguió ponerse en pie.

—Ya puedo yo. Estoy bien —dijo sentándose.

—Deme el suero, señora —le pidió a Cándida, que lo llevaba en la mano— y espere aquí hasta que regresemos.

Cándida se enjugaba las lágrimas mientras ellos se introducían en el ascensor.

No comprendía de dónde le venía aquella mala suerte que martirizaba a su hijo. Muchas veces lo había comentado con su difunto marido, Benito, que siempre le restaba importancia. Ella sabía bien que no era así. Se sentía culpable porque desde niña escuchó de boca de su madre que una rama de su familia eran gafes y que convenía evitarlos a toda costa. Se sentía apenada de pensar que su hijo hubiera heredado esa terrible cualidad.

—Esperemos que no haya mucha gente —dijo el celador.

Baldomero no respondió. Seguía rumiando su impotencia ante los hechos, en realidad no había buscado el hallarse en aquella situación.

—¡Anímese, hombre! El TAC no duele.

—Ya lo sé. Lo que me duele es el alma —sentenció.

—Vaya, un intelectual —comentó riendo.

El sanitario pensó que no estaba el horno para bollos y se limitó a empujar la silla hasta que llegaron a la sala de espera de radiología. Tras unos minutos, se abrió la puerta y vocearon el nombre completo de Baldomero.

Al entrar en la sala de exploración, un hombre alto, vestido con una bata blanca, salió de un pequeño cubículo y se dirigió hacia él. La habitación estaba en penumbra, lo que propició que el taxista no se diera cuenta de quién era hasta que lo tuvo casi encima.

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—¡Joder, joder, joder! ¡Vaya mierda de día que arrastro! —dijo Baldo agarrándose con todas sus fuerzas a la silla.

—¡Qué casualidad! Volvemos a encontrarnos.

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Capítulo 7

Se palpaba la tensión entre los dos hombres.

—Puede marcharse —ordenó el médico al celador.

Baldomero percibió el movimiento de sus intestinos, la acidez que le subía por la garganta y el típico amargor en la boca, que tan bien conocía. Por nada del mundo quería quedarse a solas con él, pero el destino se jugaba de nuevo. Intentó relajarse.

Aquí estoy protegido, no me puede hacer daño, se dijo.

Celso lo miró desafiante. Su actitud denotaba prepotencia, la misma que mostró horas antes. El taxista, perplejo, se lamentaba de la mala estrella que le acompañaba desde que amaneció. ¿Cómo era posible que, de todos los médicos que trabajaban en el Macarena, le correspondiera el psicópata sádico, maltratador de mujeres, que le destrozó la barriga? Aquello estaba fuera de cualquier probabilidad, sólo podía ser fruto de su mala suerte.

—Así que parece que tienes una conmoción —leyó en voz alta el informe que le dejó el sanitario.

Baldomero, no respondió.

—Ja, ja, ja… Eres un jodido “pupas”. Yo te atizo por la mañana y otro por la tarde. ¿Qué pasa, te pone que te peguen? Este último casi te deja para vender cupones

—dijo pasando su dedo por el ojo, causándole un agudo dolor que Baldo disimuló.

—Venga, sube a la camilla y quítate esa medalla que te cuelga del cuello, el reloj y cualquier artilugio metálico que lleves encima —ordenó.

Como pudo se tumbó. Al darse cuenta de que su cabeza se introducía en el agujero de la máquina, le sobrevino una intensa claustrofobia.

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—¡Estate quieto o no terminaremos nunca! —le gritó Celso por el micrófono desde su cubículo.

Los gritos lo asustaron aún más. Quería tranquilizarse y no podía. Comenzó a respirar agitado y fue presa de las náuseas.

Aguanta, tienes que aguantar, se decía sin gran convencimiento de que pudiera conseguirlo. No quería vomitar delante del médico, sería otro motivo para que siguiera ridiculizándolo.

Los minutos se le hicieron horas. Escuchó que Celso se encaminaba hacia él.

—Qué razón tenía cuando te llamé marica de mierda ¿Así que te daba miedo el agujero? Si te vieras la cara, hasta la mancha se te ha puesto amarilla.

El radiólogo quiso ayudarle a incorporarse y él retiró el brazo

—¡Oye! ¿Qué te has creído? Demasiado bien te estoy tratando.

Baldomero no pudo quedarse callado. Sabía que repercutiría en su sino, como todo lo qué hacía. Se encontraba al límite y harto de aguantar a aquel cretino. Una enorme fuerza interior le poseyó y supo que su minuto de gloria había llegado.

—Creo que te confundes. Eres tú el que disfruta pegando a las mujeres —le escupió a la cara.

—¿Qué dices, imbécil?

—Maltratador —gritó.

—Baja la voz. Esto es entre tú y yo —le ordenó acercándose peligrosamente.

El taxista notó cierto miedo en el médico. Había dado con su talón de Aquiles: el prestigio. Su futuro profesional quedaba en sus manos.

—Ja, ja, ja… ahora soy yo el que ríe —se burló Baldomero sentándose en la silla de ruedas. Ahora ¿quién es el marica asustado? Si vieras la cara que has puesto

—cuchicheó imitándolo.

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—No me provoques —le amenazó levantando el puño.

—No me tientes, que sé mucho de ti. Además, me basta con llamar a Nadia y ella lo corroborará.

—¡No seas capullo! Nadia es una puta sin papeles, entérate de una vez. Esa no abrirá el pico por nada del mundo.

—No hables así de ella.

—Pero, ¿tú quién te crees, el guerrero del antifaz? ¡Despierta de una vez!

—Como la vuelvas a tocar te denunció.

—Me estás colmando —dijo cogiéndole de la camisa.

—Como me hagas algo, me lio a gritos y todos se enterarán de lo que realmente hay bajo esa fachada de escrupuloso y responsable doctor —amenazó Baldomero.

—Te aviso que te vigilaré.

—Y yo a ti.

Celso, encolerizado, llamó a gritos al celador.

—Lléveselo, hemos concluido.

Obediente, el hombre agarró con fuerza las manillas y comenzó a empujar la silla hacia la puerta. Baldomero temblaba de pies a cabeza. No entendía de dónde le surgieron las fuerzas para no acobardarse ante semejante individuo, saboreaba las mieles del triunfo. Entraron en el ascensor. No podía creer lo que veía. Allí estaba el señor del Jaguar que abrazaba por la cintura a la rubia elegante, su mujer, y que se le quedó mirando unos instantes antes de preguntarle.

—¿Usted es el que intervino en la pelea?

—Sí. El que se llevó la peor parte, ahora vengo de hacerme un TAC —respondió Baldomero.

—Espero que no haya nada grave, no me perdonaría que por mi culpa…

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—Seguro que no. Tengo la cabeza muy dura, aunque el ojo se llevó un buen golpe —cortó el taxista.

—Ya veo. Ese ojo no está muy bien. No sabe cómo lo lamento. Cuando el detective me avisó de que se encontraban en urgencias y vi el estado de mi mujer y a ese cabrón a su lado, no pude contenerme. Llevaba engatusándola desde hacía tiempo. Nos habíamos distanciado y se aprovechó —dijo acercándose a su mujer—. Ahora todo será diferente. Todo se arreglará, ¿verdad, cariño?

La mujer asintió, aunque parecía ausente, aún bajo los efectos del alcohol, de la vergüenza, de la culpa o de todo a la vez.

—Por cierto, su cara me suena. ¿Nos hemos visto antes?

—Esta mañana le recogí en mi taxi y le llevé al trabajo. Tenía estropeado el Jaguar, según me contó.

—¡Sí, es cierto! —exclamó riendo—. El mundo es un pañuelo.

—Y que lo diga —afirmó Baldomero recordando su encuentro con Celso.

—Nosotros nos bajamos aquí. Encantado y muchas gracias por todo —dijo estrechándole la mano.

Empujó con suavidad a su mujer, que seguía sin despegar los labios y parecía transportada en una nube. Antes de que las puertas se cerraran, Baldomero entrevió cómo la pareja se besaba. Sonrió. Nadia apareció nítida, precisa, en su cabeza; como si la tuviera a su lado. Se sentía bien; orgulloso de poner en su sitio a ese cabrón que la maltrataba. Por más que lo repensaba, no sabía cómo ni de dónde obtuvo aquel valor que le impidió achicarse. Una pequeña alegría en aquel extraño y complicado día.

—¿Adónde me lleva?

—A la consulta. La doctora ya debe de tener los resultados del TAC.

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El taxista fantaseaba con convencer a Nadia para que se alejara de semejante hombre, aunque lo que más deseaba en el mundo era que se pusiera en contacto con él.

Se recreaba en esa feliz idea, hasta el punto de no darse cuenta de que alguien cortaba su camino.

—¡Baldomero, mira quién está aquí!

El taxista, sorprendido al escuchar la voz de Teresa, necesitó un tiempo para apearse de su fantasía y volver a la realidad.

—Perdona, ¿qué me decías?

Teresa hizo señas a un hombre y a una niña.

—Te voy a presentar a Carlos, mi hijo. El papá de Raquelita.

—¿Ese es su hijo? —preguntó desconcertado.

—Sí

—¡Baldo¡ —exclamó Raquel abrazándole—. ¿Ya estás bien?

—Claro, genial. ¿No me ves?

—¿Y por qué vas en silla de ruedas? ¿No puedes andar?

—Hasta que la médica no le vea, no puede ponerse en pie —dijo muy serio el celador acallando a la curiosa niña.

Las casualidades existen, pensó, ¿pero hasta este extremo? ¿Cómo era posible que aquel hombre trajeado que recogiera en la estación de Santa Justa y que le tuvo dando vueltas por Sevilla siguiendo a una mujer, que resultó ser la esposa del señor del Jaguar, fuera el papá de Raquelita? Baldomero, atónito, lo miraba sin creer que fuera cierto lo que su ojo veía.

—Soy Carlos —se presentó estrechándole la mano—. Por la cara que has puesto, sospecho que me has reconocido.

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—Nunca olvido un rostro. En eso siempre he sido muy agudo. En otros asuntos, no tanto, por eso me veo así —se lamento.

—Te agradezco lo que has hecho por mi familia. Nunca lo olvidaré. Aquí tienes mi tarjeta. Llámame si puedo hacer algo para ayudarte.

Se despidió de todos. Mientras leía la cartulina sonrió al comprobar el acierto de su intuición. Carlos, tal como allí figuraba, era detective privado. Ahora se explicaba por qué se encontraba en los alrededores del hospital cuando Teresa lo localizó, y por qué el hombre del Jaguar supo lo que le sucedía a su mujer. Poseía un excelente poder de deducción. Al fin y al cabo, algo tenía de bueno, quizás no fuera tan inútil como se creía.

Cándida les apremió. La médica esperaba con los resultados. El TAC era completamente normal, la conmoción no revestía importancia. Le daba el alta, aunque debía aplicarse una crema antiinflamatoria en el párpado hasta que se le bajara la hinchazón.

Ambos salieron contentos de la consulta. Al final, todo retornaba a la normalidad, o al menos eso deseaba. Cándida le hablaba sobre los huevos fritos con patatas y pimientos que le iba a preparar y él se resistía. Debía ponerse a dieta, sobre todo ahora que se proponía buscar a Nadia.

Caminaban inmersos en sus propias reflexiones y no repararon que frente a las puertas de urgencias les esperaban Dionisio y el calvo, Roberto. Sin mediar un saludo y sin siquiera preguntar por su salud, Dioni se le acercó bravucón.

—¡Me tienes hasta los cojones, son las cinco de la tarde! —gritó— Llevo dos horas pasando calor para que me entregues las llaves del taxi. Para colmo, me cuelgas el teléfono…

—Está prohibido hablar dentro con el móvil.

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—¡Y a mí qué coño me importa! Tenías que haber salido al instante. ¡Maldita la hora en qué pensé en ti para ofrecerte el trabajo! Tú no sabes quién soy yo.

—Pero yo sí —respondió Cándida muy enfadada—. Eres un sinvergüenza que crees que todos hemos nacido para hacer tu santa voluntad, además de un mal hijo.

Tienes amargada a tu madre y no voy a consentir que hagas lo mismo con mi hijo.

—Tú te callas, vieja, Contigo no va esta historia.

—¡No hables así mi madre! —se revolvió Baldomero, armado de valor y empujando a Dioni.

Roberto se acercó a su jefe ante el gesto agresivo del taxista.

—Mira, no quiero problemas, y menos con unos desgraciados como vosotros. A saber qué llevarías en el puto taxi.

Dioni se acercó a Baldo y le susurró al odio

—Chocolate, anfetas, coca… Cargamento que no hemos pasado por tu culpa, capullo. ¡Ah! Y te aviso de que si me entero que largas algo de esto, te rajo.

Baldomero le miró con asco y tiró las llaves, que el calvo cogió al vuelo antes de que cayeran al suelo. Continuó andando cogido del brazo de su madre, controlando el temblor de sus piernas.

***

En los siguientes quince días, el ex taxista no salió de la casa de su madre. No quería que en el barrio lo vieran con el ojo morado, ni tener que dar explicaciones a sus vecinos, aunque no dudaba de que todos estaban bien informados.

Por la mañana, dormía hasta bien tarde y se levantaba a la hora de comer, después de que Cándida le diera la matraca. Por la tarde, vegetaba viendo aquellos programas de televisión dedicados a airear las miserias de las personas y se consolaba al comprobar que no era el único desdichado y sin futuro.

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De nuevo se hallaba en paro y Nadia no se había puesto en contacto con él. Por la noche, antes de dormirse, especulaba con salir de madrugada a buscarla al sitio donde la recogió la primera vez, la puerta de la casa de Celso, y cuando amanecía, su falta de ímpetu le hacía concebir esa idea como una auténtica estupidez. Entonces, se lo llevaban los demonios al pensar qué le podría haber hecho el médico tras el enfrentamiento que tuvieron en el hospital. Temía que le hubiera callado la boca a golpes, todo por culpa suya. No debía haberse puesto tan gallito, mucho menos nombrarla a ella. Eso fue una torpeza, una más de las que cometía a diario, pensó.

Nunca escarmentaría.

—Hijo mío, ¿por qué te martirizas de esta forma? —preguntó Cándida a un somnoliento Baldomero que remoloneaba entre las sábanas.

—Ya me levanto. No me des más la carga. Te lo pido por lo que más quieras La madre se marchó cabizbaja. Sufría por él. Lo había probado todo y no conseguía que su querido hijo dejara atrás ese mal estado de ánimo provocado por su última nefasta experiencia laboral. Se dirigió a su cuarto y abrió el primer cajón de la cómoda. Extrajo un sobre que contenía una cartilla del banco y comprobó la cifra. Más que suficiente, pensó. Benito, su amado esposo, le dejó unos cuantiosos ahorros que ella guardaba para cuando no pudiese valerse por sí misma. Diligente, fue a la mesa y la dejó al lado de la servilleta de su hijo.

Baldomero se dejó caer en la silla sin mirar a su madre. Se sentía culpable por no portarse mejor con ella. Aunque lo intentaba, no conseguía salir de aquel pozo negro y sombrío que era su vida.

—¿Qué es esto? —preguntó al ver la cartilla.

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—Ese dinero te pertenece. Te lo dejó tu padre por si algún día lo necesitabas —

mintió—. Ahora es el momento de invertirlo. He pensado que podrías tener tu propio taxi. Así no tendrías que darle cuentas a nadie.

—Este dinero es tuyo. Te lo agradezco, pero no voy a consentir que me lo des.

Además, ¿de dónde sacaría una licencia? Ya conoces la mafia que hay.

—Nos las arreglaremos. Lo fundamental es que salgas de la cama, dejes de lamentarte y tires para adelante. Si no quieres un coche, pues lo empleas en otro negocio; un puesto de periódicos, un bar...; yo que sé, algo que te devuelva a la vida.

—¡Mamá! —la abrazó depositando un sonoro beso en su rolliza mejilla, al mismo tiempo que las lágrimas humedecían su rostro—. No merezco este dinero. No te preocupes más por mí, te prometo que mañana saldré a ver qué encuentro. Venga, vamos a comer este magnífico conejo al ajillo, que huele de maravilla y se está enfriando.

Cándida servía a su hijo, feliz de verlo reaccionar. El teléfono comenzó a sonar y Baldo se levantó.

—¿Diga?… Soy yo… ¿Carlos? ¿Qué Carlos?… ¡Ah, perdona! No había caído…

¿Mi madre?... ¿Que mi madre habló con la tuya? … Sí. Es verdad, me quedé sin trabajo.

Tampoco es que llevara mucho, sólo horas, pero… ¿Cómo? … Bueno por hablar no pasa nada… Esta tarde me va bien… En la cafetería del hotel Los Lebreros a las siete y media. Allí estaré.

Baldomero regresó a la mesa absorto en la conversación que acababa de tener.

—¿Quién era, cariño?

—¿Tú has comentado a Teresa algo de lo que me pasaba?

—Pues verás, hijo, el otro día la llamé para preguntarle cómo seguía su marido, porque ya sabes que le pedí su teléfono, y no sé cómo terminamos hablando de ti. Te 79

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está tan agradecida por lo que hiciste por ellos que cuando le conté que estabas un poco pachucho y tristón y que habías perdido el trabajo…

—Era su hijo, Carlos, quiere ofrecerme un trabajo —le interrumpió.

—¡Dios bendito! Se nos ha aparecido la Virgen —exclamó casi en trance.

Baldomero rió nervioso. Una nueva oportunidad se abría en su vida y se juró, por lo más sagrado, que esta vez no la echaría a perder. Lo más sagrado para él, en ese momento, era un trabajo y Nadia.

***

El móvil no dejaba de vibrar en el bolsillo de la camisa. No podía atender la llamada porque conducía sin perder de vista a una furgoneta blanca a la que llevaba siguiendo todo el día. Cuando pudo, miró en el teléfono quién quería ponerse en contacto con él. Un número desconocido. Iba a guardarlo cuando decidió devolver la llamada.

—¿Oiga? He recibido varias llamadas de ese número…

—¿ Baldomego?

—Sí.

—Hola, soy Nadia…

***

—Eres lo mejor que me ha pasado en la vida.

—Sin ti no habgía podido dejag a ese monstguo —le dijo Nadia mientras le besaba apasionadamente.

—¡Vamos! Te quiero enseñar algo.

Subieron hasta la cuarta planta. Al llegar, Baldomero hizo que cerrara los ojos.

La guió despacio por el largo pasillo mientras ella no paraba de hablar, presa de una gran excitación. Abrió una puerta y la condujo dentro.

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—¡Ya puedes abrirlos! —ordenó.

Nadia los abrió con una enorme sonrisa dibujada en su boca. Estaba delante de una puerta de madera color nogal. En una placa de plástico blanco, con letras negras grabadas, rezaba: D. Baldomero Puerto Casilla. Ayudante de Investigación.

—¡Baldo, qué impogtante eges!

—Es mi despacho y ¿sabes una cosa?

—Dime, cagiño.

—Voy a sacarme el diploma de detective privado. Carlos me ha arreglado el papeleo. Además, te tengo a ti. La vida me sonríe —dijo mientras la besaba con pasión.

En ese preciso instante, escucharon un golpe que los sobresaltó. Se separaron.

La placa se había estrellado contra el suelo, haciéndose pedazos.

Pasmados, miraron hacia el suelo. A Baldomero aquello le sonó a presagio de mal agüero, hasta que escuchó a Nadia

—No te pgeocupes, cagiño. La pegagemos y quedagá como nueva —dijo con la más atractiva de sus sonrisas.

Baldomero rió con ganas y la abrazó. Por primera vez en su vida no sentía aquel regusto amargo en la boca.

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