Yo, Átomo - Jesús García Barcala por Por Entreescritores.com - muestra HTML

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Yo, Átomo

Mi historia, y la vuestra.

Jesús G. Barcala

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Índice

I.- ……………………………………………..Génesis

II.- …………………………………………...CHONP

III.- ……………………………………………...Geos

IV.- ………………………………..Bios Mar y Tierra

V.- …………………………………………...Invasión

VI.- ………………………………...Carne de Carbón

VII.- ……………………………………….Chicxulub

VIII.- …………..…………………..Nuevo Amanecer

IX.- …………………..………..Citius, Altius, Fortius

X.- ….…………..…………...………………….Sabios

XI.- ,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,…..,,,,,,,,Llegando Lejos

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A mis padres y todos mis ancestros.

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CAPITULO I

Génesis

La historia del mundo, de la vida y del universo, ha sido siempre una materia

favorita de vosotros los primates de elevada sapiencia. Casi desde que dejáis

esas graciosas prendas que llamáis pañales, vamos, desde que tenéis uso de

razón o como lo llaméis, los humanos os preguntáis, ¿De dónde vengo? ¿A

dónde voy? ¿Quién creó el universo, las estrellas, la vida, el ser, los perritos

calientes, las patatas fritas del McDonald? Disculpad, pero es que con la edad

no puedo evitar dispersarme… ¡he conocido mucho!

En esta historia no encontraréis las respuestas a todas las preguntas,

simplemente, porque yo no las tengo y a mi ya avanzada edad dudo mucho

que algún día las tendré. Solo anhelo contaros mi propia experiencia en el

universo actual a través de siglos y siglos de transformaciones y revoluciones;

construcción y destrucción; vida y muerte. Gracias a una innata habilidad mía

para colocarme siempre hacia el exterior de mis múltiples hogares, he tenido

la suerte de ser testigo de muchos de los sucesos más importantes de la

historia universal y, mejor aún, he compartido momentos inolvidables con

algunos de los personajes que más han influenciado el devenir de la

humanidad que quiero compartir con vosotros. Espero perdonéis que mi

alegoría tenga también algunas lagunas ya que, en algunos periodos, me

encontraba atrapado en lo más profundo de la corteza terrestre y no pude

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ser testigo de todos los grandes acontecimientos o de la vida de todas las

civilizaciones. Mi relato se basa mayoritariamente en lo que vi, pero hay

otras cosas que me fueron contadas por los innumerables compañeros,

amigos y parientes que encontré en mi vida o que aprendí de los libros que

algún humano puso a mi disposición. Mi camino está rodeado de ilusiones y

decepciones, alegrías y tristezas, miedos y sueños y no os dejará indiferentes.

Os invito a que repitáis conmigo este largo viaje que me ha llevado desde los

confines olvidados del universo a este gran planeta azul que llamáis Tierra.

Vi la luz hace unos seis mil millones de años, poco antes de que la estrella en

la que nací se convirtiese en una gran supernova en el sector central del

universo, explotando con una fuerza lo suficientemente grande como para

crear muchos de los actuales elementos que hoy forman todo lo que os

rodea y que no habían nacido aún. Y lo de ver la luz no lo digo solo como un

viejo cliché y, verdaderamente, mi nacimiento, o al menos así lo denomino,

fue ciertamente un evento de gran luminosidad, el fenómeno más brillante

que se pueda observar en el universo. Desde entonces, he pasado eones

dando tumbos y siendo testigo de pequeños y grandes cambios en buena

parte del universo y esa experiencia es la base de este relato, y no puedo

dejar de mencionar la importancia que mi nacimiento tuvo, estimados

lectores, porque, aunque suene presuntuoso, la vida no podría existir sin la

ayuda de los de mi especie y similares.

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Cuando la gran estrella ya no pudo aguantar la presión y explotó, trillones o

más de nosotros, átomos de carbono y otros tantos de mis parientes lejanos

y cercanos, salimos despedidos del inmenso vientre materno a velocidades

de vértigo. Muchos de nosotros íbamos unidos fuertemente por lo que creo

que llamáis lazos familiares. Mi grupo incluía unos 27 billones de trillones de

nuevas vidas reunidas en un pequeño trozo de materia que en la tierra

podría ser no más que un grumo del tamaño de una montaña terrestre. En el

viaje, sin embargo, la constitución de mi morada y de mi entorno familiar

varió incontables veces, desde el tamaño de una partícula de polvo hasta

enormes rocas que yo llegué a considerar mansiones como las que millones

de años después conocí en mi planeta adoptivo.

Más importante es lo que ha sucedido después.

Lo más memorable de nuestra desbandada fue la sensación causada por la

velocidad a la que viajábamos. Todo pasaba tan rápido que era casi imposible

fijar la vista en un objeto por más de una fracción de segundo. Volábamos

aproximadamente a la misma velocidad que el resto de materia cercana a

nosotros, tanta que parecía que no se movía nada. Nunca he llegado a saber

la cifra exacta, pero parecía acercarse a la velocidad de la luz. Rápidamente

nos alejamos del epicentro y comenzamos nuestra aventura.

Con mi poca capacidad de raciocinio me es imposible describir en términos

científicos estos hechos, pero tengo la certidumbre de que algún día alguien

o algo podrá entender lo que sucedió y, más importante, el por qué sucedió.

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Yo ya me di por vencido. Lo que sí puedo describir es la extraña pero

agradable sensación causada por el bello paisaje que nos rodeaba. En un

fondo negro profundo se desplegaba un espectáculo como el de los fuegos

artificiales terrestres. Chispas, espirales, centellas todas buscando un nuevo

hogar en el que depositar su energía. También nos hacía compañía un hueco

silencio, como cuando la nieve cae en una gran tormenta absorbiendo todo

sonido en la esponjosa superficie de sus copos. Yo pensaba que con tanto

caos y explosión el estruendo sería descomunal, pero apenas y se oía ruido

alguno, no entendía en aquel entonces que la falta de aire en el espacio

exterior impedía la propagación del sonido. Con tanta paz, llegué a quedarme

dormido muchas veces.

Viajamos varios miles de millones de años, creo, y no sin incidentes. En los

primeros instantes las colisiones entre los cuerpos eran incesantes. Casi

siempre se producía una nueva explosión que desviaba hacia una nueva ruta

cualquier trozo sobreviviente. El sonido era extraño, rápido, seco y, aunque

nunca sufrí daño alguno, me estremecía hasta lo más profundo de mis

electrones.

Durante el largo viaje posterior a mi parto conocí a un viejo átomo de helio

que gustaba de contar historias sobre cómo nació nuestra raza. TREF 227,

como se le conocía a este anciano con aspecto de cebolla radioactiva,

arrugado y blanquecino, había sido, siempre según él, uno de los primeros

átomos en nacer, apenas unos mil años después de ese evento que vosotros

los humanos denomináis Big Bang. Él fue quien me explicó un poco el origen

de mi raza.

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Aunque tenía los electrones cansados y una voz pesada y cavernosa, el

conocido como Maestro Tref no paraba de hablar. Su edad y su talento para

contar (y exagerar) hechos históricos lo hacía uno de los miembros más

respetados de nuestra numerosa comunidad. Personalmente he aprendido

mucho de él y de sus relatos que, si bien me han enseñado mucho, también

me han llenado de más y más dudas sobre mi origen y, especialmente, sobre

el largo camino hacia mi inexorable destino. El viejo sabio me contó entre

otras muchas cosas que el nuevo universo no era el único, sino que había

otros paralelos al nuestro y algunos más universos “burbuja” que se creaban

y desaparecían continuamente. Yo no sé si esto sea cierto o no, pero si me

consta que a principios del Siglo XXI un grupo de científicos estaría de

acuerdo con dicha idea. ¿Querrá decir que hay otros como yo en algún lugar

del infinito? Probablemente algún día lo sabremos, probablemente no. Por

mi parte, me dediqué a escuchar sus lecciones e intentar absorber todo el

conocimiento que pudiera serme útil en el futuro.

-Fue en los primeros instantes a partir del Cero –nos contó el anciano - que

se crearon electrones, protones y neutrones, vuestros futuros compañeros.

Estas son las pequeñísimas partículas, llamadas subatómicas que forman

parte de vuestra anatomía - dijo. Gracias a sus enseñanzas, aprendí que los

primeros son un poco negativos pero son ellos los que nos permiten a los

átomos combinarnos con otros átomos para formar múltiples compuestos.

Los protones tienen una carga positiva, alegre y dicharachera y, junto con los

neutrones que obviamente, son neutrales, son el núcleo de vuestros cuerpos.

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En esos primeros días aprendí que fue poco después del Big Bang cuando se

formaron mis antepasados hidrógeno y helio, incluyendo al Maestro Tref.

Estos primos lejanos míos fueron los primeros de nuestra clase y salieron

despedidos en todas direcciones y empezaron a formar la primera

generación de cuerpos astrales en el universo. Por cierto, aprovecho para

contaros un poco más sobre mí.

Como ya os dije anteriormente, soy un átomo de carbono. Una partícula de

materia que los químicos llaman elemento y que, en una extraña tabla que

todos los cachorros humanos detestan estudiar, me han dado el número seis.

En la tierra los átomos de carbono formamos parte de todo ser viviente. No

sé que tenemos que nos hace tan importantes, pero el caso es que sin

nosotros no existiría la vida tal y como la conocéis. Además, somos uno de los

elementos más comunes en el universo, de hecho, cualquiera de vosotros

que tenga este libro en sus páginas contiene cientos de miles de millones de

mis hermanos enlazados con otros elementos tales como hidrógeno, oxígeno

y nitrógeno. Yo mismo he pertenecido a cientos de miles de cuerpos, unos

vivos, plantas y animales y, otros no tanto, tales como el diamante y el grafito

que, por cierto, he llegado a pensar que hice mis pinitos como escritor

cuando un chaval etrusco del siglo III a.C. utilizó un trozo de grafito del que

yo formaba parte, para escribir garabatos en un pergamino.

Sobre mi vida privada hay poco que decir, pero sí que me considero un

átomo afortunado por haber sido testigo a tantos y tantos cambios de

vuestra historia y la del planeta. He formado parte de miles de objetos y

seres vivos y he experimentado profundos cambios de hogar y de actividad.

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Sin que yo pudiera tomar decisiones y por causas del destino he podido

conocer y observar a cientos de individuos, algunos de los cuales tuvieron un

gran impacto en la corta pero interesante historia del ser humano. No nos

olvidemos de mis apéndices imprescindibles de mi existencia, Electrón y

Neutrón a quienes llamo cariñosa y simplemente E y Pe, el primero, valiente

y arriesgado aventurero que más de una vez nos ha metido en problemas y,

el segundo, mi consejero más apreciado, ejemplo vivo de la mesura y el

análisis.

Pero basta de hablar de mí. Ya conoceréis mas detalles de mis capacidades a

lo largo de estas memorias. De no todas me enorgullezco, pero son parte de

mi existencia al igual que los defectos y las virtudes humanas son parte de la

vuestra.

Ahora bien, no quiero llevarme todo el crédito para los de nuestra especie. La

vida en la tierra necesita además de nosotros a algunos otros de mis

parientes, tales como el hidrógeno, el oxígeno, el nitrógeno y el fósforo, que

también forman parte de este gran mundo al que muchos de nosotros

llamamos hogar y sé a ciencia cierta de que hay muchos otros familiares que

no conozco personalmente pero que habitan otros mundos tan lejanos como

mi tierra originaria.

El caso es que viajamos y viajamos por lo que parecía una eternidad. El

universo es un sitio realmente grande, vamos, inimaginablemente

gigantesco. La luz viaja a una velocidad de 300.000 Km. por segundo y en

millones de años apenas y puede recorrer pequeñas zonas del universo.

Científicos humanos han calculado (un poco presuntuosamente, creo) que la

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distancia entre los extremos del universo es de 156 ¡billones de años luz! Sin

comentario.

Durante los miles de años que duró nuestro viaje, hubo muchos momentos

en los que los pasé francamente mal, como cuando fuimos embestidos por

un gran pedazo de hielo y mi hogar fue convertido en miles de proyectiles

ahora separados y dirigiéndonos en igual número de direcciones. Pero

también hubo momentos agradables, entre ellos, cuando viajé cogido de la

mano de otros átomos formando diferentes moléculas, lo cual me hizo

sentirme que mi labor servía de algo. Además, y ya cerca del final del viaje

tuve una larga relación con una pequeña átomo de argón, una bella amazona

que, aunque era un poco inestable, sacaba lo mejor de mí.

Arna 43-U me llamó la atención desde la primera vez que la vi. Yo era tan

solo un átomo adolescente que no sabía todavía su función en el Universo.

Mis partículas saltaban de alegría cada vez que ella pasaba cerca de mí y

pronto nos hicimos amigos. Me contó que había nacido el mismo día que yo y

que por un tiempo viajó en una de las rocas más grandes que salieron

despedida del punto Uno. Delgada y de frágil vuelo, Arna también me contó

que sus compañeros de viaje habían sido varios elementos radioactivos que

no la trataron muy bien y me confesó que se había sentido siempre muy sola

hasta que nuestros caminos se cruzaron. Pasamos largos ratos juntos

admirando el paisaje que nos rodeaba ya que nuestra velocidad había

descendido considerablemente y podíamos ver como muchos átomos

empezaban a formar corrillos a nuestro alrededor. Muchas veces logre entrar

en cariñoso contacto con ella y disfrute del suave roce de sus bellas

partículas. Pero sabíamos que lo nuestro era algo pasajero ya que nuestras

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cargas no eran compatibles. Nos despedimos poco antes de ser absorbidos

por el Gran Remolino, pero supe tiempo después que al formarse la corteza

terrestre en su más reciente configuración había sido atrapada en un bloque

de hielo antártico.