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Y por las Noches la Soledad por Nimphie Knox - muestra HTML

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Y POR LAS NOCHES LA SOLEDAD

NIMPHIE KNOX

KKNOS

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Y POR LAS NOCHES LA SOLEDAD

NIMPHIE KNOX

KKNOS

Nimphie Knox, 2010

Todos los derechos reservados

Imagen de portada: Legs, por Gabba Gabba Hey!

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Y POR LAS NOCHES LA SOLEDAD

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Nota de la autora

Este cuento se publicó originalmente en la Antología de Relatos Navideños 2010 de la Colección Homoerótica. Mi decisión de ofrecerlo por separado se debe únicamente a que en aquel olvidé la dedicatoria. Queridx lector, espero que disfrutes la lectura tanto o más de lo que yo disfruté desgarrándome en este relato. Porque a veces la escritura es una experiencia sadomasoquista.

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Ahora sí: Para Valeria, con cariño y respeto

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Lo único que conservo de mi pasado es el lápiz labial de Ángela. El primer recuerdo que tengo es el de su boca gruesa, sus labios rojos y pegajosos y, cómo no, el perfume salado de su piel tostada, como si su carne se hubiera mezclado con la tierra de las montañas de su provincia calurosa, casi tropical. Nunca sentí deseo de besar esos labios o de que me besaran. Los labios de Ángela me hipnotizaban y la blancura de sus dientes me fascinaba tanto como la música que sus dedos largos le arrancaban al piano de aquel salón. Así la recuerdo: con su vestido blanco, muy corto, el escote generoso perlado de sudor y las rodillas más oscuras que el resto de sus piernas acariciándose en la penumbra; su pelo negro, crespo, eternamente corto, y sus dedos revoloteando por las teclas del piano como mariposas, como gusanitos en busca de alimento. Jamás estuve enamorado de Ángela. O quizás sí. Al fin y al cabo, todos los niños se enamoran de sus madres cuando son chicos.

Recuesto los brazos en la cornisa del balcón, pensando en Ángela. ¿Qué será de ella?

¿Seguirá allá, en aquella casa enorme perdida en el campo, entre los pantanos, entre los ríos, entre los mosquitos, entre la luz del sol que le acariciaba la piel y hacía brillar sus ojos, llenarlos de fuego, de un fuego misterioso que parecía surgir de su propia alma…?

Sí, en los ojos negros de Ángela había fuego. Ahora lo comprendo. El fuego le había quemado las pestañas, había endurecido la piel de su frente, la había llenado de surcos.

¿Cómo habrá llevado Ángela todos estos años? ¿Qué habrá sido de sus piernas jóvenes, de sus pechos que amenazaban con escaparse de la blusa, de sus brazos fuertes, embrutecidos por las tareas del campo? ¿Qué será de sus labios?

Yo no comprendía que Ángela era una sirvienta. No comprendía que lo que veía en sus ojos cuando mi abuelo maltrataba a los peones era el fuego del odio. Yo no sabía que aquellos hombres eran su familia. Y ahora que soy adulto, me pregunto por qué le encargaron la tarea de cuidarme, por qué no consiguieron una institutriz de piel blanca, de ojos azules, de largas uñas pintadas y zapatos de taco aguja. La respuesta me persigue, me atormenta cada vez que me acuerdo de ella…

Ángela lo sospechaba, pero no decía nada. Jamás se atrevió a preguntármelo, ni siquiera aquella noche en que me emborraché y la arrastré a los establos. Me acuerdo del olor de la noche, ese aroma cálido que llena el aire cuando la luna está en su punto más alto: el aroma a pasto, a tierra seca, a hojas de eucalipto, a la acidez de las moras que se pudren entre los insectos, entre el zumbido de las abejas y el aleteo de las mariposas.

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—No te preocupés, Polín, no llorés… —me dijo, riendo con tristeza, subiéndose el vestido, intentando consolarme—. Es… es…

Y nunca dijo qué era. Nunca supe lo que intentó decir. Creo que seguí llorando, pero no estoy seguro. Ella tenía puesto un vestido floreado y unas sandalias blancas. Se había rapado la cabeza y sus labios brillaban jugosos, aumentados de tamaño por las artimañas del alcohol.

Lo único que extraño es a Ángela. Siento como si hiciera siglos que no la veo.

Aunque al mismo tiempo me parece que el tiempo volara, que se me va la vida, que se me escurre entre los dedos.

Me siento en el balcón y miro la ciudad: chiquita, diminuta, huele a verano, huele a vida, pero también huele a muerte. Huele a tiempo achicharrado, a ceguera, a juventud mal contenida, a desesperanza. Sí, a eso huele esta oscuridad: a desesperanza.

¿Por qué?

Porque somos muy cortos, me respondo en mi balcón. Nuestra vida es muy corta, apenas nos alcanza para abrir los ojos, respirar una bocanada del aire de este mundo… y cerrar los ojos de nuevo.

Y entonces… ¿por qué? ¿Por qué siento que esta noche se hace eterna? Porque el recuerdo de Ángela es eterno, lo tengo grabado en mi memoria, esculpido en las arterias de mi corazón, que bombea sangre del color de sus labios. Y cuando pienso en Ángela, el tiempo se detiene, se desdobla, se hace muchos tiempos, se hace eternidad. Y cuando pienso en sus labios, al tiempo le crecen alas. Y yo me quedo quieto, esperando en este balcón vacío… una señal de que la muerte no es tan terrible, de que el tiempo se detiene pero no retrocede.

Él se llama Darío y es de Historia. Cuando le dije que soy de Artes no preguntó nada, ni siquiera quiso saber qué hacía cursando el seminario de derechos humanos. Me vio con los dedos bien puestos en mi cuaderno, el cuerpo en una camisa y las piernas en unos vaqueros viejos. Quizás las uñas un poco largas. Quizás la piel demasiado cuidada… Quizás algo, cualquier cosa, quizás esto, quizás lo otro… Quizás nada. Nada de nada.

Darío no se preocupa por su aspecto ni por su ropa. Cuando le pregunto por qué lleva la camiseta al revés, me responde que la parte de adelante está sucia. Cuando come, a veces se le quedan las migas de pan entre la barba. Y nunca entiende mis gestos: me paso la mano por el mentón, diciéndole con la mirada «limpiate», y nada. Sigue

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hablando de política, del marxismo, de Trotsky, de Lenin… y yo finjo que me interesa lo que dice, porque quiero que me hable y no soporto estar tan solo.

Nadie lo sabe. Solo el lápiz labial de Ángela, que se hace sangre en la noche porteña, sangre muerta, sangre coagulada. Sangre de mi sangre, la mía y la de ella. La sangre que traicionó cuando se fue a vivir a la casa grande y abandonó los jacales donde la criaron, entre el queso de cabra y los vestidos tejidos a mano.

El lápiz labial de Ángela es sangre, pero la noche oscurece esa sangre y la vuelve algo más temible, más peligroso, algo que muerde, que amenaza. Nadie lo sabe, pero yo acepto ese peligro que se abre en la noche como una herida, dejo que la sangre fluya, porque no tengo otra manera de exprimir este veneno que me hincha las venas. Y

cuando el veneno me domina, saco del cajón la sangre de Ángela y me embadurno los labios con ella. Y el espejo me mira, me sonríe y me pregunta cuánto tiempo más pienso llevar esta máscara.

El verano me sacude, me llena de pena. En la primavera, la semilla de la pena se abre y deja que los primeros brotes se asomen a la tierra. El invierno paraliza. El otoño moja, y la pena se resfría y después le entra sueño. Pero el verano es terrible, porque es cuando más solo estoy. Cuando el trabajo me da la espalda y la carrera me sonríe.

Cuando el fruto de la pena florece y mi corazón se esconde bajo sus pétalos (me imagino esos pétalos como lenguas gigantes, las mil lenguas de un animal moribundo que se atragantó con su soledad), me escondo en las sombras y finjo que es invierno.

Pongo el aire acondicionado al máximo, me burlo del sol naciente bajando las persianas, corriendo las cortinas, iluminando las paredes del departamento con luz artificial.

Sueño con tener un local de ropa y en verano me encierro en la habitación vacía que está al lado del baño a dibujar y a coser. Me lo imagino en el centro de Buenos Aires, en la peatonal de Lavalle. Enorme lo imagino, iluminadísimo, brillante, con las cantantes de moda en los parlantes y las boquitas pintadas de las turistas alemanas parloteando entre las sedas, entre el terciopelo y las cintas de colores. Ropa femenina. Vestidos, polleras, blusas… ropa que se burle de todo lo que me fue negado. Imagino los probadores llenos de los chillidos de las chicas, los rostros aburridos de sus novios (los relojes de los muchachos reflejan una bolita luminosa en el techo cada vez que ellos miran la hora), las tarjetas de crédito centelleando al compás de la música. Pero cada vez que imagino mi negocio, algo raro pasa: no me veo. O mejor dicho: no me encuentro. Yo no estoy, como si mi presencia estuviera representada por los vestidos y las minifaldas. Es muy extraño. Paseo por entre los tules, las guirnaldas, las rosas de

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fantasía, me pierdo (acordate de que mi negocio es muy grande), me meto por las camisas y me tiro por las mangas como por un tobogán… soplo los escotes intentando inflarlos… pero cuando llego al mostrador principal ahí hay solo una mujer sin rostro.

Mi sueño es vestir a Ángela. Así se va a llamar mi local: Ángela. Lástima que todas mis clientas vayan a ser alemanas rubias, francesitas esmirriadas y argentinitas anoréxicas con la billetera de papá. Una Ángela nunca atravesaría la puerta de mi negocio. Ángela estaría en Lavalle repartiendo volantes o sirviendo mesas en un restorancito mugriento.

Me clavo las uñas en la palma de la mano… y me duele. Mis manos nunca trabajaron la tierra, nunca tocaron el carbón. Ahora comprendo por qué los dedos de Ángela eran tan feos, por qué estaban llenos de callos. Yo era un pibito, qué iba a saber.

El aire ahora no huele a nada. Pareciera como si, un par de horas antes de la medianoche, una bestia gigante se tragara todo el aire del mundo y lo fuera expulsando todo otra vez a lo largo del nuevo día. El aire es el mismo, nada se filtra, nada se queda en los pulmones de esa bestia. Está demasiado vieja, demasiado cansada para preocuparse por nosotros. Quiere morirse, y cada vez que traga, se imagina que por fin le ha llegado la hora de ser libre. Pero no. No muere. Y no morirá jamás.

Abajo la ciudad es un hormiguero de luces. Desde este noveno piso los ruidos se oyen, pero se oyen lejanos, como si la distancia estuviese hecha de silencio.

La primera vez que vine a la ciudad, sentí que me iba a desmayar. Los edificios altos me mareaban, el ir y venir de los colectivos se me estancaba en los oídos y me olvidaba de respirar porque el aire era demasiado sucio. Entre los rascacielos, el tránsito y la contaminación, mi existencia se veía reducida a la nada, a una mancha, a una puntada en el gran telar del universo.

El mundo ya no era mío: la enorme vastedad de la ciudad no es de nadie, no es del Estado, no es de Dios, no es del sol ni de la noche. Las calles solo son mías cuando las camino, cuando el cielo me abraza y la lluvia me moja las cejas. La ciudad es oscura, pero a la vez es luminosa. Huele a desesperanza y ahora también huele a verano. A misterios tercermundistas, a pan dulce, a padres ahorrando los centavos para venderles a sus hijos las fantasías de Papá Noel.

Otro de mis pasatiempos es bordar tapices con canutillos. Me tomo el subte enfrente del obelisco y me bajo en la estación Pueyrredón. Recorro los locales mayoristas de Once como un chico en una juguetería. Compro telas, hilos, agujas, encajes, puntillas, botones, mostacillas, canutillos, cierres, cintas. El otro día compré la máquina para

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hacer los agujeros de los corsés. Un capricho. Si pudiera (si no fuera tan vergonzoso), me tiraría en el piso junto a los hippies de Filo y vendería mis vestidos y mis blusas.

Algo voy a tener que hacer (¿ponérmelos?) con todos estos disfraces. Pero no me quiero deshacer de ellos. A algunos les tengo demasiado cariño. A otros no, porque las malas experiencias se les acumularon en los bolsillos y cada vez que los miro los insultos me abofetean: puto, reputo, recontraputo. Aborto de la naturaleza. Monstruito. Anormal.

Suspiro, y con el suspiro se me escapan un par de recuerdos. Ahora están ahí, volando cuesta abajo hacia la calle luminosa, para perderse entre los autos, entre los caños de escape. Ahí se van mis recuerdos, que saben a sangre y a hierba mojada.

Pienso de nuevo en Darío, en su barba sucia. Y me acuerdo de que es muy chico para mí. Sonrío. Buena excusa. Cuando comencé a ir a la Facultad, me sorprendí al ver a todos esos jóvenes disfrazados de viejos. Son jóvenes que desdeñan la juventud y la belleza, porque la tradición dice que la sabiduría es patrimonio de los ancianos. Y como acá tildan a la juventud de ignorante, estos jóvenes se rebelan dejándose crecer la barba y mirando para otro lado cuando la moda sacude las plumas frente a ellos. Yo tengo un par de años más, pero el peso del sufrimiento acortó mis minutos, mis días, mis meses.

Los hizo multiplicarse, y todos y cada uno de ellos se me acumularon en la espalda y en los párpados. Tengo los ojos de un anciano y llevo una mochila de miles de días mutilados por el sol. Llevo los meses sumergidos en sangre, la sangre de los labios de Ángela.

Me vuelvo al departamento, donde no me espera nadie. Solo mi máquina de coser en el cuarto vacío y una cama de dos plazas en la que siempre duermo solo. La cama me da risa. La compré por eso, para que el tema de la cama no fuera una excusa. Soy muy amigo de las excusas. Y aun así, nada. La cama no conoce otro cuerpo más que el mío, otra respiración que no sea la mía. Robarme, matarme, sé que todo eso me lo podrían haber hecho ahí, en los lagos de Palermo, a donde voy cuando la sangre de Ángela grita para mí en su cilindro de oro. Y mi casa es mi casa (¡mía!) y mi cuerpo no es mi cuerpo, pero el primero que entre en esta casa no lo hará para entrar en mi cuerpo.

Entre estas paredes que no conocen otra voz más que la mía o la de las cantantes rubias que admiro, la soledad se cuece en cada rincón, edulcorada con la oscuridad de la noche. Me gusta la noche. En la noche los colores se ven a través de un filtro violeta, violeta como un hematoma. Todo es negro, gris, neón y artificio.

Miro la hora, las paredes susurran. Lo sospechan. Algo se mueve en la habitación vacía (y llena de telas, vestidos a medio terminar, sueños truncados) y veo que dejé la

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ventana abierta. Es la ventanita que me distrae mientras coso, la culpable de tantas puntadas mal hechas. Ay, ventanita, ventanita. Me asomo por la triste ventanita y miro para abajo. Ahí abajo hay un shopping y ahora, por la noche, la decoración navideña brilla como si un dios multimillonario hubiese dejado caer sobre la calle todas sus joyas.

Recuerdo las primeras navidades que pasé en la ciudad. Me había olvidado de la Navidad y el shopping me lo recordó de pronto, de golpe. Era por principios de noviembre y ya había luces, árboles, muérdago. Me sentí desconcertado, triste. Pasé aquellas navidades tal como pasé las cinco siguientes: acá, solo, de espaldas a la ventanita, cosiendo un vestido que al final me quedó chico.

Miro la hora, son las diez y cuarto. Se hace esperar mi invitado, mi primer invitado, a quien voy a convidarle una cucharada de esta tibia soledad. ¿Qué hago? ¿Cierro la puerta? ¿Escondo mi verdad bajo llave? La llave está fría y una brisa entra por la ventanita y me despeina. No. Que mi verdad quede expuesta, que se asome él hacia ella si quiere pasar al baño, que las sedas brillen bajo la luna cuando la medianoche se desgarre. Que la mire, y yo voy a fingir que no me avergüenza. Pero mi verdad estará muda, será solo una verdad quieta, pasiva, como un animal domesticado. Solo él podrá despertar a la bestia y si quiere, que lo haga. Lo más probable es que lo haga sin querer.

Que se despierten los monstruos dormidos y que le aúllen a la luna. Bostezo y ahogo un grito. ¡Me olvidé de despintarme las uñas! Moradas como una herida infectada, mis uñas combinan con mi estado de ánimo. Me arrepiento de haberlo invitado, pero es demasiado tarde. Le dije que le tenía un regalo, un pedacito de mi tímida verdad.

—¿Vos tenés plata, no? —me preguntó cuando se lo dije, cuando tomábamos un café en el bar del CEFyL. Él hace así las preguntas: las saca de la nada, las revolea frente a tu cara. Y vos te quedás mudo, con la sorpresa salpicada en los ojos, y en vez de responder querés preguntarle por qué te está preguntando semejante cosa.

Mi verdad (esa pequeña verdad) duerme bajo el arbolito, como un animal salvaje dispuesto a clavarme los colmillos si me atrevo a acercarme. El arbolito lo compré hoy, porque no tenía. Lo compré en el shopping y me costó carísimo. Eso que no mide ni un metro. Cuando lo saqué de la caja y lo armé, me di cuenta de que tampoco tenía adornos ni guirnaldas. No quise volver al shopping, no me gustó nada la manera en que me miró el policía que estaba vigilando la entrada. Odio a los policías desde que uno me quiso llevar por ejercer la prostitución. Una mentira odiosa, por supuesto. Me pidió plata y le dije que no tenía por qué dársela.

—¿Y qué hacés acá, puto de mierda?

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—Coger, ¿vos?

Le pegué una trompada, me saqué los tacos y me largué a correr. No me alcanzó.

Cuando me miré la mano vi que sangraba. Todavía tengo la cicatriz: un puntito rojo en el nudillo del dedo índice de la mano derecha. El primer regalo de Navidad de esta ciudad anónima y corrupta. Por eso no tengo amigas que sean como yo: yo voy a esos lugares a garronear (garronear es coger por coger, sin cobrarle al tipo), mientras ellas van trabajar para ganarse el pan que se llevan a la boca.

De los nervios, tiro al suelo el frasco de quitaesmalte. La sala se llena del olor de la acetona, me muerde la nariz, me nubla la vista. Toso y trago saliva, y siento el sabor amargo en la base de la garganta. Voy al baño, hago buches, me lavo la cara y suena el timbre. Cuando levanto la cabeza, me golpeo contra el espejo. Entonces pasa algo insólito: me río. Sí, me río, una carcajada brota desde lo más profundo de mis pulmones y vuela por el pequeño baño blanco, llenándose de eco. Cierro la canilla, salgo del departamento y no espero que se desocupe el ascensor: bajo por las escaleras.

—¿Bajaste por las escaleras? —me pregunta Darío, sorprendido.

Le respondo que sí. Cuando me pregunta por qué, le digo que el ascensor funciona mal. No quería que te fueras, pienso. No quería esperar. No quería que el tiempo no dependiera de mí, quería tener los segundos en mis manos, rebotando contra los escalones, quería patearlos, hacerlos explotar.

Qué mal vestido está. Pienso eso y reprimo un suspiro. Él no es para mí y yo tampoco soy para él, pero eso no va a impedir que pasemos una noche de Navidad menos solos.

Por las noches la soledad desespera. Por las noches, cuando el silencio es más espeso y nuestra mente se relaja y nuestras ideas se aquietan, el corazón se aisla en un rincón, se separa del cerebro y piensa por sí mismo. A la noche todo parece más fácil, nuestros cuerpos se deslizan a la deriva en las calles, el mundo parece más pequeño y acogedor… Pero todo eso una ilusión causada por la oscuridad.

—Traigo un vino —dice él con una sonrisa tímida, quizás porque el vino es barato o quizás porque su sonrisa es así, pequeña, apenas levantando las comisuras por detrás de la barba mal afeitada. Y sí, vino tinto, porque el champán es demasiado burgués para la lengua de este militante del Partido Obrero.

Abro la puerta del departamento con miedo. ¿Cuál será su reacción? Entro primero y veo que sus ojos se detienen en los tapices de canutillos.

—¿Te gustan? —le digo para romper el hielo.

—Sí… ¿qué? ¡No me digás que los hiciste vos!

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—Sí.

Se sorprende y en sus ojos inyectados de sorpresa creo ver algo parecido al respeto, a la admiración. La sensación es demasiado nueva para mí: nunca nadie contempló ninguna de mis obras. Me pregunta cómo las hago y de repente estamos sumergidos en una charla acerca de canutillos, mostacillas y telas. Yo hablo y hablo, ¡podría hablarle durante horas!, pero lo estoy aburriendo y me callo. Cambio el tema. Nuestra conversación es como un teatro de títeres rebeldes: difícil de manejar, difícil de mantener. Lo que me interesa a mí a él no le interesa. De lo que le interesa a él no conozco ni los nombres.

Lleno un plato con maní japonés y saco de la heladera los sándwiches de miga. Él se lleva a la boca uno casi entero y a mí me entra risa.

—Qué bien que se está acá, che. —Lo dice por el aire acondicionado. Asiento y me muerdo el labio. Quizás quiera sacarse la camiseta. Quizás si yo me la saco, él se la saque. O quizás mis canutillos le hayan causado desconfianza y en realidad quiere irse…

—Gracias por venir. Siempre la paso solo la Navidad.

Corro la mesa y nos sentamos en el piso. Me cuenta (en realidad ya me lo contó, pero escucharlo de nuevo no me molesta), me cuenta que cuando su madre murió de cáncer su familia se disolvió. Y Darío las Navidades también las pasa solo, porque su padre le guarda rencor porque no quiso ser mecánico como él. Pobre Darío, un intelectual en medio de una familia de mecánicos brutos, grasientos y malhablados. Un joven disfrazado de anciano pasando la Navidad con un hombre que se disfraza de mujer.

—Che… —le digo; me mira—. Soy gay, ¿no te jode?

Traga su tercer sándwich, agarra su mochila y saca un marcador. Le arranca la tapita de atrás con los dientes, y un porro se desliza suavemente hacia sus manos.

—Qué novedad… —dice. Mira el porro y con un gesto indeciso, me lo ofrece. Niego con la cabeza. Odio las drogas. Mira el porro de nuevo y lo guarda. Menos mal, suspiro.

De verdad que odio las drogas. Pero esa es otra historia.

—¿Se me nota mucho…?

Me sonríe con precaución y se encoge de hombros.

—Y sí… Sos un poco…

Le cuesta decir la palabra, tiene miedo de que me ofenda.

—Afeminado —suelto yo. La palabra repta por mi lengua y la escupo, como a un veneno, como algo asqueroso.

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—No, afeminado no… —se apura a corregir. Yo lo miro a los ojos: está incómodo, pero en verdad quiero oír su respuesta—. O sea, no hablás así raro, bueno, un poco…

—Disimulo, qué querés que haga. O trato…

El silencio se hace sombra a sí mismo. Ahora más que nunca sé que esta invitación fue un error. Somos dos seres de especies distintas, de mundos distintos. Juntos seríamos el pecado del bestialismo. Somo dos animales intentando sondear en el territorio del otro. Y esta es la primera vez que él pisa el mío. Que se alimenta en el mío.

—No digo que se te nota así a simple vista. Digo que yo lo noté…

Lo miro y me río, qué voy a hacer. Piensa que estoy ofendido. Él me contempla con sus ojos marrones un poquito asustados, un poquito aliviados.

—¿Cómo es…?

—¿Cómo es qué?

—Ser gay.

—Si pudiera nacer de nuevo, elegiría ser mujer.

Desvía los ojos, sus ojos jóvenes en su rostro de anciano. Pobre, no sabe qué decir.

¿Qué hice? ¿Por qué tuve que arrastrar a un inocente a este caldero de soledades amargas?

Dejo el vaso en el suelo, me levanto, estiro el brazo hacia el arbolito y agarro el único regalo.

—Tomá, para vos. La hice yo. Si te queda grande la puedo arreglar, pero te vas a tener que sacar la ropa.

Se ríe, me río, nos reímos. Qué hacer. La risa es la peor enemiga del silencio, es su madrastra malvada. Peor el silencio es caprichoso y a veces la risa es engañada. A veces el silencio es respetuoso, es solemne como un águila en vuelo. A veces el silencio es simplemente… necesario.

Abre el papel de regalo con la punta de los dedos, como si quisiera tomarlo por sorpresa pero que quede intacto. Como si el papel de regalo valiera mucho. Dale, pibe, me pone nervioso tu ritualismo ridículo. Una cosa más que se suma a la lista, una cosa más que este puto no soporta de vos. ¿Qué no soportarías vos de este puto?

—Che, qué buena que está. —Ah, cómo se nota la sinceridad en su voz de intelectual inquieto, en su garganta de revolucionario. Quiero pensar que no es falsa, tantas cosas quiero pensar. Quiero pensar que no le provoco desconfianza.

—Si te querés ir… todo bien, no pasa nada.

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Se pone la camisa regalada encima de su remera vieja. Levanta la mirada con sorpresa, una sorpresa herida.

—No… yo… ¿querés que me vaya?

—No, no quiero. Pero si te sentís incómodo conmigo por lo que te conté…

—No me siento incómodo. Bueno, un poco. Yo sospechaba que eras gay, pero… qué sé yo… No sé, no me parece que sea algo tan terrible. Tengo un tío gay, ¿sabés? Vive con su pareja. Bueno, nunca me dijeron que son pareja y nunca me dijo que es gay.

Cuando era chico no lo entendía, no sabía… me podías decir cualquier cosa, uno cuando es chico se cree todo… Pero ahora sí me doy cuenta de que son pareja y que son gays, que no son amigos como decían siempre mis viejos. Y mi hermano está divorciado,

¿sabés? Se casó hace tres años y a los dos años y medio se divorció. Tiene una nena. Y

andan con la nena de acá para allá y se pelean por la nena, Ayelén se llama, se pelean por Ayelén como si la pibita fuera qué sé yo, una bolsa de basura, que hoy la saco yo, que mañana la sacás vos, que no, que hoy no puedo, que sacala vos… Y ellos, de mi tío te hablo, están hace más de quince años juntos, boludo, ¿te imaginás? ¡Quince años! Y

no sé, la verdad, no sé cómo hacen, pero te juro que los admiro… los admiro una bocha…

Toma aire. Después de largar semejante monólogo, sus ojos están más brillantes. Y

yo… yo estoy más deprimido que antes, porque ¡quién no quisiera que una relación le durara quince años! ¡Quién no quisiera que el amor durara toda la vida!

—Ahora se quieren casar… con esto de que se legalizó el matrimonio.

—El matrimonio es un contrato económico.

Y lo digo yo, que nunca voy a encontrar a nadie que quiera establecer ese contrato conmigo. Si tengo que ser sincero, esperaba que no lo legalizaran. Detesto ver la felicidad de los otros mientras yo estoy acá en este rincón oxidado.

—¿No conocés la historia…? —dice—. ¿…de esa pareja gay que uno se murió y el otro que lo había cuidado y que era su pareja de hacía un montón de años la familia lo dejó en la calle? Cambiaron la cerradura y él no pudo entrar más.

—No.

Su voz es firme, dura, borracha de reproche e indinación.

—Es verdad que es un contrato económico, pero tiene su principio en el amor. ¿Vos le dejarías tu departamento a cualquiera? No, seguro que no. Se lo dejarías a tu pareja, a la persona con la que estás compartiendo la vida.

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Yo no comparto la vida con nadie. La comparto con mis vestidos. A ellos les dejo el departamento si alguna vez un loco me mata en Palermo o San Telmo. Quiero que forren el departamento con terciopelo rojo.

—Sos muy raro, chabón… —susurra, tomando un trago de vino—. Y no lo digo porque seas gay.

—¿A vos te gustaría casarte? —le pregunto. Bosteza y estira los brazos. Deja el vaso en el piso y se acuesta boca arriba, con la nariz apuntando al techo. Yo me quedo donde estoy, mirándolo, encogido contra la pared. Suerte que tengo aire acondicionado, si hiciera calor y tuviera que ponerme un pantalón corto, me moriría de vergüenza de que me viera las piernas. Por eso odio salir los días de verano. Las noches, en cambio… son más bondadosas con mis piernas… y con todo mi cuerpo.

—Qué sé yo. Si encuentro una mina que valga la pena, sí.

Machista, pienso, tus palabras te traicionan, pro-gay, pro-matrimonio entre putos.

¿Una mujer que valga la pena? Qué frase hecha tan fea, tan de mierda. Ustedes los hombres son los que son una mierda, los que ponen los cuernos, los que se vuelven loquitos por un par de tetas. ¿Te creés que porque sé usar una máquina de coser soy tarado o ciego? ¿Cómo es una mujer que vale la pena? ¿Por qué pensás que una mujer que vale la pena quiere valer tu pena? Con esa barba mal afeitada y esa ropa sucia, ¿las penas de quién valés vos? Las mías no, eso te lo aseguro.

—¿Vos no tenés pareja, no?

—No.

—¿Tuviste?

—Tuve algo el año pasado… salimos dos meses hasta que se enteró de que me visto de mujer…

—¿…Y por eso te dejó?

Bajo la cabeza, no le respondo.

—Digo, no es tan terrible.

Lo miro. Pobre, no entiende.

—No es disfrazarme, Darío. Es… acercarme más a lo que soy. A lo que me gustaría ser. Él no lo entendía, nunca lo entendió. Me pidió que lo dejara. Y cuando le dije no podía, me pegó…

Ahora es él quien baja la cabeza. No sabe qué decir.

—Yo pensaba que… —Y se encoge de hombros. Dice bajito, como con vergüenza—: Que todos se entendían…

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—Yo también lo pensaba… y seguramente hay algunos que sí te entienden, pero esto es algo muy difícil, muy duro. El sufrimiento te endurece, te llena de resentimiento… de odio.

Y lo sé, porque en las noches de soledad, sufro dos veces: por ese sufrimiento que ya existía y por el dolor del resentimiento. No quiero ser como él, no quiero odiar, no quiero descargar mi dolor en los otros. ¡Que se casen, carajo! ¡Que se casen y que sean felices! Yo soy el único responsable de mi felicidad. Yo tengo que ser fuerte y enfrentarme con mis propios demonios.

Se acerca, me pone una mano en la rodilla. Sin querer, me muevo, apartándome.

—Che, eh, pará, no llorés…

No, no llorés, Polín…

—Pablo, dale, no llor… —Suspira con violencia, como un animal furioso; el vaso choca contra el suelo y el vino me salpica los dedos de los pies—…llorá boludo, llorá todo lo que quieras, la puta que lo parió… Mi viejo me decía cuando me pegaba con el cinturón “no llorés, maricón, los hombres no lloran”, y yo me meaba en la cama, boludo, tenía cinco años y me meaba, y él me pegaba el hijo de puta y yo… y yo…

Se quiebra. Será por el vino, será por los recuerdos que le nublan la masculinidad que la norma le impuso a cinturonazos. Será por esta mierda de cultura que nos dice cómo tienen que ser los hombres, cómo tienen que ser las mujeres. Y la diferencia duele, la diferencia es dolorosa porque te sentís solo en el mundo, te sentís que no encajás, que tenés que cambiar, que tenés que ajustarte a lo que te dicen. Y es todo mierda, es todo basura, no hay que ajustarse a nada… Solo hay que ajustarse a uno mismo.

Le apoyo la mano en el hombro, lo sacudo suavecito. Me mira y me sonríe con miedo.

Agarra los vasos de vino que dejamos en el piso, me pasa uno, y enreda su brazo alrededor del mío.

—Feliz Navidad, Pablo.

—Feliz Navidad…

Se baja el vaso de un sorbo. Me bajo el vaso de un sorbo. Nos bajamos la botella entera, la sidra, el champán y el vodka que guardo para los días en que me siento más deprimido que de costumbre. Quedamos tirados en el suelo, con el departamento flotando a nuestro alrededor, una procesión de fantasmas ciegos que extienden sus mantos hacia nosotros, amenazando con abrazarnos, con acunarnos, con besarnos, con hacernos el amor. Darío gira su cabeza hacia mí y dice:

—Vestite de mina.

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Y POR LAS NOCHES LA SOLEDAD

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—¿Qué?

—Eso. Que te vistás de mina.

Me entra una risa tremenda, Dios mío, ¡no recuerdo haberme reído así en toda mi vida! Me duele el estómago de tanto reírme, la mandíbula, las mejillas, me lloran los ojos. Darío se contagia de mi risa e intenta levantarse, pero se resbala por culpa de sus zapatillas con suela de goma. Se cae de culo al piso y mi risa se dispara, se multiplica, se embaraza de muchas risas y una gran familia va naciendo de mi boca…

—Ay, no, pará, boludo… —chilla él, agarrándose del brazo de un sillón para sostenerse.

Le doy la mano, él la acepta, y lo guío hasta la habitación de la verdad dormida. El silencio acá nos absorbe, Darío deja de reír y contempla todo con los ojos entornados.

Cuando prendo la luz, un baño de mermelada dorada se derrama sobre la máquina de coser, sobre los maniquís vestidos de fiestas, sobre los percheros engalanados con tules, sedas y moños. Todo es luz, color y vida.

—Qué lindo, che…

Abro los ojos: sigue teniendo puesta la camisa que le regalé, que cosí para él imaginando su cuerpo, calculando cada centímetro de sus rincones escondidos. Le queda perfecta. Es gris, a cuadros celestes, de mangas cortas y botones de presión. Él odia los botones, me contó, porque cuando era chiquito se tragó uno y cada vez que iba al baño el padre tenía que revisar la caca para buscarlo, para asegurarse de que lo había cagado.

—Cada vez que podía me agarraba a cinturonazos.

—¿Qué querés que me ponga? —le digo—. Elegí.

Él se ríe. Se acerca a la máquina de coser, donde todavía está puesto el hilo gris con el que cosí su camisa.

—Eso —dice señalando el maniquí más cercano, una castaña tetona de ojos miel. Así sería yo si fuera mujer, como este maniquí: tendría el pelo largo y mis pestañas aletearían sobre mis ojos amielados como mariposas recién nacidas.

—Se llama Sonia.

—¿El maniquí?

—Sí.

Sonia lleva puesto un minivestido estampado que le copié a Chanel. No me lo puse nunca porque tengo que arreglarle las pinzas a la pollera. Pero no importa. Le voy a dar el gusto a Darío, a su borrachera. Y a mí mismo, por qué no. Le saco con cuidado el

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vestido a Sonia (ella queda desnuda, pobre, como no habla no puede quejarse), y la tranquilizo con una caricia en el hombro. Me quedo de espaldas a Darío y rápidamente me arranco la camiseta y los vaqueros. En silencio, me deslizo por el vestido, y parece como si el departamento, las paredes y la misma noche aguantaran la respiración mientras lo hago, mientras mi piel acaricia la tela suave y la tela se va calentando con la tibieza de mi sangre. Zapatos tengo varios, siempre uso la misma estrategia: quiero esos, son para una amiga, se llevó otros pero ahora se arrepintió, le quiero dar una sorpresa. Y claro, a veces me sale mal. Los zapatos no me quedan. Solo una vez me atreví a cambiarlos y el vendedor me preguntó si amiga era muy alta.

—Señorita, qué linda está usté —dice Darío, borracho, haciéndome una reverencia.

—Pelotudo —le digo, tirándole un zapato—. Te voy a ma… tar.

Estallaron los fuegos artificiales. Ya es medianoche. Navidad. Volvemos al salón, tropezándonos con nuestros propios pies, con la borrachera. Pongo música: cualquier cosa, lo que esté ahí. Suena Gloria Estefan; subo el volumen, y su conga empienza a vibrar contra nuestros oídos, contra los vidrios…

—¡Boludo! ¡Cómo tenés la ventana cerrada! —grita Darío, agarrándose la cabeza. Me río, porque imagino que se saca la cabeza y me la tira, y yo la agarro y le digo que una cabeza no me sirve, que peluquera no soy.

Se abalanza contra el ventanal, lo abre de un tirón, y su cuerpo parece sacudirse al compás del viento y la música, al compás del cielo estremecido que nos cobija a estos millones de almas que latimos esta noche, esta noche igual a cualquier otra.

—¡Ah, es un balcón!

Me agarra de la mano y me arrastra hacia afuera. La conga se disuelve en el aire, el aire se llena de olor a pirotecnia y el cielo se ilumina de miles de colores. El cielo estalla por encima de nosotros, y Darío comienza a moverse despacito, en un tímido intento de bailar conmigo.

—¡Bailá, amargo! —me dice, haciéndome dar una vuelta.

Por detrás de su barba rala, desde de sus ojos llorosos y su rostro de anciano, esta noche de Navidad Darío me sonríe.

Y yo también le sonrío a él. Esta noche y todas las que él quiera, sin avergonzarme, sin dejar que los malos recuerdos me hagan tropezar. Hoy, mañana y siempre, desde mi verdadero yo.

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