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V I G I L A R

Y C A S T I G A R

n a c i m i e n t o d e l a

p r i s i ó n p o r

M I C H E L F O U C A U L T

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L I B E R A L O S L I B R O S

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Siglo veintiuno editores Argentina s. a.

LAVALLE 1634 11 A(C1048AAN), BUENOS AIRES, REPÚBLICA ARGENTINA

Siglo veintiuno editores, s.a. de c.v.

CERRO DELAGUA 248, DELEGACIÓN COYOACÁN, 04310, MÉXICO, D. F

364 Foucault, Michel

FOU Vigilar y castigar : nacimiento de la prisión.- 1a, ed.-Buenos Aires : Siglo XXI Editores Argentina, 2002. 314 p. ; 21x14 cm.- (Nueva criminología y

derecho)

Traducción de: Aurelio Garzón del Camino

ISBN 987-98701-4-X

I. Título. - 1. Criminología

Título original: Surveiller et punir

© 1975, Gallimard

© 1976, Siglo XXI Editores, S.A. de C.V.

Portada original de Anhelo Hernández

1a reimpresión argentina: 2.000 ejemplares © 2002, Siglo XXI Editores Argentina S.A.

ISBN 987-98701-4-X

Impreso en Industria Gráfica Argentina Gral. Fructuoso Rivera 1066, Capital

Federal, en el mes de marzo de 2003

traducción de

AURELIO GARZÓN DEL CAMINO

4

NOTA IMPORTANTE: si bien la paginación de esta edición digital

difiere de la versión impresa, se ha indicado, en color rojo, la

numeración original, tanto de páginas, como de pies de página. Para

evitar confusiones: el número de página original siempre irá en primer

lugar, es decir, antecediendo al texto de la página que numera. Las

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son fruto de la eliminación de páginas en blanco intermedias que

pueden resultar molestas en una versión electrónica.

INDICE

SUPLICIO ......................................................................................7

I. EL CUERPO DE LOS CONDENADOS ..................................7

II. LA RESONANCIA DE LOS SUPLICIOS.............................32

CASTIGO.....................................................................................68

I. EL CASTIGO GENERALIZADO ...........................................68

II. LA BENIGNIDAD DE LAS PENAS .....................................97

DISCIPLINA .............................................................................125

I. LOS CUERPOS DÓCILES ....................................................125

II. LOS MEDIOS DEL BUEN ENCAUZAMIENTO .............158

III. EL PANOPTISMO ..............................................................181

PRISIÓN.....................................................................................212

I. UNAS INSTITUCIONES COMPLETAS Y AUSTERAS ...212

II. ILEGALISMOS Y DELINCUENCIA ..................................238

III. LO CARCELARIO...............................................................274

LÁMINAS..................................................................................289

5

C O N T R A T A P A

Quizá nos dan hoy vergüenza nuestras prisiones. El siglo XIX se sentía

orgulloso de las fortalezas que construía en los límites y a veces en el corazón

de las ciudades. Le encantaba esta nueva benignidad que remplazaba los

patíbulos. Se maravillaba de no castigar ya los cuerpos y de saber corregir en

adelante las almas. Aquellos muros, aquellos cerrojos, aquellas celdas

figuraban una verdadera empresa de ortopedia social.

A los que roban se los encarcela; a los que violan se los encarcela; a los que

matan, también. ¿De dónde viene esta extraña práctica y el curioso proyecto

de encerrar para corregir, que traen consigo los Códigos penales de la época

moderna? ¿Una vieja herencia de las mazmorras de la Edad Media? Más bien

una tecnología nueva: el desarrollo, del siglo XVI al XIX, de un verdadero

conjunto de procedimientos para dividir en zonas, controlar, medir, encauzar

a los individuos y hacerlos a la vez "dóciles y útiles". Vigilancia, ejercicios, maniobras, calificaciones, rangos y lugares, clasificaciones, exámenes,

registros, una manera de someter los cuerpos, de dominar las multiplicidades

humanas y de manipular sus fuerzas, se ha desarrollado en el curso de los

siglos clásicos, en los hospitales, en el ejército, las escuelas, los colegios o los talleres: la disciplina. El siglo XIX inventó, sin duda, las libertades: pero les

dio un subsuelo profundo y sólido — la sociedad disciplinaría de la que

seguimos dependiendo.

De Michel Foucault, Siglo XXI Editores ha publicado también El nacimiento

de la clínica. La arqueología del saber. Las palabras y las cosas. Historia de la

sexualidad 1 : La voluntad de saber. Historia de la sexualidad 2: El uso de los

placeres, Historia de la sexualidad 3: La inquietud de sí y Raymond Roussel.

6

SUPLICIO

I. EL CUERPO DE LOS CONDENADOS

(11) Damiens fue condenado, el 2 de marzo de 1757, a "pública retractación

ante la puerta principal de la Iglesia de París", adonde debía ser "llevado y conducido en una carreta, desnudo, en camisa, con un hacha de cera

encendida de dos libras de peso en la mano"; después, "en dicha carreta, a la plaza de Grève, y sobre un cadalso que allí habrá sido levantado [deberán

serle] atenaceadas las tetillas, brazos, muslos y pantorrillas, y su mano

derecha, asido en ésta el cuchillo con que cometió dicho parricidio,1 quemada

con fuego de azufre, y sobre las partes atenaceadas se le verterá plomo

derretido, aceite hirviendo, pez resina ardiente, cera y azufre fundidos

juntamente, y a continuación, su cuerpo estirado y desmembrado por cuatro

caballos y sus miembros y tronco consumidos en el fuego, reducidos a

cenizas y sus cenizas arrojadas al viento".2

"Finalmente, se le descuartizó, refiere la Gazette d'Amsterdam.3 Esta última operación fue muy larga, porque los caballos que se utilizaban no estaban

acostumbrados a tirar; de suerte que en lugar de cuatro, hubo que poner seis,

y no bastando aún esto, fue forzoso para desmembrar los muslos del

desdichado, cortarle los nervios y romperle a hachazos las coyunturas. . .

"Aseguran que aunque siempre fue un gran maldiciente, no dejó escapar

blasfemia alguna; tan sólo los extremados dolores le hacían proferir horribles

gritos y a menudo repetía: 'Dios mío, tened piedad de mí; Jesús, socorredme.'

Todos los espectadores quedaron edificados de la solicitud del párroco de

Saint-Paul, que a pesar de su avanzada edad, no dejaba pasar momento

alguno sin consolar al paciente."

Y el exento 4 Bouton: "Se encendió el azufre, pero el fuego era tan pobre que

1 * Parricidio, por ser contra el rey, a quien se equipara al padre. [T.]

2 1 Pièces originales ft procédures du procès fait à Robert-François Damiens, 1757, t. MI, pp. 372-374.

3 2 Gazette d'Amsterdam, 1 de abril de 1757.

4 ** Exento: oficial de ciertos cuerpos, inferior al alférez y superior al brigadier. [T.]

7

sólo la piel de la parte superior de la mano quedó no más que un poco

dañada. A continuación, un ayudante, arremangado por encima de los codos,

tomó unas tenazas de acero hechas para el caso, largas de un pie y medio

aproximadamente, y le atenaceó primero la pantorrilla de la pierna derecha,

después (12) el muslo, de ahí pasó a las dos mollas del brazo derecho, y a

continuación a las tetillas. A este oficial, aunque fuerte y robusto, le costó

mucho trabajo arrancar los trozos de carne que tomaba con las tenazas dos y

tres veces del mismo lado, retorciendo, y lo que sacaba en cada porción

dejaba una llaga del tamaño de un escudo de seis libras.5

"Después de estos atenaceamientos, Damiens, que gritaba mucho aunque sin

maldecir, levantaba la cabeza y se miraba. El mismo atenaceador tomó con

una cuchara de hierro del caldero mezcla hirviendo, la cual vertió en

abundancia sobre cada llaga. A continuación, ataron con soguillas las cuerdas

destinadas al tiro de los caballos, y después se amarraron aquéllas a cada

miembro a lo largo de los muslos, piernas y brazos.

"El señor Le Bretón, escribano, se acercó repetidas veces al reo para

preguntarle si no tenía algo que decir. Dijo que no; gritaba como representan

a los condenados, que no hay cómo se diga, a cada tormento: '¡Perdón, Dios

mío! Perdón, Señor.' A pesar de todos los sufrimientos dichos, levantaba de

cuando en cuando la cabeza y se miraba valientemente. Las sogas, tan

apretadas por los hombres que tiraban de los cabos, le hacían sufrir dolores

indecibles. El señor Le Bretón se le volvió a acercar y le preguntó si no quería

decir nada; dijo que no. Unos cuantos confesores se acercaron y le hablaron

buen rato. Besaba de buena voluntad el crucifijo que le presentaban; tendía

los labios y decía siempre: 'Perdón, Señor.'

"Los caballos dieron una arremetida, tirando cada uno de un miembro en

derechura, sujeto cada caballo por un oficial. Un cuarto de hora después,

vuelta a empezar, y en fin, tras de varios intentos, hubo que hacer tirar a los

caballos de esta suerte: los del brazo derecho a la cabeza, y los de los muslos

volviéndose del lado de los brazos, con lo que se rompieron los brazos por las

coyunturas. Estos tirones se repitieron varias veces sin resultado. El reo

levantaba la cabeza y se contemplaba. Fue preciso poner otros dos caballos

delante de los amarrados a los muslos, lo cual hacía seis caballos. Sin

resultado.

"En fin, el verdugo Samson marchó a decir al señor Le Bretón que no había

medio ni esperanza de lograr nada, y le pidió que preguntara a los Señores si

no querían que lo hiciera cortar en pedazos. El señor Le Bretón acudió de la

5 * Escudo de seis libras: cierta moneda de la época. [T.]

8

ciudad y dio orden de hacer nuevos esfuerzos, lo que se cumplió; pero los

caballos se impacientaron, y uno de los que tiraban de los muslos del

supliciado (13) cayó al suelo. Los confesores volvieron y le hablaron de

nuevo. Él les decía (yo lo oí): 'Bésenme, señores.' Y como el señor cura de

Saint-Paul no se decidiera, el señor de Marsilly pasó por debajo de la soga del

brazo izquierdo y fue a besarlo en la frente. Los verdugos se juntaron y

Damiens les decía que no juraran, que desempeñaran su cometido, que él no

los recriminaba; les pedía que rogaran a Dios por él, y recomendaba al

párroco de Saint-Paul que rezara por él en la primera misa.

"Después de dos o tres tentativas, el verdugo Samson y el que lo había

atenaceado sacaron cada uno un cuchillo de la bolsa y cortaron los muslos

por su unión con el tronco del cuerpo. Los cuatro caballos, tirando con todas

sus fuerzas, se llevaron tras ellos los muslos, a saber: primero el del lado

derecho, el otro después; luego se hizo lo mismo con los brazos y en el sitio

de los hombros y axilas y en las cuatro partes. Fue preciso cortar las carnes

hasta casi el hueso; los caballos, tirando con todas sus fuerzas, se llevaron el

brazo derecho primero, y el otro después.

"Una vez retiradas estas cuatro partes, los confesores bajaron para hablarle;

pero su verdugo les dijo que había muerto, aunque la verdad era que yo veía

al hombre agitarse, y la mandíbula inferior subir y bajar como si hablara. Uno

de los oficiales dijo incluso poco después que cuando levantaron el tronco del

cuerpo para arrojarlo a la hoguera, estaba aún vivo. Los cuatro miembros,

desatados de las sogas de los caballos, fueron arrojados a una hoguera

dispuesta en el recinto en línea recta del cadalso; luego el tronco y la totalidad

fueron en seguida cubiertos de leños y de fajina, y prendido el fuego a la paja

mezclada con esta madera.

"...En cumplimiento de la sentencia, todo quedó reducido a cenizas. El último

trozo hallado en las brasas no acabó de consumirse hasta las diez y media y

más de la noche. Los pedazos de carne y el tronco tardaron unas cuatro horas

en quemarse. Los oficiales, en cuyo número me contaba yo, así como mi hijo,

con unos arqueros a modo de destacamento, permanecimos en la plaza hasta

cerca de las once.

"Se quiere hallar significado al hecho de que un perro se echó a la mañana siguiente sobre el sitio donde había estado la hoguera, y ahuyentado

repetidas veces, volvía allí siempre. Pero no es difícil comprender que el

animal encontraba aquel lugar más caliente." 6

Tres cuartos de siglo más tarde, he aquí el reglamento redactado (14) por

6 3 Citado en A. L. Zevaes, Damiens le régicide, 1937, pp. 201-214.

9

Léon Faucher "para la Casa de jóvenes delincuentes de París": 7

"ART. 17. La jornada de los presos comenzará a las seis de la mañana en

invierno, y a las cinco en verano. El trabajo durará nueve horas diarias en

toda estación. Se consagrarán dos horas al día a la enseñanza. El trabajo y la

jornada terminarán a las nueve en invierno, y a las ocho en verano.

ART. 18. Comienzo de la jornada. Al primer redoble de tambor, los presos deben levantarse y vestirse en silencio, mientras el vigilante abre las puertas de las

celdas. Al segundo redoble, deben estar en pie y hacer su cama. Al tercero, se

colocan en fila para ir a la capilla, donde se reza la oración de la mañana.

Entre redoble y redoble hay un intervalo de cinco minutos.

ART. 19. La oración la hace el capellán y va seguida de una lectura moral o

religiosa. Este ejercicio no debe durar más de media hora.

ART. 20. Trabajo. A las seis menos cuarto en verano, y a las siete menos cuarto en invierno, bajan los presos al patio, donde deben lavarse las manos y la cara

y recibir la primera distribución de pan. Inmediatamente después, se forman

por talleres y marchan al trabajo, que debe comenzar a las seis en verano y a

las siete en invierno.

ART. 21. Comida. A las diez, abandonan los presos el trabajo para pasar al refectorio; van a lavarse las manos en los patios, y a formarse por divisiones.

Después del almuerzo, recreo hasta las once menos veinte.

ART. 22. Escuela. A las once menos veinte, al redoble del tambor, se forman las filas y se entra en la escuela por divisiones. La clase dura dos horas,

empleadas alternativamente en la lectura, la escritura, el dibujo lineal y el

cálculo.

ART. 23. A la una menos veinte, abandonan los presos la escuela, por

divisiones, y marchan a los patios para el recreo. A la una menos cinco, al

redoble del tambor, vuelven a formarse por talleres.

ART. 24. A la una, los presos deben marchar a los talleres: el trabajo dura hasta

las cuatro.

ART. 25. A las cuatro se abandonan los talleres para marchar a los patios,

donde los presos se lavan las manos y se forman por divisiones para el

refectorio.

ART. 26. La comida y el recreo que la sigue duran hasta las cinco; en este

momento los presos vuelven a los talleres.

(15)

ART. 27. A las siete en verano, y a las ocho en invierno, cesa el trabajo; se

efectúa una última distribución de pan en los talleres. Un preso o un vigilante

7 4 L. Faucher, De la reforme des prisons, 1838, pp. 274-282.

10

hace una lectura de un cuarto de hora que tenga por tema algunas nociones

instructivas o algún rasgo conmovedor y a la que sigue la oración de la

noche.

ART. 28. A las siete y media en verano, y a las ocho y media en invierno, los

presos deben hallarse en sus celdas, después de lavarse las manos y de haber

pasado la inspección de las ropas hecha en los patios. Al primer redoble de

tambor, desnudarse, y al segundo, acostarse. Se cierran las puertas de las

celdas y los vigilantes hacen la ronda por los corredores, para cerciorarse del

orden y del silencio."

He aquí, pues, un suplicio y un empleo del tiempo. No sancionan los mismos

delitos, no castigan el mismo género de delincuentes. Pero definen bien, cada

uno, un estilo penal determinado. Menos de un siglo los separa. Es la época

en que fue redistribuida, en Europa y en los Estados Unidos, toda la

economía del castigo. Época de grandes "escándalos" para la justicia

tradicional, época de los innumerables proyectos de reforma; nueva teoría de

la ley y del delito, nueva justificación moral o política del derecho de castigar;

abolición de las viejas ordenanzas, atenuación de las costumbres; redacción

de los códigos "modernos": Rusia, 1769; Prusia, 1780; Pensilvania y Toscana, 1786; Austria, 1788; Francia, 1791, Año IV, 1808 y 1810. Por lo que toca a la

justicia penal, una nueva era.

Entre tantas modificaciones, señalaré -una: la desaparición de los suplicios.

Existe hoy cierta inclinación a desdeñarla; quizá, en su época, dio lugar a

demasiadas declamaciones; quizá se atribuyó demasiado fácilmente y con

demasiado énfasis a una "humanización" que autorizaba a no analizarla. Y de todos modos, ¿cuál es su importancia, si se la compara con las grandes

trasformaciones institucionales, con los códigos explícitos y generales, con las

reglas unificadas de procedimiento; la adopción casi general del jurado, la

definición del carácter esencialmente correctivo de la pena, o también esa

gran tendencia, que no cesa de acentuarse desde el siglo XIX, a modular los

castigos de acuerdo con los individuos culpables? Unos castigos menos

inmediatamente físicos, cierta discreción en el arte de hacer sufrir, un juego

de dolores más sutiles, más silenciosos, y despojados de su fasto visible,

¿merece todo esto que se le conceda una consideración particular, cuando no

es, sin eluda, otra cosa que el efecto de reordenaciones más profundas? Y, (16)

sin embargo, tenemos un hecho: en unas cuantas décadas, ha desaparecido el

cuerpo supliciado, descuartizado, amputado, marcado simbólicamente en el

rostro o en el hombro, expuesto vivo o muerto, ofrecido en espectáculo. Ha

desaparecido el cuerpo como blanco mayor de la represión penal.

A fines del siglo XVIII, y en los comienzos del XIX, a pesar de algunos

grandes resplandores, la sombría fiesta punitiva está extinguiéndose. En esta

11

trasformación, han intervenido dos procesos. No han tenido por completo ni

la misma cronología ni las mismas razones de ser. De un lado, la desaparición

del espectáculo punitivo. El ceremonial de la pena tiende a entrar en la

sombra, para no ser ya más que un nuevo acto de procedimiento o de ad-

ministración. La retractación pública en Francia había sido abolida por

primera vez en 1791, y después nuevamente en 1830 tras un breve

restablecimiento; la picota se suprime en 1789, y en Inglaterra en 1837. Los

trabajos públicos, que Austria, Suiza y algunos de los Estados Unidos, como

Pensilvania, hacían practicar en plena calle o en el camino real —forzados con

la argolla de hierro al cuello, vestidos de ropas multicolores y arrastrando al

pie la bala de cañón, cambiando con la multitud retos, injurias, burlas, golpes,

señas de rencor o de complicidad—,8 se suprimen casi en todas partes a fines

del siglo XVIII, o en la primera mitad del XIX. La exposición se había

mantenido en Francia en 1831, en contra de violentas críticas —"escena

repugnante", decía Real—,9 y se suprime finalmente en abril de 1848. En

cuanto a la cadena de presidiarios, que paseaba a los forzados a través de

toda Francia, hasta Brest y Tolón, fue remplazada en 1837 por decorosos

coches celulares pintados de negro. El castigo ha cesado poco a poco de ser

teatro. Y todo lo que podía llevar consigo de espectáculo se encontrará en

adelante afectado de un índice negativo. Como si las funciones de la

ceremonia penal fueran dejando, progresivamente, de ser comprendidas, el

rito que "cerraba" el delito se hace sospechoso de mantener con él turbios parentescos: de igualarlo, si no de sobrepasarlo en salvajismo, de habituar a

los espectadores a una ferocidad de la que se les quería apartar, de mostrarles

la frecuencia de los delitos, de emparejar al verdugo con un criminal y a los

jueces con unos asesinos, de invertir en el postrer momento los papeles, de

hacer del supliciado un objeto de compasión o de admiración. Beccaria, en

hora muy temprana, lo había dicho: "El asesinato que se nos representa como

un crimen horrible, lo (17) vemos cometer fríamente, sin remordimientos." 10

La ejecución pública se percibe ahora como un foco en el que se reanima la

violencia.

El castigo tenderá, pues, a convertirse en la parte más oculta del proceso

penal. Lo cual lleva consigo varias consecuencias: la de que abandona el

dominio de la percepción casi cotidiana, para entrar en el de la conciencia

abstracta; se pide su eficacia a su fatalidad, no a su intensidad visible; es la

8 5 Robert Vaux, Notices, p. 45, citado en N. K. Teeters, They were in prison, 1937, p. 24.

9 6 Archives parlementaires. 2» serie, t. LXXII, I de dic. de 1831.

10 7 C. de Beccaria, Traite des délits et des peines, 1764, p. 101 de la edición de F. Hélie, 1856, que será la que citemos aquí.

12

certidumbre de ser castigado, y no ya el teatro abominable, lo que debe

apartar del crimen; la mecánica ejemplar del castigo cambia sus engranajes.

Por ello, la justicia no toma sobre sí públicamente la parte de violencia vincu-

lada a su ejercicio. Si mata, ella también, o si hiere, no es ya la glorificación de su fuerza, es un elemento de sí misma al que no tiene más remedio que

tolerar, pero del que le es difícil valerse. Las notaciones de la infamia se

redistribuyen: en el castigo-espectáculo, un horror confuso brotaba del

cadalso, horror que envolvía a la vez al verdugo y al condenado, y que si bien

estaba siempre dispuesto a convertir en compasión o en admiración la

vergüenza infligida al supliciado, convertía regularmente en infamia la vio-

lencia legal del verdugo. A partir de este momento, el escándalo y la luz se

repartirán de modo distinto; es la propia condena la que se supone que marca

al delincuente con el signo negativo y unívoco; publicidad, por lo tanto, de

los debates y de la sentencia; pero la ejecución misma es como una vergüenza

suplementaria que a la justicia le avergüenza imponer al condenado;

mantiénese, pues, a distancia, tendiendo siempre a confiarla a otros, y bajo

secreto. Es feo ser digno de castigo, pero poco glorioso castigar. De ahí ese

doble sistema de protección que la justicia ha establecido entre ella y el

castigo que impone. La ejecución de la pena tiende a convertirse en un sector

autónomo, un mecanismo administrativo del cual descarga a la justicia; ésta

se libera de su sorda desazón por un escamoteo burocrático de la pena. Es

característico que, en Francia, la administración de las prisiones haya estado

durante mucho tiempo colocada bajo la dependencia del Ministerio del In-

terior, y la de los presidios bajo el control de Marina o de Colonias. Y al

mismo tiempo que esta distinción administrativa, se operaba la denegación

teórica: lo esencial de la pena que nosotros, los jueces, infligimos, no crean

ustedes que consiste en castigar; trata de corregir, reformar, "curar"; una técnica del mejoramiento rechaza, en la pena, la estricta expiación del mal, y

libera a los magistrados de la fea misión de castigar. Hay en la justicia

moderna (18) y en aquellos que la administran una vergüenza de castigar que

no siempre excluye el celo; crece sin cesar: sobre esta herida, el psicólogo

pulula así como el modesto funcionario de la ortopedia moral.

La desaparición de los suplicios es, pues, el espectáculo que se borra; y es

también el relajamiento de la acción sobre el cuerpo del delincuente. Rush, en

1787, dice: "No puedo por menos de esperar que se acerque el tiempo en que

la horca, la picota, el patíbulo, el látigo, la rueda, se considerarán, en la

historia de los suplicios, como las muestras de la barbarie de los siglos y de

los países y como las pruebas de la débil influencia de la razón y de la

13

religión sobre el espíritu humano." 11 Y en efecto, al abrir Van Meenen sesenta años después el segundo congreso penitenciario, en Bruselas, recordaba el

tiempo de su infancia como una época terminada: "Yo he visto el suelo

cubierto de ruedas, de cepos, de horcas, de picotas; he visto esqueletos

espantosamente tendidos sobre ruedas."12 La marca había sido abolida en

Inglaterra (1834) y en Francia (1832); el gran suplicio de los traidores,

Inglaterra no se atrevía ya a aplicarlo plenamente en 1820 (Thistlewood no

fue descuartizado). Sólo el látigo seguía manteniéndose en cierto número de

sistemas penales (Rusia, Inglaterra, Prusia). Pero de una manera general, las

prácticas punitivas se habían vuelto púdicas. No tocar ya el cuerpo, o lo

menos posible en todo caso, y eso para herir en él algo que no es el cuerpo

mismo. Se dirá: la prisión, la reclusión, los trabajos forzados, el presidio, la

interdicción de residencia, la deportación —que han ocupado lugar tan

importante en los sistemas penales modernos— son realmente penas "físicas"; a diferencia de la multa, recaen, y directamente, sobre el cuerpo. Pero la

relación castigo-cuerpo no es en ellas idéntica a lo que era en los suplicios. El

cuerpo se encuentra aquí en situación de instrumento o de intermediario; si

se interviene sobre él encerrándolo o haciéndolo trabajar, es para privar al

individuo de una libertad considerada a la vez como un derecho y un bien. El

cuerpo, según esta penalidad, queda prendido en un sistema de coacción y de

privación, de obligaciones y de prohibiciones. El sufrimiento físico, el dolor

del cuerpo mismo, no son ya los elementos constitutivos de la pena. El

castigo ha pasado de un arte de las sensaciones insoportables a una economía

de los derechos suspendidos. Y si le es preciso todavía a la justicia manipular

y llegar al cuerpo de los justiciables, será de lejos, limpiamente, según unas

reglas austeras, (19) y tendiendo a un objetivo mucho más "elevado". Como efecto de esta nueva circunspección, un ejército entero de técnicos ha venido

a relevar al verdugo, anatomista inmediato del sufrimiento: los vigilantes, los

médicos, los capellanes, los psiquiatras, los psicólogos, los educadores. Por su

sola presencia junto al condenado cantan a la justicia la alabanza de que

aquélla tiene necesidad: le garantizan que el cuerpo y el dolor no son los

objetivos últimos de su acción punitiva. Hay que reflexionar sobre esto: hoy,

un médico debe establecer una vigilancia sobre los condenados a muerte, y

hasta el último momento, yuxtaponiéndose así como encargado del bienestar,

como agente del no sufrimiento, a los funcionarios que, éstos sí, tienen la

misión de suprimir la vida. Cuando se acerca el momento de la ejecución, se

11 8 B. Rush, ante la Society for promoting political enquiries, en N. K.Teeers, The eradle of penitentiary, 1935, p. 30.

12 9 Cf. Annales, de la Charité, II, 1847, pp. 529-530.

14

pone a los pacientes inyecciones de tranquilizantes. Utopía del pudor judicial:

quitar la existencia evitando sentir el daño, privar de todos los derechos sin

hacer sufrir, imponer penas liberadas de dolor. El recurso a la

psicofarmacología y a diversos "desconectantes" fisiológicos, incluso si ha de ser provisional, se encuentra dentro de la lógica de esta penalidad

"incorporal".

De este doble proceso —desaparición del espectáculo, anulación del dolor—

son testigos los rituales modernos de la ejecución capital. Un mismo

movimiento ha arrastrado, a cada una con su ritmo propio, a las legislaciones

europeas: para todos, una misma muerte, sin que ésta tenga que llevar, como

blasón, la marca específica del delito o el status social del delincuente; una

muerte que no dura más que un instante, que ningún encarnizamiento debe

multiplicar por adelantado o prolongar sobre el cadáver, una ejecución que

afecta a la vida más que al cuerpo. Se acabaron los largos procesos en los que

la muerte se halla a la vez aplazada por interrupciones calculadas, y

multiplicada por una serie de ataques sucesivos. Se acabaron aquellas

combinaciones como las que se ponían en escena para matar a los regicidas, o

como aquella con que soñaba, en los comienzos del siglo XVIII, el autor de

Hanging not punishment enough,13 que permitían a la vez descoyuntar a un

condenado en la rueda, azotarlo después hasta la pérdida del conocimiento, y

tras ello suspenderlo con cadenas, antes de dejarlo morir lentamente de

hambre. Se acabaron aquellos suplicios en los que el condenado era

arrastrado sobre un zarzo (para evitar que la cabeza reventara contra el

suelo), en los que se le abría el vientre, arrancándole las entrañas

apresuradamente, para que tuviera tiempo de ver, con sus propios ojos, cómo

las arrojaban al fuego; en los que se le decapitaba finalmente y se dividía su

cuerpo (20) en cuartos.14 La reducción de estas "mil muertes" a la estricta ejecución capital define toda una nueva moral propia del acto de castigar.

Ya en 1760, se había probado en Inglaterra (fue para la ejecución de lord

Ferrer) una máquina de ahorcar (un apoyo, que se replegaba bajo los pies del

condenado servía para evitar las lentas agonías y las luchas cuerpo a cuerpo

que se producían entre víctima y verdugo). Dicha máquina fue perfeccionada

y adoptada definitivamente en 1783, el año mismo en que se suprimió el

13 10 Texto anónimo publicado en 1701.

14 11 Suplicio de los traidores descrito por W. Blackstone, Commentaire sur le Code criminal anglais, trad. de 1776, I, p. 105. Por estar la traducción destinada a poner de relieve el humanitarismo de la legislación inglesa en oposición a la vieja Ordenanza de 1760, el comentarista agrega: "En este suplicio espantoso en cuanto al espectáculo, el culpable no sufre ni mucho ni largo tiempo."

15

tradicional desfile de Newgate a Tyburn, y en que se aprovechó la reconstruc-

ción de la prisión, cerca de los Gordon Riots, para instalar los patíbulos en el

mismo Newgate.15 El famoso artículo 3 del Código francés de 1791 —"a todo

condenado a muerte se le cortará la cabeza"— lleva este triple significado:

una muerte igual para todos ("Los delitos del mismo género se castigarán con

el mismo género de pena, cualesquiera que sean la categoría y el estado del

culpable", decía ya la moción votada, a propuesta de Guillotin, el 1 de

diciembre de 1789); una sola muerte por condenado, obtenida de un solo

golpe y sin recurrir a esos suplicios "prolongados y por consiguiente crueles", como la horca denunciada por Le Peletier; en fin, el castigo para el condenado

únicamente, ya que la decapitación, pena de los nobles, es la menos

infamante para la familia del delincuente.16 La guillotina, utilizada a partir de

marzo de 1792, es el mecanismo adecuado a tales principios. En ella, la

muerte queda reducida a un acontecimiento visible, pero instantáneo. Entre

la ley, o quienes la ejecutan, y el cuerpo del delincuente, el contacto se reduce

al momento de un relámpago. No existe enfrentamiento físico; al verdugo le

basta con ser un relojero escrupuloso. "La experiencia y la razón demuestran

que la manera usada en el pasado de cortarle la cabeza a un delincuente

expone a un suplicio más espantoso que la simple privación de la vida, que es

el deseo formal de la ley, para que la ejecución se realice en un solo instante y

de un solo golpe; los ejemplos prueban cuan difícil es lograrlo. Es preciso

necesariamente, para la exactitud del procedimiento, que dependa de medios

mecánicos invariables, cuya fuerza y efecto se pueda (21) igualmente

determinar... Es fácil hacer construir una máquina semejante cuyo efecto es

infalible; la decapitación se hará en un solo instante, de acuerdo con el deseo

de la nueva ley. Dicho aparato, si parece necesario, no producirá sensación

alguna y apenas se percibirá." 17 Casi sin tocar el cuerpo, la guillotina suprime la vida, del mismo modo que la prisión quita la libertad, o una multa

descuenta bienes. Se supone que aplica la ley menos a un cuerpo real capaz

de dolor, que a un sujeto jurídico, poseedor, entre otros derechos, del de

existir. La guillotina había de tener la abstracción de la propia ley.

Indudablemente, algo de los suplicios se sobreimpuso en Francia, por un

tiempo, a la sobriedad de las ejecuciones. Los parricidas —y los regicidas, que

se asimilaban a aquéllos— eran conducidos al patíbulo cubiertos por un velo

negro; allí, hasta 1832, se les cortaba la mano. No quedó, entonces, más que el

15 12 Cf. Ch. Hibbert, The roots of evil, e d. de 1966, pp. 85-86.

16 13 Peletier de Saint-Fargeau, Archives parlementaires, t. XXVI, 3 de junio de 1791, p. 720.

17 14 A. Louis, "Rapport sur la guillotine", citado por Saint-Edme, Dictionnaire de pénalité, 1825, t. IV, p. 161.

16

adorno del crespón. Así, para Fieschi, en noviembre de 1836: "Se le conducirá

al lugar de la ejecución en camisa, descalzo, y cubierta la cabeza con un velo

negro; habrá de ser expuesto sobre un cadalso mientras un oficial lee al

pueblo la sentencia, y será inmediatamente ejecutado." Acordémonos de

Damiens, y notemos que el último suplemento de la muerte penal ha sido un

velo de luto. El condenado no tiene ya que ser visto. La sola lectura de la

sentencia sobre el cadalso, enuncia un delito que no debe tener rostro.18 El

último vestigio de los grandes suplicios es su anulación: unos paños para

ocultar un cuerpo. Ejecución de Benoît, triplemente infame —matricida,

homosexual, asesino—, el primero de los parricidas a quien la ley evitó que se

le cortara la mano: "Mientras se leía la sentencia, él estaba en pie sobre el

patíbulo, sostenido por los verdugos. Era algo horrible de ver aquel es-

pectáculo: envuelto en un amplio sudario blanco, cubierto el rostro con un

crespón negro, el parricida se sustraía a las miradas de la multitud silenciosa,

y bajo aquel ropaje misterioso y lúgubre, no se manifestaba la vida más que

por espantosos aullidos, que pronto se apagaron bajo la cuchilla." 19

Desaparece, pues, en los comienzos del siglo XIX, el gran espectáculo de la

pena física; se disimula el cuerpo supliciado; se excluye (22) del castigo el

aparato teatral del sufrimiento. Se entra en la era de la sobriedad punitiva.

Esta desaparición de los suplicios se puede considerar casi como conseguida

alrededor de los años 1830-1848. Naturalmente, esta afirmación global exige

paliativos. En primer lugar, las trasformaciones no se realizan en bloque ni

según un proceso único. Ha habido demoras. Paradójicamente, Inglaterra fue

uno de los países más refractarios a esta desaparición de los suplicios; quizá a

causa del papel de modelo que habían conferido a su justicia penal la

institución del jurado, el proceso público, el respeto del habeas corpus; sobre todo, sin duda, porque no había querido disminuir el rigor de sus leyes

penales durante las grandes revueltas sociales de los años 1780-1820. Durante

mucho tiempo, Romilly, Mackintosh y Fowell Buxton fracasaron en su

propósito de que se atenuara la multiplicidad y la gravedad de las penas

previstas por la ley inglesa: esa "horrible carnicería", decía Rossi. Su

severidad (al menos en las penas previstas, ya que la aplicación era tanto más

blanda cuanto que la ley parecía excesiva a los jurados) se había aumentado

incluso, ya que, en 1760, Blackstone enumeraba 160 delitos capitales en la

18 15 Tema frecuente en la época: un criminal, en la medida misma de su monstruosidad, debe ser privado de la luz: no ver, no ser visto. En cuanto al parricida, sería preciso

"fabricar una jaula de hierro o cavar una mazmorra impenetrable que le sirviera de eterna clausura". De Molène, De l'humanité des lois criminelles, 1830, pp. 275-277.

19 16 Gazette des tribunaux, 30 de agosto de 1832.

17

legislación inglesa, y se contaban 223 en 1819. Sería preciso también tener en

cuenta las aceleraciones y los retrocesos que experimentara entre 1760 y 1840

el proceso de conjunto; la rapidez de la reforma en algunos países como

Austria o Rusia, los Estados Unidos o Francia en el momento de la

Constituyente, y después el reflujo en la época de contrarrevolución en

Europa y del gran temor social de los años 1820-1848; las modificaciones más

o menos temporales, introducidas por los tribunales o las leyes de excepción;

la distorsión entre las leyes y la práctica real de los tribunales (que está lejos

de reflejar siempre el estado de la legislación). Todo esto hace que sea muy

irregular la evolución desarrollada en el viraje de los siglos XVIII y XIX.

A esto se agrega que si bien lo esencial de la trasformación se ha logrado

hacia 1840, si bien los mecanismos del castigo han adquirido entonces su

nuevo tipo de funcionamiento, el proceso se halla lejos de estar terminado. La

reducción del suplicio es una tendencia arraigada en la gran trasformación de

los años 1760-1840; pero no está terminada, y puede decirse que la práctica

del suplicio ha obsesionado durante mucho tiempo nuestro sistema penal, y

alienta en él todavía. La guillotina, esa maquinaria de las muertes rápidas y

discretas, había marcado en Francia una nueva ética de la muerte legal. Pero

la Revolución la revistió inmediatamente de un gran ritual teatral. Durante

años, ha constituido un espectáculo. Fue preciso trasladarla hasta la (23)

barrera de Saint-Jacques, remplazar la carreta descubierta por un coche

cerrado, empujar rápidamente al condenado desde el furgón a la plancha,

organizar ejecuciones apresuradas a deshora, colocar finalmente la guillotina

dentro del recinto de las prisiones y hacerla inaccesible al público (después de

la ejecución de Weidmann, en 1939), acordonar las calles por las que se llega a

la prisión en la que el patíbulo se halla oculto, y donde la ejecución se

desarrolla en secreto (ejecución de Buffet y de Bontemps en la prisión de la

Santé, en 1972), perseguir judicialmente a los testigos que refieren la escena,

para que la ejecución deje de ser un espectáculo y para que se convierta en un

extraño secreto entre la justicia y su sentenciado. Pero basta mencionar tantas

precauciones para comprender que la muerte penal sigue siendo en su fondo,

todavía hoy, un espectáculo, que es necesario, precisamente, prohibir.

En cuanto a la acción sobre el cuerpo, tampoco ésta se encuentra suprimida

por completo a mediados del siglo XIX. Sin duda, la pena ha dejado de estar

centrada en el suplicio como técnica de sufrimiento; ha tomado como objeto

principal la pérdida de un bien o de un derecho. Pero un castigo como los

trabajos forzados o incluso como la prisión —mera privación de libertad—,

no ha funcionado jamás sin cierto suplemento punitivo que concierne

realmente al cuerpo mismo: racionamiento alimenticio, privación sexual,

golpes, celda. ¿Consecuencia no perseguida, pero inevitable, del encierro? De

18

hecho, la prisión en sus dispositivos más explícitos ha procurado siempre

cierta medida de sufrimiento corporal. La crítica que ha sólido hacerse al

sistema penitenciario, en la primera mitad del siglo XIX (la prisión no es lo

suficientemente punitiva: los presos pasan menos hambre, menos frío, se

hallan menos privados en resumen que muchos pobres o incluso obreros)

indica un postulado que jamás se ha suprimido francamente: es justo que un

condenado sufra físicamente más que los otros hombres. La pena se disocia

mal de un suplemento de dolor físico. ¿Qué sería un castigo no corporal?

Mantiénese, pues, un fondo "supliciante" en los mecanismos modernos de la justicia criminal, un fondo que no está por completo dominado, sino que se

halla envuelto, cada vez más ampliamente, por una penalidad de lo no

corporal.

La atenuación de la severidad penal en el trascurso de los últimos siglos es un

fenómeno muy conocido de los historiadores del derecho. Pero durante

mucho tiempo, se ha tomado de una manera (24) global como un fenómeno

cuantitativo: menos crueldad, menos sufrimiento, más benignidad, más

respeto, más "humanidad". De hecho, estas modificaciones van acompañadas

de un desplazamiento en el objeto mismo de la operación punitiva.

¿Disminución de intensidad? Quizá. Cambio de objetivo, indudablemente.

Si no es ya el cuerpo el objeto de la penalidad en sus formas más severas,

¿sobre qué establece su presa? La respuesta de los teorizantes —de quienes

abren hacia 1760 un periodo que no se ha cerrado aún— es sencilla, casi

evidente. Parece inscrita en la pregunta misma. Puesto que ya no es el cuerpo,

es el alma. A la expiación que causa estragos en el cuerpo debe suceder un

castigo que actúe en profundidad sobre el corazón, el pensamiento, la

voluntad, las disposiciones. Mably ha formulado el principio, de una vez

para siempre: "Que el castigo, si se me permite hablar así, caiga sobre el alma más que sobre el cuerpo." 20

Momento importante. La antigua pareja del fasto punitivo, el cuerpo y la

sangre, ceden el sitio. Entra en escena, cubierto el rostro, un nuevo personaje.

Se pone fin a cierta tragedia; da principio una comedia con siluetas de

sombra, voces sin rostro, entidades impalpables. El aparato de la justicia

punitiva debe morder ahora en esta realidad sin cuerpo.

¿Simple afirmación teórica, que la práctica penal desmiente? Sería ésta una

conclusión apresurada. Cierto es que, hoy, castigar no es simplemente

convertir un alma; pero el principio de Mably no se ha quedado en un deseo

piadoso. A lo largo de toda la penalidad moderna es posible seguir sus

20 17 G. de Mably, De la législation, Oeuvres completes, 1789, t. IX, p. 326.

19

efectos.

En primer lugar, una sustitución de objetos. No quiero decir con esto que se

haya pasado de pronto a castigar otros delitos. Sin duda, la definición de las

infracciones, la jerarquía de su gravedad, los márgenes de indulgencia, lo que

se toleraba de hecho y lo que estaba legalmente permitido —todo esto se ha

modificado ampliamente desde hace doscientos años; muchos delitos han de-

jado de serlo, por estar vinculados a determinado ejercicio de la autoridad

religiosa o a un tipo de vida económica: la blasfemia ha perdido su status de

delito; el contrabando y el robo doméstico, una parte de su gravedad. Pero

estos desplazamientos no son quizá el hecho más importante: la división

entre lo permitido y lo prohibido ha conservado, de un siglo a otro, cierta

constancia. En cambio, el objeto "crimen", aquello sobre lo que se ejerce la práctica penal, ha sido profundamente modificado: la calidad, el carácter, la

sustancia en cierto modo de que está hecha la infracción, (25) más que su definición formal. La relativa estabilidad de la ley ha cobijado todo un juego

de sutiles y rápidos relevos. Bajo el nombre de crímenes y de delitos, se

siguen juzgando efectivamente objetos jurídicos definidos por el Código,

pero se juzga a la vez pasiones, instintos, anomalías, achaques,

inadaptaciones, efectos de medio o de herencia; se castigan las agresiones,

pero a través de ellas las agresividades; las violaciones, pero a la vez, las

perversiones; los asesinatos que son también pulsiones y deseos. Se dirá: no

son ellos los juzgados; si los invocamos, es para explicar los hechos que hay

que juzgar, y para determinar hasta qué punto se hallaba implicada en el

delito la voluntad del sujeto. Respuesta insuficiente. Porque son ellas, esas